martes, 29 de abril de 2014

El abrazo de Morfeo

Subió al vagón número ocho, dejó su bolso de viaje en la parte superior y se acomodó en su asiento, el  siete A, ventanilla. Le había tocado una de esas butacas que van enfrentadas dos a dos. Hubiese preferido las otras, pero, con un poco de suerte, no vendría nadie más.

Daniel estaba deseando ponerse cómodo, repantigarse y, así, poder dormir durante todo el viaje. La juerga de la noche anterior había durado hasta la mañana y, después de dos cafés, había venido directamente a la estación de trenes. Con las gafas oscuras y la música de su iphone tendría suficiente para aislarse. Se puso los auriculares.

Mientras se acomodaba, se sentó a su lado un hombre, que consideró mayor, tal vez maduro. A sus veinticuatro años, llamaba mayor a quien pasase de los cuarenta y cinco. Tras responder a los “buenos días”, reclinó el respaldo y se estiró cuanto pudo.

A los pocos minutos estaba deslizándose por el tobogán que lo conduciría al sueño, cuando, de pronto, un empujón a sus pies y una voz lo devolvieron a la realidad.

—Me permite, por favor.

No fueron las palabras, sino el modo como salieron de la boca: el tono bajo, profundo, pronunciadas con lentitud, arrastrando cada palabra, con indolencia.

Desprevenido, encogió, mecánicamente, las piernas. Abrió los ojos y vio a la mujer. “Gracias”, dijo, y se sentó frente a él. Entre la somnolencia y la sorpresa, no contestó.

La observó. Tendría más de treinta, seguro. Algo rellenita (no le gustaban las escuálidas), vestía una blusa blanca ceñida y pantalones. La blusa, abotonada adelante, tenía una puntilla en todo el borde. Este adorno intentaba ocultar sus encantos, lo que fue un acicate para su curiosidad.

Al ponerse de pie, para colocar una bolsa en el maletero de arriba, pudo contemplar sus hermosas caderas, su cintura fina, que hacían destacar los pechos redondeados y generosos. Cuando volvió a sentarse, notó que se le había desabrochado otro botón de la blusa. Este afortunado accidente, dejaba ver el dulce valle entre los montículos. 

Tan absorto estaba Daniel en la contemplación, que no fue capaz de contestarle nada. “¡Benditas gafas oscuras que no delatan mi golosa mirada!”. 

Al fin habló.

¿Le molestan mis piernas así? - y las estiró recostándolas a la pared del tren.
Así está bien, gracias. 

“¡Dios, esa voz! Me encanta. Es pastosa, algo ronca, pero llena de matices prometedores”.

Deleitándose con cada centímetro de su escote, se durmió. Y soñó.

Iba escalando una montaña enorme. Lo extraño es que era blanca y suave. Le costaba avanzar pues a cada rato resbalaba y volvía al punto de partida. Al fin pudo llegar a una zona donde una vegetación exuberante, le permitió descansar. El lugar exhalaba un aroma intenso, muy agradable, que le resultaba familiar. Después de reposar un buen rato, recostado sobre la hierba, continuó el ascenso. 

Le esperaba realizar un gran esfuerzo porque había dos elevados picos, que eran su meta. Decidió ir hasta el valle que separaba los montes. Desde allí, con mucho esfuerzo comenzó el ascenso. Era tan liso el terreno que no tenía dónde asirse. Pero ese subir un poco y caerse continuamente, no le  molestaba. Al contrario, disfrutaba con ello porque le producía una sensación de placer en todo el cuerpo.

No controlaba el tiempo transcurrido; al fin hizo cumbre. Le llamó la atención la forma oscura de una pequeña meseta, redondeada en su cima. Se encaramó a ella y allí se tendió para descansar, recostando su cara a esa superficie. Olía muy bien. Su forma y su color le recordaban un gran pastel de navidad; así que le dieron ganas de lamerlo.

—¡Mmmmm! ¡Ah! ¡Mmmmm!

—Muchacho, hemos llegado. Despierta. –Lo sacudió suavemente el viajero que iba a su lado.
Daniel, sobresaltado y tragando toda la saliva que le llenaba la boca, miró a su alrededor.  Agradeció al hombre con un leve movimiento de cabeza.

Buscó con la mirada a su vecina de enfrente, que ya había llegado a la puerta del vagón. Se quitó los auriculares, cogió el jersey que reposaba sobre sus piernas, con intención de ponérselo. Pero al levantarlo, rápidamente decidió volver a dejarlo donde estaba. Esperaría a que se bajaran todos. 

A través del cristal de la ventanilla observó cómo se alejaba la mujer de la blusa blanca con encaje. Ver su movimiento de caderas no le ayudaba en nada, lo alteró más aún. De pronto, ella giró la cabeza y lo miró. Una sonrisa, que no supo descifrar, tal vez burlona, distendió sus labios.

Por Elsa Velasco

Magia

Enrique estaba felizmente casado. Quería mucho a su mujer y ella a él. Tenían una confianza buena y se llevaban bien, salvo por un detalle: Enrique había sido operado de  un tumor cerebral, y desde entonces y debido a un daño en esa zona, se había vuelto incapaz para las relaciones sexuales. No podía excitarse y mucho menos hacer el amor.

Él, que siempre había sido muy bravío e incluso multiorgásmico, cosa rara en un hombre, tenía que ver a su mujer conformarse con las caricias que le hacía, pues seguía enamorada de él a pesar de todo. Sin embargo, Enrique vivía con el miedo de que ella encontrara un hombre normal y decidiera formar una familia con él, ya que a ella le gustaban mucho los niños y con su marido resultaba imposible.

Un día Enrique vio en la televisión un aparato que hacía poner erecto el pene, mediante un sistema de bombeo manual. Apuntó donde conseguirlo, y se lo compró.

Llegó a casa ilusionado con el dispositivo y dispuesto a compartirlo con Sheila, su esposa. Corrieron ambos al dormitorio y el mecanismo del artículo puso rígido el miembro de Enrique, quien se lo introdujo a su mujer. Ella gozaba mucho. Le encantaba ver disfrutar a su esposa, aunque  no podía sentir placer debido a su lesión y la frustación era importante. Lo peor fue comprobar que aunque el pene funcionaba y hacía gozar a Sheila, no era capaz de eyacular para obtener los valiosos espermatozoides que podrían darles un bebé.

Enrique quería solucionar su problema y eyacular. Por eso acudía a las cabinas de los sex-shop, por ver si esto era posible. Tras el cristal, las chicas contoneaban sus cuerpos entre miradas lascivas sacando la lengua y acariciándose. Enrique intentaba masturbarse pero tristemente no conseguía nada. También estuvo con prostitutas. Todo inútil.

Un día llegó a casa más temprano de lo habitual. Su mujer tenía la música puesta y no le oyó entrar. Estaba en la ducha cantando al son de su canción favorita. Él se escondía tras la puerta mientras la miraba a través del cristal de la mampara. Miraba su pelo enjabonado, su espalda mojada, sus glúteos… Se dejaba llevar por la hermosa música y la delicada voz de su mujer, entrando en un estado de éxtasis y admiración… En ese instante, ella se dio la vuelta y él al mirar sus pechos le parecieron más hermosos que nunca…contempló su vientre, su ombligo, su pubis y todo lo demás. La mirada de su mujer se posó entonces sobre él y él le correspondió  Ese encuentro entre sus ojos se hizo tan especial, tan encantador que trasladó a Enrique hacia otro mundo, a otro nivel... así más profunda y profundamente.

Y así,  su pene comenzó a erguirse cada vez más y más hasta que en el punto álgido de la mirada, Enrique sintió un leve mareo como si fuera a escaparse de este mundo. Entonces, eyaculó. Sin aparatos, sólo mirando a los ojos.

- ¿Significa esto que estoy curado?
- No lo sé cariño, significa que la magia entre tú y yo sigue existiendo.

Por Rosa Velasco

domingo, 27 de abril de 2014

El ascenso

Era un hermoso día de primavera. Por fin se daban las condiciones óptimas para realizar la tan ansiada ruta que, desde hacía tiempo, Pedro les había prometido a sus compañeros de trabajo. 

—Subiremos al techo de Madrid. Será el próximo sábado.                                    

Él se encargaría de todo, no en vano, era un montañero experimentado. Volvió a repasar la ruta.  
                                                                                                    
 —La haremos circular, dividida en tres etapas: la primera, hasta la Laguna de los Pájaros, la segunda y más peligrosa, la subida por la Arista de los Claveles y cumbre de Peñalara, y el último tramo el descenso hasta el aparcamiento.              

Desde que llegó a Madrid era una promesa que se había hecho, como si de una peregrinación se tratara. Se impuso realizar esta subida una vez al año para comprobar su estado físico. Repasó las previsiones meteorológicas para ese día y las recomendaciones de la Federación de Montañismo que no consideraban el mejor momento por el riesgo de hielo en las zonas umbrías.                                  

—Siempre son un poco exagerados en los pronósticos, han de cubrirse las espaldas —y una extraña mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro. 

Desde el lunes comenzó a dar consignas a sus cinco compañeros, de ellos cuatro chicos y Paca,  para la que estaba pensada la aventura. Les pidió los DNI para federarlos, les informó de vestimenta, calzado y equipamiento a llevar, así como del avituallamiento. Paca, como de costumbre, y con ese despiste que le caracterizaba prometió que en esa semana le daría su carné, y así lo hizo el viernes, casi fuera de horario. Pedro se ofreció  para hacer los trámites en la federación. Ella tenía que ir. A las ocho de la mañana estaban dejando los coches al pie del macizo de Peñalara. No había más que dos utilitarios en el amplio aparcamiento. 

—Mejor, en ocasiones esta ruta se satura de domingueros —les dijo Pedro. 

La mañana era templada, unas nubes altas arrastrada por el viento amenazaban un día ventoso en el que no necesitarían llevar sombreros ni protección solar, lo dejarían en el coche, cuanto menos peso mejor. Pedro encabezaba el grupo y, tras él, Paca y el resto en una disciplinada fila para no salirse del sendera marcado. Fue avanzar no más de veinte minutos y la expresión de admiración se reflejaba en las caras. Aquello era impresionante, la perspectiva era infinita y recortada por múltiples cumbres, riachuelos, silencio…      
             
—Un bonito lugar para morir -les había dicho Pedro. 

Mientras, continuaban exhaustos por el esfuerzo y extasiados por la belleza, sus pulmones se llenaron de aire frío, sus oídos percibían los graznidos de los buitres que los sobrevolaban y su olfato se saturaba del olor a enebro. Alcanzada la Laguna de los Pájaros, se hizo la primera parada. Se quedaron más tiempo del recomendado por el esfuerzo de la subida y para recrearse en el paisaje que les rodeaba. Pedro decidió que dada la gruesa capa de hielo que cubría la Arista de los Claveles, se atarían por seguridad. Dada la torpeza que Paca había demostrado durante el recorrido se decidió que se dividieran en dos grupos de cuerda. En cabeza Pedro con Paca, y a unos metros, guardando la distancia de seguridad, el resto del grupo. La ascensión comenzó, y el segundo grupo quedó un poco más rezagado, la inexperiencia, los grandes bloques de granito que les obligaban a echar las manos al suelo para no resbalar, el vértigo ante la perspectiva de no haber nada más alto que ellos, el viento que les azotaba, las nubes que poco a poco fueron cubriendo el cielo, los buitres volando en círculos como presagio de una desgracia… y Paca se despeñó. Pedro saboreó el placer de ver cómo su cuerpo descendía golpeándose y esbozó una sonrisa de triunfo antes de avisar a sus compañeros de lo sucedido.

“Un fatídico accidente con resultado de muerte se produjo este fin de semana en la sierra de Madrid. Un grupo de amigos pretendían subir a Peñalara  y gracias a la pericia de uno de los montañeros, evitó que la tragedia fuera mayor al decidir que se encordaran en dos grupos”. 

—Tal y como Pedro había planeado, todo quedaría en una imprudencia de excursionistas recogida en los medios de comunicación. Ya tenía el camino despejado para el ascenso a Delegado General en Ginebra que su empresa les había ofrecido a ambos y que ahora tenían que decidir entre la difunda Paca y Paco, el héroe.


  Por Parapeto

sábado, 26 de abril de 2014

Granizadas

Una granizada de arroz cae sobre los recién casados. Todo el mundo se pregunta por qué Gonzalo ha tardado tanto en casarse, con lo guapo y buen chico que es. 

Paloma, la radiante novia, también se lo pregunta y aún no ha encontrado la respuesta. 

Julián está feliz porque por fin su hermano ha sentado la cabeza y cree que ha hecho una buena elección. Paloma es una chica mona, sencilla, joven y responsable, y está muy enamorada de Gonzalo. Aunque no sabe por qué, además, tiene una sensación como de sosiego, como si la espada de Damocles por fin no le  apuntara amenazante. Aparta ese nubarrón que  quiere  instalarse en su cerebro y busca a Irene, su mujer. 

Hace una barrida con la mirada buscándola. Todo el mundo está feliz,  unos sonríen, otros gritan viva los novios, otros se besan, otros se saludan en la distancia y allí en una esquina del patio de la Iglesia, ve a Irene. Está mirando fijamente la feliz escena, pero no sonríe, más bien llora, pero no con lágrimas, sino por dentro. Él la conoce bien y es ahora, al ver su cara, cuando comprende  todo.

Recuerda el día que se conocieron en el Retiro, hace ya quince años. Ella leía al borde del estanque, y él pasaba con su piragua cuando una ráfaga de aire le voló el alegre sombrerito que llevaba y cayó al agua. Julián lo recogió y ella le dio las gracias. Cuando se lo iba a entregar él retiró la mano y le dijo: “Te lo doy si aceptas tomarte un granizado conmigo, qué dices”. Ella se ruborizó en un instante y aceptó.

Julián entonces era un chaval de veintidós años, deportista y guapetón que había dejado la carrera para poner una tienda de deportes con la ayuda de sus padres. Conquistarla no fue difícil, intuyó todo lo que ella anhelaba y necesitaba, y con precisión de relojero fue colmando todas sus expectativas. Por aquel entonces, Gonzalo estaba en Londres trabajando y estudiando  pues quería poner en Madrid una academia de inglés. Irene lo conoció un año más tarde cuando ya había decidido casarse con Julián. Desde el primer momento los dos se llevaron fenomenal para satisfacción de Julián, pues su hermano, además de amigo, era muy especial para él. No se parecían en nada. Gonzalo era feliz entre libros, películas y viajes al campo, Julián gozaba con el deporte, la comida y las reuniones con colegas. Aunque Julián sólo era un año mayor siempre le había protegido y mimado, pues desde pequeño fue un niño tímido y con salud quebradiza.

Ahora recordaba lo cambiado que vino de Londres, lo bien que lo pasaron los tres yendo a conciertos, compartiendo vacaciones, noches de juergas y borracheras. También cae en la cuenta ahora de que toda aquella armonía y compadreo se quebró poco antes de la boda. De hecho, Gonzalo se fue a Inglaterra unas semanas antes de que se casaran. Entonces le molestó y le escamó que su hermano se fuera pero las dudas se desvanecieron cuando le hicieron socio de una escuela de idiomas en Londres.

Ahora ve a su mujer y el nubarrón se hace tormenta y la espada le abre en dos la cabeza y comprende todo. Se dirige hacia donde está ella y en ese momento se mezcla con los invitados y la pierde de vista. Se fija en su hermano y dirige su mirada hacia lo que él está observando. Es Irene que entra en el templo. Gonzalo se deshace del gentío y va tras ella y él tras ellos.

Se agazapa tras una columna y los ve mirarse a los ojos como a él le gustaría que le miraran, ella llora y él la abraza con ternura. Ella deshace el nudo de su abrazo y se dirige justo adonde está Julián escondido.

–Te estaba buscando, ¿estás bien?-dice Julián de la manera más neutra que puede, pero sus ojos son como fuego y le gustaría que ella no lo notara.
–Sí, cariño, perdona, es que me he emocionado y no quería que nadie me viera llorar- y de manera inconsciente mira hacia donde  ha dejado a Gonzalo, pero ya no está.

Julián sí lo sabe. Está escondido, detrás de sus sentimientos, detrás de una columna, huyendo de la evidencia, de la verdad.

–Vámonos a la calle, aquí parece que falta aire -dice Irene mirándole a los ojos y sintiendo que él lo sabe, que lo acaba de descubrir, y su cabeza parece un panal lleno de abejas zumbando y zumbando, y por un momento sus pies pierden apoyo, y siente como los brazos fuertes de su marido la sostienen sin decir nada.

Ella se aferra a esos brazos  como si fueran su columna vertebral sin la que su vida no sería posible.

Por Raquel Ferrero

viernes, 25 de abril de 2014

Ya os lo decía yo

—A las once, en la puerta principal. Todos los jueves y, a poder ser, vestidos de negro y con pancartas. Y si es necesario haremos huelga. Tantos años dejándonos la piel, para que nos lo paguen así.

Así empezó Ángel –antiguo miembro del comité de empresa- a movilizar a sus compañeros, cuando la entidad decidió eliminar hace varios meses, de forma unilateral, el acuerdo firmado años atrás con los trabajadores, donde se reconocía, entre otras ayudas, la de los estudios de los hijos de los empleados. 

La dirección había aducido motivos económicos para tomar esa decisión. Pero ningún obrero lo creyó. Sólo había que fijarse en la carga de trabajo, que no sólo no había descendido, sino que era cada vez más elevada. La junta directiva -alentada por el responsable del área económica, con buenos amigos en entidades bancarias- había realizado unas inversiones a medio plazo que se prometían muy jugosas, pero que iban a limitar la liquidez financiera por un periodo prolongado. Hicieron cálculos presupuestarios y, no sin las discrepancias de algunos directivos,  decidieron recortar, con carácter definitivo, los subsidios asistenciales que los trabajadores habían ido acumulando en contraprestación por  las congelaciones salariales.
Durante muchas semanas, un gran número de empleados de esta compañía siderúrgica, en la media hora del desayuno, corearon consignas contra las decisiones patronales. Cristina, que tenía dos hijos pequeños y un marido en paro, salió el primer jueves, arrastrada por sus compañeras de contabilidad, pero no volvió a hacerlo. “Sí, voy a ponerme a cantar chorradas con todos esos impresentables, ¡si por lo menos sirviera para algo!”, argumentó.

Ángel -al que esas aportaciones empresariales, a punto de jubilarse, le habían ayudado a costear los estudios sus hijos- junto a un grupo de compañeros, se encargaba de tener todo preparado cada jueves: lemas, pancartas, megáfonos... Aguantaron chaparrones, solaneras, vientos y heladas, pero ahí seguían con sus cánticos reivindicativos.

Aunque parecía que las protestas no tenían repercusión en el consejo de administración, además de los miembros que estuvieron en contra desde el principio, otros empezaban a dudar de la conveniencia de esas medidas reductoras de los derechos de los empleados, la generalidad fiel a la empresa y, casi la mayoría, con hijos en edad escolar. Las divergencias más importantes se daban entre los ejecutivos procedentes de otras compañías, como el que estaba negociando con los bancos, y los que llevaban más años en la metalúrgica. También afloró la desconfianza sobre el destino de los esperados beneficios financieros. No obstante, solía prevalecer la opinión del gerente.

Pasaron las semanas sin que la postura empresarial cambiara. Los obreros seguían en la lucha, pero paulatinamente se iban produciendo abandonos. Ángel se enfadaba con la gente que lo dejaba. "Yo, que no tengo hijos estudiando, estoy dando la cara todos los días y vosotros, que sí los tenéis, parece que os da igual. No me extrañaría que nos recortaran aún más", solía arengar a los compañeros.

En una de las reuniones del consejo de administración, se valoró la posibilidad de negociar con el banco un reembolso parcial de la inversión, que no supusiera demasiada penalización, y así acallar las protestas de los trabajadores y alguna crítica que había aparecido en la prensa local, evitando, sobre todo, una posible huelga.

Por contra, el desánimo se respiraba en las plantas de producción, cansados de manifestarse todas las semanas sin fruto. Los perseverantes procuraban hacer el mayor ruido posible para simular gentío, pero ya no se parecía en nada a lo del principio.

Sin embargo, la siderúrgica estaba a punto de conseguir una cancelación razonable de una parte de la inversión, para lo que habían acordado una reunión con el banco en veinte días. 
Llegó el jueves y salieron a quejarse Ángel y tres más, abandonando la protesta, desmoralizados, a los cinco minutos. Al gerente, que nunca dejó de vigilar las manifestaciones, no le pasó inadvertida esta circunstancia. Durante dos semanas más, pudo comprobar que las reivindicaciones se habían esfumado.

—Habla con el banco —ordenó al director financiero— y pídeles que sigan adelante con la inversión. Ya no hace falta que adelantemos su cancelación.

Mientras tanto, alrededor de la máquina de café, y con gesto de suficiencia, charlaba Cristina con sus compañeros de contabilidad:

—¿Habéis visto?, al final tanto ridículo no servía para nada. Ya os lo decía yo.

Por Vicente Briñas

La última representación


Lorena trabajaba como agente de ventas en una compañía de telefonía móvil. Era un trabajo de subsistencia. Había estudiado Arte Dramático. Quería ser actriz desde niña y estaba dispuesta a luchar por ello. Mientras tanto, intentaba hacer el mayor número de ventas posible para llegar a fin de mes. El tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a asistir a castings, pruebas, entablar contactos…

Admiraba a los actores que habían logrado triunfar y soñaba con actuar en el teatro o hacer una buena película. Su papel preferido era el de Ana Karenina.

Un día, casualmente, su interlocutor le dijo que era agente artístico y publicitario y que tenía la voz muy bonita. Se citaron en su estudio a la semana siguiente. 

Parecía que el destino iba a dar un giro favorable. Hasta ahora sólo había conseguido apariciones esporádicas como figurante o como público asistente a algún programa.

Llegó puntual y se prestó a una sesión fotográfica: posó con ropa, con menos ropa… Pensó que las grandes actrices se iniciaron así. Se despidieron con un: te llamaremos, el mismo que había escuchado miles de veces. 

Siguió esperando, tratando de convencer a futuros clientes de las maravillas de productos en los que ni ella misma creía. Cada vez  vendía menos y se desilusionaba más. Nadie le llamaba  ni para un anuncio.

Por fin, un día recibió una llamada de un director que buscaba rostros nuevos para su película. Se trataba nada menos que de Paco Almuñecar, que había conseguido varios Óscar y tenía una trayectoria envidiable. Todos querían trabajar con él. 

Cuando se presentó al casting, la fila rodeaba el edificio. Esperó, hizo la prueba y, a la semana siguiente, la llamó el director en persona. Quería que hiciera un pequeño papel, pero con gran intensidad en su próximo trabajo. Aunque para ello necesitaba conocerla mejor. 

Quedaron para cenar, después tomaron unas copas y, finalmente, le confesó que para llegar a tener un nombre en ese mundo, había que hacer concesiones. Lo entendió perfectamente y se marchó. No vendería su cuerpo ni su voluntad.

Siguió vendiendo teléfonos cada vez con menos ganas. Un día dejó de ir al trabajo y se sumió en las profundidades del síndrome depresivo. Ni su familia ni sus amigos lograron ayudarla. Tuvo que ser internada en un centro psiquiátrico. Paseaba por los pasillos declamando textos.

Un día la  encontraron en un escenario recreado para el primer y último papel de su vida: tendida en el suelo de la habitación, vestida con un traje rojo, un texto de Ana Karenina y un tubo de somníferos a su lado. Prefirió seguir soñando a perseguir despierta un sueño que jamás lograría.

Por Carmen Alba

jueves, 24 de abril de 2014

Estampado de cerezas

Desde que conoció a su nueva novia mi padre se embrujó. Tan solo hicieron falta un par de meses de relación para que la presentara en casa, a los amigos, vecinos y parientes, como la mujer que ocuparía el sitio de mi madre. La abuela estaba con el alma en un hilo porque no le parecía trigo limpio y, además, le resultaba demasiado rubia; con la devastación que traen ese tipo de mujeres a la vida de las familias honradas. Abuela aún recordaba, como si hubiera sido ayer mismo, cómo el abuelo salió corriendo detrás de una artistucha de medio pelo, rubia como los rayos del sol y fresca como una trucha recién pescada, dejándola desamparada y con un hijo a punto de parir. La abuela, desde entonces, se la tenía jurada a los cabellos dorados.

La novia de mi padre era una mujer cariñosa cuando él estaba en casa, pero cuando salía… se convertía en otra persona: una auténtica bruja. Abuela de esto entendía porque nació en Galicia y allí saben que los asuntos de meigas son complicados. Decía que desde que se instaló en casa las plantas dejaron de florecer; no es que se hubieran secado, no, pero las flores se negaban a brotar. Hasta el pequeño huerto, que era su debilidad, parecía temeroso y había olvidado la producción de tomates, lechugas y pepinos. Hasta los cerdos parecían encanijados. Mi abuela barruntaba que algo no marchaba bien y que el maligno estaba cerca urdiendo su red aniquiladora.

Una tarde escuchamos a la hechicera rubia argumentando a papá la conveniencia de trasladar a la abuela a una residencia, ya que la observaba muy torpona, y de lo bueno que sería para mí ir a estudiar a Inglaterra. ¿A Inglaterra..? Ni hablar, dijo mi abuela. Fue la primera vez que la escuché llorar. Aún me parece estar viéndola con su delantal con estampados de cerezas… Le gustaban esos delantales y los tenía por docenas. Tiempo atrás había comprado varias piezas de retal a un comerciante de Barcelona y se hizo un nuevo ajuar de delantales, paños, manteles, enaguas y batitas de estar por casa con vistosos estampados de cerezas multicolores. Según ella, las cerezas tenían el poder de invocar a las almas puras, refrenando los poderes del diablo, y nos protegerían de los influjos de la bruja rubicunda. A mí me cosió unas enaguas con vivos y volantes, lazos para el pelo, pañuelos, pulseritas, camisetas y algún vestidillo. A papá le hizo un par de calzones para contrarrestar los efluvios malandrines de la novia, pero ella los hizo jirones arrojándolos al cubo de mondas de calabacines; mondas que mi abuela guardaba para echárselas a los cerdos, a ver si engordaban. Frente a nuestra protección, papá estaba completamente desamparado ante las malas artes del demonio.

Esa noche y las siguientes las dos comenzamos a dormir juntas. Abuela no olvidó coser varias piezas del retal estampado a los almohadones, a las sábanas, dentro de las zapatillas, en los camisones, en las toallas... Ella siempre estaba en todo. 

Desde que conocimos los planes de melena dorada teníamos pavor a que nos separaran. Abuela intentó, en varias ocasiones, mantener una charla seria con su hijo acerca de su enamorada, pero papá hacía menos caso a su madre que a un bocadillo de mejillones en escabeche. Cuánto sufrió la pobre durante esos días y qué desgraciada se sentía.

Algunos días, después, la prometida de papá desapareció de repente. No puedo recordar en qué momento dejé de verla, pero una mañana, al levantarme, ya no estaba. Se había marchado sin dejar a mi desconsolado padre ni una triste nota de despedida. La buscaron por todas partes, sin resultado. Parecía que la tierra se la hubiera tragado o que el diablo tenía para ella otra misión. Papá echó en falta algunas joyas de mamá y varios miles de pesetas de la caja fuerte de su despacho, y el pobre se hundió en una pena negra, cerrando definitivamente las puertas al amor. La guardia civil dio pronto cerrojazo al asunto; estaba claro que la fulana había engatusado a mi padre robándole todo lo que pudo. Tras el incidente, las flores surgieron rabiosas de su letargo brotando de nuevo con una explosión de vivos colores y la gran cosecha de pepinos y tomates fue celebrada como una bendición del cielo. También la piara de cerdos pareció que engordaba con desmesura, por lo que la matanza de ese año fue gloriosa.

De eso hace ya mucho tiempo. Poco a poco, todo volvió a la normalidad y los tres hemos vivido juntos hasta hace dos meses en que falleció la abuela. Hoy he tenido fuerzas para recoger sus cosas y preparar unas bolsas de ropa para la parroquia, como a ella le hubiera gustado. Me ha llenado de sorpresa encontrar una pequeña cajita, que no conocía, al fondo de su armario, bajo las sábanas. En su interior, varios paquetitos envueltos en trozos de tela con el famoso estampado de cerezas. He sonreído recordando aquella época en que atiborró toda la casa con cientos de objetos protectores confeccionados en esa tela. Al desenvolver uno he visto la foto del abuelo hecha un canutillo alrededor de tres dientes de ajo, con varios cortes y marcas rojas. Se ve que, aunque no solía hablar de él, nunca lo olvidó. Y en otro, muy bien envuelto, he topado con una pequeña muñequita de trapo de cabellos rubios con varios alfileres pinchados en el rostro y en el pecho… 

Junto a todo esto he descubierto las joyas robadas de mamá y varios miles de las antiguas pesetas...

Por María Martín

¡Ay, los padres!

—Cuando nací, mis padres ya no se querían -me dijo Marta, con voz entrecortada. El descubrimiento le había afectado mucho. 

Ella sabía que yo vivía solo con mi madre. Pero nunca hablamos del asunto. Le había dicho que estaba divorciada y nada más. “¡Si yo te contara, Marta!”, pensé. 

Mi padre se fue cuando mi madre estaba embarazada de mí; yo era un embrión de cinco meses. “¿Te parece que se querían entonces?”, me dieron ganas de decirle a mi amiga.

Claro, lo supe cuando empecé a observar que mis primos tenían mamá y papá; también mis amiguitos del parque. También llamaba a todos papá. Tal vez creía que a los hombres se les decía así. Cuando las niñas me corrigieron algo mosqueadas: “no es tu papá, es el mío”, empecé a preguntar: “¿Y el mío, cuál es?” Tal vez pensaba que estaba en otro rincón del parque. Pero no.

Ahí vino la explicación por parte de mi madre. No lo entendí hasta unos años más tarde y no me gustó nada esa situación. Una vez ella preguntó si quería conocer a mi papá. Parece que levanté los hombros mirándola sin entender. No lo recuerdo porque aún era pequeña.

Me ha dicho mi abuela que un día él vino a buscarme a casa, pero no entró; me recogió en la puerta y salimos. Me trajo regalos. Estuvo viniendo una vez al mes, y paseábamos por el parque y a merendar. A veces, al zoo. Un día -tendría yo seis o siete años- fue a recogerme a la salida del colegio. Mi señorita lo saludó y habló con él. Todos mis compañeros me preguntaban “¿es tu papá?”. Me pegué a él y asentí con la cabeza. Me sentí orgullosa de ese hombre alto y guapo que me cogía de la mano. Es el recuerdo más bonito que guardo en relación a mi padre.

Luego vinieron las vacaciones compartidas, la mitad con mi madre y la otra con él, en su casa de Jávea. Allí vivía. Al principio me iba contenta. La verdad es que me daba todos los caprichos. Pocas veces me reñía. Pero, con el tiempo, me costaba cambiar de casa: o no quería ir, o no quería volver. Hasta que mi padre dejó de venir a buscarme. Nos veíamos una o dos veces al año, y luego ni eso. A mí no me importó mucho. Tampoco eran buenos los comentarios que escuchaba en casa sobre él. 

El año pasado, cuando tenía 14 años, mi madre lo llamó para hablarle de mí: “que no podía conmigo, que él asumiera su parte de responsabilidad, que si seguía así me pondría interna en un colegio, bla, bla, bla.” Todo este follón porque mi habitación no está como quiere ella, sino como me resulta más cómodo a mí: ropa, zapatos, mochilas, todo a la vista. Así no tengo que andar buscando; mis cosas están ahí, al alcance de la mano. Para ella es un desorden, un caos. También nos peleamos porque cuando los domingos recojo la cocina no lo hago inmediatamente, cuando se le antoja a ella, también por mis vaqueros rotos, por la pintura de mis ojos… 

Mi padre vino y los dos hablaron mucho; acordaron que, en quince días, cuando acabaran las clases, me iría con él por dos meses. Todo esto sin consultarme. No tuve más remedio que ir, no podía enfrentarme a los dos juntos. Una vez allí, mi padre no paró de darme la brasa con sus charlas y consejos. ¡Qué rollo los padres y las madres! ¡No entienden a sus hijos!

Ahora mi padre viene a menudo, desde lo del año pasado. Hablan mucho los dos. A veces salen, para que no me entere. Noto que han cambiado. Antes se decían lo justo y estaban muy serios; ahora tienen buena onda, charlan bastante y se ríen. La semana que viene cumplo los quince y me han dicho que me tienen una sorpresa.

—¿Me escuchas, Natalia? -dice Marta interrumpiendo mis pensamientos. Te estoy contando lo que me tiene tan mal y no me dices nada. Que mis padres guardan las apariencias, pero que no se quieren. Cuando nací ya no se querían. 

Miro a mi amiga, tan desesperada, e intento animarla.

—No sufras, Marta; los mayores son así. No hay quien los entienda: se quieren con locura, dejan de quererse y en cualquier momento están otra vez como novios. Para que veas que digo la verdad, mi padre ha vuelto después de quince años y, a partir de la semana que viene, vuelven a vivir juntos. 

Por Elsa Velasco

miércoles, 23 de abril de 2014

Ernestito

Me llama el señorito y aquí estoy otra vez, aunque la verdad es que ya me tienes hasta el moño. Tú me dices:  “ve a su casa y dile que la quiero”. Y yo voy, entro hasta dentro, y le entrego los poemas más bellos de tu parte. No tienes hartura, todos los días lo mismo: Me envías con ella una y otra vez, y te lo dije entonces y te lo repito ahora: `mira, Ernesto, que esta mujer se va a cansar y nos manda a la porra a ti y a mí antes de que tú ni siquiera te des cuenta de que te estás poniendo pesadito”.

Que sí, que sí, que tienes toda la razón, que la poesía es tan hermosa que aquel que la contempla no puede por menos que desnudar su alma y entregarse a ella enteramente; que la belleza atrae la belleza y que un alma pura seguro se llena de amor ante unos versos puros; que hay que llenar de lindezas a una criatura tan hermosa… Pero, ¿no te estarás pasando un poco? ¿No estarás abusando un poco de mí? Mira yo he hecho mi parte, aunque tú nunca me has reconocido ni pagado en modo alguno. Pero, hombre, ¡mueve el culo tu también, caramba! Invítala a salir: proponle un cine o un teatro, ¡díle algo, por Dios! Que luego te la cruzas por la escalera y es que ni hola ¡Que tienes treinta y cinco años, por si no te habías dado cuenta! Ya te está empezando a salir barriguita y todavía no tienes el valor para decirle nada a una chica. Algún día, vas a salir en el periódico, en la página de sucesos: “Memo muere en su casa oxidado y lleno de moho por temor a moverse”.

Mira, esta vieja cansada a la que machacas tanto te va a decir cuatro verdades:

A ella no lo gusta lo que me haces enviarle. Bueno, mejor dicho, le gusta, pero lo preferiría más bajito y no tan frecuentemente. La he oído decir que nos va a poner una denuncia por ser unos vecinos tan ruidosos. Por favor, mírate, eres un payaso. Si no mandaras hacer a otros lo que debieras hacer tú mismo te iría mucho mejor. ¿Sabes lo que comenta tu amada vecinita? Bien, pues dice: 

“Mi vecino de enfrente me tiene desconcertada: Es guapo, amable, educado, parece buena persona. Pero pone la música a todo meter a todas horas, sin ningún tipo de consideración. Y eso que sabe que estoy muy ocupada estudiando y que me levanto muy temprano. Se lo diría pero él pasa de mí y últimamente ni siquiera me saluda. No parece qué le importe mucho. Al final, acabaré denunciándolo”.

Aunque sólo soy tu vieja cadena de música, haría cualquier cosa por ti, si pensara que sirve de algo. Pero creéme, Ernesto, como no te atrevas a dar la cara lo pierdes todo, me pierdes a mí, la pierdes a ella, y lo que es peor, Ernesto, te pierdes a ti mismo. Aunque el rubor te invada desde los pies hasta el último cabello, da el paso y habla. Di lo que sientes, lo que quieres, lo que no quieres. Ernestito, quiérete un poco más, corazón, porque corazón te sobra. Mira, chatito, aún no es tarde. Si quieres, te doy un empujón. Pincha el último cd que te has comprado, llénate del poder, la magia y la poesía que tú sabes que tiene la música, llama a la puerta de Laura y dile algo. Lo que sea, si es sincero seguro que es bonito y ella lo valorará. Anda, cariño, que te conozco mejor que nadie y sé que vales tu precio en oro. Y aún me quedo corta. ¡Ánimo, Ernestito.


Por Rosa María Velasco

martes, 22 de abril de 2014

La otra vida

Era una maravillosa noche estrellada de verano, de esas en las que los madrileños aprovechan para pasear porque en los pisos no se puede soportar el calor. El bullicio de la calle me distraía y quedaba maravillado, como en tantas otras ocasiones, con la majestuosidad de la fachada iluminada del Palacio Real, un acordeón amenizaba el paseo de parejas que andaban acompasadas y los niños, con sus careras y sus risas, completaban la escena.          

—¡Cómo me alegra saber disfrutar de todo esto!— Me decía a mí mismo. Conseguí reunir unas monedas y me permití uno de mis grandes placeres, un gran helado de arroz con leche cubierto por un grueso manto de canela en polvo. Siempre esperaba a la última hora de la noche, cuando la heladería estaba a punto de echar el cierre y eran más generosos al despachar. No podía pedir más a la vida. Tenía cierta salud, incluso mental, unas vistas privilegiadas, unos vecinos de portal, que en invierno se deshacían en parabienes, y un montón de recuerdos con los que alegrar esos momentos de melancolía que en ocasiones me invadían. Paseé por un lateral de la plaza de Oriente hacia arriba y hacia abajo, me relamí del helado y contemplé cómo las terrazas se iban quedando mudas. Decidí ampliar mi recorrido y, entrada ya la madrugada, me dirigí al Viaducto de Segovia. De la otra parte de esa mampara que separan a los viandantes de los suicidas, escuché unos gemidos casi inaudibles. Detuve mis pasos y quedé quieto intentando encontrar el lugar del que procedían los sollozos. La sombra lo invadía todo, pero no lo suficiente como para ser cómplice de un cuerpo robusto y agazapado que se plegaba sobre sí mismo.

Me acerqué con precaución, no quería asustarle y me dispuse a hablarle sosegadamente.

 —¿Te puedo ayudar?— pregunté sin recibir respuesta. 
—No quiero incomodarte, pero estás en un lugar en el que yo también estuve en una ocasión. Desde esa esquina todos tenemos la misma perspectiva de desaliento, desesperanza, tristeza, dolor... No te quiero convencer de nada pero lo cierto es que las penas compartidas son más llevaderas.

Le dije sin mucha esperanza de recibir respuestas. Me quedé un rato y decidí pasar al otro lado de la mampara.

—¡Vete de aquí!—gritó alzando repentinamente la voz. 
—No te preocupes, no me moveré, sólo quiero tener un poco de compañía esta noche. Creo, como Sócrates, que el diálogo atempera el alma.

Bajó un poco la guardia, levantó su rostro con la mirada perdida y el cuerpo tembloroso. Aguardé para que no ser yo quien marcara los tiempos y aproveché para recordar esa perspectiva de entonces..

—He pasado mis últimos sesenta años salvando vidas, vidas que me las tomaba tan en serio que en ocasiones somatizaba sus síntomas. Aprendí que la muerte era el último capítulo de nuestra vida, sin él no estaría acabada nuestra historia. Logré comunicar a los familiares de mis pacientes que uno de sus seres queridos había dejado de sufrir, que se había ido en paz, con una sonrisa dibujada en su rostro…¡Mentira, nadie se muere con una sonrisa! Pero el destino, que es cruel, me ha pagado toda esa farsa con una bofetada de realidad. Sufro un cáncer letal, no tiene cura, lo sé, y no puedo engañarme a mí mismo infundiéndome ánimos para afrontar tratamientos, que yo mejor que nadie sé que no valdrán para nada —dijo del tirón como si lo estuviera vomitando. 

— Son tus razones y por eso no son banales, pero no eres un cuerpo azotado por el mal de la enfermedad en toda su crueldad, aún puedes tener momentos felices, no más que momentos, pero que revitalizan el espíritu. Ven, levanta y mira ese cielo estrellado, cada una de ellas me dijeron cuando siendo muy niño murió mi padre, es alguien que te quiere y que desde allí arriba te cuida… Imagínate qué pensarán esos pacientes que desde allí te ven, les defraudarás… Y mañana, cuando salga tu caso en la prensa qué pensarán los familiares a los que acompañaste en este duro trance… Yo pasé por ese mismo estado en el que te encuentras y otro mendigo, como hoy lo soy yo, se acercó, me acompañó y me dijo algo que hoy quiero compartir contigo: “Para morir siempre hay tiempo. Date otra oportunidad, aprende a vivir de una nueva forma, eres un enfermo, no eres el vitalista de antaño, pero los enfermos y moribundo también tenemos vida”.

Me marché cuando el sueño le venció y desde aquel día, no falta una noche de verano estrellada en la que ambos coincidamos como nuestros respectivos males que nos consumen, para aprender  a vivir esa otra vida que tarde o temprano a todos nos llegará.

Por Parapeto

La justicia se sirve a los postres

Dolores suspiró satisfecha cuando leyó la noticia en el periódico y sonrió por primera vez desde hacía tiempo. El mismo que llevaba su hijo atrapado en aquella jaula rodante. Por fin su objetivo se había cumplido, aunque alguien se había encargado de hacerlo por ella.

Evocó aquel fatídico día de mayo en que Juanjo salió a pasear en bicicleta hasta la hora de comer. Era un chico responsable, estudioso, al que le gustaba el deporte. Adoraba a su madre, sobre todo por el coraje que había tenido para criarlo sola, cuando Ramiro, el padre los abandonó, cuando tenía cuatro años, por una colombiana meliflua y de atributos generosos. La misma que al poco tiempo le dejó plantado porque no satisfacía todos sus caprichos. Cuando Ramiro llamó a la puerta de Dolores solicitando volver a empezar una nueva vida, ésta se la abrió para sentarle a la mesa y ponerle delante los papeles del divorcio para que los firmara y se fuera para siempre.

Dolores puso un modesto restaurante al lado de unos estudios de televisión y reputadas oficinas y su fama se extendió tanto que tuvo que ampliar el local. Su clientela se nutría de empleados, actores, periodistas, famosos y aspirantes a famoso que mantenían los programas basura.

Su hijo estaba a punto de licenciarse en Ciencias Empresariales y tenía previsto un contrato en una empresa, pero su destino se desvió aquel día. Cuando la policía la notificó que había sido arrollado por un Opel azul marino que se había dado a la fuga sin socorrerlo, el mundo se le cayó encima. Juanjo viviría, pero postrado en una silla de ruedas. Al poco tiempo, la investigación dio resultados; los propietarios del coche eran un conocido periodista que había saltado a la prensa por sus repetidos escándalos en estado de embriaguez y su amante, una famosilla con mucha silicona y escaso cerebro que mostraba sus miserias en un programa de sobremesa.

La casualidad se mostró cruel: esos personajes eran clientes habituales del restaurante y se habían convertido en los asesinos de su hijo. La sentencia dejó perplejos a todos los que esperaban justicia: al no haberse producido muertes y no haber pruebas concluyentes, una multa y un mes de arresto domiciliario. 

Dolores no podía soportarlo. En su cerebro empezó a germinar el virus de la venganza. Le gustaban las novelas policíacas. Había leído que algunos venenos suministrados en ínfimas dosis durante un prolongado período de tiempo producen la muerte sin dejar rastro. La idea fue tomando forma: siempre se sentaban en la misma mesa, junto a la ventana. Siempre la misma. Caprichos de famosos. Por eso se le ocurrió ir añadiendo a los postres aquella sustancia que había conseguido en la farmacia: una gota cada día. Hasta en eso eran caprichosos: flan con un chorrito de whisky. 

Mientras tanto, los médicos le habían hablado de una  posible operación, complicada, delicada, pero podrían probar.  Se habría una puerta a la esperanza.

El mismo día que les llamaron para hacerle las pruebas en el hospital, leyó la noticia: el presentador del programa y su amante fueron estrangulados en su casa. Todo parecía indicar que se trataba de un robo. 

Ramiro entró en la sala de espera y abrazó llorando a Dolores: alguien tenía que hacerlo. También es mi hijo.

Las encrucijadas del destino son complicadas, pero en este caso la espera mereció la pena…

Por Carmen Alba

lunes, 21 de abril de 2014

Farida

A Ernesto, que emite unos apagados gemidos, le caen grandes gotas de sudor que empiezan a mojarle las lentes. Se pelea con el mando a distancia de la flamante e inmensa televisión que preside el salón, donde, tumbado en el sillón o sentado en su silla de ruedas, pasa muchas horas al día: escuchando música, leyendo novelas o disfrutando de sus series favoritas. Ahora está solo. Sus padres están trabajando y la asistenta salió un momento a comprar.

Ha visto crecer a Farida, la vecina del piso de al lado, y a sus hermanos varones, que nacieron cuando ya estaban instalados en la urbanización. A través del angosto tabique, ha compartido juegos y llantos con ellos. Los chicos han pasado, casi desde que aprendieron a andar, gran parte del tiempo en el jardín comunitario, jugando al fútbol, subidos en los columpios o patinando, sobre todo la niña, que lo hace con gran soltura.

La madre de los niños, Paqui, hija de extremeños, aunque viste chador -la túnica que utilizan muchas mujeres musulmanas en occidente, que cubre todo el cuerpo, dejando al descubierto sólo cara y manos-  nació en el barrio del Picarral, en Zaragoza,  la ciudad en donde viven. Cuando llegó a su actual domicilio acababa de casarse con Jalil, un joven jordano que trabajaba en una pequeña fábrica del sector del automóvil, que la convirtió al Islam.

A Ernesto, al que los fórceps le produjeron una severa parálisis cerebral, que le impide casi la totalidad de los movimientos y la facultad de hablar, le bajan al patio casi todos los días. Ya forma parte del paisaje humano y muchos niños le tratan con cariño, aunque siempre los hay que le faltan al respeto. Él, que va camino de los treinta años, ya no le da importancia. Le gusta observar los juegos de los chicos y daría su vida, menos un día, por formar parte de uno de los equipos de fútbol que compiten en la pista y emular a los jugadores del Real Zaragoza que tanto admira. Farida, que suele pasar a su lado mientras circunda el patio con sus patines, siempre le mira, algunas veces le sonríe, pero nunca le dice nada. Ernesto hace tiempo que reparó en la belleza mestiza que iba atesorando la chica.

Desde hace unos meses, Farida, que debe andar por los quince años, ya no juega. Sus hermanos se pasan el día divirtiéndose, pero ella ya no los acompaña. Sólo se la ve cuando entra y sale de su casa con su madre. El último verano llevaba siempre pantalón largo y camisa hasta las muñecas. Ayer la vio con un pañuelo cubriéndole su preciosa melena. A Ernesto, que temía la llegada de este momento, se le saltaron las lágrimas.

Ya no sabe qué hacer con el mando del nuevo televisor. Toca todas las teclas, pero no encuentra nada que le sirva. Será porque no está encendido el Wi-Fi. Llora de impotencia. Encima, Juani, la asistenta, no está. Escucha los gritos y no puede hacer nada. Sudor, mocos y lágrimas se mezclan en la comisura de sus labios. "¡Vaya mierda de tele!", se lamenta. 

"¡Por fin!", respira. Ha conseguido que se le abra un pequeño cuadro de texto en la pantalla donde, con mucha dificultad, apretando con su agarrotado dedo índice, logra escribir algo. A través del tabique, los gritos de Farida, mezclados con voces de mujeres mayores, se hacen cada vez más intensos.

Llega Juani y se encuentra con los aullidos de Ernesto. “¿Qué pasa?”, dice asustada, “si sólo he faltado un momento”. Gira la cabeza hacia la televisión y, al lado de donde dice "búsqueda de canales", lee: “farida auxilio”. La mujer repara en lo que sucede al otro lado de la pared y se apresura a llamar a la policía.

En el hospital, ginecóloga y enfermeras brindan con un café de máquina. Sólo fue un pequeño corte que cicatrizará en pocos días. Por unos segundos, no llegó a practicarse la ablación. Fuera esperan dos mujeres policías, una funcionaria de servicios sociales del Gobierno de Aragón y Elvira, la representante de la organización “Justicia para las mujeres”, que hacía tiempo que no encontraba un caso como éste, pues las mutilaciones suelen realizarse durante los viajes a los países de origen y a niñas más pequeñas.

Ernesto se encuentra en cama, con casi cuarenta de fiebre, pero se le pasará, ha comentado el médico. A pesar de todo, exhibe una sonrisa que transparenta la felicidad que lo invade.

Por Vicente Briñas

domingo, 20 de abril de 2014

Adaptación inaaptada

Teresa era terriblemente infeliz en aquella oficina. Papeles para arriba, papeles para abajo…burocracia interminable en un trabajo que le resultaba tedioso. No era la actividad que hubiese querido y no se correspondía para nada en los estudios de Biología que había cursado.

Sin embargo, como era muy responsable procuraba hacer su labor rápido y bien. A pesar de todos sus esfuerzos el jefe siempre la reprendía y le mandaba más y más trabajo, exigiéndole mucho más que al resto de compañeros, por aquello de que a quien más da más se le pide, y María se sentía muy mal por esto.

Además sus compañeros no la apreciaban mucho pues trabajaba demasiado y eso les incomodaba y, además, su carácter tímido y retraído le impedía relacionarse con soltura.

Un día Teresa, harta de tanta represión, se esforzó en trabajar más despacio , y con sorpresa observó que la trataban mejor, hasta había menos broncas, así que al día siguiente trabajó un poco menos y la trataban mejor aún. Ella dedicaba su tiempo en la oficina a escribir, dibujar, imprimir fotos… y nadie le decía nada. Así que, momentáneamente, comenzó a ser un poco más feliz, dedicada a sus aficiones y sin regañinas.

Pero una mañana las cosas dejaron de funcionar. La empresa cambió de director y éste sí que le regañaba por no tener las tareas a tiempo. Acostumbrada a las inmerecidas broncas que recibió del anterior responsable no se atrevía a trabajar con la misma celeridad y eficiencia de  antes, así que un buen día el jefe se puso más histérico que nunca reprendiéndola y ella no pudo por menos que romper a llorar intensamente.

A la mañana siguiente encontró la carta de despido encima de su mesa.

¡Ah!, pero ¿querían un final feliz? Mírenlo de este modo. Así Teresa
tuvo todo el tiempo para dedicarse a su arte y quien sabe si no se dedica ahora mismo profesionalmente a ello o encontrar otro trabajo más acorde con su personalidad. Pero eso ya es otra historia…


Por Rosa María Velasco

El nuevo traje del emperador

Hace muchos años había un emperador presumido que vivía en un reino lejano. Gastaba todo su dinero en trajes y telas carísimas…

Un día llegaron a la ciudad dos farsantes que se hacían pasar por sastres…

Su presencia no paso desapercibida y pronto fueron llamados por su majestad para que confeccionase uno de aquellos modelos que publicitaban.

El monarca ordenó que les fueran entregadas dos bolsas de oro como pago adelantado por su trabajo. 

Pocas semanas después, los presuntos y habilidosos sastres se presentaron con el traje que habían confeccionado.  

Mis queridos sastres imperiales –les dijo el emperador- hoy es el gran día para mi corte.
Entonces los dos sastres se acercaron a uno de los muebles y levantando los brazos en el aire como si sostuvieran alguna prenda exquisita le dijeron al emperador: 

-Aquí está su traje majestad. Estos son los pantalones. Esta la casaca. Aquí tiene el manto…  Señor, las prendas son tan finas y ligereras que parecerá que no lleva nada puesto.

Para completar aquella comedia, los dos rufianes le preguntaron al emperador: 

-Majestad, ¿Sería tan amable de quitarse la ropa para que podamos vestirlo con el traje nuevo?
…¡Oh, qué bien le sienta el traje majestad! Decían los consejeros reales, a pesar de que no veían nada.

Poco después el emperador pidió a su esposa e hijo que entrasen en su aposento  para que viesen su nuevo traje y le diesen su opinión  antes de salir a lucirlo a la calle ante su pueblo. 

Al entrar en el aposento de su majestad su hijo pequeño, de apenas una decena de años,  dijo a su padre: 

- ¡Pero papa que haces desnudo!

Al instante el Rey comprendió que su hijo le había salvado de hacer el ridículo ante los súbditos de su corte y que  había sido víctima de un engaño por parte de aquellos dos truhanes. 

Algunas personas que dicen conocer la historia comentan que pudieron apreciarse como por las mejillas del Rey resbalaron dos lágrimas de arrepentimiento. 

Después se sentó en el sillón, estuvo varios días sólo en el sillón del trono meditando sobre su proceder durante los últimos años hasta que llegó a comprender  que había mantenido un espíritu presuntuoso y materialista previsiblemente lo había alejado del pueblo. 

El Rey abrazó a su hijo, agradeció su espontaneidad y franqueza, lamentó su comportamiento y  prometió que nunca más se volvería a producir. Destituyo a todos sus consejeros a los que mandó cortar la cabeza. 

Después, mandó incautar todos los bienes a los supuestos sastres y los repartió entre su pueblo y ordenó que los encerrasen en  la mazmorra más fría del reino durante diez años.

El monarca prometió  que nunca más volvería a derrochar los fondos de los súbditos en asuntos banales. 

Más tarde  se puso su traje más modesto y usado y salió a pasear por las calles de la villa. Los vasallos al contemplar la nueva actitud del monarca lo vitoreó con orgullo.

Hay quién dice que aquel pueblo vivió en paz y progresó durante cien años. Y, que si aún hoy quienes logran  llegar a él y preguntan por aquel monarca se comenta que se le recuerda con cariño.  

Por Jesús Ramírez

sábado, 19 de abril de 2014

El hombre de Roma

Volvía a Madrid desde Roma. En la puerta de embarque se puso delante de mí, en la cola, un hombre que venía por primera vez a España. Según dijo era romano. Alto, elegante y muy expresivo.

Al subir al avión, la azafata lo guió hasta su asiento, mejor dicho, sus asientos, porque había pagado tres, toda su fila. Aunque viajaba solo. 

Se sentó en la butaca que daba al pasillo y miró a su alrededor. Observó los folletos que había en el bolsillo colocado en el respaldo del asiento delantero. Hojeó y estuvo leyendo el de las instrucciones que suelen proporcionar en todos los aviones. Metió la mano debajo de su asiento, agachó la cabeza intentando ver lo que había. Salió al pasillo, pero la azafata le pidió amablemente que se sentase porque interrumpía el paso de los pasajeros que seguían subiendo.

Volvió a sentarse pero inmediatamente se irguió quedando medio de pie, en el espacio entre dos butacas, con una rodilla en el apoya-brazos. 

Algunas personas de los asientos próximos  susurraban entre sí, observando  al hombre que no paraba ni un instante de moverse.

—Oiga, ¿dónde está el chaleco salvavidas?- Se dirigía a la azafata.
—Siéntese señor, que cuando suban todos y estén sentados, les daremos la información completa.
—¡Es que no lo veo donde dicen que debe estar! –Su tono de voz era alto. 

Se le acercó un azafato y le habló en voz muy baja; supongo que intentaba tranquilizarlo. El hombre se sentó pero continuó protestando. Los pasajeros de alrededor iban perdiendo la tranquilidad; se les notaba en la actitud y en sus miradas.  

Una vez acomodados todos los viajeros, guardados sus equipajes de mano en los compartimentos correspondientes, y cerrados estos, todos los auxiliares de vuelo se ubicaron en sus puestos. Se oyó la voz del comandante dando la orden de “cierre de puertas”. 

En ese instante se levantó el hombre de Roma:

—No chiudere la porta! Mi manca l’area!- se dirigió a la entrada. 

Rápidamente lo interceptaron dos azafatas. 

—No sieren, non posso respirar! Mi sento sofocare!

Los demás nos quedamos boquiabiertos. Por un momento pensé que estaban filmando una película de Hollywood, de esas que nos tienen acostumbrados. Pero no.

Al escuchar los gritos, había salido de la cabina uno de los pilotos.

Los miembros de la tripulación le hablaban, e intentaban convencerlo de que se pusiese la mascarilla para aliviar la sensación de falta de aire.

—Mi manca l’area! –Forcejeaba. ¡Quiero bajarme!

Ya habían retirado la escalerilla y se iba a proceder al cierre de puertas; el hombre se iba poniendo cada vez más nervioso. Ya no podían con él los dos azafatos. Vino en su ayuda un pasajero que iba en las primeras filas: un joven muy alto y robusto. Entre todos lo sujetaron, en tanto le decía una auxiliar que ya habían retirado la escalera y que no podía bajarse, que se tranquilizara.

El miedo del viajero fue en aumento, ya era una crisis de pánico incontrolable.

—Mi sento sofocare! ¡Quiero bajarme, quiero bajarme!- clamaba con los ojos desorbitados.

Todo fue inútil. El hombre de Roma estaba fuera de sí. 

Entonces el comandante dio la orden de que volvieran a traer la escalerilla.

Los pasajeros que nos habíamos puesto de pie para ver lo que sucedía, nos volvimos a sentar. Un pesado silencio recorrió todo el espacio. Algunos pasajeros se removían en sus asientos y se desabrochaban los cinturones.

Cuando estuvo colocada la escalera, el hombre se bajó rápidamente y salió corriendo por la pista.  

Por Elsa Velasco