domingo, 7 de diciembre de 2014

LA HISTORIA JAMÁS CONTADA DE LOS TRES CERDITOS Y EL LOBO

- No comas más galguerías, Godi, que vas a reventar- Le decía su hermano mayor
 Rodo (Rodolfo) a Godofredo el menor de los tres cerditos. Pero éste no le hizo ningún caso y siguió comiendo y comiendo . Su cuerpo iba engordando cada vez más, se hinchó como un globo, hasta que “¡BOOM!”, estalló llevándose por delante  la casa de Rodo,  hecha de ladrillo firme,  que saltó por los aires.
Viendo Rodo y Herme (Hermenegildo), los hermanos mayores, el percance, se les ocurrió que para cobrar el Seguro del Hogar, no podían decir la verdad. Entonces inventaron que fue el lobo quien había tirado la casa soplando.

- Pero ¿quién va a creer semejante patraña?- decía Godi.- ¿y quién iba a creer que fuiste tú comiendo? A mí me parece más creíble que fuera el lobo- replicaba Rodo.

Así que se pusieron de acuerdo y rellenaron los papeles del seguro, culpando al lobo de su tragedia.

A Herme le gustaba hacer “manualidades” y estaba construyendo un bazooka. No le funcionaba, pero encontró en el suelo un muelle, que resultó haber salido de la cabeza de Godi, se lo puso y el instrumento en cuestión se disparó explotando y saliendo por los aires la casa de Herme, que estaba hecha de madera.
Una vez más decidieron echar la culpa al lobo para cobrar el seguro.

La casa de Godi era la más pequeña. Estaba hecha de paja. Estando en ella los tres reunidos, Rodo estornudó y toda la casa se vino abajo.
Pensaron en el mismo plan: decir que fue el lobo.

Cuál fuera su sorpresa cuando al llegar el técnico del seguro del hogar, éste era el lobo en persona, quien sólo pensaba en comérselos en pepitoria, o al ajillo, o a la riojana. Así se formó un espectáculo de carreras del lobo tras de los cerditos, hasta que el lobo quedó exhausto. Los cerditos habían perdido muchos kilos en la carrera, por lo que decidieron hacerse modelos de pasarela y ganaron mucho dinero, con el que juntaron y reforzaron sus tres casas. Además pensaron en agradecérselo al lobo. Pagaron la fianza por sacarlo de la cárcel, en la que había ingresado por el supuesto caso de las casas, y le invitaron a vivir con ellos, eso sí comiendo sólo comida para perro envasada y alguna galguería de Godi.

Por Rosa Velasco

sábado, 6 de diciembre de 2014

Una flor en la nieve

Un bulto azul yacía tendido en la nieve. Era una niña, y se estaba muriendo.

Sus cabellos dorados parecían brillar al pálido sol invernal. Hebras de pelo como si fueran de paja resplandecían a la luz. Era muy pequeña, tendría unos siete u ocho años. Llevaba puesto un vestido azul muy bonito. Seguramente se lo habrían regalado sus padres por su cumpleaños, aunque, lejos de este tipo de conjeturas, saltaba a la vista que estaba gravemente enferma. Su piel, increíblemente blanca, estaba de gallina. Su cuerpo entero se estremecía tiritando de frío. Un sudor febril le recorría la frente. Sus mejillas, quizá en otro tiempo sonrosadas, estaban ahora pálidas como las del mismo conde Drácula. Era aterrador verla.

Bajo estas circunstancias, una diminuta silueta se recortó en la lejanía y se fue acercando progresivamente. Se trataba de un muchacho de once años llamado Luk. El chico había salido ese día a buscar leña por el bosque, con la lamentable suerte de que el mal tiempo le dificultaba seriamente la tarea. Así pues, sin quererlo se había ido alejando hasta llegar al lugar en el que yacía la niña.

Luk, que iba distraido pensando en sus cosas, se sobresaltó y casi tropezó con el bulto azul. No era corriente encontrar a una pequeña tendida en la nieve. No era algo que sucediera todos los días. Y, sin embargo, ahí estaba, cubierta de nieve y como rodeada de una especie de halo angelical que envolvía sus rubios cabellos. Se percató de que tenía los ojos fuertemente cerrados y pugnó para que los abriera, sin éxito. Resueltamente, optó por ayudar a la chica, costara lo que costase, y disponiéndose a ello dejó caer a su lado el hacha que llevaba para cortar leña. Agachándose, apartó un par de dorados mechones de su húmeda frente. A pesar del frío, su piel ardía de fiebre.

-Tranquila, voy a ayudarte -dijo Luk-. ¿Cómo te llamas?

No obtuvo respuesta. La niña permanecía encogida, con una mueca de terrible dolor en su joven rostro. La tortura que estaba padeciendo, fuera cual fuese, parecía insoportable.

-¿Qué te ocurre? ¿Qué podría hacer por ti? -insistió el chico, cada vez más desesperado.

Entonces se fijó en algo que la pequeña llevaba agarrado en su mano, cerrada en un puño. Luk lo sostuvo con delicadeza y trató de abrirlo, pero fue en vano. La chica tenía el puño cerrado con fuerza y no lo abriría con facilidad, tal era el sufrimiento que estaba soportando. Probó a tomarle el pulso. Comprobó con enorme inquietud que la vida de la niña se apagaba por momentos mientras que él no podía hacer nada al respecto. Llevado por un impulso, la asió de los hombros y la zarandeó violentamente. Pero nada podía hacer para sacarla del grave trance.

Volvió a intentar abrirle el puño, y esta vez, tras un momento de flaqueza de la niña, lo logró. En su interior se escondía una extrañísima flor de pétalos negros que contrastaban vivamente con el blanco de la nieve. Era preciosa, y Luk la contempló maravillado. Pero justo en ese momento la niña se recobró.

-¡No! ¡No la toques! ¡La flor! -chilló, al tiempo que abría unos ojos como lagunas, de un azul intenso como el color de su vestido, y cerraba el puño- ¡Es mía! ¡Está maldita! ¡Debo protegerla con mi vida!

El niño se apartó, asustado. Lo más asombroso era que, pese a haber sido aplastada, la flor permanecía indemne y lozana como el primer día. ¿O es que acaso había habido un primer día? Aquella flor era tan sumamente misteriosa que Luk no pudo evitar preguntarse por su origen.
La niña interrumpió sus pensamientos:

-Nía -dijo, con voz más pausada-. Así es como me llamo.

Luk asintió y, con un simple gesto, indicó a la pequeña Nía que se apoyase en su espalda. Ella se dejó llevar hacia la espesura del bosque, mientras dejaba caer la flor que con tanto ahínco sostenía. Quedó ésta como un punto negro en el gran manto blanco de nieve.

Los dos niños llegaron a una casa donde la chica pudo recuperarse de su enfermedad bajo los cuidados del atento Luk. Allí crecieron y se hicieron mayores. Nía no volvió a recordar nunca lo ocurrido, pero un día por casualidad llegó al mismo lugar donde había estado a punto de morir enferma y descubrió, en lugar de la bella flor, un hermoso y gigantesco árbol de hojas negras como el carbón que se conoce como el árbol negro. Luk y Nía, al poco de verlo, cayeron gravemente enfermos y murieron entre grandes penas y agonías, sin que esta vez hubiera nadie que los salvara.

Desde entonces dicen que el árbol negro trae mala suerte, desdicha y enfermedad a todo aquel que se encuentra con él.

Rocío San José 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los copos de nieve caen del cielo

Nevaba, y no es que ese fenómeno resultara extraño en aquella aldea de algún punto al ligeramente sur del Norte, en absoluto. Pero esa noche clara, a la luz de las llamas, la nieve se sentía cálida.

Dejaban la hoguera atrás, la aldea en el centro del claro del bosque, y a las mujeres y niñas, que se ocuparían mientras de preparar la ceremonia. Los ancianos árboles que rodeaban las casitas de madera parecían hundir sus raíces en lo más profundo de la tierra, impasibles ante el casi insoportable peso de la nieve que diariamente sobre sus copas se acostaba, resistentes al paso de cien años y mil ventiscas. Se marchaban, dejando el hogar a sus espaldas.

Caían lentos los copos y aun así no dejaban que las huellas de las parsimoniosas pisadas quedaran marcadas sobre el níveo suelo. No quedaba rastro alguno de sus pasos. La blancura de la superficie a sus pies y la brisa translúcida reflejaban la claridad de las antorchas, las sombras quedaban a un lado del camino. Uno, dos, marchaban todos en hilera, en silencio, el pequeño Mimuk de la mano de su abuelo, el anciano Aputsiak. Uno, dos, y el niño daba un salto para mantener el ritmo.

Mimuk tenía frío en los extremos de los dedos, y también en la punta de la nariz. Miraba a los demás hombres, una treintena, marchar sin abrir la boca, expulsando un denso vaho por la nariz. Todos los varones se encontraban allí, en mitad del bosque, caminando en línea recta, siguiendo una estrella que titilaba de forma especial aquella noche. Los más pequeños también estaban, incluido su hermano recién nacido, al que su madre había amarrado junto al pecho de su padre, por dentro del abrigo. Dormía.

El abuelo comenzó a tararear una melodía suave, melancólica. El sonido salía directo desde su garganta, penetrante, profundo. Pronto los demás se unieron a la canción, la música acompañaba el ritmo de esos pasos aparentemente sin destino.

Transcurrieron los minutos, quizá horas, dentro de aquel reducto de paz sonora abrigado por el silencio del bosque. Caminaron sin descanso hasta alcanzar el final del valle, junto a las faldas de la montaña. La nieve continuaba su triste separación con el cielo, viajaba lenta hasta darse de bruces contra aquel suelo que meses atrás estuviera cubierto de hojas del color del sol cuando tiene sueño, amarillo oscuro. Y, así, reticentes, los copos se despedían de las nubes invisibles de la noche y se fundían en la blancura a los pies de Mimuk.

La marcha se había detenido por fin, y los jóvenes recogían leña para hacer un fuego. El resto descansaba. El abuelo se agachó, quedando a la altura de Mimuk. Sus ojos se encontraron, ambos los tenían rasgados, oscuros como el interior de una cueva, brillantes como los reflejos de la luna en el agua. El anciano sonrió, y revolvió el pelo de su nieto mayor, sabiendo que pronto sería un hombre. Extendió su mano enguantada cubriendo el espacio que separaba su cuerpo del torso del niño. Esperó unos instantes mirando fijamente a Mimuk, y en seguida un copo de nieve, ínfimo, se descolgó del aire y cayó como acunado por la brisa sobre el cuero que cubría su palma.

- ¿Sabes qué es esto, Mimuk? - preguntó misterioso el anciano.
- Claro, abuelo, es un copo de nieve – respondió con presteza Mimuk.

El anciano, entonces, cerró su mano en un puño y aguardó cerrando los ojos.

- ¿Y ahora, qué es? - dijo.
- Sigue siendo un copo de nieve, abuelo, pero ya no lo veo – contestó extrañado el pequeño.
- Muy bien, Mimuk – se sonrió el hombre.
Abrió ahora el puño y mostró la palma de su mano, vacía ahora, al niño.

- ¿Dónde está el copo, Mimuk? - inquirió dulcemente esta vez.
- No lo sé, ¿qué le ha pasado? - preguntó Mimuk.
- El copo de nieve ahora es agua - explicó el abuelo. - Y mostró la gota líquida en el centro del guante.
- ¿Y ya no volveré a ver ese copo? ¿Nunca?
- No, Mimuk. Pero que no ya sea un copo no quiere decir que ya no exista. Mira, haremos una cosa.
Dejaré caer esta gota de agua al suelo. ¿Puedes imaginar qué ocurrirá?
- ¡Dímelo!
El abuelo sonrió. Giró su mano lentamente, permitiendo a Mimuk observar el pausado recorrido de esa lágrima que instantes antes fue copo de nieve, deslizándose por el guante. En el borde se conformó en gota y cayó, con la luz de la reciente hoguera reflejada en su relieve, sobre el suelo nevado. Mimuk observó cómo esa nimia gota de agua se fundía con la blanca inmensidad cuajada sobre las raíces del bosque.
- ¡La gota ahora es nieve, abuelo! ¡Sigue viva, sigue siendo nieve, aunque ya no es copo! - Mimuk gritó contento, agitado, estaba seguro de haber dado la respuesta que su abuelo buscaba.
- Eso es Mimuk, eso es. El copo sigue vivo, aunque ya no lo veas, aunque se haya fundido con la nieve – dijo el anciano sonriendo sólo con los ojos.

Pasaron algunas horas alrededor de la hoguera. Había dejado de nevar. Cantaban, reían, bebían y escuchaban a los más veteranos contar anécdotas y aconsejar a los jóvenes. Mimuk se quedó dormido con el resto de los niños, cuidando de su hermanito, acunado por las estruendosas risas de los hombres de su aldea.

Cuando se despertó ya estaba bien entrada la mañana. El sol lucía anaranjado allá arriba y dulcificaba la blancura del paisaje. Mimuk iba a la espalda de su padre, agarrado con las piernas a su cintura y colgando de su cuello. Sobre el pecho del hombre se encontraba el bebé, dormido y sonrosado por el frío.

Pronto llegaron a la aldea. El olor de las brasas calentó el estómago del niño y se sintió feliz de volver a casa. Vio a su madre a lo lejos, que se acercaba corriendo. En cuestión de segundos estaba a su lado, dando un abrazo a los tres hombres de su vida. Ya estaban de vuelta. “¿Dónde se encontraba el abuelo?” se preguntó sólo entonces Mimuk.

Ni él, ni otros dos hombres, los más ancianos de la tribu, se encontraban en la aldea. No habían regresado.

Tras la bienvenida de las mujeres a los recién llegados, dio comienzo la ceremonia. Alrededor de una gran hoguera se sentaron todas las familias, sobre la fría nieve. Una arrugada mujer, la Madre, inició una serie de cánticos a los que las voces de mujeres y hombres, en canon, se fueron uniendo. De nuevo, comenzó a nevar, como si la canción hubiera pretendido invocar esa lluvia congelada.

Sin cesar la melodía, tomó la anciana al hermano de Mimuk de los brazos de su madre y, danzando, lo mostró una a una a todas las familias del círculo. El bebé lloraba, quizá asustado, y no dejaba de revolverse en el abrazo prieto de la Madre. Esta lo calmó con su voz ronca pero suave, y el niño hipó. Depósito al pequeño sobre el blanco suelo, un instante. Extendió entonces ella su palma desnuda hacia el cielo, recogiendo un copo de nieve que resbalaba del aire. Cerró su mano en un puño. Al abrir sus dedos, una gélida gota de agua reposaba sobre su piel. Girando su mano lentamente,  dejó caer la gota sobre la frente del bebé.

- Tu nombre es Aputsiak. Llegaste como copo caído del cielo, ahora formas parte de la nieve, aquí sobre la tierra. Bienvenido a casa.

Mimuk supo entonces que su abuelo no regresaría, se había vuelto agua. Mimuk sonrió, y fue corriendo a saludar a su hermano, recién caído del cielo.

Lara Iglesias

En la nieve

En la montaña leonesa vivían dos niños con su madre y su abuela en una cabaña  aislada en el campo,  a pocos kilómetros de un pequeño pueblo que contaba con los servicios básicos:  tienda,  escuela,  servicio postal  y un consultorio médico atendido dos días por semana. Su padre trabajaba en los astilleros en una localidad costera. Los hermanos tenían 9 y 6 años respectivamente. No había carencias materiales  ya que el padre aportaba un sustento económico razonable, gracias a su trabajo y acudía cada mes puntualmente para verles y llevarles dinero, regalos y noticias de su mundo laboral.

Sin embargo la vida en la cabaña era dura debido a las condiciones climatológicas y a su relativo aislamiento. Ya acudir a la escuela era un esfuerzo diario.  Los días más duros del invierno no acudían y seguían con su madre el desarrollo de las tareas escolares, de acuerdo con los consejos del profesor que tenía previstas todas las eventualidades invernales debido a su experiencia.

En esos días había habido un temporal de nieve más duro que lo habitual y los hermanos llevaban varios días de encierro obligado, sin apenas poder salir de la cabaña, dedicados a juegos, deberes y a escuchar relatos que les leían o narraban la madre y la abuela.

Por fin salieron una mañana que el tiempo había despejado, para hacer unas compras en el pueblo. Su madre les había advertido de la dificultad para seguir el camino, irreconocible por la cantidad de nieve caída, pero la hilera de árboles les permitiría hacer el trayecto sin posibilidad de equivocarse. Bien calzados y abrigados,  con la excitación que el paisaje nevado y las ganas de aire libre les producían, echaron a correr sin mirar atrás. El mundo era suyo y sus pulmones y sus voces respondían con optimismo a la sensación de libertad.

El caso es que, aunque el camino parecía estar claro, ocurrió que en un momento dado  no reconocieron bien lo que les rodeaba y miraban con desconcierto a su alrededor. ¿Era ésta la hilera de árboles habitual o se habían desviado? Los árboles estaban a su vez vestidos de blanco, uniformados y escasamente reconocibles. Comenzaba a soplar un aire frío que atraía nubes, mientras los niños se afanaban por recobrar el sendero habitual. No había nadie a quien preguntar en el amplio horizonte y las nubes y el viento comenzaban a transformar el paisaje, dándole un aspecto amenazador. El pequeño empezó a llorar y a llamar a su madre. El mayor, alarmado, se hizo de golpe consciente tanto de su propio miedo como de su responsabilidad. El debía decidir si convenía seguir adelante o volver sobre sus pasos. Consolaba al hermano y le aseguraba que sabría como volver.

De pronto, se hizo nítido en la lejanía un punto negro que avanzaba hacia ellos y que no podían identificar. ¿Era un animal, un hombre, un fantasma …? El miedo se agudizó en ellos dejándolos paralizados e insensibles al frío. Quedaron algunos instantes más quietos, abrazados el uno al otro, con las miradas fijas en aquello que iba tomando forma a medida que se acercaba.

Por fin se aclaró a lo lejos una silueta humana vestida con una capa de paño negro que el viento bamboleaba sin piedad, pero que le cubría la cabeza impidiendo identificar a su propietario. Los niños permanecieron quietos observando.  No había donde esconderse y, en todo caso,  ellos a su vez ya habían sido vistos.
- ¿Quién es ese hombre?- Preguntó el pequeño.

- No lo sé, le esperaremos por si nos puede ayudar- respondió el mayor.
- ¿Y si es el sacamantecas?-  Recordó el pequeño la historia de la abuela sobre este personaje cruel, especialmente con los niños.
- No creo- es todo lo que se le ocurrió arguir al mayor.

A medida que aminoraba la distancia,  la criatura se les hizo más familiar. Parecía andar inclinado hacia un lado, por soportar algún peso extra que la capa impedía ver pero que hacía asimétrica la silueta. ¿Acaso no era Rufino el cartero?

La alegría de reconocerle les hizo saltar y gritando su nombre se acercaron corriendo a su lado. Él les saludó y les dijo que el día no estaba como para salir de paseo. ¿No habían visto las previsiones?. El se habría quedado en casa de no ser por el trabajo.  Les acompañó hasta su cabaña y continuó su camino.

Eugenia Corral

Nieve

Nieva. Los copos juguetean en su caída mecidos por el aire. Hace frio, mucho frio y el viento sopla a rachas haciendo que se note más. Salgo fuera de la vivienda para limpiar la entrada y hacer posible su salida de ella. Si sigue así nos veremos incomunicados.

Llevamos seis días que nieva de forma intermitente. De cuando en cuando tenemos que salir para limpiar la entrada.

Mi respiración se transforma en vaharadas de vapor que parece condensarse con esta temperatura volviéndose blanco.

Acabo de limpiar la entrada y regreso al interior de la vivienda. Me siento en la mesa y me pongo a escribir. Así pasamos mucho tiempo. Leyendo y escribiendo.

Hace dos meses que estoy aquí y desde entonces apenas he visto otra cosa distinta a una blancura sin igual. Nieve, nieve y más nieve. El blanco manto recubre todo cuanto alcanza mi vista.

Estoy aquí con otros dos científicos Marta y Juan. Nuestras investigaciones se han visto interrumpidas por el temporal que nos azota. No podemos salir porque si lo hacemos estaríamos bajo la terrible amenaza de desorientarnos y esto supondría nuestro fin. Los días que no nieva siempre tenemos algún punto que tomamos de referencia para no extraviarnos, pero cuando hay alguna tormenta todas estas referencias se pierden y entonces nos encontramos perdidos por lo que es mejor no salir de la vivienda.

Marta está escribiendo también y Juan está haciendo Sudokus. De cuando en cuando se cabrea porque no le salen pero enseguida reanuda su labor y reinicia uno nuevo con más ímpetu.

─Como siga así nos vamos a encontrar incomunicados   ─digo mirándoles.
─Si ─contesta Marta─. Es una nevada como hacía tiempo que no veía. Parece que se está ensañando con nosotros.
─Lo peor es que no nos deja trabajar ─replicó Juan.
─Trabajar sí, porque esto es lo que hemos venido a investigar ─contesté.
 ─Mientras no nos deje incomunicados ─dijo Marta.
─Tenemos suficientes víveres para una larga temporada y mientras tengamos operativa la radio estamos bien ─medio Juan─. Lo peor sería que esta nos fallase o se nos averiara. Entonces sí que sería el momento de empezar a preocuparse.
─No mentes al diablo en la casa del ahorcado ─medie.
─No seas cenizo ─replicó Marta─. Ya verás cómo mañana cambia el tiempo y podemos reiniciar nuestras tareas en el exterior.
─Eso espero ─conteste─. Aunque a mí me viene bien este tiempo ya que así puedo continuar escribiendo mi novela.
─¿Como la llevas? ─se interesó Juan.
─Ya la estoy acabando.
─¿Es policiaca, verdad? ─preguntó Marta.
─Si, y para diferenciarla un poco del lugar en donde estamos, transcurre en el Caribe ─conteste.
─Quien estuviera allí bañándose en aquellas cristalinas aguas y disfrutando de nuestro añorado sol ─dijo Marta al tiempo que ponía los ojos en blanco.

Me levanté y me dirigí a la ventana de la cabaña para ver el tiempo que hacía en el exterior.
La nieve seguía cayendo inmisericorde dibujando en su caída diferentes arabescos que no dejaban de tener su encanto. La noche se acercaba a pasos agigantados y la temperatura exterior bajaba vertiginosamente.
Me senté nuevamente en mi mesa y antes de ponerme a escribir pensé: “estamos en la Antártida, que esperas”.


Jesús Llamas

El niño de nieve

Fernando recibió con cierta ansiedad el encargo de escribir un libro de relatos, pues, a pesar de haber escrito muchos y, según la opinión de expertos, buenos, se sentía bloqueado e incapaz de hacerlo.  “¿Qué argumento puedo poner? ¿Qué dirán los personajes?”. No sabía bien qué, pero empezó a escribir de la siguiente manera:

“ En una hermosa mansión vivía Alejandra, rodeada de lujo, con su marido Edgardo. Ella le quería y deseaba estar a su lado, pero siempre estaba ocupado con sus negocios o con sus amantes. Muchas veces lloraba a escondidas pues pensaba que no sentía nada por ella, ya que sólo le dedicaba reproches y malas caras. En lo sexual su marido no tenía ni dulzura ni cariño, sólo movimientos bruscos y mecánicos que en absoluto la complacían.

Cuando le habló de su embarazo, el se enfureció y la insultó diciéndole que una mujer debe tener cuidado con esas cosas. Así, cada día que pasaba ella sentía más frío en la relación, una frialdad que le helaba el corazón.”

Fernando continuó escribiendo sin que le satisficiera demasiado lo escrito. Pensaba que no sería capaz de terminar el relato. Sentía  cierto frío en el alma. Con gran asombro vio que de de su pluma salía un grumo blanco. Lo tocó y comprobó que estaba helado. Aún así continuó escribiendo sin pensar:

“…Los meses habían pasado y el parto de Alejandra estaba por llegar. Aquel día estaba sola en casa.  Sintió  dolores  tan fuertes  y agudos que no pudo por menos que echarse en el suelo, pues no era capaz de dar un paso y mucho menos de llegar  al teléfono para avisar a alguien. Poco a poco empezó a salir de su vagina un bulto blanco y helado que empezó a cobrar forma de niño. Un niño de nieve. Un pequeño y hermoso hijo del frío…”.

Fernando se sobresaltó, cuando vio que al grumo blanco que había brotado  de su pluma le salían bracitos y piernas que empezaron a moverse.  Pronto comprendió que aquello era el niño de nieve. “¡Mil rayos! ¡Mi cuento está vivo!” y empezó a emocionarse y a sentir simpatía y calidez ante la protagonista de su relato, tanto que se enamoró de ella y de su bella criatura.

De alguna manera, estos sentimientos se deslizaron por la pluma y llegaron hasta Alejandra y el pequeño y formaron los tres, a su modo, una familia y el niño helado se volvió de carne al tener un nuevo padre , Fernando, que le quería, que le daba calor.

Pero Fernando volvía a sentir frío ante la ausencia de Alejandra y el pequeño ya que dejó de poder escribir sobre ellos. La pluma no le obedecía. Sin embargo sí podía narrar otros relatos.

Desde entonces, Fernando escribe cada vez más. Intenta encontrar en  cada cuento a su amada y a su hijo. Sin embargo las historias tienen vida propia y en ellas no siempre se encuentra  lo que se busca…
Sobre todo si quien las escribe es un hombre de nieve…Pero eso ya es otra historia.
“…

Rosa María Velasco

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Las casualidades

Nos encontramos en el interior de un autobús.

Pasa un coche rojo. Y otro. Y otro. Ahora asfalto. Un pasajero charlatán lanza una pregunta al conductor:

-¿Sabía usted que las personas con autismo creen que encontrarse con tres coches rojos da buena suerte?

-No, desde luego que no lo sabía. ¿Y es también cierto, por esa regla de tres, que los coches amarillos dan mala suerte? -un coche amarillo adelanta al autobús mientras el conductor pronuncia estas palabras.

-No lo creo. Eso eran los gatos negros -contesta otro pasajero que se creía avezado en cualquier materia de la que se dispusiera a hablar; por ello lo llamaban el listillo.

Justo en ese momento, un gato negro cruza la calle. El autobús ha de frenar bruscamente para detenerse y evitar el atropellamiento del felino.

-Vivan las casualidades -comenta el conductor.

-Yo no creo en ellas -se atreve a insinuar un tímido pasajero que casi nunca habla-. Las cosas no pasan porque sí. Todo debe tener una explicación lógica...

-¡Ni de broma! -exclama el listillo, interrumpiéndole- ¿Qué clase de lógica le ves tú a eso? ¡Un gato negro cruzando la calle precisamente cuando hablábamos de él! Es una mágica casualidad, ni más ni menos. Hasta los Dursley estarían de acuerdo conmigo en que es pura magia. Inquietante, ¿no es eso?

-¿Qué es Dursley? -pregunta el conductor, perplejo.

-¿No has leído Harry Potter? Los Dursley, amigo mío, son una familia no mágica. La pregunta no era qué, sino quién. Lo que quiero decir con esto es que...

-Basta de hablar de Harry Potter. Parecéis más frikis que yo, y mira que lo soy bastante -dice el charlatán en tono de confesión.

Coche amarillo. Se crea un silencio incómodo, sólo interrumpido por el ruido del motor.

Una moto se detiene en el paso de peatones, justo al lado del autobús. Todos los pasajeros y el conductor incluido se quedan observándola pensativos. Todos en su interior le dan vueltas a lo mismo: ¿qué significará la casualidad de la moto? Es entonces cuando el pasajero tímido se atreve a hablar de nuevo:

-¿Conocéis el chiste que cuenta que iban dos y se cayó el del medio en una moto por la ventanilla?

Todos asienten.

-Pues esa moto lleva a dos pasajeros y podríamos considerar que, estando al lado del autobús, tiene ventanilla.

-No lo había pensado -dice el listillo en tono quejumbroso-. ¡Me ganaste!

-Yo pensaba que las motos no tenían ventanilla, eso no vale -murmura el charlatán, enfurruñado.

-¿Qué creéis que ocurriría -prosigue el tímido- si ahora se diera la casualidad de que el del medio entrara dentro del autobús por la ventanilla?

-No hay nadie en medio -apunta el conductor con bastante acierto.

-Eso es lo que tú te crees... Entre esos dos puede haber cualquier cosa -dice el charlatán con una sonrisa maliciosa, esperando a que los demás capten la broma.

-¿Cualquier cosa?

-Cualquier cosa.

Mientras tanto, el semáforo se pone en verde. Autobús y moto arrancan. El hombre que va en la parte trasera de la moto, que va mascando un chicle, tiene la ocurrencia de escupirlo justo en el momento en que la moto adelanta al autobús, con la mala suerte (o la casualidad, según se mire) de caer por dentro de la ventanilla del autobús, que estaba abierta, y quedar pegado en el volante del conductor.

Todos recuerdan el chiste a la perfección. Se dan cuenta de lo absurdo de la situación.

-¿Entre esos dos puede haber cualquier cosa, incluyendo un chicle?

Sonríen y no pueden evitar reír a carcajadas. Como dijo el conductor, vivan las casualidades. En el volante queda pegada la respuesta.

Rocío San José

martes, 2 de diciembre de 2014

Un móvil para el bufón, por favor

Nunca me ha hecho falta una enorme nariz roja o una sonrisa dibujada con maquillaje para poder afirmar que soy un auténtico payaso. Poseo una habilidad envidiable para hacer reír a carcajadas, soy capaz de retener un público fiel y cuando acabo mi jornada laboral logro salirme del personaje y parecer una persona común.

Me apasionan las estupideces por lo que suelo tomarme un descanso de las vacaciones para volver a ejercer con una exorbitante profesionalidad. Ese verano tuve una compañera para desplegar la carpa de mi circo. Mi amiga Ana había venido al pueblo para pasar unos días conmigo y aminorar el aburrimiento que supone estar aislado de la civilización.

Un día por la mañana tomamos rumbo a casa de Samira. No la conocía en profundidad pero habíamos coincidido en casa de mi vecino Rubén en un par de ocasiones. El día anterior habíamos estado jugando con ella a las cartas y nos ofreció ir su chalé a tomar el típico y copioso aperitivo rural. Al parecer, sus se dedicaban a cantar flamenco para la radio.

Bajo circunstancias normales, Ana y yo hubiéramos declinado la oferta. Al fin y al cabo, quién es capaz de sufrir las preciosas canciones de Amaral versionadas por los Rebujitos a todo trapo. Sin embargo, el tedio del verano hizo que nos lanzáramos a la aventura de sumergirnos en aquel mundo que creíamos grotesco.
Llegamos a nuestro destino empapados de sudor. No había ningún tipo de timbre así que tuvimos que mimetizarnos con los ruidos exaltados y chabacanos que provenían del jardín y llamar a Samira gritando como si estuviéramos en el rastro comprando bragas.

Apareció a los cinco minutos a recibirnos con una sonrisa a lo Isabel Preysler. La diferencia entre las dos estribaba en que una suele el oro en la envoltura de los bombones y la otra lo llevaba retorcido en forma de aro en las orejas. Fue tan agradable que me replanteé si el estilo choni estaba infravalorado por la sociedad.
Nos acompañó hasta un pequeño patio dónde nos rogó que nos sentáramos. Rubén ya había llegado y se encontraba bebiendo una cerveza con las piernas encima de la mesa. El ambiente me seguía sorprendido conforme pasaba el tiempo. Me gustaban los sitios como ese, dónde las convenciones sociales se veían eclipsadas por una vulgar pero confortable hospitalidad.

Nos quedamos los tres solos mientras la señorita de la casa fue a traernos algo para beber a nosotros también.

— Venga Jaime, llama a Sandra con número oculto y dile que si quiere liarse con Marcos de una vez —me retó Rubén. — De verdad quieres saber esas cosas de tu hermana. Yo preferiría vivir en la más absoluta ignorancia —le advertí. — Por favor Jaime, ni que fuera la primera vez que llamas alguien para preguntarle alguna gilipollez —replicó Ana con sorna —. Así nos echamos unas risas hasta que reaparezca Samira. —Apunta —me dijo Rubén mientras miraba el número en la pantalla del móvil. Saque mi móvil del bolsillo, marqué el número y esperé pacientemente hasta que descolgaron el teléfono. —Oye Sandra, ¿quieres rollo con Marcos? —pregunté con el tono grosero que me caracteriza cuando estoy haciendo mi show. De repente me quedé pálido. Colgué bruscamente y mire el número que Jaime me había colado. Él ya estaba estallando a carcajadas. — ¿Por qué cuelgas? ¿Qué ha pasado? — quiso saber Ana. Se hallaba totalmente desconcertada. —Era mi madre —contesté con la voz temblorosa. — Sois de lo que no hay —dijo Ana después de estar diez minutos riéndose del espectáculo que acababa de tener lugar.

Álvaro Cobo

Animal Corruption, vol. I: El honrado jubilado

Excelentísimo Señor Dios:

Por la presente me dirijo a Usted, Celestial Titiritero, para hacerle llegar una serie de quejas respecto a su divina gestión del mundo animal. Soy Severiano P. Galápago, tortuga polinesia de segunda generación, cabeza con sombrero de familia numerosa, muy numerosa, y afectado de primer orden por los hechos que, como portavoz de la fauna terrestre, a continuación relato.

Somos muchas las criaturas que tras concluir nuestra vida activa al servicio del Partido Bienaventurado (partido en el gobierno ultraterreno desde tiempos inmemoriales), por motivos de edad o de índole diversa, nos encontramos abandonados al borde del mileurismo, cercanos a una dramática escasez de lechuga.

Procedo a narrarle mi situación personal, que vea usted que no es moco de pavo, que sus ojos inmortales y omnipresentes tengan constancia de mi actual desgracia y tenga usted a bien alargar su mano omnipotente y deje caer algún sobre por el estanque.

Después de largos años en las fuerzas de seguridad privada del gobierno, en calidad de tortuga ninja, recién alcanzo la edad de retirarme y me encuentro totalmente desamparado. Tengo la piel llena de heridas, todas ellas sufridas en hora de servicio, cuento en mi haber incluso con un par de cicatrices de banderillas fruto de aquella moda del toreo de lenta velocidad.  Y de seguridad animal para personal destacado, como yo mismo, nanai de la China, ni ayuditas materiales, ni tarjetas opacas, ni viajes en jet siquiera. ¡Habráse visto! ¿Cómo puede permitirse allá arriba este despropósito?

Que me conforme con la pensión, me dicen sus subalternos ¿Acaso mis décadas de funcionario terrestre no cuentan con una retribución acorde a mi papel en el partido? ¿Cómo pretenden que me gane la lechuga, Señor, a mi edad y cojo de tres cuartos de mis extremidades? ¿Cómo mantengo a punto el Ferrari? ¿Y qué me dice de los caparazones de piel de topo de mi esposa?

Y vengan a decirme que las tortugas somos unas vagas, que pondré el grito en su Cielo, Don. Mi, por lo general, bienoliente señora esposa fue recientemente atropellada de camino al club de campo por un caracol. La pobre sigue aun confusa, todo ocurrió muy deprisa. Evidentemente, se encuentra conmocionada y requiere una baja por depresión, ansiedad y otras penas. Y mis pobres vástagos, créame, si mi hermano no hubiese sido imputado, bien colocados se hallarían los diecisiete en la Administración. Esta humillante zancadilla ha dejado a mis retoños en paro, panzarriba sobre el caparazón, y así no hay quien avance, que la crisis nos trata muy malamente.

Sé de buena tinta de calamar que a los halcones americanos sí se les está soltando pasta gansa. Así que mire, Don Dios, por mis huevos – los que dejó mi esposa en la playa, entiéndase – que yo le pongo una querella, o le denuncio por prevaricación, no se vaya usted a pensar que las tortugas somos menos que cualquier pajarraco. Ay, ay, ay... un mandamás acusado por corrupto, eso no le haría ningún bien en la próxima campaña, ¿verdad?

Espero haya quedado claro mi mensaje, mi querido posible benefactor, prometo guardar a buen recaudo mis informaciones acerca de sus triquiñuelas a cambio de un ligero aumento de mis prestaciones. No exijo mucho, sepa usted que soy austero como el que más, y encima vegetariano.

Sin más dilación, quedo en espera de su respuesta.
Cordiales saludos,

Severiano P. Galápago
Tortuga Ninja Honoraria

PS.:  Le ruego reciba tres padrenuestros y un ave marina.

Lara Iglesias

lunes, 1 de diciembre de 2014

En limusina

Llueve, el tráfico está imposible, los carriles llenos de coches. La parada del autobús es un hervidero de gente que se apretuja, tratando de hacerse hueco para resguardarse de la lluvia mientras quienes tienen paraguas nos miran con cierta superioridad… El autobús aparece ¡por fin! y nos sorprende con las típicas salpicaduras, adorno indeleble para cualquier pantalón…

Hay un movimiento inquieto en el grupo, que se agita como un solo ser. Todos  quere-mos subir y ocupar un espacio que ya no existe. Forcejeos, sutiles empujones, miradas de reojo y, en el colmo del desespero por llegar a casa tras un duro día de trabajo, el intento final: un pequeño impulso y ¡arriba!

¡Pasen al fondo, por favor! Ese disco rayado e inútil sigue sonando… Cierto que el au-tobús es de los articulados pero ¿dónde está el fondo?

Un poco encogida, consciente de que has perdido tu atmósfera protectora y pasado a ser masa humana que murmura, se queja en alto con distintas voces, desprende calor… y no te deja caer cuando el vehículo frena o coge esa curva que siempre te obliga a aferrarte a la barra, poco mas se puede hacer que dejarse llevar…
Antes de que las puertas se sierren, dejando un resto de humanos cabreados en tierra, no sé cómo lo consigue pero una desbordante humanidad en forma de mujer, se abre paso culeteando a uno y otro lado:

-Por favor, por favor, déjenme pasar necesito sentarme.
-Señora, no se puede, está todo lleno.
-Yo veo hueco delante de ti.
-Está ocupado, hay un carrito de bebe y una silla de ruedas.

Es el momento en que el resto de voces va desapareciendo hasta llegar al silencio, la tensión se relaja y unas sonrisitas irónicas, no exentas de complicidad van asomando en algunos rostros. Las dos voces emergentes continúan su diálogo, como si no hubiera nadie más alrededor.   El viaje, a pesar de todo, promete ser ameno.

-Anda majo, inténtalo tú que eres joven y tienes más fuerza.
-No es cuestión de fuerza sino de sitio, que no hay.
-Pues déjame pasar, ya lo intento yo.
-No me puedo mover.
-Claro, con esas botazas no caben más pies en el suelo.
-¿Y qué hago, me descalzo?
-Muévete un poco hombre, que entre la mochila y tu ocupáis medio autobús.
-Eso señora usted a lo suyo, tire pa lante que apenas necesita sitio.
-¡Ay, que pisotón! me has dejado el pie como un gallo platusa y encima me llamas                                              gorda ¡majadero!
-Mire,  no quiero ser maleducado, solo usted y sus bolsas necesitan medio autobús y mis botas y yo el otro medio. ¡Señor  conductor, haga el favor de decir al resto que se baje!
-Señores, hagan el favor de apearse. Ya han oído, el autobús se convierte en limusina.

Mayte Espeja

Fotografía de mi vida

Mi vida está marcada por la fotografía. Todo en mi vida tiene que ver con la fotografía. Mi padre conoció a mi madre por foto. Se casó con ella sin conocerla, sólo por aquella foto. Eligieron la casa por una fotografía muy llamativa. Luego la casa resultó estar llena de averías, resultó ser una ruina.

Cuando yo nací mi padre estaba de viaje y mi madre le mandó una foto mía. Lo que no sabía mi madre, es que  ese viaje de mi padre iba a durar ya para siempre porque se lió con una mujer cuya foto había visto en la portada de una revista y se “enamoró” perdidamente de sus atributos de papel. Así que mi padre sabía de mí a través de fotos mías que mi madre le iba mandando según yo iba creciendo.

Durante la infancia, tuve algunos problemas de salud y el médico siempre me mandaba hacer radiografías, que decía que eran como fotos por dentro.
Mi padre sabía de mí por fotos de mí por fuera y los médicos por fotos de mí por dentro. O sea, que lo importante no eran mis ideas, sentimientos, sensaciones o dolores. Lo importante era salir bien en la foto y si uno salía bien en la foto o mostraba una foto bonita de cualquier cosa, entonces uno estaba bien, podía convencer.

Mi madre era fotófila. Siempre estaba mirando fotos. Se compraba las cosas por catálogo. Si lo que veía en la foto le gustaba, se lo compraba, aunque no se correspondiera con la realidad. Le gustaba mucho la naturaleza y tenía muchas fotos bonitas de paisajes, pero nunca salía. Decía que para qué iba a salir, si con las fotos ya se sentía como si estuviera allí.

Un hombre empezó a cortejar a mi madre. Y a mi madre le gustaba mucho. Estaba enamoradísima. Estaba dispuesta a rehacer su vida. A mí también me gustaba mucho. Me trataba muy bien, no como mi padre que nunca trató tratarme.. Me miraba a los ojos, jugaba conmigo. Teníamos una relación en persona, no por foto.  Un día mi madre le pidió una foto y él dijo que no tenía ninguna que estuviera bien, que no era fotogénico. Entonces mi madre empezó a darle vueltas a la cabeza y a decir que no le gustaba, que algo tendría que ocultar cuando no le quería dar una foto. Decía: “Seguro que en todas las fotos está con otra mujer, como es tan guapo. Seguro que es un mujeriego. No debe quererme lo bastante.” Y le dejó. Le dejó y me quedé sin padre postizo, sin relación en persona, sin juegos.

Después mi  madre conoció a un fotógrafo que le daba muchas fotos: fotos de animales, de paisajes, de gente, de edificios, de cosas, de todo lo imaginable e inimaginable. Decía que era capaz de fotografiar pensamientos. Así que, la fotera de mi madre se casó con él y tuve otro padre por foto. Muchas veces yo iba a contarle cualquier cosa y él me decía: “quédate quieta”, sacaba la NIKON FM 2 y me hacía una foto. Nunca me escuchaba. Sólo me hacía fotos. Mi madre tampoco me escuchaba. Mi madre miraba las fotos de mi segundo padre. De mi primer padre nunca más volví a saber, porque aunque mi madre seguía mandándole fotos mías, él ya no volvió a escribir.

Un día, sin saber porqué, me dio por colocar unas cosas de forma estética y dije: “quedaría bien en una foto”. Mi padre y mi madre dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo (haciendo o mirando fotos, seguro) y me prestaron atención. Fue la primera vez, a la edad de 17 años que me escucharon. Ya sabía lo que tenía que hacer para que me hicieran caso. Lo malo era que no querían escuchar otra cosa: ellos nada querían saber de mis sentimientos, mis ideas, mis problemas…de no ser que yo pudiera plasmarlos en una fotografía.

Por aquel entonces, mi tío, que era político, decidió presentarse a las elecciones. Tenía un programa malísimo y bastantes pocas  posibilidades de no hacer el ridículo. Sólo le quedaba una única esperanza: que alguien le hiciese unas buenas fotos para la campaña. Así que decidí hacérselas yo. Con todo lo que había aprendido en casa sobre fotografía no me resultaría difícil. Era una ocasión para fotografiar algo que no existía y  conseguir que la gente viera lo que nunca existió: la honradez de mi tío. Le hice muchas fotos, para lo cual le  estudié y le coloqué muchas veces. Pues bien, mi tío ganó las elecciones. ¿ Cuál fue el motivo? Las fotos. Las fotos eran buenísimas. Consiguieron reflejar incluso algo que no existía.

Yo pensaba: “No importa lo que seas,  importa como salgas en la foto. Si la foto es buena, eres bueno.”

No importan tus ideas si no las sabes fotografiar bien. Una buena idea en una foto mala es mala. Una mala idea en una  foto buena es buena.

Desde entonces no he parado de mirarlo todo y colocarlo para hacer una foto. Si voy en el autobús miro la gorda que tengo enfrente e imagino una buena foto: en ella la gorda se parece a Marilin Monroe. Si quedo con amigos los coloco mil veces para hacerles una foto bonita. Ellos se enfadan y dicen que no van a salir más conmigo. Es algo que no puedo dejar de hacer y que me trae muchos problemas.

No he conseguido tener una relación estable. Todos mis novios se molestan cuando van a darme un beso y yo les digo: “Quieto, espera”, mientras voy a por la cámara.

No he encontrado trabajo de fotógrafo por una razón y media. La media es porque en las entrevistas no puedo escuchar lo que me preguntan porque todo el rato estoy colocando al entrevistador para la foto. El último me echó a gritos cuando yo trataba de subirle encima de la mesa para la foto. Pero la razón entera, la de peso es que como mi padre no es mi padre  es un gran fotógrafo y sabe que soy mejor que él ,no quiere que le haga la competencia, y se encarga de cerrarme todas las puertas, pues conoce a mucha gente dentro de ese mundillo.

Sin embargo yo no puedo dejar de preparar a las cosas y a la gente para foto: es mi manera de ser. No es práctica, lo sé, pero es mi manera de ser.

Conseguí un trabajo de recepcionista en el Ministerio de Defensa, pero me echaron  porque no paraba de colocar a todo el que entraba para la foto y empezaron a decir que yo debía de ser una espía o algo así.

Un día, mientras paseaba por la calle, empecé a colocar a algunas personas para foto. Empezaron a hacerme corrillo y me echaron monedas, pensando que era un teatrillo que yo había montado. Total, que ahora me dedico al teatro y no me va del todo mal, porque siempre hay alguien a quien le gusta ver las rarezas de otro y se va al teatro. Y en el teatro, uno puede ser el más raro de los raros, que cuanto más raro mejor. Y te escuchan porque piensan que lo que les cuentas es mentira, si supieran que es verdad, entonces ya no te escucharían más. De tal manera que en el teatro me siento bien. Puedo ser yo y algunos me  dicen: “Me gusta su papel,  pero debería ensayarlo un poco más. No resulta del todo creíble.” ¿ No resulta creíble la verdad? Sin embargo cuando alguien finje  y dice una mentira a drede, entonces le creen más.

Por eso, querido público, no saben ustedes el bien que me hacen viniendo aquí y escuchándome un poco a mí, que ni la Elena Francis me quiso oir. Claro, que Elena Francis, lo único que tenía de Elena y de Francis era la foto.

Según están ustedes sentados, me he fijado en sus caras y en sus gestos, y según les daba la luz, creánme que algunos de ustedes tenían fotos guapas de verdad. Si ustedes vieran lo que he visto yo, se enamorarían perdidamente de sí mismos. Si ustedes vieran la foto de este teatro como la he visto yo, les aseguro que ya no querrían irse.

Como ven, el teatro muchas veces refleja la verdad. Una verdad que a veces no nos atrevemos a contar por temor al rechazo. El teatro muestra muchas veces lo que somos y la vida real a veces lo oculta. ¿ Qué es verdad, qué es mentira? ¿Por qué no puede ser real la belleza que yo veo en las cosas y en la gente cuando las coloco para foto? ¿ Es todo tan feo o realmente hay algo hermoso en todas las cosas y personas?

Yo creo que lo hay, lo veo, pero no sé cómo decirlo. Por eso, casi desesperadamente, día tras día intento plasmarlo en una foto. Sería como decir: “Me gustas. Te quiero”.  Esas son las palabras que siempre quise decir a mis padres, a mis amigos, a mis novios, pero nunca se las dije. El día que lo consiga quizá deje de colocarlos para foto. Eso es lo que dice mi psicólogo, que también está un poco harto de mí y de mi manía. Dice que voy mejor, porque ahora ya no sólo preparo a la gente para foto, ahora también escucho sonidos y los preparo para canción. Así que, como parte de la terapia, hago canciones, aunque también me trae muchos problemas. Pero eso ya es otro cantar.

Rosa María Velasco



domingo, 30 de noviembre de 2014

Microbio, Nela y el bigote de la abuela

Si les digo que mi hermano tardó tres meses en inscribir a mi sobrino en el Registro Civil ¿lo considerarían un despiste? Y si les confesara que el muchachín no tuvo un nombre propio, excepto “Microbio”, hasta la polinosis de mi madre, la abuela, ¿les sorprendería? Pues así fue, pero no teman, que no le llamamos Atchús, ni Rinitis, ni Asma, ni Moco. El nombre elegido fue Jesús, y el único delito que cometió, para tanto desaire y tardanza en los trámites, fue nacer feo. 

Mi hermano Eugenio tardó noventa días en anotar al niño en el libro de familia y nadie le culpó por tanta desidia. Nadie, excepto la abuela, mujer de férreas convicciones morales y religiosas, que afirmó que lo desheredaría si no cumplía con sus deberes civiles; si no dejaba de llamarle Microbio, y si no le llevaba a la parroquia a santificarle en aguas bautismales. La abuela, pobrecita, había quedado ciega por una subida de azúcar hacía tan solo un año. 

Eugenio, mi hermano, que era un zopenco, solía referir que, cuando la comadrona le puso al bebé en los brazos, pensó que se trataba de una broma con cámara oculta para algún programa de televisión. Mi cuñada, abierta aún de piernas en la camilla paritoria, preguntó por su hijo, lo normal en cualquier mamá primeriza, y cuando lo tuvo en su seno, dicen los que estaban allí que chilló, puso los ojos en blanco y lo rechazó prefiriendo quedarse con la placenta, supongo que para hacerse alguna crema. El ginecólogo, residente de segundo año, desconcertado ante la situación, se disculpó ante los padres y familiares, que allí estábamos, sin dejar de repetir como un enajenado: “Hicimos lo que pudimos… todo lo que estaba en nuestras manos, pero el condenado ha sobrevivido”. Fue amonestado por la dirección por tanta sinceridad; poco después dimitió y se fue al Tíbet… Necesitaba recapacitar y encontrar la paz para su alma. Fueron momentos de caos y confusión. 

Al volver a casa, tras una semana en el hospital, mi cuñada, que acababa de terminar de leer una novela de una escritora chilena, no volvió a pronunciar palabra alguna. Era muy teatrera, la verdad, y se negó a darle el pecho porque no soportaba mirar al infante de frente. También evitó cualquier actividad en la que tuviera que estar en la misma habitación que Microbio, perdón, que Jesús. Lo cierto es que yo agradecí que dejara de hablar porque era una mujer tediosa que pasaba el día declamando, en voz alta, cualquier texto que caía en sus manos, como cualquier diva trasnochada de las películas en blanco y negro. Mi hermano, obsesionado desde el hospital con lo de la cámara oculta, empezó a buscarla por todos los sitios. Primero, en los bares y a deshora. Después, en cualquier club de carretera… También acusó a mi cuñada de haberle sido infiel. Ella no dijo nada, como era normal tras su decisión de enmudecer, y Eugenio se alejó de nuestras vidas tras contraer, según dicen, algún tipo de infección. Nadie ha sabido nada de él desde hace mucho tiempo.

Sin padre y con una madre muda por convicción, fue la abuela la que se encargó de la alimentación del bebé, lo que la hizo, por un lado, rejuvenecer y, por otro, considerar lo que llevábamos años diciéndole sin que nos hiciera caso: que se afeitara el bigote. Por sí misma, entendió la necesidad de hacerlo cuando comprobó los berrinches que cogía el pequeño cada vez que se acercaba a besuquearlo. Menos mal que la pobre no vio los picotazos, como puntas de alfileres, que sus crines recias habían dejado en los carrillos ensangrentados del infante. La abuela y el canijo forjaron lazos muy fuertes desde esa primera etapa de vida y cuando el chiquillo comenzó a balbucear sus primeras palabras regaló a la anciana su primer “mamá”.

La escolarización de Jesús fue tardía porque cuando rellenaban la ficha de inscripción, y presentaba las tres fotos reglamentarias, la instancia era destruida en las calderas, entre fuertes medidas de seguridad. Incluso hubo un centro escolar en el que avisaron a las autoridades, que ipso facto activaron el protocolo para infecciosos. Lo del colegio no fue un problema. La abuela se encargó de enseñar al niño lo que iba necesitando saber en cada momento. Finalmente, con diez años Jesús ingresó en un colegio público, aunque lo suyo –como se veía desde el principio– nunca fueron los libros. A los catorce años encontró trabajo en un taller mecánico donde pasó desapercibido. Allí, entre grasas, churretes de aceites, pintura y polvo de motor, su cara tiznada no era distinta a la de los demás. El muchacho era espabilado y, desde el primer momento, entendió bien los entresijos de los motores. Tanto que, cuando el dueño se jubiló, algunos años después, él se hizo cargo del negocio.

Una tarde, cambiando el aceite de un coche, la conoció a ella: la muchacha más encantadora con la que había coincidido nunca. Bien es cierto que jamás había entablado con ninguna joven conversación más extensa que “¿Cuánto le debo?” o “¿Para cuándo estará listo el coche?” La chica era menuda, de voz ronca, como la de las grandes fumadoras, pelo ralo, ojijunta, tez empalidecida, labios orondos –pintados por fuera–, prominente nariz, cejas pobladas, piernas extrafinas y tronco excelso… Era, lo que venía a ser, su alma gemela. Enseguida se gustaron. Ambos.

Al cerrar el taller, quedaban para pasear por la zona más oscura del parque, lejos de miradas insidiosas. Así conoció Jesús lo difícil que había sido la vida de Marianela. Por su boca, supo que el mismo día que nació sus padres compraron un perro, al que llamaron Tesoro, para superar el trauma. El perro creció con ella y fue su primer y único “amigo”. De niña, narraba entre sollozos, sus padres le ataban trozos de carne al cuello para que Tesoro quisiera jugar con ella… Una mañana de otoño, el perro, aprovechando que no estaba atado, huyó del domicilio familiar. Empapelaron el barrio con letreros buscando al animal, pero, ni ofreciendo recompensas, a Tesoro no se le volvió a ver el pelo. Semanas después, Marianela también se marchó de casa y se hizo vegetariana. Ambas cosas por convicción.

Lo cierto es que mi sobrino y Marianela se enamoraron perdidamente. Al poco tiempo, decidieron vivir juntos en una casa en las afueras donde se llevaron a la abuela, que congenió a la perfección con la muchacha y, por primera vez, los tres formaron un hogar de verdad. Un hogar feliz. La abuela pidió permiso a la pareja para dejarse crecer el bigote con libertad, lejos de las convenciones superficiales que con lemas, como “no más vello”, promueven cánones de belleza dolorosos y antinaturales. Jesús abrió una franquicia de talleres de automóvil, “El Microbio”, por toda España, con bastante éxito, y Marianela, ahora Nela, decidió dedicarse a escribir cuentos para niños; lo que siempre había deseado hacer. Cuentos diferentes a los tradicionales, cuentos sin princesas, sin príncipes azules y sin sapos, que revolucionaron el mercado editorial… Ganó varios premios.

Dicen que se casaron y que están esperando su tercer bebé.

María S. Martín

Ladrón de sueños

Llevaba en la mano las entradas para el concierto de mi grupo favorito, que tanto me había costado conseguir, cuando un individuo con una estrafalaria cazadora roja y desgreñada melena me preguntó la hora.

Mientras  estaba enfocando la esfera del reloj, algo que debo hacer con precisión, dadas mis carencias visuales, el tipo aprovechó para arrebatarme mi preciado tesoro y salió corriendo dejándome allí, paralizada, sin poder despegarme del suelo, presa del estupor y la indignación.

Al poco  rato un resorte interior me hizo reaccionar, empujándome a correr tras el ladrón de sueños, con la certeza de que no iba a encontrarle, pero convencida de que algo tenía que hacer.

Nada más rebasar la esquina, ¡sorpresa!, lo encontré tranquilamente sentado en una terraza de verano, de espaldas a mí, tomándose una cerveza, y riendo con otros tipos que parecían sus amigos al mismo tiempo que agitaba  el aire con mis localidades con gesto triunfal.

El no me vio, pero me acerqué sigilosamente y con un rápido movimiento se las quité y situándome frente a él, le derramé la bebida por la cabeza.

Fue en ese preciso momento cuando deseé ser abducida por una nube o una nave espacial y prometí que desde entonces no saldría sin las gafas.

Ante mí, una chica con un abrigo rojo, el cabello chorreando y expresión de perplejidad, aceptó mis disculpas y mi invitación a otra cerveza para reparar mi error, al fin y al cabo ambas habíamos soportado largas horas de espera y duros enfrentamientos en la fila, persiguiendo idéntico objetivo.

Días más tarde, víspera del concierto, al llegar a casa lamentándome por mi mala suerte, pero al mismo tiempo contenta por haber hecho nuevas amistades, encontré un sobre en el buzón con una nota que decía: “mi amigo tiene que irse mañana mismo a trabajar a Londres y no podrá asistir al concierto, si aceptas, podremos compartir el sueño.”

Debajo, un pedazo de suave papel satinado y brillantes colores me invitaba a convertir  mi deseo en realidad.

Carmen Alba 

sábado, 29 de noviembre de 2014

El reto

Siempre había pensado que sería capaz de conseguirlo. En el fondo le gustaban los retos personales.
Y todo comenzó así:

Aquella mañana, cuando fue a tomarse su café de cada día al bar de cada día, lo vio en el periódico.
Como casi siempre, a no ser que los tuviera alguien, cogió el primer periódico que encontró en la barra del bar, leyó los titulares de las noticias de una página cualquiera y por inercia pasó la hoja. En su retina y sin darse cuenta se quedó esa palabra que tanto le motivaba. Retrocedió a la página anterior y ahí estaba: La palabra era TRIATHLON.

- Me encantaría conseguir hacer alguno alguna vez en mi vida - dijo en voz alta sin darse cuenta.
Apuntó en su móvil la página web donde estaba la publicidad anunciándolo y siguió desayunando sin quitarse de la cabeza aquel RETO.

Siempre había sido una persona luchadora. Era algo que había aprendido y que le había inculcado siempre su padre, a luchar por conseguir lo que queremos.

Siguió desayunando y leyendo el periódico sin darse cuenta de lo que leía, aunque tampoco le importaba mucho porque la verdad es que los periódicos no son un alarde de buenas noticias.

Iba a salir del bar cuando escuchó un voz que le decía:

- Oye Martín, si no me quieres pagar el desayuno, dímelo, que hay confianza.
- Pablo, perdona, que no me había dado ni cuenta.

Menos mal que le conocían de cada mañana, menudo corte. Y es que iba centrado en sus pensamientos que no eran otros que el de hacer su primer TRIATLÓN.

Andaba por la calle pensando y pensando si podría hacerlo o no.

- Lo termino seguro - pensó.

Iba como en una nube sin dejar de pensar en el anuncio que había leído hacía quince minutos. Andaba sin fijarse por donde iba porque era el camino de cada día.

- Estoy deseando llegar a la oficina para enterarme bien de las distintas categorías que hay.

Una vez sentado frente a la pantalla, entró en la página web que había apuntado en el bar y vio justo la categoría que quería. Y se llamaba SPRINT.

No era ni la más corta ni la más larga de las que había, era la intermedia y consistía en hacer 750 metros nadando, salir del agua, coger la bici, hacer 22 Km. y cuando los hubiera hecho, dejarla y hacer 5 km. corriendo.

- Me parece un buen RETO para empezar.

Y así pasaron los días siguientes hasta el día de la prueba. Intentaba visualizar como sería nadar en la Casa de Campo de Madrid, con el agua bastante turbia y con unas carpas más o menos del tamaño de su brazo; prefería no pensarlo mucho.

La noche anterior al gran día la pasó regular, los nervios no le dejaron dormir bien. Se despertó varias veces por sí no sonaba el despertador y se dormía.

- Joder, que nervioso estoy – dijo cuando se levantó.

Se vistió, desayunó y a por su RETO.

Una vez que aparcó en el lugar de la prueba, no hacía más que ver a gente que como él estaba descargando la bici y sacando las cosas para las distintas pruebas. Todos iban para los boxes que es donde se dejan las bicis y todo el material.

Lejos de desmoralizarse, pensó que lo iba a terminar seguro, empleara el tiempo que empleara, eso para él era lo de menos, su ilusión era terminarlo.

Analizó cual era su  situación ante lo que iba a hacer:

- Vamos a ver, hago natación dos veces a la semana; monto en bici, mínimo tres días también a la semana y estoy en muy buena forma física para correr cinco kilómetros. Voy a tranquilizarme porque estoy seguro que lo voy a terminar y además seguro que bastante bien.

Fue pasando el tiempo hasta que le llegó la hora. Iba hacia la salida bastante nervioso, pero concentrado en todo lo que tenía que hacer y al fin sonrió, porque se dio cuenta que estaba justo donde quería, a la hora que quería y en el lugar que quería.

- Soy un privilegiado de poder estar aquí, haciendo lo que deseo con todas mis fuerzas; así que disfrútalo y diviértete, que para eso estás aquí, para esforzarte al máximo, pero también para pasarlo bien.

Y sonó la bocina dando la salida al RETO que había querido hacer desde hacía tiempo. Y entonces nadó, y nadó y nadó todo lo que pudo, y no dejó de sonreir mientras lo hacía. Y salió del agua, cogió la bici y pedaleó, y pedaleó y pedaleó todo lo que pudo y no dejó de sonreir mientras lo hacía. Y terminó de hacer el recorrido en bici, la dejo en el box, se calzó sus zapatillas de correr y corrió, y corrió y corrió todo lo que pudo y no dejó de sonreir mientras lo hacía.

Ya tenía a la vista la línea de meta cuando, con una emoción que no le cabía en el cuerpo y con una sonrisa de oreja a oreja, atravesó el umbral de la meta y se le llenaron los ojos de lágrimas al ver que había conseguido realizar su tan ansiado RETO.

No hay mayor satisfacción personal que demostrarse a uno mismo, que eres capaz de hacer lo que pensabas que nunca conseguirías. Y eso lo traslado a cualquier ámbito de la vida; todos tenemos nuestros RETOS personales y con ilusión, alegría y mucho esfuerzo se pueden realizar, y si no los conseguimos, al menos lo habremos intentado.

Armando Benedicto

viernes, 28 de noviembre de 2014

El secreto del abuelo

La familia de mi padre proviene de un pequeño pueblecito de Cuenca llamado Hinojosa del Castillo.
Mi papá era el mayor de una familia numerosa ¡Eran 12 hermanos! muchos, si lo miramos bajo el prisma actual, pero frecuente en los linajes de otras épocas. Criados en una pequeña chabola en la que tuvieron que sufrir las penurias y privaciones que produce el desastre de la guerra en cualquier país.

Después de finalizar la contienda, Pedro –mi padre- partió a la capital a realizar el servicio militar –obligatorio por aquel entonces- y allí se quedó ya y rehízo su vida.  Construyó una chabola, formó una familia, comenzó a trabajar, crió sus hijos y… finalmente trajo a sus padres para que tuvieran una vejez más placentera hasta el final de sus días.

     Al cabo de pocos años falleció su padre, -mi abuelo Afrodisio- a los 67 años de edad. Y, como primogénito suyo le correspondió hacerse cargo de realizar los trámites pertinentes para su entierro: Tuvo que buscar: Partida de Nacimiento, Bautismo, DNI del finado, Certificado de Últimas Voluntades… y rellenar diversos impresos por triplicado que le facilitó la funeraria para entregar en los archivos correspondientes.

      De inmediato mi padre partió al pueblo donde había nacido, crecido y vivido. Él, mi abuelo y toda su larga prole. Se dirigió hacia la casa Consistorial a solicitar el primero de los documentos que le solicitaban: El Certificado de Nacimiento. Después de una larga e infructuosa búsqueda el documento seguía sin aparecer. Y, todos los esfuerzos del funcionario –conocido de la familia- resultaban en vano y se comenzaba a producir una situación de incomodidad al no saber donde, ni como poder localizar los datos que se solicitaba mi padre.

Para no agobiar al funcionario y dejar que realizase mejor su trabajo quedé en volver dos horas después y mientras aprovecharía para visitar a alguna de las escasas familias conocidas que aún permanecían en el pueblo y con las que habíamos compartido decenas de vivencias, alguna de las cuales nos les habían ayudado a sobrevivir a la familia de papa durante su infancia.

Así estuve conversando con Dña. Rosario; el Macario; tía Lola; D. Ataulfo -el boticario-,… y acabó el recorrido en la barra del único bar del pueblo “La Plaza” en la que se encontró con “Patri” el cabrero, que preguntó directamente a mi padre por el motivo de tan inesperada visita.

- Bueno, Pedro y como tú por aquí después de tantos años
- Pues "na" chico que se ha muerto mi padre “Afrodisio” y me ha dicho mi madre “La Amparo” que viniese al pueblo a por el Certificado de Nacimiento y… llevó más de dos horas en la Secretaría del Ayuntamiento y… no logran encontrarlo. Figúrate tú, después de tantos años en el pueblo y con tantos como fuimos y… no aparecemos por ninguna parte.

     El Patri, que era de la quinta de mi abuelo, se toco la barbilla, e instantes después lanzó una leve sonrisa, si hombre si, como no va a aparecer. Lo que sucede es que tu padre no se llamaba “Afrodisio”, él se llamaba: Matildo y como de chiquillo no le gustaba pues… se lo cambió y se puso el nombre por el cual todos lo conocemos.

            De vuelta al ayuntamiento con la nueva información se lo notifiqué al Secretario que buscó la partida ahora a nombre de Matildo y… apareció.

Con ella mi padre pudo cumplimentar todos los trámites que le solicitaban.

            Descanse en paz mi abuelo Afrodisio o… como decían los papeles oficiales Matildo y su secreto.      

Jesús Ramírez Castanedo

El astronauta

Era la hora de la comida familiar. Estaba la tele puesta como casi siempre y era el momento de las noticias. Yo tenía entonces diez años y no solía prestar atención a lo que decía la caja tonta. Lo que emitía estaba destinado a la curiosidad de mi padre, siempre más interesado en el devenir del mundo y, principalmente, en las previsiones meteorológicas, que entonces se transmitían de modo austero y conciso. El resto de la familia, hermanos y madre, más bien centrábamos la atención en lo que había encima de la mesa. Los alimentos no siempre eran de nuestro gusto, para disgusto de mi madre, que como cocinera consideraba un desprecio insufrible el poco aprecio que hacíamos de su trabajo, por ser hijos “malos comedores”, según decía a las amistades.

De repente, me llamó la atención una noticia que relataba la tele: un astronauta había tenido un accidente en su nave espacial y había quedado flotando en órbita, perdido y sin ninguna posibilidad de regresar a la tierra, de ser rescatado. No recuerdo que se describiera la noticia con especial dramatismo y fanfarria sensacionalista. Eran otros tiempos. Las noticias se daban escueta y concisamente, a no ser que se tratara de elogiar al Caudillo. En este caso sí que se entraba en una retórica pomposa e incomprensible de puro vacía.

Pero ya digo que hablaban de un astronauta ruso, creo, que había quedado flotando en el espacio sideral con su traje aislante, pero sin sostén para sus pies. Recuerdo el impacto que me produjo escuchar aquello, quedé acongojada al imaginar la inmensidad nocturna que rodeaba a este hombre. Qué soledad y qué desamparo tan gigantesco. Primero fue el asombro y después un sentimiento de empatía con aquel ser humano tan indeciblemente lejos, en una situación tan inconcebible. Para asombro de la familia, empecé a llorar, lloraba de modo inconsolable, sin freno y desde un sentimiento tan hondo que no sabía cómo parar, ni cómo explicarme.

Más tarde he pensado alguna vez en aquello. Son pocos los recuerdos claros de la infancia y, en mi caso, están más unidos a sensaciones globales de lugares y atmósferas. Por eso me he preguntado alguna vez qué querría decir aquello, si es habitual, si retrata alguna peculiaridad psicológica mía, si históricamente tiene algún fundamento.

Así que impulsada por la curiosidad, y contando con que cualquier asunto viene reflejado en Internet, me puse a la búsqueda de algún dato sobre ese hecho, ya histórico. Para mi sorpresa encontré una entrada dedicada a los “astronautas fantasma”. Parece que durante los años de la carrera espacial, cuando rusos y americanos competían por la primacía galáctica y no escatimaban gastos en ello, hubo una serie de misiones espaciales que fracasaron y, en pleno triunfalismo de la conquista del espacio, no se podían admitir tales fracasos, por lo que los disfrazaban mediante noticias del tipo “astronauta perdido en el espacio”. Si después del despegue inaudito de naves y cohetes, bien publicitados a mayor gloria de los regímenes capitalista o comunista respectivamente, el cohete no regresaba, había que disfrazarlo de leyenda épica y evitar hablar de los fallos técnicos o humanos que habían producido la fulminación del armatoste espacial de turno.

Mi recuerdo infantil procedería, según la búsqueda realizada, de un astronauta que en 1968 participaba en una misión  promovida y sostenida por el gobierno ruso. Porqué los noticiarios de la dictadura se hicieron eco de este suceso que afectaba al país proverbialmente enemigo del régimen, es para mí un misterio. Quizá querían dejar claro que la ineficiencia y la inhumanidad típicamente comunistas llevaban a estos finales horribles, que no podía ocurrir de otro modo. Todo era aprovechable en términos propagandísticos y con fines de autobombo.

Volviendo pues al apunte del astronauta que supuestamente motivó la noticia que recuerdo, su historia ha tenido para mí una extraña continuación. Según la wikipedia parece que este hombre procedía de una pequeña ciudad de Ucrania, país entonces incontestablemente ruso, que promocionaba el ascensor social animando a sus jóvenes a entrar en el ejército y, desde ahí, lanzarles a alguna de las múltiples experiencias que la investigación aeronaval soviética llevaba a cabo. Él como tantos otros, recibiría entrenamiento y superaría las pruebas físicas y psicológicas que se hacían al efecto y tendría el honor de ser elegido para una de las misiones que acabó con su desaparición, sin que sepamos cuales fueron las circunstancias reales.

Desde hace algún tiempo, junto con un amigo , acudo a comer a un restaurante del barrio donde dos de los camareros son ucranios. Uno de ellos es el más cordial y comunicativo. Ha aprendido a hablar y bromear en español con una agudeza notable. A veces nos cuenta cosas de su familia, que permanece en Ucrania, y de sus circunstancias de vida en Madrid. Un día, hablando de la situación prebélica que se está viviendo entre Rusia y Ucrania, nos contó cómo veía él las cosas. Claramente la situación le producía mucha incomodidad y también sufrimiento. Pero, lo que más me impactó es que habló espontáneamente de la deuda que con su familia tenía el gobierno ruso por un tío suyo, hermano de su madre fallecido en una misión espacial … No quise entrar en más averiguaciones porque no parecía un tema fácil para él, y tampoco era el momento en medio de su jornada laboral. Pero me quedé con la sensación de la cercanía de los mundos presuntamente lejanos, en el espacio y en las ideas. No es así o no es del todo así lo de la presunta lejanía. Un recuerdo de la niñez del que parece una dudar si acaso pertenece al mundo mágico de la fantasía, encuentra de repente un correlato real y una vertiente histórica a la que amoldarlo y en la que encajarlo. Pierde su halo fantástico y desemboca en una realidad nada trivial, que aterriza en el mundo prosaico en el que vivimos, hecho de datos, de razones y de noticias periodísticas.

Y colorín, colorado …

Eugenia Corral Aguillo 



jueves, 27 de noviembre de 2014

El día ha empezado cuando te he escrito un “te echo de menos”. Un mensaje de esos como los que te mandaba antes, ¿te acuerdas? Bueno, ya sabes que no es lo mismo. Lo he notado desde el principio: ¡ni si quiera recordaba qué era echar de menos! Pero ya es mecánico: los dedos sobre el teclado han pulsado unos cuantos botones y ¡voilà! Ahí estaba esa frase que prometía lágrimas y al menos un par de latidos desacompasados en mi corazón. Total, hace casi dos años que te fuiste...

Te estarás riendo, lo sé. Tú ya sabes que no lloro como antes. Que nadie lo hace, qué vergüenza, ¿verdad? Pero son cosas que hay que decir de vez en cuando, lo dictan las normas. Así, después de darle al botón de enviar cogí tres pastillas EmoLiberadoras y las tragué con un sorbo de zumo, el azúcar aumenta su efecto. Ahora me las tengo que tomar a pares si quiero que funcionen, pero no me preocupa volverme adicta - o quizá ya lo sea.

Tras unos minutos por fin empecé a notar, muy ligeramente, un revoltijo en el estómago y poco a poco se formó el típico nudo en la garganta y, como imaginarás después, lloré. Sí, es humillante. Sentí como las píldoras daban rienda suelta a una serie de emociones, todas falsas, por supuesto. Un grito presionaba mi esternón: “¡Dos años sin verte¡” Dos años sin leer juntos en el sofá, sin viajar por el mundo en bicicleta, sin sentir dolor en las mejillas al oír tus chistes negros sobre la gente que quería ser robot, sin llorar tu pérdida. Dos años sin sentir nada.  Dos años desde que desapareciste, sí, pero quién sabe cuánto tiempo más desde que empezaste a marcharte... Te echo de menos.

Lloré durante diez minutos, no más. No podía perder más tiempo en banalidades.  Las pastillas tienen un efecto demoledor, pero por suerte dura poco. Recogí los trocitos de esa yo llorona de segundos atrás y como siempre con algo de embarazo, retomé mi eterna pose sarcástica. Ducha, café y puerta.

Hoy es día de evaluación. Por eso la tontería de los mensajitos, las pastillas antes del desayuno y demás. Normalmente cada uno decide cuándo tomárselas. Por ejemplo, si vas a ver una película romántica o a un entierro, con una dosis de Píldoras EmoImitadoras basta. Es evidente que las lagrimillas que se te escurren por la cara son producto de las drogas y, seamos sinceros, quedaría poco elegante despedir al muerto con la impertérrita sonrisa que calzamos en el día a día; así que tampoco está mal seguir con alguna que otra tradición.

En fin, lo que decía, esta mañana toca evaluación. Desde hace meses el día de hoy está marcado en el calendario del dispositivo multifunción con una equis en rojo chillón, resaltando sobre el resto de entradas: no es la típica etiqueta de “ir al punto de distribución de alimentos” o “pasar a recoger los trajes para el próximo ciclo”. Hoy es un día de vital importancia para todos los empleados de Central Humana, sí, pero para mí más porque me juego un ascenso. Y voy a conseguirlo.

Trabajo en la empresa líder de imitación de emociones desde hace tres años, pioneros en el arte de la inhibición emocional y la creación y recreación de sensaciones. Te lo recuerdo porque no sé si llegaste a enterarte, o si me ignoraste adrede, sabiendo cuánto odiabas estas modernidades. De todas formas, no podías ni podrás quejarte de mí, soy una gran promesa en la investigación en el campo y estoy segura de que en cierto modo te sientes orgulloso, donde quiera que estés.

Las pruebas de la evaluación son sencillas. Primero nos toca hablar con los expertos lectores de mentes, los antiguos psicólogos, y contarles nuestras sensaciones tras la dosis matutina de pastillas EmoLiberadoras. La mujer que me ha hecho los tests se comportaba como un robot, fría y mecánica, qué raros son estos compañeros míos... En cualquier caso, sin duda he pasado la primera fase sin problemas. He diferenciado fácilmente los sentimientos propios, ninguno, de los surgidos por efecto de la droga. Y después he sabido reponerme a los pocos minutos. Lo importante es la capacidad de abstracción y bloqueo de sentimientos reales y, aunque soy relativamente nueva en la empresa, llevo administrándome inhibidores desde chiquitita. Apostaría tu colección de películas antiguas de ciencia ficción a que saco un sobresaliente.

La segunda fase es más complicada. Se trata de un paseo por una realidad virtual donde se muestran algunas de nuestras mayores debilidades. Claro que estabas tú, no hace falta ni preguntarlo. Pero he sabido driblarte. Igual ha pasado con nuestro viejo chucho, no sé qué le viste a ese saco de pulgas. Su versión en 3D ha venido hacia mí, ladrando y lloriqueando, pero le he dado una buena patada y despachado. También estaba mamá, en la puerta del colegio, como cuando venía a recogerme después de clase. La he ignorado a pesar del suculento bollo que me traía como merienda virtual. Un par de viejos amigos, las chicas del equipo y poco más. Otro gran logro para mí. Me he permitido salir de la sala con las manos en los bolsillos, estoica y altanera. Una salida triunfal y un paso más cerca de mi muy merecido ascenso.

Y, por último, la prueba final. Una entrevista con el encargado de personal. Un pazguato médico jubilado que se encarga de dar el veredicto. La respuesta definitiva. El sí o el no. Llego a la puerta de su despacho y paso sin llamar, me está esperando.

- Hola querida, siéntate. - me saluda el hombrecillo protegido tras su mesa.
- Buenos días, señor. - entro rápido y me siento, las manitas sobre las piernas, que queda más serio.
- Ya tengo los resultados de las pruebas anteriores, qué velocidad de obtención y traspaso de datos, ¿verdad? En mi época las cosas iban más lentas, hija, y los documentos se perdían, y las secretarias...
- Señor, tengo prisa. - Le corto.
- Oh, si claro, niña, entiendo. - dice, algo humillado, y comenzó a reorganizar las pestañas de su dispositivo multifunción. Vaya mueble apolillado este hombre, pienso yo mientras, no sabe ni usar el cacharro con esos dedos artríticos de zanahoria. - Bien, pues, como imaginarás, has obtenido excelentes puntuaciones en los tests de bloqueo y demuestras una increíble capacidad de inhibir sentimientos y recuerdos emotivos. - Continua. Y mi pecho, instintivamente, comienza a hincharse de soberbia. - Cuéntame, hija, en qué sección estás ahora y cuál es tu cometido actual.
- Bien, pues estoy en el área de aeropuertos. En las puertas de llegadas. Ahí me dedico a captar, desencriptar y aislar sentimientos. Es un lugar crítico. Ya se imagina – dije con mi mejor tono sarcástico – todo lleno de familias que se reencuentran, parejitas separadas por la distancia que se abrazan, el hijo que vuelve del extranjero, exiliados, estudiantes, trabajadores,... Todo ese rollo de sentimentalismos. No me malinterprete señor, yo entiendo que son especímenes perfectos para el estudio, pero a veces tengo ganas de ir al baño y vomitar. No sé cómo aun se permite esta efusividad en un mundo tan avanzado... ¡¡Benditas drogas!!
- Ajá... entiendo – dice quedamente mientras marca una serie de casillas en su dispositivo.
El silencio de los siguientes segundos me incomoda. ¿No entiende este papanatas que tengo cosas  mejores que hacer? Y al fin llega el veredicto.
- Muy bien, señorita. Está usted despedida. - dice con un hilo de voz. Apaga la pantalla y se me queda mirando con las manos sobre la mesa.
- ¿Cómo? - no doy crédito a mis oídos.
- Lo que oye, está fuera. ¿Se cree que podía engañarnos? Usted no es una de los nuestros. Usted no ha conseguido liberarse de sus ataduras. Usted tiene aún humanidad, demasiada, la huelo a kilómetros. ¿Qué se cree, que no sabemos cómo finge? Es buena en su trabajo, sí, pero nada más que porque es una de ellos y sabe entender cómo “sienten” o lo que sea que hagan. Ha sido un bonito teatro, señorita, pero usted aun alberga amor en su interior y eso está fuera de las normas. No tengo nada más que decir. Váyase ahora mismo de mi despacho.

Sin decir palabra me levanto y me voy. Cierro la puerta con cuidado y, los nervios se desatan, el paripé se ha acabado. Me han pillado, no puedo seguir hacia delante si sigues siendo un lastre para mí. Y dos lágrimas de desesperación se me escapan. Todo es culpa tuya.

Así que por eso estoy aquí, visitándote. Necesitaba contártelo. Sé que no me escuchas, y si lo haces no me entiendes. Ya no te acuerdas de mí, papá. Eres lo único que me queda y esa maldita enfermedad te ha robado la mente y los recuerdos. Estás hundido dentro de tu cabeza, ahí tú solo. Y me has dejado también a mí ante este mundo más muerto que vivo. Sola, sabiendo que no me queda nadie mientras tu cuerpo inconsciente me ata a la realidad y no me deja escapar. Todo es culpa tuya.

 Adiós, papá.

Lara Iglesias




miércoles, 26 de noviembre de 2014

Colgadas del peligro

La calle estaba completamente desierta como habíamos previsto. Todo debía estar preparado metódicamente para no cometer ningún error, habíamos acordado incluso la ropa que deberíamos llevar puesta para no levantar sospechas y parecer dos niñas ricas inofensivas. Sara me dijo que yo debería llevar la gabardina color crema porque a ella le quedaría mejor el abrigo azul con su melena rubia. Al fin y al cabo parecer dos chicas pijas forradas de dinero no sólo requería llevar ropa cara sino también saber usarla siguiendo los protocolos estéticos que imponían Versace y compañía. A continuación bajamos del coche y sacamos rápidamente los dos bolsos del maletero. Yo debía llevar el bolso blanco, no sólo porque combinase mejor con la gabardina, sino porque yo era más ágil manejando las dos pistolas simultáneamente que había en su interior. Sara tenía más puntería y más fuerza para manejar la escopeta recortada y más habilidad para colocar explosivos que se hallaban en el otro bolso.

Mientras bajaba la puerta del maletero Sara me guiñó un ojo y me acarició el brazo con su mano derecha dándome a entender que todo saldría bien, como siempre. Había algo en ella que me hacía sentir en paz conmigo misma por lo que la tensión desapareció y sentí un deseo incontrolado por acercarme a su cara para besarla. Sentí que el tiempo se había parado por un segundo. Y es que a veces los pequeños momentos nos revelan grandes verdad y pude comprender al fin que no hacíamos esto ni por necesidad ni como gesto de rebelión contra una sociedad que nunca acabó de entender lo nuestro. Lo hacíamos mayoritariamente por pasión. Actuábamos así porque la adrenalina y el olor del dinero nos hacían sentir libres y unidas. El momento había vuelto a llegar, así que nos dirigimos a la puerta del banco de aquel pueblo cualquiera.

Siempre elegíamos bancos que tuvieran a un vigilante en la puerta en vez de un dispositivo de puertas con detectores de metales, por lo que sólo me bastaba esbozar una sonrisa de dama delicada e ingenua para que nos dieran vía libre para pasar. Sara entró en primer lugar esa noche y sin dar margen a que ningún imprevisto surgiese, sacó la escopeta, la alzó y encajó una bala en el techo para propagar el miedo en toda la sala. La seguí velozmente. Con una pistola en cada mano empecé a contar a todas las personas que había en la sala. Todas las personas gritaban y obedientemente accedían a la petición de agacharse con las manos en la cabeza. Nada había escapado a nuestro control, había diez empleados: el encargado y la señora que iba a retirar su pensión diez minutos antes de que cerrase el banco todos los días treinta de cada mes. Una vez terminado el conteo, me subí a la mesa más cercana a la cámara acorazada para tener mayor visión y ángulo de tiro. Mientras tanto, Sara se encontraba encañonando al encargado para disuadirle de llamar a la policía. Notó que le estaba haciendo daño y retiró la escopeta de su pecho. Nunca fue su intención dañar a gente inocente arbitrariamente. Seguidamente le pidió firmemente que abriese la caja sin mirarle a la cara. El hombre que estaba consumido por el terror accedió y temblorosamente sacó una decena de fajos de billetes. Sara los cogió y los alzó triunfalmente. No puede evitar sonreír al verla. Todo era perfecto cada vez que nuestro cariño se mezclaba con el frenesí de un atraco. Era exactamente como queríamos vivir. Mientras tanto, todas las demás personas seguían agachadas cuando Sara acabó de meter el dinero en una bolsa vacía que llevaba en el bolsillo. Mi misión era cubrirla en todo momento y mantener el pavor apuntando intermitentemente a cada una de aquellas personas confusas y aturdidas por la violencia aparentemente injustificada de la situación.

La primera fase había acabado y llegó el momento de ejecutar la parte delicada del plan. Sara se dirigió a la puerta acorazada, se agachó levemente y colocó los explosivos a diez centímetros del lector de códigos electrónico que había a la izquierda. Perdí un segundo de tiempo en observarla y al volver la mirada a la entrada principal vi a un hombre con una pistola apuntando en dirección a la puerta acorazada. Eso fue lo último que percibí con claridad. Los segundos siguientes fueron bañados por el caos de un ruido sordo. La gente empezó a levantarse y a huir por la por la puerta principal. Nuestra aventura había llegado a su fin. Miré la vista atrás y vi a Sara desplomada sobre el suelo con una bala en el pecho. Tiré las pistolas que tenía en las manos y salí corriendo para poder ayudarla mientras el hombre que había desmoronado nuestros planes gritaba algo que no podía lograr entender. Me incliné y la envolví entre mis brazos. Noté como mis manos se pringaban de sangre caliente pero me no estaba pendiente de ser escrupulosa. Entonces balbuceó algunas palabras hasta que al fin pude comprender un mensaje completo.: ‘’Cris, encárgate de que escriban un libro de nuestra trágica historia lésbico- criminal. Espero que nos llamen las bolleras atracadoras o algo así en los periódicos. ’’ Noté como se le escapaba la vida mientras me sonreía y una mezcla de euforia y dolor se escapaba de sus ojos.

Pude llegar a sentir que todo esto había merecido la pena, que su muerte no eclipsaba todo lo que habíamos vivido juntas. De repente todo se volvió claro otra vez y pude distinguir la amenaza del hombre que seguía sosteniendo el arma y apuntando en mi dirección. No dejaría que me esposaran, tenía que evitar un desenlace mediocre a toda costa. Rápidamente me deslicé por el suelo, recogí una de las pistolas que había tirado al suelo y disparé al hombre. Después sólo necesité una fracción de segundo más para arrancar el explosivo de la puerta acorazada, lanzarlo al centro de la sala, sacar el detonador del abrigo de Sara y accionarlo. Siempre fui una chica rápida y no me permití un segundo fallo aquella noche.


Álvaro Cobo