viernes, 23 de diciembre de 2011

Somos seres de costumbres

Sin mucho ánimo, Juan salió de casa. "¡Vamos, Toro! ¡A la calle!". Parecía un día demasiado aburrido. Quizás tenía que hacer algo para cambiarlo. Mientras compraba el pan apareció su vecina Josefa. "¡Ayyyy!", pensó.


- ¿Qué tal, Josefina? -dijo sonriendo.
- Pues ya ves. Resulta que me han dicho que nos van a subir la cuota de la comunidad.
- No me digas, si nos la subieron el mes pasado.
- Claro, pero ahora dicen que otra vez.
- ¿Y quién te lo ha contado?
- A mí me lo ha dicho Paco, que por lo visto estuvo hablando con Lucía. Ya sabes que Lucía se entera de todo.
- Si, es verdad. Comentó Juan pensando para sí “ya estamos con los macutazos”.
- Pues nada, habrá que aguantarse.
- Sí, hombre, porque tu lo digas. Vamos, yo desde luego no pienso callarme, ya sabes que siempre lo digo todo, me van a oír…

A partir de ese momento, Juan desconectó.

-Desde luego, la gente se inventa películas, se las cree e incluso se coge cabreos y pierde su tiempo en discutir.
- Bueno pues nada, me voy que tengo un poco de prisa.

Josefa no iba a perder la ocasión de pegar la hebra con alguien, no le iba a dejar escapar tan fácilmente. Mientras, Juan intentaba salir de la panadería, una cuerda inexistente que parecía les uniera y se iba estirando, le obligaba a escucharla por educación. Ella, sin sentirse aludida por su lenguaje no verbal no dejaba de hablarle a pesar de que ya estaba abriendo la puerta. Al tomar aire la vecina, consiguió salir por piernas.

Caminaba hastiado de su propia falta de sociabilidad. Tengo que tener más paciencia, la gente se merece que la escuchen. Al mismo tiempo estaba decidido a no aguantar más conversaciones innecesarias. Su tiempo era valioso y no quería malgastarlo, aunque no tuviera claro qué hacer. Soy un ser lleno de contradicciones, pensó.

Con el pan bajo el brazo se dirigió a comprar el periódico.

- ¿Qué tal, Fran?
- Aquí estoy, como siempre. ¿Has visto el 'As'? Dicen que el Atleti está  acabado, que nunca podrá volver a ganar. Vamos hombre, solo faltaba eso, sinvergüenzas, qué sabrán estos mendrugos, pues anda que no podemos ganar la copa en cuanto se nos antoje, claro como están los señoritos del Madrid…

Juan, siempre sonriendo, piensa “No por Dios, fútbol, no”. Voy a tomar la determinación de no volver a este quiosco. Mira que es plasta, siempre con lo mismo. Claro que si tengo que andar un kilómetro hasta llegar al próximo… En fin, me tendré que aguantarme.

- Bueno, Fran, me voy que tengo un poco de prisa.

Desde que ha amanecido sabía que el día iba a ser tedioso. Me voy a acercar a 'La Divina' a tomar un cervecita y compro tabaco.

- ¡Hola, Juan!
- Hola, Celia. ¿Qué, paseando al perrito?
- Claro, como todos los días. Fíjate que creo que está malito. Está mañana ha hecho una caquita más feaaa...
- Je, pobre. (Siempre sonriendo). “Esto es un castigo. Hoy no es mi día, no hay duda”.
- ¿Tú crees que tengo que llevarlo al veterinario o se le pasará?
- Pues… no sabría decirte. “Pregunta trampa, si le digo que no hace falta y el perrito se pone peor me la juego. Pero si le digo que sí, me va a empezar a contar que es muy caro y que ella es pensionista y no tiene dinero y que no hay derecho y…. ¡ahhhhhh!”.
- Seguro que tú sabes mejor que nadie lo que hay que hacer. Me voy que tengo un poco de prisa. ¡Que se mejore!

"Y encima sin tabaco. Lo que te digo esta vida es un infierno. A ver si llego al bar de una vez".

- Hola, parroquianos. Sus colegas del bar van vestidos con chándal y zapatos, porque aunque ninguno va a hacer deporte así están más sueltos.
-Hombre, don Juan. El que no habla con nadie, el digno, el marqués, siempre mirando por encima a los demás.
- ¿Qué tal, Pedro? -"Ya está con sus bromitas, encima de que se me enrolla todo el mundo... Para qué vendré a La Divina, sabiendo cómo son".
- ¿A quien le ha tocado la porra?
- Pues justamente a ti. ¡Qué caradura! sólo juegas un número y te toca. Tendrás que invitar.
- Por supuesto que sí. –"¡Vaya! me tocan diez euros y ahora tengo que invitar a cuatro amiguetes. Desde luego vaya ruina, no vuelvo a jugar, no hay derecho". Je, je ¡Qué suerte tengo! Me la pienso llevar todas las semanas.
- ¿Dónde has dejado a Toro?
- Fuera, atado a un árbol. A ver si ponen una barra como en las películas del oeste en la puerta del salón y podemos dejarlos sujetos tranquilamente.
- Bueno, y ¿cuándo te casas? Mira nosotros que bien vivimos. Las parientas en casa haciendo la comida,  los niños jugando en el patio y nosotros tomando el aperitivo. Así da gusto, mejor que un soltero.
- Sí, desde luego. Pero yo esta noche la voy a pasar con una amiga.

Los otros tres amigos sentados a la mesa, aguzan el oído para ver que se cuece.
- Una amiga, ¡eh! ¿Y está buena?
- Sí, claro, cómo iba a quedar con ella si no. –"No les voy a decir que la he conocido por internet y todavía no la he visto. Con la última que quedé no se parecía en nada a la foto que me mandó. Menudo chasco, creí que había quedado con su madre".
- ¿Dónde la vas a llevar?
- A lo mejor la llevo a ver la última de Torrente, y así nos reímos un rato. -No pienso contarles que vamos a un restaurante caro y luego a un concierto de jazz. Que sigan creyendo que soy un pringado como ellos.
- Pon otra rondita, Tomás.
- ¡Uf! qué caña.
– Dale un poco de alegría al cuerpo macareno que está matarile, un poquito de presión.
- Qué, ¿ya habla tu perro?
- Os he dicho que no puede hablar, pero que es como si hablara. Los perros pueden llegar a tener una inteligencia como un niño de 2 años. A esta edad entienden todo. Toro comprende los sentimientos: si me río viene corriendo a jugar, si alguien llora va corriendo a lamerle, si le hablas enfadado lo entiende, y así ...
- Pero todavía no habla ¡eh!. "Para qué comentar algo con esta gente, es tontería, ¡si es que no están a mi nivel!"
- Pues nada, chicos, me voy que tengo un poco de prisa. Todavía tengo que hacerme la comida. ¡Adiós!

Al final Juan había hecho lo mismo de todos los sábados, pero se sentía mucho mejor que al salir de casa. Mientras regresaba pensaba que tampoco había estado tan mal la mañana. “Si es que, en realidad, soy un agonías. A ver si el domingo se me ocurre algo diferente porque menudo coñazo los colegas, menos mal que yo llevo mi puntito y paso de todo. Desde luego las múltiples contrariedades de la vida no me arredran. Estoy hecho un campeón”. Sin ser consciente de ello, y después de varias cañas ,sentía que su humor estaba más ajustado a la verdadera realidad.

María de las Mercedes Martín Duarte

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El gordo Petete

“¿Seré capaz de reconocerlos?”, se preguntó, mientras se rascaba la mejilla izquierda, cubierta desde hacía una semana por una cenicienta y punzante barba, que había dejado crecer buscando un aspecto más moderno.

—¡Vallejo! —Voceó Flores, entre las notas de una canción de Rihanna, mientras agitaba los brazos en un extremo del amplio y remodelado bar, que solían frecuentar en los locos ochenta—. ¡Soy yo, Flowers!

 Buscó con la mirada el origen de la voz y encontró a su amigo, de pie, entre la mesa de un grupo de tres divertidos veinteañeros  y la de una pareja formada por una monumental rubia y un hombre, bastante mayor que ella, agazapado entre unas gafas de sol y un sombrero de cuadros. Se acercó regateando jovenzuelos de descuidada indumentaria, enseñando los pajizos dientes que llenaban su inmensa sonrisa.

 —¡A la orden, mi cabo! —Soltó un taconazo Vallejo, mientras representaba el más marcial de los saludos—. A pesar de lo hermoso que estás, todavía se te reconoce. Dame un abrazo; pero no me pinches con tu barba de cinco días a lo Michel Bosé.

 El viejo compañero de camareta le estrujó entre sus brazos, apretando, con malicia, sus púas contra su mejilla, haciendo que éste le profiriera un insulto rimante con la pata trasera del cerdo.

 —Me alegra saber que aún mantengo cierto parecido con el hijo del torero y de la artista.
 —Sí, pero con el hijo de Paquirri y la folclórica. Lo de Michel iba por los michelines.
 —A ver si tú te crees, Vallejito, que eres el Yors Cluny. Como mucho John Malkovich, su compañero de anuncio, el de “voluto, my favourite”. Lo digo por lo de la alopecia.
 —Anda cabo, agénciate un par pelotazos… bueno, tres, a ver si mientras tanto viene Petete. Supongo que le seguirá gustando el ron con limón, que se los bebía doblados.
 —Pues ya verás éste. Si ya estaba gordo con veinte años, imagínate con casi cincuenta. A su lado, El Falete va a parecer un esmirriao.

 Vallejo se quedó sentado, mientras observaba amagos de torpeza en los movimientos del que fue su cabo cocina. Seguramente que también él había empezado a perder habilidad, especulaba nostálgico. Aunque de espíritu se sentía como un chaval, el espejo le humillaba cada mañana. No obstante, siempre aparecería alguien que le haría sentirse más joven. En cuanto llegara el que estaban esperando.

 —Este capullo no viene, Flowers. Cuando le llamé, cogió el recado una sudamericana. Seguro que su mujer le dejó y ha pillado lo primero que ha encontrado por ahí. No creo que Petete sea capaz de vivir sólo.

De pronto, unas largas y fragantes piernas, desnudas hasta el tercio norte del muslo, rozaron el hombro de Vallejo, sobresaltándole, y un sombrero se posó sobre su cabeza. En la mesa de la derecha, un interesante cuarentón, ataviado con modernas gafas de sol, se dirigió a los dos amigos:

 —Vaya par de impresentables. La juerga de esta noche la paga Petete, que para eso ahora el bar es suyo. Por cierto, la que te ha puesto el sombrero, Vallejito, es Sonia, mi novia.


Vicente Briñas

martes, 13 de diciembre de 2011

Apuntes teóricos (II)

Taller de escritura
Centro Cultural Francisco Rabal (noviembre 2011)
Segunda sesión


Encontrar la voz más adecuada para que transmita el relato no es, ni mucho menos, algo menor. Tenemos que encontrar una voz que se adecue a aquello que queremos hacer llegar al lector. Cada tipo de narrador ofrece unas determinadas posibilidades pero también una serie de condicionantes.

El narrador no es el autor, por más que quiera serlo. El narrador es un intermediario. El autor cede la voz al narrador y éste, si lo considera oportuno, a los personajes.

Es cierto, qué duda cabe, que el narrador se servirá de los recursos del autor, pero se construye a sí mismo. Por ello hay personajes únicos e irrepetibles que un mismo autor ha sido incapaz de repetir en su virtuosismo.

EL PUNTO DE VISTA


El narrador puede enfocar los hechos desde fuera de la acción, es decir, no la protagoniza ni directa ni indirectamente. El caso más común es el del narrador omnisciente, que veremos más adelante. Cuenta algo desde fuera. Se llama narrador heterodiegético.

Pero el narrador también puede contar la historia desde dentro, es decir, cuando conoce de primera mano la acción porque ha estado, de alguna manera, involucrada en ella. Las aventuras de Sherlock Holmes nos sirve de ejemplo. ¿Quién habla? Watson, es quien nos narra las vicisitudes de su amigo. Entonces hablamos de un narrador ‘homodiegético’, indica que quien habla ha vivido la historia desde dentro. Si quien nos transmite la historia es el protagonista mismo, tenemos un narrador autodiegético.

Por tanto:

- Narrador externo o heterodiegético
- Narrador interno: homodiegético, cuando es alguien involucrado en la acción, o autodiegético, si se trata del protagonista de la historia. Puede haber dos protagonistas al unísono, por ejemplo en ‘Las amistades peligrosas’.

A partir de ahí podemos clasificarlos en tres tipos:

*Omnisciente. Vendría a ser en la narración lo que Dios en la creación. Lo sabe todo, sabe o que siente, piensa, dice cada personaje, por qué ocurrió lo que ocurrió, lo que sucederá, lo que estuvo a punto de ocurrir y no fue. Está en un plano superior a cualquiera de los personajes.

*Narrador equisciente. Es aquel que tiene la misma información que uno de los personajes.

- Habla a través de un personaje, por ejemplo, ‘La isla del tesoro’ está narrada por Jim Hawkins.
- Permite mayor libertad al lector. Al no contar con toda la información, al no ser capaz de saber por qué actúan los personajes como lo hacen, el lector deberá de rellenar esas lagunas.

- Su visión es parcial. Es como si nos situamos en un patio de butacas, tenemos una visión diferente si estamos centrados, escorados, arriba, muy arriba, etc. 
Este tipo de narrador sólo comparte lo que la persona sabe. Algunos lo llaman ‘avec’, del francés ‘con’, como nuestra preposición.

* Narrador deficiente. Su nivel de información es mejor que el de cualquiera de los personajes. El narrador es un testigo, en el puro significado de la palabra.  Se le llama también narrador objeto.

- Su información es muy limitada.
- Focaliza desde un ángulo preciso.
- Apenas hace alusiones a sí mismo.
- El lector se identifica plenamente, pues avanza en la medida que el narrador avanza.
- Se utiliza mucho en novela negra, de tal manera que el lector va conociendo todos los datos a medida que el narrador los recaba.
- Es como una cámara cinematográfica quieta, por la que pasasen distintas cosas y quedasen registradas.

Narrador en primera personaEste narrador nos permite meternos en la piel de un personaje, que puede o no ser el protagonista.

Utilizando la primera persona podemos conocer lo que siente, lo que piensa, lo que hace el personaje. Este tipo de narrador, que es el que menos conflictos plantea a la hora de escribir, tiene un gran riesgo: que quien hable sea el escritor, que el autor utilice al protagonista para dar su visión del mundo.

También puede darse el caso de encontrarnos un narrador en primera persona colindante a la acción, como si fuera un testigo. Es decir, externo. Sirve como ejemplo las anécdotas de las que somos testigos y que contamos a nuestra pareja, nuestros compañeros de trabajo, etc.

Dentro del narrador en primera persona se enmarca la técnica denominada ‘monólogo interior’, que es una manera peculiar de contar una historia. El personaje entrega el relato a los vaivenes de la mente y a los desórdenes del pensamiento. El propósito de este modo es adentrarnos directamente en la vida interior de este personaje sin que el autor intervenga con explicaciones y comentarios. Como cualquier monólogo es un discurso sin oyentes y no pronunciado (‘Ulises’, de Joyce).

También existe un monólogo tradicional, que se diferencia en que expresa, de manera ordenada y lógica, los pensamientos y sentimientos (‘Cinco horas con Mario).

También podemos encontrarnos con un narrador en primera persona del plural, un ‘nosotros’ que cuenta y transmite la historia. Este tipo de narrador se utiliza en novelas de aventuras.


El narrador en segunda personaEs un narrador complicado. Parece que se habla a sí mismo, aunque puede interpretarse como que apela directamente al lector, parece como si las cosas le estuvieran sucediendo a él. No es muy común por lo complicado. Aunque lo usamos mucho en el uso cotidiano del lenguaje.

“Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que te has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tú releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso.” ‘Aurora’, de Carlos Fuentes.

Es un tipo de narrador incómodo para el escritor, sobre todo para una narración larga. Resulta muy cercano pero también muy agresivo, ya que apelamos al lector con un ‘tú’ directo.

Tiene mucho más tirón y popularidad en la novela moderna. Un truco para solventar la complejidad de este tipo de narración es hacer hablar al protagonista con otro protagonista.

El narrador en tercera personaEs la más popular de todas porque es la que menos dificultades narrativas plantea. Por lo menos, a priori.


El narrador tiene tres funciones claras:

- Adopta un modo particular para contar la historia (diálogo, narración, diario, epistolar, etc.)


- Adopta un punto de vista. Como veremos ahora puede participar de la trama, estar imbricado en ella, o ser un espectador más o menos cercano.
- Estructura los hechos. Decide qué cosas tienen relevancia para el desarrollo de la historia y cuáles no, y puede jerarquizarlas con capítulos, con inclusión de cartas, etc. Escoge el tiempo y el espacio. Habíamos dicho en la clase anterior que nada de cuanto contemos tiene que ser banal. Antes bien, ha de aportar algo a la historia.


Hay otra posibilidad, el multiperspectivismo. Se trata de que varios personajes o voces narrativas cuenten una misma historia desde distintos puntos de vista. Esto, que puede resultar sumamente interesante, corre el riesgo de que, si no manejamos muy bien el ritmo y el tono de la historia, al repetirla, podemos aburrir al lector. ‘La mujer justa’, de Sandor Maray.

EPD

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Arañazos en el mar

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”
Ahora mismo tendría que estar dejando el dinero, pero creo que cada uno tenemos un destino; quizás el de él sea éste, morir lejos de casa, por dinero. Total, toda su vida ha girado alrededor de este elemento, que muera por su ausencia, es un final acorde con su trayectoria vital.

Llevaba tan en secreto su ruina que ni siquiera los secuestradores se percataron de este detalle. Deben de ser unos gilipollas y unos aficionados. Si no, sabrían que la casa está hipotecada y la colección de coches antiguos ya no es suya, sino de una cinematográfica que se los deja usar a  cambio de cuidarlos y tenerlos siempre a punto.
No es ni la sombra de lo que fue, un árbol gastado y carcomido que aún conserva su coraza y su corteza casi intacta, pero acabado por dentro, podrido.

Creo que no es un mal final. Así hablarán de él en la prensa y en la televisión y todo el mundo elogiará su emporio y sus cualidades.  De otro modo, su podredumbre empezaría a oler y lo único que quedaría de él sería su decadencia y su ruina.  No lo soportaría, es igual de orgulloso que mi abuela.

Seguro que me llaman cuando vean que no cumplo con sus requisitos. No voy a alargar  su agonía, les diré que no tiene dinero, que no tengo dinero, que es todo una pantomima, que hagan lo que quieran con él.  O mejor, les diré que lo suelten, que es un pobre viejo arruinado, que está enfermo, que necesita medicinas diarias, que morirá esperando un rescate que no llegará jamás. Y lloraré en el teléfono, y les suplicaré que lo liberen y que no le hagan daño. Les ofreceré una cantidad irrisoria que he conseguido vendiendo un par de sortijas y cuatro gemelos antiguos que aún conservaba. Se enfadarán, me amenazarán con matarlo, o peor aún, con dejarlo morir lentamente, agonizando sin sus medicinas y cuidados.

En la carta había cosas que no me cuadraban. Tenía que dejar un millón de euros en la taquilla número 313 de la estación central de autobuses, a las 19 horas y 59 minutos, ni un minuto antes ni un minuto después. En billetes de veinte y cincuenta euros, usados y no correlativos.

Lo de la hora me parece una tremenda tontería y una complicación a la vez. ¿Con qué reloj controlarían tal precisión? Aunque ahora recuerdo que en la estación hay uno digital enorme, con segundero incluido. Lo sé porque estuve esperando dos interminables horas para pillar in fraganti a mi exmarido y a su amante. El sonido de los segundos cayendo, casi me empujaron a suicidarme allí mismo. ¿Por qué esa hora y ese número de la taquilla? Ambos me resultan familiares…

El sonido estridente del teléfono corta en seco sus cavilaciones.

-Sí, ¿quién es?
-¡Escucha con atención, zorra, tu padre está mal, muy mal. Es diabético y el cabrón está empezando a sudorar de manera asquerosa! ¿Por qué coño no has traído el dinero?
-¡Papá, papá, estás ahí…!
-¡Escúchame bien!, ¿tienes el dinero o no?
-Lo siento, se han equivocado, mi padre no tiene dinero, está arruinado, la casa está hipotecada, los coches no son…
-Nos da igual lo que digas, zorra asquerosa, si a las nueve de la mañana no llevas el dinero al lugar indicado, tu padre morirá, agonizando, ni siquiera hará falta matarlo.
Bien, está claro, los muy imbéciles no saben qué hacer con él. Pero la voz… esa voz… aunque agazapada, me es familiar, como las cifras, 313, 19 y 59… 31-31-959… 31-3-1959… ¡es mi fecha de nacimiento! Sólo al idiota de mi exmarido se le ocurriría hacer jueguecitos con los números. Lo que perdió en la ruleta, después de pasarse días haciendo cábalas, no le ha debido  servir de escarmiento.

Dice que morirá agonizando, sí, es una pena. La verdad es que ya ni tan siquiera le odio. Me pasa igual que a mi madre, aunque creo que lo que sentía hacia ella no era odio, sino una mezcla de miedo y admiración, aderezado con el boato y la opulencia que le procuró.

Voy a hacer las maletas y, con el dinero de las joyas de mi madre. cogeré ese avión rumbo a Noruega.

 Quizás el viejo pensaba que moriría entre mis brazos, unos brazos que ya empiezan a languidecer. Quizás soñaba con asir de nuevo mis senos turgentes, senos que ya no despuntan orgullosos. Quizás anhelaba que mis ojos le miraran con ternura, ternura que él suplió con deseo pegajoso y obsceno.

Quizás todos tengamos un destino.

El móvil suena en el avión. Son las nueve. Los Fiordos al amanecer son como arañazos en el mar.  Heridas insalvables como las de su corazón.

Raquel Ferrero
 

lunes, 28 de noviembre de 2011

El rescate (II)

Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”

Rubén había recibido la misiva. Jonás estuvo ladrando y arañando la puerta hasta que le abrió. Su expresión, que abarcaba todo su hocico y sus enormes ojos negros, reflejaba una dulce tristeza. En algún lugar le habían separado de Adriana y desde entonces dejó de menear el rabo.
Sorprendido por aquella inesperada visita, Rubén le asió por debajo de sus patas delanteras, abrazándole para sentir su calor después de tanto tiempo. Respiró el aroma de Adriana que emanaba de aquel jersey con bolsillo incluido, donde un sobre de color blanco le llamó la atención. Lo cogió con curiosidad no exenta de temor. ¿Qué hace Jonás aquí? ¿Dónde está Adriana? Salió a la puerta, se asomó al balcón y buscó a ambos lados de la estrecha calle Mantuano, pero sólo vio un gran turismo negro alejarse a toda velocidad.
Desde que Adriana le dejó tirado en el juzgado el día de la boda, todo un juego de enigmas y secretos de familia se habían presentado ante él. Fue duro encajar el golpe, no estaba convencido de haberlo hecho, era más, en su fuero interno estaba seguro de lo contrario. Se sentía tocado en su línea de flotación y pronto estaría hundido; fue esto precisamente lo que le decidió a cambiar. Era mejor enfrentarse a los problemas y buscar soluciones a las incógnitas, que esperar a que se resolvieran por sí solos. De alguna forma era como la vida, podías afrontar las contrariedades y asumir las consecuencias de tus actos o rodar entre  ellas como el agua se mece en el cauce de un río, conociendo de antemano cuál es su principio y  su final.
Recordó las clases en la facultad, Garcilaso. No era su modelo. No quería plegarse a ese destino que parecía haberle alcanzado. Tenía que rebelarse, quizás lo que sucedió la última vez que la vio. No debía tomarlo como una desgracia, era más una llave a otro mundo, a otra vida.
Intentó entender el mundo de Adriana ¿qué motivo podía haberla llevado a comportarse así? ¿Qué no entendía de su vida en común? Desde luego fuera lo que fuera, estaba dispuesto a comprender y esforzarse tanto como se necesitase. Con la mente abierta se decían cuando no estaban seguros de la anuencia del otro.  Con mente abierta, con mente muy abierta; claro que elegir el color del techo de una alcoba entre negro cisne y rojo grosella era una cosa y comprender su huida y desaparición otra muy distinta. En ambas ocasiones compartían el deseo de entender, de llegar a un punto común que fuera fácil de asumir por ellos dos.
Dejó que Jonás saltara al suelo. Aún guardaba la toalla con el estampado de una ballena con que se lo regaló de cachorro a Adriana y que a ésta le inspiró para ponerle el nombre: 
 - Todo aquel que salga de una ballena debería llamarse Jonás. Espero que heredes la tenacidad que tu nombre lleva implícito -le dijo acercándoselo al corazón para transmitirle su calor a aquel peluche de algodón blanco con ya enormes ojos negros.
Extendió la toalla junto al radiador y le puso su tazón de agua. Subió el volumen de la música que había bajado al oír sus arañazos en la puerta y se sentó en su sillón. Había viviendas y había hogares. En el momento en que el sillón pasaba a ser su sillón aquel lugar comenzaba a ser partícipe de su espíritu. Aún quedaba algo de Adriana en ella y la veía en cada rincón de aquella casa donde habían decidido establecerse. La música le ayudaba a concentrarse. Lo pensó mejor, cogió el mando a distancia y apagó el equipo. Era el momento de desempolvar un viejo vinilo y sentir la música como antes. Eligió uno cuya portada mostraba un piano de cola cubierto de nieve. Al instante la aguja impactó con el disco y los acordes del piano comenzaron a inundar el ambiente al ritmo del piano y de la voz From Now On (De ahora en adelante). Esperaba que fuera una declaración de principios de cómo él quería comportarse en el futuro.
Sentado releía una y otra vez la carta que había recibido por tan particular conducto. Había llamado a Juan, el padre de Adriana. Durante la conversación se escuchó decir: Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo. Le sorprendió la calma con que Juan había recibido la noticia. Ya unos días atrás, había conversado con él sobre la marcha de Adriana, dónde estaba y qué haría. Su actitud ante los hechos y sus consecuencias, le convencieron de que, o tenía mucha sangre fría o realmente sabía qué le estaba ocurriendo a su hija. 

     
Luis C. Castilla       

Hijo único

Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo. En los últimos días lo he perdido todo.

Marta siempre elegía parajes maravillosos para el recreo de nuestros sentidos. Además de cultura, disponía de un refinado gusto, que invitaba a disfrutar de cualquier placer que la naturaleza pudiera ofrecer o que la mano del hombre hubiera elaborado.

─Cierra los ojos y mastica despacio ─me dijo sonriente, mientras se acercaba a mí con un tenedor que tapaba con la mano izquierda, para que no pudiera ver su contenido─, lo he hecho especialmente para ti.

─Está delicioso ─balbucí mientras mis papilas se despedían llorosas de tal tesoro ─, ¿de qué está hecho?

─De mucho cariño. Los demás ingredientes me los reservo, no sea que alguna mala persona que yo conozco, haga mal uso de ellos ─respondió sarcástica, mientras su cara reflejaba un gesto burlón.

Y corrí tras ella, como tantas veces; siempre en la misma dirección; siempre haciendo que la cena se enfriara.

Nunca me había sentido tan feliz. No podía imaginar que, metido en la cuarentena, encontraría una mujer tan maravillosa, que colmara de esa forma mi existencia, consiguiendo que mi vida tuviera un verdadero sentido. Haría lo que fuera por ella.

Aquella gélida mañana de mediados de febrero, con las aceras enmoquetadas en blanco, propicias para resbalar, apareció ella, que se deslizó a mi lado, aferrándose a mi brazo para no caer, a punto de precipitarnos, como dos niños en su primera visita a una pista de hielo. Cara de susto, disculpas, primero. Sonrisas, chocolate caliente, después.

Ese día afloró Marta, como un beneficio añadido. Fue nada más salir del banco, donde contraté aquel fondo, tras aquella jugosa operación financiera. A partir de ese momento, mi suerte cambió.

Ser hijo único, aunque pueda no parecerlo, cuenta con numerosas bondades. Éstas aumentan si perteneces en una familia económicamente respetable: puedes estudiar en los mejores colegios, te mueves en círculos distinguidos, conoces a personas que para otros serían seres de ficción y, sobre todo, no tienes que rivalizar con nadie para conseguirlo.

─¿Quién es? ─pregunté a Marta, al ver la foto que llevaba en el interior de uno de los desplegables de su cartera, complemento que solía utilizar con la mayor discreción. La había abierto sin reparar en mi presencia y rápido la cerró.
─Es mi hermano Rafa. Sabes que soy muy celosa de mi intimidad, prefiero no hablar de mi familia.

No hice ningún otro comentario. Ese hermetismo era lo único que podía reprocharle, pero yo actuaba de forma similar. Por un momento me resultaron conocidos los ojos de Rafa; quizás me recordaban la mirada de su hermana.

Ser hijo único, si bien puede creerse que todos son excelencias, acarrea ciertos inconvenientes: no poder compartir tus ilusiones y confidencias, largos ratos de aburrimiento, no desarrollar ciertas habilidades que poseen otros niños. En mi caso, estas desventajas se acentuaron por el hecho de perder a mi madre en plena pubertad, quedándome sólo con mi padre, siempre muy ocupado, y con alguna asistenta severa, aburrida y… fea, todo hay que decirlo. Parecía que mi padre se esmerara en contratarlas así.

Él se ha dedicado a los más variopintos negocios, en muchos casos ignorados por mi madre y, más tarde, por mí. Sé, por terceras personas, que no todas sus ocupaciones han sido tan honorables como se pudiera desear del padre de uno. También conozco de sus adicciones al juego y al güisqui, aumentadas desde que enviudó. No sólo perdió dinero sobre el tapete, también posesiones y participaciones empresariales; amén de las hipotecas que pesan sobre todas nuestras pertenencias, incluida la casa donde yo vivo, y de los avales, firmados por mí.
Nadie cercano sabe de mis avatares paternos, ni siquiera Marta, que, en los dos meses en que llevamos saliendo, no ha conocido a mi progenitor; además, he procurado mentarle lo menos posible en nuestras conversaciones, a pesar de que, en varias ocasiones, se ha interesado por sus negocios.

Hace tres días falleció mi padre, de un infarto de miocardio. A su débil estado de salud no ayudó el estrepitoso fracaso financiero sufrido en las últimas semanas, fruto de ciertas especulaciones infligidas sobre sus bienes  por sus llamados amigos. Al entierro no hemos ido más de diez personas. Marta estuvo todo el tiempo ofreciéndome consuelo, pero recriminándome, también, no haberle dado la oportunidad de conocerle en vida.

Ser hijo único supone que, en la mayoría de las ocasiones, heredas todas las riquezas de tus padres. A veces, como en mi caso, sucede lo contrario, y lo que obtienes son todas sus deudas, consiguiendo que pierdas, además, tus bienes, tus ahorros, tu reciente fondo, quedando en la ruina; aunque cuantos te conocen  te envidien, por esa herencia tan suculenta que imaginan que has obtenido. Marta, incluso, alguna vez, había bromeado sobre mi presunta fortuna.

Hoy, al llegar a casa, la encuentro sentada en una silla, maniatada, con un ojo amoratado, y con una pistola apuntándola en la sien; suplicándome, entre sollozos, que la ayudara. A su lado, un tipo barbudo, con gafas de concha. Me da una carta y me dice que, en cuanto salga por la puerta con mi novia prisionera, la lea con detenimiento. Si quiero que ella siga con vida,  deberé cumplir con lo que está escrito.

 Me lío a puñetazos con todo lo que pillo a mano. Me descubro llorando, temiendo por el futuro de mi amada. Mareo mi cerebro pensando en ese tipo y caigo en la cuenta de que coincidí con él un par de veces en el banco; la última fue la mañana en que, al salir de la sucursal, conocí a Marta; el día en que contraté aquel fondo por medio millón de euros.

Sigo rumiando su cara y reparo en que sus chispeantes ojos son los mismos que vi, a hurtadillas, en la foto que ella guardaba en su cartera. Está claro. Es su hermano… o su marido… o su socio. Todo este tiempo he sido engañado. Tanto padre rico, tanto hijo único… tanto cariño malgastado. Sólo querían mi dinero, el dinero que ya es de mis acreedores.
Vicente Briñas

domingo, 27 de noviembre de 2011

Pura

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate, aunque quisiera hacerlo…” El número del apartado de correos seguía bailando en mi mente. Hacía una mañana apacible de otoño, pero fría, de ésas donde los recuerdos muerden. No obstante eran pocos los meses que mediaban de nuestra separación y cualquier imagen se me antojaba punzante. Ella se quedó con la cueva, como llamaba a nuestro piso de cien metros cuadrados, con una pingüe pensión y con la custodia de nuestras hijas: Alma y Pura. Si hubiésemos tenido una tercera, estoy seguro que la hubiese llamado Bendita.

Se quejaba por todo. Recuerdo que, no sin esfuerzo, le llevé durante unas vacaciones a un hotel junto al castillo de Perelada, en Gerona. Íbamos todas las noches a cenar y pasar la velada en el casino.

- ¡Siempre la misma cena! –replicaba, a pesar de los numerosísimos platos del menú frío y caliente y de las exquisitas carnes y pescados del restaurante.

Le encantaba el champán pero... ¡tampoco estaba a la temperatura adecuada!

- ¡La culpa es del crupier, que siempre está tirando a los números que no juego! –comenzaba a farfullar, animada por las burbujas, pasadas las doce de la noche.

Alma, la mayor de nuestras hijas, antes de la separación sopesó el panorama; hizo las maletas y se marchó a Londres, para dar clases de español en una prestigiosa escuela. No quiso darse por enterada cuando le comunicó su madre que habíamos decidido vivir como “La Tour Eiffel” y “The Statue of Liberty”.

Sin embargo Pura, con sus catorce años, estaba tan apegada a su madre... Y ahora no sabía qué iba a pasar...

Me acababa de sentar en el sillón cuando sonó el teléfono. Descolgué y pregunté quién era, pero no contestó nadie. Al poco, colgaron. Pensé en la carta que había recibido ¿Sería el secuestrador? Volvieron a asomar a mi mente los números del apartado de correos ¿Porqué cuatro mil euros? No se trataba de una cantidad importante pero yo estaba exprimido hasta el máximo, no disponía ni de cincuenta.

Estaba absorto, como un meditante, cuando sonó de nuevo el teléfono.

- ¡Le advierto que no pienso darle nada! –grité al levantar el auricular.
- ¡Papá!, ¡papá! ¿Pasa algo? –gritó Pura, del otro lado.
- ¡No! ¡Nada, hija! ¡No pasa nada! Un pesado que llama y se queda callado sin decir palabra –dije aliviado, por mi ocurrencia.
- ¿Y Canela? ¿Cómo está? –preguntó curiosa por la perrita.
- ¡Lo siento, hija! Hace dos días, al entrar al supermercado, la dejé atada a la puerta y no sé cómo se desató, saltó a la calzada y la atropelló un camión. No sufrió nada, de verdad, murió al instante...

El llanto de la pequeña saltó del otro lado de la línea telefónica y no sé por qué, en ese instante, mi memoria puso ante mis ojos el número del apartado de correos.  

Ernesto Vinader

El rescate

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podía pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”

La tristeza me invadía. No conseguía entender el porqué de todo esto. ¿Cómo era posible que hubiéramos llegado a tal situación? Las amenazas que en ocasiones él había  proferido nunca pensé que llegaran a ser ciertas. ¿En qué momento nuestra relación dio un vuelco tan grande?

Elegimos aquella casita de campo aislada de la ruidosa y estresante ciudad. Apasionadamente enamorados vivíamos el uno para el otro. Todo era maravilloso. Compartíamos  juntos el máximo tiempo posible. El se dedicaba a componer música mientras que yo trabajaba desde casa gracias a las nuevas tecnologías. Remitía mis artículos contratados por un periódico con el que tenía una ideología afín. El resto del tiempo lo dedicaba a escribir mi primera novela. Parecíamos tan felices…

Poco a poco empezó a viajar a países lejanos donde estrenar sus obras. Sus ausencias se dilataban por tiempo indefinido y sus regresos eran sorpresivos. Me sentía muy sola. Al estar alejada de la ciudad fui perdiendo el contacto, con mis amigos, con mi familia, incluso con vendedores, ya que encargaba todas las compras por teléfono. Esperaba su vuelta con devoción y él, por el contrario, demostraba cada vez más frialdad. En esos momentos tenía que haber tomado la decisión de cambiar mi forma de vida pero estaba tan enamorada que no era capaz de hacerlo.

Llegó un momento en que éramos extraños el uno para el otro. A pesar de esto, él siempre insistía en que quería seguir llevando la misma vida y que yo estuviera a su lado.

La falta de relaciones sociales, la cada vez más creciente añoranza de las actividades de la ciudad me fueron sumiendo, sin apenas percibirlo, en un principio de depresión. Los artículos que escribía cada vez me costaban más. Mi novela estaba estancada y no me sentía con fuerzas para continuarla. Poco a poco, mi autoestima fue disminuyendo. La angustia que me originaba tal situación no me dejaba dar un paso adelante.

Por fin, en la época de vacaciones empezaron a visitarme amigos y familia. Se dieron cuenta de que algo ocurría. Una de mis amigas se empeñó en que me fuera una semana de vacaciones con ella, no tenía ánimo pero acabé aceptando. Al salir de aquel mundo cerrado en que se había convertido mi vida fui consciente de que algo tenía que cambiar. Con ayuda de mi amiga empecé a pensar en la separación.

Cuando él volvió de una de sus eternas giras le planteé mi decisión. A partir de entonces las peleas fueron continuas.

Pero ¿por qué él estaba convencido de que yo accedería a su chantaje? Digamos que se engañaba a sí mismo. A lo largo de los años manifesté muchas veces que Fernando me acompañaría durante toda su vida. Las peleas de los últimos tiempos le dejaban a salvo, fuera de nuestras disputas.

Sin embargo, empeñado en dañarme no dudó en insistir que haría todo lo posible por hacer de mi vida un infierno.

En la carta que me remitió, me pedía por el rescate de mi gato Fernando una alta suma que yo no podía pagar. Se lo llevó en una de sus últimas visitas a mi casa. Hacer caso a su carta suponía entrar otra vez en el juego del chantaje. Mi amiga me ayudó una vez más. Se enteró de que el pobre Fernando había fallecido en una clínica veterinaria debido a su muy avanzada edad. Esto me llenó de gran tristeza pero, al mismo tiempo, fue el último paso a mi liberación.

María de las Mercedes Martín Duarte

martes, 22 de noviembre de 2011

Entre el alquitrán y la seda

El gato se desperezaba sobre la alfombra, orondo y negro como el alquitrán, en un ritual conocido y secular que le daba consistencia de gato.

Allí, tomando el café de las once, con las hojas color salmón de El País del domingo,  desplegadas sobre la mesa, Onofre observaba a su gato. La cotidianidad del café, siempre sobre la misma hora, la lectura de los artículos de la prensa hasta agotarlos y otro sinfín de gestos, encajados cada vez con mayor precisión en el horario, y ese gato negro y bien cuidado le daban consistencia a él.

Alquitrán hubiera sido un buen nombre para el gato. Pena que no se le hubiera ocurrido antes… Sin embargo, se llamaba Akito, debido al entusiasmo de su novia por la cultura japonesa. Caray… ella era casi gótica y solía vestir de negro. Hasta hoy no había pensado en tanta identificación. Tampoco entendía muy bien qué hacía él con esa novia. Ya se lo decían los amigos, pero el caso es que le gustaba mucho. Para él era tan imprevisible que vivía instalado en la sorpresa y eso contribuía a mantenerle a la expectativa: vivo, en otras palabras.

Todavía recordaba con nitidez el día en que llegó ella con una caja de crema de manos, cuidadosamente envuelta en papel de color rojo, con una tarjetita escrita con letra primorosa: “Me encantan tus manos, esos dedos largos y finos que maltratas en tu trabajo. Con esta crema  recuperaran su suavidad. Te quiero.”

Los compañeros del trabajo se reían  al principio; pero como día si, día también, él se aplicaba en darse su mano de crema nada más terminar la jornada y lavarse; ellos acabaron claudicando y pidiéndole algo del ungüento para probarlo. Todos terminaron  encargándole una caja a su novia esteticista.

Onofre se mira y se frota suavemente las manos. Ahora están casi tan suaves como la seda, pero la parte más importante de ese milagro no la ha tenido la crema, han sido los cinco meses de paro que lleva en casa, asiéndose voluntariosamente a una rutina que le de sentido.
Entre la suavidad de la seda y la negrura del alquitrán tiene que haber muchas posibilidades intermedias- piensa… mientras acaricia, distraído, el lomo de su gato - y él está dispuesto a encontrarlas.
Olimpia Benito,
a partir del binomio fantástico 'seda' y 'difuntos'

Despertad, ya es hora


Algo había cambiado, algún resquicio se había abierto, escapando de todo control, él lo había descubierto y se colaba despacio, con esfuerzo después de tanto tiempo de inactividad; como una crisálida, que se hubiera creído eterna, despertándose.

Un sentimiento espeso y pesado de angustia lo impregnaba todo. Solo se oía el eco de la nada.
No recordaba desde cuando se sentía así. Un pensamiento se abrió paso: “desde SIEMPRE”. Pero por qué. No alcanzaba a entender los motivos que le podían haber conducido hasta ese estado. En esos momentos de reflexión, otra idea cobró cuerpo: “el TODOPODEROSO lo había decidido de acuerdo con sus leyes inexorables”.

Entonces tomó conciencia de que desde hacía un rato se encontraba mejor. Pensar le hacía bien.

¿Cuántos más habría como él? De haberlos, tenía que encontrarlos, para comunicarse con ellos y regocijarse, para gritárselo a los que todavía no lo hubieran descubierto, para formar una hermandad. Les diría bien alto que se quitasen el sudario del engaño: todo consistía en empezar a razonar.

El TODOPODEROSO les había subestimado, otra existencia con otras sensaciones y sentimientos eran factibles. Las leyes se podían cambiar. Los argumentos apolillados de que siempre había sido así y así seguiría siendo ya no eran creíbles. Aquel infierno era únicamente un invento más por muy teorizado y sacralizado que pareciera.

Una energía y una sensación nuevas le inundaban. Su objetivo a partir de ese momento estaba claro:” buscar la felicidad compartida y disfrutada con otros.” Solo pensarlo le reconfortaba enormemente, qué sería cuando empezase a hacerse realidad…

En esos momentos tan íntimos, se sentía rebosante de alegría porque había descubierto que la redención era posible.
Olimpia Benito a partir de la hípótesis fantástica:
qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen

viernes, 18 de noviembre de 2011

Condenados a su destino

Estaban condenados. Sus vestiduras de blanco inmaculado se habían mudado a oscuros colores: granate, añil… Habían caído en desgracia, a lo más profundo, al noveno círculo. La oscuridad completa les atenazaba, y cuando la cegadora luz de las llamas les alcanzaba, era para abrasarles completamente. El fuego inundaba sus entrañas y ellos mientras tanto, desgarraban sus gargantas en un aullido de terror.

Acababa de llegar directamente de donde el brillo y el lustre abrían todas las puertas, incluida la del infierno. Les buscó esquivando lenguas de fuego y ríos de ardiente y fluida lava. Aterrado pero resuelto, decidió que no quería pasar la eternidad en aquel inhóspito lugar, alejado de todo y próximo a la nada. Preguntó a poetas perdidos y abordó a oscuros demonios. No obtuvo respuestas. Perseverante, como siempre lo había sido, consiguió encontrar su tenebrosa morada, y de inmediato se puso al frente. Nadie discutió su carisma. Estaban de acuerdo: él los guiaría.

Al otro lado, el calor había perdido la batalla. Los elegidos habían abandonado el prístino blanco. Ahora se permitía cualquier color: amarillo, naranja, azul… Se encontraban apostados al abrigo de las humeantes piras y de los horripilantes sonidos que procedían del interior de la caverna. Sus legiones, vestidas con oscuros uniformes como el corazón de Hades, custodiaban el muro de las enormes puertas sólo útiles para descender. Eran los cruzados de la Federación.

Ellos lo sabían. Era cuestión de tiempo. Querían salir y nadie lo evitaría. Se habían unido. Tenían el mismo fin y su destino lo habían sellado con el fuego robado a Vulcano. Saldrían y en su terreno les derrotarían. Cumplirían su sueño. Ofrecerían el tributo a su diosa. Al ritmo de la plácida voz, saciaría su sed tras escanciar el néctar de sus chorros en una copa con nombre propio: la Décima.

Luis Castilla a partir de la hípótesis fantástica:
qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen

 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Apuntes téóricos (I)

Taller de escritura
Centro Cultural Francisco Rabal (octubre 2011)
Primera sesión

Queremos escribir. Por eso estamos aquí. Unos lo han venido haciendo desde hace mucho tiempo, otros apenas han empuñado el bolígrafo o el teclado del ordenador; habrá, tal vez, quien siga utilizando su maquina de escribir. Habrá quien sienta que escribir sea una necesidad, otros querrán dedicarse de una manera más o menos profesional. Todo vale. Tenemos un vínculo común: nos gusta contar historias.

Lo primero es saber qué es lo queremos contar. Puede ser algo vago, algo tan abstracto que sus posibilidades de plasmarse en un cuento sean infinitas (por ejemplo, la historia de un amor) o algo mucho más conciso –en apariencia, al menos- (una historia de amor entre dos hermanos que, pese a que tienen todo en contra ellos luchan por culminar ese amor que sienten puro, pero los descubren y sufren el desprecio de todos y de todo).

Los temas pueden surgir:

• De la propia fantasía (la loca de la casa, como la denominaba Santa Teresa).
• De los recuerdos propios.
• Una historia que alguien nos.
• Un hecho real.

Pero, ¿qué ocurre si no se nos ocurre nada. Algunos trucos en el caso de que no atrapemos ningún tema de interés:

 • Inspiración. Cojamos una fotografía y escuchemos lo que nos sugiere. O un cuadro. Incluso una canción. Tal vez un titular de periódico.

• O recordemos nuestra película favorita y pensemos en cómo la hubiésemos contado nosotros, qué personajes de nuestro entorno, qué hubiera modificado (es lo que se llama ‘plagio creativo’; cuidado con excedernos en el plagio, que luego ya sabéis lo que ocurre).

• Abramos el diccionario. Fijémonos en una palabra que acapare nuestra atención. Degustémosla, notemos su cuerpo, su peso, su espesor.

• Binomio fantástico, una fórmula que estimula la creatividad. Tomemos al azar dos palabras que jamás hubiéramos pensado podrían ir juntas: membrillo y alógeno, por ejemplo. Deben de se extrañas la una para la otra. Cuanto más extrañas, más sorprendente será el resultado. Ya las tenemos. Ahora, hay que construir una historia en la que ambas palabras queden enlazadas. Es necesario, para que funcione misteriosamente esta técnica, que las palabras escogidas sean extrañas la una a la otra.
 
• ¿Qué tal si jugamos a las hipótesis fantásticas? Consisten en responder a una pregunta hipotética. Por ejemplo: ¿Qué pasaría si, al encender el televisor, lo único que consiguiera ver en todos los canales es mi propio reflejo? Claro, cuando más audaz sea la pregunta, más arriesgado será la historia.
• Seguimos paralizados. Nada nos sugiere nada. Muy bien, arranquemos, escribamos, lo que sea. Sin pensarlo, sólo engarcemos palabras y construyamos frases. Es lo que lo que se llama escritura automática.

En cualquier caso, antes de comenzar a escribir, es fundamental la planificación. También se denomina preescritura. Es crucial para organizar nuestras ideas. A medida que se tomen notas, conviene:

• ir uniendo las palabras con flechas cuando son significados que vinculan.
• Marcar las oposiciones entre conceptos o nociones
• Agrupar las ideas, con corchetes, llaves, etc.

Para planificar la historia, conviene saber:

- ¿Qué quiero que sea lo importante de esta historia?
- ¿Qué no debo dejar de contar?
- ¿Cuántos personajes van a intervenir?
- ¿Qué final puede tener esta historia?
- ¿Dónde transcurre?
- ¿Quién la va a contar?
- Etc.

El primer párrafoCon el primer párrafo, tenéis que convencer al lector de que no se sentirá defraudado por haber escogido vuestro texto. Algunas sugerencias para el primer párrafo:

• Directo al conflicto: “Lo había visto antes cuatro veces, siempre el mismo día 10 de cuatro meses seguidos, los que van de diciembre a marzo, el lapso de invierno anterior a mi matrimonio. La primera vez apenas si me fijen él, únicamente en el momento de la sorpresa, lo inaudito del caso, un loco mas de los que en el mundo son”. Hipólito Navarro, ‘El lector’.

• A partir de una serie de preguntas: "¿Acaso hay algo que contribuya más a la reputación de una persona en particular, o al honor de una nación en general, que erigir instalaciones adecuadas y destinarlas a albergar a quienes sufren por causa de todo tipo de dolencias?” ‘Un proyecto serio y útil para construir un hospital de incurable, en provecho de todos los súbditos de su majestad’, de Jonathan Swift.

•  Con una anécdota: “Para Ernesto, el supermercado de El Corte Inglés es una selva que conviene atravesar cuanto más rápido mejor. Hace años que la visita asiduamente, pero todavía quedan rincones que se niega a explorar: umbrías que, desde la distancia, insinúan el riesgo de especies comercialmente venenosas”. Sergio Pàmies, ‘La lista de la compra’.

• Con un testimonio: “Hace muchos años, tal vez lo recuerde el lector, me presenté en mi calidad de diletante del asesinato. Quizá diletante sea una palabra demasiado fuerte. Conocedor se ajusta más cabalmente a los escrúpulos y flaquezas del gusto de público”. Thomas de Quencey, ‘Segundo artículo’.

• A través de una carta o un diario: “8 de mayo. ¡Qué espléndido día! Me he pasado la mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la abriga y le da sombra por completo”. Maupassant, ‘El horla’.

• Con un diálogo:

-No, señor Vermensky –decía-, su retiro es inevitable. ¡No puede usted continuar su tarea como maestro con semejante voz! ¿Cómo fue que la perdió?
-Tomé cerveza fría cuando estaba transpirando –susurró.
-¡Qué calamidad! ¡Después de haberse desempeñado como maestro por catorce años, viene a suceder esta desgracia! Toda una carrera arruinada por semejante tontería… ¿Y qué va a hacer ahora?
Chéjov, ‘Las damas’.

• Con una descripción: “La señora Lefèvre era una dama de pueblo. Era una viuda de esas medio campesinas, de cintas y sombreros aparatosos, que hablan con dureza y adoptan en público aires grandiosos; de esas que ocultan, bajo aspectos cómico y expresivos, un alma de pretenciosa estúpida y esconden, bajo guantes de seda, sus inmensas manos rojas”. Maupassant, ‘Pierrot’.

• A modo de diario. “Me llamo Buffer Bings. Nací de padres decentes en las más humildes condiciones. Mi padre era fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño taller en la parte de atrás de la Iglesia local, donde se deshacía de los bebés no deseados. Durante mi niñez me inculcaron los hábitos de la vida industriosa: no sólo llevaba perros a mi padre para que pudiera llenar sus barriles sino que, además, me encargaba de eliminar los restos que quedaban del trabajo de mi madre…” Ambrose Bierce, ‘Aceite de perro’ (un escritor con una vida más literaria que otra cosa, un tipo con ocho hermanos, todos con nombres que comenzaban por la letra ‘A’; a su hermana, misionera, se la comieron unos caníbales. Participó en la Guerra de Secesión, donde murieron sus dos hijos y, después, se enroló en el ejército de Pancho Villa. Se le compara a menudo con Poe.
• Con un hecho histórico: “Hace ya muchos años, al hacer la noche, el venerable Pedro Arbués d’Espila, sexto prior de los dominicos de Segovia y tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (maestro de tortura) y precedido por dos asistentes del Santo Oficio provistos de faroles, descendió a un calabozo escondido bajo las bodegas del provisor de Zaragoza”. Auguste Villieres, ‘La tortura de la esperanza’.  

Para ir pespuntando la historia, es interesante irnos fijado en varios puntos:

• Que cada párrafo tenga vinculación con el anterior
• Si avanza o no la historia
• Si vamos aportando nuevos detalles a la historia
• Si reitero información

Algunos consejos a la hora de escribir/editar

* La historia pide siempre concisión, lo que no significa brevedad. Ser concisos supone que contemos lo que queremos contar, sin irnos por las ramas.

* La historia pide siempre simplicidad. Cuando escribimos, por algún extraño motivo, tendemos a ponernos estupendos. Es verdad que la escritura exige otra cadencia, otro ritmo, otra estructura que la oralidad, pero no hay que pasarse. Un buen truco es leer en alto lo escrito y darnos cuanta de si hemos utilizado una palabra que rechina.

* Otra cuestión importante es la claridad. Cuando escribimos contamos cosas que, en un primer momento, nos resultan muy claras porque nosotros sabemos a la perfección lo que hemos querido decir. Sin embargo, con una segunda lectura tal vez distingamos que algunas cuestiones para un lector no quedan tan nítidas. Hay que recordar que el lector no está en nuestra cabeza y, por tanto, no podemos omitir cosas necesarias para entender el mensaje.

* También, en la medida de lo posible, la historia pide universalidad (por o menos, vocación de ser universal).

Manera de plantear la historia

• La posibilidad del suceso
“Matías quiere retirarse de su trabajo de oficinista”

• Las alternativas de realización:

A Matías le toca la lotería
Matías se casa con una rica heredera
Matías arriesga sus ahorros en una empresa
Matías comete un desfalco…
(más posibilidades)
En función de cómo resolvamos la historia, tendremos el género al que la adscribimos:

- Si Matías asesina a su rica tía, novela policíaca
- Si Matías se casa con una rica heredera, novela rosa
- Si Matías arriesga todo para poner un negocio, novela realista
- Etc.

La manera en que contemos la historia puede ser:

• Ascendente. Matías se fija un propósito en la vida y lo va cumpliendo (argumento)
• Descendente. Matías se fija un propósito en la vida pero ésta se empeña en hundirle y en entorpecerle

EPD

lunes, 7 de noviembre de 2011

Diario sin tiempo

Día 1:   Los relojes se han detenido a las cinco en punto. Los informativos de radio y televisión no paran de hablar de otra cosa. Es como si lo que conocemos estuviera congelado para siempre: la luz del día, el sueño, las necesidades fisiológicas. Según un informe de  la comunidad científica, parece que la tierra ha dejado de rotar sobre sí misma.

Todo a nuestro alrededor es un conglomerado de desconcierto y confusión.

Día 3:   La gente se ha echado ociosa a las calles e inunda parques y lugares públicos con ganas de aprovechar este tiempo extra. Vivimos inmersos en un periodo vacacional inagotable, y todo son risas, y juegos, y largos paseos por los pulmones verdes de la ciudad. Tiempo hay para ello de sobra.

Día 5:   El estado de ánimo ha decaído ostensiblemente desde que los medios de comunicación informan de la aparición en el suelo de enormes e infranqueables puertas metálicas en las capitales del mundo. Fuerzas internacionales vigilan constantemente estos lugares ante la posibilidad de que se produzcan hechos que pongan en peligro la seguridad y la estabilidad mundial.

Día 14: He empezado a echar de menos los atardeceres. No he vuelto a ver uno de ellos, ni anochecer, ni amanecer, y todo es una rutina tediosa y difícil de soportar. Echo de menos actos como dormir, o bostezar por el sueño, o sentir cómo suenan las tripas por el hambre, o poder contemplar las estrellas y la majestuosidad de una luna llena.

Día 22: Estamos aterrorizados. Hace dos días (o eso creemos ante la ausencia de una forma fiable para medir el tiempo) se han empezado a sentir golpes al otro lado de las puertas metálicas. Algunos de nosotros pensamos que se ha levantado en guerra el infierno, mientras que otros creen que tan sólo se trata del sonido natural ocasionado por el movimiento del fluido magmático.

Lo que es cierto es que las calles empiezan a estar completamente vacías, y la situación nos tiene a todos preocupados. Las ficticias vacaciones se han acabado en muy poco tiempo.

Día 35: Empiezan a escasear los víveres, el agua, el combustible. Nadie se atreve a abandonar su hogar. Se ha decretado el estado de alarma, e incluso empiezan a producirse los primeros cortes de luz. Todos desconfiamos de todos, y algunos empiezan a robar para poder subsistir.

Día 70: Quedamos pocos. Los que continuamos vivos lo estamos porque previamente hemos pasado por encima de otros. No hay agua corriente, ni luz, ni víveres. No hay noticias nuevas con respecto a las puertas del infierno…

La situación es desesperante. No parece que esto vaya a cambiar. Mi cuerpo no aguanta más. He llegado al límite físico y mental y no hay nada que desee más que el hecho de que vengan esos otros que habitan más allá de las puertas y que acaben de un golpe con este castigo que es vivir encerrado, como si fuera una cobaya, dentro de esta maldita hora…

…de no cambiar esto en poco tiempo, tengo decidida la manera en que acabaré con mi vida… la manera en que pondré fin a este castigo.
Emilio J. Isidro Babianopartir de la hípótesis fantástica: qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen

lunes, 31 de octubre de 2011

Revolución caliente

—Ya no cabemos, esto es insoportable - le decía Fat  Malow a Willy Red. Una cosa es el calor propio de nuestro hábitat y otra, esta aglomeración insostenible.
—Además últimamente los que llegan son tan light que se escandalizan por todo.  Ayer  esa tal Venus Max se asombró cuando blasfemé y me cagué, uno por uno, en todos los santos del mes de enero. ¡Hay que joderse!-dijo Willy Red agitando su puntiagudo rabo.

El ambiente llevaba enrarecido hacía ya varios meses debido a lo que  pasaba   en la parte de arriba. Se comentaba que allí, en las alturas, se estaban poniendo demasiado estrictos y  cada vez andaban más desahogados, tanto que la desidia y  el aburrimiento empezaban a oscurer los ánimos de sus inquilinos.

—Increible.- Apuntó Malow.
— ¿Sabes qué me dijo la hija de su madre? Que estaba aquí sólo por un delito de estafa a escala internacional, pero que por lo demás siempre había cumplido con todos los  preceptos religiosos.
—Lo que te digo.  Nos mandan a cualquier mindundi.  Un día de estos nos los encontramos rezando. Tenemos que ponernos todos de acuerdo y exigir a los dos Dioses que equilibren los dos Reinos de una vez.

Fat y Willy, que eran  los más antiguos y resabiados, fueron reclutando insatisfechos.  Sólo les costó siete días computar a todos los que consideraban intrusos e indignos de ocupar sus ancestral hogar. Sabían que sería difícil pues nunca nadie que hubiera bajado había salido de aquel lugar.  Pero los tiempos estaban cambiando y ahora era el momento propicio.

Después de varios días de reuniones, la gran cabra cornuda habló:

—Lo siento mucho, somos los que somos y cada día seremos más. Los de arriba, Inmaculados S.L., han privatizado el Cielo y ya sólo entran los elegidos. Cualquier pequeño desliz que tengan los inmortales les remite directamente a nosotros. Al fin y al cabo, esto es el infierno, queridos pecadores.

Y con un movimiento brusco se cubrió con su capa y desapareció.

Raquel Ferrero
a partir de la hípótesis fantástica: qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen

jueves, 27 de octubre de 2011

Lucifa

Rajar, partir, pelar, cortar
la carne del cristiaanooo!
¡Tostar, asar, freír, quemar
con brasas de castaaañooooo!

- ¿Dónde se han creído que van? –gritó Cojituerto amenzando con su tres pinchos.
- ¡A ninguna parte! –respondió Quemado-uno.
- ¡Vamos a buscar a Lucifa! Parece mentira que estéis todo el día y la noche asando y quemando y vuestro Jefe refocilándose con Lucifa ¡Nosotros también queremos fornicar! –apuntó Quemado-dos con entusiasmo.
- ¡Tiene razón! ¡Dejemos los tridentes y busquémosla! –gritó Chepimanco.
- ¡Ay! ¡Ay! ¡Soltadme!, ¡tullitontos!, ¡quemaculos! ¡o se lo diré a Lucito! –gritaba Lucifa a todo pulmón.
- ¡No nombres la llama en casa del quemado! –dijo pensativo Quemado-uno.
- Ya sabéis que os arrancará los brazos y las piernas –respondió levantándose las faldas provocativamente.
- ¡Sí! Pero luego nos crecen –espetó Cojituerto.
- ¿Y lo que duele? ¿Eh? –respondió Lucifa con aire desafiante.
- ¿QUEEEEEEEE? –bramó Lucifer, haciendo temblar todas las ollas, de la más pequeña a las gigantes y forzando a salir de sus cuevas una nube de murciélagos, que cubrió toda la bóveda donde se hallaban.

En un momento, muertos de miedo, todos los murciélagos orinaron y defecaron a la vez, y el guano les llegó hasta las rodillas.

- ¡Huele pedos! ¡Quema culos! ¿Porqué no estáis trabajando?
–vociferó Lucifer.
- La culpa es de Lucifa que quería hacerselo con los cuatro –comentó Chepimanco, mientras tapaba su cabeza con el brazo.
- ¡Volved inmediatamente al trabajo! –ordenó Lucifer. Y a ti... ¡Tú, rastrera, vas a cantar ópera!
Y empezó a arrearla mamporros, mientras que sus colas penetraban y salían de sus orificios a una velocidad de vértigo.
- ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué gustito! ¡Ay! ¡Ay!
¡Y vosotros a vuestra olla! –chillo Cojituerto, dirigiéndose a Quemado-uno y a Quemado-dos, al tiempo que continuaba con su letanía:

¡Sajar, partir, pelar, cortar
 la carne del cristiaanooo!
¡Quemar, asar, freír, trinchar
con tridente en la maaanooooo!
Ernesto Vinader
a partir de la hípótesis fantástica: qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen

La rebelión de los pequeños demonios

Pequeñitos, redonditos, con cuernecillos y cola acabada en corazón. De color rojo anaranjado como la lengua del mismísimo diablo.

El infierno daba ese color a sus habitantes, así se uniformaba a todos los pequeñitos que parecían hasta graciosos. Sin embargo, al mirarles a la cara daban terror. Diferentes unos de otros mostrando en su frente el porqué de estar en el infierno.

Aparecían así los grupos pertenecientes a la avaricia, la ira, la gula... Pero como en el siglo XXI todo era cada vez más complejo, participaban de varios pecados a la vez.

Felices, hasta que eran conscientes de que aquello era sólo el principio. Se dedicaban a hacer lo mismo que les había llevado al infierno. Pero las consecuencias eran diferentes. De cada uno de sus actos salían beneficiados otros, aquellos que antes fueron perjudicados en la tierra. Conseguían hacer más grata la vida de los demás en forma de golpes de suerte que les hacían más felices.

En el infierno ya no podían controlar cada uno de los pasos que servían a sus intereses, ahora eran un número más, sin ninguna relevancia personal y sin cosechar beneficios propios. Fueron dueños del universo; amos de un mundo que unos pocos habían creado para dolor de los demás. Ahora eran difíciles de distinguir, quedando todos clasificados bajo el concepto de “maldad”.

No tenían un líder, todos querían serlo. En continua guerra, torturados y perseguidos unos por otros, dominados por el odio y la ira, sin un ápice de tregua. La soledad y el miedo a ser atacados les hacían rendirse, y no podían salir del círculo donde meritoriamente se habían metido.

Enfermos, hambrientos, maltratados física, psíquica y emocionalmente eran cada vez más pequeños. Ya no podían hacer sino el bien fuera del averno.

Aunque intentaban rebelarse, sólo conseguían que el mundo en que vivían fuera cada vez peor, para ellos y sólo para ellos. Un auténtico y eterno infierno.
María de las Mercedes Martín Duarte
a partir de la hípótesis fantástica: qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen