miércoles, 12 de diciembre de 2012

Los cuentos del origen

Mito, leyenda y epopeya

Dice Luís Mateo Díez, un versado contador de historias y de cuentos, que “contar es una necesidad inquebrantable de nuestra condición, tan intensa como la de que nos cuenten: términos paralelos de una misma complicidad que nace de la propia necesidad de contar el mundo, de contar la vida, de encontrar en la ficción una parte sustancial del alimento de lo que somos”.

De eso se trata en los cuentos, de explicarnos. Y los cuentos del origen, o mitos, especialmente, pues son cuentos explican el mundo, o parte del mundo.

En el origen de la historia de cualquier grupo humano ha existido siempre una literatura popular oral que expresa y satisface una serie de capacidades y necesidades propias del hombre en todo tiempo y lugar; primeramente, la imaginación, la fantasía y la atracción por el misterio y lo maravilloso, como también la expresión de emociones y la evasión o distracción.

Nunca ni en ninguna parte ha sido capaz el hombre de hacer frente a los avatares de la vida sin recurrir a fantasías que, al tiempo que le alegraban y confortaban, aportaban un alivio imaginario a las tensiones y zozobras de su opresivo entorno. Pero, además, las narraciones orales sirven también para presentar modelos de comportamiento, para desechar actitudes reprobables o para transmitir cualquier tipo de enseñanza.

Y, por último, son un medio importante de cohesión social, al hacer al oyente partícipe del patrimonio cultural del pueblo al que así se incorpora, integrándose en la comunidad. 

Hay tres tipos de historias que se enmarcan en lo dicho, en la explicación de fenómenos, de sucesos, de realidades, cuyos límites son a veces difusos, confusos y compartidos: mitos, leyendas y epopeyas.

Mitos. Narra una historia sagrada. Los mitos griegos, por ejemplo. Sucede siempre en el origen del mundo. Por lo general, cuentan las hazañas de seres sobrenaturales  y cómo de éstas se ha devenido una realidad a la existencia. Por ejemplo, cómo se ha conformado el sueño, o una isla, o la envidia. El mito es, pues, un relato de creación, siempre cuenta cómo se ha producido algo, cómo ha comenzado a ser.

Los mitos pueden ser

• Cosmogónicos, cuando explican la creación del mundo. Génesis. Ovidio
• Teogónicos, cuando se refieren al origen de los dioses. (Filemón y Baucis, una leyenda bastante peculiar pues no hay de ella ninguna otra referencia, uno de los relatos más hermosos, en el que se alude al mito del avatar o bajada de los dioses, que andan por el mundo en figura de caminantes y/o mendigos, probando así el corazón de los hombres y el cumplimiento del viejo y sagrado precepto de la hospitalidad)
• Antropogénicos, cuando dan cuenta de la aparición del hombre
• Etiológicos, cuando explican el porqué de las instituciones y su funcionamiento
• Escatológicos si tratan del fin del mundo o de la vida de ultratumba
 
“El país que no tenga leyendas –dice el poeta- está condenado a morir de frío. Es muy posible. Pero el pueblo que no tenga mitos está ya muerto. La función de la clase particular de leyendas que son los mitos es, en efecto, expresar dramáticamente la ideología de que vive la sociedad, mantener ante su conciencia los valores que reconoce y los ideales que persigue de generación en generación, sino ante todo su ser y estructura mismos, los elementos, los vínculos, los equilibrios, las tensiones que la constituyen; justificar, en fin, las reglas y prácticas tradicionales, sin las cuales todo lo suyo se dispersaría.”

Las leyendas. Son manifestaciones literarias que proceden de la tradición oral y que relatan hechos sorprendentes, apoyándose en sucesos extraordinarios de apariencia sobrenatural o maravillosa y, en numerosas ocasiones, en acontecimientos históricos  que la fantasía popular adorna o desfigura.

Por lo general, las leyendas suelen estar embarazadas de un elemento histórico, y por tanto crecen como derivaciones de la vida real; o bien están embarazadas de un vínculo geográfico, en cuyo caso son explicaciones de nombres de lugares, accidentes topográficos o la fisonomía del paisaje (La mujer muerta, Segovia).

Al contrario que en los mitos, en las leyendas no se persigue un fin didáctico, ni moral ni instructivo, sino la mera y simple admiración por lo desconocido. Las leyendas nos ayudan a convivir pacíficamente con los misterios de la vida. Son relatos que siempre provocan asombro, y de los cuales el pueblo es autor y receptor, como en toda la literatura oral.

Las leyendas se refieren a un pasado, pero no tan inmemorial como los mitos, sino que por remoto que sea el periodo en el que se produjeron siempre añaden alguna pequeña referencia temporal.

En cuanto a la epopeya, es la primera forma de una obra literaria narrativamente estructurada. Se trata de una manera muy extensa, en verso sobre acciones, hechos o vidas memorables o grandiosas, decisivas para los pueblos y civilizaciones; la epopeya tiene, por tanto, una base histórica, como las leyendas, y suponen en no pocos casos una traslación de mitos heroicos.

El valor universal de los elementos que conforman la epopeya procede de la significación simbólica de determinados acontecimientos y actitudes de los personajes, especialmente del héroe, que llegan a convertirse en arquetipos de un valor muy por encima de su propia individualidad.

Gilgamesh, el Ramayana, la Iliada, la Odisea, los Nibelungos… La Canción de Roldán, Poema del Mío Cid

EPD

martes, 11 de diciembre de 2012

Temporada primavera-verano

Aquella mañana, Lucas llegó a la tienda más temprano que de costumbre. Ese día se inauguraba la nueva temporada primavera-verano y las prendas de la nueva colección iluminarían el local con sus colores brillantes y alegres, dejando atrás la oscura y aburrida estación invernal.

Lucas ese día se transformaba, emergía de su letargo y todos sus sentidos se agudizaban; estaba tan eufórico que organizaba una pequeña fiesta en el trabajo. Pero, sobre todo, lo que le causaba ese estado febril era su reencuentro con ellas. Cocó y Chantal, como familiarmente las llamaba, en honor a  la indiscutible supremacía  de la moda parisina. Aunque no eran francesas, a él le gustaba jugar con esa ambigüedad.

Ambas eran altas, con unas medidas perfectas y un estilo singular. Cocó, morena y de ojos claros, tenía un rostro angelical, mientras que Chantal, rubia con ojos castaños, poseía unos rasgos afilados que le transmitían un aire perverso.

A Lucas le gustaban las dos y ellas no ponían reparos, por lo que formaban un perfecto triángulo equilátero.

Cuando llegaba a la tienda la nueva colección, todos los años tenía lugar la misma liturgia para recibir a la estación: elegía para sus modelos los vestidos de colores más llamativos, los más brillantes, los pantalones más ajustados y disfrutaba de las sensaciones que le causaba acariciar sus brazos, sus piernas, mientras colocaba las prendas sobre sus cuerpos.

Después, les cepillaba el pelo, aunque la cabellera de Chantal era un poco rebelde y prefería dejarle una melena  desordenada, leonina.

Pero lo que más le turbaba eran los zapatos: tenía que poner el colofón a  la ceremonia con unos zapatos bien altos, de tacón de aguja, mejor sandalias, que mostraban las uñas de los pies pintadas.

Por último, tras servirse una copa de cava, se sentaba frente a ellas y las contemplaba, deslumbrantes, seductoras. Unas veces, posando solas, otras, enlazadas entre sí, siempre sumisas, siempre mudas.

Experimentaba un inmenso placer dibujando con la copa en el aire el contorno de sus figuras, deteniéndose a veces,  tejiendo historias de casanova frustrado.

Finalmente, abría la vitrina del escaparate, esparcía varios ramos de violetas y caléndulas a lo largo de  la burda imitación de césped que instalaba en el suelo y, a ambos lados, mirando a los paseantes a través del cristal, colocaba a Cocó y a Chantal bajo el rutilante título: “nueva colección primavera-verano”. Después, se iba a casa, solo, aspirando el aire primaveral, ilusionado al anticipar que la próxima semana  tendría que cambiar el atuendo de sus amantes de cartón-piedra.

Por Carmen Alba

lunes, 3 de diciembre de 2012

Los personajes

Imitadores lúcidos y descarados de las personas, en ocasiones consiguen la inmortalidad por derecho propio. Si conseguimos construir bien un personaje, éste podrá formar parte de la vida de los lectores. Ivanhoe, el conde de Montecristo, Madame Bovary, don Juan Tenorio, Alonso Quijano, la Celestina, Lázaro de Tormes nos resultan tan reales, tan cercanos que parece hayan existido de veras.

Se suele hablar de dos tipos de escritores respecto de los personajes, quienes hacen primar a los personajes por encima de todo. En cambio, hay escritores que priman la historia por encima de sus personajes, como por ejemplo ‘Los confines’, de Andrés Trapiello, lo que prima es la historia, una historia de amor entre hermanos.

Aunque lo normal es que empasten en importancia historia y protagonista: ‘La metamorfosis’, de Kafka, ‘El señor de los anillos’, de Tolkien, ‘Los miserables’, de Víctor Hugo, ‘Viaje al pasado’, de S. Zweig, ‘La Regenta’, los cuentos, en general, de Poe, etc. 

Para poder alumbrar un personaje, lo primero es dotarle de autenticidad, tenemos que fundirnos con él, entregarnos a una especie de catarsis o de abducción, desdoblarnos, sentir lo que él siente, aunque sea antagónico a lo que nosotros pensamos, sentimos, etc. Aunque nos repulse el personaje. Si es un pecador, o un maleante, mientras demos rienda suelta a la acción, ha de parecernos que nosotros mismos estamos en su piel. Que vivimos a través de sus pulsiones, sus pensamientos, sus actos, y no los nuestros.

El recorrido del personaje puede ser, del mismo modo en que sucedía con las historias, de amplio o corto espectro. Puede protagonizar un cuento, o puede sobrepasar la historia y pedir protagonizar una novela. Depende del propio personaje y de la historia que encarne. Recordar que cuando uno escribe, en el fondo está aventurándose a investigar, de alguna manera, el alma humana, está encontrando matices, respuestas, acciones, reacciones a los que no podemos acceder de manera directa en nuestra vida real. Por eso, en cierta medida, toda literatura es pedagógica y evasiva.

Antes de echar a andar al personaje, conviene conocerlo un poco: qué edad tiene, clase social, aspecto físico, virtudes, bondades, debilidades, nombre, situación familiar, profesión, etc. Para ello, es interesante, antes de lanzarnos a escribir, como siempre, meditar quién va a protagonizar nuestra historia. Hay quien trabaja con fichas. Esto es particularmente útil cuando nos embarcamos en un cuento extenso, en una novela corta, una obra de teatro y una novela. Pero en los cuentos también es vital perfilar bien al personaje.

Los personajes que intervienen en la historia son

- Principales
- Secundarios
- Figurantes (salen un instante, pueden o no hablar, tomar parte en la acción, pero no son determinantes para la historia)

Cada personaje tiene que quedar definido a la perfección. De tal manera que el lector pueda saber con exactitud, o deducir sin problemas a tendiendo a la información de que dispone, la clase social, más o menos la edad, cultura y sobre todo carácter. Esto se hace mezclando la narración con los hechos mismos. El narrador nos cuenta cómo es un personaje, pero el personaje, actuando, nos está dando muchísima información. Es la conjugación entre ambas fuentes de información lo que hará que el lector se interese por nuestro personaje. No podemos contar toda la vida de ningún personaje, hay que ir mostrando al lector aquellos rasgos, vivencias traumáticas, características, etc. que expliquen al personaje.

Al principio, cuando comenzamos a escribir puede suceder que los personajes con los que jugamos sean, en el fondo el mismo, o tan dispares que la historia no resulte creíble y que todos sean nosotros mismos. Para evitarlo, hay que preguntarse constantemente no cómo resolveríamos nosotros la situación sino cómo lo haría el propio personaje.
Aunque nos inspiremos en cosas reales, la historia no tiene por qué guardar fidelidad completa. Nos debemos a la ficción, y la ficción es una verdad literaria que debe lealtad sólo a sí misma.

Y hay que profundizar en el personaje, acercárselo al lector. Os pongo un ejemplo, si alguien os cuenta que el primo de la tía de su cuñado resulta que… lo que sea, no captará vuestra atención porque el sujeto os queda muy lejos; en cambio, si eso mismo le sucede al hijo de vuestro mejor amigo, a vuestro hijo mismo, la historia adquirirá un interés máximo. Eso mismo es lo que hemos de conseguir, que al lector le interese nuestro personaje.

¿Qué es lo que hacemos al contar algo que nos ha sucedido o que nos hemos enterado? No lo trasladamos recapitulando la historia de los reyes visigodos, sino que tratamos que sembrar en nuestro interlocutor un cierto interés.

Salvo que sirva inexorablemente a nuestra historia, los personajes atraen más cuanto menos absolutos sean: los bueno cien por cien y los malos completos son maniqueísmos que, a priori, tienen menos conflictos, son más previsibles. Podemos hacerles tender hacia un lado u otro, pero al igual que ninguno de nosotros es un santo ni un villano, los personajes, en principio, tampoco lo son. Dudan, tienen cierta envidia, o lujuria, y pensamientos feos. En los entremeses, en los Autos Sacramentales, por ejemplo, la intención última era moral, era didáctica, así que resulta más fácil hablar de conceptos abstractos: la bondad, la justicia, la iniquidad, etc.

Puede haber dos niveles. En el Señor de los Anillos, por ejemplos, hay personajes absolutos y personajes digamos, mixtos. Esto sucede con bastante frecuencia en las grandes sagas, en ‘Dune’, por ejemplo, en ‘Harry Potter’…

Más cosas… los secundarios, pese a su nombre, no pueden ser descuidados. Imaginemos una historia de dos recién casados en la que, un buen día, la mujer sorprende a su marido con otra mujer en la cama. Esa mujer puede no volver a aparecer en la historia, es decir, puede incluso ser una mera figurante, pero su intervención en la misma es crucial. Y podemos aportar muchos matices a la misma e incluso al personaje en función de quién sea: aunque el hecho (la infidelidad) sea único, la peculiaridad de que la mujer con la que comete adulterio sea una dama también casada y de alta alcurnia, una prostituta, lindando la mayoría de edad, una venerable mujer madura, etc.

El nombre es un marchamo, un sello, es una de las primeras cosas que nos dan información de alguien. Conocemos a un tipo. Aparte de su aspecto físico, no causará la misma impresión si se llama Sisebuto, o don Rosario, como sucede en ‘Tres sombreros de copa’ o si escoge un mote más o menos cómico.

Si nuestro protagonista es un asesino en serie, y le llamamos Juanito, ¿qué sucede? Salvo que queramos ridiculizarlo. En todo caso el narrador le llamará Juan, y podrá apostillar que era conocido como Juanito por su carácter en apariencia apocado o tímido. Se puede utilizar el nombre como un símbolo (en ‘La Casa de Bernarda Alba’, acordaos: Angustias, Dolores, Adela, la propia Bernarda…) o como una ironía (en ‘La Colmena’, una de las prostitutas se llama ‘Inocencia’). Con el nombre hacemos exactamente lo mismo que con la vida real. Hay nombre que nos avergüenzan, que nos insuflan un aliento, etc.

Asimismo es muy importante cómo habla el personaje. Si es andaluz, probablemente tendremos que reflejarlo en su habla. No sé si habéis leído ‘La tesis de Nancy’, de Ramón J. Sender. Es una novelita deliciosa, que trata sobre una inglesa (o norteamericana, ahora no recuerdo) que viene a hacer su tesis doctoral sobre el español, y se va a Andalucía. Esto hy que manejarlo muy bien, porque puede cansar al lector.

Por otro lado, recordaros que no puede expresarse –ni actuar- una niña de diez años como lo haría una mujer de cincuenta.

Protagonista

Puede ser uno o varios. Sobre ellos recae la acción. En El Quijote, hay dos claros protagonistas. En don Juan Tenorio, uno. Sobre él/ ella o ellos tiene que girar la acción. Cuanto ocurra en la trama ha de afectarlos. Hay que tener cuidado con esos secundarios que adquieren tanto protagonismo que parecen principales y no lo son, porque entorpecen la historia.
 
A los protagonistas los puede presentar el narrador, ellos mismos u otro personaje.

Todos los demás personajes, así como la acción quedan supeditados a él.

Secundarios

Por regla general, son cuantitativamente más que protagonistas. Son importantes, mucho, porque ellos también nos dan información sobre el protagonista. Si hay que cribar la información de los protagonistas, puesto que ya sabemos que es imposible contarlo todo (al igual que es imposible conocer al cien por cien a cualquier persona, ni siquiera a nosotros mismos).
 
Los secundarios apoyan y rodean al protagonista. Ocupan menos espacio, nunca pueden estar mejor delineados que el protagonista, si no, algo falla.

Por supuesto, no hay que olvidarse de los personajes. Si introducimos a alguno en la acción, no se puede quedar descolgado. No sé si habéis visto ‘La vida es bella’. Bien, el personaje de Marisa Paredes, al principio, parece que va a tener mucha importancia en el transcurso de la historia pero, de pronto, desaparece.

Los secundarios complementan al personaje principal y deben restringirse a su papel.

En cuanto a los figurantes, el lector no necesita saber siquiera su nombre, ni rasgos ni motivaciones. En el ejemplo de la traición amorosa del que hablábamos al principio, la escena puede ser igual de dramática si la esposa sorprende a su marido con otra mujer de la que no se dice nada absolutamente.

Se utilizan en escenas en la que necesitamos introducir una cierta multitud. Imaginad que el protagonista está en la cola del mercado, está impaciente porque tiene muchísima prisa. De pronto, dos personas se ponen a discutir. Les podemos dar, incluso la voz, que se tiren de los pelos, etc. Serán secundarios.

El desarrollo del personaje

¿Qué hace avanzar a un personaje, que un personaje se desarrolle, que vaya constituyéndose?
 
El conflicto. Que el personaje tenga que actuar frente a algo o alguien, que tenga que tomar una decisión, que tenga que emprender un proyecto, un reto, un desafío. Conflicto. Es decir, si no pasa nada, no hay historia. El conflicto puede provocarse:

- De su propia personalidad (contando con sus miedos, sus incertidumbres, etc. Esto dependerá de qué personaje hayamos perfilado, un tendero, un ejecutivo feroz, una clarisa, un salvaje, etc.). ‘En crimen y castigo’, Dostoievski, se ve perfectamente que la acción siempre parte del personaje.

- De lo que hagan el resto de personajes. Pese a que cada cual tenga una personalidad, como en la vida misma, lo que haga el resto de personajes puede obligarle a actuar de un modo contrario a su obrar. ¿Recordáis el relato de la hipótesis fantástica de ‘el rescate’? Imaginad que presentáis un personaje que es un pusilánime. Pero raptan a su mujer, que es lo que más quiere en este mundo. El personaje puede responder de acuerdo a su personalidad, es decir, amilanándose y resignándose o bien, ante una circunstancia tan extraordinaria, responder de manera extraordinaria. ‘El Señor de los Anillos’, ‘La Colmena’, ‘El nombre de la rosa’ o ‘Los gozos y las sombras’.

- De los conflictos de la vida. Imaginad un ermitaño, en medio del bosque, dedicado a la vida contemplativa. Bien. Una gran empresa compra ese inmenso bosque para deforestarlo y fabricar papel. Lo que motiva la acción es un elemento externo. ‘Lluvia amarilla’, de Llamazares, o ‘El asedio’, de Pérez Reverte.

Sin conflicto no hay relato. Claro, que el conflicto debe ser verídico. ‘El extranjero’, de Camus, el conflicto se crea porque el protagonista es un ser amoral. Por ejemplo, si situamos a nuestro personaje en Roma, ciudad cristiana por excelencia, y decimos que es ortodoxo, habrá que explicar porqué, puesto que no cuadra. O si nuestro protagonista es gaditano, no podrá llamarse Andrew o Stephen…

De cómo resuelvan nuestros personajes los conflictos dependerá de la motivación (justificación o causa) que tenga cada uno de ellos. Y la motivación ha de ser en este caso también, verosímil.

Algunas consideraciones finales

- Los dialectos dificultan la lectura
- Una sola palabra puede caracterizar a tu personaje
- Las variantes ‘dijo él’, ‘dijo ella’, hay que utilizarlas con moderación
- Es mucho más ágil la utilización de un único verbo en vez de construcciones más farragosas: Juan compró una pistola para poner en marcha su plan. Para iniciar su plan, para perpetrar su plan.
- A cada clase social y edad, un modo de expresarse.

Los errores más comunes

1. El protagonista se vuelve pasivo. Hemos escogido y pergeñado una historia, que la protagonizará nuestro personaje principal pero, en algún momento, un secundario cobra más fuerza que el propio protagonista. Esto puede ocurrir porque no hemos indagado lo suficiente en nuestro personaje principal y ha terminado por cansarnos o bien porque uno de los secundarios nos ha seducido hasta tal punto que adquiere una relevancia que no le corresponde. ¿Qué hacemos? O bien repasamos la historia para localizar el punto donde el personaje principal ya dejó de interesarnos y reestructuramos el conflicto para que recobre el pulso, o bien reelaboramos el argumento haciendo del secundario protagonista.

2. Hay que presentar al protagonista en los primeros párrafos. El lector busca identificarse con el personaje que lleva la carga dramática. Si éste aparece tarde, el lector puede despistarse. Como no podemos hacer una radiografía exacta del personaje nada más empezar, es bueno caracterizarlo con alguna emoción, para abrir el apetito del lector.

3. Derrochar ideas, argumentos, peripecias y caracteres. No hay que abrumar al lector.

4. ¿Qué estoy haciendo yo aquí? Llegamos a una encrucijada. Cualquier cosa menos desesperarse. Eso puede deberse a que no hemos establecido el guión argumental o del propio personaje con suficiente claridad y concisión.

5. En las novelas, conviene emplear el diálogo, pero no abusar de él. El diálogo es vital en el transcurso de la acción, sobre todo si el texto es largo. De otro modo se va convirtiendo en un texto más frío.

6. Precipitar el final. Estamos ansiosos por concluir la historia. No me extraña, la novela exige un esfuerzo titánico. Pero abocamos el final a un desenlace abrupto. Como Pérez Reverte. Hay muchos modos de cerrar la historia: de manera abrupta y sin resolver nada (Carver, autores modernos), cerrando de forma lógica, un giro inesperado y sorpresivo…

7. No dejar descansar la historia. Un buen termómetro para conocer el grado de implicación con la historia que estamos contando es que la línea que separa nuestra escritura con lo real se difumine. Uno estará viendo la tele y le asaltará la historia, o algún personaje.   

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La tía Antonia

Uno, dos, tres… de nuevo estoy contando los árboles que sombrean la vieja casa. Cada día me digo a mí mismo que es necesario quitar alguno, antes de que sus raíces se entrelacen por debajo y, levantando el suelo asomen por las ventanas, pero ahora ya sé que nunca podre hacerlo. Ahí está la tía Antonia para recordármelo.

Cada vez que sale, su presencia es anunciada por una algarabía de sonidos y movimientos animales: perros, gatos, gallinas, ocas… hasta un pequeño asno que pone tiesas sus orejas cuando que ella se acerca.

La tía. No sé si realmente en algún momento existió esa relación de parentesco. Ella dice, con una sonrisa pícara, que nació con la casa; no hay nadie que pueda rebatirlo. Debe tener doscientos años y se nutre de las raíces de esos árboles que nos rodean. Tiene la cara surcada de arrugas profundas, como cicatrices, pero son amables y sonrientes, pese a parecer un árbol solitario y seco.


Todos los recuerdos que me anclan a esta tierra árida que nos rodea están moldeados por su presencia cálida y silenciosa. Es una mujer de pocas palabras. Puedes sentarte junto a ella en esas noches de principios de verano y dejar vagar tus pensamientos. Cuando ella los interrumpe es para llevarte, sin que te des cuenta, a momentos de otros tiempos que sin recordarlos te parecen tan reales y fuertes como la tierra que estás pisando.

Ahora entiendo a Marta, mi mujer. Cuando hace un mes mi corazón nos dio un buen susto, se empeñó en que aquí encontraría fuerzas para recuperarme. Como casi siempre, tenía razón.

En este tiempo de soledad compartida con la tía Antonia, roto y  animado por las visitas de mi familia, he olvidado la razón por la que vine aquí.

He imaginado distintas historias en las que la protagonista sea la tía, pero en ninguna puedo colocar su vida sin que forme parte de la mía. Ya sé por qué no puedo arrancar ningún  árbol, aunque parezca solitario y seco, me da miedo dejar sus raíces al aire y ver que en ellas se entrelazan nuestras raigambres  convertidas  en una sola.

Si en algún momento vuelvo a esta casa tan nuestra y ella ya no esta, me sentiré como un intruso. 
Por Mayte Espeja

martes, 27 de noviembre de 2012

La imágenes de Silvia

Me encuentro a escasos metros del escenario, donde va a actuar mi artista favorita. La cadencia de unos pasos me anuncia la llegada de una mujer, que se sienta en la butaca de mi izquierda.

De pronto, el aroma a cantueso y espliego, que desprende su cabello al liberarse, me hace evocar los dichosos días de mi niñez en las tierras elíseas que me vieron nacer. 

En ese tiempo en el que la infancia va cediendo espacio a esa edad en que los sentidos empiezan a destilar nuevas sensaciones. Cuando las vivencias con los amigos te despiertan en sueños llenos de alborozo. Donde mi idolatrada Silvia y yo dábamos largos paseos por la aromatizada senda, rodeada  de fragante vegetación, que circundaba el camposanto, arrullados por el rumor del cristalino regato, que vigilaba nuestros movimientos.

A menudo, el tiempo se escapaba en nuestro camino, ocupando las estrellas su lugar. Entonces, ella me abrazaba, participándome su miedo a los espíritus, que querrían arrebatármela y transportarla al más remoto de los universos.

Esperaba con ansia la llegada de esos luceros, que habrían de conducirla a mis brazos. Sentía sus tímidos pechos apretados contra los míos, inyectándome raudales de felicidad, que fluía por cada célula de mi ser. Su pelo dorado cosquilleaba mi nariz, inundándome de aroma a espliego y cantueso, trasladándome a un mundo de dulces y picantes aromas. Al acariciar su melena, tormentas de escalofríos descargaban sobre mis dedos. En ese momento, era imposible que existiera en la tierra persona más dichosa que yo. Podría quedarme fundido en ella hasta el día del tránsito a otra vida, que no lograría ser más afortunada que ésta.

El sabor de aquel furtivo beso que me regaló esa noche lo conservo aún en un cofre, que enterré en el subsuelo de mis remembranzas, circundado con un alambre de espinos, que impide el paso de cualquier otro recuerdo que quiera ocupar su lugar.

A las pocas semanas, quise morir. La que iba a hacerme feliz por el resto de mis días, marchaba, junto a sus padres, a un lejano lugar. Mi respiración dejó de ser automática; necesitaba realizar titánicos esfuerzos para que no se me detuviese el hálito. A tanta desdicha siguió tal desaliento, que, en unos meses, culminó en la pérdida de visión.  Quizás, para que las imágenes que conservaba de Silvia, permanecieran intactas para siempre.
Por Vicente Briñas

sábado, 24 de noviembre de 2012

Concierto a cuatro manos

Tenía entradas para el concierto que estaba a punto de comenzar. No conocía  el nuevo Auditorio y había quedado a la  puerta con su hermana que, como siempre, llegaba tarde. Los cambios de última hora le ponían nervioso. Una vez más pasó los dedos por la esfera de su reloj.  Entonces sintió una respiración que, acercándose a su oído, se convertía en  un susurro: "Hola, guapo, ¿me esperabas a mí?" Y sin esperar contestación, una mano se agarró a su brazo y casi  le arrastro hasta el patio de butacas. Sin acabarse de acomodar, cesó el murmullo de las conversaciones; alguien habló ensalzando a la concertista  y sonó el piano. La mano, que seguía apoyándose en su brazo, resbaló hasta la suya y, suavemente, la llevó a recorrer un rostro desconocido pero ya imaginado, deteniendo los dedos en unos labios carnosos que los besaron uno a uno. Sabia y silenciosa siguió recorriendo su cuerpo, enredándose en las notas suspendidas  en el aire, mientras Daniel se estremecía.

Cuando acabó el concierto salieron en silencio.  Al llegar a la calle ella dijo algo así como "tenemos que celebrarlo, es un privilegio escuchar a esta mujer".  Y añadió: "¿Puedo llevarte donde yo quiera?". A lo que respondí que lo estaba haciendo desde que había llegado.

Un taxi les llevó a un edificio con el olor del tiempo incrustado, debía ser antiguo y no muy bien cuidado.  Tras subir a la tercera planta, en un ascensor estrecho y chirriante, entraron en un lugar de aroma indefinido pero fresco y agradable. En sus recuerdos  quedó una copa de champán a la que siguió una noche de besos y cuerpos entrelazados recorriéndose una y otra vez. Les despertó el calor del sol entrando por el amplio ventanal. María le ofreció un café y acercarle a casa. Nuevamente se dejó llevar. Frente a su puerta, con un rápido beso, se dijeron adiós.

Pasado un tiempo, en la fiesta de cumpleaños de su hermana, al sentarse en un sofá, retiró un jersey para no sentarse encima. Según lo movió sintió el impulso de acercarlo a su cara evocando un aroma, siempre envuelto en música y sueños. El momento alcanzó toda su magia cuando alguien se acercó y susurro a su oído: "Hola, guapo, ¿me esperabas a mí?"

Por Mayte Espeja

viernes, 23 de noviembre de 2012

Negro blues (II)

Noche tras noche, Olvido traspasaba el umbral de su destino. Allí, en aquel lugar repleto de música, vibraciones y efluvios, buscaba su mitad perdida, su complemento anhelado. Aunque no veía, sentía la oscuridad y apreciaba su invisibilidad como un regalo. Plegaba su bastón, lo escondía en el bolso y a tientas, cuerpo tras cuerpo, iba a agazaparse al rincón, junto al piano.
     
Desde allí le llegaba con nitidez su olor, el de su afán, mezcla de sudor, tabaco, alcohol y un perfume como a madera, resinoso, pegajoso, que al instante reconocía y se regocijaba en su deleite. Aspiraba completa su esencia y, junto con las notas del negro blues que salían de sus manos, caía en un éxtasis mágico, místico, del que no quería regresar.

Entonces la música cesaba, él se levantaba y pasaba por su lado, derecho a la barra. Ella inhalaba su aliento, sentía el aire que levantaba al pasar, el roce de sus vaqueros contra las mesas. Se marchaba, se perdía en el ambiente.

Él también era ciego. No la veía.
   
Por Raquel Ferrero

jueves, 22 de noviembre de 2012

Odette

A Violeta la apasionaba la música. Le gustaban todos los géneros, pero por encima de todo, la música clásica. Cuando era pequeña tocaba el violín y habría llegado a ser una gran concertista de  no ser por ese fatídico accidente de tráfico en el que perdió la vista. Por eso tenía un abono en el Auditorio Nacional y  asistía a todos los conciertos que, afortunadamente, ofrecían los centros culturales de la capital.

Siempre le acompañaba su amiga Laura, con la que compartía la afición por la música e infinidad de vivencias desde la infancia. Era su bastón, la ayuda que necesitaba en algunas ocasiones, pues se desenvolvía perfectamente a pesar de su carencia.

Aquella tarde, asistían a un evento musical en el Ateneo. Encontraron asientos libres en la tercera fila. Minutos antes de empezar el concierto, Laura tuvo que abandonar la sala para contestar al móvil.

Al poco rato, Violeta escuchó una encantadora voz masculina que le preguntó si estaba ocupado el asiento.

—No, está libre— contestó.
—El programa de hoy es fabuloso— agregó el desconocido.

Violeta no contestó, se sintió turbada por su voz y, cuando comenzaron los compases de “El lago de los cisnes” la invadió un gran deseo de sentirse rodeada por sus brazos y sumergir sus cuerpos desnudos en un inmenso lago bajo la luz de la luna, acariciados por la calidez del agua, cuyos suaves movimientos acompañaban su frenesí, al tiempo que le susurraba ardientes palabras en un  tono envolvente.

A medida que avanzaba la obra se sentía más exaltada y cuando la orquesta acometía las notas del último acto, se sintió como el cisne agonizante, herida de placer por Sigfrido en el delirio final.

Por Carmen Alba

Violeta

A Violeta la apasionaba la música. Le gustaban todos los géneros, pero en especial, la música clásica. Cuando era pequeña tocaba el violín, y habría llegado a ser una gran concertista de  no ser por ese fatídico accidente de tráfico en el que perdió la vista. Por eso tenía un abono en el Auditorio Nacional y asistía a todos los conciertos que, afortunadamente, ofrecían los centros culturales de la capital.

Siempre le acompañaba su amiga Laura, con la que compartía la afición por la música e infinidad de vivencias desde la infancia. Era su bastón, la ayuda que necesitaba en algunas ocasiones, pues se desenvolvía perfectamente a pesar de su carencia.

Aquella tarde, asistían a un evento musical  en el Ateneo. Encontraron asientos libres en la tercera fila. Minutos antes de empezar el concierto, Laura tuvo que abandonar la sala para contestar al móvil.

Al poco rato, Violeta escuchó una encantadora voz masculina que le preguntó si estaba ocupado el asiento.

—No, está libre— contestó.
—El programa de hoy es fabuloso— agregó el hombre.
 
Violeta no contestó, escuchó en silencio “El lago de los Cisnes” y cuando se encendieron las luces, el desconocido, al comprobar, sorprendido, que era invidente, se ofreció a acompañarla a casa.

Ella aceptó y, cuando llegaron a su portal y se despidieron para el sábado siguiente, la invadió un sentimiento insólito: la suave voz de aquel hombre, su atención exquisita, la hicieron feliz por unos momentos, y soñó aquella noche que era Odette herida de amor por Sigfrido y deseó volverle a ver. Definitivamente se había enamorado.

Por Carmen Alba

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Amor ciego

No sé cuándo empezó esta locura que tú eres. En mi recuerdo siempre has estado ahí. Te he soñado y vivido en la lejanía y en el contacto. Te he dibujado en la oscuridad y en la luz de tu presencia. No sabes de mi miedo, de mi deseo y mis dudas. Mi nombre tomó sentido en tu aliento, desgranado por tus labios. Desde aquella noche de música, caricias y besos, en la que me desperté entre tus brazos, tu cuerpo y tu nombre, Marta, ya forman parte de mi. 

La tarde lluviosa está en calma, un silencio roto por las notas de un piano, sonando en su CD, flota en el aire mezclándose con las gotas de lluvia. Daniel evoca las notas de otro piano, compartidas con ella. Pero no, él está solo, sabe que sus vidas se han cruzado, que  esa mujer alegre y hermosa estuvo de paso. Sus deseos han de quedarse en ese recuerdo que ilumina sus días. Es su refugio para esconderse de la realidad de ese amor imposible. No puede renunciar a ella, sabe que si lo hace ya no sólo estará ciego: será un cuerpo sin alma.

Cuando te volví a encontrar me dijiste adiós. Sé que este adiós es definitivo Con tu marcha me dejaste sin las ventanas de tus ojos. He de esperar, en la oscuridad de mi noche, tu vuelta como planeta azul que surca el cielo, sin tus manos, nubes de algodón que me acarician. En la soledad de esta habitación, vacía pero a la vez llena de tu presencia con mis recuerdos y fantasías, el calor de tu cuerpo, tu aroma, tu voz y esa risa que se expande y lo llena todo. Te sueño, te odio, te amo. Cuando no te tengo, el amor que siento por ti es mi locura.

Por Mayte Espeja 

Butterfly (II)

Llego tarde. Hoy cubro el estreno de Puccini en el Real. Van a cerrar las puertas. “¡Por favor, espere!” Una acomodadora me acompaña hasta mi butaca. Buena fila y bien centrada. ¡Qué silencio! A mi izquierda, una localidad libre y, a mi derecha, un caballero. Huele a jazmines. Me da las buenas noches con una deliciosa voz. Me disculpo por haber sido la última en sentarme. Es mi primera ópera, le digo, a lo que me responde que no será la última y que la disfrute. Comienzan los primeros sonidos de la orquesta. Acerca sus labios a mi oído y, en voz muy baja casi en un murmullo, me pide que cierre los ojos y que deje a mis sentidos empaparse de la música. ¡Qué buenas palabras para comenzar mi crónica! Le agradezco su gentileza.

Finaliza el primer acto, en el que me he sentido una joven esposa en su noche de bodas. Estoy emocionada y comparto mis impresiones con mi desconocido compañero de butaca. “Eso no ha sido más que el comienzo –prosigue-, ahora consiente que la música te envuelva; déjate besar por las notas; permite que el calor y el amor te abracen; abandónate a los sonidos y siéntete acariciada por cada instrumento; estás sola y desnuda, a punto de ser poseída”. Fin del segundo acto y noto que voy a mil con la piel completamente erizada tras el último coro. Miro a mi derecha buscando nuevos estímulos para sumergirme en el tercer acto y, una vez más, de su boca las palabras vuelven a susurrarme. Cierro los ojos y escucho: “Déjate llevar por lo que percibes y consiente que las emociones te penetren; disfruta de ello; encuentra el alma de Butterfly, comparte su deseo, su amor, su dolor, su coraje…”

Cuando llega el final me encuentro con los ojos, aún cerrados, inundados de lágrimas arrancando en una explosión de aplausos. Ahora, con la luz encendida, miro a mi improvisado maestro. Es un adonis. Lástima que tenga que tener el texto terminado en menos de dos horas para enviarlo a la redacción. Nos despedimos. Salgo deprisa, intentando que no se diluya ninguna de las sensaciones que aún impregnan cada poro de mi piel. Al alcanzar la puerta, me giro para dedicarle un adiós rápido, y entonces le veo desplegando su bastón blanco. Vuelvo sobre mis pasos; me acerco y le ofrezco mi mano. Mira que soy tonta, si estoy temblando. La acepta con una sonrisa que le ha iluminado el rostro y con la que me ha terminado de cautivar. ¿El reportaje?, ¿quién puede pensar ahora en eso? Tengo los sentidos repletos de olores, sensaciones, música, calor, excitación y creo, por el modo en que ha acaricia mi mano, que él también.

Por María Sergia Martín

martes, 20 de noviembre de 2012

D’ont stop me now

Los focos de la torre recortaban sus siluetas en la oscuridad del escenario. Eran cuatro figuras que comenzaron a moverse al ritmo de las primeras notas del piano. Brian comenzó a cosechar magia de los sencillos acordes y la voz de Freddie inundó las gradas del estadio:
Tonight I'm gonna have myself a real good time
I feel alive and the world turning inside out Yeah!
And floating around in ecstasy
So don't stop me now don't stop me
'Cause I'm having a good time having a good time
 Casimiro se estremeció al escuchar aquella primera estrofa. Era un sueño hecho realidad. De pie sobre el césped no tenía desventaja con el resto por su ceguera; él era capaz de percibir los matices que fundían la voz y la guitarra como nadie. A su lado y  susurrándole al oído, Lucía abrazada a él, le relataba todo lo que no podía ver.

I'm a shooting star leaping through the sky
Like a tiger defying the laws of gravity
I'm a racing car passing by like Lady Godiva
I'm gonna go go go
There's no stopping me

A la luz de los mecheros y al ritmo de los coros comenzaron a bailar. Lucía, cada vez  más cerca, hacía que sus senos calentaran su pecho. Sus manos, en los bolsillos traseros de su vaquero, presionaban sus glúteos para sentir su ya abultada erección. Casimiro abrazaba a Lucía; sus manos recorrían su espalda, sus labios, su cuello, al mismo ritmo que su pelvis realizaba rítmicos movimientos.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you

Lucía no quería esperar más, quería tenerle, sentirle, quería descubrir el secreto que se ocultaba tras esa cálida voz y bajo esa sonrisa permanente. Era una fantasía que la había perseguido desde que conoció a ese muchacho con bastón. ¿Cómo sería? Más  que curiosidad, necesitaba que fuera Casimiro y no otro quien aplacara esa noche todas las sensaciones que su cuerpo ansiaba. 

Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all

Le dijo algo al oído y él asintió. Le cogió de la mano y se abrió paso hasta el fondo del estadio. Allí la oscuridad era completa y el césped mullido. Ese era el momento y aquel el lugar.

I'm a rocket ship on my way to Mars
On a collision course
I am a satellite I'm out of control
I am a sex machine ready to reload
Like an atom bomb about to
Oh oh oh oh oh explode

A pesar de su premura, le desvistió sólo lo preciso, con el tempo necesario; deseaba sentir el calor de su cuerpo sobre ella, necesitaba aquel encuentro por fugaz que fuese. Le quitó la camiseta y con sus labios comenzó a besar su cuerpo hasta que alcanzó sus aureolas, que succionó con fricción. Casimiro buscaba con sus manos y con su respiración jadeante acompañaba la de Lucía.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic woman of you

Alcanzó entonces su cintura, coló la mano bajo el pantalón y, en ese instante, él calló y abandonó sus jadeos por un instante. Nada podía distraerle de aquella sensación. Sintió el tórrido contacto de las ardientes manos de Lucía sobre su piel más íntima.

Don't stop me don't stop me
Don't stop me hey hey hey!
Don't stop me don't stop me ooh ooh ooh (I like it)
Don't stop me don't stop me
Have a good time good time
Don't stop me don't stop me Ah

Casimiro no podía verlo pero gozaba más allá que ninguna otra ocasión. Hubiera ssido capaz de describir todos sus movimientos en una correlación de imágenes que su tacto catapultaba al cerebro con la misma rapidez con que el relámpago precede al trueno.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you

Todos los poros de su piel eran capaces de alumbrar sensaciones, de lubricar deseo, de crear expectativas, de acompasar el ritmo de su cadera con el del bajo de John, y en ello se aplicó siguiendo también la cadencia de la batería...

Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all

Los silbidos y aplausos del público anunciaron el final de la canción. Se encendieron las luces y Casimiro apreció que Lucía que se había parado y aún abrazada a él le dijo al oído:

—Súbete los pantalones que la gente nos está aplaudiendo a nosotros.

Luis Carlos Castilla

*Se aconseja leer el relato con la banda sonora original. La mejor versión es la del álbum Queen Live Killers, primer corte, segundo disco. Y como dice la canción espero que al leerlo paséis un buen rato.

La oportuna avería

—Vaya faena lo del coche —comenta Jaime, con cierto aire timorato.
—No me lo puedo creer. Esta mañana arrancó sin ningún problema; lo dejo en el parking de la oficina, y al rato no funciona —contesta Silvia contrariada, sin dejar de deleitarse con la fragancia que ondula el ambiente—. Podría haber llamado al seguro, pero dentro de una hora debemos estar en Toledo. No me hubiera dado tiempo.

Jaime se siente cortado. Se encuentra a escasos centímetros de la directora de comunicación, la mujer más soñada por sus compañeros varones y, apostaría él, por no pocas compañeras.

 —¿Cómo es que vas también a la convención?, pensaba que era yo la única que asistía.
—No, no voy a la convención. Mañana se celebra, en otro de los salones del Palacio de Congresos, un simposio comercial. Vienen agentes de toda España. Tengo todo el día para preparar la sala, con los medios audiovisuales; mañana, después del acto, lo recojo todo y me vuelvo. Me preguntaron si podría llevarte.

Silvia nunca había reparado en Jaime, que, a pesar de su aspecto desaliñado, posee un especial atractivo, amén de una personalidad cautivadora. La ejecutiva no suele relacionarse con personal que no sea de su departamento. Cerca de la cuarentena, y aunque sin pareja, eligió ser madre, por lo que ha estado largo tiempo sin acudir al trabajo.

Jaime es ingeniero informático. Tiene categoría de técnico, pero nunca se ha codeado con la jefatura. Se considera un trabajador de base, como todos sus colegas. Recién cumplidos los treinta, vive solo en un pequeño apartamento del centro.

—Has estado mucho tiempo sin venir a la oficina —interviene Jaime, mientras su mirada traspasa el ceñido cristal que cubre las piernas y se esconde bajo el dobladillo de la falda de su acompañante.
—Solicité un año de excedencia. Decidí ser madre antes de hacerme demasiado mayor y quería disfrutar de la maternidad. Pensaba estar sólo los cuatro meses de baja, pero preferí quedarme cerca de mi hija y que siguiera tomando pecho el mayor tiempo posible; trabajando no podía ser. Hoy la he dejado con mi madre.

Jaime vislumbra, entre los resquicios de la blusa y el despejado sujetador, unos senos que, sin ser grandes, perfilan un sugerente dibujo, que la recién concluida lactancia, o quizás el fresco que penetra a través de la ventanilla medio abierta,  marca con unos curiosos ojos que, ya realizado el más tierno de los cometidos,  parecen buscar otro pasatiempo.

—Es bonito este coche; pequeño, pero elegante —considera Silvia, mientras lucubra sobre su viabilidad de uso como cámara amatoria.
—A algunos le parece un poco femenino, pero a mí siempre me ha gustado.

Cerca de Toledo se produce una retención, lo que obliga a Jaime a conducir utilizando la palanca de cambios más de lo habitual, resolviendo dejar la mano allí descansando durante un rato, consciente de la aceleración que esto ocasiona, no sólo en su frecuencia cardiaca.

La cercanía de la mano del conductor causa en Silvia gran desasosiego, y el cosquilleo que siente en su interior, que no pasa inadvertido a Jaime, le obliga a separar levemente las piernas y a bajar del todo la ventanilla, creándose aún una mayor agitación bajo la blusa.

—¿Vuelves hoy a Madrid o te quedas en Toledo hasta mañana?
—Me han hecho una reserva en el Hotel Regidor. Creo que es uno de los mejores —contesta Jaime, que siente terribles deseos de que su mano resbale hasta el muslo de Silvia.
—He estado allí. Es amplio y bueno, te ofrecen de todo, hasta albornoz. Además, las empresas siempre reservan habitaciones dobles —asevera Silvia, a la que le cuesta mantenerse quieta en el asiento—. No sé a qué hora terminará hoy la convención. Posiblemente sea tarde y deba pasar la noche en Toledo. Llamaré a mi madre para que se quede hoy en casa con mi hija.

Tras unos segundos de turbado silencio…

—No conozco a nadie aquí. Si te apetece, luego te busco y comemos juntos —se atreve la mujer, mientras el hombre asiente, con lentos movimientos, cada vez más encendidos.
—Ya estamos en la Cuesta de las Armas. Hemos llegado —concluye Jaime, que, tras detener el coche, regala a Silvia una tierna mirada, aderezada con una profunda inspiración.
Por Vicente Briñas

lunes, 19 de noviembre de 2012

Música y sueños

Era pronto. Sentando en la terraza tomaba un té, rememorando aquellos días. Conocer a Julia había dado un vuelco radical a mi vida.

Julia dice que se enamoró de mí la primera vez que me vio. Estábamos en el Auditorio escuchando un concierto de Beethoven. La melodía nos penetraba. Sentada a mi lado, oyó un suspiro, y volvió la mirada. Vio que mi rostro era bello; puro; expresivo. Estaba conmovido. Sintió gran afinidad y cariño. No pudo evitar acariciar mi mano… a pesar de estar acompañada.



Lo hizo tan sutilmente que pensé: “es un sueño”. Volvió a rozarme y la toqué suavemente. Al poco, mano con mano, nos adivinábamos. La música nos envolvió en una atmósfera intensa y profunda. El concierto acabó. Nos despedimos con disimulo y me dio una nota. Me citaba el martes a las siete en Chez Olivier. Cuando nos encontramos me dijo: “he dejado a mi actual pareja, estaré a tu lado; enamorada; para siempre”. Le hice entender que no podía aceptar tal propuesta, aunque también la quisiera apasionadamente. No es justo que me ofrezca tal sacrifico. Mi falta de visión, en estos tiempos, me convierte en una persona muy limitada.

Desde entonces, la amo sin poder pensar en otra cosa. Daría mi alma por sentirla de nuevo. He asistido a cada uno de los conciertos que se han ofrecido y no he vuelto a encontrar sus caricias. Supongo que nos añoramos a distancia. Sueño que nos abrazamos, nos descubrimos, que jamás he tenido a alguien como ella en mis brazos. Suave y cálida. Su aroma especial. Pasar mis manos por su rostro, oler su cabello, oír sus latidos. ¡Es bellísima!

Ahora que no podemos ser amantes, extasiado, me entrego a la música soñando lo imposible.

        Por Mercedes Martín Duarte

Negro blues

Traspasar su umbral era para Olvido zambullirse en un mar de sensaciones. Los olores golpeaban su pituitaria y la excitaban sin más. La música erizaba su cuerpo y su ceguera se hacía invisible en la oscuridad de aquel local.  Plegaba su bastón y se lo escondía en el bolso. Allí era fácil ir a tientas, tantear. Cuerpo tras cuerpo iba ganando posiciones hasta llegar al rinconcito donde se sentía segura. Cerca del escenario, pronto empezarían a tocar blues, y pronto llegaría hasta ella su efluvio, su influjo, su melodía.

Primero fue su aliento, caliente, denso; después su cuerpo abrazándola por detrás. Por fin sus labios húmedos succionando su cuello al mismo tiempo que el piano reptada sensualmente por sus oídos. El ritmo de la batería acompasó el movimiento de sus ágiles dedos y todo culminó con el solo triste de la guitarra.

El negro blues acabó y Olvido se quedo sola. Ciega, pero con luz.

Por Raquel Ferrero

domingo, 18 de noviembre de 2012

Butterfly (I)

Faltan apenas unos minutos para que comience. A mi izquierda se acaba de sentar alguien que huele a hierba recién cortada y a agua de lluvia. Es una mujer. Le doy las buenas noches y se disculpa por haber acudido tan justa de tiempo. Tiene una voz dulce y fresca. Me dice que es su primera vez. Recuerdo el día en que yo lo hice también. Le doy unas pautas, en voz muy baja, para que disfrute de la obra. Me agradece el interés y quedo prendido de su suave fragancia y de su cálida voz. Por un momento dejo de pensar en Butterfly y la imagino a ella. ¿Cómo serán sus ojos? ¿Y su pelo? ¿Cuál será su nombre?

No sé qué patrañas le estoy contando al oído. Debo parecerla un pedante. De nuevo me responde con gratitud. ¡Dios!, creo que sería capaz de pasar el resto de mi vida así, sentado a su lado, respirándola. Estoy embrujado por la dama y el hechizo está a punto de concluir. Tercer acto y se marchará para siempre de mi lado…Es mi fin.

Se despide. Creo que voy a morir aquí mismo. Dejaré de respirar y todo habrá terminado antes de que me dé cuenta.
Segundos más tarde una brisa a hierba fresca vuelve a envolver mis sentidos. Es ella. Ha regresado y me ofrece su mano. Le sonrío, pliego mi bastón blanco y el aire vuelve a hacerse presente en mis pulmones. Si seré tonto que estoy temblando…

sábado, 17 de noviembre de 2012

Fantasías

Natalie no imaginaba que aquel mes de julio, con una escayola hasta la rodilla en la pierna derecha iba a ser diferente.

Su amigo Fran le había dado una dirección de internet, mejor dicho de un chat y la convenció para que entrara y se entretuviera un rato.

Una noche de calor insoportable, que no podía dormir ni combatirlo con duchas ni piscinas, entró en el chat.  

Aquello parecía un supermercado donde te ofrecían toda clase de fotos de hombres clasificados por edades, países, etc. Entonces eligió uno, 'Viento'.  Al instante apareció una frase en la pantalla.

Hola, ¿qué tal?

No me lo podía creer, me lo decía a mí.

Le contesté y siguieron otras preguntas y respuestas hasta que me dijo…
-Qué llevas puesto.

A esa hora Natalie estaba lista para acostarse y llevaba puesta una camiseta nada sexy, así que se inventó un vestuario de alta lencería.

-Un camisón negro de raso.
-¿Y debajo del camisón?
- Unas gotas de Chanel nº 5.
 
Juanjosé -así se llamaba-,  empezó a sugerir toda clase de fantasías e imaginaciones que le empezaban a subir el tono y la temperatura, ya alta en aquellos días.

Repitieron varios días y decidieron quedar para conocerse y ver si aquellas fantasías podían hacerse realidad.

La cita en aquella terraza no resultó como esperaban, ninguna atracción ni sorpresas como las que experimentaron cada uno en solitario imaginando lo que eran capaces de decirse.

No volvieron a chatear. La fantasía se esfumó.

Amparo Santos Gómez

viernes, 16 de noviembre de 2012

En tinieblas

¡Ayer fue mi cumpleaños! ¡No me gusta cumplir años! Pero esta vez era especial. El primero en oscuridad. Sufrí una enfermedad que me dejó muchas secuelas, pero la más importante fue la ceguera.

Los comienzos fueron duros. Sientes que eres un estorbo. Es uno de los peores sentimientos que una persona ya adulta puede tener.

Distintas técnicas de aprendizaje (sistema braille, el uso del bastón, el método de cálculo mediante Sorobá) consiguieron desenvolverme normalmente en el medio y seguir viviendo. También el cuerpo es sabio y comienza a agudizar y sensibilizar el resto de los sentidos para suplir el ausente.

Decidí hacer una macrofiesta. Invité a amigos que hacía muchos, pero que muchos años no sabía nada de ellos. Los saludos fueron cuanto menos de asombro: unos de enmudecimiento, mutismo, silencio y otros de piedad, lástima, consuelo… los primeros momentos de tensión dieron paso a risas, jolgorio y alegría.

Marcos también vino a la fiesta. Me hizo mucha ilusión. Fue un amigo especial del instituto. Aunque la cosa no pasó de manoseos y toqueteos, todavía la recuerdo con mucho cariño. Seguro que él también.

Por la noche fuimos a escuchar un concierto de jazz. Era un grupo muy conocido y la sala estaba repleta. Fue un deleite de armonía, de composición y de interpretación.

Después del concierto, Marcos me invitó a tomar algo. Enseguida nos enzarzamos en una animada charla acerca del grupo. Parecía ser un enamorado y gran conocedor de su música. Lentamente fue desgranando toda su discografía.

¡Qué eufórica me sentía! Parecía que no había pasado el tiempo. Fuimos abriendo nuestros corazones y, poco a poco, desmenuzando nuestras vidas. Vidas que en mi caso fueron truncadas; los anhelos dieron paso a la apatía y las ambiciones al desinterés. La vida con él había sido más amable. Se notaba un hombre feliz. ¡Él sí había logrado todas, o si no todas, muchas de sus ambiciones!

¡Estaba muerta de miedo! Aunque habían pasado muchos años, él seguía gustándome. Poco a poco iba acercándome más a él. Sentía su aliento. Su olor (¿olía a cedro, a sándalo, a jengibre?). Desde la penumbra, afloraban deseos que llevaban durante mucho tiempo escondidos.

El comportamiento de Marcos fue cambiando. Aunque seguía allí, estaba ausente, inquieto, inseguro. Intentó darme palabras de consuelo, de aliento; pero no dejé que continuará ¡No quería limosnas! ¡No quería favores! ¡No pedía nada! Sólo pedía amor.
Por Pilar Martínez Hidalgo

jueves, 15 de noviembre de 2012

El único beso

“Aquí hay sitio, Juan”, me orienta Luis. Avanzo cuatro asientos, hasta que mi hermano indica que me siente. Él se acomoda a mi derecha.

Por fin voy a poder ver a mi cantante favorita. Es guapísima, con esas facciones tan finas y esa generosa melena negra. Sólo hay que escucharla, interpretando fados, para advertir lo bella que es.

Alguien se acerca. Se ha sentado a mi lado. Es una mujer. Le dice a su compañera que es un buen sitio, que se ve perfectamente desde aquí. Su bonito timbre de voz me sugiere una edad cercana a la mía.

Mi vecina de asiento tiene el pelo largo, y limpio; acaba de liberar su cabello y, ese aroma a cantueso y espliego, me ha hecho evocar mi infancia.

Cuando tenía trece años. Lo bien que lo pasaba con la pandilla en el pueblo. Yo siempre procuraba estar cerca de Silvia. Algunas tardes, al final del verano, ya sin nuestros amigos veraneantes, dábamos los dos largos paseos por el camino que rodea el cementerio, junto al río. A menudo, se nos hacía de noche,  y se asustaba, o lo parecía. Entonces, se abrazaba a mí y me decía: “se puede escapar un espíritu, me da miedo”. Yo le decía: “no seas ñoña”; pero esperaba con ansia ese momento. Notaba sus tímidos pechos, presionando mi torso, mientras su áurea melena cosquilleaba mi nariz, esparciendo ese fresco aroma a cantueso y a espliego. Al retirarlo de mi cara, aprovechaba para acariciarlo, sintiendo tal suavidad entre mis dedos que se estremecía hasta el más diminuto de mis poros. Descubría mi inocente sexo comprimido, que, seguro, ella también adivinaba. Un día me espetó: “¿no me dices nada?”. Yo callé. Me besó en los labios. Quedé paralizado, mientras ella, con risa burlona, corría en dirección al pueblo. Aquel sabor a mantequilla y azúcar quedó guardado, bajo llave, en la alacena que construí en mi memoria.

Ese beso fue único, el único. A los pocos días los padres de Silvia se marcharon del pueblo. Al verano siguiente contraje la afección que me hizo perder la visión.

Ya ha terminado el concierto. Mi contigua compañera se levanta y vuelve a agitar su cabellera, deleitándome de nuevo con su perfume. Su amiga le comenta: “bonito concierto, ¿verdad, Silvia?”.
Por Vicente Briñas

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sones de luz

Era pronto. Estaba sentando en una terraza, tomando un café. Apareció mi amigo  Juan, al que hacía tiempo que no veía.

—¿Cómo te va? –preguntó-. ¿Tienes algo nuevo que contarme?
—¡Sí! –exclamé-. Mi vida ha dado un vuelco radical. He conocido a una gran mujer, Julia.
 
Y pasé a contarle mi historia.

—Sabes las emociones que me despierta la música. Son tan intensas que, sin poder disimular, afloran a mi cara. No olvides que retengo los gestos faciales de la infancia, antes de aquel brutal accidente que me dejó sin visión. Los sonidos me transportan a mundos indefinidos. Veo paisajes, luces y colores deliciosos. Mi alma y mi cuerpo cambian, mientras la armonía rastrea en mi interior.

Julia dice que se enamoró de mí la primera vez que me vio. Lo relata así:

—Estábamos en el Auditorio escuchando un concierto de Beethoven. La melodía le penetraba hasta encontrar su espíritu, le hacia removerse entera. Sentada a mi lado, oyó un suspiro de pena o de deseo, un gemido, y volvió la mirada. Dice que mi rostro era bello; puro; expresivo; estaba conmovido. Sintió gran afinidad y cariño. No pudo evitar acariciar mi mano…
—Sí, Juan. Lo hizo tan sutilmente que pensé que era un sueño. Volvió a rozarme y la toqué suavemente. Al poco, mano con mano nos adivinábamos.  La música nos envolvía en una atmósfera intensa y profunda. Cuando acabó el concierto, la lluvia y la noche facilitaron nuestra huida. Nos entrelazamos apretadamente, ansiosos por estar solos.

Por fin, fuimos a mi casa. Allí era más fácil orientarme. Acordamos rápidamente la música que íbamos a compartir. Nos abrazamos, nos besamos, nos descubrimos. “Jamás he tenido a alguien como ella en mis brazos”. Hablábamos entre susurros, con voz ronca de deseo. Era suave, cálida, su aroma, especial. Le decía pequeñas cosas con gran pasión. Respondía con gemidos, y se dejaba ir. Pasé mis manos por su rostro, mis labios, mi lengua… olí su cabello, oí sus latidos “¡era bellísima!”. Ella se demoraba en mí percibiendo de una forma nueva. Quedamos tan extasiados que, desde entonces ¡somos amantes inseparables!, entregados a la música con todos los sentidos. 

Por Mercedes Martín Duarte

martes, 13 de noviembre de 2012

Cálida lluvia

Hoy no me quiero levantar. Deseo seguir disfrutando de este sueño de las siete de la mañana, interrumpido por la alarma del reloj. ¡Qué bien estoy arrebujada y calentita! ¡Mmm! Pero al fin me despego de las sábanas y, tras el aseo personal y el desayuno rápido, salgo disparada. Estoy empleada en una zapatería que está en el centro, por la zona de Fuencarral.      

 No me gusta mucho lo que hago, pero fue lo único que encontré. Algunas veces me pasa lo de hoy, que no tengo ganas de ir. ¡Si con veinticinco años ya estoy en este plan, qué me espera para el futuro! 

Cuando salgo del trabajo, a las ocho, llueve torrencialmente. Corro hasta la cafetería de la esquina donde suelo ir habitualmente. Justo en ese momento, queda libre mi mesa preferida, junto a la ventana. ¡Hoy es  mi día de suerte! Me gusta porque desde esta ubicación puedo mirar hacia fuera; ver el ir y venir de las personas, observarlas; es algo que me encanta. Más aún, cuando diluvia como hoy. 

Esta tarde me siento nostálgica, con ganas de compañía. También es un buen día para jugar (esta vez sola), como lo hacía con mi hermana: escoger, de los hombres que pasan, con cuáles tendría una aventura.

Como en este tramo de la acera se detienen bajo el toldo para guarecerse, hoy puedo observarlos a voluntad. Algunos esperan a que escampe, lo que viene bien a mi juego. Suelo mirarlos desde abajo hacia arriba: zapatos (deformación profesional), pantalones (deteniéndome en un punto), hasta llegar a la cara. Voy anotando los seleccionados.

Desde este rincón, calentita por el café y la calefacción, y viendo esa fría lluvia que no cesa, me entran ganas de llevarme uno a casa. Un hombre, digo. No sé si el deseo que me invade no sea tanto de sexo propiamente dicho, como de prólogo y epílogo, como dijo mi admirado Sergi Pamies en un relato.

Llevo cuatro en mi lista, cuando, de pronto, me llama la atención un hombre que cruza la calle sin prisas: botines GEOX, vaqueros estrechos que insinúan buenos músculos, gabardina clara y manos enguantadas que sostienen un paraguas, ocultándole la cara. Lo cierra cuando se detiene frente al bar, junto a la ventana. Asoma un rostro singular y expresivo; ojos grandes y negros, nariz algo achatada, labios gruesos, sensuales y tez negra. Nuestras  miradas se encuentran a través de la cristalera. Tiemblo de arriba a abajo ante esos ojos penetrantes; pero no aparto los míos.
Entra y se dirige a mi mesa.

—¿Puedo sentarme?

Mi cara está ardiendo;  debo estar roja como un tomate.

—Sí, sí– le contesto.

Se quita el impermeable y lo cuelga en una percha. Lleva un jersey blanco ajustado, de cuello subido, a través del cual se adivina un tórax y unos brazos fuertes. Sonríe al decir gracias. “Es que no hay más sitios libres”, se disculpa. Hablamos del frío y de lo bien que sienta el café caliente. “Muy caliente”, pienso. Después de un breve silencio, cuenta que ha venido a una librería del barrio y ya estaba cerrada. Habla con voz grave y cálida, acariciando cada palabra antes de soltarlas. Transmite sensualidad. 
Al cabo de una hora hemos hablado mucho. Él es de Costa de Marfil; hace ocho años que está aquí; trabaja como enfermero, aunque estudió medicina en su país.  Me dice que… No me entero de lo que cuenta. Estoy pendiente del movimiento de sus labios, los que mordería ahora mismo. 

No sé qué decirle. Sonríe y me pide que le hable de mí. Le cuento de mi trabajo, de  mis frustrados estudios universitarios y de cómo me gustan los días de lluvia.

Mientras hablo me observa atento y sus ojos tan negros miran muy fijamente, tanto que me perturban. Entonces sonrío algo nerviosa. Él también sonríe y su expresión cambia; su mirada se vuelve húmeda y chispeante.
Estamos a gusto.

Me invita a una pizzería, y charlando llegamos a las once de la noche. El vino me da más calor; estoy ardiendo. Noto mis pezones que pugnan por salir a través de la ropa. En este punto recuerdo mi idea de llevarme a uno de los seleccionados. Sería la primera vez que invitase a un hombre a casa el mismo día de conocerlo. Recuerdo el deseo de prólogo y epílogo. A esta altura estoy confusa, con miedo de que sea sexo y nada más. ¿Y qué? ¿Por qué no?   Él interrumpe mis pensamientos: 

—¿Quieres venir a mi casa a tomar algo? Está cerca de aquí.
Su invitación hace tambalear las débiles barreras que podría estar levantando hace un minuto.

Voy al lavabo un momento y cuando regreso está guardando su teléfono. Me recibe con una amplia sonrisa, cogiéndome la mano.

Salimos a la calle. La lluvia sigue cayendo; es mansa y persistente. Ahora también tengo húmedos los pies.

Subimos a su piso que está en un 4º sin ascensor. Voy expectante y algo temblorosa por la excitación. Entramos a un largo pasillo que termina en un salón, iluminado en este momento.

Allí nos espera una alta y hermosa muchacha rubia. Es su mujer. Me recibe con una sonrisa, cogiéndome ambas manos. Sus ojos verdes, felinos, me recorren de arriba abajo. Con temor de que se me note mucho el estupor, balbuceo: “¿el lavabo?”

Cuando me alejo escucho la voz del hombre: “¿Te gusta?” Y la voz femenina: “Ya sabes que me fascinan las morenas de pelo largo”.

Sentada sobre la tapa del water, con la boca abierta y una mano sofocando un grito, intento hilar algo que se parezca a un razonamiento. ¡Esto es muy fuerte! ¡No me lo esperaba!
 ¿Cómo era? ¿Prólogo, epílogo? ¡Qué va! ¡Esto puede ser el texto completo del kamasutra!

Por Elsa Velasco