domingo, 1 de marzo de 2015

Un regalo de Navidad

Como cada día de la semana Alberto vuelve a AZCA: bancos, oficinas, tiendas… sabe que allí no queda nada para él, no encuentra donde ir.  Madrid es grande pero, después de andar y andar, siempre acaba en el mismo lugar. Allí  subió y bajo, como los ascensores del edificio donde perdió los mejores años de su vida y después la vida entera.

Ahora se apoya indolente en las esquinas, hasta que alguien repara en su aspecto sale y “cortésmente” le invita a alejarse, a buscar un lugar más discreto en el que mostrar su pobreza. A veces tiende su mano pidiendo una ayuda. No está muy seguro de para que la pide, en realidad no la desea, ya no tiene fuerzas para empezar de nuevo. No merece la pena, se ha conformado. Le basta con algo caliente en el estómago y un rincón resguardado del frio donde pasar la noche.

Ve cómo se apresuran los transeúntes, apenas le miran, ni les mira, son sombras de una vida lejana, recuerdos y palabras empañadas entre el vaho que sale de sus bocas. Hombres y mujeres rodeados de gente, envueltos en sus exclusivos abrigos y arrebujados sobre sí mismos, para los que el éxito lo es todo. Lo importante es tener, es poder. Sentir la envidia de los otros, demostrarse y demostrar que está entre los mejores.

Un grupo sonriente y bullicioso se acerca a él, en avanzadilla dos chicas se destacan por su alegría, es contagiosa.  Se queda mirando embobado, se han parado a dos pasos, puede oír lo que hablan.

--¿Estas segura de que es lo que quieres? Con todo lo que has trabajado…
--Si mi marido y yo lo hemos pensado y repensado. La única manera es alejarnos de todo esto. No nos vemos, no hablamos y ahora esperamos un hijo. ¡Te das cuenta voy a tener un hijo!
--¡No, no puedo… tú mamá! ¡Chicos vamos, que se nos congelan las ideas!
Alberto, sin apenas darse cuenta avanza tras ellos. Oye el murmullo de las conversaciones pero, sus oídos solo escuchan una voz, esa voz que cuenta planes a su amiga.
--Ya hemos encontrado nuestra casa, está un poco lejos, es un bajo en un bloque de cuatro pisos con un trozo de jardín ¡tendré que plantar cosas!
--Pero… si tú no entiendes nada de eso.
--Puedo aprender ¡soy capaz de hacer muchas cosas! ja, ja, ja… Juan, yo y nuestro hijo, tendremos más de uno, si, seguro.
--¡Estáis locos, según están las cosas y dejáis el trabajo!
--Dejamos “este trabajo”. No te olvides, hay que trabajar para vivir. ¡Juan, daos prisa nos tenemos que ir!

Al oír el nombre, no puede evitar volverse. ¡No puede ser! Alberto se ve frente a sí mismo, cuando todo lo que les rodea era su mundo. Aquel en el que no cabían familia ni amigos, no había sitio, sólo trabajo y más trabajo, reuniones, viajes…Lo tenía todo y no tuvo nada.

Quiere llamarle: Juan, Juan…, la voz no sale de su boca, él pasa rozándole sin apenas mirarle y se meten todos en una cafetería. Le fallan las fuerzas, se apoya en la pared, al lado de la puerta mirando hacia dentro y espera, espera hasta que Juan sale con su chica de la mano. Empiezan a andar deprisa, huyen del frio, Juan pasa su brazo por encima de los hombros de la mujer morena y risueña que va a tener un hijo: su nieto.

Aunque solo es mediodía, las luces brillan y los villancicos resuenan en el aire. Despacio, muy despacio, Alberto empieza a caminar sin rumbo. En su cara sombría y gastada se dibuja una sonrisa que le hace más humano, más hombre. Esa misma sonrisa permanece en ella, cuando por la mañana encuentran su cuerpo, sin vida, acurrucado en un rincón de los bajos del complejo empresarial. 

--Ha muerto de frio, mira su expresión.

Solo él sabe que es de felicidad. Su nieto conocerá a su padre, no cometerá sus mismos errores.  
 
Por Mayte Espeja

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