domingo, 8 de marzo de 2015

SUEÑO, LOCURA O VIDA

Me sentía muy fatigada. Ya no sólo era pasar los días y las noches casi en vela cuidando a mi marido. Era el dolor de verle enfermo. Él había sido un hombre vital y activo, siempre dinámico.  Quizá por eso yo me acostumbré a apoyarme demasiado en él, me hice dependiente. Pero ahora era al revés, era él quien necesitaba de mí. Estaba muy enfermo y no podía moverse. Su mente y sus músculos tenían la imperiosa necesidad de movimiento, pero la fatídica falta de secreción de un neurotransmisor por un problema grave en su cerebro se lo impedía. El ilustre psiquiatra Enrique Vázquez había sido condenado a lo que más le dolía, la inmovilidad.

 Así pasaba yo mis días y mis noches moviendo al que antes me movía a mí, pues antes yo solía tener mucho miedo a equivocarme y me dejaba guiar por él. Físicamente me cansaba, porque pesaba mucho, pero lo que más me derrumbaba era verle angustiado. Él dormía sólo a ratos, igual que yo. Quería estar siempre pendiente de él. Cuando rendida por el cansancio me dormía, entre sueños deseaba despertar por ver si él requería mi ayuda. ¡Ay, cómo me gustaría que todo esto no fuese sino un mal sueño! Porque la verdad es que para mí se estaba convirtiendo en una pesadilla.


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Aquella noche como otras, después de cargar con su peso y que consiguiera hacer pis. me quedé dormida y entre mi angustia soñé que mi marido agonizaba y un médico de gesto serio me decía:

- Le queda muy poco. Despídase de él.

Sobresaltada me desperté y le oí roncar. “¡Menos mal! ¡Qué susto! Creí que me quedaba sin ti para siempre y eso no lo puedo soportar”. Me dije a mí misma: “Elena, tienes que tranquilizarte. Respira hondo, relájate. Piensa en algo bonito.” Y volví a dormir.



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Esta vez soñé que estaba en el campo más hermoso que nunca pude imaginar. Con las montañas de fondo, un verde prado lleno de hermosas flores. El cielo tenía un color violáceo que se reflejaba en un lago. Me sentía muy feliz. Notaba el calorcillo del sol y una suave brisa. Pero no era yo. Era una margarita que sólo puede moverse si la acaricia el aire. Estaba clavada en tierra y si nadie me empujaba permanecería inmóvil. Para mí, ese aire ligero era como mi amante . Me daba empuje, movimiento, vida y placer. Pero yo quería ser otra cosa.



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Y de repente, ya no soy flor. Soy una mujer que está dormida. Una mujer dormida que intenta despertar. Quiero despertar y ser útil a alguien. Intento despertar con todas mis fuerzas pero el sueño me vence y mis ojos se cierran. Pienso que sólo con desear despertar lo conseguiré pero es muy costoso. Por fin lo consigo. Desperto o sueño que despierto, y otra vez soy yo, Elena. Tengo veinte años y voy a casarme con un joven sano, apuesto, inteligente y fuerte que me dice:”Elena, sé tú misma. Yo te amo. Me gustas como eres. Te quiero”.

Pero yo no pensaba igual de mi misma. Me sentía torpe, muy torpe al lado de la persona que admiraba tanto. Tenía la sensación de que mis vivencias no eran reales, me parecía estar dormida y necesitaba despertar. Pero mis párpados pesaban. Tocaba las cosas y me pellizcaba para comprobar mi realidad, pero a veces en los sueños también se siente el tacto de las cosas. Ya no podía saber si estaba despierta o dormida.



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Un rayo de luz entró por la ventana. Amanecía. Yo estaba echada sobre la cama y desperté. En este día como en todos debía olvidarme por completo de mí misma y dedicarme a él. Me esperaba mucho trabajo. Tareas rutinarias que me llenaban de hastío. Lo único que me tranquilizaba era pensar que le ayudaba. Aunque estuviera acabando con mis fuerzas. “¡Qué cansada estoy! Tengo que levantarme pero no tengo aliento. Me duermo, irremediablemente me duermo.”



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Desperté en una cama de hospital. Paredes claras y unos señores con bata blanca se dirigen a mí.

- Bueno, está usted recuperada de la operación y en principio no hay motivos para que vuelva a sufrir otro infarto. En unos días le daremos el alta. Sobre todo intente eliminar la tensión. Procure que alguien la ayude con su marido.

Yo me decía a mí misma: “Creo que esto puede ser un sueño, pero no lo sé seguro. Si lo es, quiero despertar, y si no lo es necesito sentirlo más real.


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Volví a despertar. “¿He estado enferma o lo he soñado? No lo sé. Sigo teniendo esta asquerosa impresión de que nada es cierto, de que no soy yo. A esta sensación los psicólogos la llaman desrealización y despersonalización. En cierto grado es normal, pero si se repite puede ser indicio de una neurosis severa, o algo peor.  Tengo sueño, mucho sueño.”



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Al abrir los ojos me encontré en un lugar desconocido para mí. Estaba en una habitación que tenía rejas en la ventana.

- Acuda usted a la terapia de grupo, señora Vázquez ¡ Gertrudis! (dirigiéndose a la enfermera), no te olvides de aumentarle la dosis de neurolépticos a la paciente nº 625.

- ¿Y mi marido? ¿Dónde está? Tengo que cuidarle, está muy enfermo. Sin mí no puede moverse. Yo soy sus manos y sus pies.

- Tiene que afrontar la realidad. Su marido hace más de veinte años que murió.

“¡Eso es mentira! ¿no? ¿Estoy soñando? ¿Estoy loca? No lo sé. No lo sé. Calma, calma. Nada de esto me está pareciendo real. Quiero despertar, despertar. ¡ Tengo que poder!”


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Estoy sentada. Pero ¿dónde estoy sentada? Estoy sentada en una silla de ruedas. No me puedo mover. Él está frente a mi y me habla:

- ¿Por qué no te casaste, Elena? Entiendo que me rechazaras a mí, pero tenías muchos pretendientes.
- Quería ser independiente.
- Pero no puedes. Ya no puedes moverte sola. Estás enferma. Tu cerebro ya no segrega dopamina. Es algo biológico. Necesitas ayuda.

- Me gustaría que esto fuese un sueño y poder hacer algo para el mundo y para ti, moverme hacia un objetivo. Pero no puedo. Estoy paralizada. Sólo me queda la esperanza de que esto no sea cierto, despertar.


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De repente me encontré frente a un espejo. Pero ¡Dios mío! ¿Qué es esto?  Se refleja la cara de un hombre . ¡Ay! Soy un hombre. Soy mi marido cuando era joven. Miro hacia mi derecha y veo una muchacha. ¡Ay! ¡Soy yo! Soy yo y estoy fuera de mí y yo no soy yo. Esto debe ser una pesadilla.


Ella-yo me dice:

     - Estás muy guapo recién afeitado

     Y yo-él respondo:

- Me gustaría dejarme la barba. Pero poco me importa dejar de ser un poco yo si con eso te agrado más a ti.

Ella-yo me dice

- Te quiero tanto que a veces quisiera dejar de ser yo y ser tú pues tu eres tan fuerte, tan capaz, y yo tan dependiente…

Yo-él:

- Sólo soy fuerte porque tú me ves así. En realidad soy muy inseguro. Todas las noches, cuando duermo le pido a mi inconsciente que me muestre en sueños mi camino, que me ayude a resolver mis problemas y a ser más fuerte. Y eso debe ser lo que tú ves en mí.

Me sentía muy hombre. Estaba enamorado de Elena. La pena era que ella no quería  casarse conmigo porque decía que quería ser independiente. Tengo miedo de perderla. Me gustaría despertar y verme casado con ella.



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Me había quedado dormido en aquella silla, con mi traje y mi corbata negros. El féretro de mi esposa yacía junto a mí.

- ¡Elena! ¿Por qué has tenido que dejarme? Preferiría haber sido yo el enfermo. Todo me parece confuso. Quizá nada de esto sea real.


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- Enrique, despiértese usted que es hora de tomarse la pastilla.

- Mi mujer ha muerto.

- ¡Otra vez con delirios! Usted nunca ha estado casado, quería ser independiente, pero ya sabe que aquí en la residencia le queremos como una verdadera familia.
La enfermera desaparece.



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Todo está muy oscuro. Me falta el aire. Estoy tumbado entre cuatro paredes muy próximas a mi cuerpo. ¡Por los clavos de Cristo! ¡Qué angustia! ¡Estoy enterrado en vida! ¡ Que alguien me ayude! ¡La más terrible de las agonías, no puedo moverme! ¡Aaaaaaaaah!



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Todo cesó. Llegó la paz. Vi el túnel, la luz y por fin de nuevo el sol. Una mañana de primavera. Una suave brisa me mece. Algún insecto se posa sobre mí y lleva mi néctar a otra flor. No siempre fui vegetal. Tengo recuerdos de otras vidas, pero la vida es eterna. Y para vivir hay que morir un poco. El que no muere, no vive, el que no vive, no muere. Dar, recibir. Todo, nada. Ciclo que se repite hasta el infinito…


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- Si, sí. No hay duda
Dijo el joven médico, Enrique Vázquez:
- Psicosis delirante crónica desencadenada por situación estresante en una personalidad límite con trastornos de la identidad.


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Desperté a la vida. Otra vez en el hospital. Pero ahora el médico me sujetaba por los pies y cabeza abajo me dio una palmada en el trasero que me dolió y lloré. Después de los correspondientes arreglos me llevaron con mi madre. Ya la conocía por dentro pero ahora noté su maravilloso tacto por fuera. Gracias a ella yo podría empezar a construir desde aquel día mi vida y mi realidad.



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… Pero ¿Qué es lo real?¿Qué no lo es? ¿Estoy soñando o es locura? ¿Empiezo a vivir o quizá ya he vivido muchas veces y otras muchas he de vivir? ¡Tengo tantos recuerdos con identidades diferentes! ¿Quién entiende este Misterio, el de la vida, el de la muerte, el del ser, el de no ser? Creo que al olvidarme de mí, dejar de ser yo para ser parte del todo me he encontrado con lo divino, pero no lo sé seguro. Tal vez sólo fue un sueño.

Por Rosa Velasco

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