jueves, 5 de marzo de 2015

La familia y otras figuras del belén

Laika y Nati tomaban café en uno de esos locales de aire decadente y talante acogedor que invita a la tertulia y la confidencia.

Laika detestaba la Navidad y se había citado con su amiga para  pedirle opinión sobre el plan que tenía proyectado ese año para escapar a la inevitable reunión familiar. Los vapores del café irlandés la ayudaban a convencerse de su resolución. Nati pidió un té verde mientras escuchaba a su amiga. A pesar de ser tan diferentes y de tener puntos de vista tan opuestos en muchos temas, eran inseparables desde la infancia.  Su amistad era inquebrantable. 

Siempre se apoyaban en las penurias y compartían sus alegrías. Y sólo ellas penetraban en los secretos de la otra.

Incluso se enamoraron del mismo chico, Juan, que después de picotear a ambas se decantó por Laika con la que se casó y con la que pretendía acudir a la cena navideña en casa de su madre, como sucedía desde hacía varios años.

Nati, por el contrario, adoraba estas fiestas, tenía un espíritu infantil y bonachón, por eso no le importó que Juan la dejara por Laika, al contrario, se alegró por su amiga del alma.
No compartía ese irracional rechazo de Laika por todo lo que rodea a estas fiestas que ella encontraba entrañables y un pretexto para reencontrarse con la familia.

Pero este año iba a ser diferente. Laika quería romper con ese encuentro lóbrego con la madre de Juan, los hermanos de Juan y las cuñadas de Juan.

Todos formaban un pintoresco belén multicolor donde las figuras flotaban en  una atmósfera densa que acababa por asfixiar a Laika.

Por un lado, estaba la madre de Juan, que como un papel absorbente dominaba a su hijo y le obligaba a ir a su casa todos los años, con la excusa de su incapacidad física. 

Por el otro, los hermanos varones, simples alfeñiques en manos de sus dominadoras esposas, que respondían al modelo repetido de su madre. Apenas hablaban u opinaban, se limitaban a dejarse querer o manipular.

Pero los personajes más  patéticos eran las cuñadas: la “pija” venida a menos y  la “choni” venida a más, caras opuestas de la misma irrealidad.

Titina, la pija,  que arrastraba las eses y agitaba delicadamente la mano en el aire cuando hablaba, se casó  pensando en una buena alianza entre su prosapia y el próspero negocio inmobiliario de Germán. Pronto se vio obligada a trabajar dando clases particulares al cruzarse con la crisis. De nada le sirvieron sus buenos modales ni sus impostados gestos para seducir al contrario. 

En cambio la choni, diminutivo de su propio nombre, pero que Laika utilizaba con tono peyorativo, era una mujer vulgar, de cerebro plano y cuerpo redondo que había tenido suerte al encontrar a Jaime y su pescadería, negocio tan lucrativo que les permitía alardear constantemente de su tarjeta de crédito.

La única “normal” de la familia era la hermana pequeña de Juan, ecologista convencida que estudiaba Ciencias Medioambientales  y formaba parte de una ONG que por esas fechas realizaba actividades altruistas y más encomiables.

A veces, durante la cena, Laika entornaba los ojos y los imaginaba a todos flotando en el espacio, como peces espaciales envueltos en una mezcla de olor a pescado y a perfume de imitación y engullidos por un agujero negro  diseñado por Armani.

Este año quería romper la cadena, además sospechaba que Juan tenía un lío. Demasiados viajes, demasiadas reuniones. Ya lo descubriría. De momento, tenía pensado irse de viaje a un lugar soleado y olvidarse de todo lo relacionado con la Navidad. Su amiga era la única destinataria de su secreto.

Cuando salieron de la cafetería a Nati se le cayó algo al suelo. Laika se agachó a recogerlo. Sorprendida miro fijamente a Nati y de repente le dio una sonora bofetada y se fue corriendo, llorando. En la mano llevaba el mechero que había regalado a Juan por su cumpleaños. La vida tiene estas paradojas, tu mejor amiga te puede traicionar.

El 23 de diciembre, al volver del trabajo, Juan encontró una nota firmada por Laika: esta Navidad no me esperes a cenar: estaré en una playa del Cribe tomando el sol y bebiendo leche de coco.  Te dejo los impresos del divorcio para que los vayas leyendo. A pesar de todo te deseo una feliz Navidad.  

Por Carmen Alba 

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