martes, 3 de marzo de 2015

EL PATITO FEO

No paraba de llorar. Nació de un parto rápido. Ya desde pequeño tenía prisa por salir al mundo.

Todo en su vida transcurriría muy deprisa.

Con casi cuatro años ya estaba acostumbrado a ver a su madre acostada sin poder levantarse de la cama. Y aunque lo hiciera muy bajito, la escuchaba llorar por las noches y lamentarse de su mala suerte. Aunque Marcos no lo entendiera muy bien, ya formaba parte de su día a día.

- ¿Por qué mamá está siempre acostada? - le preguntó un día a su padre.

- Verás Marcos, mamá está siempre en la cama porque está malita y no puede moverse de la cama.

- Pero es que yo quiero que venga conmigo a jugar al parque como la mamá de Lucía - le dijo con lágrimas en los ojos.

- No puede ser Marcos, mamá no puede ir contigo, le encanaría pero no puede. Venga, vámonos a los columpios que seguro que ellas están allí y que tenéis ganas de jugar y correr juntos por el parque - le dijo con un nudo en la garganta que casi le asfixiaba.

Cogió su bolsa llena de galgerías, dio un beso a su madre y salieron a la calle.

Dos meses más tarde, ya no vería a su madre tendida en la cama, ni la oiría llorar, ni lamentarse, simplemente ya no estaría. También tuvo prisa por perder a su madre.

Ya con ocho años, en los recreos del colegio, no jugaba ni al fútbol, ni a las bolas, ni a las chapas, ni a los juegos que jugaban sus amigos, era exraño y casi siempre solitario, de ahí que fuera el raro de su clase. A él lo que le gustaba era correr y normalmente sin compañía. Si a eso le sumabas que sólo tenía un padre y no un padre y una madre como la mayoría de los demás niños y niñas, ya era conocido como el "patito feo".

Pero él no se sentía raro, simplemente era así, feliz con las cosas que hacía. 

El día en que cumplió los nueve años, su amiga Lucía al darle su regalo le dijo:

- Toma Marcos, mi regalo. Son unas súper zapatillas para que corras tanto como un señor negro que he visto en la tele, que parece que tuviera muelles en los pies.

Y empezó a correr con su padre. A ir con él a todas las carreras en las que podía participar. Y así a los nueve años, consiguió ser campeón de Madrid en su categoría. También tuvo prisa por ganar carreras.

Así era su vida, todo transcurría muy rápido. Tuvo prisa por enamorarse de Lucía, por terminar sus estudios, por trabajar, por vivir con ella, por tener a Ángela... todo iba demasiado rápido.

Hasta que un día, sintió que no quería correr más, que quería pararse y disfrutar sin prisa de su hija y de Lucía. Que tenía justo lo que quería, que con ellas todo tenía sentido. 

Ese día, llegó pronto a casa, cenaron sin prisa, y cuando terminaron, las cogió de la mano y se sentaron tranquilamente para ver su película favorita. Se quedaron dormidos en el sofá. Eso si, sin ninguna prisa.

Por Armando benedicto

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