jueves, 16 de mayo de 2013

El coracero

El convaleciente sacudió la bolsa que estaba junto a su catre. Sobre la cama cayeron los objetos más dispares, entre ellos los que buscaba: una moneda con la efigie del emperador, recado de escribir, un reloj y un legajo de papel amarillo, encuadernado en piel y atado con tiras de cuero. Contempló el reloj durante unos instantes, se sentó sobre el camastro, abrió el libro, tomó la pluma y se dispuso a escribir. Pensó durante unos instantes con la mirada fija en la tela de la tienda, su movimiento le recordó al de las velas henchidas de viento y honor, del buque que le llevó hasta aquella tierra yerma de vida. Había decidido qué parte de su historia habría de contar y cual olvidar; era entonces el momento de mojar la pluma en el tintero y comenzar:

Monte Saint Jean, 19 de junio, 1815.  Todavía no sé por qué el coracero francés no terminó con mi vida. A veces dudo de que haya ocurrido en realidad y pienso que todo fue un sueño, del que aún estoy por retornar...
Despertó. Un amargo sabor a pólvora enturbiaba su paladar. Tenía la boca completamente seca. Sintió que toda la arena del desierto hubiera pasado por ella.  El ambiente era irrespirable, una mezcla de olor a heces, vísceras humanas y sangre por doquier, sembraba el campo de batalla. Comprendió por qué no podía levantarse: un torso uniformado en azul aprisionaba sus piernas. Pataleó para zafarse de él. Poco a poco alumbró su nuevo estado. Tomó unos minutos para mirar a su alrededor: cadáveres, cuerpos desmembrados, quejidos y llantos sobre el rumor de la contienda, ya lejana. Comprobó que podía mover sus miembros, giró la cabeza a  izquierda y derecha; después, con las manos dio la vuelta al cadáver que había rociado sus borceguíes de agrios fluidos. Era un húsar, el cuello estaba cercenado de un solo tajo, los ojos abiertos con una expresión, mezcla de sorpresa y estupor, para dar una inesperada bienvenida a la muerte. Su uniforme azul estaba teñido de su propia sangre. Del interior de su casaca sobresalía una cadena de plata. Recordó entonces la que llevaba al cuello, herencia familiar; en un acto reflejo la buscó con su mano y no descansó hasta que alcanzó a tocarla. Vino a su mente lo ocurrido antes de perder el conocimiento. Lentamente, su cerebro se fue llenando de imágenes hasta inundarlo de sonidos y sensaciones del fragor del combate.
Libre del peso que oprimía sus piernas, intentó levantarse, pero una nube de pólvora le cegó. Permaneció inmóvil por unos segundos, a la espera de que el viento la disolviese, pero no terminaba de liberarse de ella. Sus ojos comenzaron a llorar fruto del escozor que la niebla le produjo. Aquel tiempo le pareció una eternidad. Estaba completamente desorientado. ¿Qué habría ocurrido? ¿Quién habría salido victorioso? ¿Habría sido definitiva? ¿Podría volver a casa? ¿Estaba ya muerto? Todos estos pensamientos desaguaban en su consciencia, mientras cubría sus ojos con el antebrazo.
No sabía cuánto tiempo había pasado, no tenía con qué medirlo, pero al disolverse la nube, encontró frente a sí un coracero enemigo que, con el sable en la mano diestra, estaba contemplándole. Retrocedió unos pasos mientras tiraba de las riendas de un enorme caballo. Envainó el arma y se arrodilló junto al soldado muerto que yacía a sus pies. Se quitó el casco y después le abrazó. Creyó escuchar sus sollozos; aquel jinete se estaba despidiendo de alguien querido. Pasaron unos minutos antes de que el coracero depositara el cuerpo inerte en el suelo y con máximo cuidado, después, se cercioró de que sus ojos sin vida quedasen cerrados en un eterno sueño y abrió su boca para depositar una moneda antes de volver a cerrarla. Cuando hubo empleado todo el cuidado que su rudo uniforme le permitió, tomo la cadena que salía de su indumentaria y tiró de ella suavemente hasta llegar a su final. Un bello reloj plateado apareció en sus sucias manos de sangre reseca y ennegrecidas uñas por la pólvora. Su compungido rostro tornó entonces al más fiero que jamás se pudiera imaginar, cerró el puño con fuerza y tiró de él hasta arrancar el engarce que sujetaba la cadena y después, lo arrojó contra el suelo en un ataque de ira. Hecho lo cual, recuperó la moneda de su boca, que le lanzó como si ya no fuera digna de su faltriquera, escupió al suelo junto al cadáver, le señaló con el dedo a la vez que dijo algo que no llegó a comprender, montó sobre su caballo que relinchó al sentir las espuelas sobre sus ijares y, encabritado, salió al galope en dirección al sol.
Tardó en reaccionar lo que sus miembros se demoraron en obedecer las órdenes de su cerebro. Casi a rastras, ausente de fuerzas y utilizando las reservas del instinto de supervivencia, se arrastró hasta el cadáver. Hurgó en sus bolsillos, en el interior de su ropa y bajo ésta, pero no encontró nada; se acercó como pudo a donde había quedado el reloj. El barro producido por la sangre había evitado que éste se rompiera en mil pedazos. Lo puso sobre su palma y lo observó. Creyó entender; una flor de Lis estaba grabada en la tapa posterior del mismo. Sonrió. Las cosas nunca son como parecen, pensó. Se lo acercó al oído, pero no escuchó el sonido de sus engranajes al funcionar. Pulsó el mecanismo de la corona para ver la esfera, Zenit, 1898, rezaba bajo los números romanos que indicaban las doce, y unas agujas negras de forja se encontraban en cruz como si estuvieran esperando alguna penitencia que cumplir.
Por Luis C. Castilla

miércoles, 15 de mayo de 2013

Malena

Malena pasea su soledad por la Gran Vía de Madrid. Pasa frente a los escaparates casi sin verlos. De vez en cuando, se detiene y los mira. Nada le llama la atención.

Observa a una pareja madura y vivida —tal vez ya liberados de la competencia laboral— que viene de frente. Cogidos de la mano, se miran con una sonrisa que le brilla en los ojos. Con veinte años menos, siente envidia de ellos. ¿Sería capaz de una ilusión así? Cuando pasan a su lado, una oleada de esperanza la invade.

Se detiene frente a una librería y no puede contener una profunda inspiración seguida de un hondo suspiro. Desde la vidriera la contemplan los ojos de un hombre, en la carátula de un libro: “Viaje a la felicidad”. Sonríe con nostalgia.

Levanta la mirada al ver reflejada en el cristal una imagen que le resulta familiar. Se vuelve. Queda un momento viéndolo, respirando su aire. Al rato, molesto por aquel silencio, el hombre empieza a andar.

— ¿Vienes?—pregunta simplemente.

Caminan un trecho, codo con codo. Malena aún no se ha repuesto de la impresión.

— Te creía en Estocolmo.
El hombre la mira, oprime suavemente su brazo y la lleva hasta el banco vacío. Le sonríe con dulzura.

— No he podido olvidarte. Lamento el daño que te hice. —Posa su mano sobre la de Malena. — Tienes motivos para odiarme.

Iba a preguntarle por qué había venido, pero el caparazón con el que había cubierto sus sentimientos, le hace difícil expresarse.

— Eres una mujer maravillosa y tuve miedo de no estar a la altura. Fui un cobarde. ¿Podrás perdonarme?

Malena siente cómo la sangre late en sus sienes y, poco a poco, corre por todas las venas, dejando una sensación de calor en todo su cuerpo. Respira profundamente y tarda, todavía, unos minutos en hablar.

— No eres digno de mi odio. Simplemente no existes para mí.
Se pone de pie y se aleja sin mirar hacia atrás. Se siente serena, fuerte, viva.

Al llegar a casa se lo cuenta a su hermana, compañera incondicional y generosa, quien la escucha sin perder ni una palabra, ni un gesto. “Así que Roberto ha vuelto”, piensa preocupada.

Con su vocación protectora, al día siguiente llama a la hermana de Roberto.

— No, no ha venido… que yo sepa. Me había dicho que hasta navidades no podría viajar.
 
 Elsa Velasco

martes, 14 de mayo de 2013

Déjalo

No se me ocurre nada. Tengo que entregar el artículo esta misma tarde y la arena inunda el desierto de mi inspiración. Enciendo un cigarrillo y miro cómo las volutas danzan ajenas a mi apatía. Sigo lanzado aros al denso espacio de mi habitación y entonces compruebo, perpleja, como los anillos de humo se van uniendo y aliándose acaban por formar la palabra “déjalo”. El vocablo está escrito en letras minúsculas y entrelazadas y pasados unos segundos se fusionan y por fin desaparecen

“Déjalo”. ¿Dejar a quién, a qué? Lo que me apetece de verdad es dejar el artículo. Eso es. No tenía ganas de escribir, he encendido el cigarrillo y zas… allí estaba la  respuesta: “déjalo”. Pues no lo escribo y punto y final.

Pero no, no puede ser tan fácil.  ¿Y si sólo fuera fruto de la casualidad? El humo es como las nubes que se dejan moldear por la brisa;  volubles, adoptan formas caprichosas que nuestra imaginación apadrina. Yo quería dejar de escribir y me he sugestionado y he leído la palabra que quería ver. Ya está, asunto arreglado. 

Déjalo…dejar… ¿a él? ¿a ello? A él, dejar a Andrés. Puede ser, nuestra relación está cabeceando y puede acabar un día sin nombre y sin mediar palabra. A veces nos miramos y una sonrisa mecánica es lo único que nos aflora, de cariño, sí, aunque gélida y sin sustancia. Pero no lo voy a abandonar ahora porque el humo caprichoso haya dibujado unas letrillas en el aire.

Voy a encenderme otro, quizás el humo me dicte otra misiva y acabe por completar el enigma. La verdad es que me duele el pecho y cuanto más vacía está mi cabeza y más blanco el papel, más fumo. No entiendo la relación de: “como no se me ocurre nada enciendo un cigarro”. Tal vez la nicotina active mis tristes neuronas y las fustigue con su implacable decadencia.

Lo prendo, y evocando a esa Greta Garbo misteriosa y sensual,  expelo el humo lenta y suavemente, saboreándolo, acariciándolo mientras sale de mi boca entreabierta. El cordón gris asciende y juguetea con los muebles, con la lámpara, con el techo. No hay rastro de vocablo alguno. Vuelvo a inspirar profundamente y esta vez un pinchazo rejonea mi pecho y toso violentamente. La fumada sale despedida y va directamente al trasluz de la ventana. Allí, mágicamente, baila y me muestra otra palabra: “tabaco”.  Me dejo caer en el sillón y mis ojos vidriosos no quieren ver lo que ven, y mis pulmones obturados no quieren sentir lo que sienten y vuelvo a pegarle otra chupada  y ahora es cuando siento que algo se rompe y escupo más que expeler. Un hilillo rojo cae de mi boca sobre mi falda negra.

“Tabaco, déjalo”.  Ahora entiendo el mensaje. Cojo el móvil y llamo al 112

-Vengan por favor. El tabaco me está matando.


Por Raquel Ferrero

lunes, 13 de mayo de 2013

Haikus

En mis recuerdos,
tu risa generosa,
es sólo eco.


私の記憶では、
あなたの笑い声寛大な
場合だけですエコー。



Cuando tus ojos
me dejaron de amar,
bajé los míos.

私の記憶では、
あなたの笑い声寛大な
場合だけですエコー。


Por María S. Martínez

El visitante

Armando había encontrado un rincón aislado en el Parque del Retiro que le servía como refugio. Rodeado de pinos y castaños, aquel lugar le aportaba sosiego  y le separaba del mundo hostil que le había causado su actual estado de ánimo.

Todas las tardes, al salir de la tienda y las mañanas que no trabajaba, cogía un libro y se apresuraba a leer en el banco que ya consideraba de su propiedad, pues nadie había osado invadir aquel espacio que sólo compartía con los pájaros que se acercaban a picotear el pan que les ofrecía.
Aquella mañana de domingo, el sol desplegaba todo su poder sobre el parque y Armando disfrutaba de la lectura bajo la sombra del álamo. Un estornino se acercó, manteniendo la prudente distancia de su depredador que le dictaba su instinto. Armando le arrojó unas migas, le observó y pensó que los humanos deberíamos imitar a los animales. Ellos no añoran el pasado ni planean el futuro, disfrutan el presente y sólo se preocupan por sobrevivir. Parecía que el ave le devolvía la mirada y aprobaba  su pensamiento.
Minutos después, el estornino se alejó. Armando siguió su vuelo hasta que se perdió entre las ramas. En ese  momento le pareció que algo se movía entre los árboles, como una sombra difusa. Quizá fuera un perro, ya que a esas horas el parque estaba lleno de paseantes.
La idea de que alguien invadiera su soledad le produjo una leve agitación interna. Volvió los ojos al libro y retomó la lectura. No se percató de que un hombre se había sentado a su lado y le saludaba:
— Buenos días, hace una mañana preciosa. No, no me conteste, comprendo perfectamente que mi presencia le incomode, sobre todo porque lleva tiempo disfrutando este pequeño paraíso dentro del caos de su desgraciada existencia: su mujer lo ha abandonado, tiene que hacer frente a la hipoteca, su pequeño negocio no tiene futuro, su amante no le soporta y sus amigos están cansados de sus lamentaciones. No me pregunte cómo sé todo de su vida, he venido a ayudarle. Usted decide. Yo me encargo de que encuentre la tranquilidad eterna y se acaben sus desdichas.
Armando, al principio molesto por la incursión del desconocido, más tarde turbado porque conocía tantos detalles de su vida, finalmente cedió a la tentación y se dejó convencer por la rápida solución que se le ofrecía.
A la mañana siguiente, una noticia conmocionó a los habituales paseantes del Retiro: en un apartado banco del parque apareció el cadáver de un hombre. A su lado, un libro abierto y un estornino negro picoteando pan que al parecer  el fallecido llevaba en una bolsa. En el momento de publicación de la noticia, la causa del fallecimiento era una incógnita, sencillamente su corazón había dejado de latir.

Por Carmen Alba

jueves, 28 de febrero de 2013

Esta es su vida

Estimados inspectores Villar y Domingo:

Les remito la presente en la espera de que la lean con atención. Yo, por mi parte, estoy seguro de que su lectura les será muy instructiva.

Me llamo Lucas Alcaraz, quizás les suene mi nombre. Salí de prisión un martes día trece, a la una de la tarde y trece minutos. Al atravesar la última verja miré mi reloj, un Casio digital de plástico negro que compré en Canarias; pero ese agradable recuerdo se borró en un instante cuando en la esfera sólo encontré números trece. Aquello no podía ser una buena premonición.
Todo empezó hace unos años, cuando me vi en un programa de televisión, en cuyo plató nunca había estado. Es ese tipo de programas en los que, por un viaje a Benidorm, la gente está dispuesta a mostrar sus miserias, ya sean reales o inventadas por aviesos guionistas.
De pequeño crecí en un barrio a espaldas de la Gran Vía, digamos que viví entre pintadas, mujeres con exceso de carmín en los labios, mugre en las calles, y todo ello a escasos metros de joyerías de alto nivel; en definitiva, en el lugar donde el ayuntamiento levanta la alfombra para ocultar su escoria.
En la escuela fui un niño tímido a quien todos dejaban de lado o simplemente ignoraban, y cuya opinión, aunque la manifestara en pocas ocasiones, nunca fue tenida en cuenta, o bien se recibía con un coro de risotadas. Me gustaba pensar que era un conservacionista, término un poco rebuscado, pero que valía tanto para definir un sentido de vida respecto a la naturaleza, como de una actitud ante la existencia. En nada coincidía esta denominación con la que los muchachos utilizaban para nombrarme: ‘el raro’; claro que ésta podría derivar por extensión en cualquier otra palabra fuera de las no más de doscientas con que mis compañeros solían comunicarse.
Cada vez que el profesor utilizaba una palabra fuera de su círculo, las bromas hirientes del resto de la clase hacían diana en mi mirada caída, fija en las baldosas de terrazo; así ornitorrinco, marsupial, iconoclasta o protozoo llegaron a ser motes por un día o una temporada.
Medité mucho sobre ello en la celda de dos por dos, en la biblioteca de la prisión o en el comedor, día a día, a los que siguieron largas noches de reflexión. Analicé mi comportamiento hasta donde la memoria me alcanzó, y a pesar de no estar muy seguro, llegué a una conclusión: la culpa era de las mujeres. Esos seres del diablo que eran capaces de sostener una cosa y la contraria con los mismos argumentos. Esos seres que con una mirada podían seducirme, con una palabra o con un sutil e imperceptible gesto de su rostro.
Si algo le atraía de ellas era el misterio que las rodeaba. El quería saber, conocer, pero su forma de ser y su entorno le obligaban a salir de su círculo y a transformar su personalidad en algo que no era. Podía percibir la orgía de endorfinas en su sangre cuando, desde la ventana de la pensión, ‘La Divina’, contemplaba a las chicas con los pantalones ajustados, las faldas de vértigo y los zapatos de tacón.  Aquellas estilizadas figuras y las alturas inverosímiles le hacían trasladarse a un mundo imaginario, en el que él era el único regulador legislativo y moral ante quien todas ellas estaban avocadas a sucumbir.
Me acercaba a ellas para observarlas mejor, para entablar una conversación banal, pero la respuesta era siempre la misma: “lárgate niño, estoy trabajando”. Lo decían con un acento extraño para mí, en un tono de abandono, como si en él la derrota fuera el principal ingrediente. La mayoría parecían haber admitido el fracaso y estaban resignadas a su suerte; pero Mila no, era diferente. Nunca pensó renunciar y en el momento en que me acerqué a ella, vi algo diferente en su rostro. Más tarde comprendí que al conocerme supo que yo sería el instrumento de su liberación.
Con el tiempo, aquellas ensoñaciones desaparecieron, y su lugar fue ocupado por otras preocupaciones algo más acordes con un joven de su edad. Y ahí es donde entró ella en su vida. Mila, de venerado nombre y recuerdo; repetía en silencio su nombre constantemente por si, al pronunciarlo, se produjera un aquelarre que la convocara y pudiera estar de nuevo con aquella mujer, que le mostró la delgada línea, a veces tan difusa, que separa el odio del amor. Amor con mayúsculas y odio con sangre.
Si uno no tiene éxito en la vida y en ocasiones el destino le favorece se aferra a éste como el único puente que le va a permitir cruzar el abismo que le desafía. Más tarde, de una manera más pausada y concienzuda, lo analizó en la cárcel, pero estaba seguro. La causa de que su vida no fuera gris y oscura, como una escalera sin luz, fue ella y su irrupción en su vida. También ella le empujó a cruzar la línea y a traspasar la frontera que separaba su anodina vida de los acontecimientos que terminaron con él en una pensión del estado con estrictos horarios y movimientos restringidos.
Hay sueños que no son reparadores y pesadillas que son esclarecedoras. Cada noche soñaba con un hacha cercenaba miembros y cabezas de los que manaba tanta sangre que no podía escapar y me ahogaba en ella. Supe entonces que ése era mi destino y me puse manos a la obra para estar preparado cuando llegase el momento. Empecé por el guionista del mísero programa que relató mi vida hasta entonces. Necesitaba transgredir los límites para que ella me aceptara, para que me tomara en serio, para que comprendiera lo que era capaz de hacer, tanto si ella me lo pedía, o si atisbaba cuáles eran sus deseos. Tenía que demostrarle que yo era igual que un león quea pesar de su pasividad en la mayor parte del día, podía ser temido y respetado sólo con mostrar sus fauces.
Estaba decidido a tenerla. Era ella, la había observado tantas veces desde la ventana que sus modales altaneros me habían llamado la atención. Tenía que ser mía en aquel momento. Me lancé a la calle para abordarla y tenerla. No me habría importado pagar, lo habría hecho con sumo agrado, lo que fuera, pero leyó algo en mis ojos e hizo una inversión de futuro. Consintió en subir a mi pensión, aunque en realidad fue ella quien me incitó a ofrecérsela y evitar la fonda donde tenía sólo el mobiliario necesario para su negocio. No voy a ser ahora prolijo en detalles, sólo les diré que en aquella ocasión me enseñó mucho más de lo que nunca soñé aprender. Aquella era una apuesta a largo plazo y reconozco que acertó. Por repetir, por sentir su cuerpo joven y lo que su boca y sus manos libaron de mí, habría sido capaz de representar para ella cualquiera de mis pesadillas. Y Mila, sagaz, inteligente y calculadora, estaba segura de que, con pequeñas dosis de lo entregado aquella tarde, sería un pelele en sus manos. Nunca imagine que mi vida sería igual que la del rey de la sabana, sangre a cambio de sexo.
Mi primer trabajo fue como un sueño. Ddiría que fue un verdadero bautismo de sangre. Tomé como modelo un truculento caso que leí en los diarios. Un cuerpo abandonado en un jardín de una zona bien de la ciudad, unas cruentas mutilaciones, manos amputadas y dientes arrancados. Un difícil caso resuelto por ustedes, inspectores Villar y Silva. Como ya saben, así fue nuestro primer encuentro aunque no definitivo. Ahora estoy fuera y pienso recordárselo tanto como me sea posible.
Después de dar cuenta de ese mísero guionista, estaba entregado a mi musa; ella me inspiraba y sabía cuáles eran mis deseos y necesidades. En nuestros frecuentes encuentros, siempre a espalda de su chulo, me susurraba al oído que deseaba ser libre, que deseaba serlo sólo para mí, y no tardó en sugerirme que hiciera nuevas prácticas de anatomía con su  proxeneta. Me prometió la cara oculta de la luna y la creí. Quería creerla, necesitaba tenerla, y cualquier cosa que ella hiciera o dijera sería una orden para mí. No tuve ninguna piedad, la misma que él con ella y, por si tuviera mala memoria, me encargué de recordarle y centuplicarle el dolor que le había ocasionado a Mila.
El caso es que apenas pude disfrutar de mi leona; sólo unos días después encontraron restos de sangre y un dedo índice -me gustaba guardar como recuerdo de mis víctimas en la pensión. Desde ese día, me encuentro realmente preocupado por Mila. No he vuelto a saber nada de ella. Cuánto tiempo he pasado en mi celda pensando dónde estará, qué le habrá pasado a mi reina felina para que no haya podido escribirme, ni visitarme, acercarse para un bis a bis, pero sobre todo, me pregunto cómo la policía supo qué tenía que buscar en mi pensión.
Ahora que estoy fuera voy a encontrarla. Ustedes harían lo mismo si la hubieran conocido. Esa es mi misión en la vida, eso y recordarles, inspectores, mi existencia. No lo duden. Nos encontraremos pronto, muy pronto. He imaginado muchas veces cómo será nuestro reencuentro. Cómo podría prolongar su sufrimiento; y después de mucho tiempo en la celda, llegué a comprender que manteniéndoles con vida, nada les torturará más que el dolor infligido a sus seres queridos y que, cuánto más cercana y cruel sea su muerte, más dura y profunda será su angustia. Y el momento ha llegado. Pueden observar las fotografías que adjunto y además, en breve, recibirán dos frascos de formol. Su sufrimiento no ha hecho más que comenzar.
Por Luis Castilla

miércoles, 27 de febrero de 2013

La tía Olvido

 —Venga Olvi, déjalo todo y arréglate. Ya saco yo los platos del lavavajillas, que vais a llegar tarde —indicó gracioso Paco, mientras hacía gestos con las manos a su cuñada para que saliera de la cocina—. Besadle la mano al cura de mi parte. ¡Ah! Y cuidado con los vermús que os toméis a la salida.

La misa de doce, con su posterior aperitivo, era para Olvido el mejor momento de la semana; de las del pueblo, una de las pocas costumbres que conservaba.

Asistía con su hermana María Antonia y con su sobrino, juntándose a la salida con varias madres y algún padre del colegio de Paquito. Algunas veces, pocas, se les unía Paco. Después, pasaban un rato en algún bar del barrio. Las dos hermanas tomaban vermú y, si repetían ronda, producía en ellas gran algarada, descubriendo el genuino acento que normalmente procuraban disimular. De vuelta a casa, recogían del asador la comida que previamente habían encargado para no cocinar ese día.

Toñi, como todo el mundo la conocía, era dos años mayor que Olvido. Poseían una dispar personalidad. La primera, aunque con innegable parecido, era más agraciada físicamente que su hermana, o quizás sabía sacarle más partido. Había sido muy fantasiosa y poco aplicada. Siempre había un chico rondándola. A ello contribuía su zalamería y su gracia. Olvido, por lo contrario, más apocada y poco atendida por el sexo opuesto, se había cobijado en los estudios y en las labores domésticas, ayudando a su madre, sobre todo en la cocina, donde se mostraba desenvuelta. Más constante que inteligente, su propósito era buscar un trabajo que le permitiera  estudiar la carrera de Historia y, después, un hombre con el que fundar una familia.

Vivieron la adolescencia con desigual dicha. Toñi, al contrario que Olvido, aún a costa de repetir algún curso, disfrutaba de la amistad y de los chicos. Algunas veces, sobre todo cuando insistían sus padres, se llevaba a su hermana pequeña, aunque ninguna de las dos se encontraba demasiado a gusto. Pero, a pesar de sus diferencias, la relación entre ellas era buena, profesándose un gran cariño, especialmente de puertas para adentro.

Al cumplir los diecisiete años, Toñi abandonó el colegio y consiguió trabajo en un supermercado de la capital, por lo que se trasladó a casa de una prima de su padre que vivía en el madrileño barrio de Fuencarral.

Olvido continúo con su anodina vida. Avanzaba en sus estudios, esperando terminar el bachillerato y plantearse su existencia fuera del pueblo. La marcha de su hermana la había entristecido aún más y la casa había perdido gran parte de su alegría. Ansiaba la llegada del verano o de los pocos días libres que permitían a Toñi regresar a su hogar.
Pero las visitas de su hermana se espaciaban cada vez más. Había conocido a Paco, con el que mantenía un estable noviazgo.

Éste, varios años mayor que Toñi, era un hombre simpático y ocurrente; trabajaba como jefe administrativo en una empresa de servicios. Estaba esperando que le entregaran las llaves de un piso en uno de los nuevos distritos proyectados en las afueras de Madrid.

No obstante, ni su hermana ni Paco faltaron a la fiesta de graduación de Olvido, que había conseguido nota de sobra para matricularse en cualquier Facultad de Geografía e Historia.

Esto sucedió varios meses después de que la pareja contrajera matrimonio, una vez en posesión de su nuevo piso.

Aquel verano transcurrió feliz para todos, especialmente para Olvido. El mes de vacaciones de ambos cónyuges lo compartieron con su familia. Quince días en el pueblo, celebrando las fiestas patronales, y otros tantos en la costa onubense, la más cercana a su tierra. La buena posición laboral de Paco les permitió alquilar un apartamento en la playa para los cinco. Olvido no recordaba haber pasado tanto tiempo disfrutando con y de su hermana. Añadiendo a eso la presencia de sus padres, que nunca habían podido disponer de ese esparcimiento, y de la nueva adquisición de la familia, su cuñado. Aquellos días fueron inolvidables. Tan imborrables como los guisos que les esperaban a la vuelta de la playa. Todos pudieron comprobar sus buenas dotes culinarias. Como compensación, por las noches compartía estrellas con la pareja en la terraza de un hotel, donde, por primera vez, se atrevió con algún paso de baile y recibió la pícara mirada de algún veraneante.

Pasó el mes de agosto y todo volvió a la normalidad. La chica en el pueblo no se decidía por dónde continuar. Quería realizar su sueño de licenciarse, pero no resolvía en dónde hacerlo. El pueblo estaba a mitad de camino entre Sevilla y Salamanca. En Madrid, con su hermana recién casada, no creía que fuera lo más apropiado. En casa de su tía, cuyos hijos consideraba estúpidos, no le apetecía en absoluto.
La tarde del veinte de septiembre recibió una llamada de Toñi.

—Olvi —que es como familiarmente le llamaban—, Paco ha presentado parte de la documentación para que te matricules en la Facultad de Geografía e Historia. Sólo falta que entregues tú los papeles que restan. Hemos decidido que te vengas a casa mientras vas a la universidad. El plazo acaba en una semana. Haz la maleta y coge el autobús. Nosotros te recogemos en la estación.

Olvido prometió contestarla al día siguiente. Tenía que pensarlo. Transcurrida esa noche sin dormir, y animada por sus padres, decidió que marcharía a la capital, a vivir en casa de su hermana.

Comenzó el curso y la chica aprendió a duras penas a moverse por Madrid. Tenía que atravesar la ciudad hasta el lado opuesto. Acostumbrada a la tranquilidad del pueblo, la capital se le desmesuraba. Todo ello contribuía a un mediocre rendimiento académico.

Poco a poco se fue acostumbrando a la rutina de la gran urbe y decidió que tenía que encontrar algún trabajo, aunque fuera a tiempo parcial, a fin de colaborar con los gastos de la casa. Consiguió un contrato para trabajar por las tardes en un supermercado de una cadena rival de la de Toñi.

Durante meses se mantuvieron todos muy atareados. Paco trabajaba desde muy temprano hasta media tarde, menos los viernes, que comía en casa. Toñi, mañana y tarde durante toda la semana, descansando en días salteados. Olvido, de lunes a viernes por la mañana en la facultad, por las tardes en el supermercado, excepto cuando libraba. Entre todos se repartían las tareas domésticas, aprovechando Olvido las mañanas de los fines de semana para preparar las comidas de los siguientes días.

Confiaba Olvido en conocer algún chico que consiguiera darle lo mismo que Paco le ofrecía a su hermana. En la facultad sobraban hombres, pero nadie, de los que ella consideraba idóneos, se interesaba por ella. Pensaba que podría ser por su carácter pacato o por el poso pueblerino que destilaba.

Mediaba el tercer curso cuando Toñi quedó embarazada. Enseguida surgieron complicaciones que la obligaron a permanecer en reposo absoluto. Olvido, que había acrecentado el apego a su hermana, se ofreció para cuidarla. Pactó con la empresa la suspensión temporal de su contrato. A pesar del dificultoso curso, consiguió aprobar en junio.

Fue la sombra de Toñi hasta que, en noviembre, nació Paquito, un hermoso sobrino, al que consideraba casi como hijo suyo, aunque sólo fuera por todo lo que había cuidado de él y de su madre durante el embarazo.

Los cuatro meses que siguieron al parto fueron extraordinarios para Olvido, que compartió minuto a minuto con su hermana y el bebé, convirtiéndose en la culpable de que todo en el hogar engranara correctamente, a costa de arrinconar el curso.

Se acercaba la primavera y el desconsuelo planeaba sobre ellos, pensando en la reincorporación de Toñi y en la vuelta de Olvido al trabajo y a la universidad.

Después de algún llanto conjunto, convinieron que la tía se quedara en casa cuidando de Paquito. Renunciando a las vacaciones, consiguió acabar cuarto en septiembre y se hizo definitivamente jefa de la casa, aunque sin empleados. Abandonó temporalmente la carrera, pensando que ese curso  que le quedaba no tardaría en realizarlo.

Quitando la compra semanal, que normalmente hacía Paco, y alguna ayuda aislada que recibía de su hermana, la carga de la casa la llevaba Olvido. Se ocupaba de la limpieza, del lavado, de la plancha, de Paquito y el colegio y, como no podía ser de otra manera, de la comida. También procuraba abastecerlos de la infusión idónea según la ocasión, disciplina que cada vez manejaba con mayor maestría. Su escasa vida social se reducía a poco más que la misa y al aperitivo de los domingos.

La buena relación entre tía y sobrino era incuestionable. El niño congeniaba con ella mejor que con ningún otro miembro de la familia. Por contra, Toñi y Paco empezaban a mostrar ciertos síntomas de distanciamiento. Olvido no podía entender por qué a veces discutían por tan poca cosa, sobre todo cuando el niño estaba delante.

Paquito crecía y su tía estaba cada vez más inmersa en sus labores. Quitando las vacaciones, las misas, su afición a las hierbas y, por supuesto, su sobrino, su vida transcurría sin aliciente.  Ya casi había olvidado que le quedaba un curso para acabar la carrera de Historia. No se atrevía a abandonar la casa de su hermana y dejar a su sobrino. El volver al pueblo y empezar de nuevo le producía escalofríos. En cuanto a la oportunidad de buscar pareja y formar una familia, esa esperanza iba disipándose como la espuma que queda en el lavabo tras un afeitado.

A pesar de la servidumbre que asumía sin oposición, su devoción por Paquito se acrecentaba día a día. Le llevaba y recogía del colegio, le preparaba la comida con tanto mimo que, hasta lo que ningún niño quería, a él le parecía sabroso. Por la tarde, otra vez ida y vuelta. Le gustaba mucho que su tía Olvido le contara historias de la colonización de Norteamérica, su tema predilecto. Le hablaba de los viajes de Hernán Cortes, de Francisco de Ulloa, de los británicos Drake y Cook y, sobre todo, del franciscano Fray Junípero Serra, sin duda, su personaje preferido.

Las responsabilidades de Paco y Toñi en sus respectivos trabajos habían crecido en los últimos meses. Él se había convertido en director de área y a ella le hicieron encargada de supermercado. Eso se tradujo en una plena dedicación a sus nuevas labores. El menor tiempo que pasaban en casa no sólo propiciaba más distanciamiento entre la pareja, sino también respecto a la tía y al niño. Parecía más que éstos fueran madre e hijo.

Tanto le había hablado Olvido al niño de las aventuras de Fray Junípero, que cuando se acercaban a la barriada de San Diego, cerca de su domicilio, decían que iban a California.
Allí mismo, un día que fueron a comprar unos zapatos a Paquito, aprovecharon para hacerse unas fotos de carné en el laboratorio de una pareja coreana. Le dijo al niño que se las habían pedido en la iglesia, para la catequesis.

En los últimos días, durante las clases matutinas de su sobrino, Olvido había estado ocupada arreglando papeles en distintos lugares de Madrid. También estuvo sopesando la posibilidad de conseguir algún trabajo que le permitiera sobrevivir fuera de casa.

Una mañana, Olvido se maquilló bastante más de lo que solía hacerlo. Lo hizo al estilo de Toñi. Al terminar de arreglarse, reparó en que se parecían mucho más de lo que pensaba. Comprobó que perfectamente pasaría por ella. Es más, dedujo que podría resultar hasta más guapa. Recogió al niño un poco antes de lo habitual y,  cumpliendo con la cita prevista, se presentó en comisaría, con toda la documentación necesaria y con el DNI de su hermana, que con sigilo le había sustraído la noche anterior.

—Paquito, ¿te gustaría conocer la auténtica California?
—¿Donde estuvo Fray Junípero enseñando a los indios? —preguntó el niño.
—Sí. San Diego, San Francisco, Los Ángeles…
—Claro, tía, me gustaría mucho.
—Pues voy a hacer lo posible, pero, por ahora, tiene que ser un secreto entre tú y yo. No podemos decir nada a tus padres.

Marcharon los dos a casa con una sonrisa dibujada en el rostro. Paquito, cada cierta distancia, daba saltitos juntando los pies en el aire. A veces, tenía que sujetarle su tía para que no se cayera.

Pasados unos días, con mucho tacto para que nadie se percatara de su propósito, Olvido fue preparando la ropa necesaria, casi la justa, para ultimar el equipaje el mismo día del viaje. Dispuso dinero en efectivo y comprobó el saldo que tenía en la nueva cuenta unipersonal que contrató. En ella ingresó todo lo que había ahorrado estos últimos años, de lo que, de una forma parecida a una asignación adolescente, le había ido entregando puntualmente su hermana. Lo había reintegrado, poco a poco, de su antigua cartilla, de la que Toñi era cotitular, y que, aunque no solía controlarlo, podría detectar movimientos sospechosos.

Esa mañana de miércoles del mes de abril, Paquito, con su mochila, y su tía, con otra más grande, en vez de dirigirse al colegio, tomaron un taxi hacia la Estación de Atocha. A las 9:30 les esperaba un tren de alta velocidad con destino Barcelona. A las 14:05 salía un avión para Londres. Y a las 19:30 cogieron un vuelo con dirección a Los Ángeles. Olvido había procurado no dejar huella en Barajas, por despistar y ganar el tiempo necesario para llegar sin  problemas a la ciudad americana.

Querida hermana:
Nunca pensé que reuniría la suficiente valentía para  tomar esta determinación, que a ti te parecerá una locura. Lo he pensado durante largo tiempo y he decidido que era lo mejor. Con vuestras responsabilidades laborales, Paco y tú estáis de sobra ocupados. Quizás allí también estéis satisfechos afectivamente.
Créeme que si no estuviera segura de que conmigo Paquito iba a tener cubiertas todas sus necesidades, nunca nos hubiéramos movido de casa. Él es lo que más quiero y creo que yo soy para él la persona más importante. Llevamos años compartiéndolo todo. Hace tiempo que tuve que renunciar a encontrar un marido y a tener mis propios hijos, pero el niño llena con creces ese vacío.

Explícales todo a nuestros padres, a los que quiero muchísimo, y da recuerdos a nuestros amigos. Echaré de menos la misa de doce y nuestros vermús de después.

Supongo que hablaréis con la policía y también con el colegio. Tarde o temprano, supongo, nos localizarán. Si no fuera así, me pondré en contacto contigo más adelante. No temáis por nosotros. Ya tengo apalabrado un trabajo que nos permitirá vivir dignamente.

Un beso muy grande de quien os quiere mucho.

Olvi.

P.D. En el frigorífico he dejado una jarra con una infusión de tila,  pasiflora y amapola de California. Seguro que os vendrá bien.

Por Vicente Briñas