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martes, 29 de abril de 2014

El abrazo de Morfeo

Subió al vagón número ocho, dejó su bolso de viaje en la parte superior y se acomodó en su asiento, el  siete A, ventanilla. Le había tocado una de esas butacas que van enfrentadas dos a dos. Hubiese preferido las otras, pero, con un poco de suerte, no vendría nadie más.

Daniel estaba deseando ponerse cómodo, repantigarse y, así, poder dormir durante todo el viaje. La juerga de la noche anterior había durado hasta la mañana y, después de dos cafés, había venido directamente a la estación de trenes. Con las gafas oscuras y la música de su iphone tendría suficiente para aislarse. Se puso los auriculares.

Mientras se acomodaba, se sentó a su lado un hombre, que consideró mayor, tal vez maduro. A sus veinticuatro años, llamaba mayor a quien pasase de los cuarenta y cinco. Tras responder a los “buenos días”, reclinó el respaldo y se estiró cuanto pudo.

A los pocos minutos estaba deslizándose por el tobogán que lo conduciría al sueño, cuando, de pronto, un empujón a sus pies y una voz lo devolvieron a la realidad.

—Me permite, por favor.

No fueron las palabras, sino el modo como salieron de la boca: el tono bajo, profundo, pronunciadas con lentitud, arrastrando cada palabra, con indolencia.

Desprevenido, encogió, mecánicamente, las piernas. Abrió los ojos y vio a la mujer. “Gracias”, dijo, y se sentó frente a él. Entre la somnolencia y la sorpresa, no contestó.

La observó. Tendría más de treinta, seguro. Algo rellenita (no le gustaban las escuálidas), vestía una blusa blanca ceñida y pantalones. La blusa, abotonada adelante, tenía una puntilla en todo el borde. Este adorno intentaba ocultar sus encantos, lo que fue un acicate para su curiosidad.

Al ponerse de pie, para colocar una bolsa en el maletero de arriba, pudo contemplar sus hermosas caderas, su cintura fina, que hacían destacar los pechos redondeados y generosos. Cuando volvió a sentarse, notó que se le había desabrochado otro botón de la blusa. Este afortunado accidente, dejaba ver el dulce valle entre los montículos. 

Tan absorto estaba Daniel en la contemplación, que no fue capaz de contestarle nada. “¡Benditas gafas oscuras que no delatan mi golosa mirada!”. 

Al fin habló.

— ¿Le molestan mis piernas así? - y las estiró recostándolas a la pared del tren.
— Así está bien, gracias. 

“¡Dios, esa voz! Me encanta. Es pastosa, algo ronca, pero llena de matices prometedores”.

Deleitándose con cada centímetro de su escote, se durmió. Y soñó.

Iba escalando una montaña enorme. Lo extraño es que era blanca y suave. Le costaba avanzar pues a cada rato resbalaba y volvía al punto de partida. Al fin pudo llegar a una zona donde una vegetación exuberante, le permitió descansar. El lugar exhalaba un aroma intenso, muy agradable, que le resultaba familiar. Después de reposar un buen rato, recostado sobre la hierba, continuó el ascenso. 

Le esperaba realizar un gran esfuerzo porque había dos elevados picos, que eran su meta. Decidió ir hasta el valle que separaba los montes. Desde allí, con mucho esfuerzo comenzó el ascenso. Era tan liso el terreno que no tenía dónde asirse. Pero ese subir un poco y caerse continuamente, no le  molestaba. Al contrario, disfrutaba con ello porque le producía una sensación de placer en todo el cuerpo.

No controlaba el tiempo transcurrido; al fin hizo cumbre. Le llamó la atención la forma oscura de una pequeña meseta, redondeada en su cima. Se encaramó a ella y allí se tendió para descansar, recostando su cara a esa superficie. Olía muy bien. Su forma y su color le recordaban un gran pastel de navidad; así que le dieron ganas de lamerlo.

—¡Mmmmm! ¡Ah! ¡Mmmmm!

—Muchacho, hemos llegado. Despierta. –Lo sacudió suavemente el viajero que iba a su lado.
Daniel, sobresaltado y tragando toda la saliva que le llenaba la boca, miró a su alrededor.  Agradeció al hombre con un leve movimiento de cabeza.

Buscó con la mirada a su vecina de enfrente, que ya había llegado a la puerta del vagón. Se quitó los auriculares, cogió el jersey que reposaba sobre sus piernas, con intención de ponérselo. Pero al levantarlo, rápidamente decidió volver a dejarlo donde estaba. Esperaría a que se bajaran todos. 

A través del cristal de la ventanilla observó cómo se alejaba la mujer de la blusa blanca con encaje. Ver su movimiento de caderas no le ayudaba en nada, lo alteró más aún. De pronto, ella giró la cabeza y lo miró. Una sonrisa, que no supo descifrar, tal vez burlona, distendió sus labios.

Por Elsa Velasco

jueves, 24 de abril de 2014

¡Ay, los padres!

—Cuando nací, mis padres ya no se querían -me dijo Marta, con voz entrecortada. El descubrimiento le había afectado mucho. 

Ella sabía que yo vivía solo con mi madre. Pero nunca hablamos del asunto. Le había dicho que estaba divorciada y nada más. “¡Si yo te contara, Marta!”, pensé. 

Mi padre se fue cuando mi madre estaba embarazada de mí; yo era un embrión de cinco meses. “¿Te parece que se querían entonces?”, me dieron ganas de decirle a mi amiga.

Claro, lo supe cuando empecé a observar que mis primos tenían mamá y papá; también mis amiguitos del parque. También llamaba a todos papá. Tal vez creía que a los hombres se les decía así. Cuando las niñas me corrigieron algo mosqueadas: “no es tu papá, es el mío”, empecé a preguntar: “¿Y el mío, cuál es?” Tal vez pensaba que estaba en otro rincón del parque. Pero no.

Ahí vino la explicación por parte de mi madre. No lo entendí hasta unos años más tarde y no me gustó nada esa situación. Una vez ella preguntó si quería conocer a mi papá. Parece que levanté los hombros mirándola sin entender. No lo recuerdo porque aún era pequeña.

Me ha dicho mi abuela que un día él vino a buscarme a casa, pero no entró; me recogió en la puerta y salimos. Me trajo regalos. Estuvo viniendo una vez al mes, y paseábamos por el parque y a merendar. A veces, al zoo. Un día -tendría yo seis o siete años- fue a recogerme a la salida del colegio. Mi señorita lo saludó y habló con él. Todos mis compañeros me preguntaban “¿es tu papá?”. Me pegué a él y asentí con la cabeza. Me sentí orgullosa de ese hombre alto y guapo que me cogía de la mano. Es el recuerdo más bonito que guardo en relación a mi padre.

Luego vinieron las vacaciones compartidas, la mitad con mi madre y la otra con él, en su casa de Jávea. Allí vivía. Al principio me iba contenta. La verdad es que me daba todos los caprichos. Pocas veces me reñía. Pero, con el tiempo, me costaba cambiar de casa: o no quería ir, o no quería volver. Hasta que mi padre dejó de venir a buscarme. Nos veíamos una o dos veces al año, y luego ni eso. A mí no me importó mucho. Tampoco eran buenos los comentarios que escuchaba en casa sobre él. 

El año pasado, cuando tenía 14 años, mi madre lo llamó para hablarle de mí: “que no podía conmigo, que él asumiera su parte de responsabilidad, que si seguía así me pondría interna en un colegio, bla, bla, bla.” Todo este follón porque mi habitación no está como quiere ella, sino como me resulta más cómodo a mí: ropa, zapatos, mochilas, todo a la vista. Así no tengo que andar buscando; mis cosas están ahí, al alcance de la mano. Para ella es un desorden, un caos. También nos peleamos porque cuando los domingos recojo la cocina no lo hago inmediatamente, cuando se le antoja a ella, también por mis vaqueros rotos, por la pintura de mis ojos… 

Mi padre vino y los dos hablaron mucho; acordaron que, en quince días, cuando acabaran las clases, me iría con él por dos meses. Todo esto sin consultarme. No tuve más remedio que ir, no podía enfrentarme a los dos juntos. Una vez allí, mi padre no paró de darme la brasa con sus charlas y consejos. ¡Qué rollo los padres y las madres! ¡No entienden a sus hijos!

Ahora mi padre viene a menudo, desde lo del año pasado. Hablan mucho los dos. A veces salen, para que no me entere. Noto que han cambiado. Antes se decían lo justo y estaban muy serios; ahora tienen buena onda, charlan bastante y se ríen. La semana que viene cumplo los quince y me han dicho que me tienen una sorpresa.

—¿Me escuchas, Natalia? -dice Marta interrumpiendo mis pensamientos. Te estoy contando lo que me tiene tan mal y no me dices nada. Que mis padres guardan las apariencias, pero que no se quieren. Cuando nací ya no se querían. 

Miro a mi amiga, tan desesperada, e intento animarla.

—No sufras, Marta; los mayores son así. No hay quien los entienda: se quieren con locura, dejan de quererse y en cualquier momento están otra vez como novios. Para que veas que digo la verdad, mi padre ha vuelto después de quince años y, a partir de la semana que viene, vuelven a vivir juntos. 

Por Elsa Velasco

sábado, 19 de abril de 2014

El hombre de Roma

Volvía a Madrid desde Roma. En la puerta de embarque se puso delante de mí, en la cola, un hombre que venía por primera vez a España. Según dijo era romano. Alto, elegante y muy expresivo.

Al subir al avión, la azafata lo guió hasta su asiento, mejor dicho, sus asientos, porque había pagado tres, toda su fila. Aunque viajaba solo. 

Se sentó en la butaca que daba al pasillo y miró a su alrededor. Observó los folletos que había en el bolsillo colocado en el respaldo del asiento delantero. Hojeó y estuvo leyendo el de las instrucciones que suelen proporcionar en todos los aviones. Metió la mano debajo de su asiento, agachó la cabeza intentando ver lo que había. Salió al pasillo, pero la azafata le pidió amablemente que se sentase porque interrumpía el paso de los pasajeros que seguían subiendo.

Volvió a sentarse pero inmediatamente se irguió quedando medio de pie, en el espacio entre dos butacas, con una rodilla en el apoya-brazos. 

Algunas personas de los asientos próximos  susurraban entre sí, observando  al hombre que no paraba ni un instante de moverse.

—Oiga, ¿dónde está el chaleco salvavidas?- Se dirigía a la azafata.
—Siéntese señor, que cuando suban todos y estén sentados, les daremos la información completa.
—¡Es que no lo veo donde dicen que debe estar! –Su tono de voz era alto. 

Se le acercó un azafato y le habló en voz muy baja; supongo que intentaba tranquilizarlo. El hombre se sentó pero continuó protestando. Los pasajeros de alrededor iban perdiendo la tranquilidad; se les notaba en la actitud y en sus miradas.  

Una vez acomodados todos los viajeros, guardados sus equipajes de mano en los compartimentos correspondientes, y cerrados estos, todos los auxiliares de vuelo se ubicaron en sus puestos. Se oyó la voz del comandante dando la orden de “cierre de puertas”. 

En ese instante se levantó el hombre de Roma:

—No chiudere la porta! Mi manca l’area!- se dirigió a la entrada. 

Rápidamente lo interceptaron dos azafatas. 

—No sieren, non posso respirar! Mi sento sofocare!

Los demás nos quedamos boquiabiertos. Por un momento pensé que estaban filmando una película de Hollywood, de esas que nos tienen acostumbrados. Pero no.

Al escuchar los gritos, había salido de la cabina uno de los pilotos.

Los miembros de la tripulación le hablaban, e intentaban convencerlo de que se pusiese la mascarilla para aliviar la sensación de falta de aire.

—Mi manca l’area! –Forcejeaba. ¡Quiero bajarme!

Ya habían retirado la escalerilla y se iba a proceder al cierre de puertas; el hombre se iba poniendo cada vez más nervioso. Ya no podían con él los dos azafatos. Vino en su ayuda un pasajero que iba en las primeras filas: un joven muy alto y robusto. Entre todos lo sujetaron, en tanto le decía una auxiliar que ya habían retirado la escalera y que no podía bajarse, que se tranquilizara.

El miedo del viajero fue en aumento, ya era una crisis de pánico incontrolable.

—Mi sento sofocare! ¡Quiero bajarme, quiero bajarme!- clamaba con los ojos desorbitados.

Todo fue inútil. El hombre de Roma estaba fuera de sí. 

Entonces el comandante dio la orden de que volvieran a traer la escalerilla.

Los pasajeros que nos habíamos puesto de pie para ver lo que sucedía, nos volvimos a sentar. Un pesado silencio recorrió todo el espacio. Algunos pasajeros se removían en sus asientos y se desabrochaban los cinturones.

Cuando estuvo colocada la escalera, el hombre se bajó rápidamente y salió corriendo por la pista.  

Por Elsa Velasco

martes, 15 de abril de 2014

Impecable

—¡Impecable!, dice su madre, con orgullo.

Hoy es un día importante para Gabriela. Tiene muchas posibilidades de conseguir su primer trabajo fijo, como recepcionista de un hotel. Ya superó la primera prueba en una agencia, donde la sometieron a varios exámenes teóricos y prácticos. Fue seleccionada, junto a otras tres chicas.

Cumple de sobra con los requisitos: buena presencia, dominio de dos idiomas, bachiller, menos de 25 años.

Ahora llega la entrevista con el gerente del hotel, quien tiene que decidir cuál de las cuatro es la mejor.

La cita es a las 10: 30 horas. Se levanta a las ocho para prepararse con tranquilidad. Ha calculado media hora de trayecto.

Aunque ya tiene apartada desde la noche anterior la ropa que se pondría, saca del ropero otras prendas. Se las prueba, se mira al espejo, delante, detrás, se las quita. Así varias veces, durante un buen rato, hasta el momento del chillido de su madre “¡aún llegarás tarde!”. 

Se viste al fin con lo que tenía previsto. Se maquilla con discreción, destacando sus rasgos delicados. Le da un tono suave a los labios y cepilla a fondo su larga melena.

Por fin se pone medias finas y zapatos de tacón. Unos pendientes de oro, regalo de sus padres y… lista.

Se mira y remira al espejo, con lupa en los ojos. Se quita una pequeña mota en la falda. Pasa las manos alisándola, por si hubiese otra, invisible a su inspección. Coge el bolso y sale al pasillo.  Da una vuelta en redondo ante su madre.

—¡Impecable! - es el comentario. 

Sale con tiempo de sobra. Coge el autobús que la dejará a trescientos metros del hotel. Va sentada, muy erguida, pensando en la entrevista. Tiene la esperanza de que ésta sea la definitiva. ¡Ha pasado por tantas! 

Se baja del autobús y echa a andar con paso vivo, aunque aún faltan más de veinte minutos. Se sobresalta con el ruido de una moto que pasa raspando la acera y con el grito de “¡tía buena!”.

Sonríe y camina con paso más firme. 

Un poco más adelante observa que hay una obra, con andamios y obreros acarreando materiales. Tiene la tentación de cruzar de acera, por aquella fama de los albañiles con las mujeres que pasan por su lado. Pero desiste y sigue su camino. 
No falla. Cuando pasa por delante de la construcción, los que están en la acera detienen su trabajo y murmuran palabras de admiración; incluso aquellos que trabajan encaramados en el andamio. Gabriela continúa su camino sin mirarlos.  
De pronto, ¡zas! Cae un cubo a sus pies, rozando su ropa y salpicándola entera. Se oyen varias exclamaciones y su grito sobre todas ellas. 
Es un balde con mezcla blanda de cemento. Sus lindos zapatos, sus medias, su ropa, hasta su cara, manchados sin remedio.
—¡No puede ser! ¡Mirad lo que habéis hecho! ¡Brutos, inútiles! – y se echa a llorar.
La rodean todos. Rápidamente aparecen bayetas, toallas, pañuelos; todos intentando limpiarla. Hasta los que estaban arriba han bajado y la rodean.
—¡Perdón, perdón! 
—No sé cómo pudo pasar, señorita.
—¿Cómo cayó, quién tenía el cubo?
Todos hablan, nadie contesta a la pregunta; están avergonzados. No saben qué hacer. Desde el fondo, se acerca el que parece ser el capataz.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué…?
El hombre ve a la muchacha y mirando a todos, vocifera:
—¡Quién hizo esto, coño!
Los que estaban arriba, en el andamio, se miran atribulados y balbucean posibles causas del desastre. El capataz masculla insultos, amenazas y los manda a sus puestos.
A continuación habla con la muchacha, le dice que llamará a su jefe para saber si el seguro cubre ese accidente. Entonces la chica le cuenta lo que significa para ella este percance.
—¿Cómo me voy a presentar así a la entrevista? Y si no voy tal vez pierda mi oportunidad. 
—La acerco hasta su casa para que se cambie. ¿Hay tiempo? –Gabriela niega con la cabeza, mirando al suelo, a sus pies, a sus piernas. 
—¿Qué puedo hacer por usted?
Tras un breve silencio, Gabriela levanta la cabeza con energía, los ojos brillantes, y pregunta:
—¿Puedo lavarme un poco en algún sitio?, recibiendo por respuesta un –Sí, sí, claro.
—¡Pues vamos allí! Otra cosa: usted me acompañará.

Cuando le toca el turno a Gabriela, el botones del hotel –aún con los ojos muy abiertos y una sonrisa burlona- los hace pasar a los dos. 
Cuando se abre la puerta del despacho del gerente, éste ve entrar a una alta y guapa muchacha, vestida con un mono de trabajo blanco y con tacones, acompañada por un hombre, aparentemente un obrero, con su mono azul algo manchado.

Por Elsa Velasco

sábado, 8 de marzo de 2014

El regalo

I

Cada semana se repite la misma historia.

Elena entra a la cafetería, escoge una mesa junto al ventanal y espera a su hermana. El lugar es tranquilo, suele haber gente variopinta y preparan un café riquísimo. No se puede pedir más.

Mientras espera a Sofía observa a las personas que la rodean. Parejas que acarician y se comunican con sus teléfonos, separadas entre sí por un muro de silencio; chicos absortos y embobados ante una pequeña pantalla; funcionarios, en la barra, discutiendo sobre fútbol; y, más allá, el hombre que siempre está a estas horas y que la mira con insistencia. Ahora levanta su copa a modo de saludo. Ella esboza una sonrisa y baja la cabeza. Es alto y atractivo y… ¡qué mirada tiene el condenado! 

Entra Sofía con paso vivo y boca sonriente; se saludan y piden los cafés. 

Mientras lo van bebiendo, sorbo a sorbo, disfrutando su sabor y del aroma que las envuelve, Sofía va desgranando sus novedades. Han de ser muy diversas, porque pasan de la seriedad a la sonrisa e incluso a la carcajada. Para Elena es un gozo vivir estas tardes que considera las mejores de la semana. Su hermana, tan joven y  espontánea, es su polo opuesto.  

— Y tú, ¿qué me cuentas? Te noto rara.
Elena, entonces, saca una hoja de periódico de su bolso y pide otro café. 
— Traigo el anuncio de una cosa increíble que quiero comentar contigo. 
Lo dice con tono serio, grave. Sofía pone cara de extrañeza y lee.

LA ÚLTIMA REVOLUCIÓN EN TELEFONÍA MÓVIL PARA PERSONAS IMPORTANTES
LLEVE EL TELÉFONO EN SU PROPIO CUERPO. Teléfono móvil-chip: se introduce bajo la piel y está activo las 24 horas. 6 mm de largo y 2,5 mm de diámetro. Testado clínicamente, sin efectos nocivos para el organismo. Múltiples prestaciones, incorporando las tecnologías más sofisticadas para un resultado óptimo. Actualización permanente. Referencias de su alto rendimiento. ¡Y lo más importante!: funciona como dos teléfonos porque tiene dos números distintos.

— Empresa, teléfono, fax, correo electrónico. Entrega en 36 horas. ¿Eso existe? ¡Es increíble!  
— Mi jefe me ha dicho que conoce a gente que ya lo tiene. 
No le comenta a su hermana que algunos han dado problemas a las personas que lo portaban.
Hay un breve silencio. Sofía permanece con la boca abierta. 
— Elena, ¿no estarás pensando..?
— Sí. Creo que es el mejor regalo de Navidad que le puedo hacer a Ernesto. — “Que tal vez sea la última con él”, piensa.
Ernesto, su marido, directivo de una gran empresa, usa tres teléfonos móviles, además de los dos fijos de la casa.
— Tal vez este invento pueda sustituir todos los que lleva encima.
Su hermana calla; la observa con preocupación. Un punto de reproche en su mirada.
— Sofía, no podemos tener una conversación sin interrupciones, una cena tranquila, incluso en la cama…
Elena está harta de su vida conyugal; no ha tenido valor para tomar una decisión drástica, pero ya no puede más.
— No creí que llegara a ese extremo.  
Se miran en silencio; Sofía le acaricia la mano con ternura.
— También le tengo preparado otro regalo sorpresa para Reyes. Ya te lo diré en su  momento. 

II

Llega la fiesta, que suele organizar Ernesto, la noche de fin de año. Se convierte en el centro de la reunión. Encantado con su regalo, presume ante familiares y amigos.

— ¿No te molesta eso ahí metido? ¿No te altera el sueño? ¿Cómo lo oyes?— Son algunas de las muchas preguntas que contesta satisfecho.
— ¿Veis este pequeñísimo pendiente en mi oreja? Es el auricular. Y este anillo tan bonito es el control remoto, desde donde puedo pedir agenda, escoger contacto, marcar…

El corro de curiosos, reacciona de distintas maneras: algunos con incredulidad, otros con admiración, y no falta el envidioso.

El día de Reyes, cuando Elena le anuncia la separación, no reacciona (tal vez no se lo cree), ocupado como está en sus asuntos.

La marcha de su mujer, unos días después, lo trae a la realidad. No puede localizarla ni con su alta tecnología en comunicación.

III

Hace un mes que está solo. En este tiempo, le han caído encima muchas complicaciones y situaciones adversas. Una detrás de otra.

De pronto, algo ocurre con el “teléfono-chip” que empieza a generarle graves problemas: un fallo en el sistema hace que algunas llamadas suenen y suenen durante varios minutos sin parar. A cualquier hora. Y va en aumento. La última vez que vino el técnico le dijo que se lo cambiarían por otro. Eso fue hace una semana y no ha vuelto a dar señales de vida.

Ayer se ha enterado de que esa empresa de telefonía ha desaparecido, se ha esfumado.
Y ahí va el hombre de aquí para allá, sonando y sonando, buscando algún modo de que le saquen ese aparato infernal.

Por su parte, Elena, que se había marchado de su casa después de Reyes, se ha ido de viaje. Quiere tomar distancia de las emociones y de los conflictos recientemente sufridos. Una pausa, antes de enfrentarse al futuro para el que aún no tiene planes. 

Está recorriendo las islas griegas. En este momento, saborea un aromático café en una terraza acristalada frente al mar. La acompaña un hombre alto, atractivo y… ¡qué mirada tiene el condenado!    

Por Elsa Velasco

miércoles, 15 de mayo de 2013

Malena

Malena pasea su soledad por la Gran Vía de Madrid. Pasa frente a los escaparates casi sin verlos. De vez en cuando, se detiene y los mira. Nada le llama la atención.

Observa a una pareja madura y vivida —tal vez ya liberados de la competencia laboral— que viene de frente. Cogidos de la mano, se miran con una sonrisa que le brilla en los ojos. Con veinte años menos, siente envidia de ellos. ¿Sería capaz de una ilusión así? Cuando pasan a su lado, una oleada de esperanza la invade.

Se detiene frente a una librería y no puede contener una profunda inspiración seguida de un hondo suspiro. Desde la vidriera la contemplan los ojos de un hombre, en la carátula de un libro: “Viaje a la felicidad”. Sonríe con nostalgia.

Levanta la mirada al ver reflejada en el cristal una imagen que le resulta familiar. Se vuelve. Queda un momento viéndolo, respirando su aire. Al rato, molesto por aquel silencio, el hombre empieza a andar.

— ¿Vienes?—pregunta simplemente.

Caminan un trecho, codo con codo. Malena aún no se ha repuesto de la impresión.

— Te creía en Estocolmo.
El hombre la mira, oprime suavemente su brazo y la lleva hasta el banco vacío. Le sonríe con dulzura.

— No he podido olvidarte. Lamento el daño que te hice. —Posa su mano sobre la de Malena. — Tienes motivos para odiarme.

Iba a preguntarle por qué había venido, pero el caparazón con el que había cubierto sus sentimientos, le hace difícil expresarse.

— Eres una mujer maravillosa y tuve miedo de no estar a la altura. Fui un cobarde. ¿Podrás perdonarme?

Malena siente cómo la sangre late en sus sienes y, poco a poco, corre por todas las venas, dejando una sensación de calor en todo su cuerpo. Respira profundamente y tarda, todavía, unos minutos en hablar.

— No eres digno de mi odio. Simplemente no existes para mí.
Se pone de pie y se aleja sin mirar hacia atrás. Se siente serena, fuerte, viva.

Al llegar a casa se lo cuenta a su hermana, compañera incondicional y generosa, quien la escucha sin perder ni una palabra, ni un gesto. “Así que Roberto ha vuelto”, piensa preocupada.

Con su vocación protectora, al día siguiente llama a la hermana de Roberto.

— No, no ha venido… que yo sepa. Me había dicho que hasta navidades no podría viajar.
 
 Elsa Velasco

martes, 26 de febrero de 2013

El inquilino

Se ha marchado hoy. Sin la mínima oportunidad de que nos conociéramos mejor, sin escuchar lo que tenía que decirle. Desapareció, dejándome en la soledad más absoluta, el que fuera mi primer inquilino.

¿Por qué no consigo retener a nadie para compartir mi vida? Esto me angustia y es lo que más anhelo.

Todo empezó cuando me quedé solo en este piso tan grande para mí. Isabel se había marchado, después de varios meses de una convivencia difícil. Hacía dos años que vivíamos juntos. Durante el primero (bueno, para ser sincero, los primeros cinco meses) nuestra relación era muy satisfactoria en muchos aspectos, y puedo decir que fui feliz. No sé si ella también lo fue; nunca me lo dijo.

Esa felicidad se fue transformando y pasando a otros estadios emocionales a medida que nos íbamos conociendo. Como en la danza de los siete velos, cada uno que cae va descubriendo lo que hay debajo. En nuestro caso, con menos emoción y expectativas que en el baile. El último velo dejó al descubierto una Isabel muy diferente: ya no era la muñeca dulce y sumisa que había conocido. 

Se ponía a llorar cuando le decía que se quedase conmigo en casa, en lugar de irse con su amiga. Tal vez mis métodos de persuasión no le gustaban. Tengo un fuerte carácter. (Eso dijo mi madre cuando, con 12 años, tiré al gato por la ventana del ático, porque me había arañado.)

También lloró cuando no dejé entrar a su madre. Era una mujer manipuladora; le llenaba la cabeza de ideas poco convenientes.

Ni ella ni su madre me valoraban. ¿Dónde iba a estar tan protegida? En ningún lugar tendría todas las comodidades que disfrutaba en mi casa.

Un día me dijo que se marchaba.

—   ¿Por qué no lo hablamos antes, gatita? —le dije, abrazándola fuertemente —. ¿Quién te va a querer como yo? —le dije, mientras la llevaba a la cama.

Al día siguiente, cuando llegué de la oficina y no la encontré, no me sorprendí tanto. Pero la rabia de haber sido abandonado me sacó de quicio. Pegué patadas y puñetazos a las paredes y a las puertas hasta cansarme.

Luego recorrí todas las habitaciones. Se había llevado lo que era suyo; en realidad no era mucho. Creo que no me faltaba nada. 

Yo he estado siempre muy aferrado a mis pertenencias. Opino que el sentido de posesión sólo lo tienen los seres sensibles y fieles. Yo pertenezco a este grupo. Algo que no valoró Isabel.

Cuando comenté a mis compañeros del bufete de abogados que nos habíamos separado, no se sorprendieron.

Así, súbitamente, me encontré solo, y eso no me gustaba nada.

De modo que se me ocurrió alquilar una parte del piso, aprovechando que tiene dos puertas al exterior: una de ellas con el  rótulo “entrada de servicio”. Al pasar por esta última, se accede a una habitación grande y a un baño completo. Tiene comunicación con la cocina.

Decidido a arrendar esa especie de estudio, con derecho a cocinar, puse varios anuncios.

Antes, y para mantener la privacidad, coloqué llaves a las puertas que comunican la cocina con ambas viviendas.  

Después de tres entrevistas decepcionantes, convine una cita con otro interesado.

Cuando llamó a mi puerta y la abrí, me quedé unos segundos pasmado, observándolo. Su aspecto era… ¿cómo decirlo? ¿Estrafalario? Sí, eso me pareció.  

—   Hola. ¿Es usted el dueño del estudio que se alquila? Habíamos quedado a esta hora.

Su sonrisa a lo Gioconda y su mirada, clara y directa, me animaron a introducirlo al pasillo y de ahí a mi enorme salón-comedor-biblioteca.

Mientras andaba delante de mí y se acomodaba en una butaca, pude observarlo mejor. Lo veía pasado de moda, como de otra época. Llevaba puesto un pantalón a rayas, amplio y con gomas en los tobillos, una camisa azul desteñida, suelta y sin cuello. Calzaba sandalias franciscanas.  Su cabello lacio y rubio le tapaba las orejas. Eso sí, todo muy limpio. Olía a lavanda.  

Tendría unos años más que yo, tal vez treinta y seis o treinta y siete.

La expresión apacible de su rostro me inspiró confianza.

Interrumpió mi examen. 

—    ¿Vive con su familia?—dijo, mirando a su alrededor.

Su pregunta interrumpió mis pensamientos.

—   No. ¿Quiere ver la habitación?

Estuvo conforme con el pequeño apartamento amueblado y con las condiciones económicas. Se instaló al día siguiente, después de la firma del contrato.

Le pasé por escrito las  normas que debería seguir como  inquilino, que incluía el uso de la cocina. Las aceptó, aunque después comprobé que se las pasaba por el forro.

Ya al tercer día, tuve que llamarle la atención porque dejaba todo en cualquier lugar. No respetaba su espacio en la nevera. Y eso que se lo había dicho muy clarito. Hizo caso omiso de las prioridades que yo había establecido: primero cocinaría yo; luego él.

—   ¿No has visto la pasta y unos champiñones que tenía aquí?— Me preguntó un día, con voz suave y amable.
—   No. ¡A saber dónde los pusiste! (La noche anterior, estaba yo tan indignado, que los había tirado a la basura.)

Le gustaban las coliflores y, a pesar de que le dije que me molestaba su olor, siguió preparándolas. Incluso me invitó a probarlas, sin tener en cuenta mi asco. Un día que las estaba cocinando, le puse hojas de sen molidas, cuando se retiró un momento. Estuvo dos días sin aparecer.  

Otra vez le puse sal a la leche de soja que tenía en la nevera. Me disgustaba hasta su color.

Un domingo lo invité a comer porque me sentía solo; se disculpó porque iba al campo con unos colegas.

Una tarde le dije que viniese a cenar. Me habían traído dos chuletones de Segovia. Agradeció con una sonrisa (el muy cabrón).

—   Eres muy amable, pero soy vegetariano y me va muy bien. Por cometer un pequeño exceso, estuve tan mal de la digestión estos días pasados. No suele ocurrirme.

Encima me aconsejó: “Deberías comer menos carne.”

 Cada vez me irritaba más su actitud tan pacífica, tan modosita. Me daban ganas de darle un puñetazo en todo el morro, a vez si reaccionaba. Llegué a entrar a sus habitaciones, cuando salía, para hurgar en sus cosas y ver si lo podía joder en algo.

Ya harto de él (porque encima el tío no perdía la serenidad) decidí que era hora de darle una lección. Llamé a mi primo Ramón, que es un delincuente con suerte. Siempre anda metido en algún trapicheo de drogas, de contrabando… Alguna vez ha venido a pedirme ayuda. Así que ahora le tocaba a él.

Le conté que mi inquilino me tenía harto. “Le digo al Pocho que lo sacuda bien”, me soltó. Lo contuve y le expuse mi plan.

Cuando la policía intervino en una pelea entre el compinche de Ramón y mi arrendatario, le encontraron a éste más de 300 gramos de marihuana. Lo detuvieron y lo condenaron a un año de cárcel.

Aunque, en el comienzo, disfruté con la noticia, esta venganza no me dejó contento, como suponía. Tampoco me libraba de la angustia de estar solo, sin nadie que me comprendiese y apreciara mis cualidades: una persona ordenada, trabajadora, cariñosa y fiel.

Por eso, decidí visitar a mi inquilino a la cárcel. Le llevé comida vegetariana y le estuve preguntando sobre su vida allí. Lo estaba pasando muy mal, encerrado con rateros y camellos.

Volví a casa dando un paseo. Sentado en el banco de una plaza, estuve cavilando. “¿Me sentía mejor por lo que había hecho?” Claramente, no. Ese hombre podría haber sido un buen compañero para mis ratos libres. Tuve que reconocer que siempre fue correcto, y casi diría afectuoso conmigo.

Así que decidí pedir a mi socio del bufete, un abogado con mucha experiencia en asuntos de drogas, que se encargara del caso.

Consiguió que a los dos meses le dieran libertad bajo fianza y volvió a casa. No tenía palabras para agradecérnoslo.

Durante varios días compartimos la comida, él la suya, yo la mía. Incluso una vez accedí a probar uno de sus platos, por complacerlo. Le enseñé mi colección de discos y  escuchamos algunos; él trajo té de la India.

Estaba a gusto con su conversación. Percibí que era la primera vez que escuchaba a alguien con interés, con empatía. Estaba gratamente asombrado conmigo mismo.

Esta convivencia idílica, duró menos de un mes. Un viernes, a la vuelta de mi trabajo, encontré, sobre la mesa de la cocina, un gran cuenco lleno de hermosas y coloridas frutas. Con una sonrisa golpeé suavemente su puerta y nadie contestó.

Después de la ducha, en pijama, fui a prepararme algo de cena. Entonces lo llamé otra vez. Nada.

Antes de acostarme insistí y, ante el silencio, lo llamé por su nombre. No hubo respuesta. Entonces, preocupado, traje la llave y entré.

Lo que vi me dejó paralizado y casi sin respiración. 

En el sillón estaba el Pocho, atado; un trapo le tapaba fuertemente la boca babeante y los ojos inyectados en sangre, me miraban con pavor. Adherido a su camiseta un cartel rezaba. “Si quieres un buen porro de maría, pídeselo a éste. Gracias por nada”.

Por Elsa Velasco

martes, 13 de noviembre de 2012

Cálida lluvia

Hoy no me quiero levantar. Deseo seguir disfrutando de este sueño de las siete de la mañana, interrumpido por la alarma del reloj. ¡Qué bien estoy arrebujada y calentita! ¡Mmm! Pero al fin me despego de las sábanas y, tras el aseo personal y el desayuno rápido, salgo disparada. Estoy empleada en una zapatería que está en el centro, por la zona de Fuencarral.      

 No me gusta mucho lo que hago, pero fue lo único que encontré. Algunas veces me pasa lo de hoy, que no tengo ganas de ir. ¡Si con veinticinco años ya estoy en este plan, qué me espera para el futuro! 

Cuando salgo del trabajo, a las ocho, llueve torrencialmente. Corro hasta la cafetería de la esquina donde suelo ir habitualmente. Justo en ese momento, queda libre mi mesa preferida, junto a la ventana. ¡Hoy es  mi día de suerte! Me gusta porque desde esta ubicación puedo mirar hacia fuera; ver el ir y venir de las personas, observarlas; es algo que me encanta. Más aún, cuando diluvia como hoy. 

Esta tarde me siento nostálgica, con ganas de compañía. También es un buen día para jugar (esta vez sola), como lo hacía con mi hermana: escoger, de los hombres que pasan, con cuáles tendría una aventura.

Como en este tramo de la acera se detienen bajo el toldo para guarecerse, hoy puedo observarlos a voluntad. Algunos esperan a que escampe, lo que viene bien a mi juego. Suelo mirarlos desde abajo hacia arriba: zapatos (deformación profesional), pantalones (deteniéndome en un punto), hasta llegar a la cara. Voy anotando los seleccionados.

Desde este rincón, calentita por el café y la calefacción, y viendo esa fría lluvia que no cesa, me entran ganas de llevarme uno a casa. Un hombre, digo. No sé si el deseo que me invade no sea tanto de sexo propiamente dicho, como de prólogo y epílogo, como dijo mi admirado Sergi Pamies en un relato.

Llevo cuatro en mi lista, cuando, de pronto, me llama la atención un hombre que cruza la calle sin prisas: botines GEOX, vaqueros estrechos que insinúan buenos músculos, gabardina clara y manos enguantadas que sostienen un paraguas, ocultándole la cara. Lo cierra cuando se detiene frente al bar, junto a la ventana. Asoma un rostro singular y expresivo; ojos grandes y negros, nariz algo achatada, labios gruesos, sensuales y tez negra. Nuestras  miradas se encuentran a través de la cristalera. Tiemblo de arriba a abajo ante esos ojos penetrantes; pero no aparto los míos.
Entra y se dirige a mi mesa.

—¿Puedo sentarme?

Mi cara está ardiendo;  debo estar roja como un tomate.

—Sí, sí– le contesto.

Se quita el impermeable y lo cuelga en una percha. Lleva un jersey blanco ajustado, de cuello subido, a través del cual se adivina un tórax y unos brazos fuertes. Sonríe al decir gracias. “Es que no hay más sitios libres”, se disculpa. Hablamos del frío y de lo bien que sienta el café caliente. “Muy caliente”, pienso. Después de un breve silencio, cuenta que ha venido a una librería del barrio y ya estaba cerrada. Habla con voz grave y cálida, acariciando cada palabra antes de soltarlas. Transmite sensualidad. 
Al cabo de una hora hemos hablado mucho. Él es de Costa de Marfil; hace ocho años que está aquí; trabaja como enfermero, aunque estudió medicina en su país.  Me dice que… No me entero de lo que cuenta. Estoy pendiente del movimiento de sus labios, los que mordería ahora mismo. 

No sé qué decirle. Sonríe y me pide que le hable de mí. Le cuento de mi trabajo, de  mis frustrados estudios universitarios y de cómo me gustan los días de lluvia.

Mientras hablo me observa atento y sus ojos tan negros miran muy fijamente, tanto que me perturban. Entonces sonrío algo nerviosa. Él también sonríe y su expresión cambia; su mirada se vuelve húmeda y chispeante.
Estamos a gusto.

Me invita a una pizzería, y charlando llegamos a las once de la noche. El vino me da más calor; estoy ardiendo. Noto mis pezones que pugnan por salir a través de la ropa. En este punto recuerdo mi idea de llevarme a uno de los seleccionados. Sería la primera vez que invitase a un hombre a casa el mismo día de conocerlo. Recuerdo el deseo de prólogo y epílogo. A esta altura estoy confusa, con miedo de que sea sexo y nada más. ¿Y qué? ¿Por qué no?   Él interrumpe mis pensamientos: 

—¿Quieres venir a mi casa a tomar algo? Está cerca de aquí.
Su invitación hace tambalear las débiles barreras que podría estar levantando hace un minuto.

Voy al lavabo un momento y cuando regreso está guardando su teléfono. Me recibe con una amplia sonrisa, cogiéndome la mano.

Salimos a la calle. La lluvia sigue cayendo; es mansa y persistente. Ahora también tengo húmedos los pies.

Subimos a su piso que está en un 4º sin ascensor. Voy expectante y algo temblorosa por la excitación. Entramos a un largo pasillo que termina en un salón, iluminado en este momento.

Allí nos espera una alta y hermosa muchacha rubia. Es su mujer. Me recibe con una sonrisa, cogiéndome ambas manos. Sus ojos verdes, felinos, me recorren de arriba abajo. Con temor de que se me note mucho el estupor, balbuceo: “¿el lavabo?”

Cuando me alejo escucho la voz del hombre: “¿Te gusta?” Y la voz femenina: “Ya sabes que me fascinan las morenas de pelo largo”.

Sentada sobre la tapa del water, con la boca abierta y una mano sofocando un grito, intento hilar algo que se parezca a un razonamiento. ¡Esto es muy fuerte! ¡No me lo esperaba!
 ¿Cómo era? ¿Prólogo, epílogo? ¡Qué va! ¡Esto puede ser el texto completo del kamasutra!

Por Elsa Velasco