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sábado, 26 de abril de 2014

Granizadas

Una granizada de arroz cae sobre los recién casados. Todo el mundo se pregunta por qué Gonzalo ha tardado tanto en casarse, con lo guapo y buen chico que es. 

Paloma, la radiante novia, también se lo pregunta y aún no ha encontrado la respuesta. 

Julián está feliz porque por fin su hermano ha sentado la cabeza y cree que ha hecho una buena elección. Paloma es una chica mona, sencilla, joven y responsable, y está muy enamorada de Gonzalo. Aunque no sabe por qué, además, tiene una sensación como de sosiego, como si la espada de Damocles por fin no le  apuntara amenazante. Aparta ese nubarrón que  quiere  instalarse en su cerebro y busca a Irene, su mujer. 

Hace una barrida con la mirada buscándola. Todo el mundo está feliz,  unos sonríen, otros gritan viva los novios, otros se besan, otros se saludan en la distancia y allí en una esquina del patio de la Iglesia, ve a Irene. Está mirando fijamente la feliz escena, pero no sonríe, más bien llora, pero no con lágrimas, sino por dentro. Él la conoce bien y es ahora, al ver su cara, cuando comprende  todo.

Recuerda el día que se conocieron en el Retiro, hace ya quince años. Ella leía al borde del estanque, y él pasaba con su piragua cuando una ráfaga de aire le voló el alegre sombrerito que llevaba y cayó al agua. Julián lo recogió y ella le dio las gracias. Cuando se lo iba a entregar él retiró la mano y le dijo: “Te lo doy si aceptas tomarte un granizado conmigo, qué dices”. Ella se ruborizó en un instante y aceptó.

Julián entonces era un chaval de veintidós años, deportista y guapetón que había dejado la carrera para poner una tienda de deportes con la ayuda de sus padres. Conquistarla no fue difícil, intuyó todo lo que ella anhelaba y necesitaba, y con precisión de relojero fue colmando todas sus expectativas. Por aquel entonces, Gonzalo estaba en Londres trabajando y estudiando  pues quería poner en Madrid una academia de inglés. Irene lo conoció un año más tarde cuando ya había decidido casarse con Julián. Desde el primer momento los dos se llevaron fenomenal para satisfacción de Julián, pues su hermano, además de amigo, era muy especial para él. No se parecían en nada. Gonzalo era feliz entre libros, películas y viajes al campo, Julián gozaba con el deporte, la comida y las reuniones con colegas. Aunque Julián sólo era un año mayor siempre le había protegido y mimado, pues desde pequeño fue un niño tímido y con salud quebradiza.

Ahora recordaba lo cambiado que vino de Londres, lo bien que lo pasaron los tres yendo a conciertos, compartiendo vacaciones, noches de juergas y borracheras. También cae en la cuenta ahora de que toda aquella armonía y compadreo se quebró poco antes de la boda. De hecho, Gonzalo se fue a Inglaterra unas semanas antes de que se casaran. Entonces le molestó y le escamó que su hermano se fuera pero las dudas se desvanecieron cuando le hicieron socio de una escuela de idiomas en Londres.

Ahora ve a su mujer y el nubarrón se hace tormenta y la espada le abre en dos la cabeza y comprende todo. Se dirige hacia donde está ella y en ese momento se mezcla con los invitados y la pierde de vista. Se fija en su hermano y dirige su mirada hacia lo que él está observando. Es Irene que entra en el templo. Gonzalo se deshace del gentío y va tras ella y él tras ellos.

Se agazapa tras una columna y los ve mirarse a los ojos como a él le gustaría que le miraran, ella llora y él la abraza con ternura. Ella deshace el nudo de su abrazo y se dirige justo adonde está Julián escondido.

–Te estaba buscando, ¿estás bien?-dice Julián de la manera más neutra que puede, pero sus ojos son como fuego y le gustaría que ella no lo notara.
–Sí, cariño, perdona, es que me he emocionado y no quería que nadie me viera llorar- y de manera inconsciente mira hacia donde  ha dejado a Gonzalo, pero ya no está.

Julián sí lo sabe. Está escondido, detrás de sus sentimientos, detrás de una columna, huyendo de la evidencia, de la verdad.

–Vámonos a la calle, aquí parece que falta aire -dice Irene mirándole a los ojos y sintiendo que él lo sabe, que lo acaba de descubrir, y su cabeza parece un panal lleno de abejas zumbando y zumbando, y por un momento sus pies pierden apoyo, y siente como los brazos fuertes de su marido la sostienen sin decir nada.

Ella se aferra a esos brazos  como si fueran su columna vertebral sin la que su vida no sería posible.

Por Raquel Ferrero

jueves, 17 de abril de 2014

Números

Son las cinco de la mañana y Tere aún no ha conciliado el sueño. Diez años de matrimonio fallido, nueve meses sin pagar la casa, seis mensualidades que le debe su ex de la manutención de los niños, veintiún meses en paro, sólo tres para no cobrar nada, y treinta días para el desahucio,  son unos números que no casan muy bien con el descanso y el relax.
Vuelve al salón por tercera vez y enciende su cuarto cigarrillo vespertino. Muerde al mismo tiempo sus uñas extintas y se promete así misma no volver a la cama hasta que encuentre una solución. Coge papel y lápiz y escribe:

Primero: Mi exmarido está también en paro y no me puede ayudar a pagar la casa. Cuando nos desahucien no se quedará con los niños porque vive en una casa compartida con gente nada recomendable.

Segundo: Los amigos que me quedan, tres, acogerían a los niños sólo unos meses.

Tercero: Llevo 630 días buscando un trabajo decente, con un sueldo suficiente para pagar la casa y comer.

Cuarto: Lo de puta, de momento, no lo contemplo.

Quinto: ...

Y, en este momento, suelta el bolígrafo y deja de escribir. Una idea  ha explotado en su cerebro y ahora lo ve todo con tanta claridad que una sonrisa borra el rigor de su rostro.
Vuelve a la cama y se duerme con la satisfacción de haber descubierto la solución al enigma.
Por la mañana marca el número de Judith, aunque antes era Juani. Le debe un favor y sabe que no le va a decir que no en cuanto le explique por lo que está pasando.

Cuando tenían las dos diecisiete años, Juani se quedó preñada del hijo del alcalde de su pueblo. Tere llamó a su primo de Madrid y le arreglaron todo para que pudiera abortar sin que nadie se enterara.  Aunque en realidad aquel viaje marcó su futuro. Se deshizo del niño pero se enamoró de Ovidio, el primo de Tere, que regentaba un prostíbulo. Y por amor se vino a Madrid, se hizo puta y se cambió el nombre. Con el tiempo se abandonaron mutuamente; ella se independizó, se hizo empresaria y ahora regenta el Dolls Beach Madrid, una de las casas de citas más chic de todo Madrid, con sucursal en París.

– ¿Juani?
– ¿Quién es?
–Soy Tere, la prima de Ovi.

Quedaron en su negocio. La casa era una verdadera monería, como esas que salen en las revistas de las famosas. Ella estaba fenomenal. Las dos acababan de cumplir cuarenta. A Tere se le notaban por toda la geografía de su cuerpo; sin embargo Ju, como la llamaban ahora, no aparentaba más de treinta. Llevaba puesto un vestido de seda, de corte japonés y estampados florales,  con unas aberturas en los laterales que dejaban ver unas piernas como las de Bárbara Rey en sus mejores tiempos. Ahora era rubia con una melena como la Judith Mascó, de ahí su nombre, le dijo, y su cara parecía cincelada, se podría decir que perfecta.
Cuando se vieron se abrazaron como dos hermanas que hace décadas que no se ven. A Ju se le saltaron las lágrimas y hasta el acento manchego le salió como si nunca se hubiera ido del pueblo. 

Tere le contó su plan y, aunque aún no era más que un bosquejo, a Ju se le iba iluminando el rostro según se lo iba contando.

–Conozco a un superjefazo de ese banco, estamos de suerte. Es un cerdo y una mala persona, un baboso al que  le pierden las putas y el juego. Además, creo que tengo la chica perfecta, una rusa que está aquí de paso y que viaja en breve a París para trabajar en el Dolli de allí.
–Juani, digo Ju, no quiero comprometerte en nada, de verdad, ahora me está entrando canguelo… es que estoy desesperada… si no yo nunca…
–No llores, boba, por los viejos tiempos, ¿eh?

Don Jacobo Merchante entra en uno de los ascensores de las Torres Kío. Cuando están a punto de cerrarse las puertas entra una hermosa mujer con un abrigo de pieles, rubia, alta, escultural, con unos glaciares ojos azules. Jadea, pues ha venido corriendo, le sonríe.

–Uf, qué calor- dice con un acento metálico propio de los países del este. ¿Le importa sujetarme  bolso mientras me quito abrigo?, mi está tan caliente.
Él le sonríe y acoge el bolso como si acabara de recibir un regalo. Debajo del abrigo aparece un cuerpo sonrosado cubierto con un vestidito de encaje negro, por el que se trasparenta un tanga rojo y unos pechos perfectos. Ella, al ver su cara de estupefacción, suelta una gran carcajada y le quita tensión al momento. 

-Oh, perdón,  vengo de castin, mi siente mucho, mi pone de nuevo abrigo.
-No, no, no, no, por favor señorita, yo no…
-Uy, qué gracioso,  pones rojo tú.

Se acerca a él y le acaricia la mejilla, a él se le cae el bolso, se agachan los dos a cogerlo, se tropiezan y caen al suelo. En ese momento el ascensor se para. Están en el piso veintidós.

-Creo que destino es mucho favorable para ti, ¿no crees?

Al día siguiente, mezclado con la correspondencia diaria, don Jacobo encuentra un gran sobre marrón. Por el tamaño puede ser un calendario, pero pesa bastante y lo abre expectante. Dentro, a todo color, hay veinticinco fotografías de él y la rubia de ascensor en pleno viaje sexual y voluptuoso. Se encierra en el baño del despacho y desparrama todo el contenido por el suelo. Entre piernas, pechos, gónadas y miembros aparece una nota:

El colegio de tus hijas es el Sagrado Corazón de Jesús, sito en la calle María Magdalena, 13. Tiene una bonita fachada que empapelaremos con todas estas fotos y unas doscientos más si no ingresas en este número de cuenta 100.000 €. Como verás no es mucho, es lo que le queda por pagar de la hipoteca a Tere. El desahucio está previsto en siete días. No te decimos más. Ah, sí, Tere no sabe nada, será un bonito regalo de un admirador secreto.
María Teresa Sánchez Cortés.
Nº cuenta 1096 54 5487962000125
Julián, el ascensorista de las Torres Kío, sale feliz del Dolli con un bono de diez visitas gratis. Nunca un pequeño trabajo le produjo tanto placer.
Tere y Juani brindan con un champán de cien euros.

Por Raquel Ferrero



lunes, 17 de marzo de 2014

Aguardando

Tañen las campanas. La boca de la alcantarilla exhala un vaho denso y amenazador. Contra una esquina de la calle negra y solitaria, un perro cojitranco se rasca la sarna. De repente se para, desorbita sus ojos y corre como perseguido por Belcebú. Su marcha dispar deja huellas irregulares sobre el asfalto mojado. El silencio se apodera de la vía y un portazo sordo lo quiebra.

Águeda va envuelta en un abrigo largo y grueso. El pelo suelto revolotea por su cara. Mira a ambos lados del portal y con paso ligero se dirige hacia la estación de tren. No se cruza con nadie, sus tacones golpean la tarde vencida y el eco la acompaña, toc, toc, toc… Le incomoda su ruido y tiene la sensación de estar poniendo sobre aviso a alguien que llevara dormido siglos. De pronto un frío que no es de otoño se instala dentro de su cuerpo. Se detiene, se ciñe el abrigo, se sube el cuello y mira en derredor como queriendo descubrir la corriente invisible que le ha invadido.

El viento gélido apaga los ojos de las farolas y se alía con el negro plomizo. Águeda apura el paso, aunque las formas a su alrededor se han desdibujado y la tarde se ha vuelto noche y el toctoc de sus zapatos acompaña al bumbum de su corazón. “No debiste hacerlo, no debiste hacerlo.” Una voz ha resonado detrás de su nuca, ¿una voz o su conciencia? se pregunta mientras corre a trompicones sin esperar la respuesta.

El toctoc, el bumbum, la voz y su respiración agitada, son coreadas ahora por las campanas: dong, dong, dong… El campanario de la iglesia se yergue sin fervor en medio de su agitación, pero aún así, para ella, es como el madero para el náufrago. La reja está cerrada pero cede y le permite llegar hasta la puerta. Empuja su pesada hoja, y una cálida luz enciende su rostro níveo y desencajado. Cierra la puerta, y detrás de esta, algo se agita y la golpea. Ella, sin mirar atrás, corre a sentarse frente al altar. 

No hay nadie en la iglesia, las ocho campanadas ya han cesado, los cirios titilan y parecen observarla desde su quietud. Un Jesús crucificado llora sangre sin consuelo. Inconscientemente, reza un padre nuestro; después, el salve maría. Quisiera recordar el credo y rezar y rezar y rezar… 

Mira el reloj y el tiempo se ha plegado y ha pasado sin darse cuenta. Se agita en su asiento, de repente el silencio se le hace incómodo, irreal, no entiende qué hace allí, y su miedo le parece ahora infantil y vano. 

Recorre el pasillo en dirección a la puerta, moja su mano en el agua bendita y se persigna mirando al Cristo. Se decide a salir. En un instante eterno, su intuición y su razón pugnan por asir, o no, el pomo de la puerta. Con la mano húmeda acaricia el tirador preguntándose qué debe hacer. Afuera no se oye nada, pero sabe que algo le espera. Retira su mano y la oculta detrás de su cuerpo como si no se fiara de ella y retrocede unos pasos.

Ahora recuerda qué día es hoy, qué noche. Noche de difuntos, de ánimas errantes y atormentadas. Como un fogonazo aquella tarde fatal estalla en su memoria. También entonces sonaban campanas, y después sirenas de policía, de ambulancias. Su cerebro se ceba con el olor de aquella sangre roja negra que se escapaba de la gabardina con que taparon su cuerpo. Su cuerpo, al que había amado, adorado, enloquecido. 

Había pasado veinte años sepultando todo aquello bajo el maquillaje de esposa modélica del arquitecto con el que le engañó. Pobre Rafael, no pudo soportarlo. Se arrojó al tren, delante de ella, cuando le confesó que amaba a otro. 

Asió el pomo y fue como cavar  su propia tumba. Un hálito cruel le azotó el rostro y le heló el alma. Corrió trastornada hacia la estación. Varias sombras humanas rumiaban su soledad a lo largo del andén. De nuevo la voz sopló su cuello, esta vez con calidez: “Aún te estoy esperando”.

Cuando vio aparecer al tren, se dejó caer. Los brazos de Rafael la estaban aguardando.

lunes, 3 de marzo de 2014

Tanta, tanta ropa

Sesenta y dos camisas, cincuenta pantalones, veintidós chaquetas, sesenta corbatas, treinta pares de zapatos, diez metros cuadrados de envoltura de marca perfectamente ordenada y clasificada en un vestidor contiguo a su habitación. Juan abre las puertas de semejante derroche e inesperadamente se abruma. Las sienes le estallan, la boca se le seca, su corazón se arrebata. Se gira y ve su figura en el espejo que ocupa toda una pared del ingente armario. Es solo un hombre barrigudo en calzoncillos y su reflejo le es tan ajeno que siente miedo. Se mira a los ojos, un profundo túnel lleno de cosas pero todas hueras y sin alma, sin asiento. Algunas arrugas se vislumbran bajo los alógenos empotrados en la pared, unas incipientes bolsas debajo de los ojos le hacen ver que algo está pasando en su vida, y piensa que lo que pasa es el tiempo, y con él su vida se repliega y va dejando paso a la edad, a esa edad que crees que nunca llegará y se da cuenta de que ya está ahí, y le ha pillado de improvisto, allí, desnudo frente al espejo, rodeado de todo el ajuar que ha ido acumulando a base de reuniones soporíferas y estresantes,  de viajes y de renuncias, a costa de dejar la moral y la ética aparcados en un recodo de su cerebro del que ahora salen y le acechan y le dejan totalmente fuera de contexto.

En un acto reflejo mira la palma de sus manos, como si ahí se encontrara la respuesta o la pregunta de la que parte todo y nunca se ha atrevido a pronunciar. Esas mismas palmas agarran su cara como las de una madre cuando consuela a su hijo. Se toca y se siente, sabe que algo ha cambiado porque sus entrañas le gritan sin palabras lo que nunca le hubiera gustado escuchar: “No eres nadie”. Y es tan grande la certeza que las lágrimas surcan su rostro y las ve navegar suave en dirección al vacío. 

Ahora recuerda su cara juvenil, su pelo largo y rizado, sus pantalones de Sepu, su camisa a cuadros del rastro, sus botas camperas compradas con su primer sueldo. Aquellos sueños de libertad, de igualdad, de solidaridad y de comunión con todo, su sentido de la justicia, sus ansias de cambiarlo todo y de que todo fuera más limpio y más amable. Derrotado, siente como su espalda se encorva en un acto de contrición y de culpa. Ha cometido un crimen consigo mismo, se ha traicionado delicadamente sin perpetrar ningún acto deleznable a ojos de los demás. Pero él sabe que es así, ahora lo sabe y su sabor es tan amargo que una arcada hace encogerse su estómago y siente la hiel de la verdad.

Coge un taburete y se empina hasta el altillo donde guarda ropa gastada y que nunca tiró. Unos pantalones de pana beige, un jersey de cuello alto granate y su chupa de ante y borreguillo. Huelen a rancio pero también a nuevo; todo le está pequeño, pero sabe que en breve estará cómodo en ellos. Se calza unas deportivas anticuadas y sale a la calle sin cartera y sin llaves. Adonde se dirige no le harán falta. 

Camina horas por una ciudad en ebullición, llena de humo, de silencio estridente, de gentes sin cara y de hombres sin nombre. Al fin un horizonte de un verde incrédulo logra agitar su corazón. Un árbol perdido puede ser su meta hoy, un abrigo ingenuo que le deje apoyar su espalda y así dormir hasta la siguiente mañana de su primer día. Un rumor en sus tripas le advierte que aún no ha comido nada, y la boca pastosa le sugiere que debería beber algo, pero eso tampoco es apremiante, puede soportarlo. Tiene una fe que creía extinguida, fe en sí mismo, en lo que fue y olvidó, en lo que está por llegar. El que nada espera nada sufre, se repite como una letanía que le alimenta y le sacia la sed.

Es un árbol sin nombre, retorcido y sin lustre, pero le acoge y las rugosidades de su corteza le amparan y le dan el confort que hacía años que no tenía. Cierra los ojos y siente una calidez que le aísla del relente de la noche. Duerme pensando en el camino que le queda por recorrer hasta esa cueva perdida, donde unos huesos acompañados de pellejo holgarán dentro de esta ropa  que hoy le oprime.

Por Raquel Ferrero

jueves, 28 de noviembre de 2013

A lo hecho, pecho

Te lo dije, que de esta obsesión no iba a salir nada bueno, pero tú dale que dale y venga a decirle a Antonia: chupa, chupa.  Y ya lo has visto, nada de nada, rien de rien, como decía mi madre cuando en Toulouse le preguntábamos qué había para comer.  Payaso, que eres un creételotodo. Parecía tan real como lo contaba aquel gilipollas en internet, y con fotos y todo. Y tú maricón no eres, pero no sé…

Todo empezó porque no entiendes por qué los hombres tienen pezones. Donde hay humo es porque hubo fuego, ¿o no? ¿Para qué los queremos si no hay nada en donde rascar? Y acabaste por creer que podía crecer algo, pues el brote estaba allí ya.   Y es que tus pezones son algo especial, muy sensibles y agradecidos. Se te ponían duros y puntiagudos cuando te los tocaba tu Antonia, que a la muy tonta anda que no le gustaba. Y no te digo nada cuando te los chupaba, menudo vicio tenía, que hasta aprendió a hacer el gritito ese que hacen las árabes con la lengua.

Pero los dos queríais más; primero fuiste al curandero ese asqueroso, que mira que la intuición te lo decía. Pero qué va, ¿no te pareció poco que se sacara la mierda de las uñas y te las untara en los pezones? Pues no, no fue suficiente.  Y que era la vida que se le quedaba entre las uñas, decía, y que esa vida te la daba a ti, gustoso. ¡Guarro, pringoso!, y tú venga a darle dinero y a mirarte en el espejo, y él que sí, que cada día se notaban más lustrosas, y tú venga a observarte y sin atreverte a decirle que no, que no veías nada de nada, sólo decías entre dientes: rien de rien. Y él: que nadie se va a reír de ti,  hombre. ¡Ignorante sacaperras! El día que se metió al váter y salió con un frasquito y quiso untártelo y tú se lo quitaste y se lo echaste por encima y el tío se puso a vomitar del asco que le dio, ese día sí que estuviste bien, te lo juro, aquel día sí que sí.

Eso ha sido lo único bueno de toda esta historia, porque lo demás… ¡Y por si fuera poco sigues plano, más liso que una pista de patinaje! Eso sí, los pezones parecen dos castañas pilongas, que de tanto frote han florecido.  Hay que ser desgraciado, si lo que querías era tener unas buenas tetas, pues haberte operado, joder, una talla 80, por ejemplo, no hubiera estado mal, la hubieras disimulado con las camisas, como si fueran esas tetas de gordo que tienen algunos tíos y, luego, en la intimidad, con tu Antonia, a  disfrutar de la silicona, que para eso está la tecnología de la ciencia, hombre, por Dios, pero no,  tú querías que fuera natural, como la leche de vaca, no te digo. Natural, natural. Por eso te compraste por correo aquella máquina que te absorbía la teta y te la estiraba, que en vez de  una teta parecía una ubre de cabra vieja, madre mía qué dolor, y aquello que no cogía volumen, sólo se ponía rojo como el culo de los monos esos del zoo.

Y es que tu Antonia también te animaba, que la culpa no la tienes solo tú, qué va. Acuérdate de cómo se ponía con las fotos de travestis operadas y con bigotes, lo bien que os lo pasabais después, que te decía: así, así, con mostacho y pecho es como me gustan a mí, todo terminado en  cho. Y tú te ponías a cantar el chachachá pero con la cho. Qué tiempos más buenos, esperando todos los días a que aquella carne cogiese fuerza y se pusiera turgente; una ilusión, una esperanza que teníais.

 Y entonces fue cuando apareció Choni, también con cho. Era la prima de la vecina de abajo, que se había separado del marido y limpiaba casas para ir tirando, y Antonia, por pena, la dijo que sí, que viniera a echarle una manilla, pero joder, adonde te la echó, hija. Era regordeta, pero de esas gorditas que están bien hechas, con unas tetazas; más joven que tu Antonia, eso sí, pero con un bigote que madre mía. Qué tonto fuiste al no darte ni cuenta de lo que estaba pasando. De repente, dejó de insistirte en lo de los pechos, ya no te los chupaba, Choni cada vez venía más horas a la semana y tenía más bigote… hasta que un día todo se acabó.

Me escribió una carta: Me marcho, siento lo que te he hecho, me voy con Choni, aunque eres muy macho no tienes pecho. Chao.

Y ahí me dejó, solo, y con una carta llena de chos.

A lo hecho, pecho, ¿o no?

 Por Raquel  Ferrero

 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El diente

    – ¡Mamá, mamá, he encontrado un diente!
    – ¿Un diente? Enfséñamelo… um, no puede fser tuyo Carolina, efs muy grande
    – ¿Por qué hablas así mamá?
    – ¡Ay, Diofs!


Amalia corre loca a través del pasillo hasta llegar al espejo del baño. Allí comprueba, con horror, que le falta un diente de la mandíbula superior. Lanza un grito que rompe la belleza de esa mañana de abril. Carolina la mira, con sus ojos redondos y celestes, en el umbral de la puerta. No le parece tan trágico que se le haya caído un diente, a ella ya se le cayeron cuatro y  no lloró nunca por ello. Pero para su mamá debe de ser peor porque solloza con hipo y todo y no deja de abrir la boca y mirarse y tocarse y se restriega los ojos como si lo que está viendo no se lo pudiera creer.

Carolina se agarra a sus caderas y la abraza muy fuerte.


      –Mamita, mamita, no llores, el ratoncito Pérez te traerá un bonito regalo y pronto te saldrá otro diente, por favor, por favor, por favor…
       –Cariño, tú no lo entiendefs, a mamá no le fsaldrá otro, efste fse cayó y no me volverá a fsalir. Ponte lofs zzapatofs y la chaqueta que nofs vamofs al dentifsta.


Amalia se arregla mientras seca sus lágrimas, peina su pelo y cuando retira el cepillo, ve con estupor cómo una mata de cabello está enredada entre sus púas. Se atusa con las manos y los mechones van cayendo sin vida sobre el lavabo. Ya no hay ni lágrimas ni gritos, sólo se hace firme una certeza dentro de ella: esto es el final, piensa. Cierra con cerrojo el baño y llama a su niña.


       – ¡Carolina!


Se oyen los pasitos rápidos de la nena por el pasillo, acto seguido el movimiento del picaporte.


–    ¿Mamá?
–    Efscucha, cariño, ahora mifsmo fsalgo, no te preocupefs, ya no vamofs al dentifsta, quítate los zzapatofs y ponte la tele, ¿me escuchafs?
–    Sí, mami, pero ábreme.
–    Ahora no, cielo, efstoy un poco defscompuesta y huele mal, enfseguida fsalgo, hazz lo que te he dicho.


Su cabeza es ahora blanca y lisa y no tiene ya ni un solo cabello. Araña su cara con impotencia y nota cómo sus carrillos ceden y sus dedos se hunden en ellos. A continuación una lluvia de incisivos, caninos, molares y premolares inunda su boca. Escupe con asco sobre el lavabo y todos ellos salen limpios y precipitados ¡cómo una granizada a destiempo! Siente cómo sus piernas le flaquean y antes de que pueda darse cuenta, se quiebran y da con su cuerpo en las baldosas grises. Ve desde allí el pestillo echado e intenta llegar hasta él para abrirlo, alarga el brazo y observa cómo sus dedos se estiran hasta rozarlo. Cuando intenta darle vuelta los dedos ya son ramas verdes con abundantes hojas. El apéndice arbóreo planea sobre las losetas y al fin cae. Intenta gritar pero su condición ya no es humana sino vegetal, y por lo tanto estática y sin movimiento.
Resultados  de la Prueba de Incorporación a otras vidas intergalácticas de de: Antac Montz Arlit Liber In A.2 (Amalia)
Sentimos comunicarles que la incorporación de su homólogo ha resultado fallida.
Como consecuencia ha quedado convertida en vegetal (ficus) en dicho planeta. Su forma y esencia original estarán de vuelta en + — 5,30 annius lugis, sin perjuicio alguno para su integridad.

Los motivos de su vuelta son:

1) Llevarse información de esta existencia e incorporarla a las rayas de las manos de su forma terrícola. 
2) Contar dichos secretos a los seres terrestres y hacer negocio con dicha información privilegiada, haciéndose llamar adivina.
3) Utilizar nuestro poder telepático y un transmisor en forma de esfera de cristal para ponerse en contacto con sus seres homólogos en este planeta.
4) Intentar enseñar sus habilidades a su vástago humano.
5) Todas ellas infracciones graves e invalidantes para su estancia allí. 

En su lugar, y para no traumatizar a esa criatura fruto de su condición carnal, hemos enviado a su clon número tres, que ya ocupa su cuerpo. 


Les recordamos que hasta pasados 2 veces 17,52 annius magic no podrá volver a incorporase a otras vidas intergalácticas.


Atentamente: Rectoría de Existencias Intergalácticas (REI)

    —Mamá, mamá ¿qué ha sido ese ruido?
    —Nada cariño, ya salgo, que se ha vuelto a caer el ficus.
    — ¿Y tu diente? ¡Te ha vuelto a salir! Te lo dije mamita.
    —Claro, nena, si tú lo dices.
 


Por Raquel Ferrero



lunes, 27 de mayo de 2013

Déjalo

No se me ocurre nada. Tengo que entregar el artículo esta misma tarde y la arena inunda el desierto de mi inspiración. Enciendo un cigarrillo y miro cómo las volutas danzan ajenas a mi apatía. Sigo lanzado aros al denso espacio de mi habitación y entonces compruebo, perpleja, cómo los anillos de humo se van uniendo y aliándose acaban por formar la palabra “déjalo”. El vocablo está escrito en letras minúsculas y entrelazadas. Pasados unos segundos se fusionan y por fin desaparecen.

“Déjalo”. ¿Dejar a quién, a qué? Lo que me apetece de verdad es dejar el artículo. Eso es. No tenía ganas de escribir, he encendido el cigarrillo y zas… allí estaba la  respuesta: “déjalo”. Pues no lo escribo y punto y final.

Pero no, no puede ser tan fácil.  ¿Y si sólo fuera fruto de la casualidad? El humo es como las nubes que se dejan moldear por la brisa; volubles, adoptan formas caprichosas que nuestra imaginación apadrina. Yo quería dejar de escribir y me he sugestionado y he leído la palabra que quería ver. Ya está, asunto arreglado.

Déjalo…dejar… ¿a él? ¿a ello? A él, dejar a Andrés. Puede ser, nuestra relación está cabeceando y puede acabar un día sin nombre y sin mediar palabra. A veces nos miramos y una sonrisa mecánica es lo único que nos aflora, de cariño, sí, aunque gélida y sin sustancia. Pero no lo voy a abandonar ahora porque el humo caprichoso haya dibujado unas letrillas en el aire.

Voy a encenderme otro, quizás el humo me dicte otra misiva y acabe por completar el enigma. La verdad es que me duele el pecho y cuanto más vacía está mi cabeza y más blanco el papel, más fumo. No entiendo la relación de: “como no se me ocurre nada enciendo un cigarro”. Tal vez la nicotina active mis tristes neuronas y las fustigue con su implacable decadencia.
Lo prendo, y evocando a esa Greta Garbo misteriosa y sensual,  expelo el humo lenta y suavemente, saboreándolo, acariciándolo mientras sale de mi boca entreabierta. El cordón gris asciende y juguetea con los muebles, con la lámpara, con el techo. No hay rastro de vocablo alguno. Vuelvo a inspirar profundamente y esta vez un pinchazo rejonea mi pecho y toso violentamente. La fumada sale despedida y va directamente al trasluz de la ventana. Allí, mágicamente, baila y me muestra otra palabra: “tabaco”.  Me dejo caer en el sillón y mis ojos vidriosos no quieren ver lo que ven, y mis pulmones obturados no quieren sentir lo que sienten y vuelvo a pegarle otra chupada  y ahora es cuando siento que algo se rompe y escupo más que expeler. Un hilillo rojo cae de mi boca sobre mi falda negra.

“Tabaco, déjalo”.  Ahora entiendo el mensaje. Cojo el móvil y llamo al 112.

-Vengan por favor, el tabaco me está matando. Juro que lo dejo.

Por Raquel Ferrero

lunes, 20 de mayo de 2013

La luz en tus ojos

Luz acaba de recibir un mensaje de texto que reza: “Le ha sido concedido el primer premio de Poesía Ciudad de Almanzora. En breve nos pondremos en contacto con usted para concretar los detalles. Le recordamos que ha ganado tres mil euros. Enhorabuena.”

Luz no entiende qué significa la misiva. Es cierto que ella escribe de tanto en tanto poesía, pero jamás ha compilado sus poemas ni, por supuesto, ha enviado ninguno de ellos a concurso alguno. Con lo cual la perplejidad inicial da paso a la incredulidad y le hace pensar que se le ha enviado por error, y que la agraciada con el premio se ha quedado sin saber la buena noticia.

Acto seguido escribe un mensaje al remitente y le notifica que debe ser una equivocación, que comprueben bien los datos del premiado. A las dos horas le escriben de nuevo:” Sra. Luz Alba de Dios, hemos revisado los datos y nos consta que son correctos, pero aún así, le enviamos algunos de sus poemas por si usted los reconoce”

Sobrevivo sin vivir en mi
Y tantos desahucios veo
Que bebo porque no puedo (+)
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Torbellinos de palabras
Remolinos de ideas
Haced un poema ya
Que todo esto me marea

Efectivamente, Luz reconoce estos poemas y no entiende cómo han podido llegar hasta el concurso. Está claro que alguien los ha mandado por ella. Pero quién. Tiene escasos amigos y, desde que se quedó sin empleo, sin novio y sin casa no le quedan ganas de escribir ni de prodigarse en actos sociales. Vive en una casa compartida con tres chicas más y apenas las ve y mucho menos saben de su afición a la poesía.
Empieza a rebobinar en el tiempo y recuerda que estos dos poemas son de hace tres años, cuando aún vivía en su chalé de Navalcarnero. Ahora cae en la cuenta de que, Jonás, aquel señor mayor que se dedicaba a arreglar los jardines de toda la comunidad, siempre que la veía escribir la arengaba para que le leyera unas estrofas. Ella, complacida porque Jonás le inspiraba ternura, le leía los poemillas y él se regocijaba y la alababa sobremanera.

— ¿Por qué no los publica, señorita Luz?, son muy bonitos -le decía.
—Que no, Jonás, que son tonterías que se me ocurren.
—Debería, señorita, se entienden muy bien, hasta yo sé lo que quieren decir.

Era encantador, pero ella piensa que, aunque Jonás sabía de la existencia de ellos, no había podido copiarlos, pues jamás entraba en el interior de los chalés y no tenía las llaves de ninguna de las casas. También piensa que su exnovio, Javier, pudo duplicarlos y, al cabo del tiempo, haberlos mandado al concurso. Pero Javi ahora estaba en otra relación, esperando un hijo y pagando una superhipoteca, con lo cual no cree que tenga la mente ni el alma ocupada en ayudarla a ella, a la antigua,  a la que le abandonó por la bebida y por un borracho fanfarrón que la arrojó a los suburbios de la dignidad.

Dos días después recibe una llamada de los organizadores del evento notificándole que el acto de recogida del galardón se realizará una semana después, en el parador del bonito pueblo de Almanzora.  La invitan a pasar una noche en él y a la comida posterior a la entrega del premio.

En esta semana trata de averiguar el paradero de Jonás. Tras muchas llamadas fallidas, da con el teléfono de su hermana y puede hablar con ella. Esta le comunica que su hermano ha fallecido hace dos días en la residencia donde desde hace dos años estaba alojado. Le comenta que tenía cáncer y que se fue apagando poco a poco, que lo llevaba con resignación  y que hasta el último momento ha estado lúcido y tranquilo.

Luz, apenada, no sabe qué pensar; tenía el pálpito de que había sido él. Cómo lo habría hecho se le escapaba; pero ahora, después de saber su final, duda de su intuición.
Por fin llega el esperado día y todo transcurre según el programa. Recibe el librito con sus poemas elegantemente encuadernados, el cheque, los aplausos, los halagos y por último un bonito ramo de flores silvestres con una nota. La responsable de la organización le dice con la mirada que no son ellos los que se lo envían. Luz lee la nota y las lágrimas le ahogan:

Querida  niña, yo sabía que tus versos valían la pena, por eso los memoricé y anoté. Siento  no  poder estar allí para  ver la  luz  en  tus ojos. Jonás

Por Raquel Ferrero

Los invisibles

Los invisibles
Hijo estudia, no dejes de estudiar
Nadie  te  ve  cuando estás abajo
Nadie te mira cuando no eres nadie
Pero si llegas a ser alguien
No mires hacia arriba
Inclina tu cuello agradecido
Contempla a los invisibles
Obsérvalos, escúchalos
Tienen historias increíbles que contar
Regálales una sonrisa
Una palabra amable y sentida
Ellos reconocen lo auténtico
Pero si aún así no eres nadie,
Canta
Que la música conoce el camino
De vuelta
Te conduce al núcleo
De donde vinimos
Donde todos éramos polvo
De la misma estrella
Canta, canta, porque tampoco
Te oyen
Estudia, hijo, XD, y si no
Canta, no dejes de
cantar

Por Raquel Ferrero

martes, 14 de mayo de 2013

Déjalo

No se me ocurre nada. Tengo que entregar el artículo esta misma tarde y la arena inunda el desierto de mi inspiración. Enciendo un cigarrillo y miro cómo las volutas danzan ajenas a mi apatía. Sigo lanzado aros al denso espacio de mi habitación y entonces compruebo, perpleja, como los anillos de humo se van uniendo y aliándose acaban por formar la palabra “déjalo”. El vocablo está escrito en letras minúsculas y entrelazadas y pasados unos segundos se fusionan y por fin desaparecen

“Déjalo”. ¿Dejar a quién, a qué? Lo que me apetece de verdad es dejar el artículo. Eso es. No tenía ganas de escribir, he encendido el cigarrillo y zas… allí estaba la  respuesta: “déjalo”. Pues no lo escribo y punto y final.

Pero no, no puede ser tan fácil.  ¿Y si sólo fuera fruto de la casualidad? El humo es como las nubes que se dejan moldear por la brisa;  volubles, adoptan formas caprichosas que nuestra imaginación apadrina. Yo quería dejar de escribir y me he sugestionado y he leído la palabra que quería ver. Ya está, asunto arreglado. 

Déjalo…dejar… ¿a él? ¿a ello? A él, dejar a Andrés. Puede ser, nuestra relación está cabeceando y puede acabar un día sin nombre y sin mediar palabra. A veces nos miramos y una sonrisa mecánica es lo único que nos aflora, de cariño, sí, aunque gélida y sin sustancia. Pero no lo voy a abandonar ahora porque el humo caprichoso haya dibujado unas letrillas en el aire.

Voy a encenderme otro, quizás el humo me dicte otra misiva y acabe por completar el enigma. La verdad es que me duele el pecho y cuanto más vacía está mi cabeza y más blanco el papel, más fumo. No entiendo la relación de: “como no se me ocurre nada enciendo un cigarro”. Tal vez la nicotina active mis tristes neuronas y las fustigue con su implacable decadencia.

Lo prendo, y evocando a esa Greta Garbo misteriosa y sensual,  expelo el humo lenta y suavemente, saboreándolo, acariciándolo mientras sale de mi boca entreabierta. El cordón gris asciende y juguetea con los muebles, con la lámpara, con el techo. No hay rastro de vocablo alguno. Vuelvo a inspirar profundamente y esta vez un pinchazo rejonea mi pecho y toso violentamente. La fumada sale despedida y va directamente al trasluz de la ventana. Allí, mágicamente, baila y me muestra otra palabra: “tabaco”.  Me dejo caer en el sillón y mis ojos vidriosos no quieren ver lo que ven, y mis pulmones obturados no quieren sentir lo que sienten y vuelvo a pegarle otra chupada  y ahora es cuando siento que algo se rompe y escupo más que expeler. Un hilillo rojo cae de mi boca sobre mi falda negra.

“Tabaco, déjalo”.  Ahora entiendo el mensaje. Cojo el móvil y llamo al 112

-Vengan por favor. El tabaco me está matando.


Por Raquel Ferrero

martes, 26 de febrero de 2013

Sebastián

 Creo que mi madre tuvo la culpa. Eso cuenta. Se descuidó y la fiebre me subió tanto que me afectó a la cabeza. Eso se lo perdono. Así soy feliz, la verdad. A veces no, pero casi siempre.
Soy gordito y me llamo Sebastián. Me gusta comer e ir en metro. También me gusta Paquita. Es gordita como yo y guardia de tráfico. Yo creo que también me quiere. A veces desayunamos juntos y me mira de una manera que, cuando lo recuerdo en la cama, me tengo que tocar  para poder dormirme. Un día me pilló mi padre y me dio un ostión que para qué, así que ahora lo hago cuando están dormidos o se han ido. Aunque no sé por qué se mosqueó tanto si él lo hace en el váter cuando le da la gana. Un día le vio mi madre y le dio un una patada que tuvo que ir al médico porque no podía ni sentarse.

A mí me da igual, no me importa que me peguen, me hacen daño, pero al poco se me pasa, y ellos se quedan tan tranquilos y al rato vienen y me dan besos y me compran seis donuts de chocolate. Me los como yo solo, ese es el trato, que no diga nada. Yo no digo nada, ni siquiera a Paquita, que un día me lo preguntó, pero no se lo dije, no se fueran a enterar y con lo que me gustan los donuts… Lo que sí que le digo es que se case conmigo, pero ella se ríe y no me contesta. Yo la quiero, mucho, mucho.

Ella no es como los demás, me trata diferente, me cuenta todas sus cosas. No siempre la entiendo, pero la miro muy fijamente y la sonrío y ella se ríe a carcajadas como si descubriera lo que estoy pensando. Mis padres no quieren que la vea. Dicen que se está riendo de mí, pero no es verdad, el que se ríe de mí es el del bar, ese cabrón del Jacinto que siempre que paso me imita con el boli y me dice: ”Sebas, mira, yo también tengo batuta”, y se toca la chorra y se descojona de mí. 

A mí me encantan los bolis. Siempre llevo uno, lo agito entre los dedos y canto mi cancioncilla. Lo hago desde siempre; no sé qué hay de malo. Unos fuman, otros beben, y yo tengo mi boli.  Lo sacudo e imito el sonido de una moto al arrancar: ”brumm, brumm, bruuuumm.” No sé por qué lo hago pero me acompaña y me siento feliz así. Susana me trae algunos muy chulos. También la quiero mucho, es mi vecina. Ella nació primero y yo el día de después. Hemos crecido juntos. Pero a ella la quiero de otra manera, aunque antes, alguna vez, también me tocaba pensando en ella, pero ya no, ya sólo tengo manos para Paquita.

Susana es muy guapa y muy lista y también es muy buena conmigo. Me hubiera gustado nacer en su casa. Su madre es la persona más buena que yo he conocido. Yo por la señora Soledad haría cualquier cosa. Cuando discutió con mi madre y le dijo que si no le daba vergüenza llevarme con esa ropa tan vieja, y tan sucio, y mi madre la pegó, me fui al váter y empecé a darme de cabezazos contra la pared. No soportaba aquello que estaba viendo, quería pegar a mi madre y defender a la señora Soledad, pero no podía, por eso me dio el ataque, porque cuando no comprendo las cosas me pongo muy nervioso y me entran ganas de golpear a todo el mundo. Pero sé que está mal. Aunque a mí me peguen sé que está mal, entonces me entra como un fuego, y todo lo veo negro y me atraganto y luego ya no me acuerdo de nada. Cuando me despierto tengo chichones y me duele la lengua y tengo un sabor asqueroso en la boca.  También me hago pis y mi madre me chilla y me llama de todo. Si hay algún vecino me trata muy bien y me da besos, pero cuando se van es cuando empieza con sus insultos y sus gritos. En esos momentos me gustaría matarla, agarrarla por el cuello y darle un cabezazo para que se calle del todo.

Mi padre es más bueno, pero también se aprovecha de mí. Se creen que porque soy así, un poco lento, como dijo el médico, no me doy cuenta de las cosas.  Soy yo el que friega el suelo, los cacharros, el que va a la compra, el que tiende la ropa, el que saca las basuras. No me importa, me entretengo. Lo que más me gusta es ir hasta Ciudad Lineal a por los pollos pintones. Tengo que recorrer toda la Línea 5 de punta a punta, y me sé todas las estaciones de memoria. Hago concurso de estaciones con Susana, que también sabe un montón de ellas, pero gano siempre, y ella hace como que le da rabia que la gane, pero se ríe y sé que es de broma.

Mi padre es muy bajito y delgado y lleva unas gafas de culo de vaso que parece rompetechos, como le dice mi madre cuando se enfada con él. En cambio mi madre es gorda, muy gorda, más que, y bajita, parece una albóndiga, como la llama mi padre cuando regañan. Pelean mucho, mucho. Siempre los recuerdo igual, pero aun así no me gusta. Cojo mi boli y canto mi cancioncilla muy fuerte. Me salgo al patio y miro hacia arriba y con el ronroneo de la moto acabo por no oírlos. La vecina de arriba, la Flores, grita también:”Sebastiaaaaán, cállateeee”, y lo dice tan alto que todo se queda en silencio, hasta mis padres se callan. Pero solo un momento, luego la insultan los dos y siguen con la pelea. A veces se cascan, sobre todo mi madre. Se sube encima de una silla, para llegar mejor, y le da con el puño cerrado donde pilla. Mi padre también le suelta alguna, pero como ella es más gorda le puede y acaba por rendirse. Se hace un gurruño en el suelo y se pone a llorar. Entonces es cuando le dice las cosas más horribles: “ Poco hombre, guiñapo, marica, saco de mierda, asco de tío”, y más cosas que me da vergüenza decirlo.

Tengo más hermanos, pero ya solo queda en casa Josefa, la pequeña. Cuando nació yo tenía 20 años, y no me gustó que naciera. Lloraba y lloraba y toda la casa olía fatal. A mí me tocaba cambiarla y me daba mucho asco. Un día le metí el pañal en la boca, para que se callara. Me pilló mi madre y me dio la paliza más grande que me han dado nunca. Entonces empezaron los primeros ataques. Trabajaba todo el día y luego me tocaba atender a la niña, no podía más. Ahora ya es mayor pero es asquerosa, está muy mimada y es muy caprichosa. Se parece a mi madre en todo y a mí, en cuando puede, me pellizca y me da patadas sin que la vean.
Mis otros hermanos ya están casados, se casaron pronto. A veces vienen, pero poco. Había otro hermano, Armando, pero se murió de las drogas. Mi madre lo pasó fatal.  Hasta que nació Josefa él era su preferido.  Chorra de oro, le llamaba. Hacía con ella lo que quería. Era muy listo, yo creo que el que más. No hablaba mucho, pero eso sí, te miraba de una manera que salías corriendo. Cuando se hizo mayor empezó a robar y a drogarse,  mi padre se enfadaba mucho pero él le pegaba y todo. La policía venía cada dos por tres a casa, pero mi madre todo se lo perdonaba, hasta, a veces, le daba el dinero a escondidas para que comprara droga y no estuviera tan nervioso. Conmigo no se portaba ni bien ni mal, yo creo que ni me veía. Solo hablaba conmigo para mandarme a por tabaco o a por cervezas.

Se murió y a mí me pareció muy raro, nunca había visto a nadie muerto.  Me acerqué a su boca y se la besé, como hacía mi madre, me dio mucho asco, estaba fría y parecía de plástico duro. Le abrí los ojos y no tenía nada de bajo, estaba todo blanco. Salí corriendo y no quise volver a entrar en aquella habitación. Mi padre le echaba la culpa a mi madre y le decía una y otra vez: “te lo dije, te lo dije, que no andaba por buen camino, pero nada de nada, que le dejes, bien dejado está ahora, bien dejado está ahora”. Y lo repetía una y otra vez. Mi madre no le escuchaba, lloraba y gritaba y se arañaba la cara, se mordía las manos, se desmayaba, se despertaba y volvía a gritar y a gritar; hasta vino un señor con traje azul y una chapita y nos dijo que si no se callaba nos echarían de allí con mi hermano o sin él. Yo no fui al entierro, me dejaron cuidando de Josefa. Cuando vinieron mi madre se metió en la cama y no salió en dos días. Después hizo que pintaran un cuadro enorme con la cara de mi hermano en el que ponía: “Sol de hijo”. Y allí lo colgó, encima de la tele, mirándonos a todos. Tú mirabas la tele y él te miraba a ti.

A partir de entonces mi madre siempre ha estado mala. Los de la ambulancia se cagaban en todo cuando tenían que venir a por ella. Un día los oí decir: “La gorda, otra vez la gorda, hoy le ponemos un tranquilizante y la dejamos en casa, pasamos de llevárnosla al hospital.” Y así lo hicieron, la pincharon y se quedaron todos tan descansados. Aunque al día siguiente, cuando se despertó, empezó a vociferar y acabó por llamarlos otra vez y cuando entraron en casa se tiró para atrás y se cayó dándose contra la mesa. Salía mucha sangre y se la llevaron al hospital con la sirena y todo.

Hoy también oigo las sirenas. Ya vienen, pero va a dar igual.  Hoy es año nuevo, hemos ido a conocer la casa de mi hermana Josefa, que se va a casar. Está muy lejos, casi en Segovia, mi padre no quería venir, está harto de conducir y cada vez ve peor. Pero a mi madre le da todo  igual: “He dicho que vamos y vamos y se acabó”. Y le ha dado un empujón que casi se traga el picaporte. Por el camino casi tenemos un accidente con un camión. Mi padre quería adelantarle, el camión no le dejaba y se ha echado encima de nosotros; mi padre le ha insultado, ha dejado el volante y le ha hecho un corte de mangas y casi nos salimos de la carretera. Mi madre ha empezado a gritar y a mí me ha dado otra vez el ataque. Pero ni se han dado cuenta. Cuando hemos llegado donde mi hermana, mi madre me ha visto los pantalones manchados de pis, me ha dado una colleja, y ya está.

En la comida no han parado de insultarse. Al novio de Josefa, que es culturista, se le ha hinchado la vena y se ha puesto muy colorado, ha dado un puñetazo en la mesa y la botella de vino y los vasos han saltado como en los dibujos animados. Mi madre le ha dicho a mi padre que dijera algo, y mi padre se ha levantado muy enfadado y nos ha metido a empujones en el coche.

Yo, con tantos empujones, he perdido mi boli y me he puesto muy nervioso. Cuando no tengo el boli no sé qué hacer con las manos. Ellos estaban delante de mí en el coche, seguían insultándose, chillaban. Volvían a  repetir lo mismo una y otra vez. Mi madre lloraba, mi padre para no oírla ponía la música muy fuerte. Mi madre la quitaba, él la ponía. Yo he buscado entremedias de los asientos para ver si encontraba algo que se pareciera a un boli y así poder cantar mi canción y no escucharlos. Pero un silbido se me ha metido en la oreja y ha empezado a pitar, a pitar, a pitar cada vez más alto. He notado el calor, el sabor amargo que me llena la boca antes de los ataques y entonces, en vez de perder el conocimiento, he agarrado por el cuello a mi madre y he empezado a apretar, a apretar, fuerte, muy fuerte y así el pitido se ha ido. Ella se movía mucho y me arañaba con sus manos.  Mi padre, al verme, ha soltado el volante y ha querido despegar mis manos de su cuello, pero yo notaba un gran placer al no oírla y no lo ha conseguido. Ha empezado a insultarme y entonces he soltado a mi madre y le he agarrado a él. Ha sido entonces cuando el coche se ha salido de la carretera y se ha estrellado contra una casa abandonada.

Ellos se han muerto enseguida, no han dicho nada. Hay mucha sangre. Al principio estaba caliente, ahora ya está fría. No los veo, ni los oigo. Tengo algo encima que no me deja moverme. Estoy muy quieto. Me ha dolido mucho al principio, pero me he puesto a recordar todo esto y ya no me duele.

Ha pasado mucho rato sin que se oyera nada. Me ha gustado. Sé que los he matado. Sé que está mal. Pero esta paz me gusta. Por eso lo he hecho, porque sabía que me iba a gustar. Sólo echo de menos mi boli, y a Paquita, si viniera ella a salvarme…
Ya da igual, se oyen las sirenas, pero no me van a ver, estoy escondido debajo de ellos. Están encima, como siempre, pero por lo menos no hacen ruido. Adiós.

Por Raquel Ferrero

martes, 22 de enero de 2013

El mundo

Érase una vez un mundo. Negro, frío e inhóspito. Sus únicos habitantes eran las Rocas. Ellas poseían y poblaban un paisaje estéril y sombrío. Grandes rocas puntiagudas y hurañas que arañaban un cielo amenazador.

Un día apareció la Lluvia, torrencial, imperativa, arrolladora. Golpeó sin piedad las incontables rocas; las arañó, las maltrató, las arrebató su firmeza y mudó el paisaje.  Algo tan liviano como el agua deshizo su poderío ostentado desde tantos siglos atrás.

Ellas que se creían invulnerables, infranqueables, sólidas y arrogantes, se fueron horadando y redondeando bajo el insistente golpear de sus diminutas gotas.  El agua se fue abriendo camino a través de su dura envoltura. Dejó al descubierto su parte más poderosa.  La Lluvia desmembró su armadura y liberó su corazón.

Hasta entonces su himno era: "Las Rocas no lloran, no sienten, sólo existen, no se desvanecen". Pero eso había cambiado, y ellas ya sólo eran un recuerdo de lo que fueron y descubrieron que ahora tenían corazón.

Otro día apareció el Viento.  Era un ente invisible pero mucho más violento que la Lluvia. Las azotaba y las quebraba, las bamboleaba y arrastraba ladera abajo sin control y sin conocimiento, y cuando al final se cansaba de jugar con ellas y de maltratarlas, las abandonaba a su suerte, lejos de su mundo conocido y familiar.  Algunas de ellas llegaban hasta donde la Lluvia había hecho mansión y se vanagloriaba de sus dominios; donde sus gotas habían formado legión y, como un ejército poderoso, desfilaba y arrastraba todo lo que a su paso encontraba.  Eran los Ríos, poderosos y nerviosos; profundos y escandalosos.

La Roca que acababa en ellos rodaba y, rodaba y si no encontraba un recodo donde acomodarse, acababa por empequeñcerse de tal modo, que ya no la decían roca, sino arena la nombraban. Entonces su canción era: "Bastión venido a menos, ¿quiénes fuimos, quiénes seremos?".

Otro día apareció un ser diminuto, frágil, sin aparente fuerza ni poder. Pero resultó ser el elemento que más alteró su morfología: el Hombre. Primero eran pocos y torpes, pero ya eran violentos y se aprovecharon de su dureza para crear armas y con ellas matar y defenderse. Fueron aumentando en número e inteligencia y descubrieron   los Metales, más duros y resistentes que las Rocas, para lograr sus fines. Crearon toda clase de herramientas y con ellas esculpieron su dura corteza y modificaron su exterior. Montañas enteras desaparecían y se convertían en pirámides, castillos, fortalezas, catedrales, murallas y fronteras. Calzadas, caminos y carreteras construyeron con paciencia y esmero. Ahora su canción era "En las cimas nacimos, ahora nos pisotean, ¿qué más nos queda?"

No les faltaba razón porque les quedaba aún un largo y variopinto camino. Fueron esculpidas y en los templos sagrados adoradas, fueron lápidas y en los cementerios por los mortales lloradas, fueron bendecidas y milagros les achacaron, fueron preciosas y lindos cuellos adornaron, fueron arrojadas y cuerpos inocentes lapidaron.

Ahora nada temen, de nada se extrañan, saben que todo cambia y nada permanece, y que lo que hoy es grande mañana desaparece. El Hombre puede apretar un botón y la Nada será la que gobierne ese universo que un día les perteneció.

Ahora su canción es:" Rocas fuimos, polvo seremos, ¿mañana dónde nos encontraremos?"

Por Raquel Ferrero

viernes, 23 de noviembre de 2012

Negro blues (II)

Noche tras noche, Olvido traspasaba el umbral de su destino. Allí, en aquel lugar repleto de música, vibraciones y efluvios, buscaba su mitad perdida, su complemento anhelado. Aunque no veía, sentía la oscuridad y apreciaba su invisibilidad como un regalo. Plegaba su bastón, lo escondía en el bolso y a tientas, cuerpo tras cuerpo, iba a agazaparse al rincón, junto al piano.
     
Desde allí le llegaba con nitidez su olor, el de su afán, mezcla de sudor, tabaco, alcohol y un perfume como a madera, resinoso, pegajoso, que al instante reconocía y se regocijaba en su deleite. Aspiraba completa su esencia y, junto con las notas del negro blues que salían de sus manos, caía en un éxtasis mágico, místico, del que no quería regresar.

Entonces la música cesaba, él se levantaba y pasaba por su lado, derecho a la barra. Ella inhalaba su aliento, sentía el aire que levantaba al pasar, el roce de sus vaqueros contra las mesas. Se marchaba, se perdía en el ambiente.

Él también era ciego. No la veía.
   
Por Raquel Ferrero

lunes, 19 de noviembre de 2012

Negro blues

Traspasar su umbral era para Olvido zambullirse en un mar de sensaciones. Los olores golpeaban su pituitaria y la excitaban sin más. La música erizaba su cuerpo y su ceguera se hacía invisible en la oscuridad de aquel local.  Plegaba su bastón y se lo escondía en el bolso. Allí era fácil ir a tientas, tantear. Cuerpo tras cuerpo iba ganando posiciones hasta llegar al rinconcito donde se sentía segura. Cerca del escenario, pronto empezarían a tocar blues, y pronto llegaría hasta ella su efluvio, su influjo, su melodía.

Primero fue su aliento, caliente, denso; después su cuerpo abrazándola por detrás. Por fin sus labios húmedos succionando su cuello al mismo tiempo que el piano reptada sensualmente por sus oídos. El ritmo de la batería acompasó el movimiento de sus ágiles dedos y todo culminó con el solo triste de la guitarra.

El negro blues acabó y Olvido se quedo sola. Ciega, pero con luz.

Por Raquel Ferrero

domingo, 11 de noviembre de 2012

Good vibrations

Siempre viene sola. Se sienta en la mesita del rincón, pide una Guinness y no deja de mirarme mientras toco.  Luego, antes de que acabe la última canción, se levanta y se va. Dos meses así. Frank dice que tiene un acento raro, que parece alemana. Se esconde detrás de las gafas y de esa melena rubia que parece tener vida propia. A veces se recoge el pelo y un cuello felino y sensual la delata. Sí, eso es. Como un felino, sigilosa y paciente me vigila de lejos, sin apenas moverse pero sin perderme de vista. Estoy esperando el día en que por fin se abalance sobre mí. O mejor, seré yo quién la dé caza. Aunque no es mi tipo, hay algo en ella que me da buenas vibraciones. Me atrae.

     Hoy he decidido seguirla. Le he pedido a Frank que deje la barra y me sustituya en el bajo. Ella, al no encontrarme, no tardará en marcharse y yo la estaré esperando. Ahí está. Ahora soy yo el que la observa detrás de una columna, agazapado.  Mira hacia el escenario y se da cuenta de que no estoy. Gira sobre sus pasos y se marcha. Lo sabía.

      Voy tras ella. La tarde está lánguida y tiene esa luz inquietante del final del día. Anda despacio, se ha subido el cuello de su abrigo y ajustado el cinturón. Con las manos en los bolsillos y mirando sus pasos parece más sola que nunca.  Se detiene en la parada un instante; se sienta; enciende un cigarrillo.  Viene el bus, pero ella lo deja pasar, se levanta y sigue andando.  Camina de una manera graciosa, como si sus huesos hubieran crecido demasiado y aún no se hubiera adaptado a ellos. Me gusta. La llovizna ha encrespado su pelo y su bamboleo me hipnotiza.

      Decido acercarme más. Estoy a escasos dos metros de ella. Va dejando un leve olor a rosas que se mezcla con el del nuevo cigarrillo que acaba de encender. De repente se le cae el pitillo de las manos, frena en seco y se gira para mirarlo topándose de lleno con mi figura. Sus ojos se han abierto como un cervatillo asustado, su cara está  humedecida por la lluvia y sus gafas se acaban de empañar porque el rubor le ha teñido el rostro de un carmesí infantil.

       La miro con intensidad. Tiene unos labios frambuesa, frescos y carnosos.  Con la sorpresa se han entreabierto y puedo inhalar su aliento pleno de deseo y vergüenza.  Una ráfaga de viento coloca un mechón rubio sobre su rostro. Lo aparto muy suave y dejo mi mano suspendida sobre su sien. La atrapa  con fuerza, posa en ella su mejilla y cierra los ojos.

      Deseo besarla y acerco mis labios a los suyos. Me abraza y se ciñe a mi cuerpo como un molde a su original. El fuego nos envuelve, nos aísla, nos hace únicos e invisibles. Las lenguas se entrelazan y la respiración se agita. Como un mismo cuerpo vamos dando tumbos hasta acomodarnos en el pequeño jardín de una casa a oscuras. A intervalos separamos nuestros rostros y nos miramos. Sonreímos de placer y volvemos a saborearnos con avidez. Nos hablamos, pero nuestras palabras no tienen sonido. Nos desnudamos, pero aún estamos vestidos.

      Ella desliza su pantalón y a continuación desabrocha el mío. Su mano tantea y encuentra lo que está buscando. Levanta sus piernas y yo me dejo hacer. La abrazo, la beso, me acaricia, me aprieta. Se anticipa a lo que deseo y yo le doy lo que parece esperar. Bailamos borrachos una danza frenética y sin fin. Ella abre los ojos un instante y es entonces cuando los dos nos desvanecemos en un último suspiro y el silencio nos mece hasta adormecernos.

      La ayudo a levantarse y a componerse. Me acaricia con dulzura la cara. Me rodea la cintura y yo la sostengo por el hombro. Salimos del pequeño jardín oscuro y, a la luz de la primera farola, veo sus felinos ojos verdes.

      -¿Cómo te llamas?
      -Leonela.
     
     
Por Raquel Ferrero

viernes, 26 de octubre de 2012

Un millón

¿Alguna vez se han preguntado cuántas esquinas hay en el mundo? Yo, sí. Soy ese tipo de hombres que se hace preguntas.  Y no preguntas fáciles, no. Incógnitas que son casi imposibles de despejar. Yo cuento esquinas, sí. Las cuento, las memorizo y las anoto. Voy por novecientos noventa y nueve mil ochocientos catorce. Todas diferentes, claro está. No hay nada más emocionante que coger el plano del metro y elegir una estación. Salir y descubrir un barrio nuevo, lleno de nuevas esquinas y chaflanes, sí, chaflanes, porque hay veces que son difíciles de clasificar. He decidido que a si su ángulo es mayor de ciento cuarenta grados, ya es chaflán. Lo siento. Esa no la anoto y no computa en mis cuentas. No es fácil la tarea, no. No puedes repetir itinerarios. Me llevo un mapa detallado de la zona y voy señalando por donde paso. Cuando llego a mi casa las enumero y las registro en mi libro.

Cuando empecé con mi ingente tarea mi mujer no me comprendía. Ya contaba con ello, sí. Me preparé durante meses para que ningún inconveniente me apartara de mi propósito. Anoté en un cuaderno todas las posibles preguntas que me haría mi señora y sus correspondientes respuestas, del tipo: ¿Para qué haces esto? Porque me gusta. ¿Y para que sirve? Servir, servir, para nada ¿Pero por qué te ha dado por ahí? Para salir de casa y dejarte tranquila. Van a pensar que estás loco. En efecto, que piensen lo que quieran.  Les puedo asegurar que me hizo todas estas preguntas y unas cuarenta más, y que yo, una tras otra, las fui contestando de acuerdo con mi estudiado guión.

Con el tiempo siguió sin comprenderme, pero se fue conformando al beneficiarse con creces de mi nueva ocupación. Las viandas y productos que le llevaba desde los diferentes barrios y localidades acallaban sus quejas. ¿Qué has traído hoy?  Me espetaba cada día con denudada excitación. No me lo decía, pero yo sabía que en el fondo estaba contenta, se libraba de mí unas cuantas horas, y los recados, tan monótonos antaño, se habían convertido en una sorpresa diaria.

Han pasado ya siete años desde que empecé a contar esquinas. A mis 80 años, mis huesos y mi corazón lo notan. Una noche, de madrugada, me desperté sudoroso y sobresaltado. Una pregunta pulsionaba mi sien y parecía materializarse en el espesor oscuro de la alcoba: ¿En qué esquina hallarás tu muerte? Era una certeza que moriría en cualquier esquina y una incógnita en cuál de todas ella perecería.  ¿Qué número tendría mi última morada? Me encantan los números redondos y el millón estaba a punto de cumplirse; me moriría feliz si esa esquina sirviera para cerrar mi círculo.

Hoy es el día. Llueve y hace un frío de muerte. Me sentaré en el bordillo de la esquina un millón y esperaré tranquilamente a que mi corazón se pare y mis huesos se rindan. Llevaré conmigo mi libro de esquinas y una nota despidiéndome de mi mujer: “Querida, te lego mi más preciado tesoro. Sigue tú con esta colosal tarea y en cualquier esquina volveremos a encontrarnos. Aunque no te lo dije mucho: Te quiero”.

Por Raquel Ferrero

jueves, 26 de abril de 2012

Nada

Hace tanto que no escribo
Hace tanto que no amo
Hace tanto que mi vida se devanea
Entre el crujir de mi nombre
Hace tanto que no sueño
Me pregunto qué le falta a mi vida
Qué es lo que no encuentro
Qué es lo que ando buscando
Qué es lo que quiero
Preguntas una y mil veces sin respuesta
Como piedras que se precipitan en el mar
Y jamás se encuentran
Como gritos sordos en un monte muerto
Como frases inacabadas en un pensamiento
Mil veces me evado y sueño
Canto y río y lloro y muero
Todas ellas me gritan la verdad aquí dentro
Cantan melodías amargas
Llenas de verdad y miedo
Todas ellas me repiten
Qué es lo que quiero
Está imperfecta mi alma, mi vida, mi cuerpo
Las tardes amargas pasaron
También pasaron mis sueños
Pasó mi amor, mi desconsuelo
Ahora todo lo tengo
Brisas calientes y suaves
Se pasean por mi adentro
Tormentas, truenos y rayos
Habitan ya en otro tiempo
Ya no me queda nada que superar


Nada por lo que luchar
Los ideales están ya lejos
Y mis sueños de amor y sol
Y mis tardes y tu aliento
Ya no hacen mella en mí
Ya se fueron
Ya no puedo llorar por mis recuerdos
Ya no puedo acabar con ellos
Mis personajes de desvelo han desaparecido
Y esos instantes de alegría eternos
Ni son instantes, ni alegría, ni eternos
Me han dejado con la vida, sin ellos
Con la vida de todos
Con sus risas y sus juegos
Tengo lo que siempre soñé
Y no me encuentro
He luchado para esto, ¿y qué?
Creí estar escalando altas cimas
Y ahora, todo es llano
Quieto, demasiado bueno
Antes vivía para encontrar
Ahora ya no busco
Ni tan siquiera siento
Me dejo llevar
No me quiero preguntar de verdad
Qué es lo que quiero
He luchado para nada
Estoy viviendo en la nada
No soy nada
Y no me quejo


Raquel Ferrero