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jueves, 16 de mayo de 2013

El coracero

El convaleciente sacudió la bolsa que estaba junto a su catre. Sobre la cama cayeron los objetos más dispares, entre ellos los que buscaba: una moneda con la efigie del emperador, recado de escribir, un reloj y un legajo de papel amarillo, encuadernado en piel y atado con tiras de cuero. Contempló el reloj durante unos instantes, se sentó sobre el camastro, abrió el libro, tomó la pluma y se dispuso a escribir. Pensó durante unos instantes con la mirada fija en la tela de la tienda, su movimiento le recordó al de las velas henchidas de viento y honor, del buque que le llevó hasta aquella tierra yerma de vida. Había decidido qué parte de su historia habría de contar y cual olvidar; era entonces el momento de mojar la pluma en el tintero y comenzar:

Monte Saint Jean, 19 de junio, 1815.  Todavía no sé por qué el coracero francés no terminó con mi vida. A veces dudo de que haya ocurrido en realidad y pienso que todo fue un sueño, del que aún estoy por retornar...
Despertó. Un amargo sabor a pólvora enturbiaba su paladar. Tenía la boca completamente seca. Sintió que toda la arena del desierto hubiera pasado por ella.  El ambiente era irrespirable, una mezcla de olor a heces, vísceras humanas y sangre por doquier, sembraba el campo de batalla. Comprendió por qué no podía levantarse: un torso uniformado en azul aprisionaba sus piernas. Pataleó para zafarse de él. Poco a poco alumbró su nuevo estado. Tomó unos minutos para mirar a su alrededor: cadáveres, cuerpos desmembrados, quejidos y llantos sobre el rumor de la contienda, ya lejana. Comprobó que podía mover sus miembros, giró la cabeza a  izquierda y derecha; después, con las manos dio la vuelta al cadáver que había rociado sus borceguíes de agrios fluidos. Era un húsar, el cuello estaba cercenado de un solo tajo, los ojos abiertos con una expresión, mezcla de sorpresa y estupor, para dar una inesperada bienvenida a la muerte. Su uniforme azul estaba teñido de su propia sangre. Del interior de su casaca sobresalía una cadena de plata. Recordó entonces la que llevaba al cuello, herencia familiar; en un acto reflejo la buscó con su mano y no descansó hasta que alcanzó a tocarla. Vino a su mente lo ocurrido antes de perder el conocimiento. Lentamente, su cerebro se fue llenando de imágenes hasta inundarlo de sonidos y sensaciones del fragor del combate.
Libre del peso que oprimía sus piernas, intentó levantarse, pero una nube de pólvora le cegó. Permaneció inmóvil por unos segundos, a la espera de que el viento la disolviese, pero no terminaba de liberarse de ella. Sus ojos comenzaron a llorar fruto del escozor que la niebla le produjo. Aquel tiempo le pareció una eternidad. Estaba completamente desorientado. ¿Qué habría ocurrido? ¿Quién habría salido victorioso? ¿Habría sido definitiva? ¿Podría volver a casa? ¿Estaba ya muerto? Todos estos pensamientos desaguaban en su consciencia, mientras cubría sus ojos con el antebrazo.
No sabía cuánto tiempo había pasado, no tenía con qué medirlo, pero al disolverse la nube, encontró frente a sí un coracero enemigo que, con el sable en la mano diestra, estaba contemplándole. Retrocedió unos pasos mientras tiraba de las riendas de un enorme caballo. Envainó el arma y se arrodilló junto al soldado muerto que yacía a sus pies. Se quitó el casco y después le abrazó. Creyó escuchar sus sollozos; aquel jinete se estaba despidiendo de alguien querido. Pasaron unos minutos antes de que el coracero depositara el cuerpo inerte en el suelo y con máximo cuidado, después, se cercioró de que sus ojos sin vida quedasen cerrados en un eterno sueño y abrió su boca para depositar una moneda antes de volver a cerrarla. Cuando hubo empleado todo el cuidado que su rudo uniforme le permitió, tomo la cadena que salía de su indumentaria y tiró de ella suavemente hasta llegar a su final. Un bello reloj plateado apareció en sus sucias manos de sangre reseca y ennegrecidas uñas por la pólvora. Su compungido rostro tornó entonces al más fiero que jamás se pudiera imaginar, cerró el puño con fuerza y tiró de él hasta arrancar el engarce que sujetaba la cadena y después, lo arrojó contra el suelo en un ataque de ira. Hecho lo cual, recuperó la moneda de su boca, que le lanzó como si ya no fuera digna de su faltriquera, escupió al suelo junto al cadáver, le señaló con el dedo a la vez que dijo algo que no llegó a comprender, montó sobre su caballo que relinchó al sentir las espuelas sobre sus ijares y, encabritado, salió al galope en dirección al sol.
Tardó en reaccionar lo que sus miembros se demoraron en obedecer las órdenes de su cerebro. Casi a rastras, ausente de fuerzas y utilizando las reservas del instinto de supervivencia, se arrastró hasta el cadáver. Hurgó en sus bolsillos, en el interior de su ropa y bajo ésta, pero no encontró nada; se acercó como pudo a donde había quedado el reloj. El barro producido por la sangre había evitado que éste se rompiera en mil pedazos. Lo puso sobre su palma y lo observó. Creyó entender; una flor de Lis estaba grabada en la tapa posterior del mismo. Sonrió. Las cosas nunca son como parecen, pensó. Se lo acercó al oído, pero no escuchó el sonido de sus engranajes al funcionar. Pulsó el mecanismo de la corona para ver la esfera, Zenit, 1898, rezaba bajo los números romanos que indicaban las doce, y unas agujas negras de forja se encontraban en cruz como si estuvieran esperando alguna penitencia que cumplir.
Por Luis C. Castilla

jueves, 28 de febrero de 2013

Esta es su vida

Estimados inspectores Villar y Domingo:

Les remito la presente en la espera de que la lean con atención. Yo, por mi parte, estoy seguro de que su lectura les será muy instructiva.

Me llamo Lucas Alcaraz, quizás les suene mi nombre. Salí de prisión un martes día trece, a la una de la tarde y trece minutos. Al atravesar la última verja miré mi reloj, un Casio digital de plástico negro que compré en Canarias; pero ese agradable recuerdo se borró en un instante cuando en la esfera sólo encontré números trece. Aquello no podía ser una buena premonición.
Todo empezó hace unos años, cuando me vi en un programa de televisión, en cuyo plató nunca había estado. Es ese tipo de programas en los que, por un viaje a Benidorm, la gente está dispuesta a mostrar sus miserias, ya sean reales o inventadas por aviesos guionistas.
De pequeño crecí en un barrio a espaldas de la Gran Vía, digamos que viví entre pintadas, mujeres con exceso de carmín en los labios, mugre en las calles, y todo ello a escasos metros de joyerías de alto nivel; en definitiva, en el lugar donde el ayuntamiento levanta la alfombra para ocultar su escoria.
En la escuela fui un niño tímido a quien todos dejaban de lado o simplemente ignoraban, y cuya opinión, aunque la manifestara en pocas ocasiones, nunca fue tenida en cuenta, o bien se recibía con un coro de risotadas. Me gustaba pensar que era un conservacionista, término un poco rebuscado, pero que valía tanto para definir un sentido de vida respecto a la naturaleza, como de una actitud ante la existencia. En nada coincidía esta denominación con la que los muchachos utilizaban para nombrarme: ‘el raro’; claro que ésta podría derivar por extensión en cualquier otra palabra fuera de las no más de doscientas con que mis compañeros solían comunicarse.
Cada vez que el profesor utilizaba una palabra fuera de su círculo, las bromas hirientes del resto de la clase hacían diana en mi mirada caída, fija en las baldosas de terrazo; así ornitorrinco, marsupial, iconoclasta o protozoo llegaron a ser motes por un día o una temporada.
Medité mucho sobre ello en la celda de dos por dos, en la biblioteca de la prisión o en el comedor, día a día, a los que siguieron largas noches de reflexión. Analicé mi comportamiento hasta donde la memoria me alcanzó, y a pesar de no estar muy seguro, llegué a una conclusión: la culpa era de las mujeres. Esos seres del diablo que eran capaces de sostener una cosa y la contraria con los mismos argumentos. Esos seres que con una mirada podían seducirme, con una palabra o con un sutil e imperceptible gesto de su rostro.
Si algo le atraía de ellas era el misterio que las rodeaba. El quería saber, conocer, pero su forma de ser y su entorno le obligaban a salir de su círculo y a transformar su personalidad en algo que no era. Podía percibir la orgía de endorfinas en su sangre cuando, desde la ventana de la pensión, ‘La Divina’, contemplaba a las chicas con los pantalones ajustados, las faldas de vértigo y los zapatos de tacón.  Aquellas estilizadas figuras y las alturas inverosímiles le hacían trasladarse a un mundo imaginario, en el que él era el único regulador legislativo y moral ante quien todas ellas estaban avocadas a sucumbir.
Me acercaba a ellas para observarlas mejor, para entablar una conversación banal, pero la respuesta era siempre la misma: “lárgate niño, estoy trabajando”. Lo decían con un acento extraño para mí, en un tono de abandono, como si en él la derrota fuera el principal ingrediente. La mayoría parecían haber admitido el fracaso y estaban resignadas a su suerte; pero Mila no, era diferente. Nunca pensó renunciar y en el momento en que me acerqué a ella, vi algo diferente en su rostro. Más tarde comprendí que al conocerme supo que yo sería el instrumento de su liberación.
Con el tiempo, aquellas ensoñaciones desaparecieron, y su lugar fue ocupado por otras preocupaciones algo más acordes con un joven de su edad. Y ahí es donde entró ella en su vida. Mila, de venerado nombre y recuerdo; repetía en silencio su nombre constantemente por si, al pronunciarlo, se produjera un aquelarre que la convocara y pudiera estar de nuevo con aquella mujer, que le mostró la delgada línea, a veces tan difusa, que separa el odio del amor. Amor con mayúsculas y odio con sangre.
Si uno no tiene éxito en la vida y en ocasiones el destino le favorece se aferra a éste como el único puente que le va a permitir cruzar el abismo que le desafía. Más tarde, de una manera más pausada y concienzuda, lo analizó en la cárcel, pero estaba seguro. La causa de que su vida no fuera gris y oscura, como una escalera sin luz, fue ella y su irrupción en su vida. También ella le empujó a cruzar la línea y a traspasar la frontera que separaba su anodina vida de los acontecimientos que terminaron con él en una pensión del estado con estrictos horarios y movimientos restringidos.
Hay sueños que no son reparadores y pesadillas que son esclarecedoras. Cada noche soñaba con un hacha cercenaba miembros y cabezas de los que manaba tanta sangre que no podía escapar y me ahogaba en ella. Supe entonces que ése era mi destino y me puse manos a la obra para estar preparado cuando llegase el momento. Empecé por el guionista del mísero programa que relató mi vida hasta entonces. Necesitaba transgredir los límites para que ella me aceptara, para que me tomara en serio, para que comprendiera lo que era capaz de hacer, tanto si ella me lo pedía, o si atisbaba cuáles eran sus deseos. Tenía que demostrarle que yo era igual que un león quea pesar de su pasividad en la mayor parte del día, podía ser temido y respetado sólo con mostrar sus fauces.
Estaba decidido a tenerla. Era ella, la había observado tantas veces desde la ventana que sus modales altaneros me habían llamado la atención. Tenía que ser mía en aquel momento. Me lancé a la calle para abordarla y tenerla. No me habría importado pagar, lo habría hecho con sumo agrado, lo que fuera, pero leyó algo en mis ojos e hizo una inversión de futuro. Consintió en subir a mi pensión, aunque en realidad fue ella quien me incitó a ofrecérsela y evitar la fonda donde tenía sólo el mobiliario necesario para su negocio. No voy a ser ahora prolijo en detalles, sólo les diré que en aquella ocasión me enseñó mucho más de lo que nunca soñé aprender. Aquella era una apuesta a largo plazo y reconozco que acertó. Por repetir, por sentir su cuerpo joven y lo que su boca y sus manos libaron de mí, habría sido capaz de representar para ella cualquiera de mis pesadillas. Y Mila, sagaz, inteligente y calculadora, estaba segura de que, con pequeñas dosis de lo entregado aquella tarde, sería un pelele en sus manos. Nunca imagine que mi vida sería igual que la del rey de la sabana, sangre a cambio de sexo.
Mi primer trabajo fue como un sueño. Ddiría que fue un verdadero bautismo de sangre. Tomé como modelo un truculento caso que leí en los diarios. Un cuerpo abandonado en un jardín de una zona bien de la ciudad, unas cruentas mutilaciones, manos amputadas y dientes arrancados. Un difícil caso resuelto por ustedes, inspectores Villar y Silva. Como ya saben, así fue nuestro primer encuentro aunque no definitivo. Ahora estoy fuera y pienso recordárselo tanto como me sea posible.
Después de dar cuenta de ese mísero guionista, estaba entregado a mi musa; ella me inspiraba y sabía cuáles eran mis deseos y necesidades. En nuestros frecuentes encuentros, siempre a espalda de su chulo, me susurraba al oído que deseaba ser libre, que deseaba serlo sólo para mí, y no tardó en sugerirme que hiciera nuevas prácticas de anatomía con su  proxeneta. Me prometió la cara oculta de la luna y la creí. Quería creerla, necesitaba tenerla, y cualquier cosa que ella hiciera o dijera sería una orden para mí. No tuve ninguna piedad, la misma que él con ella y, por si tuviera mala memoria, me encargué de recordarle y centuplicarle el dolor que le había ocasionado a Mila.
El caso es que apenas pude disfrutar de mi leona; sólo unos días después encontraron restos de sangre y un dedo índice -me gustaba guardar como recuerdo de mis víctimas en la pensión. Desde ese día, me encuentro realmente preocupado por Mila. No he vuelto a saber nada de ella. Cuánto tiempo he pasado en mi celda pensando dónde estará, qué le habrá pasado a mi reina felina para que no haya podido escribirme, ni visitarme, acercarse para un bis a bis, pero sobre todo, me pregunto cómo la policía supo qué tenía que buscar en mi pensión.
Ahora que estoy fuera voy a encontrarla. Ustedes harían lo mismo si la hubieran conocido. Esa es mi misión en la vida, eso y recordarles, inspectores, mi existencia. No lo duden. Nos encontraremos pronto, muy pronto. He imaginado muchas veces cómo será nuestro reencuentro. Cómo podría prolongar su sufrimiento; y después de mucho tiempo en la celda, llegué a comprender que manteniéndoles con vida, nada les torturará más que el dolor infligido a sus seres queridos y que, cuánto más cercana y cruel sea su muerte, más dura y profunda será su angustia. Y el momento ha llegado. Pueden observar las fotografías que adjunto y además, en breve, recibirán dos frascos de formol. Su sufrimiento no ha hecho más que comenzar.
Por Luis Castilla

jueves, 14 de febrero de 2013

No es verdad…

No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla,
más pura la luna brilla
y se respira mejor…

Juan miraba con ojos cansados, había navegado con ellos todo el día y parte de la noche. Por ella era capaz de aprender largas estrofas de poesía, de caminar sobre el fuego y de esperar sentado toda la noche a que la luz del amanecer bañara su angelical rostro. Inés.

Se había incorporado sobre la cama. No podía dormir, se encontraba exhausto, había trabajado todo el día. No tuvo ni un instante de descanso, siempre concentrado en la tarea, salvo algunos momentos en que la recordaba para  hacerse más fuerte.
Casi a oscuras, con la tenue luz del despertador y el mágico silencio de la noche, la miraba. Veía su figura modelada por el cobertor, jugaba con su respiración acompasándola a la suya. Al principio, el juego fue relajado y tranquilo, boca arriba era lánguida y serena, inspiraba con un dulce movimiento de pecho y expiraba con la misma suavidad que mecía su silueta en rítmico vaivén.
Juan no dejaba de observarla, sus pupilas se habían dilatado como las de un felino para ver facciones. No lo necesitaba, podía describir por completo la orografía de su piel, tantas veces recorrida, con sólo cerrar los ojos. Dormía de una forma placida y sosegada. Entonces, divagó unos instantes, paseó por las alturas, subió por empinadas laderas, bajó a los valles donde escuchó el arrullo del viento y regresó caminando sobre ardiente lava.  

Un escalofrío le rescató del sopor y se dio cuenta de que instintivamente seguía jugando con su respiración. Comenzó a apreciar que era más liviana y confusa. Ahora se movía inquieta bajo el edredón, agitaba brazos y piernas en una danza incoherente y desacompasada. Posó la mano sobre su frente —seguro que tan sólo era una pesadilla-, se tranquilizó. A pesar de ello, seguía con su ritmo de respiración. Éste ya no era ligero, sino rápido y superficial, próximo al jadeo.
De repente se desarropó, con sus piernas sacudió las sábanas hasta que se liberó del peso que la oprimía. Entonces, abrió los ojos y escuchó decir:
—Javier, cariño...  

Por Luis Castilla

sábado, 19 de enero de 2013

La nada y el vacío

La Nada despertó. Buscó en la oscuridad a ambos lados de su lecho. Nadie la acompañaba y tuvo consciencia de su soledad. Decidió, entonces, que había soportado demasiado vacío en la eternidad de los tiempos y que necesitaba compañía. Primero pensó cuánto le agradaría oír una voz, pues el silencio era lo único que escuchaba más allá de sus pensamientos. Creó así el sonido. Como el tiempo del silencio ya había concluido, utilizó su voz para decirse a sí misma que, a continuación, nacería la luz. No soportaba ya el peso de las sombras y, cuando creara lo que había pensado, quería que pudiera ser visto para conocer el grado de belleza de su obra. Así, abrió los ojos con fuerza y la luz nació.

Una vez que ésta germinó, comprobó que nada había que ver o escuchar pues todo estaba vacuo, así que decidió alumbrar la tierra firme, el mar y el cielo, para que algo se pudiera ver y escuchar, y lo llamó Paraíso. Le gustó el nombre, pero nada en él se movía; era como ver una imagen fija eternamente y decidió añadir el movimiento. Creó los planetas y sus satélites y los ató con invisibles hilos para que sus órbitas estuvieran relacionados y la noche y el día se sucedieran eternamente como en un infinito juego.

Ahora que la Nada ya tenía qué ver, no tenía con quién comentar la belleza de los colores del atardecer, ni los del amanecer, ni las turquesas aguas del mar, ni las verdes praderas de trigo mecido por el viento; así que decidió entonces que no volvería a estar sola y moldeó sobre las montañas un cuerpo a su imagen y semejanza y con la fuerza de un rayo le dio vida. Pero la emoción del último momento le hizo temblar y erró, y así el Vacío no se creó a imagen exacta de la Nada. Fueron sólo complementarios y, cuando se acercaron comprobaron que sus cuerpos encajaban entre sí, amantes. Tanto placer y tanta felicidad disfrutaron que decidieron extenderlos sobre la faz de la tierra, por lo que modelaron montañas con sus formas y con cuantas  aquellas que su imaginación vislumbró, creando tormentas que dieran vida a todas las criaturas sobre la superficie de la tierra.
 
Por Luis Castilla

viernes, 18 de enero de 2013

El caballero medieval

—Mi brigada, parece que ha visto un fantasma. ¿Qué le pasa, si sólo ha mirado la lista de servicios para esta noche? Hay luna llena pero no es para tanto
— ¿Sabes qué día es hoy?
—Claro, mi brigada, hoy es domingo, 10 de julio, el cumpleaños de mi madre. Voy a comer con ella y luego, a las nueve, cuando sea la hora de cerrar el museo entro de guardia con Vd., mi brigada.

 El brigada Chaparro no podía creer su mala suerte; qué malaje, se decía en su tierra. De estatura breve y amplio estomago, hacía honor a su apellido, mientras el cabo primero profesional, que así se hacía llamar, chusquero para todos los demás, se llamaba Olmo, alto y corpulento como el árbol que no aún contraído la grafiosis. 

—No es que quiera darte una clase de historia pero, ¿sabes cuál es la pieza más importante del museo?
—Por supuesto, mi brigada, recitó de carrerilla, las piezas más importantes del Museo del Ejército son: la capa de Boabdil, ‘El chico’, la armadura de Carlos I y, por encima de todas ellas, como reza el folleto de la entrada, la Tizona, la espada del Cid Campeador.
— ¿De verdad que no has oído nada al respecto?
— ¿Algo de qué, mi Brigada?
—No, si va a ser verdad que te has ganado a pulso el apodo de chusquero.  ¿Sabes lo que vamos a hacer esta noche? Tú y yo nos vamos a encerrar en la sala de banderas y de ahí no nos va a mover nadie hasta que amanezca. ¿Entendido?
—Mi brigada, por favor, explíqueme de qué va todo esto.
—Voy a contarte una historia, pero cuando termine nunca la harás mención, yo negaré haberla contado y juraré sobre la Biblia que nunca oí hablar de ella.

Fue hace bastantes años, yo aún no era brigada, acababa de pedir destino en Madrid y el museo podía ser un destino tranquilo. Así, que todo ufano y contento, me dispuse a hacer mi primera guardia nocturna por los pasillos de este edificio, que como ya debes saber fue el salón del trono que formaba parte del Palacio de Buen Retiro. Por un lado, pensé que sería un trabajo relajado donde pasear y dejar sestear los días hasta la fecha de mi ascenso, en la que podría pedir un destino más acorde con mis aptitudes y mis deseos, una tranquila oficina en alguna ciudad del sur, junto a mi amado mar Mediterráneo. 

Aquella noche no la podré olvidar jamás. Domingo, 10 de julio.  Nada más cerrar la puerta y apagar las luces del edificio, un ruido de cristales rotos atronó en el interior. Rápidamente, los que estábamos de guardia nos dividimos en dos grupos, unos a rodear el perímetro exterior, los más y otros,  el brigada Plácido y yo mismo, corrimos por los pasillos en busca de la causa de aquel estrépito. En nuestra carrera, jadeantes y azuzados por la adrenalina de nuestra sangre, llegamos hasta la sala de armas blancas donde nos encontramos una vitrina rota y sus cristales desperdigados por todo el suelo. Lo peor, La Tizona, desaparecida. Escuchamos sonido a lo largo de los pasillos, incluso llegué a creer que había escuchado metales golpeando entre sí, relinchos y ruido de cascos a la carrera. Pasado el primer momento, todo permaneció en silencio. Encendimos todas las luces del museo y recorrimos las estancias, los pasillos, las oficinas, hasta llegar a las buhardillas y los sótanos. Hasta llegar a una conclusión: nadie había entrado, nadie había salido. 

Una vez hubo terminado la ronda completa, apostamos vigilancia en los lugares de entrada y salida, y nos dirigimos al cuerpo de guardia para hacer el informe que habríamos de presentar a nuestros superiores al día siguiente de aquella pavorosa noche. Fue entonces, cuando los mismos ruidos se reprodujeron y al llegar de nuevo a la sala de armas blancas, cuál no sería nuestra sorpresa, al ver vimos cómo una figura a caballo, vestida con yelmo y cota de malla, depositaba la espada en la urna de cristal para desvanecerse lentamente a la vez que los rayos de sol entraban por los huecos de las contraventanas. No habríamos creído lo que vimos si no hubiera sido por el reguero de sangre que dejó tras de sí, la misma que goteaba de la Tizona y por la cabeza que se encontraba pinchada en la pica del alabardero que se encuentra junto a la puerta de la sala.

Muchos son los testimonios de personas que dicen haber visto la figura de un caballero medieval que cabalga por el Retiro blandiendo una espada en noches de luna llena, y todos ellos coinciden en la fecha, domingo, 10 de julio, aniversario de la muerte del Cid Campeador.
 
Luis Castilla

martes, 20 de noviembre de 2012

D’ont stop me now

Los focos de la torre recortaban sus siluetas en la oscuridad del escenario. Eran cuatro figuras que comenzaron a moverse al ritmo de las primeras notas del piano. Brian comenzó a cosechar magia de los sencillos acordes y la voz de Freddie inundó las gradas del estadio:
Tonight I'm gonna have myself a real good time
I feel alive and the world turning inside out Yeah!
And floating around in ecstasy
So don't stop me now don't stop me
'Cause I'm having a good time having a good time
 Casimiro se estremeció al escuchar aquella primera estrofa. Era un sueño hecho realidad. De pie sobre el césped no tenía desventaja con el resto por su ceguera; él era capaz de percibir los matices que fundían la voz y la guitarra como nadie. A su lado y  susurrándole al oído, Lucía abrazada a él, le relataba todo lo que no podía ver.

I'm a shooting star leaping through the sky
Like a tiger defying the laws of gravity
I'm a racing car passing by like Lady Godiva
I'm gonna go go go
There's no stopping me

A la luz de los mecheros y al ritmo de los coros comenzaron a bailar. Lucía, cada vez  más cerca, hacía que sus senos calentaran su pecho. Sus manos, en los bolsillos traseros de su vaquero, presionaban sus glúteos para sentir su ya abultada erección. Casimiro abrazaba a Lucía; sus manos recorrían su espalda, sus labios, su cuello, al mismo ritmo que su pelvis realizaba rítmicos movimientos.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you

Lucía no quería esperar más, quería tenerle, sentirle, quería descubrir el secreto que se ocultaba tras esa cálida voz y bajo esa sonrisa permanente. Era una fantasía que la había perseguido desde que conoció a ese muchacho con bastón. ¿Cómo sería? Más  que curiosidad, necesitaba que fuera Casimiro y no otro quien aplacara esa noche todas las sensaciones que su cuerpo ansiaba. 

Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all

Le dijo algo al oído y él asintió. Le cogió de la mano y se abrió paso hasta el fondo del estadio. Allí la oscuridad era completa y el césped mullido. Ese era el momento y aquel el lugar.

I'm a rocket ship on my way to Mars
On a collision course
I am a satellite I'm out of control
I am a sex machine ready to reload
Like an atom bomb about to
Oh oh oh oh oh explode

A pesar de su premura, le desvistió sólo lo preciso, con el tempo necesario; deseaba sentir el calor de su cuerpo sobre ella, necesitaba aquel encuentro por fugaz que fuese. Le quitó la camiseta y con sus labios comenzó a besar su cuerpo hasta que alcanzó sus aureolas, que succionó con fricción. Casimiro buscaba con sus manos y con su respiración jadeante acompañaba la de Lucía.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic woman of you

Alcanzó entonces su cintura, coló la mano bajo el pantalón y, en ese instante, él calló y abandonó sus jadeos por un instante. Nada podía distraerle de aquella sensación. Sintió el tórrido contacto de las ardientes manos de Lucía sobre su piel más íntima.

Don't stop me don't stop me
Don't stop me hey hey hey!
Don't stop me don't stop me ooh ooh ooh (I like it)
Don't stop me don't stop me
Have a good time good time
Don't stop me don't stop me Ah

Casimiro no podía verlo pero gozaba más allá que ninguna otra ocasión. Hubiera ssido capaz de describir todos sus movimientos en una correlación de imágenes que su tacto catapultaba al cerebro con la misma rapidez con que el relámpago precede al trueno.

I'm burning through the sky Yeah!
Two hundred degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm trav'ling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you

Todos los poros de su piel eran capaces de alumbrar sensaciones, de lubricar deseo, de crear expectativas, de acompasar el ritmo de su cadera con el del bajo de John, y en ello se aplicó siguiendo también la cadencia de la batería...

Don't stop me now I'm having such a good time
I'm having a ball don't stop me now
If you wanna have a good time just give me a call
Don't stop me now ('cause I'm havin' a good time)
Don't stop me now (yes I'm havin' a good time)
I don't want to stop at all

Los silbidos y aplausos del público anunciaron el final de la canción. Se encendieron las luces y Casimiro apreció que Lucía que se había parado y aún abrazada a él le dijo al oído:

—Súbete los pantalones que la gente nos está aplaudiendo a nosotros.

Luis Carlos Castilla

*Se aconseja leer el relato con la banda sonora original. La mejor versión es la del álbum Queen Live Killers, primer corte, segundo disco. Y como dice la canción espero que al leerlo paséis un buen rato.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Vane y Dale

Dirección:Vane1969a100@gmail.es
Asunto:    No me lo puedo creer
___________________________________________________________________
¡Pero qué guarra eres, Vane!  ¿Cómo se te ocurre contármelo? No me puedo creer que le hayas hecho eso al Joaqui. Me reafirmo, ¿cómo puedes ser tan guarra? No, no te lo iba a contar, pero ya que me has hecho esa confidencia lo haré. Eso sí, espero que luego me lo cuentes todo, segundo a segundo, jadeo a jadeo; todos los detalles sin excepción.

¡No lo puedo creer! ¿Se lo hiciste así, en esa postura? ¿Dónde? Uf, se me pone todo de punta, hasta las cejas. Vane, con el Joaqui y así. Anda, que has elegido mal, y ¿te costó mucho? Uf, ¡no me lo puedo creer!

¿Sabes? te cuento. El otro día vi a mi corazón entre sus cuatro hermanos, tan espigado que sobresalía sobre todos ellos, a izquierda y derecha, tan suave, tan dulce, tan sabroso, tan delicioso. Cada vez que le veo, me siento morir, sucumbo, tiemblo. Cuando se acerca y puedo oler el perfume de su aroma, me invade, me penetra, me inunda una sensación que me sonroja, me evade, me lanza, me descalza, me arrebata; pero cuando se posa sobre mí y dibuja sus delicadas caricias de color me carga, me dispara, me recarga, me voltea, me lancea, me mata, me resucita, me dinamita, me expande, me limita, me imploxiona, me detona, me impresiona.

Me dirigí a él y le sujeté con fuerza hasta que se colocó sobre mí. Recorrió las cordilleras de mi piel, y sutilmente merodeó sobre las laderas de mi envés hasta alcanzar la rotonda de mi mundo. Selló mis labios que gemían, húmedos, dulces, ávidos del manjar presente; mi lengua desarbolada por las sísmicas vibraciones de sus yemas, emergía de su gruta en busca de fruta fresca que saciara su sed de excitación, de piel, de hiel, de miel. Desterró los labios mi corazón y, junto a sus hermanos, se lanzaron a explorar vericuetos y cañadas, sombras y luces, escalofríos y sudores hasta que mi voluntad fue una, la suya, y me arrastró, me marcó, me devoró, me extenuó, me quebrantó.

No podía más, me sentí tan húmeda que temí rechazarle, mojarle, ahuyentarle, que me abandona en mis temblores, mis contracciones, mis palpitaciones, mis ojos en blanco, mis sofocos, los ahogos, los silencios, los jadeos, las expiraciones; pero para el inmenso placer de mis sentidos, se deslizó sobre mi vientre con movimientos de serpiente, siseos de vida y me asió, mi piel vibrando, rezumando, destilando. Llegó entonces a la ondulación que precede la luz. Exploró mis senderos y vericuetos, escrutó donde de placer fluyen los torrentes, me exploró, toda y fallecí, fenecí, me desmoroné y resucité con su sincopado ritmo en mi interior, su redoble de percusión, su rasgueo en los acordes de mi ser. ¿Sabes? No pude gritar más en silencio, tampoco pude enmudecer, me escuché. Gimoteé, supliqué, imploré, americé y me sentí tan plena como agradecida. Los cinco en una vida. Corazón, medio, índice, pulgar y meñique.

Nos vemos a la salida, te mando un whasapp  cuando salga de clase.
Por Luis Castilla

lunes, 28 de mayo de 2012

La Ribera

Ajado sayo de recio amanecer
aviva la piel del invierno día,
cubre la inquieta esencia
de abandono henchida.


Castaña madera, emboscada,
escolta de nubosos ejércitos
en tu cauce reflejados,
cristalino brillo de sol bruñido.


Piedra gris lavada en patios efímeros de vida
fina lluvia de parca luz buscada,
telaraña tejida en troncos
de sutil rocío perlados.


Brisa fragante que inhalas silencio
escuchas el son al mecer tus frutos,
aroma fresco
pálida esperanza de tu calor huérfana,
de tu salvaje
salvaje existencia
que fluye desde tu llaga airada
y acaricia con mimo y dulzura
los cálidos brazos de mi amada.


En tus ojos la mirada,
de tu tambor el compas,
de tu luz la brisa que canta nanas a los luceros
de tus labios el silencio que baila con la escarcha
de tu figura el dulce aroma que mis sueños arropa.
Tú.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cartas de amor (VI)

Para la luz de mi sombra

Etérea luz que flotas en el ámbar de su mirada,
sensual figura que trasmuta movimiento en deseo,
espíritu ardiente que fascina al aire con su contacto soñado.

Esquiva esperanza en la miel de tus ojos
confluye en el abandono de mi esencia.

Responde, desconocida amada, a mi solícita desdicha,
pues tan fuerte es el lazo que a ti me empuja
que con el ánimo de tu anhelo cualquier otro rompería,
si no fuera porque no hay placer más dulce que estar preso de tu esencia.

Abrásame, venerada desconocida, que de tanta congoja regada en rojo flama,
y con tu ausencia sentida, enterraré mi dicha y, víctima de ávida pasión,
moriré en la bruma de tu soledad errada, pues estando a tu lado,
exhalaré el ardiente aroma de tu helado corazón,
que desconoce mi ansia de por tí ser amado.
 
* * *

Respuesta a un carroza

‘Pasa, tronco, ¿Me estás vacilando? ¿Pero de qué vas, carroza? ¡Vaya golpetazo que tas dao en la chola! Todas las words revueltas, que si anhelo, que si congoja y aroma. Pero tío, qué dicha ni desdicha, si te contara lo que dice el Rober…

No sé quién eres, pero por la lengua tiés que ser mazo friki hasta arriba de garrafón. Seguro que eres más estirao que la lengua de un camaleón y tienes más años que Cervantes. Abre bien las orejas que no te lo voy a repetir más: contigo tío, ni a la puerta del ‘tuto. Solo una vez más y se lo cuento a mi novio, el Rober, el quebrantahuesos.
 

Luis C. Castilla

lunes, 13 de febrero de 2012

Cuaderno de bitácora

Día 31 de enero, cuarto año desde la invasión
He dormido poco. He pasado la noche pensando que tengo que verificar más a menudo el perímetro. Los generadores funcionan bien, ahora no hay problema por la energía, apenas hay consumo y las reservas que dejaron los supervivientes son más que suficientes. He estado viendo una vieja película en mi fiel tablet, en la que un sujeto con bombín y bigote hacía bailar a unos panecillos pinchados en unos tenedores. El contraste de mis risas con el silencio de la película me ha alterado y me ha devuelto a la realidad. Escucho el silencio, estoy siempre alerta, oigo los sonidos, trato de discernir si alguno de ellos no es de los habituales y supone una amenaza. Me he ejercitado subiendo y bajando las escaleras. Han sido cuatro veces, diez pisos, dos tramos por piso, trece escalones por tramo. Me he cansado mucho y me ha aliviado la tensión de mis músculos, pero sobre todo de mi cabeza. No ha dejado de funcionar, no me ha permitido un segundo de descanso.

Después de ducharme, incluso antes de vestirme, me he dirigido a la emisora y he vuelto a llamar a la espera de alguna respuesta, pero desde hace tres años sólo la niebla radiofónica contesta. A veces se perciben ciertas interferencias cuando ellos captan la frecuencia. Entonces, rápidamente, la cambio y activo el filtro anti seguimiento. Estoy seguro de que algún día  la localizarán, pero no me resigno a no encontrar alguien con quien hablar, aunque sólo pueda ser a través de las ondas. Lo he intentado también con el ordenador, he mandado correos a todas las direcciones posibles, pero nunca se ha encendido mi casillero de la bandeja de entrada. Esto es todo por hoy, quizás esta noche pueda dormir.


Día 1 de febrero, cuarto año desde la invasión
Tampoco he podido dormir bien. Me paso la noche agitado con ensoñaciones que me llevan a los tiempos previos a la invasión. Casi sin darnos cuenta, un día empezaron a extenderse epidemias por el mundo, luego pandemias y, por último, aparecieron esos seres que ahora patrullan por el planeta devorando todo aquello susceptible de ser su alimento. Tengo pesadillas. Recuerdo cuando era niño y jugaba en la playa con mis hermanos, corríamos, salpicábamos agua y reíamos. Papá nos regañaba y nos castigaba a estar quietos cinco minutos, pero éramos incapaces de cumplirlo y empezábamos de nuevo a rondar a mamá. Otras noches sueño contigo. Recuerdo la primera vez que te vi y  las cosas que escribí en mi diario ese día. No se pueden reproducir aquí; en cualquier caso, las guardo para mí.

Hoy he bajado al garaje y he estado corriendo, he contado las plazas que están vacías. Todo el mundo intentó huir de las epidemias, seguro que los coches están ahora pudriéndose en mitad de las carreteras y los garajes están tan vacíos como éste. He comprobado que las entradas estén cerradas  y selladas. Nada entra ni nada sale de este edificio. Si he sobrevivido hasta hoy, es porque he conseguido encontrar un lugar en el que ni un átomo de aire del exterior, por supuesto menos ningún otro ser vivo aparte de yo mismo es capaz de entrar.

Hoy he pensado que el edificio entero es muy grande y voy a hacer espacios estancos que me sirvan de zona de seguridad. A veces se encienden los sensores de alarma y las luces de todo el inmueble empiezan a parpadear. Eso significa que algún invasor merodea cerca y me previenen para que esté atento y no haga ruido alguno. Vivo con el temor de que las luces intermitentes se vuelvan rojas; ésa será la señal de alarma, la indicación de que la muralla de seguridad ha sido traspasada.

Día 2 de febrero, cuarto año de la invasión
Hoy ha sido un día duro, he sentido una profunda soledad. He recorrido todos los pisos del edificio, las escaleras y el sótano. He comprobado que los cierres estuvieran sellados, puerta por puerta, ventana a ventana, todo, y no he podido más. Me he encontrado sollozando en mi cubículo frente a vuestras fotos. No me queda ninguna esperanza, me encuentro abatido y abandonado de mí mismo. Cuando comencé mi encierro, pensé que tenía que ser fuerte, que habría más personas como yo y que nos podríamos poner en contacto, unirnos y volver a la lucha. Al principio, cuando llamaba por radio siempre respondía alguien, a veces en idiomas que no entendía pero que me resultaban familiares. Hace tiempo que nadie responde.

He sentido la necesidad imperiosa de ver el exterior por última vez y al anochecer he salido a la azotea. Me he decidido y me he puesto la  escafandra. A pesar de haberlo visto en tantas ocasiones, el espectáculo me ha vuelto a sorprender. Estoy conmovido.  Ha sido inimaginable. Desde la azotea he visto el Peñón y la bahía, con la fortuna de que he podido disfrutar, asimismo, del nacimiento de la luna por poniente, y del mar, plata liquida en movimiento a la espera del reflejo de las estrellas. No he visto ninguna luz, pero sé que están ahí. He procurado no hacer ruido, me he movido despacio y me he sentado a esperar que la luna estuviera alta, después cuando la noche comenzaba a morir he regresado. No he oído ningún ruido, pero sé que no estoy sólo.
Día 3 de febrero, cuarto año de la invasión

Después de la excursión de anoche, he estado descansando casi toda la mañana. Me he dormido, pues he estado soñando con cigüeñas y otras aves; creo que es un deseo de libertad más bien premonitorio. He verificado el edificio y todo está en orden. Lo tengo todo preparado, he creado un área de seguridad para que me dé tiempo a rellenar las líneas de despedida  antes del final. Sé cómo funcionan y no dejaré que me alcancen, guardo la lugger junto con el detonador. Cuando me vaya no me marcharé sólo ni, por supuesto, dejaré que profanen ni mi cuerpo ni mi memoria, donde estaréis todos vivos mientras siga respirando.

Las luces han comenzado a parpadear, creo que el momento se acerca. Ha pasado media hora y aún continúan, tardarán poco en encontrar un lugar por donde pasar... Las luces se han teñido de color rojo... ya habrán encontrado mi rastro; el silencio ya no es un medio de defensa, conectaré la música del tablet, quiero irme acompañado... tengo la lugger en una mano y detonador en la otra... solo queda tiempo para una última oración, lamento que desaparezcáis conmigo pero nuestro tiempo se ha acabado, en breve dejaré de ser la última alma sobre la faz de la tierra...

Luis Carlos Castilla

lunes, 16 de enero de 2012

La tormenta

La tormenta se desencadenó de repente. La sucesión de truenos y relámpagos que alternaban con ráfagas de viento doblaban las ramas de los robles que arrojaban hojas muertas y enormes gotas de lluvia fría sobre sus rostros.

Las tres mujeres, desperdigadas por la acción del aguacero y el fuerte temporal, alcanzaron un muro de piedra iluminado por los resplandores previos a los aterradores truenos. La tempestad apareció exactamente sobre ellas, y al otro lado de la valla, anclada en mitad de un claro del bosque, surgió una enorme casa cuyos ventanales franceses estaban débilmente iluminados. 

Agotadas por el cansancio, el agua y el frío, habían perdido la confianza de encontrar un lugar donde cobijarse; entonces un nuevo relámpago iluminó el camino hasta la mansión. Estaba rodeada por una elevada verja de hierro coronada con lanzas inhiestas hacia el cielo y decorada con imágenes de gárgolas grotescas.

Descoordinadas por la desesperación, empujaron la puerta de la cancela con todas sus fuerzas pero no consiguieron moverla lo más mínimo. En un segundo esfuerzo, arrancaron del pesado metal el hueco suficiente para pasar y la chirriante protesta del gozne abandonado hace ya decenas de años.

Se dirigieron corriendo al umbral de la puerta mientras el aire susurraba voces a su alrededor. El ulular del viento era ensordecedor, batía con fuerza contra los cristales y el agua helada caía sobre ellas como cortinas de pesada cretona,  dejándolas exhaustas y confundidas.
 Las jóvenes habían salido de excursión antes de su separación al terminar el curso. Salieron al Pico Telégrafo y unas pocas horas después se encontraron en el centro de una borrasca, en mitad del campo y frente a una casa que nunca habían visto, pese a que antes pasaron por allí en múltiples ocasiones. 

Marifé tenía pesadillas. Había soñado muchas veces que se encontraba perdida en mitad de una ventisca y una sombra, vestida con capa negra, la perseguía. Se despertaba en mitad de la noche, empapada en sudor, mojada como recién rescatada de un chaparrón. Tenía mucho frío y se encontraba en mitad de un claro del bosque donde de la nada surgió una vieja mansión. En el umbral, una figura de negro les esperaba, haciéndoles señas con sus manos.

Al alcanzar el voladizo que cubría la puerta de entrada, ya a salvo del agua, percibieron que el ruido era aún más ensordecedor. Las ramas batían al compás del viento que producía un agudo sonido que aumentaba su desconcierto.  Para su completa sorpresa, cuando llegaron a la puerta no había nadie. La aporrearon con las amoratadas manos por el frío, y la puerta sencillamente se abrió.
Un fuerte hedor a putrefacto les asaltó. Marifé no quiso entrar. En su mente perduraba la imagen de la sombra de sus sueños, pero Esperanza la convenció. También ella había tenido oscuras pesadillas. La última noche se la había pasado sentada frente a una chimenea francesa de la que salían lenguas de fuego y volutas de humo negro que se convertían en horribles gárgolas que la devoraban una y otra vez.
Al cruzar el umbral escucharon el crujir de la madera bajo sus pies. Avanzaron en penumbra por un pasillo  de oscuras paredes hasta llegar a un salón.
-¡Eh, los de la casa!, ¿hay alguien? – llamaron para avisar a los posibles habitantes.
Sólo respondió el viento que bisbiseaba voces ininteligibles entre los pasillos y la vieja madera que se quejaba por todas las paredes del caserón. Avanzaron por el corredor hasta una amplia estancia en la que el fuego del hogar llenaba las paredes de sombras en movimiento.
-¿Hay alguien?, señor, ¿nos puede ayudar? -vociferaron una y otra vez, pero ningún ser humano les contestó.

Caridad vio que unos ojos de pupilas alargadas reflejaban la luz de un relámpago. Ella no tenía pesadillas, no soñaba, no descansaba, no podía dormir. Le hubiera gustado, pero su insomnio no se lo permitía. Su vida nocturna le había llevado a desarrollar una intensa vida interior, pero también sus fantasmas. No le gustaba la noche, se sentía sola y todos sus miedos acertaban a visitarla en todas sus formas. Cada noche, al apagar la luz, presentía que llegaban para acecharla mil y una formas, que desaparecían y aparecían al ritmo de los más inverosímiles sonidos. No soportaba los gatos, y en especial los negros; eran la premonición del mal y su mirada como la de Medusa, capaz de petrificar cualquier cosa con vida que se reflejara en ellos. Su grito disparó por simpatía las gargantas de sus compañeras. Aullaron poseídas por el terror corriendo hacia la puerta con una sola idea en mente, salir, salir, salir de allí.
Un nuevo relámpago iluminó el pasillo durante un instante. Fue tiempo suficiente para ver a una figura negra con el rostro oculto junto a la puerta. Se pararon en seco y gritaron al unísono:
-¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí? -repitieron ante el silencio.
Se dieron cuenta entonces que la tormenta había cesado de repente, tal como llegó. Ni el agua, ni las ramas golpeaban ya los ventanales. El silencio ahora era denso, profundo, todo estaba negro, los truenos habían desaparecido y para cuando quisieron mirar atrás, la llama de la chimenea se había apagado, sólo quedaban los rescoldos semiocultos bajo las cenizas. 
 Escucharon entonces el crujir de pasos a su alrededor, abrieron los ojos, tanto como fueron capaces, pero no alcanzaron a ver nada, la oscuridad era absoluta. Se buscaron con las manos, se abrazaron y se colocaron tan juntas como pudieron a la espera de su destino.
-¿Quién anda ahí? -increparon por última vez.
Esperanza respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y lo levantó para iluminar la estancia con la luz de la pantalla. Aquella fotografía del ser querido lo contempló antes que ellas. A su alrededor se manifestó toda una pléyade de seres deformes, opacos, translucidos  y transparentes escapados del Apocalipsis. Estaban representados todos sus demonios y todos sus fantasmas, cuernos, garras, colmillos, lenguas de fuego, animales imposibles, y todos ellos ansiosos de fresco tejido adiposo. Una horda de tinieblas encabezada por un negro gato de amarillos ojos color azufre…
Viajero, si alguna vez te sorprende una tormenta salida de la nada, no te dejes engañar por el señuelo de una casa que nunca antes estuvo allí.

Por Luis C. Castilla

viernes, 18 de noviembre de 2011

Condenados a su destino

Estaban condenados. Sus vestiduras de blanco inmaculado se habían mudado a oscuros colores: granate, añil… Habían caído en desgracia, a lo más profundo, al noveno círculo. La oscuridad completa les atenazaba, y cuando la cegadora luz de las llamas les alcanzaba, era para abrasarles completamente. El fuego inundaba sus entrañas y ellos mientras tanto, desgarraban sus gargantas en un aullido de terror.

Acababa de llegar directamente de donde el brillo y el lustre abrían todas las puertas, incluida la del infierno. Les buscó esquivando lenguas de fuego y ríos de ardiente y fluida lava. Aterrado pero resuelto, decidió que no quería pasar la eternidad en aquel inhóspito lugar, alejado de todo y próximo a la nada. Preguntó a poetas perdidos y abordó a oscuros demonios. No obtuvo respuestas. Perseverante, como siempre lo había sido, consiguió encontrar su tenebrosa morada, y de inmediato se puso al frente. Nadie discutió su carisma. Estaban de acuerdo: él los guiaría.

Al otro lado, el calor había perdido la batalla. Los elegidos habían abandonado el prístino blanco. Ahora se permitía cualquier color: amarillo, naranja, azul… Se encontraban apostados al abrigo de las humeantes piras y de los horripilantes sonidos que procedían del interior de la caverna. Sus legiones, vestidas con oscuros uniformes como el corazón de Hades, custodiaban el muro de las enormes puertas sólo útiles para descender. Eran los cruzados de la Federación.

Ellos lo sabían. Era cuestión de tiempo. Querían salir y nadie lo evitaría. Se habían unido. Tenían el mismo fin y su destino lo habían sellado con el fuego robado a Vulcano. Saldrían y en su terreno les derrotarían. Cumplirían su sueño. Ofrecerían el tributo a su diosa. Al ritmo de la plácida voz, saciaría su sed tras escanciar el néctar de sus chorros en una copa con nombre propio: la Décima.

Luis Castilla a partir de la hípótesis fantástica:
qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen