miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sones de luz

Era pronto. Estaba sentando en una terraza, tomando un café. Apareció mi amigo  Juan, al que hacía tiempo que no veía.

—¿Cómo te va? –preguntó-. ¿Tienes algo nuevo que contarme?
—¡Sí! –exclamé-. Mi vida ha dado un vuelco radical. He conocido a una gran mujer, Julia.
 
Y pasé a contarle mi historia.

—Sabes las emociones que me despierta la música. Son tan intensas que, sin poder disimular, afloran a mi cara. No olvides que retengo los gestos faciales de la infancia, antes de aquel brutal accidente que me dejó sin visión. Los sonidos me transportan a mundos indefinidos. Veo paisajes, luces y colores deliciosos. Mi alma y mi cuerpo cambian, mientras la armonía rastrea en mi interior.

Julia dice que se enamoró de mí la primera vez que me vio. Lo relata así:

—Estábamos en el Auditorio escuchando un concierto de Beethoven. La melodía le penetraba hasta encontrar su espíritu, le hacia removerse entera. Sentada a mi lado, oyó un suspiro de pena o de deseo, un gemido, y volvió la mirada. Dice que mi rostro era bello; puro; expresivo; estaba conmovido. Sintió gran afinidad y cariño. No pudo evitar acariciar mi mano…
—Sí, Juan. Lo hizo tan sutilmente que pensé que era un sueño. Volvió a rozarme y la toqué suavemente. Al poco, mano con mano nos adivinábamos.  La música nos envolvía en una atmósfera intensa y profunda. Cuando acabó el concierto, la lluvia y la noche facilitaron nuestra huida. Nos entrelazamos apretadamente, ansiosos por estar solos.

Por fin, fuimos a mi casa. Allí era más fácil orientarme. Acordamos rápidamente la música que íbamos a compartir. Nos abrazamos, nos besamos, nos descubrimos. “Jamás he tenido a alguien como ella en mis brazos”. Hablábamos entre susurros, con voz ronca de deseo. Era suave, cálida, su aroma, especial. Le decía pequeñas cosas con gran pasión. Respondía con gemidos, y se dejaba ir. Pasé mis manos por su rostro, mis labios, mi lengua… olí su cabello, oí sus latidos “¡era bellísima!”. Ella se demoraba en mí percibiendo de una forma nueva. Quedamos tan extasiados que, desde entonces ¡somos amantes inseparables!, entregados a la música con todos los sentidos. 

Por Mercedes Martín Duarte

martes, 13 de noviembre de 2012

Cálida lluvia

Hoy no me quiero levantar. Deseo seguir disfrutando de este sueño de las siete de la mañana, interrumpido por la alarma del reloj. ¡Qué bien estoy arrebujada y calentita! ¡Mmm! Pero al fin me despego de las sábanas y, tras el aseo personal y el desayuno rápido, salgo disparada. Estoy empleada en una zapatería que está en el centro, por la zona de Fuencarral.      

 No me gusta mucho lo que hago, pero fue lo único que encontré. Algunas veces me pasa lo de hoy, que no tengo ganas de ir. ¡Si con veinticinco años ya estoy en este plan, qué me espera para el futuro! 

Cuando salgo del trabajo, a las ocho, llueve torrencialmente. Corro hasta la cafetería de la esquina donde suelo ir habitualmente. Justo en ese momento, queda libre mi mesa preferida, junto a la ventana. ¡Hoy es  mi día de suerte! Me gusta porque desde esta ubicación puedo mirar hacia fuera; ver el ir y venir de las personas, observarlas; es algo que me encanta. Más aún, cuando diluvia como hoy. 

Esta tarde me siento nostálgica, con ganas de compañía. También es un buen día para jugar (esta vez sola), como lo hacía con mi hermana: escoger, de los hombres que pasan, con cuáles tendría una aventura.

Como en este tramo de la acera se detienen bajo el toldo para guarecerse, hoy puedo observarlos a voluntad. Algunos esperan a que escampe, lo que viene bien a mi juego. Suelo mirarlos desde abajo hacia arriba: zapatos (deformación profesional), pantalones (deteniéndome en un punto), hasta llegar a la cara. Voy anotando los seleccionados.

Desde este rincón, calentita por el café y la calefacción, y viendo esa fría lluvia que no cesa, me entran ganas de llevarme uno a casa. Un hombre, digo. No sé si el deseo que me invade no sea tanto de sexo propiamente dicho, como de prólogo y epílogo, como dijo mi admirado Sergi Pamies en un relato.

Llevo cuatro en mi lista, cuando, de pronto, me llama la atención un hombre que cruza la calle sin prisas: botines GEOX, vaqueros estrechos que insinúan buenos músculos, gabardina clara y manos enguantadas que sostienen un paraguas, ocultándole la cara. Lo cierra cuando se detiene frente al bar, junto a la ventana. Asoma un rostro singular y expresivo; ojos grandes y negros, nariz algo achatada, labios gruesos, sensuales y tez negra. Nuestras  miradas se encuentran a través de la cristalera. Tiemblo de arriba a abajo ante esos ojos penetrantes; pero no aparto los míos.
Entra y se dirige a mi mesa.

—¿Puedo sentarme?

Mi cara está ardiendo;  debo estar roja como un tomate.

—Sí, sí– le contesto.

Se quita el impermeable y lo cuelga en una percha. Lleva un jersey blanco ajustado, de cuello subido, a través del cual se adivina un tórax y unos brazos fuertes. Sonríe al decir gracias. “Es que no hay más sitios libres”, se disculpa. Hablamos del frío y de lo bien que sienta el café caliente. “Muy caliente”, pienso. Después de un breve silencio, cuenta que ha venido a una librería del barrio y ya estaba cerrada. Habla con voz grave y cálida, acariciando cada palabra antes de soltarlas. Transmite sensualidad. 
Al cabo de una hora hemos hablado mucho. Él es de Costa de Marfil; hace ocho años que está aquí; trabaja como enfermero, aunque estudió medicina en su país.  Me dice que… No me entero de lo que cuenta. Estoy pendiente del movimiento de sus labios, los que mordería ahora mismo. 

No sé qué decirle. Sonríe y me pide que le hable de mí. Le cuento de mi trabajo, de  mis frustrados estudios universitarios y de cómo me gustan los días de lluvia.

Mientras hablo me observa atento y sus ojos tan negros miran muy fijamente, tanto que me perturban. Entonces sonrío algo nerviosa. Él también sonríe y su expresión cambia; su mirada se vuelve húmeda y chispeante.
Estamos a gusto.

Me invita a una pizzería, y charlando llegamos a las once de la noche. El vino me da más calor; estoy ardiendo. Noto mis pezones que pugnan por salir a través de la ropa. En este punto recuerdo mi idea de llevarme a uno de los seleccionados. Sería la primera vez que invitase a un hombre a casa el mismo día de conocerlo. Recuerdo el deseo de prólogo y epílogo. A esta altura estoy confusa, con miedo de que sea sexo y nada más. ¿Y qué? ¿Por qué no?   Él interrumpe mis pensamientos: 

—¿Quieres venir a mi casa a tomar algo? Está cerca de aquí.
Su invitación hace tambalear las débiles barreras que podría estar levantando hace un minuto.

Voy al lavabo un momento y cuando regreso está guardando su teléfono. Me recibe con una amplia sonrisa, cogiéndome la mano.

Salimos a la calle. La lluvia sigue cayendo; es mansa y persistente. Ahora también tengo húmedos los pies.

Subimos a su piso que está en un 4º sin ascensor. Voy expectante y algo temblorosa por la excitación. Entramos a un largo pasillo que termina en un salón, iluminado en este momento.

Allí nos espera una alta y hermosa muchacha rubia. Es su mujer. Me recibe con una sonrisa, cogiéndome ambas manos. Sus ojos verdes, felinos, me recorren de arriba abajo. Con temor de que se me note mucho el estupor, balbuceo: “¿el lavabo?”

Cuando me alejo escucho la voz del hombre: “¿Te gusta?” Y la voz femenina: “Ya sabes que me fascinan las morenas de pelo largo”.

Sentada sobre la tapa del water, con la boca abierta y una mano sofocando un grito, intento hilar algo que se parezca a un razonamiento. ¡Esto es muy fuerte! ¡No me lo esperaba!
 ¿Cómo era? ¿Prólogo, epílogo? ¡Qué va! ¡Esto puede ser el texto completo del kamasutra!

Por Elsa Velasco 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Good vibrations

Siempre viene sola. Se sienta en la mesita del rincón, pide una Guinness y no deja de mirarme mientras toco.  Luego, antes de que acabe la última canción, se levanta y se va. Dos meses así. Frank dice que tiene un acento raro, que parece alemana. Se esconde detrás de las gafas y de esa melena rubia que parece tener vida propia. A veces se recoge el pelo y un cuello felino y sensual la delata. Sí, eso es. Como un felino, sigilosa y paciente me vigila de lejos, sin apenas moverse pero sin perderme de vista. Estoy esperando el día en que por fin se abalance sobre mí. O mejor, seré yo quién la dé caza. Aunque no es mi tipo, hay algo en ella que me da buenas vibraciones. Me atrae.

     Hoy he decidido seguirla. Le he pedido a Frank que deje la barra y me sustituya en el bajo. Ella, al no encontrarme, no tardará en marcharse y yo la estaré esperando. Ahí está. Ahora soy yo el que la observa detrás de una columna, agazapado.  Mira hacia el escenario y se da cuenta de que no estoy. Gira sobre sus pasos y se marcha. Lo sabía.

      Voy tras ella. La tarde está lánguida y tiene esa luz inquietante del final del día. Anda despacio, se ha subido el cuello de su abrigo y ajustado el cinturón. Con las manos en los bolsillos y mirando sus pasos parece más sola que nunca.  Se detiene en la parada un instante; se sienta; enciende un cigarrillo.  Viene el bus, pero ella lo deja pasar, se levanta y sigue andando.  Camina de una manera graciosa, como si sus huesos hubieran crecido demasiado y aún no se hubiera adaptado a ellos. Me gusta. La llovizna ha encrespado su pelo y su bamboleo me hipnotiza.

      Decido acercarme más. Estoy a escasos dos metros de ella. Va dejando un leve olor a rosas que se mezcla con el del nuevo cigarrillo que acaba de encender. De repente se le cae el pitillo de las manos, frena en seco y se gira para mirarlo topándose de lleno con mi figura. Sus ojos se han abierto como un cervatillo asustado, su cara está  humedecida por la lluvia y sus gafas se acaban de empañar porque el rubor le ha teñido el rostro de un carmesí infantil.

       La miro con intensidad. Tiene unos labios frambuesa, frescos y carnosos.  Con la sorpresa se han entreabierto y puedo inhalar su aliento pleno de deseo y vergüenza.  Una ráfaga de viento coloca un mechón rubio sobre su rostro. Lo aparto muy suave y dejo mi mano suspendida sobre su sien. La atrapa  con fuerza, posa en ella su mejilla y cierra los ojos.

      Deseo besarla y acerco mis labios a los suyos. Me abraza y se ciñe a mi cuerpo como un molde a su original. El fuego nos envuelve, nos aísla, nos hace únicos e invisibles. Las lenguas se entrelazan y la respiración se agita. Como un mismo cuerpo vamos dando tumbos hasta acomodarnos en el pequeño jardín de una casa a oscuras. A intervalos separamos nuestros rostros y nos miramos. Sonreímos de placer y volvemos a saborearnos con avidez. Nos hablamos, pero nuestras palabras no tienen sonido. Nos desnudamos, pero aún estamos vestidos.

      Ella desliza su pantalón y a continuación desabrocha el mío. Su mano tantea y encuentra lo que está buscando. Levanta sus piernas y yo me dejo hacer. La abrazo, la beso, me acaricia, me aprieta. Se anticipa a lo que deseo y yo le doy lo que parece esperar. Bailamos borrachos una danza frenética y sin fin. Ella abre los ojos un instante y es entonces cuando los dos nos desvanecemos en un último suspiro y el silencio nos mece hasta adormecernos.

      La ayudo a levantarse y a componerse. Me acaricia con dulzura la cara. Me rodea la cintura y yo la sostengo por el hombro. Salimos del pequeño jardín oscuro y, a la luz de la primera farola, veo sus felinos ojos verdes.

      -¿Cómo te llamas?
      -Leonela.
     
     
Por Raquel Ferrero

El sueño a la luz de la luna

Sobre las sábanas, abrazando la duermevela, la mujer vestía una ropa interior ajustada a sus formas. Desde una distancia que me permitía observaba sin obstáculos —estaba al otro lado de la cama—, controlaba los movimientos de su respiración. Yacía sobre el lado derecho y me impedía acariciar con los ojos su cuerpo completo. Aún deseaba darle la vuelta y contemplarla en todo su esplendor, pero temía perturbar sus sueños. Ella tan relajada, yo, tan sin dormir aquella noche, admirando su esbelto talle y el discurrir de la luna sobre el firmamento a través de la cristalera de la terraza. Al astro nocturno le faltaban unos minutos para ocultarse por el horizonte, los mismos que empleé para vestirme y despedirme como un ladrón de sueños. Sin importar la estación del año, mi hora límite era el alba. Le di un beso en la frente y salí de la habitación, bajé las escaleras del chalé y me encontré de nuevo en la calle.

Siguió besándome a la vez que me quitaba la ropa en un tiempo próximo a la eternidad. Luego se arrellanó. Observaba mi torpeza de lado, con el codo sobre la almohada y sujetando su cabeza con la mano. Cuando acabé de sacarme la última prenda aún reía, y continuó riendo hasta que me abalancé sobre ella. Se sintió perdida y se rindió sin mucha batalla. Convertido en huracán, terminé por fundirme con su ser. Conseguí moverme sobre ella, buscando una postura perfecta donde nuestras esencias se moldearan en una única figura. Nada nos iba a separar, ni los locos, ni la luna, ni el tiempo. Seguimos abrazados hasta que nuestros cuerpos exhaustos dijeron basta. Luego se enfundó con su escasa ropa íntima, esperando a los sueños. No le gustaba dormir desnuda. Acabamos de observarnos hasta que la abrumó la somnolencia y se echó a mi lado, estrechándome con sus brazos. Me dijo adiós con una caída de ojos. Alargué mi deseo viéndola sobre las sabanas con la misma intensidad que cuando la encontré en el pub después de muchos días.

La ventana de la terraza estaba abierta. A través del vuelo de los visillos entraban jirones de oscuridad. Magdalena se dio la vuelta y se colocó sobre mí. A horcajadas me sujetaba las inglés, sonreía. Nunca la había visto disfrutar tanto con mi inmovilidad. Ella dominaba nuestro encuentro y yo me dejaba llevar. Cruzó sus brazos y se sacó el vestido por arriba, deslumbrándome con la luz de su sol. Entonces se echó sobre mí. Acaricié su espalda, llegué más arriba y más abajo. Repasé todas sus vertebras hasta que logré retirar los obstáculos, y mis manos la recorrían sin las prendas seductoras que, a aquellas alturas, las calificaba de estorbos. Mientras tanto, ella me ahogaba con sus besos.

Llegamos a la puerta de su casa en silencio. La noche había sido perfecta y no queríamos que los sonidos estropearan las primeras horas de nuestra vida noctámbula. Abrió la puerta, subimos las escaleras y obviamos las palabras. Habíamos hablado durante toda la noche. Me cogió de la mano y me ascendió hasta el dormitorio. Nos encontramos frente a frente, con muchas prendas que quitar, hasta rozar aquellas que sólo los dedos sensuales pueden despegar de la piel. Nos fundimos en un abrazo y nos tumbamos en la cama. Las sábanas nos envolvían con otra capa de oscuridad.

Ella tenía en el cuerpo media botella de champán y yo añadía un cubalibre al vino espumoso que vibraba en mi interior. Salimos del local nocturno cubiertos por la claridad de la luna. La señalé en el cielo. Aquella noche de lunáticos podríamos participar de su carnaval, de su fiesta de locos. Ella se negaba. Tiraba y aflojaba con sus palabras y me traía muerto de deseo. Agarré su cintura por el talle. Mis dedos acariciaban su piel a través de la tela fina del vestido. Reía como si la doblegaran las cosquillas y acompañaba sus risas esquivando mi afán. De mi boca salían palabras de mendigo, las de un bohemio que buscaba un lugar donde pasar la noche. Un vagabundo eterno que acabaría de dar vueltas por la vida si ella dijera una sola palabra.

Querida ilusión, me despido de ti por esta noche, pero no con un adiós, pues dentro de poco, en algún momento, en algún lugar, aquí o en otro sitio, volveremos a encontrarnos.
Por Tomás Alegre

sábado, 10 de noviembre de 2012

Inexperta en Cuba

Por fin, después de muchas horas de avión llegamos a La Habana. Un conductor nos esperaba para llevarnos al hotel. Subimos al autobús. ¡Qué calor! Fredy, el conductor, nos dijo: “mijitos, esto es Cuba, y ahorita mismo les voy a poner unos ritmitos latinos que se van a quedar impregnados en su piel hasta el resto de su días”. Fuimos recorriendo diferentes barrios: La Habana Vieja, Miramar, el Malecón, hasta llegar al hotel que estaba en el centro de la ciudad. Me sentía fascinada viendo la algarabía de la gente por la calle (su sonrisa parecía a flor de labios). Sinuosas calles con edificios desconchados y, en sus aceras, bandas de músicos tocando diferentes ritmos. ¡Ya sé por qué la llaman “la Perla del Caribe”!

Al día siguiente, me dirigí a la agencia de viajes, con la que teníamos concertado el tour “cicloturismo por Cuba”. ¡Mi primer viaje de guía! ¡Qué insensata! Mis miedos y temores empezaron a aflorar, y mi subconsciente diciendo. “¡Ánimo, todo va a salir bien!”. Ensimismada con mis pensamientos llegué a la agencia. Douglas, el guía local estaba impaciente esperándome.

Un saludo informal, una conversación banal e inmediatamente comenzamos a diseñar el viaje: logística, dificultades de las rutas, itinerarios, distancias, etc. Se notaba que él tenía muchos conocimientos y, muchos años de experiencia; así que fue fácil organizar los circuitos de cada día. Mis angustias iban desapareciendo. A su lado todo era más fácil.

Parecía un hombre tranquilo y con pocas pretensiones, pero firme y seguro en sus convicciones. Físicamente, era muy atractivo; su cuerpo perfectamente musculado, sus manos  largas y fuertes y su pelo ondulado y negro. Sus rasgos duros junto con su piel oscura (negra), hacía muy difícil adivinar su edad. Sin embargo, mi segundo yo me alertaba: “¡Leti, no te ilusiones, sólo hace tres horas que lo conoces y no sabes nada de él!”.

Douglas, orgulloso de sus raíces, me invitó a caminar por el Malecón; es  considerado fiel reflejo de la vida de sus habitantes, sus amores, tristezas y encuentros. Todo ello en un espacio de pocos miles de metros sosegados. De fondo, sus aguas procelosas chocaban contra el muro. Y, entre tanto, miradas furtivas se encontraban.

El viento traía notas musicales de una canción de Celia Cruz, y sin saber cómo ni cuándo, me estrechó contra su pecho a ritmo de salsa. El contacto con su cuerpo despertó en mí un deseo incontrolable; ¡Cómo me gustaría saborear su piel! Sólo imaginarlo, percibí mis pechos turgentes, mis pezones erectos y un ardor invadía todo mi ser.

De repente, su móvil sonó. Una llamada del hospital. Su hijo había tenido un accidente y su estado era grave. Nervioso, angustiado, sin saber qué hacer, qué decir, apretó fuertemente sus manos con las mías y, apagado como un candil sin aceite se alejó.

Muy azorada, me dirigí al hotel. El recepcionista me entregó una nota que decía: “mi hijo se está recuperando y mañana os recogeremos en el hall a las ocho de la mañana”. Comenzaba nuestra primera ruta (treinta kilómetros), por los alrededores de la Habana. ¡Cuántas cosas que preparar! Sin embargo, mi otro yo decía: “quiero sentir sus labios pegados a los míos”.

A las ocho de la mañana allí estaba él para iniciar nuestra primera marcha. Después de unos cuantos kilómetros recorridos las fuerzas empezaron a flaquear. El calor tan húmedo y las temperaturas tan altas menguaban aún más la poca energía que nos quedaba. Decidimos hacer una parada para recuperarnos; bebidas isotónicas y galletas energéticas. Nos vendrían bien para retomar fuerzas y empezar de nuevo.

Mi camiseta estaba totalmente adherida a la piel y, por la cara, corrían unos regueros que podían rebasar hasta el cenote más profundo. Douglas cogió una toalla y, gota a gota, fue retirando el sudor de mi cara. Un cuatro por cuatro en esos momentos venía hacia nosotros. Un señor bajó corriendo del coche y gritando como un desesperado nos preguntó: “¿Alguien ha visto a Leti?” Por cierto, él era  mi marido.

Por Pilar Martínez

Vane y Dale

Dirección:Vane1969a100@gmail.es
Asunto:    No me lo puedo creer
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¡Pero qué guarra eres, Vane!  ¿Cómo se te ocurre contármelo? No me puedo creer que le hayas hecho eso al Joaqui. Me reafirmo, ¿cómo puedes ser tan guarra? No, no te lo iba a contar, pero ya que me has hecho esa confidencia lo haré. Eso sí, espero que luego me lo cuentes todo, segundo a segundo, jadeo a jadeo; todos los detalles sin excepción.

¡No lo puedo creer! ¿Se lo hiciste así, en esa postura? ¿Dónde? Uf, se me pone todo de punta, hasta las cejas. Vane, con el Joaqui y así. Anda, que has elegido mal, y ¿te costó mucho? Uf, ¡no me lo puedo creer!

¿Sabes? te cuento. El otro día vi a mi corazón entre sus cuatro hermanos, tan espigado que sobresalía sobre todos ellos, a izquierda y derecha, tan suave, tan dulce, tan sabroso, tan delicioso. Cada vez que le veo, me siento morir, sucumbo, tiemblo. Cuando se acerca y puedo oler el perfume de su aroma, me invade, me penetra, me inunda una sensación que me sonroja, me evade, me lanza, me descalza, me arrebata; pero cuando se posa sobre mí y dibuja sus delicadas caricias de color me carga, me dispara, me recarga, me voltea, me lancea, me mata, me resucita, me dinamita, me expande, me limita, me imploxiona, me detona, me impresiona.

Me dirigí a él y le sujeté con fuerza hasta que se colocó sobre mí. Recorrió las cordilleras de mi piel, y sutilmente merodeó sobre las laderas de mi envés hasta alcanzar la rotonda de mi mundo. Selló mis labios que gemían, húmedos, dulces, ávidos del manjar presente; mi lengua desarbolada por las sísmicas vibraciones de sus yemas, emergía de su gruta en busca de fruta fresca que saciara su sed de excitación, de piel, de hiel, de miel. Desterró los labios mi corazón y, junto a sus hermanos, se lanzaron a explorar vericuetos y cañadas, sombras y luces, escalofríos y sudores hasta que mi voluntad fue una, la suya, y me arrastró, me marcó, me devoró, me extenuó, me quebrantó.

No podía más, me sentí tan húmeda que temí rechazarle, mojarle, ahuyentarle, que me abandona en mis temblores, mis contracciones, mis palpitaciones, mis ojos en blanco, mis sofocos, los ahogos, los silencios, los jadeos, las expiraciones; pero para el inmenso placer de mis sentidos, se deslizó sobre mi vientre con movimientos de serpiente, siseos de vida y me asió, mi piel vibrando, rezumando, destilando. Llegó entonces a la ondulación que precede la luz. Exploró mis senderos y vericuetos, escrutó donde de placer fluyen los torrentes, me exploró, toda y fallecí, fenecí, me desmoroné y resucité con su sincopado ritmo en mi interior, su redoble de percusión, su rasgueo en los acordes de mi ser. ¿Sabes? No pude gritar más en silencio, tampoco pude enmudecer, me escuché. Gimoteé, supliqué, imploré, americé y me sentí tan plena como agradecida. Los cinco en una vida. Corazón, medio, índice, pulgar y meñique.

Nos vemos a la salida, te mando un whasapp  cuando salga de clase.
Por Luis Castilla

viernes, 9 de noviembre de 2012

Un regalo muy especial

Llueve. El otoño se ha dejado caer de repente, casi sin avisar. Paula acaba de salir de un exclusivo centro comercial, cargada de bolsas, y la lluvia le ha pillado desprevenida. Con el paso acelerado se dirige al cobijo de una cafetería. La barra del local está atestada de personas que, como ella, han buscado un refugio rápido para escapar del agua. Al fondo hay una mesita libre frente a un gran ventanal. Un camarero se le acerca para tomar nota de lo que desea, recomendándole el cappuccino de la casa. Acepta la sugerencia; está muy destemplada y le sentará bien algo caliente. El cristal de la ventana le devuelve un reflejo de su imagen algo descompuesta y diferente a la que acostumbra a mostrar. Está tan empapada que la camisa se ha adherido a su cuerpo como si de una segunda piel se tratase, insinuando a la perfección sus generosos pechos; el pelo goteando aún por su espalda, el rímel corrido y el eyeliner desdibujado… Abre su bolso del que saca un pequeño espejo redondo donde contempla, con una mueca divertida, los estragos del aguacero. Un desconocido, desde la barra, ha estado observando minuciosamente todos sus movimientos sin poder apartar los ojos de ella. Paula ha sentido esa mirada penetrante, como un escalofrío recorriendo su cuello y se ha vuelto instintivamente para comprobar la procedencia. A poco más de un metro ha encontrado al dueño de esos ojos incisivos que la estaban taladrando y, en el cruce de miradas, no ha podido evitar ruborizarse. “Dios, qué forma de mirar”, se ha dicho para sus adentros.

El camarero le ha servido un cappuccino humeante. Se dispone a tomar el primer sorbo cuando, frente a ella, el hombre le solicita permiso para sentarse a su lado. Paula asiente. Es un tipo atractivo, de unos cuarenta años, canoso en las sienes, cejas cuidadas, pestañas largas y pobladas, ojos oscuros y penetrantes que le hacen sentirse desnuda, labios gruesos y perfectamente dibujados, barba de dos días y una sonrisa muy seductora. El corazón de la mujer ha comenzado a retumbar acelerado cuando el galán, sin mediar palabra, ha acercado con ternura su mano hacia la mejilla de ella, aún sonrojada. Paula ha girado el rostro buscando con su boca un acercamiento más íntimo y en el contacto ha depositado un tímido beso en la suave mano del caballero. Este breve roce ha sido el detonante para la serie de caricias que, en los instantes siguientes, le han recorrido los labios por entero. Ni un solo milímetro de su boca ha quedado por explorar. Hubiera deseado poder abrirla y participar del juego, degustando el sabor de tan cálidos dedos pero se siente paralizada. La temperatura ha subido tanto y de manera tan súbita que su blusa ha perdido la humedad, no así ella. Vuelve a tomar la taza entre sus manos temblorosas dando otro sorbo al café, ya casi frío. Un poco de espuma se ha quedado sobre el labio de Paula; espuma que él, en un sensual gesto, recoge con la punta de su dedo llevándoselo después a su boca, donde sus jugosos labios parecen disfrutarla. Paula se siente sin fuerzas, cautivada y entregada al juego seductor de un desconocido, que le acaba de robar la voluntad.

Fuera, la lluvia ha cesado y las personas comienzan a abandonar el recinto. El hombre se levanta de la silla aproximándose despacio hacia su rostro, muy despacio, intentando hacerle saborear el deseo que ambos comparten. Lo ha visto en sus ojos; los mismos que, ante su proximidad, ella ha cerrado en espera de un desenlace apremiante. Los labios le han comenzado a besar despacio; recorriendo su cuello de manera suave, lenta, haciéndose apetecer, dibujando un largo camino hacia la boca… para terminar posados sobre los suyos en una tentativa de beso entre labios, que apenas ha sido un tímido roce. Un primer contacto, demasiado fútil para ambos, que da paso al instinto primitivo del beso con pasión, ése que invita a las sedientas lenguas a explorarse cada vez un poco más allá…

Con los ojos aún cerrados, ha tomado aire intentando llenar sus pulmones de todos los aromas que embriagan sus sentidos, humedeciendo sus labios una y otra vez, en un intento de saborear y retener de nuevo el beso. Al volver a la realidad y abrir los ojos, el desconocido de mirada penetrante ha desaparecido, dejando en ella una excitación extremadamente placentera.

Paula no sabe con certeza cuánto tiempo ha pasado sentada en ese limbo de sensaciones en el que ha estado sumida, aunque le ha parecido muy breve. Apenas queda ya nadie en la cafería. La mujer recoge sus bolsas y sale del local rumbo a su casa. Allí, le espera su marido. Hoy es su aniversario y se ha comprado lencería de ensueño, ésa que a él tanto le seduce. Presiente que este encuentro furtivo no ha sido fruto de la casualidad, y entiende que su esposo esta vez sí ha logrado sorprenderla con un regalo muy especial… Lo que está a punto de suceder esta noche, entre sus sábanas, no está escrito aún en ningún lugar.

Por María Sergia Martín González