martes, 29 de abril de 2014

El abrazo de Morfeo

Subió al vagón número ocho, dejó su bolso de viaje en la parte superior y se acomodó en su asiento, el  siete A, ventanilla. Le había tocado una de esas butacas que van enfrentadas dos a dos. Hubiese preferido las otras, pero, con un poco de suerte, no vendría nadie más.

Daniel estaba deseando ponerse cómodo, repantigarse y, así, poder dormir durante todo el viaje. La juerga de la noche anterior había durado hasta la mañana y, después de dos cafés, había venido directamente a la estación de trenes. Con las gafas oscuras y la música de su iphone tendría suficiente para aislarse. Se puso los auriculares.

Mientras se acomodaba, se sentó a su lado un hombre, que consideró mayor, tal vez maduro. A sus veinticuatro años, llamaba mayor a quien pasase de los cuarenta y cinco. Tras responder a los “buenos días”, reclinó el respaldo y se estiró cuanto pudo.

A los pocos minutos estaba deslizándose por el tobogán que lo conduciría al sueño, cuando, de pronto, un empujón a sus pies y una voz lo devolvieron a la realidad.

—Me permite, por favor.

No fueron las palabras, sino el modo como salieron de la boca: el tono bajo, profundo, pronunciadas con lentitud, arrastrando cada palabra, con indolencia.

Desprevenido, encogió, mecánicamente, las piernas. Abrió los ojos y vio a la mujer. “Gracias”, dijo, y se sentó frente a él. Entre la somnolencia y la sorpresa, no contestó.

La observó. Tendría más de treinta, seguro. Algo rellenita (no le gustaban las escuálidas), vestía una blusa blanca ceñida y pantalones. La blusa, abotonada adelante, tenía una puntilla en todo el borde. Este adorno intentaba ocultar sus encantos, lo que fue un acicate para su curiosidad.

Al ponerse de pie, para colocar una bolsa en el maletero de arriba, pudo contemplar sus hermosas caderas, su cintura fina, que hacían destacar los pechos redondeados y generosos. Cuando volvió a sentarse, notó que se le había desabrochado otro botón de la blusa. Este afortunado accidente, dejaba ver el dulce valle entre los montículos. 

Tan absorto estaba Daniel en la contemplación, que no fue capaz de contestarle nada. “¡Benditas gafas oscuras que no delatan mi golosa mirada!”. 

Al fin habló.

¿Le molestan mis piernas así? - y las estiró recostándolas a la pared del tren.
Así está bien, gracias. 

“¡Dios, esa voz! Me encanta. Es pastosa, algo ronca, pero llena de matices prometedores”.

Deleitándose con cada centímetro de su escote, se durmió. Y soñó.

Iba escalando una montaña enorme. Lo extraño es que era blanca y suave. Le costaba avanzar pues a cada rato resbalaba y volvía al punto de partida. Al fin pudo llegar a una zona donde una vegetación exuberante, le permitió descansar. El lugar exhalaba un aroma intenso, muy agradable, que le resultaba familiar. Después de reposar un buen rato, recostado sobre la hierba, continuó el ascenso. 

Le esperaba realizar un gran esfuerzo porque había dos elevados picos, que eran su meta. Decidió ir hasta el valle que separaba los montes. Desde allí, con mucho esfuerzo comenzó el ascenso. Era tan liso el terreno que no tenía dónde asirse. Pero ese subir un poco y caerse continuamente, no le  molestaba. Al contrario, disfrutaba con ello porque le producía una sensación de placer en todo el cuerpo.

No controlaba el tiempo transcurrido; al fin hizo cumbre. Le llamó la atención la forma oscura de una pequeña meseta, redondeada en su cima. Se encaramó a ella y allí se tendió para descansar, recostando su cara a esa superficie. Olía muy bien. Su forma y su color le recordaban un gran pastel de navidad; así que le dieron ganas de lamerlo.

—¡Mmmmm! ¡Ah! ¡Mmmmm!

—Muchacho, hemos llegado. Despierta. –Lo sacudió suavemente el viajero que iba a su lado.
Daniel, sobresaltado y tragando toda la saliva que le llenaba la boca, miró a su alrededor.  Agradeció al hombre con un leve movimiento de cabeza.

Buscó con la mirada a su vecina de enfrente, que ya había llegado a la puerta del vagón. Se quitó los auriculares, cogió el jersey que reposaba sobre sus piernas, con intención de ponérselo. Pero al levantarlo, rápidamente decidió volver a dejarlo donde estaba. Esperaría a que se bajaran todos. 

A través del cristal de la ventanilla observó cómo se alejaba la mujer de la blusa blanca con encaje. Ver su movimiento de caderas no le ayudaba en nada, lo alteró más aún. De pronto, ella giró la cabeza y lo miró. Una sonrisa, que no supo descifrar, tal vez burlona, distendió sus labios.

Por Elsa Velasco

Magia

Enrique estaba felizmente casado. Quería mucho a su mujer y ella a él. Tenían una confianza buena y se llevaban bien, salvo por un detalle: Enrique había sido operado de  un tumor cerebral, y desde entonces y debido a un daño en esa zona, se había vuelto incapaz para las relaciones sexuales. No podía excitarse y mucho menos hacer el amor.

Él, que siempre había sido muy bravío e incluso multiorgásmico, cosa rara en un hombre, tenía que ver a su mujer conformarse con las caricias que le hacía, pues seguía enamorada de él a pesar de todo. Sin embargo, Enrique vivía con el miedo de que ella encontrara un hombre normal y decidiera formar una familia con él, ya que a ella le gustaban mucho los niños y con su marido resultaba imposible.

Un día Enrique vio en la televisión un aparato que hacía poner erecto el pene, mediante un sistema de bombeo manual. Apuntó donde conseguirlo, y se lo compró.

Llegó a casa ilusionado con el dispositivo y dispuesto a compartirlo con Sheila, su esposa. Corrieron ambos al dormitorio y el mecanismo del artículo puso rígido el miembro de Enrique, quien se lo introdujo a su mujer. Ella gozaba mucho. Le encantaba ver disfrutar a su esposa, aunque  no podía sentir placer debido a su lesión y la frustación era importante. Lo peor fue comprobar que aunque el pene funcionaba y hacía gozar a Sheila, no era capaz de eyacular para obtener los valiosos espermatozoides que podrían darles un bebé.

Enrique quería solucionar su problema y eyacular. Por eso acudía a las cabinas de los sex-shop, por ver si esto era posible. Tras el cristal, las chicas contoneaban sus cuerpos entre miradas lascivas sacando la lengua y acariciándose. Enrique intentaba masturbarse pero tristemente no conseguía nada. También estuvo con prostitutas. Todo inútil.

Un día llegó a casa más temprano de lo habitual. Su mujer tenía la música puesta y no le oyó entrar. Estaba en la ducha cantando al son de su canción favorita. Él se escondía tras la puerta mientras la miraba a través del cristal de la mampara. Miraba su pelo enjabonado, su espalda mojada, sus glúteos… Se dejaba llevar por la hermosa música y la delicada voz de su mujer, entrando en un estado de éxtasis y admiración… En ese instante, ella se dio la vuelta y él al mirar sus pechos le parecieron más hermosos que nunca…contempló su vientre, su ombligo, su pubis y todo lo demás. La mirada de su mujer se posó entonces sobre él y él le correspondió  Ese encuentro entre sus ojos se hizo tan especial, tan encantador que trasladó a Enrique hacia otro mundo, a otro nivel... así más profunda y profundamente.

Y así,  su pene comenzó a erguirse cada vez más y más hasta que en el punto álgido de la mirada, Enrique sintió un leve mareo como si fuera a escaparse de este mundo. Entonces, eyaculó. Sin aparatos, sólo mirando a los ojos.

- ¿Significa esto que estoy curado?
- No lo sé cariño, significa que la magia entre tú y yo sigue existiendo.

Por Rosa Velasco

domingo, 27 de abril de 2014

El ascenso

Era un hermoso día de primavera. Por fin se daban las condiciones óptimas para realizar la tan ansiada ruta que, desde hacía tiempo, Pedro les había prometido a sus compañeros de trabajo. 

—Subiremos al techo de Madrid. Será el próximo sábado.                                    

Él se encargaría de todo, no en vano, era un montañero experimentado. Volvió a repasar la ruta.  
                                                                                                    
 —La haremos circular, dividida en tres etapas: la primera, hasta la Laguna de los Pájaros, la segunda y más peligrosa, la subida por la Arista de los Claveles y cumbre de Peñalara, y el último tramo el descenso hasta el aparcamiento.              

Desde que llegó a Madrid era una promesa que se había hecho, como si de una peregrinación se tratara. Se impuso realizar esta subida una vez al año para comprobar su estado físico. Repasó las previsiones meteorológicas para ese día y las recomendaciones de la Federación de Montañismo que no consideraban el mejor momento por el riesgo de hielo en las zonas umbrías.                                  

—Siempre son un poco exagerados en los pronósticos, han de cubrirse las espaldas —y una extraña mueca, parecida a una sonrisa, se dibujó en su rostro. 

Desde el lunes comenzó a dar consignas a sus cinco compañeros, de ellos cuatro chicos y Paca,  para la que estaba pensada la aventura. Les pidió los DNI para federarlos, les informó de vestimenta, calzado y equipamiento a llevar, así como del avituallamiento. Paca, como de costumbre, y con ese despiste que le caracterizaba prometió que en esa semana le daría su carné, y así lo hizo el viernes, casi fuera de horario. Pedro se ofreció  para hacer los trámites en la federación. Ella tenía que ir. A las ocho de la mañana estaban dejando los coches al pie del macizo de Peñalara. No había más que dos utilitarios en el amplio aparcamiento. 

—Mejor, en ocasiones esta ruta se satura de domingueros —les dijo Pedro. 

La mañana era templada, unas nubes altas arrastrada por el viento amenazaban un día ventoso en el que no necesitarían llevar sombreros ni protección solar, lo dejarían en el coche, cuanto menos peso mejor. Pedro encabezaba el grupo y, tras él, Paca y el resto en una disciplinada fila para no salirse del sendera marcado. Fue avanzar no más de veinte minutos y la expresión de admiración se reflejaba en las caras. Aquello era impresionante, la perspectiva era infinita y recortada por múltiples cumbres, riachuelos, silencio…      
             
—Un bonito lugar para morir -les había dicho Pedro. 

Mientras, continuaban exhaustos por el esfuerzo y extasiados por la belleza, sus pulmones se llenaron de aire frío, sus oídos percibían los graznidos de los buitres que los sobrevolaban y su olfato se saturaba del olor a enebro. Alcanzada la Laguna de los Pájaros, se hizo la primera parada. Se quedaron más tiempo del recomendado por el esfuerzo de la subida y para recrearse en el paisaje que les rodeaba. Pedro decidió que dada la gruesa capa de hielo que cubría la Arista de los Claveles, se atarían por seguridad. Dada la torpeza que Paca había demostrado durante el recorrido se decidió que se dividieran en dos grupos de cuerda. En cabeza Pedro con Paca, y a unos metros, guardando la distancia de seguridad, el resto del grupo. La ascensión comenzó, y el segundo grupo quedó un poco más rezagado, la inexperiencia, los grandes bloques de granito que les obligaban a echar las manos al suelo para no resbalar, el vértigo ante la perspectiva de no haber nada más alto que ellos, el viento que les azotaba, las nubes que poco a poco fueron cubriendo el cielo, los buitres volando en círculos como presagio de una desgracia… y Paca se despeñó. Pedro saboreó el placer de ver cómo su cuerpo descendía golpeándose y esbozó una sonrisa de triunfo antes de avisar a sus compañeros de lo sucedido.

“Un fatídico accidente con resultado de muerte se produjo este fin de semana en la sierra de Madrid. Un grupo de amigos pretendían subir a Peñalara  y gracias a la pericia de uno de los montañeros, evitó que la tragedia fuera mayor al decidir que se encordaran en dos grupos”. 

—Tal y como Pedro había planeado, todo quedaría en una imprudencia de excursionistas recogida en los medios de comunicación. Ya tenía el camino despejado para el ascenso a Delegado General en Ginebra que su empresa les había ofrecido a ambos y que ahora tenían que decidir entre la difunda Paca y Paco, el héroe.


  Por Parapeto

sábado, 26 de abril de 2014

Granizadas

Una granizada de arroz cae sobre los recién casados. Todo el mundo se pregunta por qué Gonzalo ha tardado tanto en casarse, con lo guapo y buen chico que es. 

Paloma, la radiante novia, también se lo pregunta y aún no ha encontrado la respuesta. 

Julián está feliz porque por fin su hermano ha sentado la cabeza y cree que ha hecho una buena elección. Paloma es una chica mona, sencilla, joven y responsable, y está muy enamorada de Gonzalo. Aunque no sabe por qué, además, tiene una sensación como de sosiego, como si la espada de Damocles por fin no le  apuntara amenazante. Aparta ese nubarrón que  quiere  instalarse en su cerebro y busca a Irene, su mujer. 

Hace una barrida con la mirada buscándola. Todo el mundo está feliz,  unos sonríen, otros gritan viva los novios, otros se besan, otros se saludan en la distancia y allí en una esquina del patio de la Iglesia, ve a Irene. Está mirando fijamente la feliz escena, pero no sonríe, más bien llora, pero no con lágrimas, sino por dentro. Él la conoce bien y es ahora, al ver su cara, cuando comprende  todo.

Recuerda el día que se conocieron en el Retiro, hace ya quince años. Ella leía al borde del estanque, y él pasaba con su piragua cuando una ráfaga de aire le voló el alegre sombrerito que llevaba y cayó al agua. Julián lo recogió y ella le dio las gracias. Cuando se lo iba a entregar él retiró la mano y le dijo: “Te lo doy si aceptas tomarte un granizado conmigo, qué dices”. Ella se ruborizó en un instante y aceptó.

Julián entonces era un chaval de veintidós años, deportista y guapetón que había dejado la carrera para poner una tienda de deportes con la ayuda de sus padres. Conquistarla no fue difícil, intuyó todo lo que ella anhelaba y necesitaba, y con precisión de relojero fue colmando todas sus expectativas. Por aquel entonces, Gonzalo estaba en Londres trabajando y estudiando  pues quería poner en Madrid una academia de inglés. Irene lo conoció un año más tarde cuando ya había decidido casarse con Julián. Desde el primer momento los dos se llevaron fenomenal para satisfacción de Julián, pues su hermano, además de amigo, era muy especial para él. No se parecían en nada. Gonzalo era feliz entre libros, películas y viajes al campo, Julián gozaba con el deporte, la comida y las reuniones con colegas. Aunque Julián sólo era un año mayor siempre le había protegido y mimado, pues desde pequeño fue un niño tímido y con salud quebradiza.

Ahora recordaba lo cambiado que vino de Londres, lo bien que lo pasaron los tres yendo a conciertos, compartiendo vacaciones, noches de juergas y borracheras. También cae en la cuenta ahora de que toda aquella armonía y compadreo se quebró poco antes de la boda. De hecho, Gonzalo se fue a Inglaterra unas semanas antes de que se casaran. Entonces le molestó y le escamó que su hermano se fuera pero las dudas se desvanecieron cuando le hicieron socio de una escuela de idiomas en Londres.

Ahora ve a su mujer y el nubarrón se hace tormenta y la espada le abre en dos la cabeza y comprende todo. Se dirige hacia donde está ella y en ese momento se mezcla con los invitados y la pierde de vista. Se fija en su hermano y dirige su mirada hacia lo que él está observando. Es Irene que entra en el templo. Gonzalo se deshace del gentío y va tras ella y él tras ellos.

Se agazapa tras una columna y los ve mirarse a los ojos como a él le gustaría que le miraran, ella llora y él la abraza con ternura. Ella deshace el nudo de su abrazo y se dirige justo adonde está Julián escondido.

–Te estaba buscando, ¿estás bien?-dice Julián de la manera más neutra que puede, pero sus ojos son como fuego y le gustaría que ella no lo notara.
–Sí, cariño, perdona, es que me he emocionado y no quería que nadie me viera llorar- y de manera inconsciente mira hacia donde  ha dejado a Gonzalo, pero ya no está.

Julián sí lo sabe. Está escondido, detrás de sus sentimientos, detrás de una columna, huyendo de la evidencia, de la verdad.

–Vámonos a la calle, aquí parece que falta aire -dice Irene mirándole a los ojos y sintiendo que él lo sabe, que lo acaba de descubrir, y su cabeza parece un panal lleno de abejas zumbando y zumbando, y por un momento sus pies pierden apoyo, y siente como los brazos fuertes de su marido la sostienen sin decir nada.

Ella se aferra a esos brazos  como si fueran su columna vertebral sin la que su vida no sería posible.

Por Raquel Ferrero

viernes, 25 de abril de 2014

Ya os lo decía yo

—A las once, en la puerta principal. Todos los jueves y, a poder ser, vestidos de negro y con pancartas. Y si es necesario haremos huelga. Tantos años dejándonos la piel, para que nos lo paguen así.

Así empezó Ángel –antiguo miembro del comité de empresa- a movilizar a sus compañeros, cuando la entidad decidió eliminar hace varios meses, de forma unilateral, el acuerdo firmado años atrás con los trabajadores, donde se reconocía, entre otras ayudas, la de los estudios de los hijos de los empleados. 

La dirección había aducido motivos económicos para tomar esa decisión. Pero ningún obrero lo creyó. Sólo había que fijarse en la carga de trabajo, que no sólo no había descendido, sino que era cada vez más elevada. La junta directiva -alentada por el responsable del área económica, con buenos amigos en entidades bancarias- había realizado unas inversiones a medio plazo que se prometían muy jugosas, pero que iban a limitar la liquidez financiera por un periodo prolongado. Hicieron cálculos presupuestarios y, no sin las discrepancias de algunos directivos,  decidieron recortar, con carácter definitivo, los subsidios asistenciales que los trabajadores habían ido acumulando en contraprestación por  las congelaciones salariales.
Durante muchas semanas, un gran número de empleados de esta compañía siderúrgica, en la media hora del desayuno, corearon consignas contra las decisiones patronales. Cristina, que tenía dos hijos pequeños y un marido en paro, salió el primer jueves, arrastrada por sus compañeras de contabilidad, pero no volvió a hacerlo. “Sí, voy a ponerme a cantar chorradas con todos esos impresentables, ¡si por lo menos sirviera para algo!”, argumentó.

Ángel -al que esas aportaciones empresariales, a punto de jubilarse, le habían ayudado a costear los estudios sus hijos- junto a un grupo de compañeros, se encargaba de tener todo preparado cada jueves: lemas, pancartas, megáfonos... Aguantaron chaparrones, solaneras, vientos y heladas, pero ahí seguían con sus cánticos reivindicativos.

Aunque parecía que las protestas no tenían repercusión en el consejo de administración, además de los miembros que estuvieron en contra desde el principio, otros empezaban a dudar de la conveniencia de esas medidas reductoras de los derechos de los empleados, la generalidad fiel a la empresa y, casi la mayoría, con hijos en edad escolar. Las divergencias más importantes se daban entre los ejecutivos procedentes de otras compañías, como el que estaba negociando con los bancos, y los que llevaban más años en la metalúrgica. También afloró la desconfianza sobre el destino de los esperados beneficios financieros. No obstante, solía prevalecer la opinión del gerente.

Pasaron las semanas sin que la postura empresarial cambiara. Los obreros seguían en la lucha, pero paulatinamente se iban produciendo abandonos. Ángel se enfadaba con la gente que lo dejaba. "Yo, que no tengo hijos estudiando, estoy dando la cara todos los días y vosotros, que sí los tenéis, parece que os da igual. No me extrañaría que nos recortaran aún más", solía arengar a los compañeros.

En una de las reuniones del consejo de administración, se valoró la posibilidad de negociar con el banco un reembolso parcial de la inversión, que no supusiera demasiada penalización, y así acallar las protestas de los trabajadores y alguna crítica que había aparecido en la prensa local, evitando, sobre todo, una posible huelga.

Por contra, el desánimo se respiraba en las plantas de producción, cansados de manifestarse todas las semanas sin fruto. Los perseverantes procuraban hacer el mayor ruido posible para simular gentío, pero ya no se parecía en nada a lo del principio.

Sin embargo, la siderúrgica estaba a punto de conseguir una cancelación razonable de una parte de la inversión, para lo que habían acordado una reunión con el banco en veinte días. 
Llegó el jueves y salieron a quejarse Ángel y tres más, abandonando la protesta, desmoralizados, a los cinco minutos. Al gerente, que nunca dejó de vigilar las manifestaciones, no le pasó inadvertida esta circunstancia. Durante dos semanas más, pudo comprobar que las reivindicaciones se habían esfumado.

—Habla con el banco —ordenó al director financiero— y pídeles que sigan adelante con la inversión. Ya no hace falta que adelantemos su cancelación.

Mientras tanto, alrededor de la máquina de café, y con gesto de suficiencia, charlaba Cristina con sus compañeros de contabilidad:

—¿Habéis visto?, al final tanto ridículo no servía para nada. Ya os lo decía yo.

Por Vicente Briñas

La última representación


Lorena trabajaba como agente de ventas en una compañía de telefonía móvil. Era un trabajo de subsistencia. Había estudiado Arte Dramático. Quería ser actriz desde niña y estaba dispuesta a luchar por ello. Mientras tanto, intentaba hacer el mayor número de ventas posible para llegar a fin de mes. El tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a asistir a castings, pruebas, entablar contactos…

Admiraba a los actores que habían logrado triunfar y soñaba con actuar en el teatro o hacer una buena película. Su papel preferido era el de Ana Karenina.

Un día, casualmente, su interlocutor le dijo que era agente artístico y publicitario y que tenía la voz muy bonita. Se citaron en su estudio a la semana siguiente. 

Parecía que el destino iba a dar un giro favorable. Hasta ahora sólo había conseguido apariciones esporádicas como figurante o como público asistente a algún programa.

Llegó puntual y se prestó a una sesión fotográfica: posó con ropa, con menos ropa… Pensó que las grandes actrices se iniciaron así. Se despidieron con un: te llamaremos, el mismo que había escuchado miles de veces. 

Siguió esperando, tratando de convencer a futuros clientes de las maravillas de productos en los que ni ella misma creía. Cada vez  vendía menos y se desilusionaba más. Nadie le llamaba  ni para un anuncio.

Por fin, un día recibió una llamada de un director que buscaba rostros nuevos para su película. Se trataba nada menos que de Paco Almuñecar, que había conseguido varios Óscar y tenía una trayectoria envidiable. Todos querían trabajar con él. 

Cuando se presentó al casting, la fila rodeaba el edificio. Esperó, hizo la prueba y, a la semana siguiente, la llamó el director en persona. Quería que hiciera un pequeño papel, pero con gran intensidad en su próximo trabajo. Aunque para ello necesitaba conocerla mejor. 

Quedaron para cenar, después tomaron unas copas y, finalmente, le confesó que para llegar a tener un nombre en ese mundo, había que hacer concesiones. Lo entendió perfectamente y se marchó. No vendería su cuerpo ni su voluntad.

Siguió vendiendo teléfonos cada vez con menos ganas. Un día dejó de ir al trabajo y se sumió en las profundidades del síndrome depresivo. Ni su familia ni sus amigos lograron ayudarla. Tuvo que ser internada en un centro psiquiátrico. Paseaba por los pasillos declamando textos.

Un día la  encontraron en un escenario recreado para el primer y último papel de su vida: tendida en el suelo de la habitación, vestida con un traje rojo, un texto de Ana Karenina y un tubo de somníferos a su lado. Prefirió seguir soñando a perseguir despierta un sueño que jamás lograría.

Por Carmen Alba

jueves, 24 de abril de 2014

Estampado de cerezas

Desde que conoció a su nueva novia mi padre se embrujó. Tan solo hicieron falta un par de meses de relación para que la presentara en casa, a los amigos, vecinos y parientes, como la mujer que ocuparía el sitio de mi madre. La abuela estaba con el alma en un hilo porque no le parecía trigo limpio y, además, le resultaba demasiado rubia; con la devastación que traen ese tipo de mujeres a la vida de las familias honradas. Abuela aún recordaba, como si hubiera sido ayer mismo, cómo el abuelo salió corriendo detrás de una artistucha de medio pelo, rubia como los rayos del sol y fresca como una trucha recién pescada, dejándola desamparada y con un hijo a punto de parir. La abuela, desde entonces, se la tenía jurada a los cabellos dorados.

La novia de mi padre era una mujer cariñosa cuando él estaba en casa, pero cuando salía… se convertía en otra persona: una auténtica bruja. Abuela de esto entendía porque nació en Galicia y allí saben que los asuntos de meigas son complicados. Decía que desde que se instaló en casa las plantas dejaron de florecer; no es que se hubieran secado, no, pero las flores se negaban a brotar. Hasta el pequeño huerto, que era su debilidad, parecía temeroso y había olvidado la producción de tomates, lechugas y pepinos. Hasta los cerdos parecían encanijados. Mi abuela barruntaba que algo no marchaba bien y que el maligno estaba cerca urdiendo su red aniquiladora.

Una tarde escuchamos a la hechicera rubia argumentando a papá la conveniencia de trasladar a la abuela a una residencia, ya que la observaba muy torpona, y de lo bueno que sería para mí ir a estudiar a Inglaterra. ¿A Inglaterra..? Ni hablar, dijo mi abuela. Fue la primera vez que la escuché llorar. Aún me parece estar viéndola con su delantal con estampados de cerezas… Le gustaban esos delantales y los tenía por docenas. Tiempo atrás había comprado varias piezas de retal a un comerciante de Barcelona y se hizo un nuevo ajuar de delantales, paños, manteles, enaguas y batitas de estar por casa con vistosos estampados de cerezas multicolores. Según ella, las cerezas tenían el poder de invocar a las almas puras, refrenando los poderes del diablo, y nos protegerían de los influjos de la bruja rubicunda. A mí me cosió unas enaguas con vivos y volantes, lazos para el pelo, pañuelos, pulseritas, camisetas y algún vestidillo. A papá le hizo un par de calzones para contrarrestar los efluvios malandrines de la novia, pero ella los hizo jirones arrojándolos al cubo de mondas de calabacines; mondas que mi abuela guardaba para echárselas a los cerdos, a ver si engordaban. Frente a nuestra protección, papá estaba completamente desamparado ante las malas artes del demonio.

Esa noche y las siguientes las dos comenzamos a dormir juntas. Abuela no olvidó coser varias piezas del retal estampado a los almohadones, a las sábanas, dentro de las zapatillas, en los camisones, en las toallas... Ella siempre estaba en todo. 

Desde que conocimos los planes de melena dorada teníamos pavor a que nos separaran. Abuela intentó, en varias ocasiones, mantener una charla seria con su hijo acerca de su enamorada, pero papá hacía menos caso a su madre que a un bocadillo de mejillones en escabeche. Cuánto sufrió la pobre durante esos días y qué desgraciada se sentía.

Algunos días, después, la prometida de papá desapareció de repente. No puedo recordar en qué momento dejé de verla, pero una mañana, al levantarme, ya no estaba. Se había marchado sin dejar a mi desconsolado padre ni una triste nota de despedida. La buscaron por todas partes, sin resultado. Parecía que la tierra se la hubiera tragado o que el diablo tenía para ella otra misión. Papá echó en falta algunas joyas de mamá y varios miles de pesetas de la caja fuerte de su despacho, y el pobre se hundió en una pena negra, cerrando definitivamente las puertas al amor. La guardia civil dio pronto cerrojazo al asunto; estaba claro que la fulana había engatusado a mi padre robándole todo lo que pudo. Tras el incidente, las flores surgieron rabiosas de su letargo brotando de nuevo con una explosión de vivos colores y la gran cosecha de pepinos y tomates fue celebrada como una bendición del cielo. También la piara de cerdos pareció que engordaba con desmesura, por lo que la matanza de ese año fue gloriosa.

De eso hace ya mucho tiempo. Poco a poco, todo volvió a la normalidad y los tres hemos vivido juntos hasta hace dos meses en que falleció la abuela. Hoy he tenido fuerzas para recoger sus cosas y preparar unas bolsas de ropa para la parroquia, como a ella le hubiera gustado. Me ha llenado de sorpresa encontrar una pequeña cajita, que no conocía, al fondo de su armario, bajo las sábanas. En su interior, varios paquetitos envueltos en trozos de tela con el famoso estampado de cerezas. He sonreído recordando aquella época en que atiborró toda la casa con cientos de objetos protectores confeccionados en esa tela. Al desenvolver uno he visto la foto del abuelo hecha un canutillo alrededor de tres dientes de ajo, con varios cortes y marcas rojas. Se ve que, aunque no solía hablar de él, nunca lo olvidó. Y en otro, muy bien envuelto, he topado con una pequeña muñequita de trapo de cabellos rubios con varios alfileres pinchados en el rostro y en el pecho… 

Junto a todo esto he descubierto las joyas robadas de mamá y varios miles de las antiguas pesetas...

Por María Martín