viernes, 10 de enero de 2014

¿Y si funciona?

Mientras rodea la plaza de América, una mezcla de preocupación y alegría revolotea en su pensamiento. Creía que no sería capaz de dar un paso como éste, que le lleva al Campo de San Francisco. Toda una vida ocultando la realidad.

Repasa todos los acontecimientos que ha vivido con Elena. Empezaron a salir muy jóvenes, antes de terminar el bachillerato. Los dos estudiaban en el instituto Obispo Argüelles, en Villablino, un montañoso pueblo leonés casi limítrofe con Asturias. Fue la única manera de que los compañeros dejaran de meterse con él, de que acabaran las murmuraciones, las miradas punzantes. Se camuflaron en una aburrida pandilla que se empachaba de cine forums. Doce años de noviazgo, sin apenas intercambio carnal. Afortunadamente, ella, aún siendo anticlerical militante, había heredado una estricta moralidad prematrimonial. En ese atributo encontró Miguel el ropero en dónde colgar de una percha su verdad.

Llegó el día de la boda y ya no quedó escapatoria. Con gran esfuerzo cerebral, asiduas indisposiciones intestinales, sesiones de onanismo, procurando abstraerse del momento, a veces lograba consumar el coito. No obstante, fue suficiente para engendrar tres criaturas que llenaron el hogar y silenciaron todas las bocas.

Dos niñas y un varón que ocuparon todo el tiempo de la pareja durante los muchos años de crianza. Pero los hijos se hacían mayores y abandonaban el domicilio conyugal. La pequeña hacía tres meses que se había independizado. El matrimonio volvía a tener mucho tiempo para ellos. Y Elena se sentía aún con ganas.

Gloria lleva más de treinta años escondida en sí misma, desde que tuvo los primeros indicios de su desorientada identidad. Había disfrazado su personalidad todo lo que había podido.
Se desprecia cada vez que se mira al espejo. Nadie, ni siquiera sus padres, en cuya casa conviven, ha podido pensar que sus deseos amorosos se centran en las compañeras y no en los hombres que tantas veces han intentado seducirla.

Odia su ajuar. Excepto ese puñado de prendas que esconde en una bolsa de deporte y que, a menudo, cuando se queda sola, aprovecha para ponerse y deleitarse ante el espejo. Se recoge y engomina el cabello, se coloca unos ajustados pantalones negros, la camiseta de colores estridentes, las botas de militar y la cazadora de cuero con tachuelas en las hombreras.

A Gloria le han llamado de todo. Que si es antipática, borde, mal educada, gilipollas, frígida, estrecha. Pero nunca nadie en Gijón, donde siempre vivió, le dijo marimacho, tortillera, machorra o lesbiana. Ahora ha decidido cambiar de aspecto y de vida.

Mientras camina nerviosa por la calle Jovellanos, en dirección al Campo de San Francisco, en el centro de Oviedo, intenta imaginar cómo terminará esta aventura que está a punto de emprender junto a Miguel.

Se conocieron a través de un chat. Él nunca hubiera pensado que iba a verse atraído por una mujer. Ella siempre había sentido rechazo erótico por los hombres. Los dos eran conocedores de las circunstancias de cada uno. Los dos habían compartido sus frustraciones. Y los dos han decidido darse una oportunidad. No saben cómo van a armonizar su sexualidad, pero él se ha imaginado dentro de Gloria y ésta poseída por Miguel. Piensan que están locos.

Se encontrarán en un banco de piedra en el Paseo del Bombé del céntrico parque. Visitarán la catedral, el Museo de Bellas artes. Cenarán en Casa Conrado y se alojarán en una habitación matrimonial del Hotel de La Reconquista.

Todo un lujo para una noche muy especial. ¿Y si funciona?

Por Vicente Briñas

miércoles, 8 de enero de 2014

Niebla en la memoria

Hace unos meses, estando de baja por una lumbalgia recurrente, se me ocurrió releer los diarios que  escribí cuando era joven. Rebusqué en el desván y dentro de mi cartera de colegial de escay verde los encontré. Me acomodé con mi manta eléctrica en el sofá y me dispuse a navegar en mi pasado.

Con lo primero  que topé fue con un block de dos anillas, tamaño octavilla, encuadernado con margaritas naranjas sobre un fondo beige. Dentro había dos hojitas rellenas con letra deforme galopando entre renglones y con faltas de ortografía, la fecha era de marzo del 67, cuando tenía seis años, y allí descubrí la que seguramente fue mi primera frase lapidaria: “Son las once y media de la mañana y mi madre aún no me ha pegado”. Teniendo en cuenta que mi madre era una santa que solo perdía los nervios con mis contestaciones desairadas y mi rebeldía, y que he tenido incontinencia verbal desde el mismo día en que nací, el hecho de que mi madre no me hubiera dado una bofetada a esas alturas de la mañana era todo un acontecimiento.

Luego leí unas páginas mecanografiadas en las que contaba con toda clase de detalles lo tontas que eran mis amigas de once años,  el poco caso que me hacía Manolito en el recreo y las ventajas que tenía el disfrutar de una máquina de escribir en vez de la bicicleta que yo les había pedido a los Reyes-padres.

Pero el grueso de mis diarios lo formaban cinco cuadernos que iban desde mis dieciséis años hasta los veintisiete. De los dos primeros me acordaba muy bien y no quería volver a leer cómo me enamoraba una y otra vez y cómo me abandonaban sin piedad; así que cogí al tercero y comencé a leerlo.  Al abrir sus páginas tuve la sensación de profanar la inocencia de la joven que fui. Leí en silencio y, casi de manera reverencial, descubrí todas las dudas, conclusiones, ilusiones y desilusiones de una mujercita de veintidós  años.

Pero lo que me dejó perpleja y conmocionada fue lo que escribí el miércoles 23 de marzo de 1983. En un primer momento pensé que aquello no lo había redactado yo, pero la letra redonda, vertical y separada era la mía y decía lo siguiente:

“Lo voy a hacer, no puedo más. Llevo semanas preparándolo. Aquí no quiero ser muy explícita pues alguien podría leerlo, pero tengo que decir que después de ejecutar mi plan jamás volveré a hablar de ello e intentaré borrarlo de mi memoria como si nunca lo hubiera realizado. Y pensaré en él como alguien que pasó por mi vida y después se fue sin dejar mella en mí.”

Desenchufé la manta eléctrica y me metí en la ducha. Allí mis lágrimas se alimentaron con la certeza de lo que ocurrió. Durante años mis recuerdos se habían acomodado a la versión oficial. Mi cerebro había convertido esa realidad inventada en una película. Había fabricado una historia con toda serie de detalles para contarla siempre de la misma manera, con la misma cronología y utilizando las mismas  frases, las mismas pausas, los mismos gestos. Luego, el tiempo, había tamizado lo sucedido hasta cegarlo por completo.

El vapor del agua caliente cubría el cuarto de baño, y eso me hizo recordar que aquella mañana, en el Valle de los Caídos, también había niebla. Mi padre y yo íbamos todos los últimos sábados de mes desde que el Generalísimo murió, allí se reunía con sus amigotes tan fachas como él; primero a honrar al muerto y después a confabular para cargarse nuestra incipiente democracia. Yo, al principio, estaba inmersa en aquel ambiente de brazos extendidos, de viva Franco, de águilas incrustadas en rojo y gualda, de los yugos y las flechas y de Cristo Rey. Pero tras ir a reventar una manifestación con bates y pistolas y ver como mi padre y sus amigos se cargaban a un chico, retrocedí y empecé a hacerme preguntas. Preguntas que mi padre siempre zanjaba de la misma manera: “Tú no has visto nada, aquello nunca ocurrió“. Para acabar concluyendo con un: “Todo por la Patria, hija, todo por la Patria”.
Aquel “accidente” coincidió con mi mayoría de edad, con mi entrada en la universidad, con el descubrimiento de otras realidades y empecé a vislumbrar quién era en  verdad mi progenitor. Decidí no volver a ir lo sábados al Valle poniendo como escusa mis estudios. No le gustó nada mi abandono y aquella decisión fue el principio del fin. Toda su dedicación se torno en animadversión. Como si un telón se hubiera levantado de repente, su persona quedó al descubierto y lo que vi me llenó de terror.

Salí de la ducha y  abrí la puerta y la ventana para que todo ese vaho que enturbiaba mi memoria abandonara ya mi pasado. Me miré en el espejo y recordé a mi madre. Ella que siempre había estado en un segundo plano en mi vida, empezó a sincerarse conmigo al ver que ya estábamos en el mismo lado. Primero me confesó tímidamente pequeños “incidentes” domésticos y después, llena de lágrimas y de rencor, el calvario que había sido la vida a su lado. Entonces comprendí las largas temporadas de mi madre en el pueblo, sus tardes en la cama, su conjuntivitis crónica. No me perdonaba mi ceguera, me sentía culpable y llena de asco por haber estado siempre al lado de él. Mi padre siempre había jugado el papel del bueno, siendo mi paño de lágrimas cuando mi madre venía con la zapatilla detrás de mi incontinencia verbal. A partir de entonces, y ya sin tener ningún aliado en casa, se cebó con nosotras, ya no tenía que ocultarme su rostro. Por cualquier motivo pegaba a mi madre, la vejaba, y luego iba a por mí, primero intentaba ser cariñoso con algún propósito y ante mis negativas se transformaba en el monstruo que era.

En una de aquellas palizas una frase se repitió en mi cabeza:”Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Y eso hice, cambié mi actitud, me mostré más cariñosa, más sumisa, volví a ir los sábados al Valle, a levantar los bazos, a cantar el Cara el Sol, hasta que se convenció de que la hija que había perdido había vuelto.

Me quité el albornoz, me metí desnuda en la cama y me tumbé en posición fetal. Recordé la reseña  en los periódicos:

Taxista, de Fuerza Nueva, muere despeñado en el Valle de los Caídos
Se cree que la espesa niebla que el sábado cubría el Valle de los Caídos, pudo ser la causa que  despistara a Manuel Sánchez Carballeira, natural de La Coruña, y taxista de la capital, y le hiciera despeñarse por una de las escarpadas depresiones que circundan el monumento. Tras un aparatoso acceso al lugar del accidente, en el que tuvieron que intervenir los bomberos, los efectivos sanitarios solo pudieron certificar su muerte. Su hija Raquel, que le acompañaba, tuvo que ser atendida por el equipo médico tras sufrir un ataque de ansiedad.






Por Raquel Ferrero




sábado, 30 de noviembre de 2013

Vida

Me subo a una silla y me encaramo al alfeizar de la ventana. De repente y sin saber cómo, me precipito al vacío desde el décimo piso como si cayera hacia el infinito.

María se da cuenta y,  desecha en lágrimas, baja a toda prisa a la calle. Cuando me ve grita, y su llanto se hace cada vez más intenso. Cuando llega ve mi cuerpo inmóvil y rodeado de sangre.

Me acaricia el pelo y observa un trasquilón. María queda boquiabierta cuando ve que de entre él salen seis pequeños clones míos que flotan y ascienden con una levedad asombrosa.

El primero aparece en casa de María y su madre le grita: “¡condenado!, ¿te estarás quieto?”, mientras le tira un corcho.

Los otros cinco se instalan en otros tantos hogares, donde los reciben con alegría.

Y es que dicen que tengo siete vidas. Una ya he gastado, pero todavía me quedan estas otras. ¡Marramamiau, he dicho!


Por Rosa María Velasco

viernes, 29 de noviembre de 2013

El corcho cinco estrella

Aquel restaurante era un lujo, uno de esos lugares de obligada visita al menos una vez en la vida.  La decoración, de estilo minimalista, denotaba sencillez y buen gusto.  Los camareros no caminaban, iban y venían al ritmo de una danza milimetrada, sorteando mesas y sirviendo vinos. Y, tanto la atención de aquellos, como la calidad de los platos, le hacían merecedor de figurar entre los mejores del país.   

Como mi exigua economía  no me lo permite habitualmente, acudí a cenar con unos amigos aprovechado unas jornadas gastronómicas que ofertaban los menús a un precio tres veces inferior al habitual. Era una ocasión única para acceder a un placer vetado para el común de los salarios.

Al entrar, me fijé en la mesa de al lado. Había sentados tres hombres y tres mujeres que llamaban la atención por su indumentaria: ellas llevaban vestidos de colores chillones y descoordinados, y el pelo rubio oxigenado dejaba entrever la raíz canosa. Los hombres vestían traje y corbata en tonos llamativos y el pelo engominado. Por si esto, vociferaban y gesticulaban desmesuradamente.  Parecían surgidos de una película de Coppola.
 
Al poco rato, el camarero les trajo una botella de Dom Pérignon en una champañera y uno de ellos la abrió con tal virulencia que el tapón salió despedido, dibujó una trayectoria elíptica hacia el techo y luego se perdió, como si quisiera huir de aquellos personajes.
 
Uno de ellos obligó al resto a buscar debajo de la mesa y alrededores, molestando a los que habíamos ido a pasar una velada tranquila.
 
Como no encontraban el preciado objeto, se enzarzaron en una discusión tan disparatada que pensé que formaba parte de una representación teatralizada para amenizar el local:
 
- ¡Lo has cogido tú y lo has escondido, sabes que me falta un corcho de cinco estrella para mi colección. No soportas que los demás disfruten con sus aficiones!
- ¡Eso no es cierto, tus tapones y tus aficiones me importan un carajo, lo que te pasa es que tienes que acusar a los demás de tus propias carencias! Más vale qu,e en vez de preocuparte tanto de tus puñeteras colecciones inútiles, vigilaras a tu mujer.  ¿Te has preguntado dónde va por las tardes, mientras tú estás ordenando tapones, llaveros y cucharillas? Puede que alguien le preste más atención…
- ¡Serás maricón de mierda! –respondió el aludido, con el rostro congestionado, entre azul cianótico y morado nazareno, y cogiendo al otro por la solapa. Resentido, fracasado, no has superado que tu novio te haya dejado por un arquitecto mejor situado.   
- Crescencio, por favor, -intervino la mujer del agresor con voz suplicante-  cálmate y no le hagas caso, piensa en tu corazón, que te han dado dos infartos. Vámonos a casa y hablamos.
   
El personal del restaurante acudió para separar a los dos individuos y, de paso, pedir disculpas por el suceso, ajeno totalmente a ellos.

Yo estaba paralizada, no podía creer que en un sitio tan exquisito y acreditado acudiera gente tan barriobajera. Por fin, los alborotadores se marcharon y pudimos disfrutar del resto de la noche escuchando el nocturno de Chopin en el piano de la sala.
 
Cuando nos tocó pagar, mi mano tropezó dentro del bolso con un objeto rugoso y húmedo. Lo saqué y lo observé con desaprobación: aquel minúsculo tapón había sido el motivo de la discordia.
 
Cuando llegué a casa lo coloqué sobre la nevera y, cuando lo miro, me hace reflexionar sobre la insensatez humana.
   
Por Carmen Alba

jueves, 28 de noviembre de 2013

¡Y yo con estos pelos!

A pesar de su promesa, Tolo lo había vuelto a hacer. Era el padrino, apenas en dos horas se casaba su hermana, en la ermita del pueblo de sus padres,  y allí estaba él, con sus greñas de estropajo, como su madre llamaba a las rastas que lucía desde hacía varios años. Ya no queda tiempo es un pueblo pequeño y no hay peluquero.

Entre el enfado de su hermana y  las lágrimas de su madre, se cuelan las soluciones de algunos de los presentes.


- De momento lo más importante es cortarle esos tirabuzones, dice su tía.


Y manos a la obra a por ello que van. Su primo y compañero de hazañas de muchos años, se dispone a ser la mano ejecutora.


- Si no afiláis las tijeras acabareis cortándome una oreja.
- Sabes qué… el Narciso tiene una de esas maquinillas que anuncian en la tele, con las que hasta un niño puede cortar el pelo.


Mientras alguien va en busca de lo que parece es la solución, continua la operación tijera.


- No cortes más por ahí ¡menuda escalera le has dejado en el flequillo..!
- Yo, a veces,  me lo arreglo en casa. ¡Hay que ahorrar que estamos en crisis!
 

Llega la maquinilla, el primísimo, inicia la operación esquileo.

- Que yo  no sé cómo se hace, que igual te lo dejo mal…
- Venga, lo pones en el número tres y solo tienes que pasarlo, nada más.
- Esto no tiene números, sale o se mete la cuchilla por debajo del peine ¡lo dejo como esta! Puf, Puf. ¡Qué raro va esto!


El primo esta descontrolado, pasada de peine por arriba, pasada por detrás… y peine que sale, peine que se mete. Y toma trasquilón por aquí y por allá.


Tolo, pierde la paciencia.


- ¡Pásala de una vez! Oye, ¿qué haces? Para, para... Déjame ver.


Se pasa una mano por la cabeza. No da crédito  a lo que toca. Parece un campo de fútbol de tercera: trasquilones al cero céped al tres.


- ¡Cagoentó! ¡Qué destrozo! ¿No ves lo que estás haciendo? Pues, párate. 
- Espera un poco, que ahora te lo apaño. Te rapo un poco más por los lados, te dejo un poco más largo por arriba y arreglao. Un poco más por aquí, tijera para el flequillo. ¡Bueno, yo lo veo bien!


Frente al espejo, la cara de Tolo está en sock, no puede creer lo que ve. Parece que le hubiera atacado Eduardo manos-tijeras en un día de viento.


Sin duda había elegido un mal día para cambiar de peinado. De su “hermosa cabellera” solo queda un pseudo flequillo trasquilado. 


Ahora, tiene que presentarse delante de su madre y de su hermana y darles a elegir.


- ¿Con gorro o pelón?


Por Mayte Espeja

A lo hecho, pecho

Te lo dije, que de esta obsesión no iba a salir nada bueno, pero tú dale que dale y venga a decirle a Antonia: chupa, chupa.  Y ya lo has visto, nada de nada, rien de rien, como decía mi madre cuando en Toulouse le preguntábamos qué había para comer.  Payaso, que eres un creételotodo. Parecía tan real como lo contaba aquel gilipollas en internet, y con fotos y todo. Y tú maricón no eres, pero no sé…

Todo empezó porque no entiendes por qué los hombres tienen pezones. Donde hay humo es porque hubo fuego, ¿o no? ¿Para qué los queremos si no hay nada en donde rascar? Y acabaste por creer que podía crecer algo, pues el brote estaba allí ya.   Y es que tus pezones son algo especial, muy sensibles y agradecidos. Se te ponían duros y puntiagudos cuando te los tocaba tu Antonia, que a la muy tonta anda que no le gustaba. Y no te digo nada cuando te los chupaba, menudo vicio tenía, que hasta aprendió a hacer el gritito ese que hacen las árabes con la lengua.

Pero los dos queríais más; primero fuiste al curandero ese asqueroso, que mira que la intuición te lo decía. Pero qué va, ¿no te pareció poco que se sacara la mierda de las uñas y te las untara en los pezones? Pues no, no fue suficiente.  Y que era la vida que se le quedaba entre las uñas, decía, y que esa vida te la daba a ti, gustoso. ¡Guarro, pringoso!, y tú venga a darle dinero y a mirarte en el espejo, y él que sí, que cada día se notaban más lustrosas, y tú venga a observarte y sin atreverte a decirle que no, que no veías nada de nada, sólo decías entre dientes: rien de rien. Y él: que nadie se va a reír de ti,  hombre. ¡Ignorante sacaperras! El día que se metió al váter y salió con un frasquito y quiso untártelo y tú se lo quitaste y se lo echaste por encima y el tío se puso a vomitar del asco que le dio, ese día sí que estuviste bien, te lo juro, aquel día sí que sí.

Eso ha sido lo único bueno de toda esta historia, porque lo demás… ¡Y por si fuera poco sigues plano, más liso que una pista de patinaje! Eso sí, los pezones parecen dos castañas pilongas, que de tanto frote han florecido.  Hay que ser desgraciado, si lo que querías era tener unas buenas tetas, pues haberte operado, joder, una talla 80, por ejemplo, no hubiera estado mal, la hubieras disimulado con las camisas, como si fueran esas tetas de gordo que tienen algunos tíos y, luego, en la intimidad, con tu Antonia, a  disfrutar de la silicona, que para eso está la tecnología de la ciencia, hombre, por Dios, pero no,  tú querías que fuera natural, como la leche de vaca, no te digo. Natural, natural. Por eso te compraste por correo aquella máquina que te absorbía la teta y te la estiraba, que en vez de  una teta parecía una ubre de cabra vieja, madre mía qué dolor, y aquello que no cogía volumen, sólo se ponía rojo como el culo de los monos esos del zoo.

Y es que tu Antonia también te animaba, que la culpa no la tienes solo tú, qué va. Acuérdate de cómo se ponía con las fotos de travestis operadas y con bigotes, lo bien que os lo pasabais después, que te decía: así, así, con mostacho y pecho es como me gustan a mí, todo terminado en  cho. Y tú te ponías a cantar el chachachá pero con la cho. Qué tiempos más buenos, esperando todos los días a que aquella carne cogiese fuerza y se pusiera turgente; una ilusión, una esperanza que teníais.

 Y entonces fue cuando apareció Choni, también con cho. Era la prima de la vecina de abajo, que se había separado del marido y limpiaba casas para ir tirando, y Antonia, por pena, la dijo que sí, que viniera a echarle una manilla, pero joder, adonde te la echó, hija. Era regordeta, pero de esas gorditas que están bien hechas, con unas tetazas; más joven que tu Antonia, eso sí, pero con un bigote que madre mía. Qué tonto fuiste al no darte ni cuenta de lo que estaba pasando. De repente, dejó de insistirte en lo de los pechos, ya no te los chupaba, Choni cada vez venía más horas a la semana y tenía más bigote… hasta que un día todo se acabó.

Me escribió una carta: Me marcho, siento lo que te he hecho, me voy con Choni, aunque eres muy macho no tienes pecho. Chao.

Y ahí me dejó, solo, y con una carta llena de chos.

A lo hecho, pecho, ¿o no?

 Por Raquel  Ferrero

 

martes, 26 de noviembre de 2013

¡Por ná!

Desde que se inició el juicio habían trascurrido cerca de seis  meses de largas deliberaciones.
El Secretario del juzgado de la sala número 5 de lo Penal había leído, con parsimonia los numerosos cargos de los que se acusaba a Mariano Rodríguez López: atraco a mano armada, extorsión a personas e instituciones, doce asesinatos, violación a una menor…  

Ahora se encontraba parapetado junto a un alféizar de hormigón recubierto con una capa de corcho elaborado especialmente para protegerle de posibles represalias en la sala del juicio. Mariano, sereno y tranquilo, esperaba escuchar la voz de la Justicia. Mantenía abiertos sus grandes ojos verdes, bien abiertos, y se atusaba el pelo largo, trasquilado, canoso mientras fijaba su mirada en el infinito, a la espera de escuchar el veredicto que  dictaría el Sr. Juez. 

Durante todo el proceso Mariano mantuvo el rostro ausente y, sólo manifestó su opinión a diversos medios de comunicación previa entrega de una pequeña cantidad de dinero: “No entiendo que por unas chiquilladas se pongan así.  Otros han hecho mucho más que yo, y no encuentro motivo para merecer la ira del tribunal y de la sociedad. Y, menos aún, comparto la reprimenda realizada por el Sr. fiscal… No me comprenden ¡no me comprenden! Además, es mi cultura y tradición”.

Para él todo había sido fruto de unas cuantas chiquilladas, sin maldad ni importancia, y el castigo que esperaba recibir debía ceñirse  a la levedad de los cargos presentados contra él.  

…Así pues, como máximo deberían llamarme la atención. “Creo que estoy arrepentido, lo dije en el juicio. Además, me gustaría que supieran que no pienso repetir mis actos. No se cansaba de reconocer. “Quizás me extralimité al asesinar a aquellas personas pero… hay que reconocer que ellas… ellas tampoco valían gran cosa. Tenían la piel bien fina y débil  y aguantaron poco. …Lo que más lamento es el asesinato y violación de Martita, esa niña de 12 años de ojos verdes, y los robos a punto de pistola en una docena de establecimientos bancarios ¡Qué cara se les quedaba a los parroquianos cuando se veían encañonados..! Ahora, ya más fríamente, creo que no estuve demasiado bien ¡la verdad!  Pero… de algo hay que vivir.

Llovía, llovía mucho cuando entró en la sala presidente del tribunal en la sala del juicio. 

Y, con voz rotunda y firme, inició la lectura del acta que había elaborado el jurado.

En primer lugar este jurado lamenta que no se le avisara antes de la realización de las actuaciones delictivas y, en consecuencia, no puede estar seguro de que la realización de los actos delictivos que se juzgan no pudieran haber sido evitados por don Antonio. Además, si bien el ADN, el cuchillo y la pistola corresponden al acusado, nada evita que en el universo no pudiera existir otra persona con parecidos datos y armas semejantes. Desde este alto tribunal se hace un llamamiento a las autoridades policiales y judiciales para que, en un futuro, el proceso se realice con mayor celeridad y control. Ya que todas las pruebas obtenidas están fuera de plazo al haber pasado más de un día desde su obtención. Y, en consecuencia, quedan anuladas.   

 A la vista de estos datos que obran en nuestro poder  y de las contundentes pruebas, este tribunal acuerda: Amonestar seriamente a D. Mariano, expresar nuestro desacuerdo con sus actuaciones y regañarle, aunque esperamos que no se enfade.  Asimismo, le pedimos que en un futuro se abstenga de realizar esas actividades delictivas que tanto afean a la comunidad.
Se recomienda al acusado que se confiese de sus pecados a la mayor brevedad.

Se condena al estado a que abone a D. Mariano la cantidad de diez millones de euros por el deterioro que su imagen y buen nombre hubieran podido sufrir así como las molestias que se le hubiera podido ocasionar este proceso.  

Dios salve a la Reina; el Rey ya no tiene solución.  

Mariano, satisfecho con el fallo, abandonaba el palacio de justicia mientras repetía, una y otra vez, a sus familiares y amigos: “Si es que soy inocente, si no hecho ná”.

Por Jesús Ramírez