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domingo, 1 de marzo de 2015

Un regalo de Navidad

Como cada día de la semana Alberto vuelve a AZCA: bancos, oficinas, tiendas… sabe que allí no queda nada para él, no encuentra donde ir.  Madrid es grande pero, después de andar y andar, siempre acaba en el mismo lugar. Allí  subió y bajo, como los ascensores del edificio donde perdió los mejores años de su vida y después la vida entera.

Ahora se apoya indolente en las esquinas, hasta que alguien repara en su aspecto sale y “cortésmente” le invita a alejarse, a buscar un lugar más discreto en el que mostrar su pobreza. A veces tiende su mano pidiendo una ayuda. No está muy seguro de para que la pide, en realidad no la desea, ya no tiene fuerzas para empezar de nuevo. No merece la pena, se ha conformado. Le basta con algo caliente en el estómago y un rincón resguardado del frio donde pasar la noche.

Ve cómo se apresuran los transeúntes, apenas le miran, ni les mira, son sombras de una vida lejana, recuerdos y palabras empañadas entre el vaho que sale de sus bocas. Hombres y mujeres rodeados de gente, envueltos en sus exclusivos abrigos y arrebujados sobre sí mismos, para los que el éxito lo es todo. Lo importante es tener, es poder. Sentir la envidia de los otros, demostrarse y demostrar que está entre los mejores.

Un grupo sonriente y bullicioso se acerca a él, en avanzadilla dos chicas se destacan por su alegría, es contagiosa.  Se queda mirando embobado, se han parado a dos pasos, puede oír lo que hablan.

--¿Estas segura de que es lo que quieres? Con todo lo que has trabajado…
--Si mi marido y yo lo hemos pensado y repensado. La única manera es alejarnos de todo esto. No nos vemos, no hablamos y ahora esperamos un hijo. ¡Te das cuenta voy a tener un hijo!
--¡No, no puedo… tú mamá! ¡Chicos vamos, que se nos congelan las ideas!
Alberto, sin apenas darse cuenta avanza tras ellos. Oye el murmullo de las conversaciones pero, sus oídos solo escuchan una voz, esa voz que cuenta planes a su amiga.
--Ya hemos encontrado nuestra casa, está un poco lejos, es un bajo en un bloque de cuatro pisos con un trozo de jardín ¡tendré que plantar cosas!
--Pero… si tú no entiendes nada de eso.
--Puedo aprender ¡soy capaz de hacer muchas cosas! ja, ja, ja… Juan, yo y nuestro hijo, tendremos más de uno, si, seguro.
--¡Estáis locos, según están las cosas y dejáis el trabajo!
--Dejamos “este trabajo”. No te olvides, hay que trabajar para vivir. ¡Juan, daos prisa nos tenemos que ir!

Al oír el nombre, no puede evitar volverse. ¡No puede ser! Alberto se ve frente a sí mismo, cuando todo lo que les rodea era su mundo. Aquel en el que no cabían familia ni amigos, no había sitio, sólo trabajo y más trabajo, reuniones, viajes…Lo tenía todo y no tuvo nada.

Quiere llamarle: Juan, Juan…, la voz no sale de su boca, él pasa rozándole sin apenas mirarle y se meten todos en una cafetería. Le fallan las fuerzas, se apoya en la pared, al lado de la puerta mirando hacia dentro y espera, espera hasta que Juan sale con su chica de la mano. Empiezan a andar deprisa, huyen del frio, Juan pasa su brazo por encima de los hombros de la mujer morena y risueña que va a tener un hijo: su nieto.

Aunque solo es mediodía, las luces brillan y los villancicos resuenan en el aire. Despacio, muy despacio, Alberto empieza a caminar sin rumbo. En su cara sombría y gastada se dibuja una sonrisa que le hace más humano, más hombre. Esa misma sonrisa permanece en ella, cuando por la mañana encuentran su cuerpo, sin vida, acurrucado en un rincón de los bajos del complejo empresarial. 

--Ha muerto de frio, mira su expresión.

Solo él sabe que es de felicidad. Su nieto conocerá a su padre, no cometerá sus mismos errores.  
 
Por Mayte Espeja

martes, 15 de abril de 2014

Bajo el mismo techo

Norberto es hijo único, el ojito derecho de su madre y la desesperación de su padre, de hecho, si en algún momento tuvo paciencia parece que ya no le queda. Don Norberto  hubiera querido que siguiera sus pasos, que se hiciera cargo de la empresa, que tanto le había costado levantar o, por lo menos, terminase. Derecho y trabajase,  en lo que quisiera pero que trabajase. 

Cada vez que sale el tema, Norberto hijo agacha la cabeza y oye, que no escucha, “sus sermones” como él dice, los cuales cierra impenitentemente con un: sí, papa, tienes razón, y se escabulle en cuanto puede. Tras cerrar la puerta de su habitación se oye retumbar la música que inunda toda la casa. Irene se pone en pie de un salto y, dirigiéndose a la habitación de su hijo, llama a la puerta toc, toc, toc… toc, toc, toc… nada, como el que oye llover, suponiendo que oiga algo. Sin obtener respuesta, abre la puerta y, asomándose grita: ¡Norberto, que vas a tirar la casa!

Ante la escena, se sorprende a sí misma, delante tiene a un despistado hombrecillo: cercano a los cuarenta, delgado, estatura mediana y unos cabellos rubio claro, ralos y lisos, pegados sobre el rostro, enjuto y pálido. Su madre le mira, no sabría decir si es afortunado o desgraciado, un rostro inexpresivo que parece haber nacido y vivido bajo el fugaz albur de una estrella dudosa.

Norberto, padre, con toda la calma de que es capaz, musita: Esto no hay quien lo aguante. Levantando la voz dice: me voy a tomar un café. A ver si encuentro un poco de tranquilidad. Coge la gabardina y sale dando un portazo.

Irene, que aún está intentando hacerse oír por Norberto, hijo, no se entera de nada. Al cabo de unos minutos de soliloquio vuelve al comedor y, al encontrarlo vacío, exclama: ¡Estoy hasta las narices de los Norbertos! ¡Se van a enterar de quién soy yo y cómo me las gasto! 
Deja todo tal cual lo encuentra, incluida la mesa sin quitar de la “medio comida, disfrutada en familia”. 

Ya en su habitación, ha decidido que no va a esperar, que esos dos hombres con los que comparte techo no la van a encontrar como un perrillo lamiéndose las heridas. Una ducha, un poquito de crema, colorete,  rímel, carmín…y, enfrentándose al espejo, decide que no está mal lo que ve. Busca en el armario, elige un vestido que, según Norberto, padre, es demasiado llamativo ¡pues mejor! Zapatos de tacón alto, abrigo verde. Escoge con cuidado todo lo que se va a poner de dentro a fuera. Ya solo le falta el bolso: cartera, tarjeta, llaves, gafas, móvil, neceser para retoques, clínex… A ver, ¿se me olvida algo? ¡Vamos allá!

Deja el abrigo y el bolso en una silla, marca el número de Ceci, su mejor y única amiga. 

Hola, soy Irene. ¿Me acompañas en el primer día de mi nueva vida?

¿Estas segura? 

Muy segura. Vivo con dos desconocidos, no me necesitan ni yo tampoco a ellos.  Mi marido necesita una amante, yo soy demasiado joven para él y no necesito un padre. Mi hijo…ese no sabe lo que necesita y no tengo tiempo para esperar a que lo encuentre. ¡Quiero vivir, no sobrevivir! 

Ceci evoca sus veinte años, en ellos forjaron esa amistad que las une. Ambas se casaron con hombres de mayor edad, situados profesionalmente, y tuvieron un hijo. Ahí se acaban las similitudes. Mientras ella ha encontrado en su marido un compañero y en su hijo, la ilusión de vivir una nueva juventud, Irene, a sus cincuenta y ocho años, tiene un marido de setenta y un hijo de treinta y siete que, a la sombra de un padre, siempre viejo, se ha negado a crecer. 

Antes de salir, Irene reserva una habitación en el Wellington. Esta cerca de su casa pero estará bajo otro techo. Este se le cae encima.

Por Mayte Espeja

miércoles, 5 de marzo de 2014

Estaba contento, por fin había conseguido un nuevo destino en la empresa. Después de tres años, en los que el trabajo le había obligado a continuos viajes a otros países, a la vuelta, se quedaría en Madrid y sólo en contadas ocasiones tendría que trasladarse a otras provincias. Esto le permitiría reorganizar su vida, había hecho un montón de planes.

Sin embargo, en los últimos días todo había salido mal; la dificultad para solucionar los asuntos de trabajo, problemas en las fechas de viaje y, para remate, la llamada de su primo para darle la noticia de la muerte de “mami”. Ni siquiera pudo llegar a tiempo de darle un último adiós y devolverle uno de los muchos besos que ella le había regalado.

Mientras sus dedos dibujan el contorno de las letras, que se hunden en la áspera piedra, deja volar sus pensamientos a un pasado ya lejano. Por sus mejillas, arreboladas por el frio viento, resbalan silenciosas las lágrimas; sus ojos enrojecidos por el llanto, buscan un lugar en el que encontrarse con la vida y se pierden en el horizonte de nubes grises. 

Cuando perdió a sus padres en aquel funesto viaje, el único en el que él no les acompaño, sintió rencor hacia ella. De no haber sido porque lo dejaron a su cuidado hubiera ido con ellos, como siempre, y tal vez hubiera corrido su misma suerte. Pero era demasiado pequeño para guardar tan tristes momentos, apenas seis años. Poco a poco sin darse cuenta la hizo un hueco en su corazón. No olvidó a sus padres, simplemente se fueron difuminando con el tiempo. Tan solo eran la imagen borrosa de las fotografías guardadas en los álbumes, o en cajas almacenadas en cajones que casi nunca se abrían.

Han pasado los años, ya es un adulto que, a los treinta años  peina canas, pero en su corazón y en su memoria permanece la figura menuda de su tía Paqui. Esos ojos azules de mirada traviesa, su pelo rubio y ensortijado, y esas pequeñas manos que se mueven como mariposas. Entre sus propios hijos él paso a ser uno más, consentido y castigado sin discriminación, o quizá un poco sí…Fue su cómplice silenciosa en sus primeros amores adolescentes, en sus desengaños y logros. Callada en su tristeza, parlanchina en su alegría. 

Con ella había compartido sus planes para la vuelta, su deseo de estar cerca de ellos: “tengo que buscarme una casa, un coche,… estoy harto de hoteles”. Mientras “mami Paqui” le miraba sonriente, él iba desgranando poco a poco todo aquello que bullía en su mente. ¡Qué irreal le parece todo frente a esa losa de piedra fría y silenciosa! 

Abandona el cementerio y se dirige a su coche recién estrenado, acomodándose en  su interior se pone en marcha hacia la casa familiar. Sabe que, aunque ella ya no está allí aún permanece ese calor que su presencia emanaba.

No tiene prisa para entrar y mirando en derredor, aún acomodado en el sillón de su flamante auto, deja que sigan fluyendo los recuerdos, salen del rincón de su memoria, desterrando el vacío que oprime su corazón. La conocida voz  se eleva en un susurro transmitiendo un dulce calor que le invade, piensa en sus tiernos abrazos, en sus juegos de niño, en sus sueños de hombre. El sol de primavera cálido y luminoso hace brillar el color de las plantas. Le invade una lluvia de imágenes que le hacen recordar cada momento de aquellas tardes veraniegas, sentados en el borde de la tapia que circunda la azalea aun en flor…

Tras el rencuentro con su tío y sus primos, en la sobremesa después de la cena, su primo Miguel comenta: he visto que has venido en coche, mami dijo que tenía que decirte que comprarás otra marca. Por cierto, me parece que lo apunto en su cuaderno de “cosas para recordar”, voy a buscarlo.

Miguel regreso con el cuaderno abierto y le mostró la página en que se leía: “decir a Paco que el Audi tiene mal fario”. Al lado podía verse una indicación sobre publicidad.

Buscaron en internet y encontraron el Audi, que en la contra propaganda, entre Audi y Mercedes, mostraba al vicepresidente (su doble) de Audi-Volkswagen empuñando la guadaña de la Parca acomodado en uno de sus modelos.


Por Mayte Espeja

sábado, 22 de febrero de 2014

Cosas corrientes

Nací un domingo de febrero, en una capital de provincias. De ese día no puedo contaros gran cosa,  porque apenas había llegado. Además, os diré que en esa época no se solían dar muchas explicaciones a los niños, cuanto menos a una recién nacida.  Si puedo contaros, de oídas, que al parecer mi padre quería un chico. Sueño que tardó varios años en materializarse poco tiempo y por partida doble. Pero esa es otra parte de la historia.

Eran los años cincuenta del siglo veinte. En esas fechas las cartillas de racionamiento daban sus últimos coletazos. Esto no quiere decir que con ello se hubiera llegado a la prosperidad; quedaba tiempo de incertidumbre, pero no para mí, era un bebé precioso y sabía llorar o reír según la necesidad… Mi abuela Isabel me auguraba un futuro esplendoroso.

Recordando su figura alargada y sus vivos ojos azules, no pude evitar una sonrisa mientras acercaba a mis labios la taza del té, con la que calentaba mis manos en una fría tarde de invierno. Como fogonazos rápidos primero, y luego deslizándose despacio, las imágenes de mi infancia llenaron la habitación y la calle accesible a mi ventana. Suavemente, como un río que te lleva, me trasportaron a tiempos y lugares de cosas corrientes y emociones sencillas. 

Entre las brumas de que están envueltos muchas veces, y la reelaboración que sufre con el tiempo todo recuerdo, emerge la escuela del pueblo de mi madre. Situada en la planta baja del ayuntamiento dividía en dos la principal y única calle. Dentro, los pupitres de madera gastada, con sus temibles tinteros de loza, capaces de, en un instante, teñir de azul indeleble papel, mesa y vestido… los tanques de aluminio o porcelana desconchada, en los que recibíamos nuestra ración de leche en polvo que previamente habían batido para disolverla, no recuerdo bien con qué, la maestra y los chicos mayores. Aún veo la perola renegrida por el humo de la salamandra que, ya encendida cuando llegábamos los pequeños, calentaba la estancia. En ocasiones,  a la leche se sumaba un trozo de queso amarillo y gustoso, que más que comer roíamos para que nos durase más. Las carreras a la salida y la música de los lápices dentro del cabás de madera, los gritos, las pequeñas y grandes travesuras hechas en la libertad de un pequeño pueblo, donde todo el mundo se conoce o tiene lazos familiares.

Otro sorbo de té y, esta vez, una carcajada. Éramos espías de los chicos y chicas un poco más mayores, entre los que se encontraba mi hermana, también el chulito de turno: ¡Chiquitos, chiquitos, mirad que alto meo!, gritaba Cirilo haciendo la correspondiente demostración subido en un poyete, tan alto que tuvo que cerrar la boca rápidamente ante la inesperada ducha y el regocijo de toda la chiquillería. 

Inolvidables las escapadas al río, a pescar, la emoción de encontrar un cangrejo agazapado tras levantar, con mucho cuidado, una piedra y otra, y otra… aventuras de las que siempre salía alguien remojado. 

Pero los días plácidos y de juegos a la sombra de los abuelos siempre llegaban a su fin. Y otra vez a la ciudad.

Jugar en la calle no era sencillo, tras la consabida recomendación: no habléis con extraños, mi madre se asomaba a la ventana varias veces y verificaba que no nos habíamos movido de la plazoleta y que todo estaba controlado… Mi hermana, otras amigas y yo chapurreábamos una jerga con la que nos dirigíamos a los extranjeros que visitaban la catedral, junto a la que vivíamos, y salíamos corriendo, lo mismo que hacíamos tras llamar a los timbres de las casas. 
Y, de fondo, una sensación extraña. No sé si era esa la realidad o es mi lectura de ese momento pero al evocar la ciudad en esos días  me invade un sentimiento de desamparo. Quizá la clave sea un padre enfermo y ausente y una madre ocupada en salir adelante en una situación difícil. 

Las cosas habían mejorado para algunos, para otros aún quedaban años de incertidumbre. Yo llevaba fatal que mi madre me enviara a hacer los recados, las pequeñas compras: dile al señor Gaspar que nos lo apunte. Eso era lo que menos me gustaba, ir a comprar al fiado es como si me mandaran a pedir. Me hacia la remolona pero, por más que lo intentaba, no conseguía que los hiciese mi hermana.

Una y otra vez la visita a los abuelos, los juegos en la calle, “soy la reina de los mares…”, la abuela contando historias  mientras cocina, el risco tras las casas, el río fluyendo incansable… 
Así hasta  aquel  día de agosto. Nos mandaron, a una prima de mi edad y a mí, a recoger las medicinas del abuelo, en un pueblo de al lado, a unos ocho o diez kilómetros. Teníamos once años, muchas ganas de hacerlo bien y nos habían dejado un burro con el que trabajaba el molinero, pequeño y gris, resabiado y huidizo. No conseguimos montarlo, cada intento terminaba en una caída, teníamos que tirar de él para que no se escapase. De Platero solo tenía el tamaño y el pelo. Pese al burro, conseguimos ir y volver hacia el atardecer. Subimos a la alcoba de los abuelos, el abuelo sentado en la cama y la abuela en una silla a su lado, nos recibió con un: ¿ya estáis de vuelta? Suavemente se metió entre las sábanas, dio media vuelta y se quedó quieto y en silencio para siempre.

Era agosto y, sin embargo, recuerdo un día gris, sollozos y vestidos negros. Después, todo fue diferente. Mi espacio de libertad junto a los abuelos se disolvió, como humo, en esa misma tarde.

El té se ha terminado. Contemplo el fondo de la taza, como si más adentro hubiera claves para entender mi vida. Alegrías y penas emergen, entre la niebla del tiempo, amores y desamores, encuentros y despedidas, los viajes, la universidad, un trabajo que no exige creatividad pero que gratifica… y tantas pequeñas cosas que se colaron en mi vida y han tejido mi historia. Imágenes en blanco y negro.

Hace unos años volví al pueblo de mis recuerdos y ya no estaba allí. Los sitios donde pase mi niñez, la casa, la escuela el río donde se lavaba la ropa, mientras los chiquillos buscábamos cangrejos o culebras que enredábamos en un palo, habían desaparecido. Quería reencontrar mis raíces y se han perdido enredadas en el espacio y el tiempo. 

Pero la abuela Isabel tenía razón: un futuro esplendoroso. Estoy aquí, en mi casa, con la ciudad a mis pies, dueña de mi vida y mis recuerdos y con una taza de té entre las manos.

Por Mayte Espeja

viernes, 21 de febrero de 2014

Recordando

Al salir del trabajo, estaba enfadada consigo misma. Sin saber cómo se dejó convencer por su madre. Le había prometido que se acercaría al pueblo, no contaba con terminar tan tarde. Ahora no le apetecía meterse en el coche y hacer ciento y pico kilómetros para llevar unas flores, que ni siquiera había tenido tiempo de comprar. Al final decidió hacer el viaje, una vez compradas las flores  se puso en camino. Llegó demasiado tarde para visitas,  su madre estaba en casa de una de sus tías así que se quedó a dormir en la vieja casa de los abuelos.

Jacin no había vuelto al pueblo desde que murió su abuela. A pesar de que ya hacía tiempo que había dejado de ser una niña, echaba de menos las noches de verano en que la abuela contaba  las historias que, según decía, eran verídicas. Durante el viaje fue rememorando alguna de esas viejas historias, que la retornaban a su niñez.  

Hay lugares de los que no se pude huir, aunque intentes evitando una y otra vez se produce el reencuentro. A Jacin  le sucede hoy,  después bastante tiempo vuelve al pueblo de su padre. Sin saber porqué, no se sentía identificada con sus gentes, quizá por ese tenebrismo que parecían desprender, una mezcla entre religión y superstición que impregna los lugares y sus habitantes. Aún recuerda los paseos hasta el cementerio en las tardes de domingo. Era la visita obligada de clero (solía haber más de un representante  del mismo e incluía respetuoso besamanos) y de la gente del pueblo. No se paseaba en dirección contraria, algo que si se hacía cuando caía la noche. Había, además, otras costumbres que Jacin no entendía, ni ha intentado entender.

Un afán de privacidad enfermiza, cuando todo era público. Como lo del tío Saturnino y de sus hijos que, al llegar a la madurez, desarrollan esa enfermedad mental de la que no se habla sino en susurros. Se iban casando y teniendo hijos, a pesar de que todo el pueblo estaba seguro de que la parca les reclamaría pronto un nuevo tributo.

Sin  la abuela no tenía sentido visitar un lugar, del que lo único que la atraía era precisamente que ella allí estaba. A pesar de que ya hacía tiempo que había dejado de ser una niña, añoraba las noches teñidas de los relatos de la abuela. Imposible olvidar ese trayecto hasta la cama, el recelo y la huida de esa sombra que les mira y les sigue mientras se alumbran con el candil. 

Según contaba la abuela cada año, en la noche del día de difuntos,  la Santa Compaña se detenía en la puerta del tío Saturnino y reclamaba a alguno de sus hijos. También contaba que solo allí habían visto a la comitiva de ánimas en pena con sus luces titilantes. Es la noche en la que se abre la puerta entre los dos mundos y los muertos regresan para visitar a los vivos. En las casas se encienden mariposas (luces que arden en un platillo sobre una capa de aceite) que les indican el camino a  la mesa  que  está dispuesta, o que sirven de protección para que no vengan a molestar durante esa noche.  En esta macabra reunión se ponen en paz con los vivos: les reprochan los errores o faltas,  promesas incumplidas… piden lo que necesitan  para liberarse de esa cadena de penitentes y pasar al otro lado.

Pocos pueden ver a los espectros, filas fantasmales de sudarios con pies descalzos presididas por un mortal, portador de una cruz  y rodeado de una difusa luz que alumbra su pálido rostro. Condenado a vagar eternamente sin volver la vista atrás, hasta que algún incauto, sorprendido, reciba la cruz y la condena de vagar de la que solo se librará entregando el relevo a otro ser vivo. 

Aquellos que se crucen en su camino con la Santa Compaña puede que sólo oigan la salmodia del rezo de un rosario cuyas negras cuentas van desgranando, huelan el humo de sus velas u oigan arrastrar de cadenas… Si te topas con ella lo que hay que hacer es no escuchar, no hablar, no pensar,  no mirar, no aceptar nada que te ofrezcan;  si es un cirio es anuncio de una muerte próxima, si es la cruz quitas su maldición y la asumes tú.

Se había despertado sobresaltada, le pareció  oír ruido de cristales, guardó silencio,  nada… un sudor frio corrió por su frente. ¡Que tonta soy!  Volvió a dormirse. Al despertar se asomó a la ventana. Ese primero de noviembre amaneció nublado, las gotas de roció en las hojas temblaban con el viento, sus ojos recorrían el  trayecto mientras resbalaban lentamente. Entre la niebla divisó una figura que se alejaba.

Cuando se dirigió a la cocina, para prepararse el desayuno, al pasar por el salón vio cristales rotos. Era el espejo que colgaba encima del aparador, estaba hecho añicos y recordó: “tenéis que volver los espejos cara a la pared, así aunque esté detrás de vosotros no la veréis”. Se volvió hacia el retrato que había en el otro lado de la pared  y vio la figura desdibujada de su abuela.

Por Mayte Espeja

jueves, 28 de noviembre de 2013

¡Y yo con estos pelos!

A pesar de su promesa, Tolo lo había vuelto a hacer. Era el padrino, apenas en dos horas se casaba su hermana, en la ermita del pueblo de sus padres,  y allí estaba él, con sus greñas de estropajo, como su madre llamaba a las rastas que lucía desde hacía varios años. Ya no queda tiempo es un pueblo pequeño y no hay peluquero.

Entre el enfado de su hermana y  las lágrimas de su madre, se cuelan las soluciones de algunos de los presentes.


- De momento lo más importante es cortarle esos tirabuzones, dice su tía.


Y manos a la obra a por ello que van. Su primo y compañero de hazañas de muchos años, se dispone a ser la mano ejecutora.


- Si no afiláis las tijeras acabareis cortándome una oreja.
- Sabes qué… el Narciso tiene una de esas maquinillas que anuncian en la tele, con las que hasta un niño puede cortar el pelo.


Mientras alguien va en busca de lo que parece es la solución, continua la operación tijera.


- No cortes más por ahí ¡menuda escalera le has dejado en el flequillo..!
- Yo, a veces,  me lo arreglo en casa. ¡Hay que ahorrar que estamos en crisis!
 

Llega la maquinilla, el primísimo, inicia la operación esquileo.

- Que yo  no sé cómo se hace, que igual te lo dejo mal…
- Venga, lo pones en el número tres y solo tienes que pasarlo, nada más.
- Esto no tiene números, sale o se mete la cuchilla por debajo del peine ¡lo dejo como esta! Puf, Puf. ¡Qué raro va esto!


El primo esta descontrolado, pasada de peine por arriba, pasada por detrás… y peine que sale, peine que se mete. Y toma trasquilón por aquí y por allá.


Tolo, pierde la paciencia.


- ¡Pásala de una vez! Oye, ¿qué haces? Para, para... Déjame ver.


Se pasa una mano por la cabeza. No da crédito  a lo que toca. Parece un campo de fútbol de tercera: trasquilones al cero céped al tres.


- ¡Cagoentó! ¡Qué destrozo! ¿No ves lo que estás haciendo? Pues, párate. 
- Espera un poco, que ahora te lo apaño. Te rapo un poco más por los lados, te dejo un poco más largo por arriba y arreglao. Un poco más por aquí, tijera para el flequillo. ¡Bueno, yo lo veo bien!


Frente al espejo, la cara de Tolo está en sock, no puede creer lo que ve. Parece que le hubiera atacado Eduardo manos-tijeras en un día de viento.


Sin duda había elegido un mal día para cambiar de peinado. De su “hermosa cabellera” solo queda un pseudo flequillo trasquilado. 


Ahora, tiene que presentarse delante de su madre y de su hermana y darles a elegir.


- ¿Con gorro o pelón?


Por Mayte Espeja

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Qué ocurrirá si tengo un hijo?

Los gritos de tu hermano hicieron salir de casa a tu madre. Bajó corriendo la escalera y salió a la calle, dando traspiés del susto. Se encontró con tu cara sonriente, asomando entre las ramas del árbol en el que estabas encaramado. No hubo manera de saber cómo habías llegado allí, apenas andabas a gatas y nadie te había subido. Ese fue solo el inicio de una carrera de obstáculos que se fue complicando, a medida que ibas creciendo. Tu única contestación a cualquier pregunta relacionada con tus saltos y cabriolas era: soy como Spiderman. 

Sonreías de aquel modo alegre y silencioso tan característico en ti.   Te dabas una carrerita y terminabas en lo alto de cualquier cosa, siempre por encima de nuestras cabezas.


Fue pasando el tiempo, ya nadie te preguntaba, habían asumido que era inútil. Lo único que se convirtió en una costumbre era verte, fuera invierno o verano, con la camisa desabrochada. 


- Blas, esto no puede seguir así, ya eres mayor para estar todo el día por los altos. Tienes que vestirte, vamos a ir al cole. Verás que bien lo pasas, hay muchos niños y puedes jugar con ellos.


No decías nada, solo mirabas con tus  enormes ojos, siempre sorprendidos,  y te ibas con aire de fastidio para, a los pocos metros detenerte,  soltar una carcajada y salir corriendo. Eras un niño alegre y juguetón.


Para ir al colegio cogíais un autobús, iba siempre lleno de gente somnolienta. Los primeros días, la gente se sorprendía viendo cómo,  poco a poco, te encaramabas en la barra, una pareja te mira y cuchichea algo entre risas. Siempre había alguien que te miraba. Se fue convirtiendo en una rutina. Pero, eso sí, sin abrigo, con tus brazos libres de ataduras. Los que no quedaban libres de ellas eran sus compañeros de colegio y de juegos. Nadie sabía de dónde salían aquellos finísimos hilos con los que amarrabas a tus contrincantes.


En verano florecías. En el olmo que crecía frente a tu ventana los pájaros revoloteaban abandonando sus nidos, y tú con ellos, saltando en derredor de rama en rama. Lo que había cambiado era que, en los días fríos y desapacibles, te encerrabas en tu habitación. Tu madre, al limpiarla, se encontraba con minúsculas bolitas que no sabía de dónde podían salir. Poco a poco, fuiste reclamando tu espacio, el de tu habitación se convirtió en tu reducto.


Con el paso de los años te convertiste en un implacable fiscal, rodeabas a tus víctimas hasta enredarlas de tal modo que en pocas ocasiones perdías un caso. Pero, era tan, tan cansado estar continuamente vigilando tus propios movimientos, las reacciones de tu cuerpo al calor o al frío. Eras tan hermético… Ni siquiera  tu familia conocía tu secreto, mas allá de que el médico dijera que esa pelusilla que rodeaba tus pezones no tenía importancia, que se  quitaría a medida que te fueras haciendo mayor.    


La boda de Antón fue un día memorable: conociste a Eloísa. Con ella pudiste hablar de toda tu vida sin ocultar nada. En apenas unos meses os casasteis. Le regalaste su velo de novia tan suave y sutil que fue la admiración de todos los invitados. Desde entonces todo ha cambiado para ti. Tu semblante tranquilo y relajado irradia placidez.  Ahora puedes mirar hacia atrás. Ya se acabó el miedo a que alguien descubriera el secreto por tantos años guardado.


Cuando vuelves a casa después del trabajo, juegas encadenando a tus hijas con los finísimos hilos de seda que salen de tus pezones, sus risas, al liberarse de tan suaves ligaduras, se oyen por toda la casa. Mientras, Eloísa, tu mujer, piensa en cómo podría teñir y tejer todos los ovillos que habías almacenado en casa de tu madre. Abarrotan todos los espacios libres de toda la casa.


Ahora tu única preocupación es: ¿qué ocurrirá si tengo un hijo?


Por Mayte Espeja




domingo, 24 de noviembre de 2013

La eternidad es demasiado tiemp

Traspasó los barrotes de la puerta. Avanzó unos pasos, cruzó la calle y se derrumbó en un banco mirando hacia el interior del jardín.

La luna llena ilumina con tanta intensidad que eclipsa todas las sombras, pero el viejo caserón, de piedra arenisca,  apenas trasluce sus muros enmascarados bajo la hiedra.
Juan Tenorio traga saliva con dificultad y se pasa una mano por el pelo. Nunca debió traspasar aquellos barrotes de hierro forjado. ¿Qué protegía y de quién, Gonzalo de Ulloa, tras aquellas paredes? Ésa es la pregunta que ahora puede responder, ante los que hoy le rehúyen como si fuera un apestado.


Tras terminar sus estudios, buscó un lugar en el que poder dedicarse a la medicina y, sobre todo, a la investigación. Así conoció a Luis Mejía,  boticario de un pueblo cercano, y a su prometida Ana. De su mano aparecieron Inés de Ulloa y su padre, ofreciendo su apoyo a las investigaciones iniciadas.


El joven y solitario médico rural, sin familia cercana, cayó en las redes de la dulce Inés, de su belleza y su sonrisa. Las dos parejas entablaron amistad y compartieron momentos importantes de sus vidas, sus matrimonios, sus primeros años de casados, el nacimiento de los dos hijos de Luis y Ana, avances en las investigaciones realizadas por ambos… Pasado un tiempo, sus trabajos se separan. Juan, influenciado por la precaria salud de su esposa, se embarca en estudios cada vez más alejados del método científico, elucubraciones arriesgadas con resultados imprevisibles e inútiles.
    
Pronto Inés, que ya es pálida de por sí, se va volviendo blanca como la nieve; en su afán de buscar la belleza y el amor para siempre, intenta que su marido centre sus trabajos en ella.
Juan se convierte en el prisionero de un ser desconocido. Unos ojos que le miran anhelantes y un rostro rebosante de emoción reclaman la pócima prometida. Pero los días se van sucediendo unos a otros y también los fracasos de su marido en el logro de ese objetivo. La confianza de Inés se va debilitando. No puede renunciar a esos eternos premios con los que sueña, su impaciencia le impulsa a pedir a su marido que pruebe en ella directamente. No importa el riesgo.  


¿Para siempre? El afán de buscar la belleza, el amor… la eternidad es demasiado tiempo. Desde el otro lado de la mesa, con un descredito total en su cara de muñeca, de geisha inmutable, su sonrisa, cargada de veneno, refleja un entusiasmo en el que ya ni asoma ese destello que coloreaba de vergüenza sus mejillas y se transforma en una carcajada aullante.


Brígida, siempre fiel a su niña, es la encargada de vigilar que ni un solo frasco o ungüento salga del  laboratorio en el que se realizan las investigaciones. Ya hace tiempo que solo las realiza Juan, sin saber que busca o sin buscar nada, ha decidido que ése será su último intento. La llama azulada, del mechero quema los vestigios de vida que puedan quedar en la pipeta usada para hacer el trasvase. Cualquiera que sea el resultado no tiene vuelta atrás ni podrá repetirse. El laboratorio desprende un  claustrofóbico hedor. 


La vieja sirvienta enmudeció de repente, petrificada de miedo, al oír la carcajada estertórea, enfermiza y grave que brotó del pecho de Inés. Frente al espejo, su rostro se va desprendiendo de la piel que se recoge en pliegues. Todo es suave, viscoso, una oscuridad  amniótica con la que se sumerge en un sopor que la libera de su estruendosa jaqueca y la deja caer inerte.  


Cuando Ana despertó estaba bien pasado el crepúsculo. Intentó levantarse apoyándose con las manos pero fue inútil, su cuerpo no respondía, las órdenes de su cerebro no llegaban a sus miembros. ¿Quién le había arrebatado todo? ¡Le habían arrancado la vida! Peor, no se podía morir, cuando solo quería una muerte rápida y silenciosa. La eternidad es demasiado tiempo para esperar.


Juan, sentado en el duro y frio banco de piedra, se fue dejando llevar poco a poco por los latidos de su sangre, sintiendo que todo estaba decidido desde siempre. Cuando el sol alcanzó su cenit, se levantó. No sentía nada. ¿Estaría muerto? La eternidad es demasiado tiempo para recordar.


Por Mayte Espeja

lunes, 20 de mayo de 2013

A los poetas de la rima y la cocina

La cocina se aparece como el colmo de lo fino.
He mirado en la despensa, hay lentejas y comino;
de beber no queda nada, solo un tinto y viejo vino.
Volveré a mirar despacio en armarios y alacenas,
por si hubiera algún tocino…
Hoy la cena se compone de lentejas y buen vino,
disculpen los comensales si no pongo aperitivo,
ya mañana en el colmado buscaré como es debido.
Si repetimos la cena a Luis Car yo se lo digo,
él tendrá una solución ¡y a cenar como es debido!
En cocina nos metemos, esto sí que es un lio.
Todos tienen en la mano la cuchara y el cacito,
en la mesa el plato ponen mientras se hace un cocidito;
los garbanzos en remojo a Vicente se los pido,
Esther en su nueva casa con las vistas ya ha comido,
los demás ya ni se asustan, es terreno conocido. 
Si en la cocina se juntan,  ¡diantre! , ése si  será un buen lío,
discutiendo de recetas no hay que darse por vencido.
No se puede descubrir quién ha aliñado la sopa
con sabor y olor tan fino, pues todos  se desentienden
y responden no haber sido.
¡Insensatos! Que todos nos conocemos y se espera un desatino.
En verdad no se produce, si que hay risas y buen vino.
Yo, señores ,no les dejo, solo digo ¡me he perdido!           

Por Mayte Espeja

domingo, 20 de enero de 2013

Figuras de la niñez

No sabe qué paso aquel día, a pesar de los años transcurridos; aún persiste en su memoria aquella sensación de miedo recorriendo su cuerpo. Celes cuenta, entre risas,  que su mayor preocupación eran sus zapatos de charol, nuevos y relucientes.

En aquel minúsculo pueblo castellano no se asustaba a los niños con “El Coco”, sino con “El Sacamantecas”; sin saber en qué momento surgió,  se asociaba a la desaparición de un niño, cuyo cadáver fue encontrado, tras varios días de búsqueda, en una cueva.

En este pueblo, de una sola calle, escondido en un pequeño valle surcado por un río y protegido entre montañas, “El Sacamantecas” se  percibía como una figura fantasmagórica, grande y maligna que  se llevaba a los niños, les sacaba las mantecas y las cocinaba en su cueva en una gran olla negra.

Aquel día de verano, como tantos otros, Celes había ido a la fuente de la era, con un grupo de niños, cada uno con su botijo para llenarlo del agua transparente y fresca que manaba de la fuente. Era un pequeño manantial en la falda de la montaña, para llegar a él había que bajar un talud, escondida entre cañas y arbustos siempre verdes, el agua formaba un pequeño riachuelo en el que crecían los berros, fruto preciado para niños y adultos. 
También como tantos otros días, los niños hicieron caso omiso de la advertencia familiar tan repetida:
— ¡Vuelve a casa antes  de que se haga de noche!

Los juegos en la era, la búsqueda de berros… como cualquier día. Pero ese fue diferente a todos los demás.

A la luz de la luna, estaban llenando sus botijos en la fuente, cuando uno de ellos gritó:

—¡El Sacamantecas, que viene el Sacamantecas, el Sacamantecas!

Todos salieron corriendo,  gritando:

—¡El Sacamantecas, el Sacamantecas..!

Cruzaban el arroyo de la fuente “a chape”, Celes buscaba un sitio para cruzar, sin meterse en el agua. No podía mas  y veía cómo los demás corrían y corrían,  ella iba quedándose atrás perseguida por una figura grande, oscura y andrajosa con un gran cuchillo en su mano.

Cuando Celes lo cuenta, entre risas, dice:

—¡De verdad, yo creo que le vi!

Por Mayte Espeja

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La tía Antonia

Uno, dos, tres… de nuevo estoy contando los árboles que sombrean la vieja casa. Cada día me digo a mí mismo que es necesario quitar alguno, antes de que sus raíces se entrelacen por debajo y, levantando el suelo asomen por las ventanas, pero ahora ya sé que nunca podre hacerlo. Ahí está la tía Antonia para recordármelo.

Cada vez que sale, su presencia es anunciada por una algarabía de sonidos y movimientos animales: perros, gatos, gallinas, ocas… hasta un pequeño asno que pone tiesas sus orejas cuando que ella se acerca.

La tía. No sé si realmente en algún momento existió esa relación de parentesco. Ella dice, con una sonrisa pícara, que nació con la casa; no hay nadie que pueda rebatirlo. Debe tener doscientos años y se nutre de las raíces de esos árboles que nos rodean. Tiene la cara surcada de arrugas profundas, como cicatrices, pero son amables y sonrientes, pese a parecer un árbol solitario y seco.


Todos los recuerdos que me anclan a esta tierra árida que nos rodea están moldeados por su presencia cálida y silenciosa. Es una mujer de pocas palabras. Puedes sentarte junto a ella en esas noches de principios de verano y dejar vagar tus pensamientos. Cuando ella los interrumpe es para llevarte, sin que te des cuenta, a momentos de otros tiempos que sin recordarlos te parecen tan reales y fuertes como la tierra que estás pisando.

Ahora entiendo a Marta, mi mujer. Cuando hace un mes mi corazón nos dio un buen susto, se empeñó en que aquí encontraría fuerzas para recuperarme. Como casi siempre, tenía razón.

En este tiempo de soledad compartida con la tía Antonia, roto y  animado por las visitas de mi familia, he olvidado la razón por la que vine aquí.

He imaginado distintas historias en las que la protagonista sea la tía, pero en ninguna puedo colocar su vida sin que forme parte de la mía. Ya sé por qué no puedo arrancar ningún  árbol, aunque parezca solitario y seco, me da miedo dejar sus raíces al aire y ver que en ellas se entrelazan nuestras raigambres  convertidas  en una sola.

Si en algún momento vuelvo a esta casa tan nuestra y ella ya no esta, me sentiré como un intruso. 
Por Mayte Espeja

sábado, 24 de noviembre de 2012

Concierto a cuatro manos

Tenía entradas para el concierto que estaba a punto de comenzar. No conocía  el nuevo Auditorio y había quedado a la  puerta con su hermana que, como siempre, llegaba tarde. Los cambios de última hora le ponían nervioso. Una vez más pasó los dedos por la esfera de su reloj.  Entonces sintió una respiración que, acercándose a su oído, se convertía en  un susurro: "Hola, guapo, ¿me esperabas a mí?" Y sin esperar contestación, una mano se agarró a su brazo y casi  le arrastro hasta el patio de butacas. Sin acabarse de acomodar, cesó el murmullo de las conversaciones; alguien habló ensalzando a la concertista  y sonó el piano. La mano, que seguía apoyándose en su brazo, resbaló hasta la suya y, suavemente, la llevó a recorrer un rostro desconocido pero ya imaginado, deteniendo los dedos en unos labios carnosos que los besaron uno a uno. Sabia y silenciosa siguió recorriendo su cuerpo, enredándose en las notas suspendidas  en el aire, mientras Daniel se estremecía.

Cuando acabó el concierto salieron en silencio.  Al llegar a la calle ella dijo algo así como "tenemos que celebrarlo, es un privilegio escuchar a esta mujer".  Y añadió: "¿Puedo llevarte donde yo quiera?". A lo que respondí que lo estaba haciendo desde que había llegado.

Un taxi les llevó a un edificio con el olor del tiempo incrustado, debía ser antiguo y no muy bien cuidado.  Tras subir a la tercera planta, en un ascensor estrecho y chirriante, entraron en un lugar de aroma indefinido pero fresco y agradable. En sus recuerdos  quedó una copa de champán a la que siguió una noche de besos y cuerpos entrelazados recorriéndose una y otra vez. Les despertó el calor del sol entrando por el amplio ventanal. María le ofreció un café y acercarle a casa. Nuevamente se dejó llevar. Frente a su puerta, con un rápido beso, se dijeron adiós.

Pasado un tiempo, en la fiesta de cumpleaños de su hermana, al sentarse en un sofá, retiró un jersey para no sentarse encima. Según lo movió sintió el impulso de acercarlo a su cara evocando un aroma, siempre envuelto en música y sueños. El momento alcanzó toda su magia cuando alguien se acercó y susurro a su oído: "Hola, guapo, ¿me esperabas a mí?"

Por Mayte Espeja

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Amor ciego

No sé cuándo empezó esta locura que tú eres. En mi recuerdo siempre has estado ahí. Te he soñado y vivido en la lejanía y en el contacto. Te he dibujado en la oscuridad y en la luz de tu presencia. No sabes de mi miedo, de mi deseo y mis dudas. Mi nombre tomó sentido en tu aliento, desgranado por tus labios. Desde aquella noche de música, caricias y besos, en la que me desperté entre tus brazos, tu cuerpo y tu nombre, Marta, ya forman parte de mi. 

La tarde lluviosa está en calma, un silencio roto por las notas de un piano, sonando en su CD, flota en el aire mezclándose con las gotas de lluvia. Daniel evoca las notas de otro piano, compartidas con ella. Pero no, él está solo, sabe que sus vidas se han cruzado, que  esa mujer alegre y hermosa estuvo de paso. Sus deseos han de quedarse en ese recuerdo que ilumina sus días. Es su refugio para esconderse de la realidad de ese amor imposible. No puede renunciar a ella, sabe que si lo hace ya no sólo estará ciego: será un cuerpo sin alma.

Cuando te volví a encontrar me dijiste adiós. Sé que este adiós es definitivo Con tu marcha me dejaste sin las ventanas de tus ojos. He de esperar, en la oscuridad de mi noche, tu vuelta como planeta azul que surca el cielo, sin tus manos, nubes de algodón que me acarician. En la soledad de esta habitación, vacía pero a la vez llena de tu presencia con mis recuerdos y fantasías, el calor de tu cuerpo, tu aroma, tu voz y esa risa que se expande y lo llena todo. Te sueño, te odio, te amo. Cuando no te tengo, el amor que siento por ti es mi locura.

Por Mayte Espeja