sábado, 30 de noviembre de 2013

Vida

Me subo a una silla y me encaramo al alfeizar de la ventana. De repente y sin saber cómo, me precipito al vacío desde el décimo piso como si cayera hacia el infinito.

María se da cuenta y,  desecha en lágrimas, baja a toda prisa a la calle. Cuando me ve grita, y su llanto se hace cada vez más intenso. Cuando llega ve mi cuerpo inmóvil y rodeado de sangre.

Me acaricia el pelo y observa un trasquilón. María queda boquiabierta cuando ve que de entre él salen seis pequeños clones míos que flotan y ascienden con una levedad asombrosa.

El primero aparece en casa de María y su madre le grita: “¡condenado!, ¿te estarás quieto?”, mientras le tira un corcho.

Los otros cinco se instalan en otros tantos hogares, donde los reciben con alegría.

Y es que dicen que tengo siete vidas. Una ya he gastado, pero todavía me quedan estas otras. ¡Marramamiau, he dicho!


Por Rosa María Velasco

viernes, 29 de noviembre de 2013

El corcho cinco estrella

Aquel restaurante era un lujo, uno de esos lugares de obligada visita al menos una vez en la vida.  La decoración, de estilo minimalista, denotaba sencillez y buen gusto.  Los camareros no caminaban, iban y venían al ritmo de una danza milimetrada, sorteando mesas y sirviendo vinos. Y, tanto la atención de aquellos, como la calidad de los platos, le hacían merecedor de figurar entre los mejores del país.   

Como mi exigua economía  no me lo permite habitualmente, acudí a cenar con unos amigos aprovechado unas jornadas gastronómicas que ofertaban los menús a un precio tres veces inferior al habitual. Era una ocasión única para acceder a un placer vetado para el común de los salarios.

Al entrar, me fijé en la mesa de al lado. Había sentados tres hombres y tres mujeres que llamaban la atención por su indumentaria: ellas llevaban vestidos de colores chillones y descoordinados, y el pelo rubio oxigenado dejaba entrever la raíz canosa. Los hombres vestían traje y corbata en tonos llamativos y el pelo engominado. Por si esto, vociferaban y gesticulaban desmesuradamente.  Parecían surgidos de una película de Coppola.
 
Al poco rato, el camarero les trajo una botella de Dom Pérignon en una champañera y uno de ellos la abrió con tal virulencia que el tapón salió despedido, dibujó una trayectoria elíptica hacia el techo y luego se perdió, como si quisiera huir de aquellos personajes.
 
Uno de ellos obligó al resto a buscar debajo de la mesa y alrededores, molestando a los que habíamos ido a pasar una velada tranquila.
 
Como no encontraban el preciado objeto, se enzarzaron en una discusión tan disparatada que pensé que formaba parte de una representación teatralizada para amenizar el local:
 
- ¡Lo has cogido tú y lo has escondido, sabes que me falta un corcho de cinco estrella para mi colección. No soportas que los demás disfruten con sus aficiones!
- ¡Eso no es cierto, tus tapones y tus aficiones me importan un carajo, lo que te pasa es que tienes que acusar a los demás de tus propias carencias! Más vale qu,e en vez de preocuparte tanto de tus puñeteras colecciones inútiles, vigilaras a tu mujer.  ¿Te has preguntado dónde va por las tardes, mientras tú estás ordenando tapones, llaveros y cucharillas? Puede que alguien le preste más atención…
- ¡Serás maricón de mierda! –respondió el aludido, con el rostro congestionado, entre azul cianótico y morado nazareno, y cogiendo al otro por la solapa. Resentido, fracasado, no has superado que tu novio te haya dejado por un arquitecto mejor situado.   
- Crescencio, por favor, -intervino la mujer del agresor con voz suplicante-  cálmate y no le hagas caso, piensa en tu corazón, que te han dado dos infartos. Vámonos a casa y hablamos.
   
El personal del restaurante acudió para separar a los dos individuos y, de paso, pedir disculpas por el suceso, ajeno totalmente a ellos.

Yo estaba paralizada, no podía creer que en un sitio tan exquisito y acreditado acudiera gente tan barriobajera. Por fin, los alborotadores se marcharon y pudimos disfrutar del resto de la noche escuchando el nocturno de Chopin en el piano de la sala.
 
Cuando nos tocó pagar, mi mano tropezó dentro del bolso con un objeto rugoso y húmedo. Lo saqué y lo observé con desaprobación: aquel minúsculo tapón había sido el motivo de la discordia.
 
Cuando llegué a casa lo coloqué sobre la nevera y, cuando lo miro, me hace reflexionar sobre la insensatez humana.
   
Por Carmen Alba

jueves, 28 de noviembre de 2013

¡Y yo con estos pelos!

A pesar de su promesa, Tolo lo había vuelto a hacer. Era el padrino, apenas en dos horas se casaba su hermana, en la ermita del pueblo de sus padres,  y allí estaba él, con sus greñas de estropajo, como su madre llamaba a las rastas que lucía desde hacía varios años. Ya no queda tiempo es un pueblo pequeño y no hay peluquero.

Entre el enfado de su hermana y  las lágrimas de su madre, se cuelan las soluciones de algunos de los presentes.


- De momento lo más importante es cortarle esos tirabuzones, dice su tía.


Y manos a la obra a por ello que van. Su primo y compañero de hazañas de muchos años, se dispone a ser la mano ejecutora.


- Si no afiláis las tijeras acabareis cortándome una oreja.
- Sabes qué… el Narciso tiene una de esas maquinillas que anuncian en la tele, con las que hasta un niño puede cortar el pelo.


Mientras alguien va en busca de lo que parece es la solución, continua la operación tijera.


- No cortes más por ahí ¡menuda escalera le has dejado en el flequillo..!
- Yo, a veces,  me lo arreglo en casa. ¡Hay que ahorrar que estamos en crisis!
 

Llega la maquinilla, el primísimo, inicia la operación esquileo.

- Que yo  no sé cómo se hace, que igual te lo dejo mal…
- Venga, lo pones en el número tres y solo tienes que pasarlo, nada más.
- Esto no tiene números, sale o se mete la cuchilla por debajo del peine ¡lo dejo como esta! Puf, Puf. ¡Qué raro va esto!


El primo esta descontrolado, pasada de peine por arriba, pasada por detrás… y peine que sale, peine que se mete. Y toma trasquilón por aquí y por allá.


Tolo, pierde la paciencia.


- ¡Pásala de una vez! Oye, ¿qué haces? Para, para... Déjame ver.


Se pasa una mano por la cabeza. No da crédito  a lo que toca. Parece un campo de fútbol de tercera: trasquilones al cero céped al tres.


- ¡Cagoentó! ¡Qué destrozo! ¿No ves lo que estás haciendo? Pues, párate. 
- Espera un poco, que ahora te lo apaño. Te rapo un poco más por los lados, te dejo un poco más largo por arriba y arreglao. Un poco más por aquí, tijera para el flequillo. ¡Bueno, yo lo veo bien!


Frente al espejo, la cara de Tolo está en sock, no puede creer lo que ve. Parece que le hubiera atacado Eduardo manos-tijeras en un día de viento.


Sin duda había elegido un mal día para cambiar de peinado. De su “hermosa cabellera” solo queda un pseudo flequillo trasquilado. 


Ahora, tiene que presentarse delante de su madre y de su hermana y darles a elegir.


- ¿Con gorro o pelón?


Por Mayte Espeja

A lo hecho, pecho

Te lo dije, que de esta obsesión no iba a salir nada bueno, pero tú dale que dale y venga a decirle a Antonia: chupa, chupa.  Y ya lo has visto, nada de nada, rien de rien, como decía mi madre cuando en Toulouse le preguntábamos qué había para comer.  Payaso, que eres un creételotodo. Parecía tan real como lo contaba aquel gilipollas en internet, y con fotos y todo. Y tú maricón no eres, pero no sé…

Todo empezó porque no entiendes por qué los hombres tienen pezones. Donde hay humo es porque hubo fuego, ¿o no? ¿Para qué los queremos si no hay nada en donde rascar? Y acabaste por creer que podía crecer algo, pues el brote estaba allí ya.   Y es que tus pezones son algo especial, muy sensibles y agradecidos. Se te ponían duros y puntiagudos cuando te los tocaba tu Antonia, que a la muy tonta anda que no le gustaba. Y no te digo nada cuando te los chupaba, menudo vicio tenía, que hasta aprendió a hacer el gritito ese que hacen las árabes con la lengua.

Pero los dos queríais más; primero fuiste al curandero ese asqueroso, que mira que la intuición te lo decía. Pero qué va, ¿no te pareció poco que se sacara la mierda de las uñas y te las untara en los pezones? Pues no, no fue suficiente.  Y que era la vida que se le quedaba entre las uñas, decía, y que esa vida te la daba a ti, gustoso. ¡Guarro, pringoso!, y tú venga a darle dinero y a mirarte en el espejo, y él que sí, que cada día se notaban más lustrosas, y tú venga a observarte y sin atreverte a decirle que no, que no veías nada de nada, sólo decías entre dientes: rien de rien. Y él: que nadie se va a reír de ti,  hombre. ¡Ignorante sacaperras! El día que se metió al váter y salió con un frasquito y quiso untártelo y tú se lo quitaste y se lo echaste por encima y el tío se puso a vomitar del asco que le dio, ese día sí que estuviste bien, te lo juro, aquel día sí que sí.

Eso ha sido lo único bueno de toda esta historia, porque lo demás… ¡Y por si fuera poco sigues plano, más liso que una pista de patinaje! Eso sí, los pezones parecen dos castañas pilongas, que de tanto frote han florecido.  Hay que ser desgraciado, si lo que querías era tener unas buenas tetas, pues haberte operado, joder, una talla 80, por ejemplo, no hubiera estado mal, la hubieras disimulado con las camisas, como si fueran esas tetas de gordo que tienen algunos tíos y, luego, en la intimidad, con tu Antonia, a  disfrutar de la silicona, que para eso está la tecnología de la ciencia, hombre, por Dios, pero no,  tú querías que fuera natural, como la leche de vaca, no te digo. Natural, natural. Por eso te compraste por correo aquella máquina que te absorbía la teta y te la estiraba, que en vez de  una teta parecía una ubre de cabra vieja, madre mía qué dolor, y aquello que no cogía volumen, sólo se ponía rojo como el culo de los monos esos del zoo.

Y es que tu Antonia también te animaba, que la culpa no la tienes solo tú, qué va. Acuérdate de cómo se ponía con las fotos de travestis operadas y con bigotes, lo bien que os lo pasabais después, que te decía: así, así, con mostacho y pecho es como me gustan a mí, todo terminado en  cho. Y tú te ponías a cantar el chachachá pero con la cho. Qué tiempos más buenos, esperando todos los días a que aquella carne cogiese fuerza y se pusiera turgente; una ilusión, una esperanza que teníais.

 Y entonces fue cuando apareció Choni, también con cho. Era la prima de la vecina de abajo, que se había separado del marido y limpiaba casas para ir tirando, y Antonia, por pena, la dijo que sí, que viniera a echarle una manilla, pero joder, adonde te la echó, hija. Era regordeta, pero de esas gorditas que están bien hechas, con unas tetazas; más joven que tu Antonia, eso sí, pero con un bigote que madre mía. Qué tonto fuiste al no darte ni cuenta de lo que estaba pasando. De repente, dejó de insistirte en lo de los pechos, ya no te los chupaba, Choni cada vez venía más horas a la semana y tenía más bigote… hasta que un día todo se acabó.

Me escribió una carta: Me marcho, siento lo que te he hecho, me voy con Choni, aunque eres muy macho no tienes pecho. Chao.

Y ahí me dejó, solo, y con una carta llena de chos.

A lo hecho, pecho, ¿o no?

 Por Raquel  Ferrero

 

martes, 26 de noviembre de 2013

¡Por ná!

Desde que se inició el juicio habían trascurrido cerca de seis  meses de largas deliberaciones.
El Secretario del juzgado de la sala número 5 de lo Penal había leído, con parsimonia los numerosos cargos de los que se acusaba a Mariano Rodríguez López: atraco a mano armada, extorsión a personas e instituciones, doce asesinatos, violación a una menor…  

Ahora se encontraba parapetado junto a un alféizar de hormigón recubierto con una capa de corcho elaborado especialmente para protegerle de posibles represalias en la sala del juicio. Mariano, sereno y tranquilo, esperaba escuchar la voz de la Justicia. Mantenía abiertos sus grandes ojos verdes, bien abiertos, y se atusaba el pelo largo, trasquilado, canoso mientras fijaba su mirada en el infinito, a la espera de escuchar el veredicto que  dictaría el Sr. Juez. 

Durante todo el proceso Mariano mantuvo el rostro ausente y, sólo manifestó su opinión a diversos medios de comunicación previa entrega de una pequeña cantidad de dinero: “No entiendo que por unas chiquilladas se pongan así.  Otros han hecho mucho más que yo, y no encuentro motivo para merecer la ira del tribunal y de la sociedad. Y, menos aún, comparto la reprimenda realizada por el Sr. fiscal… No me comprenden ¡no me comprenden! Además, es mi cultura y tradición”.

Para él todo había sido fruto de unas cuantas chiquilladas, sin maldad ni importancia, y el castigo que esperaba recibir debía ceñirse  a la levedad de los cargos presentados contra él.  

…Así pues, como máximo deberían llamarme la atención. “Creo que estoy arrepentido, lo dije en el juicio. Además, me gustaría que supieran que no pienso repetir mis actos. No se cansaba de reconocer. “Quizás me extralimité al asesinar a aquellas personas pero… hay que reconocer que ellas… ellas tampoco valían gran cosa. Tenían la piel bien fina y débil  y aguantaron poco. …Lo que más lamento es el asesinato y violación de Martita, esa niña de 12 años de ojos verdes, y los robos a punto de pistola en una docena de establecimientos bancarios ¡Qué cara se les quedaba a los parroquianos cuando se veían encañonados..! Ahora, ya más fríamente, creo que no estuve demasiado bien ¡la verdad!  Pero… de algo hay que vivir.

Llovía, llovía mucho cuando entró en la sala presidente del tribunal en la sala del juicio. 

Y, con voz rotunda y firme, inició la lectura del acta que había elaborado el jurado.

En primer lugar este jurado lamenta que no se le avisara antes de la realización de las actuaciones delictivas y, en consecuencia, no puede estar seguro de que la realización de los actos delictivos que se juzgan no pudieran haber sido evitados por don Antonio. Además, si bien el ADN, el cuchillo y la pistola corresponden al acusado, nada evita que en el universo no pudiera existir otra persona con parecidos datos y armas semejantes. Desde este alto tribunal se hace un llamamiento a las autoridades policiales y judiciales para que, en un futuro, el proceso se realice con mayor celeridad y control. Ya que todas las pruebas obtenidas están fuera de plazo al haber pasado más de un día desde su obtención. Y, en consecuencia, quedan anuladas.   

 A la vista de estos datos que obran en nuestro poder  y de las contundentes pruebas, este tribunal acuerda: Amonestar seriamente a D. Mariano, expresar nuestro desacuerdo con sus actuaciones y regañarle, aunque esperamos que no se enfade.  Asimismo, le pedimos que en un futuro se abstenga de realizar esas actividades delictivas que tanto afean a la comunidad.
Se recomienda al acusado que se confiese de sus pecados a la mayor brevedad.

Se condena al estado a que abone a D. Mariano la cantidad de diez millones de euros por el deterioro que su imagen y buen nombre hubieran podido sufrir así como las molestias que se le hubiera podido ocasionar este proceso.  

Dios salve a la Reina; el Rey ya no tiene solución.  

Mariano, satisfecho con el fallo, abandonaba el palacio de justicia mientras repetía, una y otra vez, a sus familiares y amigos: “Si es que soy inocente, si no hecho ná”.

Por Jesús Ramírez

Infinito

Cuando uno escucha hablar de sí mismo como de un algo inexplicable, que ni es número, ni cosa, ni lugar, que además no existe en la realidad física y que no se sabe ni dónde comienza ni dónde termina, ni lo que dura… ¡Ostras!, debe de ser tremendamente duro, máxime si das la impresión de ser un tipo sensible, aunque desconozco si sería correcto clasificarlo así. De ahí a considerarte poco menos que un raro monstruo hay un paso muy pequeño. Eso debió de ocurrirle a Infinito cuando tomó la decisión de llegar al conocimiento de su propio concepto, de lo que era en realidad y de la razón de su existencia investigando analogías parecidas en la Tierra. 

Por ello, y tal vez para pasar desapercibido, adquirió la apariencia de un gato. Quizás, de todo lo conocido, era lo que más se asemejaba a la infinitud, por aquello de las siete vidas. Pronto debió de darse cuenta de que la vida de los gatos no era tan imperecedera como se decía, pero esa historia pertenece a otra, probablemente mucho más densa, que merecería ser contada por alguien con muchos más recursos que yo o por el propio protagonista.

El símbolo con el que se le representaba desde la antigüedad le recordaba los sujetadores de las chicas, aunque supongo que jamás pensó en esa prenda como su equivalente. Días enteros anduvo buscando y buscando por todas partes la forma de ese ocho tumbado, o el concepto abstracto que encarnaba. Localizó el distintivo en las lentes de un anciano que leía en un parque; en los plásticos que unen las latas de cerveza en un supermercado; en alguna colonia de marca; en las formas caprichosas de las nubes… Más ninguno de esos objetos le proporcionaba la clave que necesitaba.

Un día creyó encontrarlo en las facciones pecosillas de una pequeña que se acercó a acariciarle. Ensimismado, se fijó con detenimiento y le fue contando, una a una, las múltiples pecas que dormitaban en su carita. Enseguida, se percató de que éstas no eran infinitas. En otra ocasión, observó dos vías de tren que, caminando en paralelo, parecían perderse en un horizonte sin fin. Corrió tras ellas varias jornadas hasta que evidenció que finalizaban en una vieja estación. Después miró hacia el cielo y comenzó a contar estrellas. La luna se reía a carcajadas de tamaña insolencia, pero lo logró. Consiguió tener un número inmenso, que yo no podría reproducir de cabeza, para cuantificar todas las que iluminaban el firmamento. Todo tenía fin, incluso los granos de arena del mar.

Asistió a promesas de amor eterno que, al poco tiempo, eran echadas en el olvido. Conoció el dolor infinito que supone, para los humanos, perder a un ser querido, pero también comprobó cómo, con el transcurrir del tiempo, éste se vuelve cada vez más difuso. Estuvo presente en rupturas de amistades y lazos que, a priori, parecían inquebrantables. Fortunas incalculables que, de la noche a la mañana, quedaban reducidas a unos pocos centavos… Nada era lo que buscaba porque todo lo que veía, contaba, escuchaba o medía, tenía un fin.

Ya estaba decidido a abandonar su empresa y, por ende, la apariencia gatuna, cuando se fijó en una mujer que sostenía en sus brazos a un niño que lloraba. Era otoño, había llovido, y el pequeño se había caído lastimándose las rodillas. La madre lo acurrucaba contra su pecho mientras lo besaba y tranquilizaba. El pequeño no podía apartar  su vista de la rodillita ensangrentada haciendo hipos y pucheros, pero cada segundo un poquito más tranquilo. Entonces, Infinito reparó en algo distinto de lo visto hasta ahora: una luz diferente o quizás una sensación de calor, no sé bien decir qué fue lo que sintió,  emanando de los ojos de aquella madre fijos en la criatura que tenía en su seno…

Créanme si les digo que el gato infinito se acomodó al lado de esa madre con su hijo y les señalo, sin temor a equivocarme, que allí encontró, por fin, lo que llevaba tanto tiempo buscando: su analogía. Esa fusión de ternura inmensa encerraba lo inexplicable,  lo que no era ni número ni cosa, ni un lugar, ni algo que existiera en la realidad física… Lo que no se sabe ni dónde comienza ni dónde termina, ni lo que dura… El amor infinito en su más pura esencia.

Por María S. Martín

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Qué ocurrirá si tengo un hijo?

Los gritos de tu hermano hicieron salir de casa a tu madre. Bajó corriendo la escalera y salió a la calle, dando traspiés del susto. Se encontró con tu cara sonriente, asomando entre las ramas del árbol en el que estabas encaramado. No hubo manera de saber cómo habías llegado allí, apenas andabas a gatas y nadie te había subido. Ese fue solo el inicio de una carrera de obstáculos que se fue complicando, a medida que ibas creciendo. Tu única contestación a cualquier pregunta relacionada con tus saltos y cabriolas era: soy como Spiderman. 

Sonreías de aquel modo alegre y silencioso tan característico en ti.   Te dabas una carrerita y terminabas en lo alto de cualquier cosa, siempre por encima de nuestras cabezas.


Fue pasando el tiempo, ya nadie te preguntaba, habían asumido que era inútil. Lo único que se convirtió en una costumbre era verte, fuera invierno o verano, con la camisa desabrochada. 


- Blas, esto no puede seguir así, ya eres mayor para estar todo el día por los altos. Tienes que vestirte, vamos a ir al cole. Verás que bien lo pasas, hay muchos niños y puedes jugar con ellos.


No decías nada, solo mirabas con tus  enormes ojos, siempre sorprendidos,  y te ibas con aire de fastidio para, a los pocos metros detenerte,  soltar una carcajada y salir corriendo. Eras un niño alegre y juguetón.


Para ir al colegio cogíais un autobús, iba siempre lleno de gente somnolienta. Los primeros días, la gente se sorprendía viendo cómo,  poco a poco, te encaramabas en la barra, una pareja te mira y cuchichea algo entre risas. Siempre había alguien que te miraba. Se fue convirtiendo en una rutina. Pero, eso sí, sin abrigo, con tus brazos libres de ataduras. Los que no quedaban libres de ellas eran sus compañeros de colegio y de juegos. Nadie sabía de dónde salían aquellos finísimos hilos con los que amarrabas a tus contrincantes.


En verano florecías. En el olmo que crecía frente a tu ventana los pájaros revoloteaban abandonando sus nidos, y tú con ellos, saltando en derredor de rama en rama. Lo que había cambiado era que, en los días fríos y desapacibles, te encerrabas en tu habitación. Tu madre, al limpiarla, se encontraba con minúsculas bolitas que no sabía de dónde podían salir. Poco a poco, fuiste reclamando tu espacio, el de tu habitación se convirtió en tu reducto.


Con el paso de los años te convertiste en un implacable fiscal, rodeabas a tus víctimas hasta enredarlas de tal modo que en pocas ocasiones perdías un caso. Pero, era tan, tan cansado estar continuamente vigilando tus propios movimientos, las reacciones de tu cuerpo al calor o al frío. Eras tan hermético… Ni siquiera  tu familia conocía tu secreto, mas allá de que el médico dijera que esa pelusilla que rodeaba tus pezones no tenía importancia, que se  quitaría a medida que te fueras haciendo mayor.    


La boda de Antón fue un día memorable: conociste a Eloísa. Con ella pudiste hablar de toda tu vida sin ocultar nada. En apenas unos meses os casasteis. Le regalaste su velo de novia tan suave y sutil que fue la admiración de todos los invitados. Desde entonces todo ha cambiado para ti. Tu semblante tranquilo y relajado irradia placidez.  Ahora puedes mirar hacia atrás. Ya se acabó el miedo a que alguien descubriera el secreto por tantos años guardado.


Cuando vuelves a casa después del trabajo, juegas encadenando a tus hijas con los finísimos hilos de seda que salen de tus pezones, sus risas, al liberarse de tan suaves ligaduras, se oyen por toda la casa. Mientras, Eloísa, tu mujer, piensa en cómo podría teñir y tejer todos los ovillos que habías almacenado en casa de tu madre. Abarrotan todos los espacios libres de toda la casa.


Ahora tu única preocupación es: ¿qué ocurrirá si tengo un hijo?


Por Mayte Espeja