sábado, 16 de febrero de 2013

Mi Justi o lo absurdo de llevar gabardina en junio

A los hombres nos gusta alardear de nuestras conquistas; va en nuestra condición de machos. Mi nombre es Marcial y estoy felizmente casado con Justi. Tengo dos amigos, Julián y Paco, que son dos auténticos cabronazos… ¡Pues no me han metido el gusanillo en el cuerpo de que le ponga los cuernos a la Justi! Mi Justi, con lo que yo adoro a esa mujer; mi primera novia, mi esposa y la única protagonista femenina de todas mis fantasías. ¿Cómo voy a ser capaz de engañar a esta santa?

Tanto me han hablado de lo bueno que es tener una aventura para reforzar el matrimonio que he terminado por claudicar. Llevo varios días buscando en la sección de contactos de cada periódico que va cayendo en mis manos, pero ningún anuncio me convence: “Altas, esbeltas, estudiantes, divorciadas, orientales, cuarentonas, domicilio propio…” Quiero algo que no me complique la vida; un aquí te pillo, aquí te mato, y sólo para fortalecer el vínculo conyugal.

Esta mañana, por fin, un mensaje ha captado mi atención:

<<Vanesa. Casada e imaginativa. Sólo lo haré contigo una vez y después “si te he visto no me acuerdo” Apdo. de Correos 22122 de Madrid>>

Vanesa es, sin lugar a dudas, la candidata perfecta. Le he contestado con pluma y en papel y sobre verjurado porque, en el fondo, soy un sentimental:

<<Roberto. Soltero e independiente. Bien dotado. Acostumbro a ser líder en cualquier grupo. Prefiero que me respondas por e-mail; es más rápido. 
robertoveintidos@gmail.es  Que conste que veintidós no son mis años, jeje>>

Nos hemos mandado un par de e-mails y ya tenemos concertado el día y la hora para nuestra cita sexual. Estoy deseando quedar con Vanesa pero, más aún, con Julián y Paco. Hablar con los amigos es algo estupendo que tenemos los hombres. Se han quedado de una pieza cuando se lo he dicho y me he sentido, por primera vez, el puto amo.

–¿Cuándo será el gran día? –pregunta Julián.
–El viernes. Gran Vía esquina con Fuencarral –respondo orgulloso como un pavo real.
– ¿Y la Justi? ¿Qué milonga le vas a contar a la Justi? –continúa Paco.
–¡Bah! De compras con las amigas, no hay problema. ¡Pobre! –digo con una sonrisa picarona.

Vanesa lo ha previsto todo; se nota que es experta en estas lides y se reserva siempre los viernes -según me ha dicho- para sus escarceos. Dice que lleve gabardina y un clavel en la solapa. Lo del clavel me parece muy poético, incluso romántico, pero lo de la gabardina y en el mes de junio va a resultar un tanto extraño y, como salga un día de calor, me puedo hasta derretir. Yo, por mi parte, y como buen caballero que soy, me he encargado de reservar habitación en un hostal de la zona. Ella llevará el pelo recogido, traje de cuero y gafas de pasta rojas. En la solapa, un broche con unos labios encarnados a juego con las gafas. Sí que es original esta Vanesa… ¡Cómo controla cada detalle!

Llego pronto a la cita y, como un galán de cine con mi gabardina a lo Bogart, me enciendo un cigarrillo mientras me miro y remiro en los cristales de un pequeño comercio. A lo lejos veo abrirse paso entre la multitud a una diosa enfundada en un apretadísimo traje de cuero negro, con algo rojo en la solapa. Se acerca exuberante, marcando el paso a ritmo de mambo. Comienzo a recorrer su magnífico cuerpo con mis lascivos ojos. Después serán otras partes de mi anatomía las que lo hagan. Menudas piernas. Poderosas caderas y voluminosos pechos aprisionados entre los botones de la chaqueta… ¡Tranquilos, muchachos, que, en breve, os liberaré de tamaña opresión!

Trago saliva y no doy crédito a lo que tengo delante… Frente a mí, a menos de un metro de mi cara, y embutida en cuero, se acaba de materializar la Justi, mi Justi...

Hace calor… Mucho, mucho calor y presiento que me voy a desmayar.

Por María Sergia Martín

jueves, 14 de febrero de 2013

No es verdad…

No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla,
más pura la luna brilla
y se respira mejor…

Juan miraba con ojos cansados, había navegado con ellos todo el día y parte de la noche. Por ella era capaz de aprender largas estrofas de poesía, de caminar sobre el fuego y de esperar sentado toda la noche a que la luz del amanecer bañara su angelical rostro. Inés.

Se había incorporado sobre la cama. No podía dormir, se encontraba exhausto, había trabajado todo el día. No tuvo ni un instante de descanso, siempre concentrado en la tarea, salvo algunos momentos en que la recordaba para  hacerse más fuerte.
Casi a oscuras, con la tenue luz del despertador y el mágico silencio de la noche, la miraba. Veía su figura modelada por el cobertor, jugaba con su respiración acompasándola a la suya. Al principio, el juego fue relajado y tranquilo, boca arriba era lánguida y serena, inspiraba con un dulce movimiento de pecho y expiraba con la misma suavidad que mecía su silueta en rítmico vaivén.
Juan no dejaba de observarla, sus pupilas se habían dilatado como las de un felino para ver facciones. No lo necesitaba, podía describir por completo la orografía de su piel, tantas veces recorrida, con sólo cerrar los ojos. Dormía de una forma placida y sosegada. Entonces, divagó unos instantes, paseó por las alturas, subió por empinadas laderas, bajó a los valles donde escuchó el arrullo del viento y regresó caminando sobre ardiente lava.  

Un escalofrío le rescató del sopor y se dio cuenta de que instintivamente seguía jugando con su respiración. Comenzó a apreciar que era más liviana y confusa. Ahora se movía inquieta bajo el edredón, agitaba brazos y piernas en una danza incoherente y desacompasada. Posó la mano sobre su frente —seguro que tan sólo era una pesadilla-, se tranquilizó. A pesar de ello, seguía con su ritmo de respiración. Éste ya no era ligero, sino rápido y superficial, próximo al jadeo.
De repente se desarropó, con sus piernas sacudió las sábanas hasta que se liberó del peso que la oprimía. Entonces, abrió los ojos y escuchó decir:
—Javier, cariño...  

Por Luis Castilla

jueves, 24 de enero de 2013

Las cinco estrellas

En las primeras décadas del siglo XXI, en Madrid, capital de lo que entonces se conocía como reino de España, era costumbre que se celebraran grandes fiestas, donde acudían miles de jóvenes en busca de diversión.

En dichos eventos sonaba la música con una potencia tan alta, que a punto estaba de que aquello se llenara de tímpanos reventados. Unas veces, los músicos deleitaban con sus estridentes melodías, otras, las notas las producían unos artistas que mezclaban sonidos, a los que llamaban disc-jockeys.

Los chicos gritaban y saltaban al ritmo de la música. Lo poco que hablaban entre ellos tenían que hacerlo a gritos, debido a la elevada intensidad del ruido.

Para aguantar hasta altas horas de la madrugada, los jóvenes mezclaban grageas y bebidas, que les hacía brincar como canguros. Estos productos, en una gran cantidad de casos, les hacía sufrir alucinaciones, mareos y pérdida de conocimiento. Pero no todos las personas que asistían a estos festejos tenían las mismas costumbres. La mayoría pasaba la velada de la forma más natural.

Estas reuniones, al recibir a tantos cientos de muchachos, debían cumplir un gran número de requerimientos, por parte de sus organizadores y por las autoridades competentes.

Pero era tanta la demanda de este tipo de jolgorios, que los que lo organizaban, movidos por la avaricia, aprovechaban para hacer rebosar sus arcas de euros, la moneda que circulaba en Europa por aquella época. Con el afán de beneficiar a estos desaprensivos, ya que eran amigos suyos, las autoridades relajaban las normas o, sencillamente, no les obligaban a cumplirlas.

Una noche de los difuntos se organizó una de estas celebraciones. Los que la organizaron permitieron entrar el doble o el triple de  personas de las que estaban autorizadas. Los que tenían que controlar el orden en el auditorio estaban más interesados en revender entradas. Al médico, que era muy mayor, y ya le habían retirado la licencia para ejercer, le preocupaban poco los jóvenes que tenía que atender. No había ambulancias para ocuparse de quien estuviera grave. Las autoridades, además, habían pasado por alto ciertas irregularidades de los promotores.

Esa noche, cinco bellas jovencitas murieron aplastadas por una avalancha que se precipitó contra ellas, debido a la nefasta organización de la fiesta.
Desde entonces, cada vez que puede repetirse un accidente como el de esa trágica noche, se ve brillar en el cielo, con mayor intensidad que ninguna otra, a cinco estrellas alineadas. Si uno se fija detenidamente, puede distinguir el gesto de dolor de aquellas cinco muchachas.
Por Vicente Briñas

La última creación de Diogenisio

Una luminosa mañana, precursora de la llegada del equinoccio de las flores, paseaba Diogenisio por una de las innumerables praderas que componían su edén, emplazado en una península al sur de la cordillera gobernada por Pyrene, diosa de las altas montañas.

Orgulloso de su paraíso, cada mañana se deleitaba contemplando el paisaje nacido de su propia energía, aunque,  con el paso de los siglos, iba notando como su paseo matutino se hacía un poco menos llevadero, debido principalmente  al exceso de masa que iba lentamente acumulando en su divino organismo.

Advirtió los brillos que la luz del alba reflejaba sobre la hierba y, aún harto de convivir con ello, reparó por primera vez en la cantidad de porquería que había depositada en el prado en que habitaba. Decidió que ya era hora de hacer una limpieza.

 Las bellas extensiones de Diogenisio estaban colmadas de toda clase de árboles: ornamentales, aromatizantes, leñosos, frutales y otras originales variedades.

Dentro de su actividad divina, había dedicado especial interés en la creación de especies productoras de alimentos: los bovinos, con sus jugosas carnes y su nutritiva leche; los ovinos, de los que producía sabrosos quesos; los porcinos, de los que curaba sus patas con maestría; los peces, que se le arrimaban en los ríos para ser pescados; los naranjos, manzanos, perales y vides, que le proporcionaban sus mejores frutos, y los árboles ultramarinos, que concibió cuando empezó a aburrirse de sus anteriores inventos.

A Diogenisio le divertía idear árboles de esta última especie. Una de sus categorías predilectas era la de los bollacos, a la que pertenecía el panricoquero, que producía donusius en verano y bollicones en invierno. Otra subespecie era la de los bebestibles, donde destacaba la mau, que le liberaba de la sed después de comer los frutos de los chucherios, que producían risquetinas y bocabios. Existían otras diversidades, como los piscolabios, los pascuálidos y los simonáceos.

Este tipo de árbol tenía un gran inconveniente. Cada fruto nacía con su correspondiente envoltorio, de plástico, papel, metal, que Diogenisio arrojaba por donde le venía en gana. Su cabaña, donde solía cobijarse cuando las grandes lluvias, tenía tal capa de restos y envases que apenas le permitía moverse, a pesar de su gran envergadura.

Esa luminosa mañana decidió que tenía que limpiar su pradera favorita. Ayudado de los animales de dicho hábitat, cumplidores siempre de sus divinos designios, recogieron toda la basura que encontraron y la acumularon en dos montones. Diogenisio estaba dispuesto a encender una hoguera, cuando el viento del sur precipitó una tormenta que descargó una gran cantidad de agua sucia de polvo del desierto.

El hacedor se refugió en su cabaña, que seguía inmunda, pues nadie se preocupó de adecentarlo. Almorzó una pierna de cordero, acompañada de simonáceos y bollacos. Después, se tumbó sobre la alfombra de restos y reposó la comida, hasta que la lluvia cesó.

Volvió a los dos montones  de inmundicias, que encontró totalmente embarrados. Al no poder prenderlas, empezó a jugar con las montoneras, modelando, sin pretenderlo, unas figuras con una forma que le pareció graciosa, semejante a su imagen, pero de tamaño más reducido. Una vez perfiladas, procedió a recoger los restos que quedaban en el suelo, llenándose las manos, pegando los dos pegotes en la parte superior de uno de los cuerpos, el más curvilíneo.

Satisfecho de su nueva invención, decidió que, dentro de una especie superior, a la que llamó la de los homínidos,  daría vida a sus retoños, que podrían hacerle gran compañía. Reparó en una piltrafa que quedaba en el suelo y la pegó allí donde se juntaban las extremidades inferiores del cuerpo más rectilíneo.

Al fin, dio la luz a sus dos esculturas. Éstos se miraron mutuamente; observaron con sorpresa a su hacedor; advirtieron los árboles ultramarinos y corrieron a recoger sus frutos y atiborrarse de ellos, arrojando los envoltorios sobre la hierba. Una vez hartos de comer y beber volvieron junto a Diogenisio. Éste les preguntó que cómo estaban y aquéllos, con cara de imbéciles, no pudieron más responder con una exhibición de aerofagia.

Diogenisio, interpretando el futuro que podría esperarle junto a los homínidos, sobre todo cuando empezaran a procrear, decidió abandonar su paraíso y ascender hasta una altura que le permitiera controlar su creación. Aunque, con el paso del tiempo, dejó de prestarles la suficiente atención.
Por Vicente Briñas

miércoles, 23 de enero de 2013

Mito

En el principio de los tiempos en los dominios de Sak Xunán todo era hielo. Ella era la dueña y señora que regía el orden en un mundo blanco. Cada día, al caer la tarde, gustaba de pasear entre las inmensas praderas de escarcha que rodeaban su castillo o entretenía las horas cincelando los bloques de hielo con cuantos carámbanos encontraba colgados de cualquier saliente.

Una mañana observó a lo lejos una inmensa bola de un color rojo cegador que a su paso iba fundiendo las aguas congeladas, otorgando vida a pequeños lagos. Quedó fascinada por la belleza de tonos que la conformaban y, cuando pudo tenerla más cerca, percibió el inmenso calor que brotaba de ella. Era Kook Kaa’k, el señor del fuego, alguien al que no conocía pero de quien había oído hablar mucho.

Esa noche se amaron y también la siguiente y la siguiente de la siguiente… Pero él debía marcharse. Cuando Kook Kaa’k partió, Sak Xunán corrió a arrancar un gran carámbano con el que comenzó a esculpir una figura en un bloque inmenso de hielo. Quería crear un símbolo a su amor. Al atardecer, ya había terminado y observando su magnífica escultura quedó dormida junto a ella. Cuando la luz del día se hizo notar, la figura había tomado vida propia.


María Sergia Martín

La creación del hombre

Hallábase Felonio, El Creador,  tan satisfecho de su obra que se solazaba en la contemplación de astros, estrellas y planetas que flotaban en el ingrávido cosmos y decidió que  había llegado el momento de crear modos de existencia que habitaran tantos mundos vacíos.

Observó cuidadosamente todos los elementos y empezó por una esfera transparente, de tamaño mediano, que le llamó la atención por su tonalidad  azul y recordó que al concebirla la inundó de agua cristalina que imitaba el color del cielo cuando  éste se reflejaba sobre su superficie, y convino en que sería el lugar idóneo para insuflarle vida. Y lo llamó Tierra.

Comenzó por decorar el escenario, introduciendo playas y montañas, desiertos y estepas, selvas y bosques colmándolos de vegetación y animales: gigantescos y diminutos, voladores y terrestres, todos enlazados por un código de armoniosa convivencia.  Acto seguido, al apreciar que su mundo estaba en tinieblas, lo iluminó,  situándolo cerca de una bola de fuego que llamó Sol, en torno  a la que  lo hizo girar para aportarle luz y calor.



Tras esta fatigosa tarea, el Creador estaba cansado y se dispuso a disfrutar del resultado, observando como se alternaban  los días y las noches, admirando los ciclos de las estaciones que hacían variar paisajes y plantas y cómo a las tormentas y heladas, les sucedían días de acogedora calidez.

Pasados varios milenios, en los que Felonio se paseó por otras galaxias y volvió a su planeta preferido para comprobar si todo estaba en orden. Adoptando la forma de pájaro recorrió la Tierra y constató que era un edén de belleza y armonía y decidió crear a un ser diferente, ni planta ni animal, que poseyera las cualidades del propio Felonio y las transmitiera poblando la Tierra.

Así es como quiso dotarle al mismo tiempo de valor y justicia, fuerza y ternura, integridad y recto modo de proceder con la Naturaleza.

Cortó la rama de un roble,  por ser árbol recio y de gran consistencia, y lo mezcló con barro, materia moldeable y adaptable, dándole forma de primate, y le añadió la fortaleza del simio, la habilidad del felino y la nobleza e inteligencia del equino, tomando pelos de dichos animales y sometiendo todo al calor del astro rey y la acción del viento. Y lo llamó Hombre.

Más tarde creó a su compañera de la misma forma y proclamó que hombre y mujer serían los reyes de su creación, se extenderían por la Tierra y convertirían el planeta en un paraíso de paz y felicidad, cuidando del resto de las criaturas y de los árboles y plantas.

Pero ignoraba Felonio que hombre y mujer adquirirían  cualidades que no les fueron otorgadas desde el principio y quebrantarían la lealtad que les había sido concedida e indignado les abandonó a su suerte.

Y así fue como la humanidad conoció la traición, el egoísmo, y desde entonces el lugar ameno y delicioso se convirtió en morada de penalidades, luchas y destrucción, generación tras generación, por los milenios de los milenios.


       Carmen Alba

martes, 22 de enero de 2013

El mundo

Érase una vez un mundo. Negro, frío e inhóspito. Sus únicos habitantes eran las Rocas. Ellas poseían y poblaban un paisaje estéril y sombrío. Grandes rocas puntiagudas y hurañas que arañaban un cielo amenazador.

Un día apareció la Lluvia, torrencial, imperativa, arrolladora. Golpeó sin piedad las incontables rocas; las arañó, las maltrató, las arrebató su firmeza y mudó el paisaje.  Algo tan liviano como el agua deshizo su poderío ostentado desde tantos siglos atrás.

Ellas que se creían invulnerables, infranqueables, sólidas y arrogantes, se fueron horadando y redondeando bajo el insistente golpear de sus diminutas gotas.  El agua se fue abriendo camino a través de su dura envoltura. Dejó al descubierto su parte más poderosa.  La Lluvia desmembró su armadura y liberó su corazón.

Hasta entonces su himno era: "Las Rocas no lloran, no sienten, sólo existen, no se desvanecen". Pero eso había cambiado, y ellas ya sólo eran un recuerdo de lo que fueron y descubrieron que ahora tenían corazón.

Otro día apareció el Viento.  Era un ente invisible pero mucho más violento que la Lluvia. Las azotaba y las quebraba, las bamboleaba y arrastraba ladera abajo sin control y sin conocimiento, y cuando al final se cansaba de jugar con ellas y de maltratarlas, las abandonaba a su suerte, lejos de su mundo conocido y familiar.  Algunas de ellas llegaban hasta donde la Lluvia había hecho mansión y se vanagloriaba de sus dominios; donde sus gotas habían formado legión y, como un ejército poderoso, desfilaba y arrastraba todo lo que a su paso encontraba.  Eran los Ríos, poderosos y nerviosos; profundos y escandalosos.

La Roca que acababa en ellos rodaba y, rodaba y si no encontraba un recodo donde acomodarse, acababa por empequeñcerse de tal modo, que ya no la decían roca, sino arena la nombraban. Entonces su canción era: "Bastión venido a menos, ¿quiénes fuimos, quiénes seremos?".

Otro día apareció un ser diminuto, frágil, sin aparente fuerza ni poder. Pero resultó ser el elemento que más alteró su morfología: el Hombre. Primero eran pocos y torpes, pero ya eran violentos y se aprovecharon de su dureza para crear armas y con ellas matar y defenderse. Fueron aumentando en número e inteligencia y descubrieron   los Metales, más duros y resistentes que las Rocas, para lograr sus fines. Crearon toda clase de herramientas y con ellas esculpieron su dura corteza y modificaron su exterior. Montañas enteras desaparecían y se convertían en pirámides, castillos, fortalezas, catedrales, murallas y fronteras. Calzadas, caminos y carreteras construyeron con paciencia y esmero. Ahora su canción era "En las cimas nacimos, ahora nos pisotean, ¿qué más nos queda?"

No les faltaba razón porque les quedaba aún un largo y variopinto camino. Fueron esculpidas y en los templos sagrados adoradas, fueron lápidas y en los cementerios por los mortales lloradas, fueron bendecidas y milagros les achacaron, fueron preciosas y lindos cuellos adornaron, fueron arrojadas y cuerpos inocentes lapidaron.

Ahora nada temen, de nada se extrañan, saben que todo cambia y nada permanece, y que lo que hoy es grande mañana desaparece. El Hombre puede apretar un botón y la Nada será la que gobierne ese universo que un día les perteneció.

Ahora su canción es:" Rocas fuimos, polvo seremos, ¿mañana dónde nos encontraremos?"

Por Raquel Ferrero