lunes, 23 de enero de 2012

El pequeño John

Se cuenta que, allá por finales del siglo XVIII, en el Condado de Perthshire, en Escocia, vivía una humilde familia.  La madre, viuda,  trabajaba de sol a sol en las tierras de los señores del condado, a cambio de sólo unas pocas viandas y una humilde casa donde cobijarse.  Su hija Caroline, con diez 10 años, atendía las labores del hogar y cuidaba de la comida.  John, de 12, tenía encomendada la tarea de aportar algo de dinero en metálico a la familia.  Ayudaba al herrero, limpiaba chimeneas, o llevaba encargos de los artesanos de la zona.

Una mañana Frank, el carpintero, le mandó llevar una silla al castillo de Menzies.  John  la observó y dijo: “Pero si esta silla no está acabada”. “Tú limítate a entregarla y cierra la boca, que para eso te pago”-le dijo Frank. Y se fue sin rechistar.

La silla tenía de respaldo alto y reposa brazos, estaba hermosamente tallada y trabajada, pero sus patas eran cuatro estacas puntiagudas, con lo cual su acomodo en el suelo resultaba imposible.

Pensando en su utilidad inverosímil se encaminó hacia el castillo.  Había oído hablar de su propietario, Sir Robert  Blood, y de su mansión, pero jamás los había visto.  Tomó el camino de Canninham y comenzó a adentrarse por él en el bosque de Birnam. La mañana era plomiza y el sol no llegaba a romper su atadura de nubes.  La niebla envolvía a los árboles matizando su intenso verdor. El tiempo parecía detenido, y el aire espeso y húmedo se respiraba con dificultad. Flotaba un silencio irreal y los animales parecían haber huido. Sólo el sonido de sus pasos rompía esa calma inquietante.  Algo marchaba mal, su corazón se aceleró, su andar se precipitó y pronto se encontró corriendo como poseído, huyendo de aquel vaho silencioso que le asfixiaba.

Jadeante, llegó al final del bosque, pero lo que sus ojos vieron no le alivió, sino que le sobrecogió aún más.  En lo alto de una pequeña colina se alzaba el castillo de Rochester, gris, desvencijado, marchito, siniestramente tenebroso. El tímido sol estaba transformando la niebla en vaho, convirtiendo al castillo en una edificación surgida de la nada.  El miedo anidó en sus huesos, quiso retroceder, pero escuchó algo que le magnetizó y cautivó. Era una cancioncilla dulce y repetitiva y su sonido le hizo olvidar la zozobra que hasta ese momento  había sentido. Avanzó hacia su origen, que no era otro que el interior del castillo. 

Llegó al umbral de la puerta, la música le llegaba con más intensidad y nitidez desde el interior.  Estaba tan absorto con su sonido que creyó morir cuando escuchó: “¡¿Qué haces aquí, muchacho?!”  Al mismo tiempo que un golpe fuerte y seco le aplastaba su hombro derecho.  Levantó la vista y se giró lentamente. Un hombre alto y delgado, muy delgado, le miraba desde arriba.  Tenía unos ojos negros como el abismo, pómulos huesudos, nariz larga y arqueada, y su boca, de labios finos, se crispaba en un rictus amenazador. 

-¡Contesta de una vez! ¡¿Qué haces aquí?! - le gritó con una voz metálica, y tan grave, que un escalofrío involuntario agitó todo su cuerpecito. 
-Yo… yo… la silla… el carpintero…-balbuceo John. 
-Umm… la silla… sí... Sígueme -se relamió el hombre y abrió la puerta con sus huesudas manos, que eran como crepitantes sarmientos.

Caminó tras su levita negra, ajada y polvorienta, con puños y solapas de un color granate deslucido por el tiempo. Traspasó habitaciones y pasillos cegados por gruesos cortinajes de indefinible color.  Hacía frío.  Su aliento se materializó en el aire. La música había dejado de sonar y él volvía a sentir miedo. Llegaron a una especie de leñera con el piso de tierra.  En el centro de la estancia estaban horadados cuatro orificios de pequeño diámetro.

-Introduce ahí las patas -le dijo el hombre secamente, y las cuatro estacas encajaron a la perfección.

Entonces, Sir  Robert colocó una manta encima de los reposa brazos y con una maza asestó unos cuantos golpes certeros, clavando la silla al suelo. 

-¡Siéntate! -le ordenó.
 
El frío atenazaba los huesos de John, el miedo, su razón. La musiquilla empezó a sonar de nuevo y un calor y un bienestar interior le inundaron.  Obedeció sin ser consciente de ello y, cuando quiso reaccionar, la música ya no sonaba y estaba sentado en aquella silla imposible e inquietante.

- Muy bien muchacho, así me gusta, ¿cómo te llamas?
- John, señor -dijo con un hilillo de voz. 
- Muy bien, pequeño John, ahora nos vamos a divertir -y dejó escapar una sonrisa ácida y canina; fue entonces cuando el chico vio cómo brillaban unos colmillos largos y afilados, y el terror se apoderó de él.

Quiso moverse, pero sus miembros no le respondieron, quiso gritar, pero su boca no se abrió.  Entonces observó cómo de las patas de la silla crecían unas raíces gruesas y retorcidas que subían por sus piernas, se enrollaban por todo su cuerpo y le envolvían en un abrazo mortal. 

Miró a Sir Robert y le pareció un animal antes de lanzarse sobre su presa. Sus ojos negros estaban ahora enmarcados en rojo, su mentón se había alargado, su nariz achatado y su boca era una sucesión de dientes enormes flanqueados por unos horribles colmillos.  

Se abalanzó sobre él e hincó los colmillos en su cuello. John sintió un dolor espantoso y un odio feroz se apoderó de él.  El miedo desapareció y trajo una intensa furia.  Al instante las lianas que lo atenazaban desaparecieron liberando todos sus miembros. Con su rodilla izquierda le asestó un golpe en la entrepierna y de un empujón se zafó de él.  Buscó la salida y, en una huida atropellada pero certera, consiguió salir de aquella tumba pétrea y tenebrosa.

Llegó al bosque de Birnam sin aliento, se paró y miró atrás. Allí estaba el castillo, igual de gris y amenazante. Nadie le seguía. Estaba confuso. Aún resonaba la música en su cabeza, aquella canción le había llevado hasta allí y le sojuzgó a los deseos de aquel hombre horrible. Recordó cómo las raíces le habían fijado a la silla, y sintió el miedo que precedió a esto. También cuando el miedo dio paso al odio, sentimiento que le insufló el valor que necesitó para escapar. 
   
- ¡Maldito mueble del diablo! -dijo en voz alta, mientras se percataba que fue su miedo el que había regado y hecho crecer aquellas lianas mágicas. Si lo hubiera sabido no habría pasado nada de esto.

Y mientras elucubrada todo lo acontecido se fue internando de nuevo en el bosque. A la vuelta de un recodo del camino apareció una ardilla. Descuidada, comía una piña de espaldas a John.  Éste, sin pensarlo, se abalanzó sobre ella, la atrapó y allí mismo, en el suelo, le hincó sus dientes, absorbiendo la roja sangre que de su cuello manaba. Satisfecho su instinto, se deshizo de ella y siguió su camino.

Nunca más le volvieron a ver.

Raquel Ferrero

miércoles, 18 de enero de 2012

¡Desgraciada casualidad!

“Otro niño muerto en extrañas circunstancias. Tres semanas, siete fallecidos”. El escueto titular del veintinueve de junio de mil novecientos sesenta y uno en ‘La Voz del Sur’ informaba de una nueva desgracia y reabría la espita del misterio.

Mariuca está cenando con sus padres y hermanos. Escucha atentamente todo lo que se habla en la mesa. Sus padres comentan las extrañas muertes de niños y niñas, de una edad parecida a la suya, que se están produciendo desde hace tres semanas. Últimamente, casi todos los días se habla de ese tema; en los colegios, también. 
 -¿Pero por qué se mueren? ¿Por qué? –pregunta la chiquilla con voz temblorosa.
 Javi, más mayor, también demanda apresuradamente nuevos detalles.
 -¿Todavía no se sabe nada nuevo? Dicen que en las autopsias no han encontrado ningún veneno y que parecen haber muerto de terror. ¿Es que se puede morir de miedo?
 -Bueno, calma, calma –pide el padre- lo cierto es que ni los periódicos ni la radio aclaran nada y la gente no sabe ya que inventar… Es todo muy misterioso. En cualquier caso, es necesario que tengáis cuidado.
 -Pero de qué, papá, cuidado de qué. Yo no sé de qué tengo que tener cuidado –interrumpe, hablando a trompicones la muchacha, con un tono en el que parece adivinarse una congoja infinita.
 -Ven Mariuca, ven conmigo –y la sienta en sus rodillas mientras le acaricia las trenzas rubias. Sólo estamos diciendo que debéis ser precavidos, no hablar con extraños, no beber o comer fuera de casa. Todas las precauciones son pocas, ¿entiendes? Pero no debes tener miedo. Tu madre y yo, y tus hermanos también, estamos para protegerte. Si notas algo raro, nos lo dices enseguida, ¿eh? Y vamos a cambiar de tema porque seguro que en dos o tres días se aclara todo –concluye decidido mientras hace un gesto para que los demás le secunden y no asusten más a la pequeña.
-Claro Mariuca -remacha la madre. Ya verás como todo se va a resolver pronto. Y ahora, a dormir que ya es muy tarde y mañana tienes que levantarte pronto para ir al colegio. Yo te acompañaré.
Mariuca da las buenas noches y marcha despacio a su habitación. Enciende la tenue luz antes de pasar y mira detrás de la puerta nada más hacerlo. No hay nadie. Se dirige al armario sigilosamente, abre con gesto rápido una puerta y separa la ropa, cierra y abre la otra puerta. Sus pupilas dilatadas recorren el armario. Se oye un ahogado suspiro y su voz trémula: “aquí tampoco hay nadie”. Parece titubear mirando hacia la cama, pero empieza a andar tambaleándose y las manos le tiemblan cuando se decide a levantar la colcha y mirar agitadamente por debajo y, horror, allí está, unos ojos relampagueantes y felinos la observan y ella permanece inmóvil, estatua de piedra que acierta a inspirar y espirar dificultosamente hasta el momento en que aquellos ojos se abalanzan en la negrura y unas uñas se clavan en su cara y unos dientes en sus ojos, tan azules y claros. Ni un lamento, ni un grito, su cuerpecillo ha caído con un pequeño golpe sordo al suelo.
La madre acaba de recoger todo y cuando apaga la luz para dirigirse al dormitorio descubre la tenue claridad que escapa por la rendija que deja la puerta entreabierta de la habitación de la niña.
“Vaya, pobre criatura, tienen tanto miedo que no ha apagado la luz”, se dice a sí misma en un susurro. Pero cuando abre despacio la puerta, la niña no esta en la cama y ella se lanza al interior gritando loca: “¡Mariuca, Mariuca, Mariuca!”. El último Mariuca ya es un grito desgarrador.
Toda la familia está ya a su lado, todos pueden contemplar con horror y estupor la cara desfigurada de la niña, con las heridas en los ojos y la boca entreabierta. Un débil soplo de viento agita los visillos que cubren parcialmente la ventana  y deja que se cuele el frescor de la noche. La madre, al sentirlo, se gira pausadamente y su mirada a través del cristal entrecerrado ve, enmarcada a contraluz por la claridad de la luna, la silueta de un gato, alejándose rauda sobre los tejados de enfrente.

La prensa del día siguiente da cuenta del desgraciado suceso, pero aclaran, seguramente para que el pánico no cunda entre la población, que en este caso, las circunstancias parecían estar claras y deducían que la niña había muerto a consecuencia del susto que le había dado un gato, seguramente rabioso o trastornado, que se habría colado por la ventana abierta de su habitación y la había atacado a juzgar por las heridas que presentaba. El gato no había sido encontrado todavía.

Por Olimpia Benito

lunes, 16 de enero de 2012

Nuevas especialidades sanitarias

-Señorita, ¿me puede atender, por favor?
-Un momento, póngase en la fila, ahora le atiendo.
-Es sólo una pregunta…
-Ya me imagino, ¿para qué se cree que están esperando los demás? ¿Para pedirme un autógrafo?
-¡Oiga, a mi usted no me falta el respeto!
-El respeto nos lo está faltando usted a nosotros que llevamos aquí ya un buen rato
-dice la señora oronda que está con su marido en la fila de Información.
-Yo no me quiero colar, no me hace falta, yo sólo quiero saber dónde está la consulta del eurólogo.
-Será el neurólogo, el de la cabeza -le pregunta la señorita del mostrador.
-Oiga, yo no estoy mal de la cabeza y le digo que vengo al eurólogo, ¿o es que me está diciendo que no sé a dónde vengo?
-Bueno, venga, enséñeme los papeles,
-¿Qué papeles?
-El volante del médico.
-A mi no me han dado ningún papel, sólo me han llamando y me han dicho que venga hoy a las 11,30.
-¿Al neurólogo?
-No, ya le he dicho que vengo al eurólogo.
-Mire, esa especialidad no existe, ¿puede ser el urólogo, el de la próstata?
-Que no, hombre, que no.
-Bueno, pues dígame por qué viene al médico, qué le duele.
-A mi me duele todo.
-Bueno, pero algo le dolerá más, ¿no?
-Mire, a usted no tengo por qué decirle lo que me duele, usted dígame donde está el eurólogo y punto.
-¡Pero bueno, encima de que se cuela, se enrolla! Acabe ya o póngase a la cola. Seguro que viene al de la cabeza porque no se entera de nada -apunta la señora oronda.
-¡A mi no me dice usted eso, tía gorda asquerosa! -grita el señor acercándose a su cara.
-¡Pepe, mira lo que me ha dicho este viejo descerebrado!
-A mi no me metas, Juana, que has empezado tú primero.  Mejor  miramos el cartelito a ver si dice dónde está el humólogo.

Por Raquel Ferrero

La tormenta

La tormenta se desencadenó de repente. La sucesión de truenos y relámpagos que alternaban con ráfagas de viento doblaban las ramas de los robles que arrojaban hojas muertas y enormes gotas de lluvia fría sobre sus rostros.

Las tres mujeres, desperdigadas por la acción del aguacero y el fuerte temporal, alcanzaron un muro de piedra iluminado por los resplandores previos a los aterradores truenos. La tempestad apareció exactamente sobre ellas, y al otro lado de la valla, anclada en mitad de un claro del bosque, surgió una enorme casa cuyos ventanales franceses estaban débilmente iluminados. 

Agotadas por el cansancio, el agua y el frío, habían perdido la confianza de encontrar un lugar donde cobijarse; entonces un nuevo relámpago iluminó el camino hasta la mansión. Estaba rodeada por una elevada verja de hierro coronada con lanzas inhiestas hacia el cielo y decorada con imágenes de gárgolas grotescas.

Descoordinadas por la desesperación, empujaron la puerta de la cancela con todas sus fuerzas pero no consiguieron moverla lo más mínimo. En un segundo esfuerzo, arrancaron del pesado metal el hueco suficiente para pasar y la chirriante protesta del gozne abandonado hace ya decenas de años.

Se dirigieron corriendo al umbral de la puerta mientras el aire susurraba voces a su alrededor. El ulular del viento era ensordecedor, batía con fuerza contra los cristales y el agua helada caía sobre ellas como cortinas de pesada cretona,  dejándolas exhaustas y confundidas.
 Las jóvenes habían salido de excursión antes de su separación al terminar el curso. Salieron al Pico Telégrafo y unas pocas horas después se encontraron en el centro de una borrasca, en mitad del campo y frente a una casa que nunca habían visto, pese a que antes pasaron por allí en múltiples ocasiones. 

Marifé tenía pesadillas. Había soñado muchas veces que se encontraba perdida en mitad de una ventisca y una sombra, vestida con capa negra, la perseguía. Se despertaba en mitad de la noche, empapada en sudor, mojada como recién rescatada de un chaparrón. Tenía mucho frío y se encontraba en mitad de un claro del bosque donde de la nada surgió una vieja mansión. En el umbral, una figura de negro les esperaba, haciéndoles señas con sus manos.

Al alcanzar el voladizo que cubría la puerta de entrada, ya a salvo del agua, percibieron que el ruido era aún más ensordecedor. Las ramas batían al compás del viento que producía un agudo sonido que aumentaba su desconcierto.  Para su completa sorpresa, cuando llegaron a la puerta no había nadie. La aporrearon con las amoratadas manos por el frío, y la puerta sencillamente se abrió.
Un fuerte hedor a putrefacto les asaltó. Marifé no quiso entrar. En su mente perduraba la imagen de la sombra de sus sueños, pero Esperanza la convenció. También ella había tenido oscuras pesadillas. La última noche se la había pasado sentada frente a una chimenea francesa de la que salían lenguas de fuego y volutas de humo negro que se convertían en horribles gárgolas que la devoraban una y otra vez.
Al cruzar el umbral escucharon el crujir de la madera bajo sus pies. Avanzaron en penumbra por un pasillo  de oscuras paredes hasta llegar a un salón.
-¡Eh, los de la casa!, ¿hay alguien? – llamaron para avisar a los posibles habitantes.
Sólo respondió el viento que bisbiseaba voces ininteligibles entre los pasillos y la vieja madera que se quejaba por todas las paredes del caserón. Avanzaron por el corredor hasta una amplia estancia en la que el fuego del hogar llenaba las paredes de sombras en movimiento.
-¿Hay alguien?, señor, ¿nos puede ayudar? -vociferaron una y otra vez, pero ningún ser humano les contestó.

Caridad vio que unos ojos de pupilas alargadas reflejaban la luz de un relámpago. Ella no tenía pesadillas, no soñaba, no descansaba, no podía dormir. Le hubiera gustado, pero su insomnio no se lo permitía. Su vida nocturna le había llevado a desarrollar una intensa vida interior, pero también sus fantasmas. No le gustaba la noche, se sentía sola y todos sus miedos acertaban a visitarla en todas sus formas. Cada noche, al apagar la luz, presentía que llegaban para acecharla mil y una formas, que desaparecían y aparecían al ritmo de los más inverosímiles sonidos. No soportaba los gatos, y en especial los negros; eran la premonición del mal y su mirada como la de Medusa, capaz de petrificar cualquier cosa con vida que se reflejara en ellos. Su grito disparó por simpatía las gargantas de sus compañeras. Aullaron poseídas por el terror corriendo hacia la puerta con una sola idea en mente, salir, salir, salir de allí.
Un nuevo relámpago iluminó el pasillo durante un instante. Fue tiempo suficiente para ver a una figura negra con el rostro oculto junto a la puerta. Se pararon en seco y gritaron al unísono:
-¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí? -repitieron ante el silencio.
Se dieron cuenta entonces que la tormenta había cesado de repente, tal como llegó. Ni el agua, ni las ramas golpeaban ya los ventanales. El silencio ahora era denso, profundo, todo estaba negro, los truenos habían desaparecido y para cuando quisieron mirar atrás, la llama de la chimenea se había apagado, sólo quedaban los rescoldos semiocultos bajo las cenizas. 
 Escucharon entonces el crujir de pasos a su alrededor, abrieron los ojos, tanto como fueron capaces, pero no alcanzaron a ver nada, la oscuridad era absoluta. Se buscaron con las manos, se abrazaron y se colocaron tan juntas como pudieron a la espera de su destino.
-¿Quién anda ahí? -increparon por última vez.
Esperanza respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y lo levantó para iluminar la estancia con la luz de la pantalla. Aquella fotografía del ser querido lo contempló antes que ellas. A su alrededor se manifestó toda una pléyade de seres deformes, opacos, translucidos  y transparentes escapados del Apocalipsis. Estaban representados todos sus demonios y todos sus fantasmas, cuernos, garras, colmillos, lenguas de fuego, animales imposibles, y todos ellos ansiosos de fresco tejido adiposo. Una horda de tinieblas encabezada por un negro gato de amarillos ojos color azufre…
Viajero, si alguna vez te sorprende una tormenta salida de la nada, no te dejes engañar por el señuelo de una casa que nunca antes estuvo allí.

Por Luis C. Castilla

jueves, 12 de enero de 2012

¿Tiemblas?

—¿Tiemblas? —Sonó el verbo como un martillazo en el cráneo de Quique, que llevaba varios minutos diluido en el enunciado de un problema de matemáticas.


Miró hacia arriba, mientras el compás desenfrenado de su pecho le asustaba, aún más, que esa inesperada pregunta que había taladrado sus oídos.

—¿No seguirás con fiebre? —continúo el profesor, con una voz ya más afinada.
—No… Bueno, todavía no me he curado del todo —rectificó, encontrando en esa pregunta una coartada para disimular la angustia que le aprisionaba—, pero creo que puedo continuar.

“Quique, márchate a casa. El próximo sábado tengo que acabar un trabajo en el colegio. Puedes venir de diez a once y haces el examen. Nadie te molestará”, le había dicho cinco días antes don Francisco en su despacho, después de acariciarle la frente y comprobar su elevada temperatura. Por el rabillo del ojo, el chico había advertido a Rodrigo, que le miraba desde el quicio de la puerta y reía con esas facciones que muestra cuando está tramando alguna perversidad.
Ahí se encontraba, una lluviosa mañana de sábado, en un viejo despacho, alumbrado con una triste bombilla, que hacía aún más tenebroso el arcaico mobiliario, en el edificio más antiguo del complejo escolar Santo Espíritu, antaño internado, donde, según Manolo, el conserje, hace décadas encerraban a los alumnos rebeldes y, cuando consumaban el castigo, habían cambiado de tal manera que nunca más volvían a desobedecer a los profesores.
Rodrigo era sobrino del capellán y, desde párvulo, se movía por los interiores del inmueble como una rata en los subsuelos de la ciudad, mordisqueando todo lo que podía, sin que su angelical zalamería pudiera delatarle. Siempre se hacía acompañar de dos cafres, que aportaban al trío la fuerza bruta. Esa sonrisa que dedicó a Quique en el despacho del jefe de estudios sólo podía significar que hoy era el día señalado para cumplir con su promesa. “Estoy esperando el momento adecuado para marcar esa carita de niña”, le había amenazado, una mañana en la que, armado de valor, le había dicho al profesor de Música que estaba harto de que Rodrigo no le dejara en paz.
Unos leves lamentos de la añeja tarima del pasillo alertaron al muchacho. Aumentaban los quejidos del suelo a la par que se le disparaban las palpitaciones del miocardio. Una mano giró sobre el cerco de la puerta, cerrando el interruptor. Quique escupió un ahogado grito.
—¿Quién anda ahí? —inquirió la femenina voz de la señorita Silvia, la bella profesora de Francés, a quien todos asociaban con los devaneos de don Francisco—. Qué susto me has dado, Quique. No sabía que estabas aquí.

El alumno no podía concentrarse en unas preguntas harto sabidas. Temía el final de la hora y encontrarse en la salida con esos desalmados. Llevaba varios días conviviendo con la congoja, más que con sus padres, que estaban casi todo el tiempo en el hospital, acompañando al desabrido tío Jacinto, que siempre le había tratado con desdén.
—Ya es la hora, Quique, márchate —ordenó el superior—. Puedes salir por la portezuela de la capilla.
El muchacho recogió los avíos con parsimonia y se dirigió, con lentos movimientos, hacia el oscuro oratorio, siguiendo con la mirada un tenue halo, que penetraba por una rendija del postigo. Separó unos centímetros la contraventana para  inspeccionar la calle y vio, en una esquina, a tres chavales, cubiertos con capuchas, charlando risueños, mientras el más grande mostraba a los otros su brillante puño.
—¡Vamos, Quique!, no te entretengas —le apremiaron desde la distancia.
—¡Adiós, don Francisco! —a punto estuvo de derrumbarse y contárselo todo, pero subió su gorro, se santiguó, abrió la puerta y, mirando al suelo,  giró raudo a la derecha.
Unos pasos surgieron a su espalda. El chico aceleró la marcha que, en pocos segundos, se convirtió en carrera, buscando el paso de cebra. Al pisar la primera raya, un chirrido brotó del asfalto.

—¡¿Qué te pasa hijo?! —gritó el padre desde la ventanilla—. Venimos a buscarte. Sube, nos vamos al pueblo. El tío ha muerto. ¿Tiemblas? Tranquilízate, llevábamos días esperándolo.
Quique, recostado en la trasera del coche, logró dilatar su ritmo cardiaco y, proyectando una sonrisa, se dijo: “¡Ya te vale, tío Jacinto! Has tenido que esperar hasta tu muerte para hacerme un buen regalo”.

Por Vicente Briñas Martín

viernes, 23 de diciembre de 2011

Somos seres de costumbres

Sin mucho ánimo, Juan salió de casa. "¡Vamos, Toro! ¡A la calle!". Parecía un día demasiado aburrido. Quizás tenía que hacer algo para cambiarlo. Mientras compraba el pan apareció su vecina Josefa. "¡Ayyyy!", pensó.


- ¿Qué tal, Josefina? -dijo sonriendo.
- Pues ya ves. Resulta que me han dicho que nos van a subir la cuota de la comunidad.
- No me digas, si nos la subieron el mes pasado.
- Claro, pero ahora dicen que otra vez.
- ¿Y quién te lo ha contado?
- A mí me lo ha dicho Paco, que por lo visto estuvo hablando con Lucía. Ya sabes que Lucía se entera de todo.
- Si, es verdad. Comentó Juan pensando para sí “ya estamos con los macutazos”.
- Pues nada, habrá que aguantarse.
- Sí, hombre, porque tu lo digas. Vamos, yo desde luego no pienso callarme, ya sabes que siempre lo digo todo, me van a oír…

A partir de ese momento, Juan desconectó.

-Desde luego, la gente se inventa películas, se las cree e incluso se coge cabreos y pierde su tiempo en discutir.
- Bueno pues nada, me voy que tengo un poco de prisa.

Josefa no iba a perder la ocasión de pegar la hebra con alguien, no le iba a dejar escapar tan fácilmente. Mientras, Juan intentaba salir de la panadería, una cuerda inexistente que parecía les uniera y se iba estirando, le obligaba a escucharla por educación. Ella, sin sentirse aludida por su lenguaje no verbal no dejaba de hablarle a pesar de que ya estaba abriendo la puerta. Al tomar aire la vecina, consiguió salir por piernas.

Caminaba hastiado de su propia falta de sociabilidad. Tengo que tener más paciencia, la gente se merece que la escuchen. Al mismo tiempo estaba decidido a no aguantar más conversaciones innecesarias. Su tiempo era valioso y no quería malgastarlo, aunque no tuviera claro qué hacer. Soy un ser lleno de contradicciones, pensó.

Con el pan bajo el brazo se dirigió a comprar el periódico.

- ¿Qué tal, Fran?
- Aquí estoy, como siempre. ¿Has visto el 'As'? Dicen que el Atleti está  acabado, que nunca podrá volver a ganar. Vamos hombre, solo faltaba eso, sinvergüenzas, qué sabrán estos mendrugos, pues anda que no podemos ganar la copa en cuanto se nos antoje, claro como están los señoritos del Madrid…

Juan, siempre sonriendo, piensa “No por Dios, fútbol, no”. Voy a tomar la determinación de no volver a este quiosco. Mira que es plasta, siempre con lo mismo. Claro que si tengo que andar un kilómetro hasta llegar al próximo… En fin, me tendré que aguantarme.

- Bueno, Fran, me voy que tengo un poco de prisa.

Desde que ha amanecido sabía que el día iba a ser tedioso. Me voy a acercar a 'La Divina' a tomar un cervecita y compro tabaco.

- ¡Hola, Juan!
- Hola, Celia. ¿Qué, paseando al perrito?
- Claro, como todos los días. Fíjate que creo que está malito. Está mañana ha hecho una caquita más feaaa...
- Je, pobre. (Siempre sonriendo). “Esto es un castigo. Hoy no es mi día, no hay duda”.
- ¿Tú crees que tengo que llevarlo al veterinario o se le pasará?
- Pues… no sabría decirte. “Pregunta trampa, si le digo que no hace falta y el perrito se pone peor me la juego. Pero si le digo que sí, me va a empezar a contar que es muy caro y que ella es pensionista y no tiene dinero y que no hay derecho y…. ¡ahhhhhh!”.
- Seguro que tú sabes mejor que nadie lo que hay que hacer. Me voy que tengo un poco de prisa. ¡Que se mejore!

"Y encima sin tabaco. Lo que te digo esta vida es un infierno. A ver si llego al bar de una vez".

- Hola, parroquianos. Sus colegas del bar van vestidos con chándal y zapatos, porque aunque ninguno va a hacer deporte así están más sueltos.
-Hombre, don Juan. El que no habla con nadie, el digno, el marqués, siempre mirando por encima a los demás.
- ¿Qué tal, Pedro? -"Ya está con sus bromitas, encima de que se me enrolla todo el mundo... Para qué vendré a La Divina, sabiendo cómo son".
- ¿A quien le ha tocado la porra?
- Pues justamente a ti. ¡Qué caradura! sólo juegas un número y te toca. Tendrás que invitar.
- Por supuesto que sí. –"¡Vaya! me tocan diez euros y ahora tengo que invitar a cuatro amiguetes. Desde luego vaya ruina, no vuelvo a jugar, no hay derecho". Je, je ¡Qué suerte tengo! Me la pienso llevar todas las semanas.
- ¿Dónde has dejado a Toro?
- Fuera, atado a un árbol. A ver si ponen una barra como en las películas del oeste en la puerta del salón y podemos dejarlos sujetos tranquilamente.
- Bueno, y ¿cuándo te casas? Mira nosotros que bien vivimos. Las parientas en casa haciendo la comida,  los niños jugando en el patio y nosotros tomando el aperitivo. Así da gusto, mejor que un soltero.
- Sí, desde luego. Pero yo esta noche la voy a pasar con una amiga.

Los otros tres amigos sentados a la mesa, aguzan el oído para ver que se cuece.
- Una amiga, ¡eh! ¿Y está buena?
- Sí, claro, cómo iba a quedar con ella si no. –"No les voy a decir que la he conocido por internet y todavía no la he visto. Con la última que quedé no se parecía en nada a la foto que me mandó. Menudo chasco, creí que había quedado con su madre".
- ¿Dónde la vas a llevar?
- A lo mejor la llevo a ver la última de Torrente, y así nos reímos un rato. -No pienso contarles que vamos a un restaurante caro y luego a un concierto de jazz. Que sigan creyendo que soy un pringado como ellos.
- Pon otra rondita, Tomás.
- ¡Uf! qué caña.
– Dale un poco de alegría al cuerpo macareno que está matarile, un poquito de presión.
- Qué, ¿ya habla tu perro?
- Os he dicho que no puede hablar, pero que es como si hablara. Los perros pueden llegar a tener una inteligencia como un niño de 2 años. A esta edad entienden todo. Toro comprende los sentimientos: si me río viene corriendo a jugar, si alguien llora va corriendo a lamerle, si le hablas enfadado lo entiende, y así ...
- Pero todavía no habla ¡eh!. "Para qué comentar algo con esta gente, es tontería, ¡si es que no están a mi nivel!"
- Pues nada, chicos, me voy que tengo un poco de prisa. Todavía tengo que hacerme la comida. ¡Adiós!

Al final Juan había hecho lo mismo de todos los sábados, pero se sentía mucho mejor que al salir de casa. Mientras regresaba pensaba que tampoco había estado tan mal la mañana. “Si es que, en realidad, soy un agonías. A ver si el domingo se me ocurre algo diferente porque menudo coñazo los colegas, menos mal que yo llevo mi puntito y paso de todo. Desde luego las múltiples contrariedades de la vida no me arredran. Estoy hecho un campeón”. Sin ser consciente de ello, y después de varias cañas ,sentía que su humor estaba más ajustado a la verdadera realidad.

María de las Mercedes Martín Duarte

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El gordo Petete

“¿Seré capaz de reconocerlos?”, se preguntó, mientras se rascaba la mejilla izquierda, cubierta desde hacía una semana por una cenicienta y punzante barba, que había dejado crecer buscando un aspecto más moderno.

—¡Vallejo! —Voceó Flores, entre las notas de una canción de Rihanna, mientras agitaba los brazos en un extremo del amplio y remodelado bar, que solían frecuentar en los locos ochenta—. ¡Soy yo, Flowers!

 Buscó con la mirada el origen de la voz y encontró a su amigo, de pie, entre la mesa de un grupo de tres divertidos veinteañeros  y la de una pareja formada por una monumental rubia y un hombre, bastante mayor que ella, agazapado entre unas gafas de sol y un sombrero de cuadros. Se acercó regateando jovenzuelos de descuidada indumentaria, enseñando los pajizos dientes que llenaban su inmensa sonrisa.

 —¡A la orden, mi cabo! —Soltó un taconazo Vallejo, mientras representaba el más marcial de los saludos—. A pesar de lo hermoso que estás, todavía se te reconoce. Dame un abrazo; pero no me pinches con tu barba de cinco días a lo Michel Bosé.

 El viejo compañero de camareta le estrujó entre sus brazos, apretando, con malicia, sus púas contra su mejilla, haciendo que éste le profiriera un insulto rimante con la pata trasera del cerdo.

 —Me alegra saber que aún mantengo cierto parecido con el hijo del torero y de la artista.
 —Sí, pero con el hijo de Paquirri y la folclórica. Lo de Michel iba por los michelines.
 —A ver si tú te crees, Vallejito, que eres el Yors Cluny. Como mucho John Malkovich, su compañero de anuncio, el de “voluto, my favourite”. Lo digo por lo de la alopecia.
 —Anda cabo, agénciate un par pelotazos… bueno, tres, a ver si mientras tanto viene Petete. Supongo que le seguirá gustando el ron con limón, que se los bebía doblados.
 —Pues ya verás éste. Si ya estaba gordo con veinte años, imagínate con casi cincuenta. A su lado, El Falete va a parecer un esmirriao.

 Vallejo se quedó sentado, mientras observaba amagos de torpeza en los movimientos del que fue su cabo cocina. Seguramente que también él había empezado a perder habilidad, especulaba nostálgico. Aunque de espíritu se sentía como un chaval, el espejo le humillaba cada mañana. No obstante, siempre aparecería alguien que le haría sentirse más joven. En cuanto llegara el que estaban esperando.

 —Este capullo no viene, Flowers. Cuando le llamé, cogió el recado una sudamericana. Seguro que su mujer le dejó y ha pillado lo primero que ha encontrado por ahí. No creo que Petete sea capaz de vivir sólo.

De pronto, unas largas y fragantes piernas, desnudas hasta el tercio norte del muslo, rozaron el hombro de Vallejo, sobresaltándole, y un sombrero se posó sobre su cabeza. En la mesa de la derecha, un interesante cuarentón, ataviado con modernas gafas de sol, se dirigió a los dos amigos:

 —Vaya par de impresentables. La juerga de esta noche la paga Petete, que para eso ahora el bar es suyo. Por cierto, la que te ha puesto el sombrero, Vallejito, es Sonia, mi novia.


Vicente Briñas