lunes, 21 de enero de 2013

Leyenda sobre la felicidad

Cuenta una leyenda que hace muchos, muchos años, tres duendes se reunieron en un precioso jardín para planear sus travesuras. Les encantaba juguetear con los humanos.

Uno de ellos dijo: “¿Por qué no les escondemos algo a lo que tengan mucho aprecio?”

-Algo, ¿cómo qué?-respondió otro.
-¡Ya lo tengo! Vamos a esconderles la felicidad… -repuso el tercero.

Dicho y hecho. En pocos minutos los tres se afanaron en buscar el perfecto escondite.

-¿Por qué no en la cima de la montaña más elevada?
-Bah, ése es un mal sitio. A los hombres les gusta mucho escalar y seguro que alguno la encontraría.
-Pues, en el fondo del mar, a cientos de metros de profundidad y escondida en un cofre cerrado con tres llaves.
-No. Los hombres son curiosos y les gusta inventar cosas. Quizá un día alguno invente un aparato para descender en el mar y la rescate.
-¿Y en otro planeta?
-Tampoco me parece un sitio seguro. Cualquier día mirando las estrellas podrían tener ganas de viajar y con un poco de aquí y otro poco de allá, serían capaces de fabricar una nave para viajar entre los planetas…
-Creo que lo tengo. Vamos a esconderla dentro de ellos mismos…
Los tres duendes se miraron entre sí extrañados.
-Sí, estarán tan ocupados buscándola fuera que nunca la encontrarán.

Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces cuenta la misma leyenda que ha sido así: el hombre se pasa años de su vida buscando la felicidad sin saber que la lleva consigo.
 
        María Sergia Martín

domingo, 20 de enero de 2013

Órbigo, río de la vida y la muerte

Ha pasado ya mucho tiempo, más de treinta años, pero nadie olvida que bajo el puente sobre el río Órbigo se vivió una tragedia.

Fue aquel 10 de abril de 1979, cuando un grupo de estudiantes se vieron en la más cruel de las pesadillas, nueve de ellos volviendo a nacer, otros cuarenta perdiéndose irremediablemente en las profundidades de aquel río lleno de remolinos y corrientes agresivas. Nunca se supo explicar que fue lo que realmente pasó en la curva en el momento exacto en que el bus despega de la carretera y cayó a un pozo en el interior del río haciendo el rescate de los niños más difícil.

Veinte años después, personas que no conocían de la tragedia fueron testigos de cosas inexplicables que pudieran fácilmente calificarse de sobrenaturales. Estos fenómenos no se presentan por la muerte, sino por la pérdida instantánea de un montón de vidas juveniles que estallaban de alegría y de pronto desaparecen inevitablemente, así como las muertes de muchos de los que trataron de salvar las vidas de los niños.

Según informes oficiales del enigma del río Órbigo, los datos, las cifras, alumbran un espanto difícil  de imaginar en toda su magnitud. 47 cuerpos, entre maestros y alumnos quedaron varados en el río, para siempre, solo 9 niños que volvieron a nacer aquella misma tarde. Al otro lado del puente un sonido extraño despierta a toda la población, hombres, mujeres, niños corren a la ribera del río, y lo que contemplan les perseguirá desde entonces y para toda la vida como la más desgarradoras de las pesadillas.

Es el momento de los héroes y de las reacciones inesperadas. Ante los gritos de los niños en la mitad del agua turbia, los habitantes de Santa Cristina,  algunos sin saber nadar, se arrojan al río sin vacilaciones por un impulso humano, con un único objetivo: salvar vidas jugándose las suyas. Órbigo, el río de la vida y muerte, repleto de remolinos, de corrientes traicioneras, de pequeñas cimas, pero de considerable profundidad donde quedaron muchos cadáveres. Pasaban las semanas y algunos cuerpos aún no se recuperaban.

El campamento de rescate había recogido los bártulos y los padres enlutados esperaba recuperar los cuerpos inertes de sus hijos. En ese mismo lugar se escribió la historia del niño Cristóbal Pérez, de 12 años, el último en aparecer junto a una chaqueta y unas postales que habían comprado en el Museo del Prado; esa misma noche una mano anónima depositó un puñado de rosas en aquel mismo lugar.

Con el paso del tiempo han quedado dos marcas indelebles: el enigma permanente sobre las causas del accidente se habla de los juegos de los niños echando polvo pica-pica, teoría que luego esta teoría fue descartada. El misterio en forma de recuerdo, de pesadilla constante, de imagen que no se despega del alma de quienes presenciaron el infierno en forma de río.

Ambas localidades, Vigo y Santa Cristina de la Polvorosa, de donde procedían las víctimas, se hermanaron y lo hicieron con un bello signo, el mítico e inmortal Cruceiro.

Por Pilar Martínez Hidalgo

Figuras de la niñez

No sabe qué paso aquel día, a pesar de los años transcurridos; aún persiste en su memoria aquella sensación de miedo recorriendo su cuerpo. Celes cuenta, entre risas,  que su mayor preocupación eran sus zapatos de charol, nuevos y relucientes.

En aquel minúsculo pueblo castellano no se asustaba a los niños con “El Coco”, sino con “El Sacamantecas”; sin saber en qué momento surgió,  se asociaba a la desaparición de un niño, cuyo cadáver fue encontrado, tras varios días de búsqueda, en una cueva.

En este pueblo, de una sola calle, escondido en un pequeño valle surcado por un río y protegido entre montañas, “El Sacamantecas” se  percibía como una figura fantasmagórica, grande y maligna que  se llevaba a los niños, les sacaba las mantecas y las cocinaba en su cueva en una gran olla negra.

Aquel día de verano, como tantos otros, Celes había ido a la fuente de la era, con un grupo de niños, cada uno con su botijo para llenarlo del agua transparente y fresca que manaba de la fuente. Era un pequeño manantial en la falda de la montaña, para llegar a él había que bajar un talud, escondida entre cañas y arbustos siempre verdes, el agua formaba un pequeño riachuelo en el que crecían los berros, fruto preciado para niños y adultos. 
También como tantos otros días, los niños hicieron caso omiso de la advertencia familiar tan repetida:
— ¡Vuelve a casa antes  de que se haga de noche!

Los juegos en la era, la búsqueda de berros… como cualquier día. Pero ese fue diferente a todos los demás.

A la luz de la luna, estaban llenando sus botijos en la fuente, cuando uno de ellos gritó:

—¡El Sacamantecas, que viene el Sacamantecas, el Sacamantecas!

Todos salieron corriendo,  gritando:

—¡El Sacamantecas, el Sacamantecas..!

Cruzaban el arroyo de la fuente “a chape”, Celes buscaba un sitio para cruzar, sin meterse en el agua. No podía mas  y veía cómo los demás corrían y corrían,  ella iba quedándose atrás perseguida por una figura grande, oscura y andrajosa con un gran cuchillo en su mano.

Cuando Celes lo cuenta, entre risas, dice:

—¡De verdad, yo creo que le vi!

Por Mayte Espeja

sábado, 19 de enero de 2013

La nada y el vacío

La Nada despertó. Buscó en la oscuridad a ambos lados de su lecho. Nadie la acompañaba y tuvo consciencia de su soledad. Decidió, entonces, que había soportado demasiado vacío en la eternidad de los tiempos y que necesitaba compañía. Primero pensó cuánto le agradaría oír una voz, pues el silencio era lo único que escuchaba más allá de sus pensamientos. Creó así el sonido. Como el tiempo del silencio ya había concluido, utilizó su voz para decirse a sí misma que, a continuación, nacería la luz. No soportaba ya el peso de las sombras y, cuando creara lo que había pensado, quería que pudiera ser visto para conocer el grado de belleza de su obra. Así, abrió los ojos con fuerza y la luz nació.

Una vez que ésta germinó, comprobó que nada había que ver o escuchar pues todo estaba vacuo, así que decidió alumbrar la tierra firme, el mar y el cielo, para que algo se pudiera ver y escuchar, y lo llamó Paraíso. Le gustó el nombre, pero nada en él se movía; era como ver una imagen fija eternamente y decidió añadir el movimiento. Creó los planetas y sus satélites y los ató con invisibles hilos para que sus órbitas estuvieran relacionados y la noche y el día se sucedieran eternamente como en un infinito juego.

Ahora que la Nada ya tenía qué ver, no tenía con quién comentar la belleza de los colores del atardecer, ni los del amanecer, ni las turquesas aguas del mar, ni las verdes praderas de trigo mecido por el viento; así que decidió entonces que no volvería a estar sola y moldeó sobre las montañas un cuerpo a su imagen y semejanza y con la fuerza de un rayo le dio vida. Pero la emoción del último momento le hizo temblar y erró, y así el Vacío no se creó a imagen exacta de la Nada. Fueron sólo complementarios y, cuando se acercaron comprobaron que sus cuerpos encajaban entre sí, amantes. Tanto placer y tanta felicidad disfrutaron que decidieron extenderlos sobre la faz de la tierra, por lo que modelaron montañas con sus formas y con cuantas  aquellas que su imaginación vislumbró, creando tormentas que dieran vida a todas las criaturas sobre la superficie de la tierra.
 
Por Luis Castilla

viernes, 18 de enero de 2013

El caballero medieval

—Mi brigada, parece que ha visto un fantasma. ¿Qué le pasa, si sólo ha mirado la lista de servicios para esta noche? Hay luna llena pero no es para tanto
— ¿Sabes qué día es hoy?
—Claro, mi brigada, hoy es domingo, 10 de julio, el cumpleaños de mi madre. Voy a comer con ella y luego, a las nueve, cuando sea la hora de cerrar el museo entro de guardia con Vd., mi brigada.

 El brigada Chaparro no podía creer su mala suerte; qué malaje, se decía en su tierra. De estatura breve y amplio estomago, hacía honor a su apellido, mientras el cabo primero profesional, que así se hacía llamar, chusquero para todos los demás, se llamaba Olmo, alto y corpulento como el árbol que no aún contraído la grafiosis. 

—No es que quiera darte una clase de historia pero, ¿sabes cuál es la pieza más importante del museo?
—Por supuesto, mi brigada, recitó de carrerilla, las piezas más importantes del Museo del Ejército son: la capa de Boabdil, ‘El chico’, la armadura de Carlos I y, por encima de todas ellas, como reza el folleto de la entrada, la Tizona, la espada del Cid Campeador.
— ¿De verdad que no has oído nada al respecto?
— ¿Algo de qué, mi Brigada?
—No, si va a ser verdad que te has ganado a pulso el apodo de chusquero.  ¿Sabes lo que vamos a hacer esta noche? Tú y yo nos vamos a encerrar en la sala de banderas y de ahí no nos va a mover nadie hasta que amanezca. ¿Entendido?
—Mi brigada, por favor, explíqueme de qué va todo esto.
—Voy a contarte una historia, pero cuando termine nunca la harás mención, yo negaré haberla contado y juraré sobre la Biblia que nunca oí hablar de ella.

Fue hace bastantes años, yo aún no era brigada, acababa de pedir destino en Madrid y el museo podía ser un destino tranquilo. Así, que todo ufano y contento, me dispuse a hacer mi primera guardia nocturna por los pasillos de este edificio, que como ya debes saber fue el salón del trono que formaba parte del Palacio de Buen Retiro. Por un lado, pensé que sería un trabajo relajado donde pasear y dejar sestear los días hasta la fecha de mi ascenso, en la que podría pedir un destino más acorde con mis aptitudes y mis deseos, una tranquila oficina en alguna ciudad del sur, junto a mi amado mar Mediterráneo. 

Aquella noche no la podré olvidar jamás. Domingo, 10 de julio.  Nada más cerrar la puerta y apagar las luces del edificio, un ruido de cristales rotos atronó en el interior. Rápidamente, los que estábamos de guardia nos dividimos en dos grupos, unos a rodear el perímetro exterior, los más y otros,  el brigada Plácido y yo mismo, corrimos por los pasillos en busca de la causa de aquel estrépito. En nuestra carrera, jadeantes y azuzados por la adrenalina de nuestra sangre, llegamos hasta la sala de armas blancas donde nos encontramos una vitrina rota y sus cristales desperdigados por todo el suelo. Lo peor, La Tizona, desaparecida. Escuchamos sonido a lo largo de los pasillos, incluso llegué a creer que había escuchado metales golpeando entre sí, relinchos y ruido de cascos a la carrera. Pasado el primer momento, todo permaneció en silencio. Encendimos todas las luces del museo y recorrimos las estancias, los pasillos, las oficinas, hasta llegar a las buhardillas y los sótanos. Hasta llegar a una conclusión: nadie había entrado, nadie había salido. 

Una vez hubo terminado la ronda completa, apostamos vigilancia en los lugares de entrada y salida, y nos dirigimos al cuerpo de guardia para hacer el informe que habríamos de presentar a nuestros superiores al día siguiente de aquella pavorosa noche. Fue entonces, cuando los mismos ruidos se reprodujeron y al llegar de nuevo a la sala de armas blancas, cuál no sería nuestra sorpresa, al ver vimos cómo una figura a caballo, vestida con yelmo y cota de malla, depositaba la espada en la urna de cristal para desvanecerse lentamente a la vez que los rayos de sol entraban por los huecos de las contraventanas. No habríamos creído lo que vimos si no hubiera sido por el reguero de sangre que dejó tras de sí, la misma que goteaba de la Tizona y por la cabeza que se encontraba pinchada en la pica del alabardero que se encuentra junto a la puerta de la sala.

Muchos son los testimonios de personas que dicen haber visto la figura de un caballero medieval que cabalga por el Retiro blandiendo una espada en noches de luna llena, y todos ellos coinciden en la fecha, domingo, 10 de julio, aniversario de la muerte del Cid Campeador.
 
Luis Castilla

jueves, 17 de enero de 2013

La leyenda del lobo


Como cada año, viajábamos a la tierra en que nacieron mis padres. Durante el trayecto, los cinco hermanos sentados en la parte de atrás del vehículo, unos encima de otros, peleando, protestando y jugando al veo-veo. A la hora del atardecer entrábamos en la sierra y, según se hacía de noche, los niños guardábamos un silencio expectante, cargado de miedo e interés.

Mientras conducía, mi padre nos contaba la historia que tanto le angustió en la infancia, cuando se la oyó a sus mayores. “En las fiestas los mozos iban de un pueblo a otro, normalmente en grupo. Aquel año, Manuel quedó prendado de Gracia, campesina de una aldea lejana. Empezó a visitarla con frecuencia. Manuel hacía el camino solo, ya que a ningún mozo le venia bien acompañarlo. Un día, la chica y él se entretuvieron más de la cuenta. El joven partía al servicio militar y estarían varios meses sin verse, lo que les llevó a un encuentro más profundo. Manuel lucía su uniforme ante Gracia, que le veía cada vez más guapo. Se despidieron abrazándose con gran congoja y prometiéndose amor eterno. Era noche oscura y el soldado tenía que cruzar la sierra solo y a pie. Pero, gracias a la pasión que sentía por la amada, el muchacho se creía protegido de todo mal, venciendo los temores del camino.

Más, al día siguiente, Manuel no llegó a casa. Pasaron dos días y nadie sabia de él. Los aldeanos creían que en la montaña había lobos que atacaban al hombre, sin embargo, el miedo era tan feroz que se cuidaban de mencionarlo. La familia y los vecinos rastrearon los alrededores. Al tercer día, el cabrero, que acompañaba a su ganado mientras triscaba por la sierra, vio a lo lejos algo negro que brillaba. Se acercó y observó aterrado, explicando después en el pueblo: lo único que quedaba de Manuel eran los pies dentro de las botas militares; lo demás se lo habían comido los lobos”
 
Mercedes Martín

miércoles, 16 de enero de 2013

El origen

Cuando aquella masa incandescente giró y giró alocadamente hasta enfriarse, ya se había formado la tierra. Entonces dios se entretuvo observándola y pensando qué podía hacer con ella. Se le ocurrió llenar sus huecos con agua y cubrir el resto de su superficie con seres vivos adheridos a esa sustancia que cambiaba de color según las zonas y que llamó tierra. Así nacieron los vegetales. Los creó de muy diversas formas y tamaños. Hizo algunos gigantescos, otros minúsculos. Dibujó sus ramas y sus hojas. Luego, las flores y, por fin, los frutos. Los fue pintando con los colores que se le iban ocurriendo. Así se pasó miles, millones de años.

Cuando se aburrió, comenzó a sembrar plantas también en mares y ríos.

Pero éstas se fueron multiplicando desaforadamente. Se apretujaban. No quedaba ni un resquicio.

Pensó y pensó…

Al fin tuvo la solución: crearía otros seres vivos que pudieran moverse y que se alimentaran de  las plantas. Así aparecieron los animales.

Entonces sucedió, tras miles de años, que los vegetales desaparecían y los animales se multiplicaban. Ante esta situación, tomó la decisión de que algunos bichos grandes se comieran a los pequeños. Y que éstos se reprodujeran más que los otros.

Así se entretuvo mucho, mucho tiempo, perfeccionando sus criaturas. Lo hacía todo a su antojo y capricho. Nada escapaba a su dominio. Era el amo y señor de todo.

Pero un día, ocurrió algo inusitado…

Tras una gran tormenta de lluvia y viento, cuando las aguas bajaron, todo quedó cubierto por un  gran lodazal.  Fue entonces, cuando un trozo de ese barro cobró vida y comenzó a moverse. Por donde pasaba se le adherían restos de sustancias orgánicas y minerales. Su tamaño aumentaba.

Estupefacto, dios observaba ese ser que éL no había creado. Aunque el viento soplara con fuerza, el trozo de barro seguía avanzando. El sol lo calentaba  al máximo y eso lo iba secando. Se formaron grietas en su masa, pero crecía y andaba.

Apoyado en una nube, dios observó. La masa iba cambiando de forma y color, según pasaba por un trigal, una duna, una pradera. Dios se asombró cuando vio que la parte que rozaba el suelo se dividía, formándose dos patas largas; y en la superior otras extremidades más cortas. Todas terminaban en dedos, como en algunos animales. ¿Cómo era posible que “eso” se estuviese formando sin su intervención?  Para colmo, entre las patas superiores fue creciendo una cabeza con ojos, nariz, boca, orejas. “¡No es posible!”, se dijo.

Ya  no pudo aguantar más su curiosidad y, con el puño cerrado, le dio un golpe en la incipiente cabeza y esperó su reacción. Para su sorpresa, “aquello” se dividió. Ahora eran dos “cosas” iguales que caminaban, movían los brazos y la cabeza. Pero no eran como los animales que él había hecho. Sus movimientos eran diferentes. ¡Hasta le resultaban graciosos!

La superficie de sus cuerpos era oscura y lisa. Cuando se detuvieron, miraron a su alrededor. Se vieron uno al otro, se observaron, se tocaron, se empujaron. Echaron a correr, persiguiéndose. Los movimientos eran torpes y se caían. Después de muchas carreras y porrazos contra el suelo, permanecieron sentados, frente a frente. Entonces, abrieron la boca, echaron la cabeza hacia atrás y emitieron un sonido gutural. Dios se acercó para verles la cara. Se maravilló con la expresión de sus ojos, donde vio un punto de luz que brillaba de forma extraña.  También la boca era diferente.

Uno de esos seres se levantó, acercándose a un animal que se pastaba plácidamente. Intentó agarrarlo, pero éste huyó. Persiguiéndolo a pedradas, lo derribó. Lo olisqueó y se dispuso a desgarrarlo para comérselo. El otro ser, que había presenciado la escena, se acercó intentando arrebatarle la presa. La resistencia del primero y la insistencia del segundo generaron una lucha que acabó con la muerte, a golpes de piedra, del cazador.

Había nacido el hombre.


Elsa Velasco