viernes, 16 de marzo de 2012

Cartas de amor (VII)

Estimada señora: la amo. Perdone mi atrevimiento, pero en estas dos palabras se encierra toda la verdad del mundo. No hay más.

Es imposible no enamorarse de usted. Imposible resolver el jeroglífico de su mirada, alcanzar a comprender el indescifrable pulso de su corazón. Lleva consigo un enigma aún por descubrir. En su interior se esconde una ecuación mil veces resuelta y mil veces distinta.
Señora, la amo. Es usted mi desconocida habitual. Su presencia ocupa todos mis días turbando mis sentimientos. El misterio la rodea arropándola, no dejando ver su verdadera naturaleza y el desconocimiento de su auténtico ser es lo que obnubila mi pensamiento, dejándome rendido y exánime a sus pies.
             
                                                       Este que la ama, suyo afectísimo
                                                       Enrique Cifuentes, su marido
                                                       (ése al que usted llama “mi osito”) 

                                                       
 * * *

 A mi osito

Te quiero. Qué cosas me escribes. Siempre has sido un romántico empedernido. ¿Todavía soy un misterio para ti? Me alegro. Tú, en cambio, siempre me has resultado diáfano y transparente. Te has mostrado como el más bello de los poemas, sin dobleces ni significados ocultos. Un poema claro y directo. Directo a este corazón que me tienes secuestrado. Y que no quiero liberar. Quiero vivir siempre con este “síndrome de Estocolmo”, añorar tus besos, tus caricias, cuando no estas a mi lado.

                                                                            ¡Osito, te amo!
                                                                            Tu osa, raptada de amor.

                                                                             Andrés Orellana

Cartas de amor (VI)

Para la luz de mi sombra

Etérea luz que flotas en el ámbar de su mirada,
sensual figura que trasmuta movimiento en deseo,
espíritu ardiente que fascina al aire con su contacto soñado.

Esquiva esperanza en la miel de tus ojos
confluye en el abandono de mi esencia.

Responde, desconocida amada, a mi solícita desdicha,
pues tan fuerte es el lazo que a ti me empuja
que con el ánimo de tu anhelo cualquier otro rompería,
si no fuera porque no hay placer más dulce que estar preso de tu esencia.

Abrásame, venerada desconocida, que de tanta congoja regada en rojo flama,
y con tu ausencia sentida, enterraré mi dicha y, víctima de ávida pasión,
moriré en la bruma de tu soledad errada, pues estando a tu lado,
exhalaré el ardiente aroma de tu helado corazón,
que desconoce mi ansia de por tí ser amado.
 
* * *

Respuesta a un carroza

Pasa, tronco, ¿Me estás vacilando? ¿Pero de qué vas, carroza? ¡Vaya golpetazo que tas dao en la chola! Todas las words revueltas, que si anhelo, que si congoja y aroma. Pero tío, qué dicha ni desdicha, si te contara lo que dice el Rober…

No sé quién eres, pero por la lengua tiés que ser mazo friki hasta arriba de garrafón. Seguro que eres más estirao que la lengua de un camaleón y tienes más años que Cervantes. Abre bien las orejas que no te lo voy a repetir más: contigo tío, ni a la puerta del ‘tuto. Solo una vez más y se lo cuento a mi novio, el Rober, el quebrantahuesos.
 

Luis C. Castilla

Carta de amor (V)

Querida Ángela:

 si supieras cómo te admiro cada día que tomamos café y nos reímos con el grupo, aunque sólo esté pendiente de ti... En esos momentos, en el pasillo, cuando me enseñas con prisas los informes y luego los estudio en el despacho porque sólo he escuchado tus palabras y observado tus ojos... Si pudiera apartar a un lado la costumbre de vernos como amigos en el desayuno, compañeros de trabajo en la oficina y volver a empezar desde el día que entraste por la puerta de mi vida... Te ofrecería la luna, el sol, las estrellas, te contaría mil historias en las que se habla de un héroe que es capaz de luchar contra dragones para rescatar a su princesa. Porque, desde entonces, estar a tu lado es lo que me anima a seguir tus pasos por el duro trabajo. Espero y deseo compartir la persona que me quieras ofrecer y que no estés dispuesta a dar a nadie más. Me conoces bien; soy como me ves, no te puedo engañar; lo que aparento soy y lo que soy te ofrezco. Dame una oportunidad para demostrarte que nuestra rutina será diferente a la de cualquier ser humano.

Por Tomás Alegre

Cartas de amor (IV)

Por favor, continúe con la vista fija en el papel y, aún, no me dirija la mirada, evitando así que la brasa de mis mejillas me delate.

Como en otras ocasiones, le entrego la lista con el género que necesito. Pero esta vez, lo que le pido es una pieza muy especial, única, intrínseca, que sólo usted puede proporcionarme.

Desde la primera vez en que le contemplé, sublime, detrás de ese mostrador, rodeado de lustrosas carnes, deseosas de ser manipuladas por sus ágiles y largos dedos,  leyendo a Neruda, a la espera del primer cliente vespertino, mis cuerdas vocales se desvanecen al verle.
Esta osadía sería imposible de no haber vislumbrado, en el interior de esa profunda mirada, atisbos de deseo hacia ésta, su adoradora.

Le ruego que esa pieza que le pido, sin duda jugosa, tersa, bella… la entregue esta noche. Permítame que, como única moneda, le ofrezca lo mejor de mí.

* * *

Querida señora de los ojos de miel,
nunca sentí tanta honra.
Honrado, pero mi valor sólo llega
hasta su buzón,
el buzón de su alma.

De veras que mucho siento
no ser el típico hombre,
perdiéndome así el disfrute
de su belleza,
de su perfecta hermosura.

Aunque sólo sea esta noche
odio mi sino cambiado.
La vida va a castigarme,
me niega,
de los héroes el manjar.

No obstante, señora mía,
siempre será bienvenida
en la mi casa, la suya,
con su trono,
en su trono de reina.

Por Vicente Briñas

Carta de amor (III)

AMOR ASTRAL

Quisiera poder alcanzar la luna con estos dedos
y allí poder dibujar todo mi amor y mi anhelo.

Quisiera llegar al sol para robarle sus rayos
y así dar resplandor a este amor que siento.

Quisiera también hablar con las estrellas del cielo
y poderles indicar cuánto amor tengo yo dentro.

Quisiera, amor de mi vida, ser una estrella fugaz,
para escribir con mi sombra que este amor es de verdad.

Quisiera como un planeta sentirme yo en esta vida
diciendo a sus habitantes el amor que me atosiga.

Quisiera también estar como satélite errante
sintiendo que nuestro amor nunca, nunca es aberrante.

Quisiera cometa yo ser para indicar, con mi estela,
que el amor es posesión y de dos seres tutela.

Quisiera ser asteroide vagando en el firmamento
para así estar acorde con todo lo que yo siento.

Quisiera como aerolito caer deprisa del cielo
para repetir a gritos lo mucho que yo te quiero.

Quisiera también sentirme como una constelación
y en el cielo contemplar este loco corazón.

Quisiera cual nebulosa estar también en tus sueños
y decirte, niña hermosa, eres dueña de mi amor.

Quisiera como un lucero brillar hasta amanecer
e indicar que te quiero viendo este amor crecer.

Quisiera ser amo yo del universo
y gritar con desafío que este amor es solo nuestro.

Quisiera como un eclipse cubrir todo resplandor
al ver que el amor existe con puro y limpio candor.

Quisiera,¡hay! Qué quisiera… Quisiera verte mi amor,
tenerte entre mis brazos, y entregarte el corazón.

Jesús Llamas

Cartas de amor (II)

Me gusta estar cerca de ti, todos los días espero que llegue el silencio de la noche para acurrucarme a tu vera y sentir tu calor. Hoy también me he levantado pensándote, atrapado por tu olor, por tu sonrisa, por la flexibilidad de tu cuerpo. Me gusta mirarte, ver cómo te mueves, me gusta que me busques con tu mirada, me gusta sorprenderte, seducirte y cautivarte. ¡Cómo disfruto sabiéndote ahí!

* * *

A mí me gusta que no te separes de mí.  Todos los días, al llegar la noche, me escondo en el palpitar de mi soledad y ansío que me encuentres y lleves junto a ti. Hoy también me he levantado pensando que sin tu amor no sabría dónde refugiarme ni quien podría encontrarme y ofrecerme su calor, su ternura y su protección. Me eriza mirarte, me desvanezco cuando siento que te acercas y pones tu mano sobre mi pecho, me quiebro cuando me acuno entre tus brazos.  No dejes nunca de seducirme, de encantarme con tu halo de príncipe lejano, de acercarte sigilosamente y sorprenderme con tu sonrisa, con tu mirada, con tu tacto tierno y firme. Hoy seguiré esperándote donde siempre.   


Por Boni Pedraza

Cartas de amor (I)

Estimada Adela:

Se sorprenderá al recibir esta carta. Soy Matías, su consuegro. Usted dirá que por qué  no la llamo, teniendo su teléfono. Lo que pasa es que tal vez me vea como muy decidido y hablador, cuando coincidimos algunos domingos en casa de nuestros hijos. Pero a veces soy tímido y no me atrevo a decirle, cara a cara, lo que siento.

No sé si se habrá dado cuenta de que he cambiado, no sólo por fuera; ahora me preocupo por ir bien vestido. Pero ¿se ha dado cuenta de que la miro diferente?

Sabe usted, desde que enviudé, hace casi un año, me he vuelto más callado y más observador. Ahora miro con más interés a las personas que me rodean. Debe ser porque estoy muchas horas solo y me da por pensar.

Adela, usted siempre me ha parecido una mujer atractiva y simpática, pero ahora la veo más guapa y alegre. También más moderna. Eso me llamó la atención. Y le diré una cosa: pienso mucho en usted en la soledad de mi casa. Usted también está sola. Y digo yo: ¿no podríamos vivir mejor si estuviéramos juntos?

Aunque ya no cumpliremos los 65, estamos sanos y tenemos muchos años por delante. Yo estoy fuerte y puedo cumplir en la intimidad sin pasar vergüenza. Perdone mi atrevimiento, pero prefiero ser sincero.

Con nuestras pensiones podríamos disfrutar la vida y darnos los gustos que nos apetezcan.
A veces, sueño que estamos los dos en mi casa -es más grande que la suya- y mientras usted está en la cocina, yo pongo la mesa. Luego nos sentamos en el sofá a ver una película o algún programa, como “El Intermedio“, que a usted tanto le gusta. 
Adela, no tome a mal esta carta y piense en lo que le propongo.

A sus órdenes, para lo que usted guste. Su rendido admirador,
Matías.

* * *

Matías:

Contesto su carta porque soy educada; y espero que sea la primera y última que me escriba.

Ha observado bien mi cambio, pero le ha faltado vista para notar el más importante: el interior. No soy la misma de los últimos años. He recuperado mi personalidad, mi libertad, el entusiasmo por las cosas que me interesan. Hago lo que quiero, cuando me da la gana. No estoy atada a horarios ni a obligaciones, como cuando estaba casada. Dejé de ser la cocinera, la lavandera, la contable, la enfermera, la psicóloga. Porque eso esperaba  mi marido de mí y fui educada para complacerle. Como ocurre con la mayoría de los matrimonios de nuestra generación.

¡Pero se acabó! Ahora soy yo, Adela. Disfruto cada día de lo que quiero hacer: cantar, bailar, ir al cine o al teatro, merendar en el centro con mis amigas. Hasta soy una mujer más culta. Sí. Asisto a un taller de literatura y he recuperado el placer de leer. ¡Ni se imagina lo que se aprende con los buenos libros!

¿Se cree que voy a cambiar esto por lo que usted ofrece?

Lo que está buscando es una chacha. ¡Contrátela! Hay muchas mujeres inmigrantes que no tienen más remedio que hacer este trabajo por un escaso sueldo. Llame a una y trátela bien, por favor.

Adiós.
Adela

P.D. Y eso de que va bien vestido... ¡Por favor! Su ropa es horrible. ¡Modernícese, hombre! Por fuera y por dentro.
Por Elsa Fías