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domingo, 27 de mayo de 2012

Poemas

1

Lobos de amores afilados
 desgarramos con besos y caricias
 los cuerpos perplejos de madrugada.
 Absortos en nuestra inconsciencia
 vehementes en el abismo.

¿Haikus?


 Al paso del tren
 torcaces tras las nubes
 prendidas del gris.


Alma de roca
 la ciudad del nómada
 arena sola.


Andrés Orellana
 Vía peregrina
 camino con la verdad
 Quijote audaz.

lunes, 26 de marzo de 2012

En el profundo océano

Me llamo Anxo. Anxo Caldeira y soy marino. Desde bien chico llevo faenando en los caladeros de este mar bastardo y terrible que es el Mar del Norte. Veinte años luchando un día sí y otro también, apelando a la buena suerte y a todos los santos que me son conocidos.

Fue un golpe de mar. El barco se inclinó violentamente sobre un costado. Cada uno se agarró donde pudo. Yo me lancé, desesperado, hacia uno de los cabos de la red de arrastre. Fallé. Caí al mar y al momento supe que estaba perdido si mis compañeros nos se habían percatado de mi caída. 

Grité, agite los brazos; continúe gritando no sé durante cuánto tiempo, hasta que el pesquero se convirtió  en un pequeño bote en la lejanía. El frío se dió prisa para morderme todo el cuerpo. Pronto llegaría el final. Cerré los ojos y me deje llevar por las olas. Me subían y me bajaban como en un tobogán diabólico. Subir, bajar... bajar, bajar. Me hundía lentamente. Notaba como el agua encharcaba mis pulmones. Cómo me costaba respirar cada vez más. El roce de algo me hizo abrir los ojos. En la negrura de aquellas aguas abisales me vi reflejado
–mi rostro de tiza congestionado, mis ojos enormes de espanto-  en una criatura translúcida que irradiaba una luz irreal impropia de aquellas profundidades. La criatura, o lo que fuera, se adhirió a mí, y de inmediato dejé de jadear, de dar bocanadas de ahogado. Mi boca y mi nariz se acostumbraron al agua marina y empecé a respirar con normalidad. La normalidad de respirar como los peces. 
No tuve tiempo de asimilar mi nuevo estado, el extraño ser empezó a moverse. Más bien se entregaba al albur de la corriente. Y yo con él. De forma natural, como algo aprendido hacía mucho tiempo, avanzaba por el mar profundo teniendo como guía la luminiscencia del ente que me salvó la vida.
Perdí la noción del tiempo surcando aquellas aguas, hasta que llegamos a una enorme grieta. Como un tajo mortal dividía una colosal masa de piedra que se elevaba amenazante delante de nosotros. En su interior, la criatura me abandonó. Se desprendió de mí, dejándome sobre una plataforma de dura roca. La oscuridad era total. Yo seguía sereno y tranquilo, a gusto con mi nuevo estado. Poco a poco, una tenue luz empezó a adueñarse del recinto y mis ojos se fueron acostumbrando a la claridad recién venida.
Era una gruta monumental. Una inmensa bóveda se elevaba hacia las alturas labrada en roca viva. Miré a mi alrededor. No estaba solo. Estaba rodeado de gente, seres humanos como yo. En grupo, por parejas, solos. Todos atareadas, haciendo diversas labores. Fui avanzando, incrédulo. Me sonreían cuando se fijaban en mí. Con asombro reconocía a algunas de aquellas personas...
Allí estaba el viejo Celso, sentado en un rincón, tallaba primorosa pipas de espuma de mar. El viejo y terco Celso. Salió un día con su pequeña barca, a pesar de la galerna que se cernía amenazadora. Reparando unas redes reconocí a Lucía, “la loca de Muxía”. Una mañana fría de marzo se metió en el mar hasta que la cubrieron las olas. A su lado, tensando los hilos de la urdimbre, estaba Martiño, el “percebeiro” de Paio. Desapareció una tormentosa madrugada entre las rocas negras de percebes. 
Han pasado días, semanas, meses. El tiempo transcurre tranquilo, casi monótono. Ahora me dedico a tallar grandes mascarones de proa. Madera no me falta. Restos de naufragios hay por toda la gruta.
Solo cuando allá arriba, en tierra, los días son brumosos y el mar se confunde con la costa, podemos subir y pasear por el litoral o caminar al interior en busca de algún pueblo o aldea. A veces, también, vamos en procesión con la “Santa Compaña”.

                                                                         Andrés Orellana

viernes, 16 de marzo de 2012

Cartas de amor (VII)

Estimada señora: la amo. Perdone mi atrevimiento, pero en estas dos palabras se encierra toda la verdad del mundo. No hay más.

Es imposible no enamorarse de usted. Imposible resolver el jeroglífico de su mirada, alcanzar a comprender el indescifrable pulso de su corazón. Lleva consigo un enigma aún por descubrir. En su interior se esconde una ecuación mil veces resuelta y mil veces distinta.
Señora, la amo. Es usted mi desconocida habitual. Su presencia ocupa todos mis días turbando mis sentimientos. El misterio la rodea arropándola, no dejando ver su verdadera naturaleza y el desconocimiento de su auténtico ser es lo que obnubila mi pensamiento, dejándome rendido y exánime a sus pies.
             
                                                       Este que la ama, suyo afectísimo
                                                       Enrique Cifuentes, su marido
                                                       (ése al que usted llama “mi osito”) 

                                                       
 * * *

 A mi osito

Te quiero. Qué cosas me escribes. Siempre has sido un romántico empedernido. ¿Todavía soy un misterio para ti? Me alegro. Tú, en cambio, siempre me has resultado diáfano y transparente. Te has mostrado como el más bello de los poemas, sin dobleces ni significados ocultos. Un poema claro y directo. Directo a este corazón que me tienes secuestrado. Y que no quiero liberar. Quiero vivir siempre con este “síndrome de Estocolmo”, añorar tus besos, tus caricias, cuando no estas a mi lado.

                                                                            ¡Osito, te amo!
                                                                            Tu osa, raptada de amor.

                                                                             Andrés Orellana

jueves, 9 de febrero de 2012

Museo de Antiguos

Hoy me levanté triste. Bueno, exactamente melancólico. Y tengo que trabajar. Preparar otro viaje para seguir aumentando la colección. Un museo tiene que renovarse constantemente, ir adquiriendo nuevas obras.

Así que, atendiendo a mi estado de ánimo actual, he pensado en Pessoa, la saudade y todo eso. Fernando Pessoa sería una buena adquisición para la Sala de los Olvidos. Junto a Marcel Proust, Thomas Mann... En la computadora central reúno toda la información necesaria para el viaje: biografía del abducido, época, sus costumbres. Y lo principal, buscar el vehículo adecuado para la travesía. Cada persona requiere de un transporte distinto, diferenciado. Así, ahora que recuerde, en el caso de Pablo Neruda me serví de un gran mascarón de proa en forma de sirena, precioso.

Ha sido fácil. Un par de horas delante de la pantalla del ordenador. La nave de tránsito en esta ocasión es sencilla. Me pongo un gabán negro con su sombrero a juego. En una mano el paquete con otro gabán, para el regreso con el abducido. Ajusto las coordenadas y pulso uno de los botones del abrigo; todo desaparece.

Lisboa esta linda en este tiempo del año. Es primavera y el aire corre suave trayendo el aroma salobre del puerto, allá abajo. Estoy apoyado en el escaparate del café “A Brasileira”. Enfrente de mí, sentado ante un minúsculo velador, esta Pessoa. Toma notas en una libreta de ante negro. Sobre la mesa una taza de café y un vaso de agua. Me acerco decidido. Se sorprende, le he sacado de su ensimismamiento. Me presento como fadista, un modesto cantor de fados, que admira al maestro de la saudade. Abro el envoltorio que llevo y le muestro el abrigo. Le pido que se lo pruebe. Es un regalo de todo corazón para el mejor escritor portugués.
Fernando Pessoa se cohibe, declina el obsequio. No cree merecerlo. Insisto. Al final accede a ponérselo. Ya está. Se contempla con él, ajeno a la situación que he provocado. Me acerco con intención de darle un abrazo y aprieto uno de los botones del gabán. Pessoa desaparece.

De vuelta al laboratorio, lo primero es borrarles los recuerdos. Un periodo de aislamiento en la Cápsula de la Desmemoria; a continuación pasan a la Sala de Reubicación, donde se les prepara la mente para su nueva situación. Y de aquí salen ya listos para formar parte del Museo. En total unos 30 días para que el público pueda disfrutar de la creación literaria en vivo.
Las autoridades de Ciudad Central se maravillan por el realismo de mis criaturas. Y me instan para que les revele las complejas maquinarias que gobiernan a mis androides. Androides, ¡ja!, si supieran...

Andrés Orellana