jueves, 26 de enero de 2012

Breves pitanzas...

EL NACIMIENTO DE LA COL
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.



-Eres bella.
-Lo soy, dijo la rosa.
-Bella y feliz -prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma.
Pero...
Pero?...
-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Esos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco...


La rosa entonces -tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

-Padre -dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?
-Sea, hija mía -contestó el Señor sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col.



Rubén Darío (Cuentos completos)
TRAGEDIAMaría Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.

Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que,meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.


Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.


Vicente Huidobro (Obras completas. Tomado de: Brevísima relación)

 

EL MANDARIN
Yo había perdido la gracia del emperador de China. No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.


Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el debelamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado a los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilentes. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

José Antonio Ramos Sucre (Las formas del fuego)

CUENTO CUBANO
Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, tétanos, influenza,' también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruegos a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criaturita que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde en vez de una niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.


Guillermo Cabrera Infante (Exorcismos de estilo)

 

TABÚ
El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
-¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.

Y muere.
Enrique Anderson-Imbert (Las pruebas del caos)

 

HABIA UNA VEZ [1]
Había una vez un cuento de nunca acabar que también empezaba así: Había una vez...


José Emilio Pacheco (La sangre de Medusa)

DOLORES ZEUGMATICOS
Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera
negra.


Guillermo Cabrera Infante (Exorcismos de estilo)

VENGANZA
Empezó con un ligero y tal vez accidental roce de dedos en los senos de ella. Luego un abrazo y el mirarse sorprendidos. ¿Por qué ellos? ¿Qué oscuro designio los obligaba a reconocerse de pronto? Después largas noches y soleados días en inacabable y frenética fiebre. Cuando a ella se le notaron los síntomas del embarazo, el padre enfurecido gritó:

-Venganza.

Buscó la escopeta, llamó a su hijo y se la entregó diciéndole:

-Lavarás con sangre la afrenta al honor de tu hermana.

Él ensilló el caballo moro y se marchó del pueblo, escopeta al hombro. En sus ojos no brillaba la sed de venganza pero sí la tristeza del nunca regresar.


Ednodio Quintero (La muerte viaja a caballo)

OFICIO NARRATIVO
Siempre he querido escribir una gran novela. La historia de un hombre que se despierta y va al espejo y ve su rostro insípido, simple, animal. La historia de la historia de un hombre en un espejo tan profundo como la gloria de una ballena muerta.


Entonces me levanto, decidido a escribir, voy al baño y ¡ah! un espejo.


Alberto Barrera (Edición de lujo)
EL SAPO
Salta de vez en cuando, sólo para probar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.


Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él, es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.
Juan José Arreola (Bestiario)

miércoles, 25 de enero de 2012

Condumio de hiperbreves (I)

AUGUSTO MONTERROSO:
“Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho".
La Oveja negra y demás fábulas, 1969
 
ALEJANDRO JODOROWSKI:  
"El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro".

JOSÉ DE LA COLINA:
“Ardiente” (35 palabras)
¿Quieres soplarme en este ojo? -me dijo ella-. Algo se me metió en él que me molesta.
Le soplé en el ojo y vi su pupila encenderse como una brasa que acechara entre cenizas.
 
EUSEBIO RUVALCABA:
“El melómano”
Compra discos, lee biografías de músicos, colecciona programas de mano. Por sus venas circula música. Y muchas veces ama aun más la música que los propios músicos. Pero llora en vez de tocar.
 
ADOLFO BIOY CASARES:
“Post-operatorio”
-Fueran cuales fueran los resultados -declaró el enfermo, tres días después de la operación- la actual terapéutica me parece muy inferior a la de los brujos, que sanaban con encantamientos y con bailes.
 “Para un tesoro de sabiduría popular” (33 palabras)
Me dice la tucumana: “Si te pica una araña, mátala en el acto. Igual distancia recorrerán la araña desde la picadura y el veneno hacia tu corazón”.
 
JAIRO ANÍBAL NIÑO:
“Cuento de arena” (33 palabras)
Un día la ciudad desapareció. De cara al desierto y con los pies hundidos en la arena, todos comprendieron que durante treinta largos años habían estado viviendo en un espejismo.
 
JAIRO ANÍBAL NIÑO:
“Fundición y forja” (33 palabras)
Todo se imaginó Superman, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido, serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.
 
POLI DÉLANO (Chile):
“A primera vista” (32 palabras)
Verse y amarse locamente fue una sola cosa. Ella tenía los colmillos largos y afilados. Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.
 
MÓNICA LAVÍN (México): “Motivo literario” (32 palabras)
Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas.
Retazos, 1996

JULIO CORTÁZAR (Argentina): “Amor 77” (31 palabras)
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
Un tal Lucas, 1979 
 
MARCO DENEVI (Argentina): “Don Quijote cuerdo” (31 palabras)
El único momento en que Sancho Panza no dudó de la cordura de don Quijote fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho) gobernador de la ínsula Barataria.
Parque de diversiones, 1970 
 
ANA MARÍA SHUA (Argentina): “69” (30 palabras)
Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.
La sueñera, 2ª ed., 1996 
 
ALEJANDRO JODOROWSKI (México): 
“Misterios del tiempo” (30 palabras)
Cuando el viajero miró hacia atrás y vio que el camino estaba intacto, se dio cuenta de que sus huellas no lo seguían, sino que lo precedían.
 
CÉSAR ANTONIO ALURRALDE (Argentina): “El sillón” (29 palabras)
Se lo pasaba sentado todo el día, su trabajo al menos así lo exigía. Sólo fue necesario un impulso de sus manos en el sillón de ruedas.
 
ALEJANDRA BASUALTO (Chile): “Rosas” (29 palabras)
Soñabas con rosas envueltas en papel de seda para tus aniversarios de boda, pero él jamás te las dio. Ahora te las lleva todos los domingos al panteón.
La mujer de yeso, 1988
  
PÍA BARROS (Chile): “Trece” (28 palabras)
Me encantas, bruja, en tu vuelo nocturno. Así le dijo, lo que siempre había querido escuchar. Pero siguió de largo. Era el día de los malos augurios.
A horcajadas, 1990
 
JOSÉ DE LA COLINA (México): “La culta dama” (28 palabras)
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
    —Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo.
 
MIGUEL GÓMES (Venezuela): “Cotidiana” (27 palabras)
Tras una discusión, coloqué a mi mujer sobre la mesa, la planché y me la vestí. No me sorprendió que resultara muy parecida a un hábito.
Visión memorable, 1987
 
JORGE LUIS BORGES (Argentina): “El adivino” (26 palabras)
En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado...
 
RODOLFO MODERN (Argentina): “Del ejercicio del poder” (26 palabras)
Cuando F’ang, el conductor, se sentía fatigado tras una dura jornada de labor, descansaba tres años. Y con él todo el reino.
El libro del señor de Wu, 1980
 
EDMUNDO VALADÉS (México): “Pobreza” (26 palabras)
Los senos de aquella mujer, que sobrepasaban pródigamente a los de una Jane Mansfield, le hacían pensar en la pobreza de tener únicamente dos manos.
 
JAIME VALDIVIESO (Chile): “Cordero de Dios” (26 palabras)
- ¿Por qué vas a matarme? ¿No sabes acaso que soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo?
-Precisamente por eso.
 
JUAN JOSÉ ARREOLA (México): “Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco” (25 palabras)
Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.
Obras de Juan José Arreola, 1972 
 
MARCO DENEVI (Argentina): “Tú y yo” (25 palabras)
Leímos todo cuanto había sido escrito sobre el amor. Pero cuando nos amamos descubrimos que nada había sido escrito sobre nuestro amor.
Parque de diversiones, 1970 
 
ARMANDO JOSÉ SEQUERA (Venezuela): “Una sola carne” (25 palabras)
Tan pronto el sacerdote concluyó la frase …y formaréis una sola carne, el novio, excitado, se lanzó a devorar a la novia.
 
DAVID LAGMANOVICH (Argentina): “Equívoco” (25 palabras)
Era ciego y caminaba por la calle Florida con un bastón blanco, apoyado en el brazo de una robusta criada, pero no era Borges.
La hormiga escritora, 2004
 
CARMEN LEÑERO (México): [Sin título] (25 palabras)
La empatía entre los cuerpos lleva a una inercia de imitación: cuando salíamos apresurados del hotel, a media tarde, traías uno de mis aretes puesto.
Birlibirloque, 1987
 
JOSÉ MARÍA MERINO (España): “Cien” (25 palabras)
Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina.
 
RENÉ AVILÉS FABILA (México): “Euclideana” (24 palabras)
En una ciudad actual la distancia más corta entre dos puntos no es la recta: es el zigzag que nos evita los semáforos .
 
TRIUNFO ARCINIEGAS (Colombia): “Pequeños cuerpos” (24 palabras)
Los niños entraron a la casa y destrozaron las jaulas. La mujer encontró los cuerpos muertos y enloqueció. Los pájaros no regresaron.
 
JOSÉ DE LA COLINA (México): “Una mecenas” (24 palabras)
La hermosa y sensual señora se acostaba con los jóvenes escritores nacionales para mejorar la calidad de la nueva literatura erótica mexicana.
 
MARCO DENEVI (Argentina): [Sin título] (24 palabras)
Lo sé -decía el escritor honrado-. He escrito la mitad de lo que quería escribir y publicado el doble de lo que debí publicar.
Parque de diversiones, 1970
 
ALEJANDRO JODOROWSKI (México): “Calidad y cantidad” (24 palabras)
No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga.
Sombras al mediodía, 1995
 
ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEFF (Argentina): “Las alas” (24 palabras)
Tres veces soñó que le ponían alas; se propuso no soñar como niño o como beata, y se fue, dormido, sin alas.
Microrrelatos, 1998
 
LUISA VALENZUELA (Argentina): “Escribir” (24 palabras)
Escribir escribir y escribir sin ton ni son es ejercicio de ablande. En cambio el psicoanálisis no, el psicoanálisis es ejercicio de hablande.
Libro que no muerde, 1980
 
LUIS MATEO DÍEZ (España): “El sueño” (23 palabras)
Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.
 
JUAN JOSÉ ARREOLA: “El mundo” (23 palabras)
Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.
 
ADOLFO BIOY CASARES (Argentina): “Gran final” (23 palabras)
El viejo literato dijo a la muchacha que en el momento de morir él quería tener un último recuerdo de lujuria.
Guirnalda con amores, 1959
 
MARCO DENEVI (Argentina): “El Cid y Jimena” (23 palabras)
Se amaron después de tantas dificultades que en el lecho nupcial les pareció que amarse no valía gran cosa.
Parque de diversiones, 1970
 
MARCO DENEVI (Argentina): “Monólogo de Calígula” (23 palabras)
Si yo, el primero de todos, soy lo que soy (una bazofia), ¿qué puedo esperar del resto de los romanos?
Falsificaciones, 1969 
 
FELIPE GARRIDO (México): “Fracaso” (23 palabras)
Subir al tercer piso le toma cincuenta y ocho segundos. Decide terminar. Abre la puerta. Naufraga en sus ojos, color de miel.
 
ORLANDO ENRIQUE VAN BREDAM (Argentina): “Las últimas noticias” (23 palabras)
Serán aquellas que escucharemos o leeremos poco antes de morir, poco antes de convertirnos, también nosotros, en una mala noticia.
La vida te cambia los planes, 1994
 
GONZALO CELORIO (México): “Mercado” (22 palabras)
Señora, si usted tuviera idea de mi soledad, no me exigiría que comprara cinco pesos de perejil: me vendería diez centavos.
 
ORLANDO ENRIQUE VAN BREDAM (Argentina): “Derecho” (22 palabras)
-Yo te voy a sacar derecho, mocoso -le dijo mi vecina al hijo y le dobló la espalda con los golpes.
Las armas que carga el diablo, 1996
 
MARCO DENEVI (Argentina): “Paolo y Francesca” (21 palabras)
El Infierno se les antoja un Paraíso porque al menos están exonerados del tormento de callar su amor.
Parque de diversiones, 1970
 
LUIS FELIPE HERNÁNDEZ (México): “Escena conyugal” (21 palabras)
Lanzaba con presteza uno tras otro los cuchillos a su mujer, quien los recibía con el trapo para secarlos.
 
ORLANDO ENRIQUE VAN BREDAM (Argentina): “Preocupación” (21 palabras)
—No se preocupe. Todo saldrá bien —dijo el Verdugo.
—Eso es lo que me preocupa —respondió el Condenado a muerte.
La vida te cambia los planes, 1994
 
RENÉ AVILÉS FABILA (México): “El harén de un tímido” (20 palabras)
Como temía decirles que no, opté por conservar a todas las mujeres que he amado.
Cuentos de hadas amorosas, 1990
 
GUILLERMO CABRERA INFANTE (Cuba): “Dolores zeugmáticos” (20 palabras)
Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.
Exorcismos de estilo, 1967

lunes, 23 de enero de 2012

El pequeño John

Se cuenta que, allá por finales del siglo XVIII, en el Condado de Perthshire, en Escocia, vivía una humilde familia.  La madre, viuda,  trabajaba de sol a sol en las tierras de los señores del condado, a cambio de sólo unas pocas viandas y una humilde casa donde cobijarse.  Su hija Caroline, con diez 10 años, atendía las labores del hogar y cuidaba de la comida.  John, de 12, tenía encomendada la tarea de aportar algo de dinero en metálico a la familia.  Ayudaba al herrero, limpiaba chimeneas, o llevaba encargos de los artesanos de la zona.

Una mañana Frank, el carpintero, le mandó llevar una silla al castillo de Menzies.  John  la observó y dijo: “Pero si esta silla no está acabada”. “Tú limítate a entregarla y cierra la boca, que para eso te pago”-le dijo Frank. Y se fue sin rechistar.

La silla tenía de respaldo alto y reposa brazos, estaba hermosamente tallada y trabajada, pero sus patas eran cuatro estacas puntiagudas, con lo cual su acomodo en el suelo resultaba imposible.

Pensando en su utilidad inverosímil se encaminó hacia el castillo.  Había oído hablar de su propietario, Sir Robert  Blood, y de su mansión, pero jamás los había visto.  Tomó el camino de Canninham y comenzó a adentrarse por él en el bosque de Birnam. La mañana era plomiza y el sol no llegaba a romper su atadura de nubes.  La niebla envolvía a los árboles matizando su intenso verdor. El tiempo parecía detenido, y el aire espeso y húmedo se respiraba con dificultad. Flotaba un silencio irreal y los animales parecían haber huido. Sólo el sonido de sus pasos rompía esa calma inquietante.  Algo marchaba mal, su corazón se aceleró, su andar se precipitó y pronto se encontró corriendo como poseído, huyendo de aquel vaho silencioso que le asfixiaba.

Jadeante, llegó al final del bosque, pero lo que sus ojos vieron no le alivió, sino que le sobrecogió aún más.  En lo alto de una pequeña colina se alzaba el castillo de Rochester, gris, desvencijado, marchito, siniestramente tenebroso. El tímido sol estaba transformando la niebla en vaho, convirtiendo al castillo en una edificación surgida de la nada.  El miedo anidó en sus huesos, quiso retroceder, pero escuchó algo que le magnetizó y cautivó. Era una cancioncilla dulce y repetitiva y su sonido le hizo olvidar la zozobra que hasta ese momento  había sentido. Avanzó hacia su origen, que no era otro que el interior del castillo. 

Llegó al umbral de la puerta, la música le llegaba con más intensidad y nitidez desde el interior.  Estaba tan absorto con su sonido que creyó morir cuando escuchó: “¡¿Qué haces aquí, muchacho?!”  Al mismo tiempo que un golpe fuerte y seco le aplastaba su hombro derecho.  Levantó la vista y se giró lentamente. Un hombre alto y delgado, muy delgado, le miraba desde arriba.  Tenía unos ojos negros como el abismo, pómulos huesudos, nariz larga y arqueada, y su boca, de labios finos, se crispaba en un rictus amenazador. 

-¡Contesta de una vez! ¡¿Qué haces aquí?! - le gritó con una voz metálica, y tan grave, que un escalofrío involuntario agitó todo su cuerpecito. 
-Yo… yo… la silla… el carpintero…-balbuceo John. 
-Umm… la silla… sí... Sígueme -se relamió el hombre y abrió la puerta con sus huesudas manos, que eran como crepitantes sarmientos.

Caminó tras su levita negra, ajada y polvorienta, con puños y solapas de un color granate deslucido por el tiempo. Traspasó habitaciones y pasillos cegados por gruesos cortinajes de indefinible color.  Hacía frío.  Su aliento se materializó en el aire. La música había dejado de sonar y él volvía a sentir miedo. Llegaron a una especie de leñera con el piso de tierra.  En el centro de la estancia estaban horadados cuatro orificios de pequeño diámetro.

-Introduce ahí las patas -le dijo el hombre secamente, y las cuatro estacas encajaron a la perfección.

Entonces, Sir  Robert colocó una manta encima de los reposa brazos y con una maza asestó unos cuantos golpes certeros, clavando la silla al suelo. 

-¡Siéntate! -le ordenó.
 
El frío atenazaba los huesos de John, el miedo, su razón. La musiquilla empezó a sonar de nuevo y un calor y un bienestar interior le inundaron.  Obedeció sin ser consciente de ello y, cuando quiso reaccionar, la música ya no sonaba y estaba sentado en aquella silla imposible e inquietante.

- Muy bien muchacho, así me gusta, ¿cómo te llamas?
- John, señor -dijo con un hilillo de voz. 
- Muy bien, pequeño John, ahora nos vamos a divertir -y dejó escapar una sonrisa ácida y canina; fue entonces cuando el chico vio cómo brillaban unos colmillos largos y afilados, y el terror se apoderó de él.

Quiso moverse, pero sus miembros no le respondieron, quiso gritar, pero su boca no se abrió.  Entonces observó cómo de las patas de la silla crecían unas raíces gruesas y retorcidas que subían por sus piernas, se enrollaban por todo su cuerpo y le envolvían en un abrazo mortal. 

Miró a Sir Robert y le pareció un animal antes de lanzarse sobre su presa. Sus ojos negros estaban ahora enmarcados en rojo, su mentón se había alargado, su nariz achatado y su boca era una sucesión de dientes enormes flanqueados por unos horribles colmillos.  

Se abalanzó sobre él e hincó los colmillos en su cuello. John sintió un dolor espantoso y un odio feroz se apoderó de él.  El miedo desapareció y trajo una intensa furia.  Al instante las lianas que lo atenazaban desaparecieron liberando todos sus miembros. Con su rodilla izquierda le asestó un golpe en la entrepierna y de un empujón se zafó de él.  Buscó la salida y, en una huida atropellada pero certera, consiguió salir de aquella tumba pétrea y tenebrosa.

Llegó al bosque de Birnam sin aliento, se paró y miró atrás. Allí estaba el castillo, igual de gris y amenazante. Nadie le seguía. Estaba confuso. Aún resonaba la música en su cabeza, aquella canción le había llevado hasta allí y le sojuzgó a los deseos de aquel hombre horrible. Recordó cómo las raíces le habían fijado a la silla, y sintió el miedo que precedió a esto. También cuando el miedo dio paso al odio, sentimiento que le insufló el valor que necesitó para escapar. 
   
- ¡Maldito mueble del diablo! -dijo en voz alta, mientras se percataba que fue su miedo el que había regado y hecho crecer aquellas lianas mágicas. Si lo hubiera sabido no habría pasado nada de esto.

Y mientras elucubrada todo lo acontecido se fue internando de nuevo en el bosque. A la vuelta de un recodo del camino apareció una ardilla. Descuidada, comía una piña de espaldas a John.  Éste, sin pensarlo, se abalanzó sobre ella, la atrapó y allí mismo, en el suelo, le hincó sus dientes, absorbiendo la roja sangre que de su cuello manaba. Satisfecho su instinto, se deshizo de ella y siguió su camino.

Nunca más le volvieron a ver.

Raquel Ferrero

miércoles, 18 de enero de 2012

¡Desgraciada casualidad!

“Otro niño muerto en extrañas circunstancias. Tres semanas, siete fallecidos”. El escueto titular del veintinueve de junio de mil novecientos sesenta y uno en ‘La Voz del Sur’ informaba de una nueva desgracia y reabría la espita del misterio.

Mariuca está cenando con sus padres y hermanos. Escucha atentamente todo lo que se habla en la mesa. Sus padres comentan las extrañas muertes de niños y niñas, de una edad parecida a la suya, que se están produciendo desde hace tres semanas. Últimamente, casi todos los días se habla de ese tema; en los colegios, también. 
 -¿Pero por qué se mueren? ¿Por qué? –pregunta la chiquilla con voz temblorosa.
 Javi, más mayor, también demanda apresuradamente nuevos detalles.
 -¿Todavía no se sabe nada nuevo? Dicen que en las autopsias no han encontrado ningún veneno y que parecen haber muerto de terror. ¿Es que se puede morir de miedo?
 -Bueno, calma, calma –pide el padre- lo cierto es que ni los periódicos ni la radio aclaran nada y la gente no sabe ya que inventar… Es todo muy misterioso. En cualquier caso, es necesario que tengáis cuidado.
 -Pero de qué, papá, cuidado de qué. Yo no sé de qué tengo que tener cuidado –interrumpe, hablando a trompicones la muchacha, con un tono en el que parece adivinarse una congoja infinita.
 -Ven Mariuca, ven conmigo –y la sienta en sus rodillas mientras le acaricia las trenzas rubias. Sólo estamos diciendo que debéis ser precavidos, no hablar con extraños, no beber o comer fuera de casa. Todas las precauciones son pocas, ¿entiendes? Pero no debes tener miedo. Tu madre y yo, y tus hermanos también, estamos para protegerte. Si notas algo raro, nos lo dices enseguida, ¿eh? Y vamos a cambiar de tema porque seguro que en dos o tres días se aclara todo –concluye decidido mientras hace un gesto para que los demás le secunden y no asusten más a la pequeña.
-Claro Mariuca -remacha la madre. Ya verás como todo se va a resolver pronto. Y ahora, a dormir que ya es muy tarde y mañana tienes que levantarte pronto para ir al colegio. Yo te acompañaré.
Mariuca da las buenas noches y marcha despacio a su habitación. Enciende la tenue luz antes de pasar y mira detrás de la puerta nada más hacerlo. No hay nadie. Se dirige al armario sigilosamente, abre con gesto rápido una puerta y separa la ropa, cierra y abre la otra puerta. Sus pupilas dilatadas recorren el armario. Se oye un ahogado suspiro y su voz trémula: “aquí tampoco hay nadie”. Parece titubear mirando hacia la cama, pero empieza a andar tambaleándose y las manos le tiemblan cuando se decide a levantar la colcha y mirar agitadamente por debajo y, horror, allí está, unos ojos relampagueantes y felinos la observan y ella permanece inmóvil, estatua de piedra que acierta a inspirar y espirar dificultosamente hasta el momento en que aquellos ojos se abalanzan en la negrura y unas uñas se clavan en su cara y unos dientes en sus ojos, tan azules y claros. Ni un lamento, ni un grito, su cuerpecillo ha caído con un pequeño golpe sordo al suelo.
La madre acaba de recoger todo y cuando apaga la luz para dirigirse al dormitorio descubre la tenue claridad que escapa por la rendija que deja la puerta entreabierta de la habitación de la niña.
“Vaya, pobre criatura, tienen tanto miedo que no ha apagado la luz”, se dice a sí misma en un susurro. Pero cuando abre despacio la puerta, la niña no esta en la cama y ella se lanza al interior gritando loca: “¡Mariuca, Mariuca, Mariuca!”. El último Mariuca ya es un grito desgarrador.
Toda la familia está ya a su lado, todos pueden contemplar con horror y estupor la cara desfigurada de la niña, con las heridas en los ojos y la boca entreabierta. Un débil soplo de viento agita los visillos que cubren parcialmente la ventana  y deja que se cuele el frescor de la noche. La madre, al sentirlo, se gira pausadamente y su mirada a través del cristal entrecerrado ve, enmarcada a contraluz por la claridad de la luna, la silueta de un gato, alejándose rauda sobre los tejados de enfrente.

La prensa del día siguiente da cuenta del desgraciado suceso, pero aclaran, seguramente para que el pánico no cunda entre la población, que en este caso, las circunstancias parecían estar claras y deducían que la niña había muerto a consecuencia del susto que le había dado un gato, seguramente rabioso o trastornado, que se habría colado por la ventana abierta de su habitación y la había atacado a juzgar por las heridas que presentaba. El gato no había sido encontrado todavía.

Por Olimpia Benito

lunes, 16 de enero de 2012

Nuevas especialidades sanitarias

-Señorita, ¿me puede atender, por favor?
-Un momento, póngase en la fila, ahora le atiendo.
-Es sólo una pregunta…
-Ya me imagino, ¿para qué se cree que están esperando los demás? ¿Para pedirme un autógrafo?
-¡Oiga, a mi usted no me falta el respeto!
-El respeto nos lo está faltando usted a nosotros que llevamos aquí ya un buen rato
-dice la señora oronda que está con su marido en la fila de Información.
-Yo no me quiero colar, no me hace falta, yo sólo quiero saber dónde está la consulta del eurólogo.
-Será el neurólogo, el de la cabeza -le pregunta la señorita del mostrador.
-Oiga, yo no estoy mal de la cabeza y le digo que vengo al eurólogo, ¿o es que me está diciendo que no sé a dónde vengo?
-Bueno, venga, enséñeme los papeles,
-¿Qué papeles?
-El volante del médico.
-A mi no me han dado ningún papel, sólo me han llamando y me han dicho que venga hoy a las 11,30.
-¿Al neurólogo?
-No, ya le he dicho que vengo al eurólogo.
-Mire, esa especialidad no existe, ¿puede ser el urólogo, el de la próstata?
-Que no, hombre, que no.
-Bueno, pues dígame por qué viene al médico, qué le duele.
-A mi me duele todo.
-Bueno, pero algo le dolerá más, ¿no?
-Mire, a usted no tengo por qué decirle lo que me duele, usted dígame donde está el eurólogo y punto.
-¡Pero bueno, encima de que se cuela, se enrolla! Acabe ya o póngase a la cola. Seguro que viene al de la cabeza porque no se entera de nada -apunta la señora oronda.
-¡A mi no me dice usted eso, tía gorda asquerosa! -grita el señor acercándose a su cara.
-¡Pepe, mira lo que me ha dicho este viejo descerebrado!
-A mi no me metas, Juana, que has empezado tú primero.  Mejor  miramos el cartelito a ver si dice dónde está el humólogo.

Por Raquel Ferrero

La tormenta

La tormenta se desencadenó de repente. La sucesión de truenos y relámpagos que alternaban con ráfagas de viento doblaban las ramas de los robles que arrojaban hojas muertas y enormes gotas de lluvia fría sobre sus rostros.

Las tres mujeres, desperdigadas por la acción del aguacero y el fuerte temporal, alcanzaron un muro de piedra iluminado por los resplandores previos a los aterradores truenos. La tempestad apareció exactamente sobre ellas, y al otro lado de la valla, anclada en mitad de un claro del bosque, surgió una enorme casa cuyos ventanales franceses estaban débilmente iluminados. 

Agotadas por el cansancio, el agua y el frío, habían perdido la confianza de encontrar un lugar donde cobijarse; entonces un nuevo relámpago iluminó el camino hasta la mansión. Estaba rodeada por una elevada verja de hierro coronada con lanzas inhiestas hacia el cielo y decorada con imágenes de gárgolas grotescas.

Descoordinadas por la desesperación, empujaron la puerta de la cancela con todas sus fuerzas pero no consiguieron moverla lo más mínimo. En un segundo esfuerzo, arrancaron del pesado metal el hueco suficiente para pasar y la chirriante protesta del gozne abandonado hace ya decenas de años.

Se dirigieron corriendo al umbral de la puerta mientras el aire susurraba voces a su alrededor. El ulular del viento era ensordecedor, batía con fuerza contra los cristales y el agua helada caía sobre ellas como cortinas de pesada cretona,  dejándolas exhaustas y confundidas.
 Las jóvenes habían salido de excursión antes de su separación al terminar el curso. Salieron al Pico Telégrafo y unas pocas horas después se encontraron en el centro de una borrasca, en mitad del campo y frente a una casa que nunca habían visto, pese a que antes pasaron por allí en múltiples ocasiones. 

Marifé tenía pesadillas. Había soñado muchas veces que se encontraba perdida en mitad de una ventisca y una sombra, vestida con capa negra, la perseguía. Se despertaba en mitad de la noche, empapada en sudor, mojada como recién rescatada de un chaparrón. Tenía mucho frío y se encontraba en mitad de un claro del bosque donde de la nada surgió una vieja mansión. En el umbral, una figura de negro les esperaba, haciéndoles señas con sus manos.

Al alcanzar el voladizo que cubría la puerta de entrada, ya a salvo del agua, percibieron que el ruido era aún más ensordecedor. Las ramas batían al compás del viento que producía un agudo sonido que aumentaba su desconcierto.  Para su completa sorpresa, cuando llegaron a la puerta no había nadie. La aporrearon con las amoratadas manos por el frío, y la puerta sencillamente se abrió.
Un fuerte hedor a putrefacto les asaltó. Marifé no quiso entrar. En su mente perduraba la imagen de la sombra de sus sueños, pero Esperanza la convenció. También ella había tenido oscuras pesadillas. La última noche se la había pasado sentada frente a una chimenea francesa de la que salían lenguas de fuego y volutas de humo negro que se convertían en horribles gárgolas que la devoraban una y otra vez.
Al cruzar el umbral escucharon el crujir de la madera bajo sus pies. Avanzaron en penumbra por un pasillo  de oscuras paredes hasta llegar a un salón.
-¡Eh, los de la casa!, ¿hay alguien? – llamaron para avisar a los posibles habitantes.
Sólo respondió el viento que bisbiseaba voces ininteligibles entre los pasillos y la vieja madera que se quejaba por todas las paredes del caserón. Avanzaron por el corredor hasta una amplia estancia en la que el fuego del hogar llenaba las paredes de sombras en movimiento.
-¿Hay alguien?, señor, ¿nos puede ayudar? -vociferaron una y otra vez, pero ningún ser humano les contestó.

Caridad vio que unos ojos de pupilas alargadas reflejaban la luz de un relámpago. Ella no tenía pesadillas, no soñaba, no descansaba, no podía dormir. Le hubiera gustado, pero su insomnio no se lo permitía. Su vida nocturna le había llevado a desarrollar una intensa vida interior, pero también sus fantasmas. No le gustaba la noche, se sentía sola y todos sus miedos acertaban a visitarla en todas sus formas. Cada noche, al apagar la luz, presentía que llegaban para acecharla mil y una formas, que desaparecían y aparecían al ritmo de los más inverosímiles sonidos. No soportaba los gatos, y en especial los negros; eran la premonición del mal y su mirada como la de Medusa, capaz de petrificar cualquier cosa con vida que se reflejara en ellos. Su grito disparó por simpatía las gargantas de sus compañeras. Aullaron poseídas por el terror corriendo hacia la puerta con una sola idea en mente, salir, salir, salir de allí.
Un nuevo relámpago iluminó el pasillo durante un instante. Fue tiempo suficiente para ver a una figura negra con el rostro oculto junto a la puerta. Se pararon en seco y gritaron al unísono:
-¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí? -repitieron ante el silencio.
Se dieron cuenta entonces que la tormenta había cesado de repente, tal como llegó. Ni el agua, ni las ramas golpeaban ya los ventanales. El silencio ahora era denso, profundo, todo estaba negro, los truenos habían desaparecido y para cuando quisieron mirar atrás, la llama de la chimenea se había apagado, sólo quedaban los rescoldos semiocultos bajo las cenizas. 
 Escucharon entonces el crujir de pasos a su alrededor, abrieron los ojos, tanto como fueron capaces, pero no alcanzaron a ver nada, la oscuridad era absoluta. Se buscaron con las manos, se abrazaron y se colocaron tan juntas como pudieron a la espera de su destino.
-¿Quién anda ahí? -increparon por última vez.
Esperanza respiró hondo, sacó el móvil del bolsillo y lo levantó para iluminar la estancia con la luz de la pantalla. Aquella fotografía del ser querido lo contempló antes que ellas. A su alrededor se manifestó toda una pléyade de seres deformes, opacos, translucidos  y transparentes escapados del Apocalipsis. Estaban representados todos sus demonios y todos sus fantasmas, cuernos, garras, colmillos, lenguas de fuego, animales imposibles, y todos ellos ansiosos de fresco tejido adiposo. Una horda de tinieblas encabezada por un negro gato de amarillos ojos color azufre…
Viajero, si alguna vez te sorprende una tormenta salida de la nada, no te dejes engañar por el señuelo de una casa que nunca antes estuvo allí.

Por Luis C. Castilla

jueves, 12 de enero de 2012

¿Tiemblas?

—¿Tiemblas? —Sonó el verbo como un martillazo en el cráneo de Quique, que llevaba varios minutos diluido en el enunciado de un problema de matemáticas.


Miró hacia arriba, mientras el compás desenfrenado de su pecho le asustaba, aún más, que esa inesperada pregunta que había taladrado sus oídos.

—¿No seguirás con fiebre? —continúo el profesor, con una voz ya más afinada.
—No… Bueno, todavía no me he curado del todo —rectificó, encontrando en esa pregunta una coartada para disimular la angustia que le aprisionaba—, pero creo que puedo continuar.

“Quique, márchate a casa. El próximo sábado tengo que acabar un trabajo en el colegio. Puedes venir de diez a once y haces el examen. Nadie te molestará”, le había dicho cinco días antes don Francisco en su despacho, después de acariciarle la frente y comprobar su elevada temperatura. Por el rabillo del ojo, el chico había advertido a Rodrigo, que le miraba desde el quicio de la puerta y reía con esas facciones que muestra cuando está tramando alguna perversidad.
Ahí se encontraba, una lluviosa mañana de sábado, en un viejo despacho, alumbrado con una triste bombilla, que hacía aún más tenebroso el arcaico mobiliario, en el edificio más antiguo del complejo escolar Santo Espíritu, antaño internado, donde, según Manolo, el conserje, hace décadas encerraban a los alumnos rebeldes y, cuando consumaban el castigo, habían cambiado de tal manera que nunca más volvían a desobedecer a los profesores.
Rodrigo era sobrino del capellán y, desde párvulo, se movía por los interiores del inmueble como una rata en los subsuelos de la ciudad, mordisqueando todo lo que podía, sin que su angelical zalamería pudiera delatarle. Siempre se hacía acompañar de dos cafres, que aportaban al trío la fuerza bruta. Esa sonrisa que dedicó a Quique en el despacho del jefe de estudios sólo podía significar que hoy era el día señalado para cumplir con su promesa. “Estoy esperando el momento adecuado para marcar esa carita de niña”, le había amenazado, una mañana en la que, armado de valor, le había dicho al profesor de Música que estaba harto de que Rodrigo no le dejara en paz.
Unos leves lamentos de la añeja tarima del pasillo alertaron al muchacho. Aumentaban los quejidos del suelo a la par que se le disparaban las palpitaciones del miocardio. Una mano giró sobre el cerco de la puerta, cerrando el interruptor. Quique escupió un ahogado grito.
—¿Quién anda ahí? —inquirió la femenina voz de la señorita Silvia, la bella profesora de Francés, a quien todos asociaban con los devaneos de don Francisco—. Qué susto me has dado, Quique. No sabía que estabas aquí.

El alumno no podía concentrarse en unas preguntas harto sabidas. Temía el final de la hora y encontrarse en la salida con esos desalmados. Llevaba varios días conviviendo con la congoja, más que con sus padres, que estaban casi todo el tiempo en el hospital, acompañando al desabrido tío Jacinto, que siempre le había tratado con desdén.
—Ya es la hora, Quique, márchate —ordenó el superior—. Puedes salir por la portezuela de la capilla.
El muchacho recogió los avíos con parsimonia y se dirigió, con lentos movimientos, hacia el oscuro oratorio, siguiendo con la mirada un tenue halo, que penetraba por una rendija del postigo. Separó unos centímetros la contraventana para  inspeccionar la calle y vio, en una esquina, a tres chavales, cubiertos con capuchas, charlando risueños, mientras el más grande mostraba a los otros su brillante puño.
—¡Vamos, Quique!, no te entretengas —le apremiaron desde la distancia.
—¡Adiós, don Francisco! —a punto estuvo de derrumbarse y contárselo todo, pero subió su gorro, se santiguó, abrió la puerta y, mirando al suelo,  giró raudo a la derecha.
Unos pasos surgieron a su espalda. El chico aceleró la marcha que, en pocos segundos, se convirtió en carrera, buscando el paso de cebra. Al pisar la primera raya, un chirrido brotó del asfalto.

—¡¿Qué te pasa hijo?! —gritó el padre desde la ventanilla—. Venimos a buscarte. Sube, nos vamos al pueblo. El tío ha muerto. ¿Tiemblas? Tranquilízate, llevábamos días esperándolo.
Quique, recostado en la trasera del coche, logró dilatar su ritmo cardiaco y, proyectando una sonrisa, se dijo: “¡Ya te vale, tío Jacinto! Has tenido que esperar hasta tu muerte para hacerme un buen regalo”.

Por Vicente Briñas Martín