viernes, 28 de febrero de 2014

Otra Navidad es posible

Marta detesta la Navidad, su obligado consumismo y las aparentes muestras de bondad que todo el mundo practica y que mueren apenas comienza el año. Va sentada en el autobús, el último,  ya se sabe que en este día el mundo se paraliza a mediodía. Por eso esperó, confiando en perderlo para tener la coartada perfecta y no acudir a la inevitable cena de Nochebuena. Otra vez a escuchar las ocurrencias de su cuñada, esa mujer de cuerpo convexo y lengua bífida con la que siempre acaba discutiendo entre densos vapores de resentimiento.

Intenta pensar en otra cosa. Mira distraída al resto de los pasajeros. Apenas se ha llenado la mitad del autocar. Busca caras felices y no las encuentra. Las conversaciones que escucha no son muy navideñas, precisamente. 

En el asiento opuesto al suyo va sentado un chico que enseguida despliega el ordenador y bucea por el ciberespacio. Le recuerda a sus sobrinos. A ella las tecnologías la han pillado tarde.

El vecino de asiento, Alberto, ajeno a las cavilaciones de Marta, va a pasar la primera Nochebuena con la familia de su chica. No le agrada demasiado, sobre todo la madre, que parece sacada de una película de Almodóvar, con esos peinados imposibles y esa forma barriobajera de hablar y gesticular. Pero va incluida en el lote y tiene que aceptarla para ser aprobado. Le gustaría cenar solo con su chica y olvidar a la familia. Aunque a la que realmente le gustaría conocer del variopinto universo de personajes que le ha descrito su novia es a la excéntrica tía Marta, enemiga acérrima de la Navidad. Seguramente la verá y compartirá con ella muchas aficiones.

El autobús inicia la marcha. Juanjo, el conductor, ha solicitado trabajar ese día para olvidar. Es la primera Navidad sin su Paula, el dolor es muy fuerte y quiere estar solo, trabajando. Cuando acabe la jornada, volverá cansado, se tomará un hipnótico y se meterá en la cama. 

A los pocos minutos, se oye un ruido ronco y áspero procedente del motor. Los pasajeros se alarman. Parece que atrás se ha formado una nube de humo negro y espeso. Juanjo intenta salir de la autopista para detenerse. Afortunadamente, encuentra un bar de carretera. De esos que aparecen en las películas, pequeño, familiar. Cree que la avería es importante; llama a la compañía de seguros y le contestan que en estas fechas podrán tardar más de lo normal, hay poco servicio. Se lo dice a los viajeros y entran en el local, unos quejándose, otros, diríase que reconfortados. Se distribuyen por las mesas del recinto que a esas horas están todas libres y esperan. Los dueños, una pareja de edad indeterminada y carácter afable, les traen cafés y bebida y unas tapitas y dulces, obsequio de la casa. ¡Qué fastidio! Una noche así, la familia esperando y el autocar averiado. Va pasando el tiempo y los del seguro no llegan. Entonces, la pareja del bar les hacen una oferta: ¿por qué no cenan allí? Ya es tarde, no van a llegar a tiempo y podrían pasar una Nochebuena diferente, con personas desconocidas, sin obligaciones afectivas ni familiares. A veces son la mejor compañía.

La verdad es que todos se van impregnando del espíritu de aquellos singulares desconocidos que huyen también de las fiestas y parecen haber encontrado una forma diferente de pasar por ellas.

Al poco rato están todos contando sus vidas, olvidando su dolor y alejándose de la imagen aburrida de todos los años. Es como una catarsis colectiva tras la cual todos se sienten liberados, reconfortados.

Para Marta, Juanjo y Alberto ha sido la mejor ochebuena, la más sincera que han pasado en muchos años. Cuando llega el servicio técnico todos se sienten mejor. Llegarán tarde a la cita. Pero les da lo mismo. 

Mañana será otro día. 


  1. Por Carmen Alba

jueves, 27 de febrero de 2014

Two hundred

Por fin se produjo la noticia que miles de madrileños llevábamos tiempo esperando. Se había dado portazo a las pretensiones del anciano, y asqueroso, una cualidad no quita la otra, ni la pone, pero en este caso conviven, magnate bostoniano, que quería instalar en la periferia de Madrid un Las Vegas europeo.

Ya no habría que emprender otra nueva reforma laboral que deteriorara aún más las actuales condiciones aprobadas por la reciente y nefasta legislación. Ni nos preocuparíamos por todas esas multimillonarias infraestructuras que se pondrían al servicio de ese anciasqueroso, que no sabemos si se iban a amortizar, pues había fundadas sospechas de que el pretendido negocio era un subterfugio para conseguir dinero fresco de todos nosotros, facilitado por unos gobernantes que pondrían el cazo, y así saldar las millonarias deudas contraídas por el americano allá en el lejano oriente. Tampoco habría que temer por la nómina de serviles prostitutas, por los bufones y los cuentistas que pudieran pulular por las habitaciones de los hoteles de lujo haciendo felices a los distinguidos tahúres, ni por los desalmados prestamistas que permanecerían apostados en las inmediaciones de los locales de juego, para ofrecer dinero a los desdichados ludópatas a un interés casi suicidante. Situaciones que me resultaban harto desagradables.

A las pocas semanas, escuché otra noticia que, aún siendo opuesta a la anterior, no me desagradó demasiado. Para qué mentir, dado su carácter patrio, hasta me gustó. Las autoridades regionales habían permitido, después de muchos años de prohibición, la instalación en Madrid de dos casinos, mucho más pequeños, apéndices de otros situados a más de treinta kilómetros de distancia. Pero en este caso, y eso suponía un tanto a su favor, no habría que modificar la legislación y, muy importante a mi parecer, no se iba a relajar la prohibición de fumar en locales públicos.

Escuché que uno de ellos estaba situado en un edificio histórico a unos pasos de la fuente de la diosa Cibeles. Se habían conservado todas las singularidades de la construcción original, por lo que aconsejaban su visita, aunque no fuera para jugar. Además, te ofrecían por internet entradas gratuitas para dos personas. Y hacía meses que no salía de casa más que para trabajar.

Pensé que un lunes sería el mejor día de la semana para conocerlo. Me perfumé, me vestí lo más elegante que pude -cambié el jersey por una añosa chaqueta y la cazadora por una desfasada gabardina- y me arreglé un poco el mostacho. Camino del casino, una gitana que me ofreció una ramita de romero -y yo se lo acepté a cambio de unas monedas, me sentía generoso- me auguró una noche muy dichosa. No estaba nada mal para empezar.

En la puerta del edificio, una despistada rubia con pinta de extranjera, envuelta en un abrigo de piel, parecía buscar un cartel con los precios o los requisitos para poder entrar. Me dirigí a ella para brindarle la mitad de mi entrada y, por un momento, me creí George Clooney en la película “Un día inolvidable”, a dos pasos de una Michelle Pfeiffer de treinta años.

Con un inglés americano, intercalado con alguna palabra en español, aceptó mi ofrecimiento. Una vez dentro, sin apenas articular palabra, ya que aún me temblaba la boca, y todo el cuerpo, de la emoción, le dejé un aflautado “hasta luego”. Peor, un aflautado y patético “see you later”.

Recorrí las lujosas salas del palacete, sin quitarme a la rubia de la cabeza, admirándome de los detalles tan extraordinarios que ocupaban cada rincón, terminando la ruta en un majestuoso salón repleto de ruletas. Allí volví a encontrarme con la Pfeiffer, que, desde la mesa más lejana, me obsequió con una hipnotizante sonrisa.

Dudé, pero me acerqué a ella, que aprobó mi atrevimiento con otra sonrisa. Pensaba que iba a esparcirme por la moqueta como el vino vertido de una copa. Me preguntó si iba a jugar y le contesté que no. No era mi intención. Sólo pretendía gastarme algunos de los cuarenta y cinco euros que llevaba en tomar una copa, por lo que le ofrecí una, que, con otra deliciosa sonrisa, aceptó. En ese momento noté la evaporación de mi estado líquido.

Ocupamos una mesa en un rincón, donde la luz de una vela amplificaba aún más su belleza. “¡Qué calor!”, me dijo en su idioma, y sus dedos se dirigieron al botón superior de su abrigo, que todavía llevaba puesto, y se lo desabrochó. Continuó con los dos siguientes y, para refrescarse, agitó la prenda por el lado de los ojales, regalando a mis ojos, tras un body casi transparente, un seno de Play Boy.

Tras  observar cómo me goteaba la baba me preguntó si me gustaba. Le dije que sí, con cara de gilipollas, y me contestó: “two hundred”. Entreabrí la boca, con un mayor gesto de idiota, hasta que reaccioné y deduje que me pedía doscientos euros por acostarme con ella. No dije nada, pero ella añadió ahora con un español casi perfecto: “Si no tienes, seguro que en la cafetería de la esquina encuentras a alguien que te lo presta. Búscalo y te hago pasar la mejor noche de tu vida”.

Me besó en los labios Michelle Pfeiffer y yo, más parecido a un Groucho Marx sin cigarro que a George Clooney, y aún sabiendo que al día siguiente tendría que pedir a mi hermano el doble de dinero para devolverlo en concepto de usura, salí con largas zancadas, dejándome el culo atrás, en busca del bendito prestamista.

Por Vicente Briñas

miércoles, 26 de febrero de 2014

Alisado japonés

Ernesto tenía luz propia. Lo supe porque me deslumbró en el momento en que le besé. Nos casamos, quizá algo precipitadamente, pero yo ya estaba de tres faltas y estas cosas es mejor normalizarlas cuando los abultamientos del cuerpo no son aún demasiado evidentes. Tuvimos una niña y fuimos felices. A Ernesto lo ascendieron y un buen día se lió con su secretaria. Me lo confesó tranquilo, con una mueca ridícula, mezcla de lástima y de alivio, y me pidió que no hiciéramos un drama de la situación; más que nada por nuestra hija. Ese mismo día me corté los rizos, que él tanto veneraba, a navaja, yo misma, y en el suelo de nuestra propia cocina. Lo cierto es que estuve algo descentrada en esa época. Lo maldije durante meses, pero luego entendí que haberme casado con un hombre como él, con tanta luz, comportaba ciertos riesgos. 

Pasó el tiempo y, aunque me costó, rehíce mi vida con un señor de Cuenca, que vivía en el piso de arriba, y que se dedicaba a la venta de pequeños electrodomésticos a domicilio. Le conocí un día soleado, tomando el ascensor, cuando llevaba una caja de una plancha alisapelos promocional que, según él, causaba furor entre las jovencitas. Era un tipo sereno, atractivo con prudencia, pero sin luz, un hombre mate y sin brillos, lo que me dio cierta tranquilidad y equilibrio. Conseguí ser moderadamente feliz entre sus pocas luces y mis muchas sombras.

Un día sonó el teléfono. Era Ernesto. Se disculpaba por el daño que me había causado. Me explicó que me amaba, que había roto con su novia y que quería volver conmigo. No dejaba de llorar desde el otro lado del teléfono. Me dijo que había alquilado una casa cerca de un lago y que me esperaba. Qué romántico había sido siempre, pensé. Por supuesto que no le contesté que sí, faltaría más, tenía que hacerle entender lo mal que me había sentido y la angustia y la soledad en la que me sumí cuando me abandonó… Quise que sufriera como yo lo había hecho y antes de darle una respuesta le hice suplicar; rogar por una segunda oportunidad; tenía que verle arrastrado reclamando mi amor y mi perdón… Tras diez minutos de súplicas, ruegos y llantos, que a mí se me hicieron interminables, claudiqué rendida. 

Lo dispuse todo en casa. Envié a mi novio a la recogida del melocotón a Murcia, lo primero que se me ocurrió, y lo curioso es que no se extrañó. Cogió sus pocas pertenencias y salió por la puerta con ese aire sereno y apagado que era su seña de identidad. A la niña la mandé con mis padres y me preparé un pequeño bolso de viaje en el que no faltó un conjunto de lencería en satén rojo sangre y mi plancha de pelo para el alisado japonés, que tanto me favorecía. Metí las coordenadas de la casa del lago en el GPS de mi coche y corrí como una loca a los brazos de Ernesto. Hasta sin coordenadas le hubiera encontrado tan solo con seguir el sendero de su luz. Me estaba esperando de pie en un bonito porche cuajado de flores. No me dejó hablar, me besó, me tomó en sus brazos y, mientras me desnudaba, me condujo directamente a la cama… Me dejé amar y lo amé como una bellaca, una y otra vez, hasta que, extenuados, quedamos dormidos el uno en brazos del otro…

A la mañana siguiente, Ernesto preparó un baño de espuma para los dos. Me indicó que estaba muy bonita con el pelo lacio, que ese corte me favorecía. “Es alisado japonés”, le dije orgullosa. Menos mal que me había traído la alisadora. Allí, en la bañera, reanudamos nuestro deseo, en el mismo punto donde el sueño lo interrumpió la noche anterior. Salí la primera del baño, quería arreglarme el pelo antes de desayunar y, mientras él permanecía aún dentro jugando con la espuma, le dije que le amaba, que siempre lo había hecho y que jamás le había podido olvidar. Ernesto comenzó a llorar. Me enterneció. Y es que soy una sentimental que no puede ver llorar a un hombre; esas cosas me desarman. Entendí que se daba cuenta del tremendo error que había cometido al abandonarme… Lloraba como un niño al que se le escapa el globo que le acaban de comprar. Cuando se serenó me pidió perdón. Vi la luz en sus ojos, en sus labios, alrededor de su cuerpo, sobre su cabeza. Me dijo que le perdonara otra vez porque se había vuelto a equivocar. Había discutido con su novia y en un impulso estúpido me había llamado a mí… ¡Que se había peleado con su novia y en un impulso es-tú-pi-do me había llamado a mí!.. ¿A mí?.. No quería creer lo que estaba escuchando… ¿Había sido utilizada como una vulgar vía de servicio en una pelea de enamorados? Ernesto me había puesto de nuevo la vida patas arriba… Me estaba diciendo que me dejaba, el muy canalla, y aún veía su luz… Dejé de plancharme el pelo y me senté en la taza del váter para no caer desvanecida. Me dijo que lo de anoche había estado muy bien y que podíamos repetirlo los tres… ¿Los tres?.. ¿Qué me estaba proponiendo este libertino tarambana?.. ¿Un trío con su novia?.. ¡Valiente degenerado indecente..! 

Me levanté, le insulté, le maldije, le escupí, le puse la cara roja de bofetones y me tapé los ojos para que no me cegara la luz… Tomé mi plancha de alisado japonés y la arrojé al agua… La luz de sus ojos, labios y cuerpo desapareció engullida por sus propios estertores. Era la primera vez en mi vida que le veía tan apagado y tan convulso.

Por María Sergia 

martes, 25 de febrero de 2014

¡El pan!

Aquella familia no tenía nada en especial. Su estructura era la tradicional de la época. Y cada uno de sus miembros asumía el papel  que le había correspondido desempeñar en dicha estructura. 

Paco era el cabeza de estirpe y nadie osó poner su liderazgo en duda. Hombre de corta estatura, no muy fuerte, con carácter firme que irradiaba a todos miembros una  cierta sensación de seguridad.   

Marta, su mujer, ejercía diversas funciones con abnegación y siempre en silencio. Mientras observaba los pasos de los vientos y como se le iban aclarando los cabellos y como el tiempo iba borrando sus agraciados rasgos de la bella “pueblerina”. 

Con el paso del tiempo Marta se comenzó a sentir sola, seria, pensativa y paseaba suplicante de palabras dentro del pequeño castillo que había  conseguido fabricarse en su pequeña morada rodeada de inermes utensilios que parecían tener mil ojos que la miraban con lástima y clemencia pero a los que ella se aferraba con la necesidad de sentirse  útil y necesaria.   

A finales de cada mes, Marta recibía un puñado de escasas monedas con las que tendrá que mantener a su familia, sin que saliese de su boca queja alguna; ella siempre supo que en aquella cárcel la correspondía escuchar y trabajar.

Mientras, el bueno de Paco no se cansaba de repetir, en voz alta, con orgullo y seguridad su máxima: “Mientras yo viva, mi Marta no limpiará culos ajenos”. Y, a fe que su máxima la llevó hasta sus últimas consecuencias. 

Su mujer jamás tuvo que ocuparse de más funciones que criar a sus hijos, hacer comidas, lavar, planchar, cuidar animales, cargar arena, ladrillos, cemento para construir su chabola, hacer las vestimentas de la prole, dar lustre a las cuatro paredes… Y otros diversos menesteres.  

El jefe cumplía su parte del trato, se ocupaba de trabajar cuantas horas fuese preciso. ¡Más de veinticuatro horas diarias! Repetía, una y otra vez el bueno de Paco, y más si fuera preciso. Todo con tal de que sus máximas se cumpliesen y su autoridad no quedase en entredicho.

Con el paso del tiempo, de los sudores y las privaciones los cónyuges lograron atesorar unos ahorrillos con los que comprarse una pequeña máquina con la que trabajar los escasos periodos que aún les quedaban libres. 

Así fueron quemando sus calendarios conservando siempre la misma organización.  Fueron perdiendo vista, oído, engordando piernas, adquiriendo enfermedades mientras les volaba el pelo y cuerpo le les llenaba de arrugas, kilos y achaques que aminoraban y doblaban sus cuerpos.

Ahora inmersos ya en el invierno, sin apenas pasear por la primavera y sin cambiar de indumentaria Marta y Antonio se siguen soportando y mantienen siempre las mismas costumbres.   

Marta continúa cosiendo, planchando, cocinando, limpiando…. Y el bueno de Antonio, su  “Jefe”, ahora ya jubilado consume el tiempo examinado los vinos del barrio, dominando cartas y recordando los viejos tiempos en los conseguía el sustento de los suyos de chato en chato, de taberna en taberna.       

Los retoños fueron creciendo y formando sus nidos aunque regresaban  puntuales los domingos y fiestas de guardar al viejo hogar. 

Ayer domingo vimos a Antonio sentado en la orilla habitación que hacía las veces de comedor y sala de estar alrededor de una de la pequeña mesa redonda, cubriéndose las piernas con una pequeña manta a cuadros rojos y negros que le ayudaban a sobrellevar el frío y los años. 

Poco tiempo después se pudo escuchar su aún potente y autoritaria voz: “Marta el pan”. 

Y la buena de Marta, con sus cortas y encorvadas piernas, invadidas por múltiples vías oscuras fruto de sus incontables caminares arrastraba sus huesos esforzándose por aparecer a la mayor brevedad ante la presencia de su amo.

Sin esperar a su llegada, impaciente e insolente Antonio volvió a gritar:  "Marta, el pan!

Marta –dubitativa y temblorosa- acertó a contestar: “¡Ay, Antonio,  si te lo he puesto encima de la mesa!"

Antonio apenas si levantó los ojos, la miró, y sin mover un solo nervio contestó: "¡Ya!, pero no está cortado".

Por Jesús Ramírez

lunes, 24 de febrero de 2014

La instantánea

          
Le había vuelto a suceder. ¿Cómo una imagen podía despertar en él tantos recuerdos? Había arribado a Valdoviño como un náufrago sobrevive a una tempestad. Todos le esperaban; le recogió un coche, llegaba don Luis, el director del centro. Al tomar contacto con la realidad, desestimó todas las consignas que desde Madrid se le habían marcado. Comenzó por eliminar las llaves de las habitaciones, fuera taquillas, los niños contarían con dormitorios  decorados con sus ídolos, se celebrarían sus cumpleaños, nada de ropa prestada. Se los llevaría al centro comercial y los equiparía  para el nuevo curso. Una vez al mes irían al cine, se organizarían rutas los fines de semanas, no se contarían los yogures… quería lograr un hogar para todos.
“No se fíe”, era el comentario que más escuchaba. “Estos niños están muy bien aleccionados”. “Estos niños son víctimas de sus circunstancias”, respondía él.

Estos pequeños habían tenido en su corta vida experiencias durísimas, como dormir en una bañera mientras su madre ejercía la prostitución en la habitación de un hostal de carretera, o presenciar la llegada de un padre borracho a media noche y despertarlos para que le calentaran la cena. Pero Luis se había propuesto que tuvieran una existencia lo más normalizada posible, aunque solo lo lograba por momentos. En una ocasión, empeñado en hacerle entender a Juan Carlos, un chico de ocho años, que había que aprender a conjugar el verbo haber este le dijo: “Yo lo que quiero saber es cuántos sacos de patatas tengo que vender para comprarme unas zapatillas nuevas”.

Y, tal vez por esa fuerza que engendra la esperanza, le costó ver la  cara oculta de la luna. Los niños estaban encantados con las novedades que Luis había implantado, y un fin de semana al mes, como recogía la ley, lo pasaban con  la familia, ala que, entusiasmados, contaban las novedades. Fue en uno  de esos fines de semanas Luis echó en falta su magnífico equipo fotográfico, ese que su padre le había regalado al acabar su licenciatura y que sería el último regalo antes de su  muerte repentina. Esa cámara le ayudaba a plasmar solo los instantes que él deseaba y que conformaban “su vida”, desde una representación teatral de los niños, hasta una hermosa luna llena. Pero no estaba, alguien había entrado en su habitación y se la había llevado. Aguardó esperanzado a la tarde del domingo, cuando los niños volvían al centro, no tuvo que esperar mucho para saber qué había pasado con su equipo. “Nos han comprado una bicicleta a cada uno!”, dijo el más pequeño de los Barreiros. Llamó el lunes a la abuela,, que era la que se hacía cargo de aquellos niños. Bajaba por la cuesta del pueblo con sus ropajes amplios, su pañuelo negro en la cabeza, su larga vara de eucalipto y seguida por un par de hermosas vacas. “¡Imposible, mis rapaciños no!” Afirmaba indignada al tiempo que su mirada sobrevolaba la plata que adornaba el salón.

Y así pasaron algunos años hasta que decidió volver a Madrid. Le prepararon una despedida y, en el último momento, cuando se acercaba la hora de coger el autobús, Bea, la mayor de las Barreiros le dio una foto de todos sus hermanos tomada uno de esos fines de semanas en los que visitaban a la familia y le dijo: “Nos la hicimos para que tuvieras un recuerdo de nosotros. Nos la hizo un amigo de papá con una cámara como la tuya”, le dijo el más pequeño de la saga. 

¡ Es tan increíble lo que una imagen puede evocar!



                                                                                       Por Parapeto



domingo, 23 de febrero de 2014

Enigmática amenaza


Terminé de escribir la canción y decidí incluirla para mi siguiente concierto. Llegó el día. Todo estaba preparado aunque aún quedaba un rato para que el evento comenzase. Un hombre desaliñado, aparentemente borracho, que estaba en primera fila se acercó a mí y me preguntó por qué no empezaba el recital. Le contesté que aún no era la hora. El sujeto en cuestión se enfadó mucho y comenzó a gritar diciendo que él merecía que cantara para él y se marchó.

Un poco extrañada por lo sucedido, pensé que todo estaría mucho mejor  sin él dando la lata. El concierto transcurrió con alegría y en paz. Los espectadores y yo disfrutamos mucho.

Cuando llegué a casa tenía una carta extraña, sin remitente, que me decía que era una zorra, que él sólo quería estar conmigo y que yo le ignoraba. Inmediatamente, pensé en el tipo del concierto. Seguramente se trataba de un degenerado. Pero, ¿cómo habría conseguido mi dirección?

Pasados unos días olvidé el incidente y volví a mi música; continué componiendo y con los conciertos, feliz y sin pensar en nada más. Pero al salir de casa encontré otra carta. Estaba en el mismo tono que la anterior y decía: “Maldita zorra, te entretienes con tu música y con tus amigos. Te lo voy a hacer pasar muy mal. Te mataré”. Este mensaje me hizo sentir muy incómoda, tuve  miedo al pensar que podría tratarse de un loco peligroso que fuera capaz de hacerlo.

Los mensajes se repitieron una y otra vez y con ellos mi nivel de ansiedad. Empecé a sospechar de todo el mundo: de mi vecino, de mi mejor amigo, del portero…

Transcurrieron los días y continuaban las notas. Cada vez estaba más asustada. Comencé a sufrir terribles dolores de cabeza. Lo achaqué a la falta de descanso debido a mi ansiedad. No recordaba mis sueños. Sólo sabía que me levantaba cansada a pesar de haber dormido.


Un día conecté la cámara de vídeo para grabarme cantando para un vídeo-clip y se quedó encendida sin querer. Al día siguiente visualicé el contenido. Cuando vi lo que estaba grabado me llevé una sorpresa. Vi como me levantaba dormida, tomaba un papel y escribía y lo colocaba en la entrada de la casa. Después me volvía a acostar. Caí en la cuenta: era yo quien me escribía los anónimos, los insultos y amenazas. Los escribía dormida. Me levantaba sonámbula. Era increíble: Mi peor enemigo era yo.

Por Rosa Velasco

sábado, 22 de febrero de 2014

Cosas corrientes

Nací un domingo de febrero, en una capital de provincias. De ese día no puedo contaros gran cosa,  porque apenas había llegado. Además, os diré que en esa época no se solían dar muchas explicaciones a los niños, cuanto menos a una recién nacida.  Si puedo contaros, de oídas, que al parecer mi padre quería un chico. Sueño que tardó varios años en materializarse poco tiempo y por partida doble. Pero esa es otra parte de la historia.

Eran los años cincuenta del siglo veinte. En esas fechas las cartillas de racionamiento daban sus últimos coletazos. Esto no quiere decir que con ello se hubiera llegado a la prosperidad; quedaba tiempo de incertidumbre, pero no para mí, era un bebé precioso y sabía llorar o reír según la necesidad… Mi abuela Isabel me auguraba un futuro esplendoroso.

Recordando su figura alargada y sus vivos ojos azules, no pude evitar una sonrisa mientras acercaba a mis labios la taza del té, con la que calentaba mis manos en una fría tarde de invierno. Como fogonazos rápidos primero, y luego deslizándose despacio, las imágenes de mi infancia llenaron la habitación y la calle accesible a mi ventana. Suavemente, como un río que te lleva, me trasportaron a tiempos y lugares de cosas corrientes y emociones sencillas. 

Entre las brumas de que están envueltos muchas veces, y la reelaboración que sufre con el tiempo todo recuerdo, emerge la escuela del pueblo de mi madre. Situada en la planta baja del ayuntamiento dividía en dos la principal y única calle. Dentro, los pupitres de madera gastada, con sus temibles tinteros de loza, capaces de, en un instante, teñir de azul indeleble papel, mesa y vestido… los tanques de aluminio o porcelana desconchada, en los que recibíamos nuestra ración de leche en polvo que previamente habían batido para disolverla, no recuerdo bien con qué, la maestra y los chicos mayores. Aún veo la perola renegrida por el humo de la salamandra que, ya encendida cuando llegábamos los pequeños, calentaba la estancia. En ocasiones,  a la leche se sumaba un trozo de queso amarillo y gustoso, que más que comer roíamos para que nos durase más. Las carreras a la salida y la música de los lápices dentro del cabás de madera, los gritos, las pequeñas y grandes travesuras hechas en la libertad de un pequeño pueblo, donde todo el mundo se conoce o tiene lazos familiares.

Otro sorbo de té y, esta vez, una carcajada. Éramos espías de los chicos y chicas un poco más mayores, entre los que se encontraba mi hermana, también el chulito de turno: ¡Chiquitos, chiquitos, mirad que alto meo!, gritaba Cirilo haciendo la correspondiente demostración subido en un poyete, tan alto que tuvo que cerrar la boca rápidamente ante la inesperada ducha y el regocijo de toda la chiquillería. 

Inolvidables las escapadas al río, a pescar, la emoción de encontrar un cangrejo agazapado tras levantar, con mucho cuidado, una piedra y otra, y otra… aventuras de las que siempre salía alguien remojado. 

Pero los días plácidos y de juegos a la sombra de los abuelos siempre llegaban a su fin. Y otra vez a la ciudad.

Jugar en la calle no era sencillo, tras la consabida recomendación: no habléis con extraños, mi madre se asomaba a la ventana varias veces y verificaba que no nos habíamos movido de la plazoleta y que todo estaba controlado… Mi hermana, otras amigas y yo chapurreábamos una jerga con la que nos dirigíamos a los extranjeros que visitaban la catedral, junto a la que vivíamos, y salíamos corriendo, lo mismo que hacíamos tras llamar a los timbres de las casas. 
Y, de fondo, una sensación extraña. No sé si era esa la realidad o es mi lectura de ese momento pero al evocar la ciudad en esos días  me invade un sentimiento de desamparo. Quizá la clave sea un padre enfermo y ausente y una madre ocupada en salir adelante en una situación difícil. 

Las cosas habían mejorado para algunos, para otros aún quedaban años de incertidumbre. Yo llevaba fatal que mi madre me enviara a hacer los recados, las pequeñas compras: dile al señor Gaspar que nos lo apunte. Eso era lo que menos me gustaba, ir a comprar al fiado es como si me mandaran a pedir. Me hacia la remolona pero, por más que lo intentaba, no conseguía que los hiciese mi hermana.

Una y otra vez la visita a los abuelos, los juegos en la calle, “soy la reina de los mares…”, la abuela contando historias  mientras cocina, el risco tras las casas, el río fluyendo incansable… 
Así hasta  aquel  día de agosto. Nos mandaron, a una prima de mi edad y a mí, a recoger las medicinas del abuelo, en un pueblo de al lado, a unos ocho o diez kilómetros. Teníamos once años, muchas ganas de hacerlo bien y nos habían dejado un burro con el que trabajaba el molinero, pequeño y gris, resabiado y huidizo. No conseguimos montarlo, cada intento terminaba en una caída, teníamos que tirar de él para que no se escapase. De Platero solo tenía el tamaño y el pelo. Pese al burro, conseguimos ir y volver hacia el atardecer. Subimos a la alcoba de los abuelos, el abuelo sentado en la cama y la abuela en una silla a su lado, nos recibió con un: ¿ya estáis de vuelta? Suavemente se metió entre las sábanas, dio media vuelta y se quedó quieto y en silencio para siempre.

Era agosto y, sin embargo, recuerdo un día gris, sollozos y vestidos negros. Después, todo fue diferente. Mi espacio de libertad junto a los abuelos se disolvió, como humo, en esa misma tarde.

El té se ha terminado. Contemplo el fondo de la taza, como si más adentro hubiera claves para entender mi vida. Alegrías y penas emergen, entre la niebla del tiempo, amores y desamores, encuentros y despedidas, los viajes, la universidad, un trabajo que no exige creatividad pero que gratifica… y tantas pequeñas cosas que se colaron en mi vida y han tejido mi historia. Imágenes en blanco y negro.

Hace unos años volví al pueblo de mis recuerdos y ya no estaba allí. Los sitios donde pase mi niñez, la casa, la escuela el río donde se lavaba la ropa, mientras los chiquillos buscábamos cangrejos o culebras que enredábamos en un palo, habían desaparecido. Quería reencontrar mis raíces y se han perdido enredadas en el espacio y el tiempo. 

Pero la abuela Isabel tenía razón: un futuro esplendoroso. Estoy aquí, en mi casa, con la ciudad a mis pies, dueña de mi vida y mis recuerdos y con una taza de té entre las manos.

Por Mayte Espeja