martes, 19 de noviembre de 2013

Nuevo curso, nuevos retos

Queridos... cómo pasa el tiempo. ¡Ya hemos comenzado un nuevo curso (en eralidad, hablando con propiedad, lo comenzamos meses ha, pero como el administrador de este blog es glotón de tiempos muertos, anda el hombre como engullido por sí mismo, con la esperanza bajo el brazo de disponer de algo más de hilo para sí). Total, que aquí os dejo el programa que seguiremos para este curso. Espero que sea de vuestro agrado. Buen día otoñal.


Taller de relato
Centro Cultural Paco Rabal
Curso 2013-2014


Programa

La ficción literaria
•    Lo literario
•    Lo no literario
•    El cuento: una definición
•    Acotación del cuento
•    Cuento y anticuento
•    La creación del cuento

El contenido
•    Palabras y conceptos
•    Tema, asunto y leitmotiv
•    Lugares comunes y tópicos
•    Clasificación del cuento por su contenido

La forma
•    Cuentos abiertos y cerrados
•    Cuentos polimorfos y amorfos
•    Desenlace
•    Alegoría

La acción
•    El movimiento se inicia
•    Lo etéreo y lo corpóreo (lo abstracto y lo concreto)
•    Trama y acción, dos cuestiones diferenciadas
•    Cómo escoger lo interesante
•    Cómo sembrar la intriga en el lector
•    Conflicto y situación
•    La intertextualidad

El tiempo en el cuento
•    El tiempo como asunto
•    El tiempo fuera del tiempo
•    El tiempo dentro del cuento
•    Cómo plasmar el tiempo en un cuento
•    Gramática de los tiempos verbales
•    Velocidad y ritmos

El personaje (I)
•    Proceso de inmersión
•    El personaje desde fuera
•    El personaje desde dentro
•    Lo que distingue al personaje


El personaje (II)
•    Coherencia
•    Personajes autobiográficos/históricos
•    Humanidad
•    Imprevisibilidad
•    Mortalidad

El escritor
•    Las fuentes de inspiración
•    La escritura, una forma de vida
•    La difícil tarea de la edición y la corrección
•    Una última lectura
•    Despedida del texto

El lector
•    El encuentro con el texto
•    La interpretación
•    La entrega y la catarsis
•    Despedida del texto

Los minicuentos
•    Antecedentes
•    ¿Son cuentos los nanocuentos cuentos auténticos?
•    Características
-    Brevedad
-    Lenguaje conciso
-    Fábula
-    Título
 

lunes, 27 de mayo de 2013

Déjalo

No se me ocurre nada. Tengo que entregar el artículo esta misma tarde y la arena inunda el desierto de mi inspiración. Enciendo un cigarrillo y miro cómo las volutas danzan ajenas a mi apatía. Sigo lanzado aros al denso espacio de mi habitación y entonces compruebo, perpleja, cómo los anillos de humo se van uniendo y aliándose acaban por formar la palabra “déjalo”. El vocablo está escrito en letras minúsculas y entrelazadas. Pasados unos segundos se fusionan y por fin desaparecen.

“Déjalo”. ¿Dejar a quién, a qué? Lo que me apetece de verdad es dejar el artículo. Eso es. No tenía ganas de escribir, he encendido el cigarrillo y zas… allí estaba la  respuesta: “déjalo”. Pues no lo escribo y punto y final.

Pero no, no puede ser tan fácil.  ¿Y si sólo fuera fruto de la casualidad? El humo es como las nubes que se dejan moldear por la brisa; volubles, adoptan formas caprichosas que nuestra imaginación apadrina. Yo quería dejar de escribir y me he sugestionado y he leído la palabra que quería ver. Ya está, asunto arreglado.

Déjalo…dejar… ¿a él? ¿a ello? A él, dejar a Andrés. Puede ser, nuestra relación está cabeceando y puede acabar un día sin nombre y sin mediar palabra. A veces nos miramos y una sonrisa mecánica es lo único que nos aflora, de cariño, sí, aunque gélida y sin sustancia. Pero no lo voy a abandonar ahora porque el humo caprichoso haya dibujado unas letrillas en el aire.

Voy a encenderme otro, quizás el humo me dicte otra misiva y acabe por completar el enigma. La verdad es que me duele el pecho y cuanto más vacía está mi cabeza y más blanco el papel, más fumo. No entiendo la relación de: “como no se me ocurre nada enciendo un cigarro”. Tal vez la nicotina active mis tristes neuronas y las fustigue con su implacable decadencia.
Lo prendo, y evocando a esa Greta Garbo misteriosa y sensual,  expelo el humo lenta y suavemente, saboreándolo, acariciándolo mientras sale de mi boca entreabierta. El cordón gris asciende y juguetea con los muebles, con la lámpara, con el techo. No hay rastro de vocablo alguno. Vuelvo a inspirar profundamente y esta vez un pinchazo rejonea mi pecho y toso violentamente. La fumada sale despedida y va directamente al trasluz de la ventana. Allí, mágicamente, baila y me muestra otra palabra: “tabaco”.  Me dejo caer en el sillón y mis ojos vidriosos no quieren ver lo que ven, y mis pulmones obturados no quieren sentir lo que sienten y vuelvo a pegarle otra chupada  y ahora es cuando siento que algo se rompe y escupo más que expeler. Un hilillo rojo cae de mi boca sobre mi falda negra.

“Tabaco, déjalo”.  Ahora entiendo el mensaje. Cojo el móvil y llamo al 112.

-Vengan por favor, el tabaco me está matando. Juro que lo dejo.

Por Raquel Ferrero

domingo, 26 de mayo de 2013

San Martín

—¡Cago en to! —maldijo pateando el ladrillo puesto en pie, donde se apoyaba la fiambrera.

En la habitación a medio construir, todos reaccionaron dando un ligero respingo, mientras miraban curiosos cómo rodaba por el suelo la metálica tapa. Atrás, el recipiente medio volcado, dejaba ver en su interior una masa viscosa, aún burbujeante,  coloreada por unos ingredientes de los que se podía deducir, a todas luces, era ensaladilla rusa. Con sus guisantes, sus cuadraditos de patata y zanahoria, las fibras cortas y marrones que en su día pertenecieron a la musculatura de algún atún, y unos cuantos trozos rojos, que bien pudieran ser de pimientos morrones.

Cuando todos repararon en el contenido derramado por el suelo, irrumpieron en un estruendoso júbilo de carcajadas y chascarrillos que propinaron al propietario del malogrado almuerzo. El muchacho, mientras, parecía desconcertado ante su pequeño gran drama. Todo apuntaba a que aquel día sería de ayuno y penitencia.
Aniceto, guardameta inesperado de la tapadera rodante, depositó en ella dos torreznos bien hermosos, con su cantidad justa de magro, tocino, y porción de corteza que, aunque costaba cortar a simple tiro de diente, reconfortaba gustosa el paladar. Sentado cómo estaba sobre su banqueta de ladrillos —uno vertical a modo de pata, y otro horizontal haciendo de asiento—, no se levantó, sino que pasó el improvisado plato a su compañero de al lado, Salustiano, que, con menos miramientos que su paisano, descansaba sus recias posaderas sobre el mismo suelo aún sin pavimentar, protegido por la fina capa de una hoja de periódico, que no se sabía muy bien si era para no manchar de polvo el pantalón viejo de trabajo, o para proteger el sucio suelo de los pegotes de pasta y yeso pegados en la misma prenda.

Salustiano agarró el «plato» con su áspera mano aún manchada de yeso y pinchó, con la punta de la navaja, uno de los chorizos que no hacía muchos días colgaba en un varal del desván de su casa en el pueblo. Junto a ellos, unas ristras de longanizas y otras de morcillas dormían la paz de los inocentes, en la todavía por esas fechas, fresca estancia.

—Toma este poquino, hermoso, que hoy no te vas a quedar tú sin comer.

El joven se acercó hacia el fornido albañil mientras su cara comenzaba a dibujar una sonrisa de  satisfacción,  que intentó disimular  dando explicaciones al grupo  de cómo había puesto a calentar sin mirar el almuerzo; lo que provocó el efecto contrario al buscado, pues de nuevo apareció la chanza hacia tan desafortunado acto.

Él no solía parar a la hora de la comida con aquel grupo de albañiles, pero les pidió permiso aquel día para colocar su fiambrera sobre la parrilla en la que asaban un costillar adobado y media careta de cerdo, aliñada con un unte al aceite de oliva, hierbas, ajo y sal. Era el primer día después de las vacaciones de Semana Santa, y todos ellos habían regresado de sus respectivos pueblos con buena cantidad de viandas procedentes de la matanza que seguían haciendo por allí sus familiares. La contemplación de aquellos ricos manjares le trajo viejos recuerdos de la infancia, de cuando siendo aún bien pequeño acudía con su padre a la aldea de éste y ayudaban, junto a sus tíos, en la matacía en la que se embarcaban todos los inviernos sus abuelos, allá por San Martín.

Lo primero que acudió a su mente fueron aquellos colchones de lana, gordos como vacas, en los que uno amanecía succionado dentro de un pequeño cráter, con las mantas hasta la coronilla, pues fuera de allí,  incluso las ideas se congelaban. Los gallos del corral, aunque todavía a oscuras, llevaban horas llamando a despertar, sabedores, quizá, de que en el drama que se avecinaba, ellos no serían los protagonistas.  Bien temprano se encontraban ya todos desayunados, con café y rebanadas de pan frito. Hasta los pequeños tomaban aquellos días un café aclarado con abundante leche, pues la abuela no tenía ni Cola-Cao ni monsergas de esas —palabra comodín que usaba siempre cuando no quería saber, o hablar, de ciertos asuntos—. En una hoguera en el patio, y en el hogar de leña de la cocina, comenzaba a borbotear el agua caliente que no ha mucho rato habían traído de la fuente las tías y alguno de los primos mayores. Como en los calderos el agua, la sangre comenzaba a bullir por las venas,  conforme se acercaba la hora de la tragedia.

Siempre sucedía igual. Al chillar de los cerdos precedía un momento de calma inusual. Un silencio tenso, audible. En ocasiones, hasta en días lluviosos, la precipitación amainaba por unos instantes, esperando, pausada, el estruendo del degüello.

Casimiro, el hermano mayor de su padre, era el que siempre asestaba bajo la mandíbula derecha el criminal tajo. Los últimos lamentos del animal gorgoteaban ahogados en su propia sangre, que manaba sobre el terrizo. Y la abuela, como ama de la casa, batía y batía el rojizo humor evitando que se cuajara. Alrededor, grandes y pequeños, descargaban la tensión entre vítores y rezos: «Santa Susana, Santa Susana !qué salga la morcilla sana!»

Como caída del cielo, Nemesio, otro de los albañiles, le añadió una estupenda morcilla de cebolla. «Vamos. Come. Que hay comida de sobra» Le conminó al peón. Levantó la mirada y vio un rostro amable, grande y colorado, bien afeitado.

Viajó de nuevo hasta su infancia y contempló al gran marrano dentro del bación. Ayudada de una cazoleta metálica, tía Custodia, lo escaldaba con agua hirviendo, mientras dos de los hombres restregaban enérgicamente con toscas piedras la sonrosada piel de la bestia, que adquiría por momentos tonos limpios y brillantes. Igual que aquella cara que ahora le sonreía. «Muchas gracias, Nemesio», contestó. Y siguió engullendo su particular matanza; y recordando.

Lo que le esperaba ahora al pobre bicho era algo más cruel y menos vistoso. Terminado de rasurar y limpio, se volvía la artesa y se situaba encima al cochino. De nuevo Casimiro entraba en acción. Con un cuchillo algo más corto que el primero, pero más afilado, rajaba la panza del animal de punta a punta. Vísceras y mondongos surgían del interior aún humeante y caliente. El ambiente se volvía pastoso, entre agrio y dulzón. Y en la cabeza y en el estómago de cada cual  se removían las conciencias y otras cosas. A prima Custodita siempre le pasaba igual: se abalanzaba tras el  pozo y vomitaba el claro café matutino. Para cuando regresaba a su ser, jamones, chuletas, lomos, y todo el conjunto, aún sin destajar, colgaba cabeza abajo esperando el tiempo marcado para el oreo.

A la vuelta del trabajo, la mujer de Brígido estaba algo consternada; después de la metedura de pata con la comida de su marido, no las tenía todas consigo.

—Perdona, cariño, me confundí esta mañana. Te puse mi fiambrera en tu bolsa; en vez de la tuya. ¡Habrás comido fatal! Con lo poco que te gusta la ensaladilla...

—No. No importa. Por suerte me di cuenta a la hora del bocadillo y ya me apañé yo pa la comida.

 
Por José A. Sánchez


Angélica

Estimada y lúcida dama de insondables respuestas: disculpa que interrumpa un momento de tu tan arduo trabajo, pero anoche vi una imagen que me ha conmocionado. Como bien sabes, soy bastante curioso y me gusta ver qué se cuece en Facebook; por eso todas las noches entro en mi página antes de acostarme. Te adelanto, no he dormido nada. Tampoco he podido levantarme en mitad de la madrugada como habría necesitado, tenía miedo de despertar a mi mujer y que me encontrara en el estado de inquietud que aún me embarga. La causa de mi desasosiego es algo que no consigo explicar, así que paso a relatarte los hechos. 

Si bien somos buenos amigos, nunca hemos podido intimar lo suficiente para hacernos confidencias de nuestras vidas pretéritas, quizás nunca se dé el caso, pero ahora he de preguntarte algo que considero muy importarte. Ayer curioseé en el enlace de tu última entrevista, pero después de verte y seguir tu mirada hacía el entrevistado, me quedé a mitad de camino porque, desde el otro lado del cristal de la cafetería, vi la figura de un fantasma observándote. Su actitud desinhibida y de descaro, que no iba mucho con ella, me hace suponer que podía ser conocida tuya o alguien de tu equipo, y por ello necesito saber si pudieras darme razón de ella. Incluso te diría más; su imagen es exactamente igual a la de una fotografía, la única que conservo de ella después de que una furia incontenible tras su pérdida me hiciera destruir todo aquello que conservara su imagen, su aroma o su presencia.

Dado mi estado de ánimo, necesito comentarte que esa mujer fue mi primera pareja. La primera mujer que me miró como un hombre, la que me hizo sentir qué era vivir, la que me dio a conocer un antes y un después de su calor, la que me brindó esa entrega total de la persona y del alma. Por ella recorrí medio mundo, o quizás todo él detrás de su sombra, de su verde mirada como ventanales a la campiña inglesa. Fue ella misma la que una vez conseguí reencontrar en la parte más alejada del planeta para verla morir en mis brazos, donde exhaló el último suspiro y la luz de sus ojos se apagó para siempre. Ella me lo dio todo y todo me lo quitó el destino.

Por favor, es perentorio para mí que me des alguna razón de ella. No hay lugar a dudas, es la mujer que te mira tras el ventanal del Café Comercial en la última entrevista que has subido a Facebook.

***

No he tenido tiempo aún de comprobar tus palabras, ahora te contesto a través del móvil, pero no te preocupes, seguro que es un error y tiene alguna explicación racional. En cuanto llegue a la oficina lo veo y te respondo.

***

Estimado Miguel, no puedo comprenderlo, por más que miro y remiro las fotografías de la entrevista, no logro encontrar la imagen que me indicas. Bien es verdad que la realicé hace unos días en el Café Comercial, en una de las mesas que están junto a las cristaleras de la calle, pero en ninguna de ellas, en ninguna, aparece mujer alguna mirando hacia el interior. De hecho, he intentado hablar con el fotógrafo, que no es el habitual, sino un suplente que contratamos pues Rafael lleva unos días sin aparecer por la redacción y tampoco he podido contactar con él. Lo seguiré intentando y en cuanto lo consiga y me mande la relación completa de las imágenes de la entrevista,  me pongo en contacto contigo. No creo que tarde mucho, Gabriel es una persona muy concienzuda y responsable, seguro que nos podrá ayudar a solucionar el misterio.

***

Estimada dama de esperada luz, no creo que haya nada que me pueda desviar de la desazón que me invade. Era Angélica, sin duda. Angélica, estoy seguro. Te tengo que dejar ahora, está sonando el móvil. ¡No puede ser!  ¡Es ella!

Por Luis C. Castilla

viernes, 24 de mayo de 2013

No se te ocurra hacer lo que estás pensando

La cara de estupefacción que debí poner no le pasó inadvertida a Bernal. Cuando la noche comenzaba a ponerse interesante y yo empezaba a encenderme, llegó el mensaje a mi teléfono. Lo saqué del bolsillo derecho del pantalón y leí el texto: “No se te ocurra hacer lo que estás pensando”.

Esa mujer es el mismo diablo. Cada vez que he intentado alguna aventura amorosa ha ocurrido lo mismo. Conseguía que desistiese de mis objetivos. Pero, ¿cómo podría ella saber lo que hacía?

No lo puedo remediar, lo reconozco. Las mujeres me fascinan. Mucho mejor si no superan los treinta. No es complicado conseguir trofeos dentro de la empresa. Es mucho el personal en prácticas y muchos los que, por mantenerse en plantilla, realizarían acciones poco decorosas. A pesar de mis casi cinco décadas de existencia, el físico me acompaña y mantengo intacto  el don de gentes.

Hace tres meses, un martes por la noche, que todo el personal había desaparecido antes de lo previsto, quizás por aquel partido tan importante, quedamos en mi despacho Valverde y yo. Esa minifalda. Aquellas medias negras de rejilla. Su sonrisa insinuante. Mis dedos jugando a las damas entre los rombos de sus piernas. A punto de lanzarme sobre ella… ¡Zas! El mensaje: “No se te ocurra hacer lo que estás pensando”. La pasión se esfumó.

Hará más o menos un año. A la salida del trabajo. González, una niña bien, coleccionista de títulos postgrado, me invitó a una copa en su coqueto apartamento. Después de varios tragos comenzó a calentarse el ambiente. Cuando empezábamos a juguetear y ya estaba a punto de explosionar, de mi bolsillo salieron los pitidos amenazantes. El mismo aviso de siempre. El termómetro se desplomó.

La primera vez que recibí el aviso fue hace dos años, un lunes. Me había costado convencer a Rubio para que tomara una cerveza a la salida. El primer día que apareció por la oficina, con el clásico traje de chaqueta gris, por debajo de las rodillas, sin duda prestado, y esa turbación que iluminaba su bello rostro, me propuse seducirla. Me costó casi los tres meses del periodo de prueba. Después de varias cañas, conseguí que empatizásemos. Buscamos una mesa apartada. Leía las líneas de su mano mientras me aproximaba a ella. Empecé a excitarme como con ninguna, hasta que, desde el bolsillo del pantalón, una vibración me avisaba de lo que no debía hacer.

Odiaba a la madre de mi mujer. Me había calado desde el primer día, al contrario que la ingenua de su hija. Varias veces me había amenazado con desvelar mis propósitos delante de todo el mundo y darme un escarmiento. Siempre he pensado que me había estado espiando y enviándome aquellos persuasivos mensajes. Como cuando empezaba a desatarme con Rubio, Valverde, González y con tantas otras aspirantes a contrato indefinido. Pero ahora algo me ha descabalado del todo, con Bernal, ¿por qué?, si mi suegra llevaba dos meses fallecida.
Por Vicente Briñas

jueves, 23 de mayo de 2013

Es imposible

La llamada que recibió aquella mañana fue el inicio de una serie de despropósitos que iban a alterar la rutinaria vida de Modesto Peláez.  Minutos antes de salir para dirigirse a su trabajo, sonó el teléfono. Pensó que sería una de esas llamadas comerciales que incordian a cualquier hora.

- Buenos días, le llamo del taller, quisiera hablar con D. Saturnino Santos para decirle que ya tiene arreglado el coche -exclamó una voz al otro lado de la línea.

- Se ha equivocado, no vive aquí –contestó.

- Pues el teléfono que tengo anotado es el que estoy marcando. Perdone.

Modesto colgó, molesto por hacerle perder unos minutos cruciales para coger el próximo tren. Llegó a la oficina a la hora exacta, fichó, se sentó en su mesa y se dispuso a encarar un día exactamente igual a los anteriores y posteriores de su tediosa vida. Cuando acabó la jornada, llegó a casa, enchufó la tele y, cuando se disponía a ver su programa favorito, llamaron a la puerta.  Al abrir, un mensajero le indicó que traía un paquete para Saturnino Santos.

Irritado, Modesto le vociferó que allí no vivía ese señor y que la próxima vez tuviesen la delicadeza de comprobar las direcciones. Cerró de un portazo.

No entendía lo que estaba sucediendo. Un error es posible, pero dos son improbables según las leyes de la lógica y la estadística.
Esa noche no durmió bien. Quizá se tratase de una broma urdida por alguno de sus escasos amigos. Eso sí, de mal gusto. O la venganza de algún compañero con el que había tenido algunos enfrentamientos.

Al día siguiente, intentó olvidar lo sucedido. A media mañana, recibió una llamada del banco en la que se solicitaba la presencia inmediata de Saturnino Santos en la sucursal bancaria ya que su cuenta corriente se había quedado sin saldo. Espantado, colgó el teléfono y tras unos minutos de zozobra interior, bajó al cajero de la oficina para comprobar si su cuenta estaba al corriente.

Lo que descubrió le dejó sin habla: varias anotaciones de salidas de fondos habían acabado con los escasos ahorros que iba acumulando para irse de crucero el verano.
Alegando que se encontraba mal, se fue a casa para recoger la documentación y dirigirse al banco.

Al introducir la llave, le extrañó que no estuviera activado el doble anclaje, porque siempre se aseguraba de cerrar bien la puerta, lo que le produjo una incertidumbre que se disipó cuando entró en el salón, y allí un sujeto lo interpeló alarmado.

- ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado?

– Soy Modesto Peláez, el dueño de la vivienda y quien tiene que preguntarle a usted qué hace en mi casa.

- Me llamo Saturnino Santos y vivo aquí.

Modesto sufrió un desmayo en ese momento y cuando se despertó en la sala de urgencias, encontró una nota sin firma en la almohada que decía la vida no es tan aburrida a veces.

Carmen Alba


miércoles, 22 de mayo de 2013

Espacio, tiempo y narración

El espacio

Corresponde al lugar o los lugares donde transcurren los acontecimientos en un tiempo determinado. No obstante, el espacio narrativo no sólo abarca los lugares físicos en los que transcurre la acción, sino que, también, la atmósfera espiritual que se crea en la obra y el ámbito social en que se desenvuelven los acontecimientos.

Espacio físico o escenario
Es el lugar o los lugares concretos y determinados donde ocurren los hechos. Puede ser un espacio abierto: natural, urbano, rural, marítimo, etc., o por el contrario, un espacio cerrado: el interior de una casa, un cine, un bar, una escuela, etc. Este tipo de escenario se presenta mediante pasajes descriptivos, en los cuales, se detiene la acción narrativa.

Espacio psicológico
Es la atmósfera espiritual que envuelve a los personajes y a toda la acción, según los conflictos que se planteen: amor, violencia, odio, venganza, desilusión, soledad, etc. Por ejemplo, un clima de soledad e incomunicación condiciona el comportamiento de los personajes y define las características del acontecer.
La observación del espacio sicológico o atmósfera que presenta una obra determinada, nos permite apreciar cabalmente el extraordinario poder que posee la palabra literaria.

Espacio social
Se refiere al entorno cultural, religioso, económico, moral o social en el que se desarrolla la acción narrada. Los personajes tienen un nivel intelectual, cultural; pertenecen o se agrupan en sectores sociales y manifiestan determinadas ideas religiosas o políticas.

 
El tiempo

El tiempo adquiere un valor diferente, según se trate de un relato real o imaginario, ya sea realista o fantástico. El tiempo puede referirse a un hecho histórico, al origen en que se cuentan los hechos o bien al tiempo real del lector. El tiempo ficticio es diferente al tiempo real.

El tiempo de la historia
Corresponde a la presentación en un orden lógico y causal de los acontecimientos del relato, en otras palabras, se refiere a la sucesión lineal de los acontecimientos tal como se encadenan en la realidad. Asimismo, se utiliza el término fabula para referirse a esta reproducción cronológica y ordenada de los hechos en el texto narrativo.

Tiempo del relato
Es la disposición estética del acontecer en la narración. El narrador dispone arbitrariamente el orden de los acontecimientos. El narrador organización estética de el tiempo de la historia, instaurando una temporalidad artística. De esta forma, encontramos una serie de técnicas que permiten ordenar estéticamente el relato, las que veremos posteriormente.

El tiempo referencial histórico
Se refiere al tiempo real en que se ubican los hechos narrados. Por ejemplo, en el poema del Cid, sería el siglo XII; época medieval de la monarquía. Por otra parte podría aludir al tiempo del escritor, es decir, al contexto social y cultural en que se produjo la obra.

 
Disposición de los acontecimientos

Se refiere a las alteraciones en la temporalidad de la narración, en otras palabras, nos referimos al tiempo del relato y las técnicas que permiten una presentación estética de los acontecimientos. De esta forma, aparece la anacronía, una ruptura temporal en la narración y aparece cuando el relato se detiene instantáneamente y se introduce un hecho nuevo con una cronología distinta a la que exige la lógica causa – efecto.

Existen dos formas de anacronía:
Analepsis: Es una retrospección. Se vuelve al pasado y se relata un hecho anterior al tiempo del acontecimiento principal.
Prolepsis: llamada también prospección o anticipación, alude a la mirada del narrador hacia el futuro, es decir, se narra un hecho que ocurrirá después del tiempo del relato.

Finalmente, los hechos podrían seguir un orden cronológico o un desarrollo lineal, pues se quiere privilegiar el desenlace y la relación causa – efecto de los acontecimientos, esto es lo que se conoce por ab ovo que significa 'desde el huevo'.

Por otro lado, si un relato comienza por un hecho ubicado en la mitad de la historia para luego retroceder, se denomina in media res que significa 'en la mitad de las cosas'. Por el contrario, si el interés está centrado en el acontecer, se podría empezar por el desenlace in extrema res que significa 'en el final de las cosas'.