miércoles, 30 de noviembre de 2011

Arañazos en el mar

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”
Ahora mismo tendría que estar dejando el dinero, pero creo que cada uno tenemos un destino; quizás el de él sea éste, morir lejos de casa, por dinero. Total, toda su vida ha girado alrededor de este elemento, que muera por su ausencia, es un final acorde con su trayectoria vital.

Llevaba tan en secreto su ruina que ni siquiera los secuestradores se percataron de este detalle. Deben de ser unos gilipollas y unos aficionados. Si no, sabrían que la casa está hipotecada y la colección de coches antiguos ya no es suya, sino de una cinematográfica que se los deja usar a  cambio de cuidarlos y tenerlos siempre a punto.
No es ni la sombra de lo que fue, un árbol gastado y carcomido que aún conserva su coraza y su corteza casi intacta, pero acabado por dentro, podrido.

Creo que no es un mal final. Así hablarán de él en la prensa y en la televisión y todo el mundo elogiará su emporio y sus cualidades.  De otro modo, su podredumbre empezaría a oler y lo único que quedaría de él sería su decadencia y su ruina.  No lo soportaría, es igual de orgulloso que mi abuela.

Seguro que me llaman cuando vean que no cumplo con sus requisitos. No voy a alargar  su agonía, les diré que no tiene dinero, que no tengo dinero, que es todo una pantomima, que hagan lo que quieran con él.  O mejor, les diré que lo suelten, que es un pobre viejo arruinado, que está enfermo, que necesita medicinas diarias, que morirá esperando un rescate que no llegará jamás. Y lloraré en el teléfono, y les suplicaré que lo liberen y que no le hagan daño. Les ofreceré una cantidad irrisoria que he conseguido vendiendo un par de sortijas y cuatro gemelos antiguos que aún conservaba. Se enfadarán, me amenazarán con matarlo, o peor aún, con dejarlo morir lentamente, agonizando sin sus medicinas y cuidados.

En la carta había cosas que no me cuadraban. Tenía que dejar un millón de euros en la taquilla número 313 de la estación central de autobuses, a las 19 horas y 59 minutos, ni un minuto antes ni un minuto después. En billetes de veinte y cincuenta euros, usados y no correlativos.

Lo de la hora me parece una tremenda tontería y una complicación a la vez. ¿Con qué reloj controlarían tal precisión? Aunque ahora recuerdo que en la estación hay uno digital enorme, con segundero incluido. Lo sé porque estuve esperando dos interminables horas para pillar in fraganti a mi exmarido y a su amante. El sonido de los segundos cayendo, casi me empujaron a suicidarme allí mismo. ¿Por qué esa hora y ese número de la taquilla? Ambos me resultan familiares…

El sonido estridente del teléfono corta en seco sus cavilaciones.

-Sí, ¿quién es?
-¡Escucha con atención, zorra, tu padre está mal, muy mal. Es diabético y el cabrón está empezando a sudorar de manera asquerosa! ¿Por qué coño no has traído el dinero?
-¡Papá, papá, estás ahí…!
-¡Escúchame bien!, ¿tienes el dinero o no?
-Lo siento, se han equivocado, mi padre no tiene dinero, está arruinado, la casa está hipotecada, los coches no son…
-Nos da igual lo que digas, zorra asquerosa, si a las nueve de la mañana no llevas el dinero al lugar indicado, tu padre morirá, agonizando, ni siquiera hará falta matarlo.
Bien, está claro, los muy imbéciles no saben qué hacer con él. Pero la voz… esa voz… aunque agazapada, me es familiar, como las cifras, 313, 19 y 59… 31-31-959… 31-3-1959… ¡es mi fecha de nacimiento! Sólo al idiota de mi exmarido se le ocurriría hacer jueguecitos con los números. Lo que perdió en la ruleta, después de pasarse días haciendo cábalas, no le ha debido  servir de escarmiento.

Dice que morirá agonizando, sí, es una pena. La verdad es que ya ni tan siquiera le odio. Me pasa igual que a mi madre, aunque creo que lo que sentía hacia ella no era odio, sino una mezcla de miedo y admiración, aderezado con el boato y la opulencia que le procuró.

Voy a hacer las maletas y, con el dinero de las joyas de mi madre. cogeré ese avión rumbo a Noruega.

 Quizás el viejo pensaba que moriría entre mis brazos, unos brazos que ya empiezan a languidecer. Quizás soñaba con asir de nuevo mis senos turgentes, senos que ya no despuntan orgullosos. Quizás anhelaba que mis ojos le miraran con ternura, ternura que él suplió con deseo pegajoso y obsceno.

Quizás todos tengamos un destino.

El móvil suena en el avión. Son las nueve. Los Fiordos al amanecer son como arañazos en el mar.  Heridas insalvables como las de su corazón.

Raquel Ferrero
 

lunes, 28 de noviembre de 2011

El rescate (II)

Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”

Rubén había recibido la misiva. Jonás estuvo ladrando y arañando la puerta hasta que le abrió. Su expresión, que abarcaba todo su hocico y sus enormes ojos negros, reflejaba una dulce tristeza. En algún lugar le habían separado de Adriana y desde entonces dejó de menear el rabo.
Sorprendido por aquella inesperada visita, Rubén le asió por debajo de sus patas delanteras, abrazándole para sentir su calor después de tanto tiempo. Respiró el aroma de Adriana que emanaba de aquel jersey con bolsillo incluido, donde un sobre de color blanco le llamó la atención. Lo cogió con curiosidad no exenta de temor. ¿Qué hace Jonás aquí? ¿Dónde está Adriana? Salió a la puerta, se asomó al balcón y buscó a ambos lados de la estrecha calle Mantuano, pero sólo vio un gran turismo negro alejarse a toda velocidad.
Desde que Adriana le dejó tirado en el juzgado el día de la boda, todo un juego de enigmas y secretos de familia se habían presentado ante él. Fue duro encajar el golpe, no estaba convencido de haberlo hecho, era más, en su fuero interno estaba seguro de lo contrario. Se sentía tocado en su línea de flotación y pronto estaría hundido; fue esto precisamente lo que le decidió a cambiar. Era mejor enfrentarse a los problemas y buscar soluciones a las incógnitas, que esperar a que se resolvieran por sí solos. De alguna forma era como la vida, podías afrontar las contrariedades y asumir las consecuencias de tus actos o rodar entre  ellas como el agua se mece en el cauce de un río, conociendo de antemano cuál es su principio y  su final.
Recordó las clases en la facultad, Garcilaso. No era su modelo. No quería plegarse a ese destino que parecía haberle alcanzado. Tenía que rebelarse, quizás lo que sucedió la última vez que la vio. No debía tomarlo como una desgracia, era más una llave a otro mundo, a otra vida.
Intentó entender el mundo de Adriana ¿qué motivo podía haberla llevado a comportarse así? ¿Qué no entendía de su vida en común? Desde luego fuera lo que fuera, estaba dispuesto a comprender y esforzarse tanto como se necesitase. Con la mente abierta se decían cuando no estaban seguros de la anuencia del otro.  Con mente abierta, con mente muy abierta; claro que elegir el color del techo de una alcoba entre negro cisne y rojo grosella era una cosa y comprender su huida y desaparición otra muy distinta. En ambas ocasiones compartían el deseo de entender, de llegar a un punto común que fuera fácil de asumir por ellos dos.
Dejó que Jonás saltara al suelo. Aún guardaba la toalla con el estampado de una ballena con que se lo regaló de cachorro a Adriana y que a ésta le inspiró para ponerle el nombre: 
 - Todo aquel que salga de una ballena debería llamarse Jonás. Espero que heredes la tenacidad que tu nombre lleva implícito -le dijo acercándoselo al corazón para transmitirle su calor a aquel peluche de algodón blanco con ya enormes ojos negros.
Extendió la toalla junto al radiador y le puso su tazón de agua. Subió el volumen de la música que había bajado al oír sus arañazos en la puerta y se sentó en su sillón. Había viviendas y había hogares. En el momento en que el sillón pasaba a ser su sillón aquel lugar comenzaba a ser partícipe de su espíritu. Aún quedaba algo de Adriana en ella y la veía en cada rincón de aquella casa donde habían decidido establecerse. La música le ayudaba a concentrarse. Lo pensó mejor, cogió el mando a distancia y apagó el equipo. Era el momento de desempolvar un viejo vinilo y sentir la música como antes. Eligió uno cuya portada mostraba un piano de cola cubierto de nieve. Al instante la aguja impactó con el disco y los acordes del piano comenzaron a inundar el ambiente al ritmo del piano y de la voz From Now On (De ahora en adelante). Esperaba que fuera una declaración de principios de cómo él quería comportarse en el futuro.
Sentado releía una y otra vez la carta que había recibido por tan particular conducto. Había llamado a Juan, el padre de Adriana. Durante la conversación se escuchó decir: Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo. Le sorprendió la calma con que Juan había recibido la noticia. Ya unos días atrás, había conversado con él sobre la marcha de Adriana, dónde estaba y qué haría. Su actitud ante los hechos y sus consecuencias, le convencieron de que, o tenía mucha sangre fría o realmente sabía qué le estaba ocurriendo a su hija. 

     
Luis C. Castilla       

Hijo único

Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate aunque quisiera hacerlo. En los últimos días lo he perdido todo.

Marta siempre elegía parajes maravillosos para el recreo de nuestros sentidos. Además de cultura, disponía de un refinado gusto, que invitaba a disfrutar de cualquier placer que la naturaleza pudiera ofrecer o que la mano del hombre hubiera elaborado.

─Cierra los ojos y mastica despacio ─me dijo sonriente, mientras se acercaba a mí con un tenedor que tapaba con la mano izquierda, para que no pudiera ver su contenido─, lo he hecho especialmente para ti.

─Está delicioso ─balbucí mientras mis papilas se despedían llorosas de tal tesoro ─, ¿de qué está hecho?

─De mucho cariño. Los demás ingredientes me los reservo, no sea que alguna mala persona que yo conozco, haga mal uso de ellos ─respondió sarcástica, mientras su cara reflejaba un gesto burlón.

Y corrí tras ella, como tantas veces; siempre en la misma dirección; siempre haciendo que la cena se enfriara.

Nunca me había sentido tan feliz. No podía imaginar que, metido en la cuarentena, encontraría una mujer tan maravillosa, que colmara de esa forma mi existencia, consiguiendo que mi vida tuviera un verdadero sentido. Haría lo que fuera por ella.

Aquella gélida mañana de mediados de febrero, con las aceras enmoquetadas en blanco, propicias para resbalar, apareció ella, que se deslizó a mi lado, aferrándose a mi brazo para no caer, a punto de precipitarnos, como dos niños en su primera visita a una pista de hielo. Cara de susto, disculpas, primero. Sonrisas, chocolate caliente, después.

Ese día afloró Marta, como un beneficio añadido. Fue nada más salir del banco, donde contraté aquel fondo, tras aquella jugosa operación financiera. A partir de ese momento, mi suerte cambió.

Ser hijo único, aunque pueda no parecerlo, cuenta con numerosas bondades. Éstas aumentan si perteneces en una familia económicamente respetable: puedes estudiar en los mejores colegios, te mueves en círculos distinguidos, conoces a personas que para otros serían seres de ficción y, sobre todo, no tienes que rivalizar con nadie para conseguirlo.

─¿Quién es? ─pregunté a Marta, al ver la foto que llevaba en el interior de uno de los desplegables de su cartera, complemento que solía utilizar con la mayor discreción. La había abierto sin reparar en mi presencia y rápido la cerró.
─Es mi hermano Rafa. Sabes que soy muy celosa de mi intimidad, prefiero no hablar de mi familia.

No hice ningún otro comentario. Ese hermetismo era lo único que podía reprocharle, pero yo actuaba de forma similar. Por un momento me resultaron conocidos los ojos de Rafa; quizás me recordaban la mirada de su hermana.

Ser hijo único, si bien puede creerse que todos son excelencias, acarrea ciertos inconvenientes: no poder compartir tus ilusiones y confidencias, largos ratos de aburrimiento, no desarrollar ciertas habilidades que poseen otros niños. En mi caso, estas desventajas se acentuaron por el hecho de perder a mi madre en plena pubertad, quedándome sólo con mi padre, siempre muy ocupado, y con alguna asistenta severa, aburrida y… fea, todo hay que decirlo. Parecía que mi padre se esmerara en contratarlas así.

Él se ha dedicado a los más variopintos negocios, en muchos casos ignorados por mi madre y, más tarde, por mí. Sé, por terceras personas, que no todas sus ocupaciones han sido tan honorables como se pudiera desear del padre de uno. También conozco de sus adicciones al juego y al güisqui, aumentadas desde que enviudó. No sólo perdió dinero sobre el tapete, también posesiones y participaciones empresariales; amén de las hipotecas que pesan sobre todas nuestras pertenencias, incluida la casa donde yo vivo, y de los avales, firmados por mí.
Nadie cercano sabe de mis avatares paternos, ni siquiera Marta, que, en los dos meses en que llevamos saliendo, no ha conocido a mi progenitor; además, he procurado mentarle lo menos posible en nuestras conversaciones, a pesar de que, en varias ocasiones, se ha interesado por sus negocios.

Hace tres días falleció mi padre, de un infarto de miocardio. A su débil estado de salud no ayudó el estrepitoso fracaso financiero sufrido en las últimas semanas, fruto de ciertas especulaciones infligidas sobre sus bienes  por sus llamados amigos. Al entierro no hemos ido más de diez personas. Marta estuvo todo el tiempo ofreciéndome consuelo, pero recriminándome, también, no haberle dado la oportunidad de conocerle en vida.

Ser hijo único supone que, en la mayoría de las ocasiones, heredas todas las riquezas de tus padres. A veces, como en mi caso, sucede lo contrario, y lo que obtienes son todas sus deudas, consiguiendo que pierdas, además, tus bienes, tus ahorros, tu reciente fondo, quedando en la ruina; aunque cuantos te conocen  te envidien, por esa herencia tan suculenta que imaginan que has obtenido. Marta, incluso, alguna vez, había bromeado sobre mi presunta fortuna.

Hoy, al llegar a casa, la encuentro sentada en una silla, maniatada, con un ojo amoratado, y con una pistola apuntándola en la sien; suplicándome, entre sollozos, que la ayudara. A su lado, un tipo barbudo, con gafas de concha. Me da una carta y me dice que, en cuanto salga por la puerta con mi novia prisionera, la lea con detenimiento. Si quiero que ella siga con vida,  deberé cumplir con lo que está escrito.

 Me lío a puñetazos con todo lo que pillo a mano. Me descubro llorando, temiendo por el futuro de mi amada. Mareo mi cerebro pensando en ese tipo y caigo en la cuenta de que coincidí con él un par de veces en el banco; la última fue la mañana en que, al salir de la sucursal, conocí a Marta; el día en que contraté aquel fondo por medio millón de euros.

Sigo rumiando su cara y reparo en que sus chispeantes ojos son los mismos que vi, a hurtadillas, en la foto que ella guardaba en su cartera. Está claro. Es su hermano… o su marido… o su socio. Todo este tiempo he sido engañado. Tanto padre rico, tanto hijo único… tanto cariño malgastado. Sólo querían mi dinero, el dinero que ya es de mis acreedores.
Vicente Briñas

domingo, 27 de noviembre de 2011

Pura

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podría pagar el rescate, aunque quisiera hacerlo…” El número del apartado de correos seguía bailando en mi mente. Hacía una mañana apacible de otoño, pero fría, de ésas donde los recuerdos muerden. No obstante eran pocos los meses que mediaban de nuestra separación y cualquier imagen se me antojaba punzante. Ella se quedó con la cueva, como llamaba a nuestro piso de cien metros cuadrados, con una pingüe pensión y con la custodia de nuestras hijas: Alma y Pura. Si hubiésemos tenido una tercera, estoy seguro que la hubiese llamado Bendita.

Se quejaba por todo. Recuerdo que, no sin esfuerzo, le llevé durante unas vacaciones a un hotel junto al castillo de Perelada, en Gerona. Íbamos todas las noches a cenar y pasar la velada en el casino.

- ¡Siempre la misma cena! –replicaba, a pesar de los numerosísimos platos del menú frío y caliente y de las exquisitas carnes y pescados del restaurante.

Le encantaba el champán pero... ¡tampoco estaba a la temperatura adecuada!

- ¡La culpa es del crupier, que siempre está tirando a los números que no juego! –comenzaba a farfullar, animada por las burbujas, pasadas las doce de la noche.

Alma, la mayor de nuestras hijas, antes de la separación sopesó el panorama; hizo las maletas y se marchó a Londres, para dar clases de español en una prestigiosa escuela. No quiso darse por enterada cuando le comunicó su madre que habíamos decidido vivir como “La Tour Eiffel” y “The Statue of Liberty”.

Sin embargo Pura, con sus catorce años, estaba tan apegada a su madre... Y ahora no sabía qué iba a pasar...

Me acababa de sentar en el sillón cuando sonó el teléfono. Descolgué y pregunté quién era, pero no contestó nadie. Al poco, colgaron. Pensé en la carta que había recibido ¿Sería el secuestrador? Volvieron a asomar a mi mente los números del apartado de correos ¿Porqué cuatro mil euros? No se trataba de una cantidad importante pero yo estaba exprimido hasta el máximo, no disponía ni de cincuenta.

Estaba absorto, como un meditante, cuando sonó de nuevo el teléfono.

- ¡Le advierto que no pienso darle nada! –grité al levantar el auricular.
- ¡Papá!, ¡papá! ¿Pasa algo? –gritó Pura, del otro lado.
- ¡No! ¡Nada, hija! ¡No pasa nada! Un pesado que llama y se queda callado sin decir palabra –dije aliviado, por mi ocurrencia.
- ¿Y Canela? ¿Cómo está? –preguntó curiosa por la perrita.
- ¡Lo siento, hija! Hace dos días, al entrar al supermercado, la dejé atada a la puerta y no sé cómo se desató, saltó a la calzada y la atropelló un camión. No sufrió nada, de verdad, murió al instante...

El llanto de la pequeña saltó del otro lado de la línea telefónica y no sé por qué, en ese instante, mi memoria puso ante mis ojos el número del apartado de correos.  

Ernesto Vinader

El rescate

“Rompí la carta. Al fin y al cabo, tampoco podía pagar el rescate aunque quisiera hacerlo…”

La tristeza me invadía. No conseguía entender el porqué de todo esto. ¿Cómo era posible que hubiéramos llegado a tal situación? Las amenazas que en ocasiones él había  proferido nunca pensé que llegaran a ser ciertas. ¿En qué momento nuestra relación dio un vuelco tan grande?

Elegimos aquella casita de campo aislada de la ruidosa y estresante ciudad. Apasionadamente enamorados vivíamos el uno para el otro. Todo era maravilloso. Compartíamos  juntos el máximo tiempo posible. El se dedicaba a componer música mientras que yo trabajaba desde casa gracias a las nuevas tecnologías. Remitía mis artículos contratados por un periódico con el que tenía una ideología afín. El resto del tiempo lo dedicaba a escribir mi primera novela. Parecíamos tan felices…

Poco a poco empezó a viajar a países lejanos donde estrenar sus obras. Sus ausencias se dilataban por tiempo indefinido y sus regresos eran sorpresivos. Me sentía muy sola. Al estar alejada de la ciudad fui perdiendo el contacto, con mis amigos, con mi familia, incluso con vendedores, ya que encargaba todas las compras por teléfono. Esperaba su vuelta con devoción y él, por el contrario, demostraba cada vez más frialdad. En esos momentos tenía que haber tomado la decisión de cambiar mi forma de vida pero estaba tan enamorada que no era capaz de hacerlo.

Llegó un momento en que éramos extraños el uno para el otro. A pesar de esto, él siempre insistía en que quería seguir llevando la misma vida y que yo estuviera a su lado.

La falta de relaciones sociales, la cada vez más creciente añoranza de las actividades de la ciudad me fueron sumiendo, sin apenas percibirlo, en un principio de depresión. Los artículos que escribía cada vez me costaban más. Mi novela estaba estancada y no me sentía con fuerzas para continuarla. Poco a poco, mi autoestima fue disminuyendo. La angustia que me originaba tal situación no me dejaba dar un paso adelante.

Por fin, en la época de vacaciones empezaron a visitarme amigos y familia. Se dieron cuenta de que algo ocurría. Una de mis amigas se empeñó en que me fuera una semana de vacaciones con ella, no tenía ánimo pero acabé aceptando. Al salir de aquel mundo cerrado en que se había convertido mi vida fui consciente de que algo tenía que cambiar. Con ayuda de mi amiga empecé a pensar en la separación.

Cuando él volvió de una de sus eternas giras le planteé mi decisión. A partir de entonces las peleas fueron continuas.

Pero ¿por qué él estaba convencido de que yo accedería a su chantaje? Digamos que se engañaba a sí mismo. A lo largo de los años manifesté muchas veces que Fernando me acompañaría durante toda su vida. Las peleas de los últimos tiempos le dejaban a salvo, fuera de nuestras disputas.

Sin embargo, empeñado en dañarme no dudó en insistir que haría todo lo posible por hacer de mi vida un infierno.

En la carta que me remitió, me pedía por el rescate de mi gato Fernando una alta suma que yo no podía pagar. Se lo llevó en una de sus últimas visitas a mi casa. Hacer caso a su carta suponía entrar otra vez en el juego del chantaje. Mi amiga me ayudó una vez más. Se enteró de que el pobre Fernando había fallecido en una clínica veterinaria debido a su muy avanzada edad. Esto me llenó de gran tristeza pero, al mismo tiempo, fue el último paso a mi liberación.

María de las Mercedes Martín Duarte

martes, 22 de noviembre de 2011

Entre el alquitrán y la seda

El gato se desperezaba sobre la alfombra, orondo y negro como el alquitrán, en un ritual conocido y secular que le daba consistencia de gato.

Allí, tomando el café de las once, con las hojas color salmón de El País del domingo,  desplegadas sobre la mesa, Onofre observaba a su gato. La cotidianidad del café, siempre sobre la misma hora, la lectura de los artículos de la prensa hasta agotarlos y otro sinfín de gestos, encajados cada vez con mayor precisión en el horario, y ese gato negro y bien cuidado le daban consistencia a él.

Alquitrán hubiera sido un buen nombre para el gato. Pena que no se le hubiera ocurrido antes… Sin embargo, se llamaba Akito, debido al entusiasmo de su novia por la cultura japonesa. Caray… ella era casi gótica y solía vestir de negro. Hasta hoy no había pensado en tanta identificación. Tampoco entendía muy bien qué hacía él con esa novia. Ya se lo decían los amigos, pero el caso es que le gustaba mucho. Para él era tan imprevisible que vivía instalado en la sorpresa y eso contribuía a mantenerle a la expectativa: vivo, en otras palabras.

Todavía recordaba con nitidez el día en que llegó ella con una caja de crema de manos, cuidadosamente envuelta en papel de color rojo, con una tarjetita escrita con letra primorosa: “Me encantan tus manos, esos dedos largos y finos que maltratas en tu trabajo. Con esta crema  recuperaran su suavidad. Te quiero.”

Los compañeros del trabajo se reían  al principio; pero como día si, día también, él se aplicaba en darse su mano de crema nada más terminar la jornada y lavarse; ellos acabaron claudicando y pidiéndole algo del ungüento para probarlo. Todos terminaron  encargándole una caja a su novia esteticista.

Onofre se mira y se frota suavemente las manos. Ahora están casi tan suaves como la seda, pero la parte más importante de ese milagro no la ha tenido la crema, han sido los cinco meses de paro que lleva en casa, asiéndose voluntariosamente a una rutina que le de sentido.
Entre la suavidad de la seda y la negrura del alquitrán tiene que haber muchas posibilidades intermedias- piensa… mientras acaricia, distraído, el lomo de su gato - y él está dispuesto a encontrarlas.
Olimpia Benito,
a partir del binomio fantástico 'seda' y 'difuntos'

Despertad, ya es hora


Algo había cambiado, algún resquicio se había abierto, escapando de todo control, él lo había descubierto y se colaba despacio, con esfuerzo después de tanto tiempo de inactividad; como una crisálida, que se hubiera creído eterna, despertándose.

Un sentimiento espeso y pesado de angustia lo impregnaba todo. Solo se oía el eco de la nada.
No recordaba desde cuando se sentía así. Un pensamiento se abrió paso: “desde SIEMPRE”. Pero por qué. No alcanzaba a entender los motivos que le podían haber conducido hasta ese estado. En esos momentos de reflexión, otra idea cobró cuerpo: “el TODOPODEROSO lo había decidido de acuerdo con sus leyes inexorables”.

Entonces tomó conciencia de que desde hacía un rato se encontraba mejor. Pensar le hacía bien.

¿Cuántos más habría como él? De haberlos, tenía que encontrarlos, para comunicarse con ellos y regocijarse, para gritárselo a los que todavía no lo hubieran descubierto, para formar una hermandad. Les diría bien alto que se quitasen el sudario del engaño: todo consistía en empezar a razonar.

El TODOPODEROSO les había subestimado, otra existencia con otras sensaciones y sentimientos eran factibles. Las leyes se podían cambiar. Los argumentos apolillados de que siempre había sido así y así seguiría siendo ya no eran creíbles. Aquel infierno era únicamente un invento más por muy teorizado y sacralizado que pareciera.

Una energía y una sensación nuevas le inundaban. Su objetivo a partir de ese momento estaba claro:” buscar la felicidad compartida y disfrutada con otros.” Solo pensarlo le reconfortaba enormemente, qué sería cuando empezase a hacerse realidad…

En esos momentos tan íntimos, se sentía rebosante de alegría porque había descubierto que la redención era posible.
Olimpia Benito a partir de la hípótesis fantástica:
qué ocurriría si los huéspedes del Infierno se amotinasen