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viernes, 6 de marzo de 2015

MORIRME ME VIENE FATAL, Y MÁS EN NAVIDAD

No me lo puedo creer. No me explico como me ha podido pasar a mi.

Yo que pensaba que era una chica lista y que como dicen de nosotras, podíamos  hacer dos cosas a la vez. ¡Qué pena! al final va a resultar ser una leyenda urbana. Espero que los hombres no se den cuenta de este detalle, porque lo tienen bastante interiorizado y con lo simples que son, les costaría asimilarlo.

Ya sabía yo que escribir a Alicia por el móvil mientras conducía, no era una buena idea. Aunque pensándolo bien, lo hacía cada día y nunca me había pasado nada, ni un simple susto. No tenía porque imaginarme que me iba a pasar hoy, precisamente el 24 de diciembre de 2015, el día en el que al final de la cena de Nochebuena, íbamos a decir la su familia que nos casaríamos el 29 de febrero del año que viene.

Si, el 29 de febrero. Cuando vi que 2016 era bisiesto, me propuse hacer algo especial ese día, y ¡qué mejor que casarme!. Alicia dice que le parece una tremenda tontería, que si me me he dado cuenta del frío que hace en Burgos en febrero. Pero me da lo mismo, soy así de original.

Y ahora, aquí estoy, en una cuneta con el coche empotrado en un árbol, con un frío espantoso y pensando en todo ésto.

Pero, un momento, no estoy segura si estoy viva. Supongo que sí, porque noto como el cinturón de mi flamante Audi A4 me está aplastando el pecho y no me deja respirar muy bien. Menos mal que tengo un buen par de tetas que me han amortiguado un poco el golpe contra el airbag, que si no igual me hubiera partido alguna costilla. Noto también el sabor del de la sangre cuando trago. Así que definitivamente debo de estar viva.

No me puedo morir ahora, precisamente ahora que tengo un montón de planes.

Cuando me presentaron a Alicia, me pareció una perfecta estúpida. Pero según la fui conociendo me di cuenta que tenía algo que la hacía especial (y no hablo precisamente de la ropa con la que viste). No se sí era su forma de ver la vida o simplemente lo atractiva que era, pero tenía algo que hizo que con el tiempo me sintiera atraída por ella. Tampoco sabría decir si era una atracción sexual o simplemente como la de una amiga a quién confiar mi día a día. El caso es que al cabo de poco tiempo empezó nuestra relación.

Que no, que no. Que ahora que pienso todo ésto no me puedo morir, que me viene fatal.

Menos mal que hoy me he puesto el vestido de mi modisto favorito (y por desgracia difunto), Óscar de la Renta y la ropa interior de Victoria Secret. Imagínate que viene una ambulancia a atenderme y llevo unos simples vaqueros, un jersey sin marca y unas bragas de 8,90 €, menudo chasco.

Que bien que ya no me duele el pecho ni tampoco noto el sabor de la sangre al tragar. Menos mal.

Espera un momento, ¿a ver si lo que está pasando aquí es lo que no quiero que pase? No, no y no. Que no me quiero morir ahora. Que me quiero casar el 29 de febrero. Que llevo puesto un vestido de 4.379,95 € del señor de la Renta, con unos tejidos vaporosos y una pedrería impresionante, y quiero que la familia de Alicia vea lo buena que estoy. Y mejor no hablo del sujetador ni del tanga, que haría que más de uno y de una se cayeran de culo al verme.

Que he dicho que no, que hoy no me muero.

Me temo que por mucho que me empeñe no lo voy a poder evitar, que ya no estoy entre los vivos. No me duele nada y noto que mi alma está empezando a elevarse. Veo mi cuerpo ahí abajo y yo subiendo y subiendo. La verdad es que me veo ahí en el coche y he de decir que hay que joderse lo buena que estoy. ¡Qué lástima de cuerpo desaprovechado!

Menos mal que el mensaje que ha causado mi muerte lo he escrito desde mi iPhone nuevo.

¡Óscar, prepara la colección primavera-verano, que estoy subiendo!

Por Armando Benedicto

martes, 3 de marzo de 2015

EL PATITO FEO

No paraba de llorar. Nació de un parto rápido. Ya desde pequeño tenía prisa por salir al mundo.

Todo en su vida transcurriría muy deprisa.

Con casi cuatro años ya estaba acostumbrado a ver a su madre acostada sin poder levantarse de la cama. Y aunque lo hiciera muy bajito, la escuchaba llorar por las noches y lamentarse de su mala suerte. Aunque Marcos no lo entendiera muy bien, ya formaba parte de su día a día.

- ¿Por qué mamá está siempre acostada? - le preguntó un día a su padre.

- Verás Marcos, mamá está siempre en la cama porque está malita y no puede moverse de la cama.

- Pero es que yo quiero que venga conmigo a jugar al parque como la mamá de Lucía - le dijo con lágrimas en los ojos.

- No puede ser Marcos, mamá no puede ir contigo, le encanaría pero no puede. Venga, vámonos a los columpios que seguro que ellas están allí y que tenéis ganas de jugar y correr juntos por el parque - le dijo con un nudo en la garganta que casi le asfixiaba.

Cogió su bolsa llena de galgerías, dio un beso a su madre y salieron a la calle.

Dos meses más tarde, ya no vería a su madre tendida en la cama, ni la oiría llorar, ni lamentarse, simplemente ya no estaría. También tuvo prisa por perder a su madre.

Ya con ocho años, en los recreos del colegio, no jugaba ni al fútbol, ni a las bolas, ni a las chapas, ni a los juegos que jugaban sus amigos, era exraño y casi siempre solitario, de ahí que fuera el raro de su clase. A él lo que le gustaba era correr y normalmente sin compañía. Si a eso le sumabas que sólo tenía un padre y no un padre y una madre como la mayoría de los demás niños y niñas, ya era conocido como el "patito feo".

Pero él no se sentía raro, simplemente era así, feliz con las cosas que hacía. 

El día en que cumplió los nueve años, su amiga Lucía al darle su regalo le dijo:

- Toma Marcos, mi regalo. Son unas súper zapatillas para que corras tanto como un señor negro que he visto en la tele, que parece que tuviera muelles en los pies.

Y empezó a correr con su padre. A ir con él a todas las carreras en las que podía participar. Y así a los nueve años, consiguió ser campeón de Madrid en su categoría. También tuvo prisa por ganar carreras.

Así era su vida, todo transcurría muy rápido. Tuvo prisa por enamorarse de Lucía, por terminar sus estudios, por trabajar, por vivir con ella, por tener a Ángela... todo iba demasiado rápido.

Hasta que un día, sintió que no quería correr más, que quería pararse y disfrutar sin prisa de su hija y de Lucía. Que tenía justo lo que quería, que con ellas todo tenía sentido. 

Ese día, llegó pronto a casa, cenaron sin prisa, y cuando terminaron, las cogió de la mano y se sentaron tranquilamente para ver su película favorita. Se quedaron dormidos en el sofá. Eso si, sin ninguna prisa.

Por Armando benedicto