sábado, 28 de febrero de 2015

Navidad

Padre nos prometió una gran sorpresa para cuando tañera la última campanada del año. Madre supuso que, por fin, había encontrado un trabajo serio, como Dios manda. Se arrodilló y comenzó a rezar dando gracias al Señor. Yo solo podía pensar en la bicicleta BH que llevaba dos años pidiendo a los Reyes, pero que nunca llegaba, y Merlín y Tábata eran demasiado pequeños para entender el universo de padre…

Padre era de esa clase de personas que siempre conseguía que algo maravilloso sucediera. Recuerdo nuestra última comida de Navidad. En la calle había comenzado a nevar petardos, villancicos y serpentinas. Madre, entre fogones, preparaba un caldo con esqueletos de pollo, huesos rancios de jamón y picadillo de cebolla. Lloraba. Siempre lloraba con la cebolla y se secaba los mocos y las lágrimas con un ajado trapo que llevaba, a modo de condecoración, sobre el hombro. Yo trasteaba con un pequeño belén de figuritas desiguales e incompleto, dirigiendo guerras entre soldados, ovejas, marranos, el desnudo madelman y el niño Jesús de porcelana del sinfonier que parecía, por lo grande, un bebé de verdad. Los gemelos gateaban por el frío suelo de terrazo tiznándose las manos, cuando él abrió la puerta. Sonreía, con esa sonrisa mellada, blanca y enjuta que le hacía tan especial. Tenía el pelo cubierto de nieve y venía en chaqueta y sin bufanda. Me levanté corriendo para abrazarle, a la vez que le quitaba a Merlín una vieja pandereta con la que intentaba aplastar a una fila de hormigas, que se habían instalado en el comedor. Me pidió silencio con el dedo puesto en sus labios, y se dirigió a madre. Le tapó los ojos, le besó en el cuello y le preguntó algo que no alcancé a entender. A continuación, de una bolsa de plástico sacó un envoltorio mojado de papel de periódico, dentro del cual tenía una hermosa gallina. “Para la cena”, dijo. Madre pegó un respingo y le preguntó de dónde demonios había sacado ese bicho sin desplumar… “Lo cambié por el abrigo”, continuó satisfecho. A padre se le borró la sonrisa cuando ella le ordenó que cerrara la puerta de la cocina. Me miró con ojos de niño al que acaban de pillar en una trastada y, aunque me dedicó un simpático guiño, supe que madre le iba a regañar muy fuerte. Mi corazón empezó a galopar dentro del pecho, luego continuó por el sendero de mis sienes y a lo largo del valle de mi cuello, como esos caballos de las películas de vaqueros, que llenan de polvo la pantalla. Merlín estaba sentado a mi lado mirando hacia el lugar del que provenían las voces, señalándolo con su diminuto dedo, entretanto Tábata, muy quieta, hacía muecas con la cara, y se ponía roja, como si estuviera a punto de ensuciar el pañal. Padre salió, poco después, cabizbajo, triste, parduzco, con la gallina agarrada aún por el pescuezo… Se agachó hasta donde yo estaba y, mágicamente, sacó una chocolatina de detrás de mi oreja. Aquello me emocionó. Me hubiera encantado aplaudir, abrir las ventanas y chillar a los muchachos que jugaban en la plaza que mi padre era un mago de verdad como los que salían en la tele y que hacía aparecer chocolate en las orejas, pero el adivinó mis intenciones y negó con la cabeza y con los ojos. No era un buen momento. Nadie volvió a hablar en mucho rato. Solo madre, algún tiempo después, cuando cogió a Tábata en sus brazos y le olisqueó el culo mientras repetía: “¿qué vida te espera, mi niña..?”.

La expectación era máxima, por conocer la sorpresa, cuando comenzaron a sonar los cuartos. Madre y yo nos mirábamos intentando adivinar qué era aquello tan asombroso que había preparado esta vez. Esa noche madre estaba bonita, muy bonita. Tenía recogido el pelo en un moño de horquillas, como una princesa de la tele que era muy rica y desayunaba diamantes, y había coloreado sus mofletes con reiteradas secuencias de pellizcos frente al espejo. Cuando dieron las doce, y todo en la calle comenzó a oler a petardos, padre se dirigió a su habitación y, en pocos minutos, salió con una chistera algo descolorida y una imponente capa negra de paño forrada de rojo brillante. En su mano lucía una varita mágica nueva, reluciente y negra, con los extremos remarcados de blanco. No quise parpadear para no perder ni el más mínimo detalle y los ojos comenzaron a escocerme. En ese instante, murmuró unas palabras ininteligibles e hizo aparecer un conejo dentro de la descolorida sopera de loza. Se le cayeron las lágrimas. Era su primer lepórido. Yo comencé a aplaudir frenético, feliz, muy feliz, con esos aplausos ahogados desde lo de la chocolatina, admirando a aquel mago de verdad, que sonreía y saludaba a un público imaginario… Madre también lloró. Lloró de golpe y de rabia. Lloró desbordando las cuencas de sus ojos, mientras le abría la puerta de la calle... Dijo que ya no aguantaba más, y siguió llorando; que era un fracasado, y las lágrimas le mojaron las zapatillas; que con tres críos que cuidar tenía bastante, y el charco que formó era tan profundo que comenzó a reflejar las luces de fiesta de la calle… Después, yo también lloré. Supe, a pesar de que la escena de la puerta se había repetido en otras ocasiones, que esta vez era la definitiva y que le perdía.

La señá Joaquina, la presidenta, quizá enternecida o algo enamoriscada de padre, desde que vinimos del pueblo, nos cedió un trastero y allí le escondimos. Fue nuestro secreto. Lo sigue siendo. Cada tarde, acudo fiel al cuarto para llevarle algo de comida y abrazarle. Ya casi no le reconozco. Él continúa ensayando su truco, el que –según dice– le convertirá en el mejor mago del mundo. Cierra los ojos con fuerza; se cubre con un trapo rojo; pronuncia las palabras mágicas y desaparece…

Yo me marcho aplaudiendo, gritando “bravo” y fingiendo que no le veo, como cuando era niño. Sé que solo así podrá dormir tranquilo.


Por María Sergia Martín

viernes, 27 de febrero de 2015

Hollina

Erase una vez una niña que quedó huérfana al  morir sus padres y fue entregada al cuidado de una viuda rica con dos hijas, a cual más fea. La niña huérfana entró en la casa con las bendiciones de las autoridades,  ya que  la familia que la acogió poseía excelentes referencias en el entramado social y eclesiástico del lugar.

Los primeros días transcurrieron tranquilos, mientras la viuda y sus hijas se dedicaban a observar a la pequeña criatura con curiosidad,  procurando además mantener las apariencias de cara a las visitas que los vecinos, curiosos a su vez, les hacían. No pudieron por menos que darse cuenta de las cualidades que la adornaban, era una niña sana, hermosa y deseosa de cariño. Se mostraba servicial y cautelosa con las tres mujeres y se esforzaba por adaptarse a las nuevas circunstancias de su vida, a pesar de la tristeza que a ratos la invadía.
Con el paso de los días, la viuda y sus hijas empezaron a calibrar las ventajas e inconvenientes que para ellas tenía la nueva presencia en la casa. La madre viuda decidió que no quería hacer más gastos de los habituales y, a pesar de la remuneración administrativa que recibía a cambio del cuidado de la niña, escatimó todo lo que pudo a la hora de comprarle ropa, ofrecerle comida, ni una sola de las galguerías que prodigaba a sus hijas  le estaba permitida a la advenediza.

Por otro lado, las hijas, presumidas y vagas como eran, pensaron rápidamente en delegar en la pequeña las tareas de la casa que ellas tenían encomendadas y dedicarse a la vida muelle. Si la pequeña hacía las tareas domésticas, podrían ellas dedicar más tiempo a sus cosas y no se verían interrumpidas por aquel ser despreciable y abandonado a su suerte.
Así, de la noche a la mañana, dejaron de llamarla por su nombre y pasaron a llamarla Hollina, por el tiempo que dedicaba a mantener encendida durante el día la chimenea y  por la noche limpia de cenizas.  Dormía en un pequeño cubículo en la cocina, sin posibilidad de ducharse o cambiarse de ropa, lo que la iba haciendo cada vez más borrosa y mimetizada con el ambiente de los fogones.

Pasaron los años y, un día, las hijas de la viuda vinieron con la noticia de un rodaje que se iba a hacer en el pueblo, andaban buscando actrices para el papel principal. Habría un casting a los pocos días y convocaban a todas las jóvenes del pueblo al evento. Las chicas mayores estaban exultantes, querían quedarse con el papel principal y protagonizar una historia del cine por la que serían conocidas en el mundo entero, saldrían del pueblo, vivirían en grandes hoteles y serían seducidas por los galanes más guapos del mundo. Había mucho en juego y pidieron a su madre que les comprara vestidos y les procurara entrada en los salones de estética más reputados de la ciudad, con el objetivo de deslumbrar el día del casting.

No se preocuparon por conocer cuál era el tema de la película ni el papel a interpretar, se lo jugaron todo a ofrecer la mejor apariencia.  La madre desembolsó abundantes caudales, a regañadientes, también hay que decirlo, porque no tenía mucha fe en la cabeza de chorlito de sus hijas, ni en sus posibilidades de lograr la apariencia de belleza que establecía el canon de la época.

El día del feliz acontecimiento llegó y las hijas de la viuda de presentaron  con sus mejores galas, esperando ser recibidas entre aplausos mientras la alfombra roja se desplegaba ante ellas.  El director de la obra las recibió cuando llegó su turno, les pidió que subieran al escenario e interpretaran la parte de la obra que más les había gustado.  Ellas no supieron de qué les hablaba y dieron unos paseos de un lado a otro del escenario mientras tomaban conciencia del ridículo al que se estaban exponiendo. No sabían ni por asomo de que iba a tratar aquella película. No les interesaba en el fondo. Ellas ya habían hecho todo el esfuerzo por aparecer favorecidas.
El director se impacientó y les pidió que abandonaran el escenario para dar paso a otras candidatas.  Ellas obedecieron mohínas, pero no resignadas y, al bajar, preguntaron qué habían hecho mal.

- El papel, ¿no conocéis el papel?- les dijo el director.
- ¡Ah claro!, se nos olvidó con los nervios, dijo la más atrevida. ¿Podemos quedarnos a ver como lo hacen las siguientes?
- Por supuesto que no-  respondió de malos modos el responsable- También las demás están nerviosas, no sólo vosotras.

Su orgullo había quedado malherido y pensaron que habían sido estúpidas, pero a la vez odiaron a este director de escena desconsiderado y poco sensible a sus indudables talentos. Así pues, se dirigieron a su casa a buscar el consuelo de su madre, quien por su cuenta se había enterado del título de la película: “Cenicienta”. Se sintió  furiosa por el desdén con que habían sido tratadas sus hijas, y pensando en desagraviarlas,  les pidió que acompañaran a Hollina al casting, que vieran los vecinos que allí no se hacían distingos.  Pensó para sus adentros que las chicas podrían reírse un poco de la confusión y del ridículo que inevitablemente haría Hollina en el escenario.

Muy sorprendida, la joven se vistió con la ropa usada que le dejaron, se lavó y peinó y acudió al casting sabiendo al menos el título de la obra que sus hermanas le habían comunicado. Ya sabía de qué iba la obra, su madre le había contado el cuento siendo una niña, hacía ya muchos años…

Hollina triunfó, manifestó un talento natural y una identificación plena con el personaje central. El director de escena, feliz de dar con una tan buena actriz, le concedió el papel y la alejó de aquellas malas brujas.


   
Por Eugenia Corral

domingo, 7 de diciembre de 2014

LA HISTORIA JAMÁS CONTADA DE LOS TRES CERDITOS Y EL LOBO

- No comas más galguerías, Godi, que vas a reventar- Le decía su hermano mayor
 Rodo (Rodolfo) a Godofredo el menor de los tres cerditos. Pero éste no le hizo ningún caso y siguió comiendo y comiendo . Su cuerpo iba engordando cada vez más, se hinchó como un globo, hasta que “¡BOOM!”, estalló llevándose por delante  la casa de Rodo,  hecha de ladrillo firme,  que saltó por los aires.
Viendo Rodo y Herme (Hermenegildo), los hermanos mayores, el percance, se les ocurrió que para cobrar el Seguro del Hogar, no podían decir la verdad. Entonces inventaron que fue el lobo quien había tirado la casa soplando.

- Pero ¿quién va a creer semejante patraña?- decía Godi.- ¿y quién iba a creer que fuiste tú comiendo? A mí me parece más creíble que fuera el lobo- replicaba Rodo.

Así que se pusieron de acuerdo y rellenaron los papeles del seguro, culpando al lobo de su tragedia.

A Herme le gustaba hacer “manualidades” y estaba construyendo un bazooka. No le funcionaba, pero encontró en el suelo un muelle, que resultó haber salido de la cabeza de Godi, se lo puso y el instrumento en cuestión se disparó explotando y saliendo por los aires la casa de Herme, que estaba hecha de madera.
Una vez más decidieron echar la culpa al lobo para cobrar el seguro.

La casa de Godi era la más pequeña. Estaba hecha de paja. Estando en ella los tres reunidos, Rodo estornudó y toda la casa se vino abajo.
Pensaron en el mismo plan: decir que fue el lobo.

Cuál fuera su sorpresa cuando al llegar el técnico del seguro del hogar, éste era el lobo en persona, quien sólo pensaba en comérselos en pepitoria, o al ajillo, o a la riojana. Así se formó un espectáculo de carreras del lobo tras de los cerditos, hasta que el lobo quedó exhausto. Los cerditos habían perdido muchos kilos en la carrera, por lo que decidieron hacerse modelos de pasarela y ganaron mucho dinero, con el que juntaron y reforzaron sus tres casas. Además pensaron en agradecérselo al lobo. Pagaron la fianza por sacarlo de la cárcel, en la que había ingresado por el supuesto caso de las casas, y le invitaron a vivir con ellos, eso sí comiendo sólo comida para perro envasada y alguna galguería de Godi.

Por Rosa Velasco

sábado, 6 de diciembre de 2014

Una flor en la nieve

Un bulto azul yacía tendido en la nieve. Era una niña, y se estaba muriendo.

Sus cabellos dorados parecían brillar al pálido sol invernal. Hebras de pelo como si fueran de paja resplandecían a la luz. Era muy pequeña, tendría unos siete u ocho años. Llevaba puesto un vestido azul muy bonito. Seguramente se lo habrían regalado sus padres por su cumpleaños, aunque, lejos de este tipo de conjeturas, saltaba a la vista que estaba gravemente enferma. Su piel, increíblemente blanca, estaba de gallina. Su cuerpo entero se estremecía tiritando de frío. Un sudor febril le recorría la frente. Sus mejillas, quizá en otro tiempo sonrosadas, estaban ahora pálidas como las del mismo conde Drácula. Era aterrador verla.

Bajo estas circunstancias, una diminuta silueta se recortó en la lejanía y se fue acercando progresivamente. Se trataba de un muchacho de once años llamado Luk. El chico había salido ese día a buscar leña por el bosque, con la lamentable suerte de que el mal tiempo le dificultaba seriamente la tarea. Así pues, sin quererlo se había ido alejando hasta llegar al lugar en el que yacía la niña.

Luk, que iba distraido pensando en sus cosas, se sobresaltó y casi tropezó con el bulto azul. No era corriente encontrar a una pequeña tendida en la nieve. No era algo que sucediera todos los días. Y, sin embargo, ahí estaba, cubierta de nieve y como rodeada de una especie de halo angelical que envolvía sus rubios cabellos. Se percató de que tenía los ojos fuertemente cerrados y pugnó para que los abriera, sin éxito. Resueltamente, optó por ayudar a la chica, costara lo que costase, y disponiéndose a ello dejó caer a su lado el hacha que llevaba para cortar leña. Agachándose, apartó un par de dorados mechones de su húmeda frente. A pesar del frío, su piel ardía de fiebre.

-Tranquila, voy a ayudarte -dijo Luk-. ¿Cómo te llamas?

No obtuvo respuesta. La niña permanecía encogida, con una mueca de terrible dolor en su joven rostro. La tortura que estaba padeciendo, fuera cual fuese, parecía insoportable.

-¿Qué te ocurre? ¿Qué podría hacer por ti? -insistió el chico, cada vez más desesperado.

Entonces se fijó en algo que la pequeña llevaba agarrado en su mano, cerrada en un puño. Luk lo sostuvo con delicadeza y trató de abrirlo, pero fue en vano. La chica tenía el puño cerrado con fuerza y no lo abriría con facilidad, tal era el sufrimiento que estaba soportando. Probó a tomarle el pulso. Comprobó con enorme inquietud que la vida de la niña se apagaba por momentos mientras que él no podía hacer nada al respecto. Llevado por un impulso, la asió de los hombros y la zarandeó violentamente. Pero nada podía hacer para sacarla del grave trance.

Volvió a intentar abrirle el puño, y esta vez, tras un momento de flaqueza de la niña, lo logró. En su interior se escondía una extrañísima flor de pétalos negros que contrastaban vivamente con el blanco de la nieve. Era preciosa, y Luk la contempló maravillado. Pero justo en ese momento la niña se recobró.

-¡No! ¡No la toques! ¡La flor! -chilló, al tiempo que abría unos ojos como lagunas, de un azul intenso como el color de su vestido, y cerraba el puño- ¡Es mía! ¡Está maldita! ¡Debo protegerla con mi vida!

El niño se apartó, asustado. Lo más asombroso era que, pese a haber sido aplastada, la flor permanecía indemne y lozana como el primer día. ¿O es que acaso había habido un primer día? Aquella flor era tan sumamente misteriosa que Luk no pudo evitar preguntarse por su origen.
La niña interrumpió sus pensamientos:

-Nía -dijo, con voz más pausada-. Así es como me llamo.

Luk asintió y, con un simple gesto, indicó a la pequeña Nía que se apoyase en su espalda. Ella se dejó llevar hacia la espesura del bosque, mientras dejaba caer la flor que con tanto ahínco sostenía. Quedó ésta como un punto negro en el gran manto blanco de nieve.

Los dos niños llegaron a una casa donde la chica pudo recuperarse de su enfermedad bajo los cuidados del atento Luk. Allí crecieron y se hicieron mayores. Nía no volvió a recordar nunca lo ocurrido, pero un día por casualidad llegó al mismo lugar donde había estado a punto de morir enferma y descubrió, en lugar de la bella flor, un hermoso y gigantesco árbol de hojas negras como el carbón que se conoce como el árbol negro. Luk y Nía, al poco de verlo, cayeron gravemente enfermos y murieron entre grandes penas y agonías, sin que esta vez hubiera nadie que los salvara.

Desde entonces dicen que el árbol negro trae mala suerte, desdicha y enfermedad a todo aquel que se encuentra con él.

Rocío San José 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los copos de nieve caen del cielo

Nevaba, y no es que ese fenómeno resultara extraño en aquella aldea de algún punto al ligeramente sur del Norte, en absoluto. Pero esa noche clara, a la luz de las llamas, la nieve se sentía cálida.

Dejaban la hoguera atrás, la aldea en el centro del claro del bosque, y a las mujeres y niñas, que se ocuparían mientras de preparar la ceremonia. Los ancianos árboles que rodeaban las casitas de madera parecían hundir sus raíces en lo más profundo de la tierra, impasibles ante el casi insoportable peso de la nieve que diariamente sobre sus copas se acostaba, resistentes al paso de cien años y mil ventiscas. Se marchaban, dejando el hogar a sus espaldas.

Caían lentos los copos y aun así no dejaban que las huellas de las parsimoniosas pisadas quedaran marcadas sobre el níveo suelo. No quedaba rastro alguno de sus pasos. La blancura de la superficie a sus pies y la brisa translúcida reflejaban la claridad de las antorchas, las sombras quedaban a un lado del camino. Uno, dos, marchaban todos en hilera, en silencio, el pequeño Mimuk de la mano de su abuelo, el anciano Aputsiak. Uno, dos, y el niño daba un salto para mantener el ritmo.

Mimuk tenía frío en los extremos de los dedos, y también en la punta de la nariz. Miraba a los demás hombres, una treintena, marchar sin abrir la boca, expulsando un denso vaho por la nariz. Todos los varones se encontraban allí, en mitad del bosque, caminando en línea recta, siguiendo una estrella que titilaba de forma especial aquella noche. Los más pequeños también estaban, incluido su hermano recién nacido, al que su madre había amarrado junto al pecho de su padre, por dentro del abrigo. Dormía.

El abuelo comenzó a tararear una melodía suave, melancólica. El sonido salía directo desde su garganta, penetrante, profundo. Pronto los demás se unieron a la canción, la música acompañaba el ritmo de esos pasos aparentemente sin destino.

Transcurrieron los minutos, quizá horas, dentro de aquel reducto de paz sonora abrigado por el silencio del bosque. Caminaron sin descanso hasta alcanzar el final del valle, junto a las faldas de la montaña. La nieve continuaba su triste separación con el cielo, viajaba lenta hasta darse de bruces contra aquel suelo que meses atrás estuviera cubierto de hojas del color del sol cuando tiene sueño, amarillo oscuro. Y, así, reticentes, los copos se despedían de las nubes invisibles de la noche y se fundían en la blancura a los pies de Mimuk.

La marcha se había detenido por fin, y los jóvenes recogían leña para hacer un fuego. El resto descansaba. El abuelo se agachó, quedando a la altura de Mimuk. Sus ojos se encontraron, ambos los tenían rasgados, oscuros como el interior de una cueva, brillantes como los reflejos de la luna en el agua. El anciano sonrió, y revolvió el pelo de su nieto mayor, sabiendo que pronto sería un hombre. Extendió su mano enguantada cubriendo el espacio que separaba su cuerpo del torso del niño. Esperó unos instantes mirando fijamente a Mimuk, y en seguida un copo de nieve, ínfimo, se descolgó del aire y cayó como acunado por la brisa sobre el cuero que cubría su palma.

- ¿Sabes qué es esto, Mimuk? - preguntó misterioso el anciano.
- Claro, abuelo, es un copo de nieve – respondió con presteza Mimuk.

El anciano, entonces, cerró su mano en un puño y aguardó cerrando los ojos.

- ¿Y ahora, qué es? - dijo.
- Sigue siendo un copo de nieve, abuelo, pero ya no lo veo – contestó extrañado el pequeño.
- Muy bien, Mimuk – se sonrió el hombre.
Abrió ahora el puño y mostró la palma de su mano, vacía ahora, al niño.

- ¿Dónde está el copo, Mimuk? - inquirió dulcemente esta vez.
- No lo sé, ¿qué le ha pasado? - preguntó Mimuk.
- El copo de nieve ahora es agua - explicó el abuelo. - Y mostró la gota líquida en el centro del guante.
- ¿Y ya no volveré a ver ese copo? ¿Nunca?
- No, Mimuk. Pero que no ya sea un copo no quiere decir que ya no exista. Mira, haremos una cosa.
Dejaré caer esta gota de agua al suelo. ¿Puedes imaginar qué ocurrirá?
- ¡Dímelo!
El abuelo sonrió. Giró su mano lentamente, permitiendo a Mimuk observar el pausado recorrido de esa lágrima que instantes antes fue copo de nieve, deslizándose por el guante. En el borde se conformó en gota y cayó, con la luz de la reciente hoguera reflejada en su relieve, sobre el suelo nevado. Mimuk observó cómo esa nimia gota de agua se fundía con la blanca inmensidad cuajada sobre las raíces del bosque.
- ¡La gota ahora es nieve, abuelo! ¡Sigue viva, sigue siendo nieve, aunque ya no es copo! - Mimuk gritó contento, agitado, estaba seguro de haber dado la respuesta que su abuelo buscaba.
- Eso es Mimuk, eso es. El copo sigue vivo, aunque ya no lo veas, aunque se haya fundido con la nieve – dijo el anciano sonriendo sólo con los ojos.

Pasaron algunas horas alrededor de la hoguera. Había dejado de nevar. Cantaban, reían, bebían y escuchaban a los más veteranos contar anécdotas y aconsejar a los jóvenes. Mimuk se quedó dormido con el resto de los niños, cuidando de su hermanito, acunado por las estruendosas risas de los hombres de su aldea.

Cuando se despertó ya estaba bien entrada la mañana. El sol lucía anaranjado allá arriba y dulcificaba la blancura del paisaje. Mimuk iba a la espalda de su padre, agarrado con las piernas a su cintura y colgando de su cuello. Sobre el pecho del hombre se encontraba el bebé, dormido y sonrosado por el frío.

Pronto llegaron a la aldea. El olor de las brasas calentó el estómago del niño y se sintió feliz de volver a casa. Vio a su madre a lo lejos, que se acercaba corriendo. En cuestión de segundos estaba a su lado, dando un abrazo a los tres hombres de su vida. Ya estaban de vuelta. “¿Dónde se encontraba el abuelo?” se preguntó sólo entonces Mimuk.

Ni él, ni otros dos hombres, los más ancianos de la tribu, se encontraban en la aldea. No habían regresado.

Tras la bienvenida de las mujeres a los recién llegados, dio comienzo la ceremonia. Alrededor de una gran hoguera se sentaron todas las familias, sobre la fría nieve. Una arrugada mujer, la Madre, inició una serie de cánticos a los que las voces de mujeres y hombres, en canon, se fueron uniendo. De nuevo, comenzó a nevar, como si la canción hubiera pretendido invocar esa lluvia congelada.

Sin cesar la melodía, tomó la anciana al hermano de Mimuk de los brazos de su madre y, danzando, lo mostró una a una a todas las familias del círculo. El bebé lloraba, quizá asustado, y no dejaba de revolverse en el abrazo prieto de la Madre. Esta lo calmó con su voz ronca pero suave, y el niño hipó. Depósito al pequeño sobre el blanco suelo, un instante. Extendió entonces ella su palma desnuda hacia el cielo, recogiendo un copo de nieve que resbalaba del aire. Cerró su mano en un puño. Al abrir sus dedos, una gélida gota de agua reposaba sobre su piel. Girando su mano lentamente,  dejó caer la gota sobre la frente del bebé.

- Tu nombre es Aputsiak. Llegaste como copo caído del cielo, ahora formas parte de la nieve, aquí sobre la tierra. Bienvenido a casa.

Mimuk supo entonces que su abuelo no regresaría, se había vuelto agua. Mimuk sonrió, y fue corriendo a saludar a su hermano, recién caído del cielo.

Lara Iglesias

En la nieve

En la montaña leonesa vivían dos niños con su madre y su abuela en una cabaña  aislada en el campo,  a pocos kilómetros de un pequeño pueblo que contaba con los servicios básicos:  tienda,  escuela,  servicio postal  y un consultorio médico atendido dos días por semana. Su padre trabajaba en los astilleros en una localidad costera. Los hermanos tenían 9 y 6 años respectivamente. No había carencias materiales  ya que el padre aportaba un sustento económico razonable, gracias a su trabajo y acudía cada mes puntualmente para verles y llevarles dinero, regalos y noticias de su mundo laboral.

Sin embargo la vida en la cabaña era dura debido a las condiciones climatológicas y a su relativo aislamiento. Ya acudir a la escuela era un esfuerzo diario.  Los días más duros del invierno no acudían y seguían con su madre el desarrollo de las tareas escolares, de acuerdo con los consejos del profesor que tenía previstas todas las eventualidades invernales debido a su experiencia.

En esos días había habido un temporal de nieve más duro que lo habitual y los hermanos llevaban varios días de encierro obligado, sin apenas poder salir de la cabaña, dedicados a juegos, deberes y a escuchar relatos que les leían o narraban la madre y la abuela.

Por fin salieron una mañana que el tiempo había despejado, para hacer unas compras en el pueblo. Su madre les había advertido de la dificultad para seguir el camino, irreconocible por la cantidad de nieve caída, pero la hilera de árboles les permitiría hacer el trayecto sin posibilidad de equivocarse. Bien calzados y abrigados,  con la excitación que el paisaje nevado y las ganas de aire libre les producían, echaron a correr sin mirar atrás. El mundo era suyo y sus pulmones y sus voces respondían con optimismo a la sensación de libertad.

El caso es que, aunque el camino parecía estar claro, ocurrió que en un momento dado  no reconocieron bien lo que les rodeaba y miraban con desconcierto a su alrededor. ¿Era ésta la hilera de árboles habitual o se habían desviado? Los árboles estaban a su vez vestidos de blanco, uniformados y escasamente reconocibles. Comenzaba a soplar un aire frío que atraía nubes, mientras los niños se afanaban por recobrar el sendero habitual. No había nadie a quien preguntar en el amplio horizonte y las nubes y el viento comenzaban a transformar el paisaje, dándole un aspecto amenazador. El pequeño empezó a llorar y a llamar a su madre. El mayor, alarmado, se hizo de golpe consciente tanto de su propio miedo como de su responsabilidad. El debía decidir si convenía seguir adelante o volver sobre sus pasos. Consolaba al hermano y le aseguraba que sabría como volver.

De pronto, se hizo nítido en la lejanía un punto negro que avanzaba hacia ellos y que no podían identificar. ¿Era un animal, un hombre, un fantasma …? El miedo se agudizó en ellos dejándolos paralizados e insensibles al frío. Quedaron algunos instantes más quietos, abrazados el uno al otro, con las miradas fijas en aquello que iba tomando forma a medida que se acercaba.

Por fin se aclaró a lo lejos una silueta humana vestida con una capa de paño negro que el viento bamboleaba sin piedad, pero que le cubría la cabeza impidiendo identificar a su propietario. Los niños permanecieron quietos observando.  No había donde esconderse y, en todo caso,  ellos a su vez ya habían sido vistos.
- ¿Quién es ese hombre?- Preguntó el pequeño.

- No lo sé, le esperaremos por si nos puede ayudar- respondió el mayor.
- ¿Y si es el sacamantecas?-  Recordó el pequeño la historia de la abuela sobre este personaje cruel, especialmente con los niños.
- No creo- es todo lo que se le ocurrió arguir al mayor.

A medida que aminoraba la distancia,  la criatura se les hizo más familiar. Parecía andar inclinado hacia un lado, por soportar algún peso extra que la capa impedía ver pero que hacía asimétrica la silueta. ¿Acaso no era Rufino el cartero?

La alegría de reconocerle les hizo saltar y gritando su nombre se acercaron corriendo a su lado. Él les saludó y les dijo que el día no estaba como para salir de paseo. ¿No habían visto las previsiones?. El se habría quedado en casa de no ser por el trabajo.  Les acompañó hasta su cabaña y continuó su camino.

Eugenia Corral

Nieve

Nieva. Los copos juguetean en su caída mecidos por el aire. Hace frio, mucho frio y el viento sopla a rachas haciendo que se note más. Salgo fuera de la vivienda para limpiar la entrada y hacer posible su salida de ella. Si sigue así nos veremos incomunicados.

Llevamos seis días que nieva de forma intermitente. De cuando en cuando tenemos que salir para limpiar la entrada.

Mi respiración se transforma en vaharadas de vapor que parece condensarse con esta temperatura volviéndose blanco.

Acabo de limpiar la entrada y regreso al interior de la vivienda. Me siento en la mesa y me pongo a escribir. Así pasamos mucho tiempo. Leyendo y escribiendo.

Hace dos meses que estoy aquí y desde entonces apenas he visto otra cosa distinta a una blancura sin igual. Nieve, nieve y más nieve. El blanco manto recubre todo cuanto alcanza mi vista.

Estoy aquí con otros dos científicos Marta y Juan. Nuestras investigaciones se han visto interrumpidas por el temporal que nos azota. No podemos salir porque si lo hacemos estaríamos bajo la terrible amenaza de desorientarnos y esto supondría nuestro fin. Los días que no nieva siempre tenemos algún punto que tomamos de referencia para no extraviarnos, pero cuando hay alguna tormenta todas estas referencias se pierden y entonces nos encontramos perdidos por lo que es mejor no salir de la vivienda.

Marta está escribiendo también y Juan está haciendo Sudokus. De cuando en cuando se cabrea porque no le salen pero enseguida reanuda su labor y reinicia uno nuevo con más ímpetu.

─Como siga así nos vamos a encontrar incomunicados   ─digo mirándoles.
─Si ─contesta Marta─. Es una nevada como hacía tiempo que no veía. Parece que se está ensañando con nosotros.
─Lo peor es que no nos deja trabajar ─replicó Juan.
─Trabajar sí, porque esto es lo que hemos venido a investigar ─contesté.
 ─Mientras no nos deje incomunicados ─dijo Marta.
─Tenemos suficientes víveres para una larga temporada y mientras tengamos operativa la radio estamos bien ─medio Juan─. Lo peor sería que esta nos fallase o se nos averiara. Entonces sí que sería el momento de empezar a preocuparse.
─No mentes al diablo en la casa del ahorcado ─medie.
─No seas cenizo ─replicó Marta─. Ya verás cómo mañana cambia el tiempo y podemos reiniciar nuestras tareas en el exterior.
─Eso espero ─conteste─. Aunque a mí me viene bien este tiempo ya que así puedo continuar escribiendo mi novela.
─¿Como la llevas? ─se interesó Juan.
─Ya la estoy acabando.
─¿Es policiaca, verdad? ─preguntó Marta.
─Si, y para diferenciarla un poco del lugar en donde estamos, transcurre en el Caribe ─conteste.
─Quien estuviera allí bañándose en aquellas cristalinas aguas y disfrutando de nuestro añorado sol ─dijo Marta al tiempo que ponía los ojos en blanco.

Me levanté y me dirigí a la ventana de la cabaña para ver el tiempo que hacía en el exterior.
La nieve seguía cayendo inmisericorde dibujando en su caída diferentes arabescos que no dejaban de tener su encanto. La noche se acercaba a pasos agigantados y la temperatura exterior bajaba vertiginosamente.
Me senté nuevamente en mi mesa y antes de ponerme a escribir pensé: “estamos en la Antártida, que esperas”.


Jesús Llamas