lunes, 20 de mayo de 2013

Deseo de salchichas frescas

Una  cebollita roja,
esa,
pocha tierna y transparente.
Májame ese diente de ajo
con esa ramita verde,
para luego.
Ahora toca nuestro turno.
Corta,
córta en trozos de a pulgada
y haznos danzar en la olla
patinando en la pochada,
con salero.
Unas patatas gallegas,
blancas,
uniformes y redondas,
no las cortes, rómpelas,
y que bailen con nosotras
sobre el fuego.
Aplica caldo hasta cubrir.
Sal,
pimentón, laurel, pimienta,
una pizca de azafrán,
remuévelo con cariño
a fuego de no exagerar,
y al coleto.
Por Vicente Briñas

Encuentro en la ermita

Estimado lector, después de la precipitada salida de los Madriles, regresé a mi refugio de juventud, lugar donde soy conocido por mi nombre de pila y no por un pseudónimo como es el caso de la capital.

Aconteció que, sumido en cavilaciones de los  últimos y azarosos días, y sin vislumbrar los hechos que iban a acaecer entonces, caminaba por el prado de Melquiades, cuyas frisonas dan la mejor leche de todo el valle, cuando  me encontré con un espectro en forma de mujer. No quiero decir que aquel ser de aspecto tan saludable acabara de regresar del averno, y mucho menos con aquellas mejillas tan sonrojadas, sino que era la viva imagen de Sisenanda, mi amor de juventud, a quien tuve la desgracia de acompañar en su último viaje al camposanto. Escapé de su sonrisa espantando vacas y libélulas hasta el recodo del árbol tronchado donde empieza el camino de la ermita.

Sólo la contemplación del valle con su centón de tonalidades verdosas consiguió que el sosiego se me implantase en el alma y amilanase mi taquicardia. Extendidas por prados las lenguas de colores, vislumbré la paz, el sosiego y la vieja iglesia consagrada a la virgen, patrona del valle, Ntra. Sra. de Valvanuz.

Antigua, de oscura piedra y fervorosas campanas, emergía sobre la hierba como un bajel que se desplazase sobre las olas. Rodeé su muros y, sobre ellos, el silencio roto por el viento que refrescaba sus piedras. Al llegar junto a sus macizas puertas de roble, me percaté de que los pájaros habían dejado de gorjear en la algarabía de sus trinos.  Nada escuché entonces salvo la resistencia de las bisagras al empujar la puerta. Quedó ante mí franca la entrada, y el interior, oscuro por la contundencia de sus sillares, se iluminó tenuemente a la vez que proyectaba mi alargada sombra hasta el atrio. Avancé unos pasos hasta situarme frente al altar.

La puerta se cerró de golpe y ahora sí, aislado del exterior, pude escuchar unos gemidos al fondo, tras el retablo. Caminé decidido pero con la discreción de estar en lugar sagrado, midiendo los pasos y el ruido que ellos provocaban. Frente a mí, en el suelo, pude ver como tres personas realizaban un juego amatorio que no sé si soy capaz de describir. Sobre una manta extendida en el suelo, un cuerpo desnudo formado por tres pares piernas y de brazos conformaban una extraña bestia de deforme aspecto y placenteros sonidos.

Espantado por aquella visión, salí de allí presuroso y me dirigí a casa de mi amigo Expedito Raudez, el cual nunca llegó a emigrar a la ciudad, dando yo por descontando el disgusto que había de darle.

–¿Qué te pasa, Ampuloso? Parece que acabaras de ver un fantasma. Bueno, respira. Siéntate un momento que te voy a traer un vaso de agua y ahora me cuentas.
–¡No te vas a creer lo que he visto! En la Ermita, detrás del altar, en el suelo, desnudos, creo que eran tres.

–Ah, bueno, no te preocupes por eso, el párroco de antes era un flojeras, pero éste está hecho un toro. ¡Hay que ver la salud que tiene! Vamos que se lo rifan.

 Aquella respuesta acrecentó aún más mi desconcierto, las palabras me faltaban y no sabía qué pensar. Al final, después de un largo silencio de ambos, acerté a decir:
–Hay que ver, Expedito, cómo ha cambiado el campo.
 
Por Luis C. Castilla

domingo, 19 de mayo de 2013

Habemus Papam

La party en casa de los Ybarra finalizó bien entrada la noche. Lázaro Santana bebió más de la cuenta y fueron su esposa, Eva, y el joven Judas Ybarra los que –en volandas, puesto que no se mantenía en pie– le introdujeron en el coche.

–Le ha trastornado lo de la dimisión del Papa –se excusaba la mujer ante los asistentes.
–No sé lo que me ha pasado –repetía una y otra vez el contrariado marido.

Lázaro era un hombre pío, tranquilo, poco interesante para su esposa, ferviente católico y admirador a muerte del Papa Benedicto. Por eso, tras la renuncia del Sumo Pontífice, a nadie le extrañó que –consternado como estaba– hubiera empinado el codo con desmesura. Es más, supieron excusarle.

Una vez en casa, Eva lo desvistió y lo metió en la cama, mientras Lázaro se hacía de cruces disculpándose una y otra vez por el monumental curda que se había pillado. En pocos segundos quedó atrapado por un profundo sueño.

A la mañana siguiente le despertó un inmenso dolor de cabeza. Estiró el brazo buscando el cuerpo de su esposa sin encontrarlo. Estará en la ducha, pensó. Se giró hacia el despertador y comprobó con estupor la hora…

–¡Dios..! ¡Dios..! Las doce y media. Esto no puede ser… ¡Eva! ¿Cómo no me has despertado antes?.. ¡Diooooos!.. ¡La reunión con Ybarra!

Lázaro se levantó de la cama a toda prisa y cuando quiso dirigirse al baño, dos hombres –ataviados con yelmos–  le cerraron el paso al compás marcial de sus alabardas.

–No puede salir, señor. La Curia está deliberando.
–¿Cómo que la Curia? ¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Qué está pasando?.. ¡Evaaaa!

El hombre pío achacó la situación al exceso de cavas y a la no metabolización de los mismos por su organismo. Se tendió en la cama, tapó sus ojos con ambas manos y tomó aire profundamente; no en vano era un hombre tranquilo. Dejó pasar unos minutos y, desde esa misma posición, comenzó a retirar las manos lentamente de sus ojos. Creyó que se había vuelto loco cuando advirtió, en el techo de su habitación, los frescos de la Capilla Sixtina. ¿Dónde estoy, Dios mío?, pensaba. En ese momento empezó a escudriñar con más atención la habitación en la que se encontraba. No era la suya; bueno, sí lo era pero estaba diferente. Había cuadros de cardenales colgando de todas las paredes. Algunos rostros le resultaron conocidos. También su vista se topó con sendos tapices de San Pedro y de San Pablo; se santiguó dos veces con fervor católico. Las cortinas eran oscuras, de terciopelo carmesí y, a través de la ventana, contempló como una chimenea de cobre expelía un humo negro, tan negro como la pez. Permaneció inmóvil intentando hacer uso de su razón.

En el lugar donde minutos antes había dos alabarderos yelmados con plumas rojas, ahora se encontraban cuatro y ataviados con el uniforme de la guardia vaticana. El ferviente católico intentó zafarse de los cuatro pero resultó inútil. Comprobó que estaban bien entrenados porque a cada movimiento sospechoso de éste procedían a cuadrarse, juntando sus lanzas y a cerrarle el paso. Y así una y otra vez.

En la mesita de noche había una tetera de plata vieja, desconocida para él, junto a su taza de desayuno; la que se trajo de su luna de miel en Cancún. Se sirvió una infusión y se la tomó de un trago. Invadido por un tremendo sopor decidió tumbarse. Entre sueños vio pasar, alrededor de su cama, a decenas de cardenales –vestidos de color púrpura– caminando en parejas y conversando en latín. El admirador a muerte del Papa Benedicto se abandonó a Morfeo con la confianza de que todo se tratase de una alucinación, producto de su trastorno por la dimisión de su querido Papa unido a una grave intoxicación etílica.

Amaneció. La luz del nuevo día se coló entre los cortinones. El hombre tranquilo abrió  los ojos y comprobó que, frente a su cama, ahora eran ocho los lanceros con los mismos yelmos pero con plumas blancas y rojas. Lázaro, presa del pánico, comenzó a reírse como un endemoniado. Se subió en la cama intentando zafarse de la guardia por un hueco; le cerraron el paso. Se dirigió a la ventana para abrirla y pedir auxilio y se lo volvieron a impedir. Se metió debajo de la cama y dos guardias, uno de cada brazo, lo sacaron de muy malos modos.

Se incorporó y se lanzó al cuello de uno gritando como un poseso. El compañero de éste abrió la mano y le estampó la bofetada del siglo. Lázaro cayó hacia atrás inconsciente quedando de nuevo derrumbado en el lecho.

Algunos días más tarde, Lázaro Santana dejó de preguntarse por qué el Vaticano en pleno se había colado en su habitación; bien lo sabía. Mantuvo conversaciones con varios guardias y con el propio Camarlengo, que hasta le escuchó en confesión, y volvió a ser el hombre pío y tranquilo de siempre que pasa las horas mirando, a través de su ventana, el humo negruzco de la fumata. Se ha acostumbrado al té.
La guardia suiza y la cohorte de cardenales se han ido retirando poco a poco. Lázaro lo entiende perfectamente; tendrán otros menesteres que cumplir. Los despide, uno a uno, con una bendición. En la habitación tan sólo queda ya una persona con él, el último alabardero, que acaba de echarse la mano al bolsillo del pantalón y coge su móvil.

–¿Doña Eva? Todo listo. Ya se marcharon los últimos actores… Falta desmontar las cortinas, despegar los techos sixtinos, los tapices, los cuadros, la chimenea y me voy… Sí, señora, sí, aquí está el pobre mirando por la ventana… Todas las tisanas, sí, sí, sin rechistar… Con las veinticinco gotitas, como me dijo don Judas… Hoy se ha vestido de blanco y se ha colgado al cuello un crucifijo, que le pidió a un cardenal. Ha dicho que hoy puede ser el gran día… Ahora está muy callado, creo que reza el Rosario… Sí, sí, señora, pasa las horas sentado en la cama o arrodillado; no da problemas… No creo yo, doña Eva, que eso esté bien… ¡Ah, bueno!  Si lo dice el señorito Ybarra, no hay objeción por mi parte… Llamo a mi compañero y ahora mismo le cambiamos el color del humo; le añadimos un audio de aplausos y vítores y asunto resuelto… Entonces, ¿llamo al SamuSocial?... ¡Vale!, que ya se hace cargo usted… Perdón, se me olvidaba, ha habido algunos gastos extras en la preparación del atrezo que… Ok. De acuerdo, lo incremento y le envío la nueva factura a don Judas Ybarra… Un placer trabajar con ustedes y cuando quiera ya sabe donde estamos… Buenos días, señora.

El humo comienza a blanquear y el clima de silencio se ve roto por enfervorecidos gritos y aplausos. Lázaro Santana abandona sus plegarias. Acaba de ver la fumata blanca. Se incorpora con los brazos abiertos mostrando sus palmas, gira su cara, rebosante de lágrimas, hacia el último alabardero suizo y –mientras se dirige a abrir la ventana– con un hilo de voz, apenas perceptible por la emoción, comienza a repetir: “Habemus Papam, Habemus Papam”.
Por María S. Martínez

sábado, 18 de mayo de 2013

El sastre del Vaticano

Adamo Pianezza vio la luz en 1944, en la pequeña ciudad de Rívole, en las proximidades de Turín.  Su padre, miembro de una logia masónica, poseía una pequeña sastrería en dicha localidad piamontesa. Al poco de superarse la mitad del siglo, se trasladó la familia a Roma, donde, con los ahorros de mucho trabajo, se establecieron en la calle Marco Polo, muy cerca de la Puerta de San Paolo.

Transcurrió su edad escolar en el Colegio Romano de la Santa Cruz, perteneciente al Opus Dei, imponiéndose la voluntad de su madre sobre la negativa de su esposo, no muy cercano a esta organización. Simultáneamente ayudaba en la sastrería, donde pronto desempeñaría con destreza el oficio paterno.

Adamo era un muchacho taciturno y receloso, al que siempre le costó conservar la confianza de otros compañeros. Los chicos, que al principio se burlaban de él, empezaron a esquivarle, evitando su inquietante mirada.

Terminado el bachillerato, y tras una fuerte disputa con su padre, que pretendía que continuase con el negocio familiar, cursó Teología en el Seminario Romano Mayor. Después formó parte de la nómina de sacerdotes del Vaticano.

Conocida su destreza con la costura, enseguida pasó a colaborar con los sastres de prestigio que confeccionaban los hábitos a los más importantes miembros de la Santa Sede. Pronto se convirtió en alfayate oficial, dedicándose al mantenimiento de la vestimenta de los miembros del Colegio Cardenalicio.

Los años no hicieron cambiar la personalidad de Adamo, que, por el contrario,  acentuó su carácter reservado, siendo evitado por la mayoría de los miembros de la curia.

Comentaban en los corrillos de la Città que algunos cardenales, en la mayoría miembros de la Compañía de Jesús, que habían contado con los servicios del piamontés, acabaron abandonando el Sacro Colegio, volviendo a sus países de origen o cesando en las funciones que les fueron asignadas.

No fueron pocos, entre ellos el diácono canadiense Albert Newton, los que prefirieron costearse un nuevo hábito coral antes de que Pianezza los visitara en sus aposentos. Aunque en este caso sirvió para poco, ya que el jesuita no tardó mucho en regresar a Toronto, como ayudante de párroco.

Estos episodios ocurrieron durante el reinado del papa polaco, cuya animadversión por la orden fundada por San Ignacio latía en la ciudad. Las tornas se volvieron con la llegada al trono del cardenal alemán, que devolvió la influencia a la Compañía de Jesús. Suceso que desagradó en demasía al sacerdote italiano.

Pasado el verano de 2012, se le encomendó al sastre el servicio exclusivo al Obispo de Roma. El papa germano, poseedor de un importante vestuario, le facilitó suficiente trabajo como para que estuviera ocupado los últimos meses antes de su jubilación.

El Sumo Pontífice, sabedor de la negativa fama del clérigo, intentó darle confianza, procurándole conversación para conocerle en mayor profundidad, con el objeto de sacarle del oscurantismo en que vivía. Llegaron a mantener profundas discusiones dogmáticas, en las que, en la mayor parte de las veces, el subordinado acababa sumiendo en la duda al jefe de los católicos.

Una semana antes de anunciar públicamente su renuncia, aduciendo falta de fuerzas e incapacidad para ejercer bien el ministerio que se le había encomendado, el Papa lo comentó con Pianezza. Éste, tras responderle: “Vuestra eminencia es sabia y todo lo que hace es designio divino”, volvió la mirada hacia los bajos de una sotana, dibujándose en su rostro algo parecido a una sonrisa.

El catorce de marzo de 2013, un día después de que un jesuita argentino fuera nombrado nuevo Papa, apareció muerto en su habitación, tras cortarse las venas con unas tijeras de costura, el cura sastre del Vaticano.


Por Vicente Briñas

viernes, 17 de mayo de 2013

Pensamiento crítico

— Los animales son felices porque no razonan ni tienen pensamiento crítico.

Se ríen los tres amigos, celebrando las palabras de Juan José, quien había observado al gatito enroscado en un rincón del sofá.

— Pero nosotros, sí. Por eso es preocupante el declive de las humanidades en la universidad.

— Cierto. Esto quita recursos para el pensamiento crítico que mencionaste —remata Gema.
 
Sus ojos de un azul claro, enmarcados por los aros oscuros de sus gafas, miran alternativamente a los dos hombres.

Juan José, Ulises y ella misma discurrían, así, en su casa. Sentados alrededor de una mesa redonda de cálida madera, ante una taza de café, manifestaban su preocupación por los cambios de valores en la actualidad. El primero, escritor; profesor de historia el segundo y periodista la dueña de casa.

— Lo peor (expresa el profesor) es que también hay ausencia del discurso humanístico en la política; me parece una especie de barbarie.

— Es que ya estamos instalados en una forma de barbarie, al querer reducir todas las necesidades humanas solamente a ganar dinero.

Gema, tras escuchar la última intervención de Juan José, se dirigió a la cocina trayendo otra cafetera humeante; su aroma ya se había expandido por el comedor. El cálido recipiente pasó a ser el centro de la mesa y de atención, dejando a un lado el frutero repleto de colores.

Fue en ese momento, al sentarse, cuando su gata se acomodó en su regazo. Acarició su lomo atigrado, sin dejar de escuchar a sus colegas. Disfrutaba de estas reflexiones, intentando que no fuesen solo teoría.

— Es fundamental que las ciencias y las humanidades vayan juntas. ¿No os parece?

— Cierto. Lo científico es bueno cuando está contaminado de lo humanístico— acotó Ulises.

— Me pregunto a qué se debe este declive, el de las humanidades, digo.

La interrogación del escritor quedó flotando en el aire.

De pronto Gema notó en sus piernas una presión de las garras de su minina, y oyó que ésta le decía: “Se debe a la idea, que se ha impuesto, de que todo debiera gestionarse como si fuese una empresa.” Tres segundos de estupor y  escuchó su propia voz repitiendo lo que le había dicho la felina. ¡Le pareció un razonamiento excelente! Pero… ¿la voz era del animal o, acaso, fruto de su propio pensamiento?

— Es así, Gema; pero lo que no se puede hacer, nunca, es gestionar la educación como si fuera una empresa.

También el profesor estuvo de acuerdo con ambas intervenciones. 

Era evidente que ninguno de los dos había escuchado a la gata. Entonces, ¿había sido una alucinación?

Para su sorpresa, la felina habló nuevamente y Gema, sin capacidad de raciocinio, reprodujo sus palabras: “Actualmente se quiere imponer la idea de que las humanidades no sirven para nada;  solamente es útil lo que se puede cuantificar.”

Se revolvió en su silla Juan José y manifestó: “Es que no se puede cuantificar por qué soy más sabio después de leer a Shakespeare o de admirar una catedral gótica.”

La conversación seguía el curso normal para los dos hombres; no así para la mujer, que hacía un enorme esfuerzo por seguirla, sin que se notara su perturbación.
— Incluso se ha llegado a cuestionar el estudio de la historia medieval, aduciendo que ese período no aporta nada— continuó el escritor.

— Sí;  de hecho, hay menos alumnos que se matriculan a esta asignatura en mis clases.

Los tres (el profesor, el periodista y la gata) coincidieron en que es un mecanismo político tratar de acabar con el pensamiento histórico: “Si se pierden la historia y la filosofía, se pierde la memoria”.

— Y con ello seremos más manejables— concluyó Gema, con palabras de su mascota.

La mujer observaba los gestos de sus amigos, pero nada indicaba que estuviesen alterados por algo que no fuese la propia discusión. Miró a su alrededor buscando algún elemento raro en la estancia. La atiborrada estantería de libros seguía en su sitio, así como las lámparas, los cuadros y el sofá.

La sacó del ensimismamiento Juan José.

— Me apena dejar esto, cuando estamos llegando al meollo de la cuestión; es que tengo una charla con un grupo del 15-M de Madrid. 

Después de mirar la hora, todos se pusieron de pie, barajando fechas para el próximo encuentro. Se despidieron los dos amigos; Gema se quedó sola.

 Volvió al comedor con inquietud; se enfrentó a su gata.

— ¿Desde cuándo hablas, Morronga? ¡Qué sofocón al escucharte!

La gatita la miró y parpadeó, sin abrir la boca. “¡Dime algo ahora, anda!”. “Háblame como hace un rato”. El animal abrió aún más sus grandes ojos amarillos y lanzó un “¡miauuu!”.

Después de insistir sin obtener resultados, Gema se fue al cuarto de baño. Allí se miró al espejo para comprobar que era la misma persona. Se lavó la cara con agua fría y, secándosela con la toalla, salió al pasillo. Empezó a caminar, recorriéndolo de un extremo al otro. Retorcía la toalla, se rascaba la cabeza, se detenía con la mirada perdida y volvía a andar.

Bruscamente, se asomó al comedor, gritando a la minina: “¡Morronga, tú me hablaste, no estoy loca!”

Se volvió, llevando la toalla retorcida entre sus manos. A sus espaldas oyó: “yo no he dicho nada”.

Elsa Velasco

Amada Amanda o la Restittutio in integrum

Cuando doña Amanda Martínez de Bolaños salió de tomar el té del exclusivo Mario’s Tea, no sabía que sería la última infusión que habría de tomarse en su vida. En la acera le esperaba su fiel chófer junto a su flamante Rolls Royce. Éste le abrió la puerta y, en tanto que ella se acomodaba en el interior, él hacía tiempo colocándose el pasador de la corbata. Una vez cerrada la puerta, corrió a apostarse en su sitio frente al volante mientras echaba una ojeada por el retrovisor a la parte trasera.
–¿Doña Amanda?..

–Cuando quiera, Germán. ¿Podría subir la mampara? –preguntó amablemente la señora.
Dicho y hecho: el conductor cerró el cristal y arrancó el vehículo.
Doña Amanda estaba tan ensimismada mirando por la ventanilla que no se dio cuenta de que alguien había subido al coche, y ahora se encontraba sentado a su lado.
–¿Quién es usted y qué es lo que hace aquí? –preguntó contrariada la dama mientras intentaba abrir el cristal tintado que dividía el habitáculo.
–Poco importa que le diga quién soy… Lo que debe saber es que vengo del sitio que, por ley, le corresponde y que usted está ocupando una plaza que es mía, –le respondió una voz femenina y joven.
Doña Amanda no entendía la retórica de su acompañante y comenzó a sentir cierta inquietud. Encendió la lucecita del techo del Rolls y dedicó unos segundos a observar a la mujer. Era hermosa y algunas decenas de años más joven que ella. Tenía unos preciosos ojos del color de la miel hervida y, pálida, sus labios eran de un saludable rosa afresado. Vestía ropas elegantes, aunque ya pasadas algunos lustros de moda. El hecho de contemplar todos estos detalles de la anatomía y ropas de su compañera de viaje, le hicieron sentirse más tranquila y segura.
–¿Y bien? ¿Cómo puedo, sin conocerle de nada, estar en un lugar que es el suyo? –preguntó doña Amanda.

–Todo es fruto de un gravísimo error. Una injusticia que llevo años intentando que reparen. Hoy, por fin, el Tribunal ha fallado a mi favor. Aquí le traigo la sentencia que me otorga la razón ante Dios y ante los hombres, –dijo la mujer más joven, al tiempo que desdoblaba unos papeles con numerosas firmas y sellos oficiales.
Ambas se miraron profundamente. A tientas, doña Amanda cogió unos pequeños lentes de su bolso que se colocó, con toda la calma de que era capaz, y se dispuso a estudiar los documentos que se presentaban ante sus ojos.
–Curioso… Su nombre y el mío son prácticamente iguales… Amada Martín Bolaño y Amanda Martínez de Bolaños…–sonrió doña Amanda por la curiosidad.
–Por culpa de esa coincidencia, que a la señora tanto le divierte, llevo años pleiteando –sentenció la joven con evidente malestar.
–Disculpe si le molesté, no era esa mi intención, –agregó doña Amanda.
Al finalizar de leer la mujer quedó muy callada, girando su vista hacia la calle. Fue Amada quien retomó la palabra rompiendo el sepulcral silencio y haciéndole volver la cara.
–¿Entiende ahora el porqué de mi lucha? –preguntó la joven esperando un gesto de aprobación.
–Perfectamente, querida Amada, y bien que siento los pesares que ha debido ocasionarle tamaño error –balbució la vieja dama con voz apesadumbrada y asintiendo con la cabeza.

–Usted acaba de leer la sentencia que, para su información, es inapelable y que será firme dentro de apenas una hora. El juez ha  dictaminado, por derecho, que como desagravio a tanto daño procede la restitutio in integrum… –concluyó mientras echaba una ojeada a su anticuado reloj.

– Es de justicia… Pero no entiendo por qué nadie me notificó… –agregó doña Amanda con el latinajo aún dando vueltas en círculos por su cabeza.

–Ya sabe usted cómo funciona la justicia; es demasiado lenta… No sé si tiene usted alguna pregunta que hacerme… Quizá preferiría estar sóla en su última hora o tal vez… –Amada miraba a la anciana con cierta ternura.

–No, no, prefiero pasar un poco más de tiempo con usted, si no le importa. Y cuénteme, si le es posible, ¿cómo es el más allá? –interrumpió la anciana, que ya estaba hecha a la idea.
–Bueno, poco le puedo decir porque apenas he tenido tiempo de disfrutar de un día tranquilo. Entre jueces, fiscales y abogados ya se puede imaginar. Y todo porque un funcionario mortis, malnacido y de la peor de las estirpes, confundió nuestros nombres y vino con la papela a recogerme, cuando a la que le tocaba morirse era a usted…
–concluyó con rabia Amada.

–No se azore hija. Aún es joven y tendrá tiempo suficiente. Discúlpeme que sea tan descortés pero ahora sí preferiría estar sóla; dar un paseo y aprovechar los últimos minutos que me queden. Ha sido un verdadero placer conocerla. –remató doña Amanda.
El Rolls Royce se detuvo y doña Amanda Martínez de Bolaños abrió por última vez la puerta de su ya ex-flamante coche y descendiendo al asfalto. Una vez en la acera, toqueteó el cristal con los nudillos para que la ocupante del vehículo bajara la ventanilla y así poder despedirse. Ambas mujeres se cogieron de las manos.

–Se quedará usted en mi casa, como dicta en justicia la sentencia, pero ¿y yo? ¿Dónde está mi lugar? –inquirió con cierta curiosidad doña Amanda.

–Ah, sí, disculpe, ¡qué bruta soy!.. Le he traído una foto de mi parcela en el cementerio de Villarrobledo. Es amplia y está orientada al Norte. Mis padres no escatimaron los cuartos y es una de las mejores; ya lo verá. Además no habrá que hacer mucho gasto en la lápida puesto que nuestros nombres son prácticamente iguales –concluyó Amada mientras le entregaba una vieja fotografía, en blanco y negro, en la que se veía una bonita losa de mármol.

Por María S. Martínez

Cuento costumbrista

Tendencia o género literario que se caracteriza por el retrato e interpretación de las costumbres y tipos del país en cuestión. La descripción que resulta es conocida como "cuadro de costumbres" si retrata una escena típica, o "artículo de costumbres" si describe con tono humorístico y satírico algún aspecto de la vida.

Se tiende a hablar del costumbrismo referido sobre todo a autores a partir del siglo XIX, cuando la burguesía, tras el estallido romántico o incluso dentro de él, siente la melancolía de sus perdidos orígenes campesinos y ve que con la Revolución Industrial y el éxodo del campo a la ciudad ciertas costumbres y valores tradicionales empiezan a perderse o transformarse, pero también para diferenciarse y distinguirse claramente de ellas.

El costumbrismo, a diferencia del Realismo, con el que se halla estrechamente relacionado, no realiza un análisis de esos usos y costumbres que relata y por tanto se queda en un mero retrato o reflejo sin opinión de dichas costumbres, motivo por el que a menudo se habla de cuadros costumbristas o de género para referirse a cualquiera de estas manifestaciones, no sólo a las pictóricas. Por otra parte, el género literario del libro de viajes se muestra, cuando no aparece analizado y crítico, sino meramente impresionista, la misma desviación superficial o defecto que cabe denominar Pintoresquismo.

Como género literario específico, el costumbrismo es un género que conoce su apogeo en el siglo XIX, aunque sus antecedentes, como siempre, habría que buscarlos en ciertos autores del s. XVII (Santos, Zabaleta, etc.) y del s. XVIII (Torres Villarroel, Clavijo, Cadalso, Mercadal) o en aquellos autores dramáticos de este tiempo que, como Ramón de la Cruz  o González del Castillo (17631800).

El costumbrismo, en cualquier caso, procede del movimiento romántico, en lo que éste tuvo de exaltación de lo típico (nacionalismo). La estructura del ‘cuadro de costumbres’ es, como dice Correa Calderón, “de una extraordinaria elasticidad y variedad”. Muchos de estos cuadros y escenas podrían considerarse reportajes e incluso encuestas de tipo folclórico, pero en todas ellas hay intencionalidad, afán de sorprender, de captar algo que se tiene conciencia de que es cambiable y efímero, todo ello dentro del vasto panorama del siglo pasado.

El costumbrismo realiza dos aportaciones fundamentales. La primera documental e histórica: los costumbristas presentan fragmentos de vida urbana o rural española del siglo XIX, sobre todo en su contextura social, tan cambiante en esta centuria. La segunda, artística y de enorme valor. Porque, desde dentro del costumbrismo se asiste al nacimiento de otro género de más amplitud, la novela moderna, cuyo vestíbulo, como ha señalado la crítica, es el realismo, que deriva del costumbrismo.

Costumbristas mayoresAlgunos autores consideran el más antiguo costumbrista del XIX a Sebastián Miñano y Bedoya (1779-1845), por sus ‘Lamentos de un pobrecito holgazán’, ‘Cartas del madrileño’. En los periódicos de las primeras décadas de ese mismo siglo se encuentran los primeros artículos de costumbres. Así en La Minerva (1817), El Correo Literario y Mercantil (182333) o en El Censor (182023), ingenios oscuros intentaron el bosquejo de la sociedad contemporánea, utilizando apropiados seudónimos (El Observador, El Mirón) o anónimos. En estos autores destacan un espíritu de curiosidad acogedor y benévolo, que busca cierta trascendencia. Lo extranjero prevalece sobre lo nacional y despunta el interés por Madrid.

Los considerados universalmente como costumbristas mayores son Serafín Estébanez Calderón (1799-1867), Ramón de Mesonero Romanos y Mariano José de Larra. El primero, vuelto hacia lo pasado, a la España genuina y pintoresca, preferentemente regional. Cronista el segundo de su Madrid natal, su atención no se dirige a una clase social, sino que abarca todas, aunque principalmente la suya, la clase media.

Escenas andaluzas. Estébanez es, por muchos motivos, un escritor extravagante. La vida de sociedad (alta y baja) de su Málaga natal y sus estancias en Sevilla fueron su mejor escuela de costumbrista. ‘El solitario’. Publicó algunas poesías con el seudónimo de E. Sefinaris que recogió en Poesías (1831). En julio de 1831 fundó junto a Ramón Mesonero Romanos la revista literaria Cartas Españolas, donde publicaría numerosos poemas. Barroco.

Mesonero Romanos, El Curioso Parlante. Escenas matritenses. Su Proyecto de mejoras generales, leído en la sesión de la Corporación municipal el día 23 de mayo de 1846, supone una auténtica remodelación del Madrid de la época. Años más tarde redactó nuevas Ordenanzas municipales que rigieron largo tiempo. Después inició una intensa actividad literaria: hizo ediciones de los dramaturgos contemporáneos y posteriores a Lope de Vega y Rojas Zorrilla para la Biblioteca de Autores Españoles, y fue cronista oficial a partir del 15 de julio de 1864. También colaboró en El Indicador de las Novedades, El Correo Literario y Mercantil, Cartas Españolas, Revista Española, Diario de Madrid, Semanario Pintoresco Español. También promovió y fundó el Ateneo y el Liceo. Ingresó en la Real Academia el 3 de mayo de 1838 como académico honorario y el 25 de febrero de 1847 figuraría como miembro de número. Bibliotecario perpetuo de la villa de Madrid, el Ayuntamiento le compró su biblioteca en la cantidad de 70.000 reales. Poco a poco fue moderando su inicial liberalismo para terminar siendo un firme conservador. En su ancianidad redactó una buena autobiografía, sus Memorias de un setentón.

Mariano José de Larra. El primer artículo de Fígaro, El duende y el librero, hace su aparición en el periódico El Duende Satírico del Día (enero o febrero de 1828). El contraste de Larra con los otros dos es grande: aborrece la sociedad que a los otros enamora. Su ideal es la sociedad extranjera, hija de la Revolución, hasta la cual quiere llevar a la sociedad española.

Mesonero Romanos
Costumbristas menoresDespués del trío Mesonero, Estébanez y Larra, hemos de llamar costumbristas menores a todos los cultivadores del género, aunque algunos hayan destacado en otros aspectos de las letras españolas. Las vinculaciones a los periódicos y revistas continúan. Así, Antonio María Segovia (1808-74), El Estudiante, y Santos López Pelegrín (180146), Abenámar. Antonio Neira de Mosquera , el Doctor Malatesta (autor de Las ferias de Madrid, 1845), y Clemente Díaz, ruralista, con escenas muy próximas al cuento, alternan con Vicente de la Fuente (181789), con sus ambientes estudiantiles retrospectivos y librescos, o con José Giménez Serrano, que vuelve a la Andalucía romántica.

Costumbrismo literario en la literatura españolaUna de las características del arte español, especialmente en su literatura, es su tendencia al Realismo, que empieza a perfilarse ya incluso en el primer texto escrito conservado de su literatura narrativa, el Cantar de Mio Cid, y se prolonga a través del elemento popular que impregna el Libro de Buen Amor, La Celestina, el Lazarillo o el mismo Don Quijote.

Como uno de los elementos que constituyen este complejo rasgo, el costumbrismo empieza a desarrollarse en España sobre todo en el siglo XVII a causa de las directrices popularizantes que vienen desde el Concilio de Trento y la Contrarreforma y el cierre de fronteras culturales decretado por Felipe II. Vemos así a pintores como Caravaggio tomar como modelos a personas y ambientes populares nada presuntuosos que permiten al pueblo identificarse con un tipo de religiosidad más cercana. Vemos tipos populares en cuadros de Diego Velázquez y Bartolomé Esteban Murillo, y el costumbrismo se convierte en uno de los elementos que forman géneros literarios satíricos como la novela picaresca y cómicos como el entremés; se considera, por lo general, que son Juan de Zabaleta, Francisco Santos, Antonio Liñán y Verdugo y Bautista Remiro de Navarra los primeros escritores barrocos costumbristas que se especializaron en este tipo de temas.

El entremés se transforma en sainete en el siglo XVIII, con autores tan importantes como Ramón de la Cruz, especializado en un cierto madrileñismo, y Juan Ignacio González del Castillo, quien reproduce tipos y costumbres gaditanas. En el setecientos algunos pintores empiezan a fijarse en costumbres y tipos populares a través de modas como el majismo, y Francisco de Goya en sus cartones para tapices o en sus grabados sobre tauromaquia y la familia Bécquer, con sus escenas populares sevillanas, llegan a crear toda una escuela de pintura consagrada a las costumbres andaluzas, formada por José Domínguez Bécquer (1805–1841), padre del famoso poeta y del pintor Valeriano Bécquer (1833–1870), cuyo primo fue también pintor costumbrista: Joaquín Domínguez Bécquer (1817–1879). Por otra parte en los ambientes culturales se contraponía al cosmopolitismo y el afrancesamiento de la Ilustración el Casticismo, una tendencia a fijar un patrón nacional, natural y popular para el estilo literario con fundamento en la tradición autóctona.

Estébanez Calderón
En el siglo XIX ese elemento adquiere independencia por medio del elemento subjetivo que impregna el Romanticismo, haciendo que se renueve el interés por la identidad colectiva o volkgeist (carácter nacional o popular) por medio del Nacionalismo y el Regionalismo, plasmándose en géneros a propósito como el artículo o cuadro de costumbres, cultivado en la prensa y luego recogido en colecciones individuales o colectivas por autores como Sebastián Miñano y Bedoya, Mariano José de Larra, Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón, entre muchos otros, y la novela de costumbres, pero también en el teatro a través del género chico, y aparece como elemento no despreciable en las novelas del Realismo (Fernán Caballero, José María de Pereda, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán y Juan Valera. En el Naturalismo destaca por sus novelas de ambientación valenciana Vicente Blasco Ibáñez, quien halla correlato en las vistosas y deslumbrantes pinturas valencianas de Joaquín Sorolla. Otro género literario, el libro de viajes, cultivado tanto por autores nacionales como extranjeros, es también hijo de la curiosidad que siente la época por todo lo relacionado con las costumbres pintorescas.

Ya en el siglo XX destacan por sus comedias costumbristas andaluzas los hermanos Quintero y por sus piezas madrileñas Carlos Arniches; el elemento costumbrista aparece como primordial en el pintor y escritor expresionista José Gutiérrez Solana, uno de los pocos escritores costumbristas que no ensalza lo popular y se muestra crudamente crítico en, por ejemplo, su La España negra (1920), contra las pinturas complacientes de Julio Romero de Torres (sin embargo, de fondos expresionistas) o más equilibradas de Ignacio Zuloaga; sin embargo, a partir de la Guerra Civil, este costumbrismo involuciona identificándose con el superficial y acrítico pintoresquismo de los viajeros europeos a España del siglo XIX y con un empobrecedor reduccionismo andalucista que venía bien a la necesidad económica de fomentar el Turismo, especialmente en el cine, donde se llegó a denominar este tipo de productos como españoladas. Se salvan, sin embargo, algunos autores de preguerra y de posguerra, que siguen la tradición dedimonónica del cuadro de costumbres, un grupo de los cuales, encabezado por Ramón Gómez de la Serna (Elucidario de Madrid, El Rastro) gira en torno al llamado madrileñismo, como Eusebio Blasco (1844-1903), Pedro de Répide (1882-1947), Emiliano Ramírez Ángel (1883-1928), Luis Bello o, ya en la posguerra, Federico Carlos Sainz de Robles. En cuanto al andalucismo, la caudalosa vena decimonónica se renueva con escritores como José Nogales (1860-1908), Salvador Rueda (1857-1933), Arturo Reyes (1864-1913) y otros. Más valor y tintes sombríos posee el costumbrismo de la llamada Generación del 98, que busca en sus viajes la España real frente a la España oficial: Miguel de Unamuno escribe De mi país (1903), Pío Baroja su Vitrina pintoresca (1935), acogiendo en sus trilogías vascas costumbres de esa comarca, al igual que en sus aguafuertes y literatura su hermano Ricardo Baroja; Azorín se asoma al paisaje castellano y andaluz (Los pueblos, Alma española, Madrid. Guía sentimental...). Posteriormente, sólo parecen haber contado con el elemento costumbrista autores como Camilo José Cela, creador de un nuevo tipo de cuadro de costumbres, el esbozo carpetovetónico, cercano al esperpento, y autores como Francisco Candel, Ramón Ayerra o Francisco Umbral, autor este último de un cierto tipo de costumbrismo antiburgués de esplendoroso estilo.

Todos estos autores contribuyen a la vigencia del género. Para muchos de ellos ha servido de iniciación literaria, de exaltación o de recuerdo de la patria chica, de visión del Madrid político, social, centralizador, testigo siempre del material y de los artistas que, en el romanticismo, iniciaron el género. Y casi todos llenan los módulos costumbristas de su personalidad.